V
Nuevamente intentó escapar de agarre, iba a matarlo definitivamente.
Sin embargo, su lucha sólo sirvió para que su labio inferior fuera mordido ligeramente e involuntariamente se relajó.
Odiaba aceptarlo pero llevaba unos días sintiéndose inquieto con aquella piña malnacida.
Cerró los ojos y correspondió el beso, molesto consigo mismo y sus, aún latentes, hormonas juveniles.
Los labios de su compañero tenían un sabor dulce, lo suficiente como para hacerle delirar y sin darse cuanta rodeó su cuello acercándole más.
Las manos de la piña le habían soltado hacia rato y se colaban indecisas bajo su camiseta.
Al azabache le recorrió un escalofrío al sentir las manos de Mukuro tocando con cierto nerviosismo la piel bajo su ropa.
No se reconocía a sí mismo, ansiando más ese contacto mientras sentía el extraño pero placentero dolor que provocaba en su pecho la asfixia que sentía ante la falta de aire.
En algún momento de repentina lucidez, decidieron que aún era demasiado pronto para morir y se separaron.
—¿Qué...?
Ambos dijeron lo mismo al tiempo, y se miraron sorprendidos debido a la repentina sincronización que habían tenido.
Todo estaba siendo demasiado... repentino.
Kyoya decidió no pensarlo demasiado y atrajo, tras una larga bocanada de aire, el rostro del más alto hacia el suyo, fundiéndose nuevamente en un profundo beso.
Mukuro, más decidido debido al impulso del azabache, empezó a deshacerse de ese ardor que sentía en las manos y que parecía calmarse al tocar al japonés.
Las manos del italiano se deslizaron con decisión bajo la camisa del azabache y acariciaron aquel abdomen que llevaba un tiempo haciéndole delirar.
No se entendía.
Seguía siendo difícil el aceptar que se sentía atraído por aquel agresivo ejemplar de carnívoro, pero en ese momento... Todo fue muy claro.
Mordió ligeramente el labio de la alondra, quien no dudó en abrir la boca y profundizar el beso mientras sus propias manos se alejaban del cuello de Rokudo hasta sus hombros y bajaban a su pecho.
Un gemido ahogado se escuchó en la habitación cuando las manos de Mukuro ascendieron hasta el pecho del asiático.
El italiano sonrió en el término del beso. Someter a semejante elemento no era para nada fácil y lo había comprobado durante ese periodo de tiempo. Era salvaje, libre, y tan frío como un bloque de hielo.
Pero al parecer él sería quien derritiese ese frío carácter.
Se acercó al oído del azabache mientras jugueteaba con sus traviesas manos hambrientas de esa suave y tersa piel. Mordió levemente su oreja y susurró:
—¿Te gusta, eh?
La alondra tenía uñas como gato.
Eso lo comprobó cuando estas se clavaron en su cuello en una feroz respuesta.
—Cállate...
Rió ligeramente adolorido y besó ligeramente su mandíbula.
—Pensé que eras un ave pero resultaste siendo todo un...
—Una palabra más y me largo.
Con un sonrisa divertida decidió dejarle en paz, ya tendría tiempo para molestarle cuando acabasen lo que estaban haciendo.
Nuevamente, besó sus labios ligeramente antes de separarse y sacar su propia camisa.
Hibari le recorrió con aquellos fríos ojos y eso le hizo temblar, una sonrisa traviesa surcó los labios del asiático antes de acariciar su cintura.
—Me pregunto si ese molesto hombre te ha visto así antes —le escuchó murmurar—. De haberlo hecho, estoy seguro de que jamás harías con él lo que harás conmigo.
Mukuro le miró unos momentos, repentinamente serio y suspiró.
—Que sepas que el activo seré yo, eh.
—Ya veremos.
—¿Me estás retando, alondra...? ¿O más bien, minino?
—¿De dónde te sacas tantas estupideces?
—De lo que tú me provocas.
—Hmm —de un tirón, el azabache juntó sus frentes—. ¿Y de qué manera te provoco, fruta?
—¿Estás seguro que quieres saberlo?
—No será lo peor que me han dicho, eso seguro.
Mukuro frunció el ceño.
—¿Con quién estuviste antes?
—¿Acaso importa? —sonrió altanero—. No me digas que estás celoso.
—Hmm, ¿cómo tú con cierto malvavisco? —sonrió ante su molestia y acercó sus labios hacia el cuello del japonés—. Quizá.
Kyoya sintió una leve mordida en su clavícula, lo cual le hizo sacar un suspiro.
—No entiendo porque —murmuró aferrándose a su cercanía—. Yo no voy a casarme con nadie y no digo gratuitamente un te amo.
—¿Eso no pasó el lunes pasado? —rió contra la sensible piel de su cuello—. No me digas que por eso estabas tan raro.
—No estamos hablando de mí.
—Sí que lo hacemos —besó la blanca piel y sonrió dándole mas libertades a sus manos—. Ahora dime, Alondra-kun, ¿tanto te gusto como para no olvidar eso? Si es así...
—Voy a golpearte.
—No, no lo harás.
Hibari rodó los ojos y jadeó sorprendido al sentir una mano demasiado cerca del borde de su pantalón, un escalofrío le recorrió.
—¿Q... Qué te hace pensar que no?
—Algo simple —susurró divertido—. No puedes golpearme si no te puedes mover.
Deslizó con una dulce lentura el cierre del pantalón que cubría una parte un tanto... excitada del azabache. Mukuro sonrió, aunque sus propios pantalones le empezaban a agobiar, y se deshizo del botón de los negros vaqueros de la alondra con habilidad.
—Soy muy bueno con los... juegos manuales —se burló Mukuro—. Uh, vaya, vaya, alond...
Su brazo recibió los arañazos que se ganó debido a su atrevimiento de burla.
—Vale, gatita, guarda las garras.
Segundo aruñazo, esta vez en su antebrazo.
—Vale, vale, lo pillo, no más burlas —sonrió adolorido debido a los rasguños.
Tomó nuevamente los labios del azabache mientras introducía una mano en su ropa interior.
Kyōya gimió contra la boca de la piña al sentir el contacto de la mano del otro sobre su virilidad y, sin poder evitarlo, se sonrojó avergonzado por la situación.
Definitivamente, no se reconocía a sí mismo.
_«Si llega a mencionar algo de esto algún día, juro por Dios que voy a matarlo»_
Decidiendo que no era justo ser el único avergonzado, deslizó sus manos por el pecho de su frutal compañero hasta llegar igualmente al cierre de sus pantalones y, sin pensarlo demasiado, acarició sobre la tela el... Animado miembro del chico sobre él.
Sonrió al escuchar su ahogado jadeo y se separaron en busca de aire.
—¿Te pensabas que serías el único que se divertiría? —rió con burla el azabache—. Sigue soñando, piña.
—Hmm, ¿sabes que me gusta esa resistencia tuya?
—Huh, ya veo —se deshizo del vaquero de su compañero de habitación—. No eres el único con... hablidades manuales —sonrió ante la sorprendida mirada del chico.
—Ajá, con que así estamos... —deslizó con suavidad la nariz sobre su cuello, haciendo que el azabache gimiera levemente ante el roce.
Segundos después, un chupetón quedó marcado en el espacio entre su cuello y su hombro derecho.
—¿Qué demonios se supone que...?
Mukuro lo besó mientras se deshacía esta vez de la ropa interior de su ahora amante.
Hibari correspondió inmediatamente, mordiendo con cierta fiereza el labio de su, no admitido, amante.
El roce de las pieles y sus jadeos se escucharon por toda la habitación, la mano libre del italiano acarició el pecho del azabache, disfrutando de sus vergonzosos gemidos.
Un apretón más fuerte de lo necesario le hizo gruñir y supo que esa era la queja silenciosa de su compañero.
Un molesto sonido rompió en la atmósfera que crearon y Kyōya fulminó a Mukuro con la mirada cuando dejó de besarle.
—Contestas y te castro.
—Oya, oya, no seas tan agresivo, alondra... —rió—. Tranquilo, te...
Kyoya apretó su sensible miembro levemente con las uñas, una mirada azul de advertencia para que no se le ocurriese seguir por ese camino.
—Vale, vale, tranquilo...
Le besó de nuevo para que no atentara contra su vida sexual en un futuro. A Kyoya se le veía con muchas ganas de dejarle castrado.
Definitivamente, era más un felino que un ave.
Hibari, complacido, sonrió en medio del beso y dejó de atentar tan duramente contra la viva virilidad de su nuevo esclavo.
Un vago recuerdo de un idiota de cabello rubio llegó a su mente entonces y frunció el ceño.
Mukuro, ignorante de ese hecho, profundizó el beso, deseando internamente que la llamada realmente fuera del idiota de su prometido y no de su hermana puesto que, sabiendas de lo descuidada que era, Fran debía de estar más perdido nunca.
Sintió un tirón en su vientre entonces y recordó que ese no era momento para pensar en sus hermanos (porque era malditamente perturbador) y se centró totalmente en las caricias dadas y recibidas.
Miró los ojos azul grisáceo de Kyoya y distinguió en ellos una leve ausencia.
—Alondra-kun... —llamó, algo jadeante, pero el aludido no contestó—. Eh, que es a ti.
Lo besó con fiereza al ver que no se centraba en él, y solo así pareció reaccionar.
—¿Qué demonios te pasa? —preguntó frustrado el italiano, y el azabache parpadeó sin entender.
—¿No crees que tu mano está en un sitio algo... peculiar? —dijo irónico.
—No, no estás totalmente centrado en mí. Y eso me molesta.
—Hmm, ¿y según tú en qué estaba centrado?
—No sé, dímelo tú.
—Piña imbécil —el japonés tomó el cuello del europeo y lo atrajo de nuevo hacia él, besándole.
Mukuro evitó que las dudas le agobiarán, no era el momento y jamás lo sería.
Después de todo, Nagi no empezaba a tramitar el asunto de su compromiso.
Aunque, honestamente, Byakuran no era realmente un problema... Bueno, sí lo era. Pero es que al albino le gustaba joder su vida así que...
—Creo que es otro el que no se centra —los labios del asiático acariciaron la piel de su mejilla y se sonrojó—. ¿Debería tomar esto como tu vengan...?
—¡Rokudo, hijo de puta, Muku...!
Los tres se quedaron en shock.
Tsuna se sonrojó más de lo que ya venía y una mueca de horror y vergüenza reemplazó la furia con la que había entrado.
Recordó, mientras era fulminado con la mirada, las veces en que se le había dicho que debía tocar antes de entrar.
Los mayores suspiraron repentinamente cansados y tuvieron la decencia de cubrirse.
—¿Qué te tenemos dicho, niño? —bufó Mukuro—. ¡Se llama antes de entrar, joder!
—¡L-lo siento muchísimo! —se disculpó Tsuna, sonrojado hasta la raíz.
Dio media vuelta y cerró la puerta violentamente.
—¿Por qué te buscaba? —suspiró Kyoya, haciendo círculos con su dedo sobre el pecho del italiano.
—Ah, ni idea —suspiró Mukuro.
El castaño se había cargado todo el ambiente.
Por lo menos, Mukuro esperaba que su copia barata hiciera lo que le había dicho... Pensando en eso quizá...
Sonrió divertido.
—¿De qué te ríes ahora? —frunció el ceño, para nada dispuesto a irse aún a su lado de la habitación—. Me perturbas.
—Sólo pensaba en unas cosas, nada importante.
Hibari no le creyó nada, pero sólo se encogió de hombros restándole importancia cuando el teléfono volvió a sonar y Mukuro suspiró.
Las pocas esperanzas de recuperar la atmósfera perdida desaparecía más rápido de lo que aparecían.
Su vida era tan difícil.
Salut~.
Bacchi es un amor de mujer por Dios. Amadla.
Toy liada y mucho x.x Odio matemáticas, odio a mí profe y odio la vida.
Espero que os esté gustando después de 5000 años xd.
¿Comentario/voto? ¿Disparo? ¿Tartita?
Au revoir~. Nos leeremos pronto~.
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