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IV

Kyoya estaba raro.

Mukuro lo notaba en su mirada y gestos. Desde su conversación con Byakuran, estaba muy raro. Demasiado. ¿Qué mosca le había picado?

—Alondra-kun...

—Estoy ocupado.

El condenado se veía atractivo incluso con esa mirada indiferente suya y con gafas de lectura puestas para estudiar.

—Ya. Lo veo, pero...

—Si lo ves, no me jodas.

Y siguió escribiendo en el ordenador lo que probablemente fueran sus apuntes.

Mukuro siguió mirándole atentamente, había transcurrido cerca de una semana ya y empezaba a hacerse una costumbre esa situación.

—Ave...

—Calla.

—Per...

—Silencio.

—¿Me prestas tu tarea cuando esté lista?

Sus ojos se encontraron, Mukuro sonrió con picardía y el teléfono empezó a sonar (porque siempre esperaba los mejores momentos).

—No.

—Aburrido —bufó mirando el nombre en la pantalla—. ¿Sucedió algo? No me llamas desde hace unos días.

Nagi se mantuvo en silencio durante unos segundos.

—¿Me lo presentarás?

—¿A mi novio? No, gracias —rodó los ojos—. Nagi, ¿por qué estás interesada en conocer a mi nuevo amig...? ¡Auch, no me pegues!

Hibari se hizo el desentendido, con una lámpara menos en el escritorio.

—Me cae bien.

—Qué hermana más amable tengo.

—Ya ves.

—¿Y Fran?

—No sé, se fue con un rubio por ahí...

—¿Hace cuánto?

—Unas horas, tranquilo...

Nagi tapó el teléfono y ordenó a Ken que buscara a su hermano.

—¿Segura?

—Segurísima, Nii-sama, no te preocupes.

—Ya, eso sólo hace que me preocupe más, Nagi...

—Pffff, tonterías —forzó una risa—. Ese niño está...

—¿A quién me dijiste que buscará?

«Chikusa, hijo de... Ah, no... Que eres huérfano»

—¿A quién debía buscar Chikusa, Nagi? —cuestionó alerta—. ¿Has perdido a Fran?

—¿Fran? Pfff. Iba a buscar a Ken —miró mal al azabache—. Que el rubio se fue con M.M y... ¡No me cambies el tema!

Mukuro sonrió mirando a su compañero de reojo.

—¿Te cambié el tema?

—¡Quiero conocerlo! —hubo silencio por un minuto—. Y Byakuran quiere estar seguro de que no le engañas.

—No lo engaño porque...

—Ya, ya, mentiras.

Kyoya le dedicó una mirada por encima del ordenador y volvió a lo suyo con un aura totalmente más indiferente que antes.

—Dile que me está jodiendo mucho la vida.

—Se lo diré, pero debes presentarme a mi cuñado.

—Que no es... —suspiró—. Mira, déjalo.

—Venga, Nii-sama.

—Que no es mi novio, joder. Ni siquiera... —Kyoya arqueó una ceja—. Ni me hace caso —susurró.

Un grito ahogado se escuchó en el teléfono y Hibari observó de reojo a su compañero, intrigado.

—¡Te gusta! ¡Lo has...!

—Drámatica.

—¡Quiero conocerlo!

—Oye... ¿No deberías estar riñéndome?

—¿Hm? ¿Por qué?

—Bueno... Está esta cosa molesta, ya sabes, Byakuran —la habitación se heló repentinamente—. ¿No deberías...?

—Oh... ¡Oh! No te preocupes, me ocuparé de ese asunto —un escalofrío le recorrió—. Ken y yo estábamos trabajando en eso de todos modos. Es un hombre muy...

—¿Pesado? —sonrió ante una vaga afirmación—. Va, pero no le hagas tanto daño.

—¡Le quitas la diversión!

—Nagi, más que mi molesto prometido también es mi mejor amigo.

—Que asco, nii-sama —fingió arcadas—. ¿Cuándo ocurrió eso?

—Cuando salvó a Fran de morirse entre tus garras, mala mujer.

—No iba a morirse...

—Ya. Estaba falto de azúcar, tenía el nivel por el subsuelo.

—Bah, pequeñeces.

—Al menos algo de bueno debía tener ese malvavisco.

Kyoya resopló y volvió a su ordenador.

—¿Y cómo es? Tu amorcito prohibido.

—Que no es eso, mujer. Espera —puso la cámara del móvil—. Alondra...

—¿Qué?

—El ordenador tiene una mancha en la tapa.

El azabache lo quitó de sus piernas para ver a lo que se refería.

El Flash de la cámara lo alumbró.

—¡¿Qué dem...?!

—¡Que lo valga, mala mujer! —exclamó mientras corría a la puerta para huir—. ¡La imagen se está...!

Tropezó, salvando su magnífica cabeza de ser golpeada por la otra lámpara del escritorio.

Palideció.

—Guapo. Lo cuidaré, nii-sama, descansa en paz.

Y colgó dejándole con los insultos en la boca.

La imponente figura de Hibari se plantó frente a él, sonrió nervioso.

—¿Qué demonios crees que haces?

—¿Yo? —se señaló a sí mismo con fingido asombro—. Le doy amor al piso, no eres el único que tiene mi atención, Ave-kun.

Una mano le fue ofrecida (y no en matrimonio) por lo que sólo la tomó y se levantó del suelo.

Seguidamente volvieron a sus posiciones.

—Alondra-kun —llamó una vez echado en su cama—. ¿Te parezco guap...?

—No.

Frunció el ceño y le miró, el azabache le daba la espalda y parecía tenso.

—¿Ni un po...?

—No, calla que tengo tareas.

—Pe...

—Piña, silencio.

Le miró con un puchero, no se podía creer aquella rotunda negación.

—¿Seguro?

—Claro. Borra esa foto. Ahora.

—De acuerdo, de acuerdo.

Le mostró al azabache cómo eliminaba la fotografía de su galería.

Total, estaba subido a la nube...

—Ya está. ¿Contento?

—No se te ocurra hacer algo así de nuevo.

Quizá debería imprimir la foto. Se veía bastante atractivo así, sorprendido...

—Alondra-kun, ¿sabes que mentir...?

—Sí, sí, lo pondré en mi trabajo de filosofía.

—¡Alondra-kun, no me ignores!

—Ajá.

—¡Me dueles!

—Ponte a leer algo.

—No quiero.

—Mira anime.

—¿Cuál?

—Uno llamado "asesinato a la piña".

Bufó y dejó de mirarle.

—Que aburrido eres —murmuró molesto—. Si tanto te molesto sólo dilo.

—Eso hago.

No respondió y, a ojos de Hibari, parecía dispuesto a quedarse dormido.

Kyōya suspiró irritado consigo mismo, ¿por qué demonios le frustraba la sola mención del prometido de su compañero?

No se entendía a sí mismo.

—Qué pesado, por favor.

Mukuro tenía su móvil en la mano, mirando los mensajes.

—Malvavisco, deja en paz —mandó un mensaje de voz—. Quiero dormir.

Kyoya no supo qué le había contestado el tal malvavisco, pero Mukuro echó a reír y empezó a teclear con un cabreo que el sonido se escuchaba por media residencia.

Le miró de reojo con molestia.

—¿Ocurrió algo?

—Sólo un imbécil y mi hermana.

—Hmm...

Volvió a mirar la pantalla unos segundos antes de girarse para dedicarle su completa atención a Mukuro, el italiano también le observó.

—¿A ti te ocurre algo?

—No.

—Hmm...

Incómodo.

El teléfono volvió a vibrar, avisando de un nuevo mensaje y cuando el chico lo leyó Hibari contempló su repentinamente pálido rostro.

—¿Piña?

Y su rostro estalló en carmín mientras le miraba, Kyōya arqueó una ceja ante esa reacción.

—Hey, que es a ti.

Mukuro seguía como una fresa.

Maldita Nagi y su grandioso uso del Photoshop.

—Herbívoro, ¿qué tanto ves?

Se acercó a la cama del italiano, pero este detectó su movimiento e inmediatamente apagó el móvil.

—¿¡Qué haces, idiota?! ¡Mi espacio, joder!

Hibari frunció el ceño.

—¿No eres tú el que se encarga de invadir mi espacio? —bufó acercándose—. Paga un poco por eso y déjame ver.

—¡No, cotilla!

De alguna manera extraña, Mukuro se escondió bajó las mantas e intentó encender la pantalla para borrar la imagen mientras Hibari no pudiera sacarle de allí.

Era un plan infantil, pero su mente no daba a más en esa situación.

—Jesucristo, ¿es en serio?

Las cobijas desaparecieron y todavía luchaba con los mil patrones de bloqueo, jadeó sorprendido.

—¡Aléjate, demonio! —exclamó cuando le vio inclinarse en su dirección—. ¡Ayudaaaa, me quieren violar!

Hibari le ignoró totalmente, más que consciente de que Tsunayoshi "había aprendido la lección" dos días atrás después de que una situación similar ocurrió.

Sólo que en aquella ocasión el grito había sido Ayuda, no se quiere dejar violar.

«¿Deberíamos de decirle al pobre chico que no estamos en una relación fetichista y sadomasoquista?»

Rió entre dientes logrando quitarle a duras penas el teléfono.

—¡N-no sabes la clave!

—No creo que sea tan difícil. ¿Cuándo naciste?

—¿Eh? El nueve de junio.

Hibari tecleó 0906 en el teclado...

Y se abrió el móvil.

—No me puedo creer que en verdad fuera tan... —su ceño se frunció muchísimo más al ver la imagen—. ¿¡Pero qué cojones...!?

Frente a sus ojos estaba su atractiva imagen, la fotografía que la piña allí presente (a medio morir a sabiendas de que veía la imagen) le había tomado minutos atrás.

Frunció el ceño extrañado.

Sus ojos miraban hacia su compañero con un timidez y un sonrojo que definitivamente NO tenía en el momento, su postura se veía más agobiada de lo que jamás sería y...

—¡No lo mires!

—Tarde.

—Me quiero morir.

Dejó de lado los detalles de la fotografía y se concentró en el avergonzado rostro de Mukuro, una loca idea llegó a su mente y sonrió.

No estaría mal hacerle sufrir un poco a ese insoportable que tenía por compañero de habitación.

—Hmm, con que no era guapo, ¿no?

—Te callas... ¿Qué...? ¿Qué haces, al...?

Kyoya se sacó la camiseta que llevaba puesta, dejando expuesta su piel.

Se posicionó encima del muy sonrojado italiano y sonrió con malicia.

—Bueno, ¿sigues pensando igual?

Mukuro ya alcanzaba el grado de rojo supremo.

Los cabellos azabaches rozaron su frente, sus narices chocaron y Mukuro no pudo resistirse a tocar esa cintura que tan irresistible se le hacía mientras tenía un pequeño problema en su entrepierna.

—Yo...

—¿Tú...?

Hibari se estremeció ligeramente al sentir una fría caricia en su cintura, tensó la mandíbula por unos segundos antes de volver a sonreír con picardía.

—Puede que... —dudó un poco, mirando de aquellos ojos hacia sus labios—. Puede que te considere... Un poco atractivo.

«¿Esa es tu manera de decir que soy deseable? En serio, Piña. Lo estoy sintiendo, ya sabes...»

Rió entre dientes acercando más sus rostros, una de sus manos se deslizó del hombro del italiano hasta su vientre.

—¿Sólo un poco?

—Bueno... Bastante.

Y quitándose hábilmente sus manos de encima, Kyōya se dio por satisfecho y se levantó para ir a tomar sus cosas.

—Perfecto, en ese caso has mi tarea —sonrió divertido por la mirada confusa de Mukuro—. Eres bueno con los números, ¿no? Haz uso de ese inteligente cerebro que sabe de mi belleza.

Y así, escapó de la habitación con dirección al baño.

Llevaba media hora esperando la primera oportunidad para darse una ducha.

Mukuro quedó sorprendido ante la declaración del azabache, y ni tiempo le dio para reaccionar cuando el chico había abandonado la habitación.

Le había dejado todo vestido y alborotado.

—¡Será...!

Había jugado con sus deseos de lo lindo, y para colmo no podía quitarse de encima el recuerdo del suave contacto con su piel.

Dios, lo que hubiera hecho si se hubiera mantenido en ese plan un par de minutos más.

Miró sus manos. Necesitaba urgentemente volver a tocar a esa escurridiza ave y no sabía cómo hacerlo sin ser carroña a los minutos.

Qué difícil era su vida...

Suspiró tomando su olvidado celular y miró la pantalla oscura.

Sabía que, al desbloquear el móvil y las apps, se encontraría con aquel odioso rostro y entonces...

Que dilema, ¿borrar o no borrar? ¿Ser o no ser?

Se estaba pasando de idiota con Nagi y su propios gustos, la verdad.

—¿Por qué esto me pasa a mí?

—Porque eres una reina del drama demasiado ruidosa —se tensó y sentó de golpe, mirándole mal—. ¿Por qué me miras así? Sabes que tengo razón, Copia Barata.

—La barata aquí eres tú, Melón.

—A mí al menos no me dan plantón.

—¿Qué no? Tsunayoshi vive para huir de ti.

—No tiene las ideas claras.

—Alondra-kun no sabe ni lo bien que le quedan las benditas gafas.

—Tsunayoshi con gafas... —se imaginó la escena (con contenidos +18) y sonrió sádicamente.

—A saber qué estarás pensando.

—Hmm, nada. Son planes para esta noche.

—Amordázalo para que no grite.

Sonrió más. Esa piña daba muy buenas ideas.

Y de una peculiar manera, una amistad llena de odio y resentimiento se formó esa misma tarde de miércoles.

Para cuando Hibari regresó los encontró tranquilamente hablando a saber qué cosas, pero lucían bastante emocionados cuando se callaron al verle.

Les devolvió una desconfiada mirada.

—Ugh, frutas.

—Ugh, Alondra.

Daemon siguió sonriendo después de aquel simpático saludo, Mukuro por su parte no lucía tan feliz como antes.

—¿Qué demonios hacen ustedes dos? —frunció el ceño mirando a su compañero—. ¿Hiciste mi tarea?

—Puede, jamás dije que la...

—La terminamos hace un rato.

Spade nuevamente fue mirado mal por su contra parte piñil.

—Espero que esté bien hecha.

—Para tu información, fui el mejor de mi instituto en matemáticas.

—A saber los paquetes que tenías por compañeros.

—¡Hey!

—Estoy de acuerdo con la ave.

—Te callas, copia melón.

—Piña.

—Melón.

—Piña.

—Melón.

—Pi...

—Parad, par de frutas herbívoras.

—Alondra —farfullaron al unísono—. No te metas.

Y siguieron a lo suyo.

—Piña.

—Melón.

—Italiano de cuarta.

—Copia barata.

—¿Están haciendo rimas o se insultan?

—¡No te met...!

Un teléfono empezó a sonar y, gracias al cielo, no era precisamente el de Mukuro.

Daemon sonrió cuando vio el nombre y colgó.

—¿No vas a contestar?

—No, que se preocupe.

—¿Podrías irte? —gruñó un irritado Hibari—. Tener a una fruta es bastante, dos es insoportable.

—Va, si es que tenerme contigo es un sueño y lo sabes —rodó los ojos—. Pero ya en serio, vete que después Tsuna se va a llorarle al hermano y ni quién le aguante.

—Que falta de compañerismo hay aquí.

—Para que veas que el mundo es cruel.

—Ya, ya lo veo.

—Igual tenía pensado pasar una... entretenida jornada.

—Ya te dije que le amordaces. Necesito dormir para mantener mi belleza.

—Herbívoro, suenas como el insoportable de mi cuñado.

—No sé cómo tomarme eso.

—No para bien, copia piña.

—Te callas, copia melón.

Y luego de otra corta y amena conversación, Daemon se fue y el silencio incómodo reinó.

El italiano se recostó dándole la espalda a su compañero y cerró los ojos, escuchando como se movía de un lado a otro por la habitación.

Un ave amarilla se frotó contra su mejilla y se preguntó internamente cómo y cuándo se había encariñado Hibird de él.

—Piña...

—Fuera de servicio.

—¿Estás molesto?

—¿Debería?

—Quizá.

—Oh, ¿y por qué, señor seductor?

—Piña, era una maldita bro...

Mukuro sintió que se acercaba y cogió rápidamente su brazo, tirándole y haciendo que quedara sobre él.

—¿¡Qué demonios haces?!

Sonrió y cambió las posiciones, inmovilizándole.

—Lo que tú hace unos momentos.

Hibari frunció el ceño disgustado e intentó quitarse a la piña de encima... No funcionó.

—Suéltame.

—¿Por qué debería?

—Porque soy lo más guapo que has visto en tu zorra vida —obvió rodando los ojos—. Y porque tu estúpido prometido te llamará en cualquier momento.

El italiano bufó ante eso y miró de reojo el reloj sobre la cómoda, en realidad sí estaban en la hora malvavisco.

Sin embargo, le sorprendía bastante que la alondra le diera importancia al asunto.

Sonrió.

—¿Celoso?

—¿De ti? Ni en sueños.

—Hmm, ¿te creo?

—Me importa poco.

—Entonces no te creeré —rió—. Además, te lo mereces.

—¿Merecer?

—Por provocarme antes.

—No tengo la culpa de ser tan guapo.

—Luego la humildad.

—Aprendí a base de la diva que tengo de cuñado.

Mukuro repentinamente acercó sus rostro mirándole con sospecha.

—Gidiota, ¿no? —el azabache evitó como pudo el sonreír ante el infantil apodo—. Hablas demasiado de él... ¿Acaso te gusta?

Ni en pesadillas.

—No es tu asunto, suéltame.

La mirada del italiano se volvió dura.

—Responde.

—¿Por qué debería?

—Porque yo...

—¿Tú?

—Argh, nada.

—¿Entonces te vas a quitar?

—No hasta que me respondas.

—Y volvemos a lo mismo, ¿por qué tendría que hacerlo? No es tu asunto.

—Si no me lo dices, haré algo que no te gustará.

—¿Hah? Te quiero ver intentando eso.

—¿Vas a responder?

—No.

Kyoya se preguntaba qué haría ante eso...

Y luego sus labios.

Abrió los ojos como platos ante ello.

Sueño.

Ale está liadísima y dormida ahora.

Los amamos mucho y lamentamos la tardanza xd :3

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