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I

Suspiró.

De verdad, menos mal que sabía japonés. Mira que mandarle a Japón desde Italia de un día para el otro...

Nagi y sus ideas. ¡Él estaba bien en Italia! ¡Quería cursar ahí su Universidad!

Bufó y arrastró con mala gana la maleta azul marino de ruedas a través de los pasillos de la residencia de estudiantes.

Esa mierda era enorme, tenía como siete mil habitaciones, según la información que tenía.

Seis mil novecientos dieciocho.

Esa era su habitación.

Con un poco de suerte, estaría él solo. Aunque lo dudaba.

—Por favor...

Abrió el pomo de la puerta de la que sería su ahora habitación y se decepcionó al ver que ya había alguien dentro y bien acomodado.

Un azabache de orbes azul grisáceo le miró con desinterés y frialdad desde una de las dos camas de la habitación.
No parecía estar más feliz que él, lo supo por la amarga mueca que le dedicó a su maleta.

—Maldición.

Ambos bufaron después de notar lo que dijeron al unísono.

Definitivamente, aquella convivencia no auguraba nada bueno.

El italiano se arrastró a sí mismo dentro de la habitación a sabiendas de que se veía ridículo de pie junto a la puerta.

«Quiero regresar»

Colocó sus cosas sobre la cama en frente de su compañero de cuarto y miró con una mueca el ropero.

¿Sus cosas entrarían allí?

—Primera norma —habló el azabache—. En tu sitio van tus cosas. No invades mi espacio o te morderé hasta la muerte —dictó—. Segunda, lejos de mí por unos 5 metros mínimo o te morderé hasta la muerte. Tercera, no tocas mis cosas o te morderé hasta la muerte. Cuarta, nada de drogas ni alcohol aquí o te morderé hasta la muerte.

Mukuro arqueó una ceja. Peculiar su compañero de cuarto, ¿no?

—Encantado de conocerte también.

—No estoy encantado de conocerte, no sé si no lo has notado.

—Para nada. Lo disimulas de fenómeno, eh.

—No necesito tus sarcasmos. Mucho menos que me hables.

El italiano asintió divertido, tal vez no sería tan aburrido como pensó.

—No, pues que lástima —suspiró con dramatismo—. Y yo que pensaba hacer de ti mi mejor amigo.

—Ni en pesadillas.

—Que cruel.

—Suelen decirlo.

Y podía imaginarlo claramente, ese chico a sus ojos era bastante...

—Soy Mukuro, por cierto.

—Hm...

—¿Tú?

—No te interesa.

—Sí que me interesa.

El azabache pasó de enredarse en una batalla de monosílabos y empezó a leer un libro que había dejado a medias, marcado con un separador.

Mukuro sonrió forzadamente. ¿Ese cabrón le estaba ignorando? ¿A él?

Ya iban a ver quién ignoraba a quién.

Tomó sus cosas y arrastró los pies en dirección al armario, le abrió de un tirón y miró.

Había orden de un lado del armario y supuso que el otro debía ser el suyo, sonrió.

—Oh, no es mucho pero me servirá —murmuró malicioso—. ¿Por dónde debería empezar?

Se alejó dejándole abierto, haciendo un pequeño escándalo en su andar hacia el otro armario y le abrió con más fuerza.

—¿Qué demonios haces?

—Oh, acomodar mis cosas.

Mukuro rió y metió un par de camisas al azar entre la ropa del azabache, en una posición como de tiro de baloncesto.

—¡Triple!

—¿Eres imbécil?

—No, soy Mukuro. Ya te lo he dicho.

Cogió su móvil, puso una canción japonesa al azar y empezó a saltar mientras abría y cerraba el armario y cantaba a todo pulmón.

El azabache no le ignoraría.

No, si Mukuro estaba presente, todo Dios debía darse cuenta de su maravillosa presencia.

Y aparentemente su desganado compañero era lo suficientemente listillo para suspirar llamando su atención.

—Hibari, ahora silencio.

El italiano sonrió divertido y sólo bajó el volumen dejando de cantar, odiaba en realidad aquella canción.

«Maldito Fran y su música»

—Perfecto, espero llevarme bien contigo.

—No lo esperes tanto.

—Igualmente pasará —metió una camisa en su propio armario—. Quieras o no, soy adorable.

—Irritante.

—¿No son sinónimos?

El azabache bufó y se dedicó nuevamente a leer.

Mukuro sonrió y se tiró al lado de él, cayendo sentado con un molesto chirrido de los muelles del colchón debido al inesperado y brusco peso.

—¿Qué haces, desgraciado? ¿No te dije a cinco metros de mí?

Hibari maldecía no tener sus tonfas a mano. Estaban en la maleta, pues no pensó que vendría semejante imbécil.

Tenía la esperanza de que no viniera nadie.

—¿Qué lees?

—No sé si te será desconocido, pero esto se llama «libro».

—¡No me digas! ¡Pensé que se llamaba «amargado»!

Hibari le dio un puñetazo, pero Mukuro lo detuvo cogiéndole la muñeca. Lo intentó con el otro brazo, soltando el libro, pero pasó lo mismo.

Forcejearon, uno para soltarse y otro para seguir agarrando, y el azabache acabó tendido en la cama, listo para darle una patada en donde más duele a ese desgraciado que se encontraba encima suya cuando...

—¿Podéis hacer un poco de...? Oh... Yo... Lo siento...

Mukuro y Hibari miraron al muchacho que había entrado en la habitación en ese momento, ojos castaños y cabello marrón alborotado, muy sonrojado ante la escena que estaba presenciando.

Sawada Tsunayoshi reconocieron ambos, aunque no es como si el chico supiera de la fama que le precedía al ser el segundo heredero de... Pues medio mundo.

Corporación Vongola tenía una fama de nivel mundial bastante impresionante.

El italiano sonrió, suponiendo lo que el chico podría estar pensando de ellos y decidiendo que haría de él su nuevo juguete.

—Kufufufu~, bonito momento para interrumpir, ¿no? —se echó para atrás, esquivando hábilmente la patada que había vuelto a su curso con más fuerza—. Podrías tocar la puerta la próxima vez.

—Esto... ¡L-lo siento! —hizo una profunda reverencia, sonrojado hasta la raíz del cabello.

—No te preocupes, has llegado a buena hora para ver zumo de piña —dijo Hibari, dándole otra patada para que se apartara de encima.

Mukuro la volvió a esquivar y sonrió.

—Oh, cariño, no seas así. Sabes que no me gusta la violencia —guiñó un ojo.

—E-entonces sí que son...

—¡No soy nada para este maldito herbívoro! —apresuró a aclarar el azabache.

—Qué cruel, yo que te quiero tanto...

El castaño les miró confundido por un rato, hasta que recordó a una pareja cuyos comportamientos eran... Demasiado similares, sonrió más tranquilo.

—Bueno, sea lo que sea que hagan... —dudó un poco, notando que un objeto metálico fue lanzado a la cabeza de "la piña" —. ¿Podrían hacer silencio? Mi compañero de habitación es algo... Delicado a la hora de la siest...

—¡Sawada Tsunayoshi! —escucharon del otro lado del pasillo—. ¡Ven aquí en este maldito momento!

La batalla de Mukuro y Kyōya murió, miraron intrigados el pálido rostro del chico antes de que se fuera corriendo.

—Dejo la puerta abierta.

—Es ruidoso.

—Y no avisó antes de entrar.

El azabache miró unos momentos a su compañero, decidiendo que... Tal vez no sería tan malo como pensó.

—¿Vas a hacerle la vida imposible? —indagó interesado—. Luce como un herbívoro interesante.

—Si por interesante quieres decir ingenuo —rodó los ojos—. Y sí, quizá me burle bastante de... Un momento. ¡¿Qué sucede con esta atmósfera de camaradería?!

Hibari rodó los ojos y suspiró.

—Quítate de encima, para empezar.

Mukuro parpadeó sorprendido pero obedeció y se sentó en la cama del azabache.

—Gracias —ironizó—. Ahora, vete a tu espacio.

Señaló la cama del italiano y este suspiró, sentándose ahí.

—¿Y bien? ¿Desde cuándo somos camaradas?

—Desde nunca.

—¿¡Qué?! ¡Pero...!

Hibari rió levemente ante su cara de espanto.

—¡Oh, Dios, sabes reír!

Y... Volvió a rodar los ojos con molestia.

—Soy un humano, ya sabes.

—¿Lo eres?

—Algo... Más o menos.

Vale, eso estaba mejor.

—Volviendo a nuestra camaradería... —inició sonriendo levemente—. ¿De dónde ha salido?

—¿Vas a molestar o te quedarás en silencio mientras leo? —bufó—. Porque si vas a molestar, tengo muchos otros lugares a donde ir.

—¿Cómo cuales?

—Hay uno que es total y absolutamente desconocido para ti, ¿sabes?

—¿De verdad?

—Sí. Se llama biblioteca, seguro que no lo has oído nunca.

—Ja, ja, muy gracioso.

—No pretendía serlo pero gracias.

—Serás... Un momento, te llamabas... ¿Alondra?

Hibari frunció el ceño.

—No. Hibari. Hibari Kyoya.

—Alondra. Te has quedado así.

—No me llames así.

—¿Ave?

—No.

Mukuro frunció el ceño, ligeramente molesto antes de que una maravillosa idea llegase a su mente.

—¿Cariño?

—Me quedó con Ave.

Torció el gesto, al menos había funcionado.

El resto del día la pasaron ignorándose el uno al otro, los próximos años pintaban como un sueño...

•~•

¡Salut, lectores!

No puedo. Me muero del sueño.

PERO TODOROKI ES MUY BAE. Y KISE.

Y Y Y ME ESTOY VIENDO FREE.

YYY HICE NUEVOS FRIENDS OTAKUS.

Ok, eso no les importa. Lo que sí es que este fic está finished así que publicaremos seguido y es #BaAl porque Hi es vaga y no le gusta esta pareja.

Sí, es un 6918. Y parejas aún más randoms.

Os dejo con Bacchi:

Notas de B: Hay, wes, esto no es sano :v

Puro 6918 (me encanta y lo odio, toy confundida) y yo pensando que iba a escribir puro 1827 toda mi life :v y mirame aquí, ukeando a Kyo y amando a Kenma :v

#ElDesplazado por cierto, ¿sabían que Ale tiene una ligera muy grande obsesión con mi lemon? Me. Perturba :v

Esa niña no era así, me pregunto qué le pasó ewe

No la hagáis caso. Si no fuera por mí, no habría na de hard en esto.

¿Merecemos comentario/voto? ¿Disparo? ¿Tartita?

¡Au revoir! Nos leeremos pronto~.

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