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Triciclo Perú

Au. Latinoamerciano, donde Aslan y sus amigos intentan encontrar su lugar en el mundo durante las huestes de un conflicto armado, al tiempo que Eiji –hijo de migrantes japoneses- y en su primer año en la universidad, se encuentra cara a cara con los movimientos paramilitares y, por ende; con Ash.

O, los personajes de banana fish atraviesan su adolescencia durante los ochenta-noventa, y para más inri; en Perú, demostrando que Dios si castiga dos veces.

Advertencias: Una Lima muy a-cusqueñada, perdón; mi conocimiento de la capital se resume a lo que mi novia me ha dicho y a mi charla de diez minutos con un surfer.

—Tienes apellido de gringo. —Fue lo primero que le dijeron cuando entró a clase en su escuela nueva. Aslan ya había escuchado eso muchas veces, en tonos coquetos, tonos burlones, y otras tantas con algo muy parecido a la envidia, quizá. Aquella vez, en el primer día del segundo de secundaria, había sido solo con curiosidad—Que chévere, ¡El mío es chino! Ya no voy a ser al único al que jodan en clase.

Él no había estado muy seguro sobre qué responder a eso. Elevando una ceja en confusión mientras murmuraba un claramente incómodo:

—¿Gracias?

El chico desconocido se había limitado a hacerle un gesto con la mano, que él solo había visto hacer en las películas extranjeras que a veces su hermano lo llevaba a ver en el cine Amauta, como si sus pulgares e índices fueran pistolas, antes de irse a sentar al fondo de la clase. No sin antes hacerle el sonido extra con la lengua.

Vaya personaje.

Quizá no era la historia más pintoresca sobre como uno conoce a su mejor amigo, pero era la de Aslan, y siempre le gustaba contarla, especialmente si de avergonzar a Shorter se trataba.

—Tenía doce, Ash. DOCE—Se quejó, mientras jadeaba con agotamiento y revolvía el poco cabello que ahora tenía en la cabeza. En algún punto en cuarto de secundaria, Shorter había pensado que hacerse un mohicano era la mejor idea del mundo, y para quinto de secundaria, lo había logrado. Aún si no había durado más de una semana en la escuela antes de que el auxiliar lo persiguiera para terminar de raparle la "cresta", como él lo había llamado. Y bueno, para hacer la historia corta, su mejor amigo ahora tenía un nada bonito corte militar—No era un genio en el arte de la socialización, como ahora.

Bufó, antes de estirarse y llevarse la botella de cerveza a la boca.

Sus amigos en la mesa rieron al unísono, mientras Ash pulía el casquillo del taco del billar.

—Oh, sí—dijo, mientras apuntaba a la bola blanca, en medio de la mesa—Cómo olvidar cuando quisiste coquetear con las chicas del consorcio, y la monja te correteó durante dos paraderos.

Shorter tuvo la osadía de lucir ofendido. Junto a él, Skipper rio abiertamente, mientras se aferraba con fuerza a la barra de madera que, definitivamente; era demasiado grande para él.

Apenas eran las doce de la mañana, y ninguno de ellos tendría que estar allí; pero eso no parecía importarle a nadie en ese momento, no al dependiente del local, que dormitaba en una silla en la entrada, no a los universitarios que fumaban un par de mesas más al fondo; y claramente no a ellos.

Aslan y Shorter estaban en su último año de secundaria, pero Shorter estaba completamente mentalizado a trabajar en el chifa de su familia, diciendo que la universidad era sólo algo que los huevones que no sabían que un título universitario sólo era un cartón muy costoso aspirarían a cursar. Y, Ash, por su parte- ni siquiera sabía que estudiar. El coordinador le había hecho un sinfín de test vocacionales- que, eran el mismo, sólo que con diferentes fechas cada uno; y todos apuntaban a algo diferente, según el humor de Ash esa mañana.

"Podrías ser doctor" Le había dicho su docente favorito, el que tenía la mejor puntería para lanzar la mota de la pizarra cuando alguien se distraía en clase "Allí es donde está la plata"

Aslan sólo habría fruncido el ceño.

"No me gusta la gente"

Su maestro habría reído.

"¿Y a qué doctor le gusta?"

La misma conversación se habría repetido, de manera muy similar, con las siguientes opciones: Abogado, ingeniero y el nunca faltante; docente.

Skipper, por otro lado, era un caso especial.

Tenía edad para estar en tercero de primaria, pero Ash sabía que ni siquiera había cursado el primer grado. A su madre, nadie la conocía; y su padre- había sido uno de los tantos nombres que habían sido borrados después de que estallara el último coche bomba.

Skipper era huérfano, aunque esa era una realidad que no había cambiado mucho, antes o después de la muerte de su padre.

—Como sea—Se quejó Shorter, al tiempo que lanzaba un silbido nada disimulado al ver que, tras el primer golpe a la bola blanca, al menos dos de ellas ya habían entrado en las troneras—... ¿Me recuerdas de nuevo que fue lo que apostamos?

Skipper no pudo aguantar la risa que le invadió, mientras respondía por él.

—¡Cuerdas nuevas para la guitarra!

XXX

Cuando Eiji cumplidó los dieciséis años, se había visto envuelto en una encrucijada. El qué hacer después de terminar el colegio.

Tienes que ir a la universidad, eso es obvio.

Le había dicho su padre, sin quisiera levantar la mirada del periódico, mientras fruncía el ceño al leer el titular de la página principal, para luego doblar el ejemplar y lanzarlo a un lado, antes de murmurar un par de maldiciones en su lengua natal.

Algo que se repetía mucho últimamente.

Eiji había sopesado sus opciones de manera constante y continua, incluso desde que hubiera estado en tercero de secundaria, cuando los chicos de más dinero en la escuela ya comenzaban a hablar sobre academias pre universitarias, cursos de inglés, y otras actividades extracurriculares.

La familia de Eiji no tenía realmente dinero para ninguna de esas cosas, siendo que la única razón por la cual podían pagar su actual escuela era por el descuento que se le hacía en la pensión al ser parte del equipo de atletismo.

Claro.

Diría en cambio, y se aseguraría de agregar al menos dos horas extra de estudio a su rutina diaria, mientras aprovechaba las horas del recreo para encerrarse en la pequeña biblioteca, para repasar los temas que habían entrado en el último examen de primera opción.

Su último año de secundaria había pasado así, entre libros que uno de sus tíos le había prestado de sus primos mayores que ya estaban estudiando; compañeros de escuela dejando silenciosamente las aulas para nunca regresar, con su auxiliar de clase alentándolo amablemente a que continuara hasta el final y rindiera sus exámenes; y su padre desconectando el televisor que tenían en la sala cada que algún nuevo boletín informativo hiciera eco en la pantalla.

Economía y contabilidad parecía la mejor opción en ese momento. Eiji era muy bueno con los números, se le hacían muy sencillos, y cuando ponía su mente en las operaciones y las largas filas de números en un papel; era sencillo olvidarse un poco del ruido de fondo que era su vida.

Aún podía recordar claramente cómo se sentía el peso del lápiz entre sus dedos, la voz del maestro repitiendo –no por primera vez- que no quería verlos levantar la vista de las hojas frente a ellos y, que por amor a todo lo sagrado, recordaran colocar su nombre; que luego por mucho que llorasen, nadie iba a ser capaz de encontrar sus exámenes si no los rotulaban bien.

Eiji sólo se había permitido pensar un momento si había alguien lo suficientemente distraído de verdad como para olvidar algo tan básico como eso.

También podía recordar el sentimiento de tensión formándose en su vientre bajo, mientras buscaba su nombre en las larguísimas listas publicadas en la San Marcos, mientras a su lado podía escuchar sendos vítores y llanto en medidas iguales.

De gente de su edad, y de personas mucho mayores también.

La emoción que había significado ver su nombre en negrita, junto a la palabra "INGRESANTE" y la sensación de orgullo que había llenado su pecho cuando hubiera llegado con la noticia a casa.

La mirada feliz pero contrariada de su padre, y el fortísimo abrazo de su madre y hermana menor.

Eiji habría jurado, al menos por un par de horas, que ese había tenido que ser el día más feliz de su vida.

Al menos, hasta que, llegada la noche, y mientras iba a la cocina a buscar un poco de agua; hubiera escuchado a su padre hablar- con la voz contrita y enfadada, con un tono que Eiji le había escuchado muy pocas veces.

—Esa es universidad de terrucos, Noriko.

Su madre habría suspirado, profundo y tendido. Por el sonido de sus ropas, probablemente tomando las manos de su padre.

—No es así...

¡¿No has visto lo que dicen las noticias?! —Su padre era un hombre de personalidad férrea, pero parca. Si bien Eiji nunca lo había visto sonreír abiertamente, tampoco lo había escuchado levantar la voz. Sin embargo, en ese momento sintió sus hombros dar un salto, sorprendido por el cambio en su dicción.

—Amor...—calmó su madre, logrando que su padre bajara el tono.

—...pero no alcanza para una universidad privada.

Y eso había tenido que ser algún tipo de record, pensaría Eiji, mientras la mañana siguiente la pasara lavando los platos, haciendo como si no hubiera escuchado nada. La facilidad con la que uno podía pasar de la extrema felicidad a la tristeza infinita.

Su padre no estaba feliz. Todo lo contrario.

Y aún si Eiji había intentado ver el lado positivo del asunto, intentando ignorar la creciente ola de noticias y propaganda que parecía llenar las calles de la ciudad, encerrado en su pequeña burbuja de libros y números, mientras contaba los días para su primera clase; parecía ser que la vida le tenía otra clase de planes.

Unos que involucraban menos a la universidad mayor de San Marcos, y un poco más al hospital Arzobispo Loayza.

Eiji no tenía ni una semana en clases cuando su padre cayó enfermo, siendo internado de emergencia en la unidad de cuidados intensivos. Y, tenía exactamente diecisiete, cuando tuvo que congelar su carrera.

Cambiando los libros y cuadernos por largas mañanas en casa, encargándose de su hermana; y tardes pendiente de informes médicos, resultados de laboratorio y extensas colas que podían durar hasta la madrugada, mientras esperaba para tomar un turno en el banco de sangre, en la sala de imágenes, o sólo para poder ver a su padre unos minutos en la madrugada; antes de que empezara la visita médica, aún si siempre le repetían que él no podía estar allí.

Eiji no entendía mucho de la terminología médica, ni de las enrevesadas maneras que tenían para expresarse los galenos, que, envueltos en sendas batas blancas, parecían estatuas de marfil, que no tenían tacto alguno para decirle que su padre estaba muriendo.

Y, exactamente un año después; y con el acta de defunción en sus manos, mientras detrás de él su madre lloraba desconsoladamente; le decían – con la misma clase de frialdad- los pasos que tenía que seguir para poder llevarse el cuerpo de su padre.

Eiji tenía dieciocho años cuando su padre murió. Y, también tenía dieciocho, cuando finalmente pudo retomar sus estudios en la universidad.

—¿En serio vives aquí?

Fue la primera pregunta que soltó Max cuando Griffin le hubiera mostrado su pequeño cuarto en la población, después de hacer un pequeño esfuerzo con su hombro derecho para mover la pesada puerta de madera.

—Sí, Max—repitió. Así como había hecho cuando lo hubiera ido a recoger de la terminal de buses, cuando lo hubiera llevado a pie hacia la población más cercana antes de asegurarle que tenía suerte, porque al menos no tenían que hacer el viaje extra a caballo, como otros de sus compañeros—Por enésima vez, sí.

—Eh...qué...—Max parecía luchar por encontrar las palabras correctas, mientras Griffin le miraba divertido desde su cama, cruzándose de brazos—Pintoresco.

Dijo, mientras le regalaba una sonrisa muy parecida a la que había puesto la primera vez que se hubiera presentado frente a su padre.

Griffin no había podido evitar reír.

Misma reacción que había tenido Jim en su momento, aún si la risa de ese hombre no era ni de cerca tan dulce como la del joven maestro.

Y, claramente, ambas eran por motivos distintos.

Max era un hombre carismático, pero le era difícil admitir que no estaba acostumbrado la vida austera, con unos padres que podían pagarse tranquilamente una casa en Lince y un departamento en barranco, mientras que lo poco que ganaba Griffin iba directamente a casa, para su padre y hermano menor.

—Al menos tengo un techo. ¿sabes que el serumista tiene que quedarse en la posta? —Contó, mientras tomaba la mochila de Max y comenzaba a ordenar sus cosas en el pequeño mueble que le habían regalado, y fungía mitad como closet y mitad como almacén— Había un gran agujero, me pidió ayuda para clavar unas tablas. Y me regaló esto.

Dijo dando un par de golpes a la sólida madera.

—Antes guardaban medicina aquí adentro, pero ahora ya no llega. Creyó que podría servirme.

Max se removió nervioso en su lugar, mientras parecía meditar lo que diría después.

Griffin ya se lo esperaba, no era la primera vez que tenían una conversación así.

—Sabes que si necesitas algo...

—Lo sé—Dijo entonces, dejando la mochila vacía a un lado, y haciendo su camino hacia Max, mientras tomaba sus manos con cariño—Lo sé, Max...

El mentado solo apretó los labios.

—Sabes que podría ayudarte con algo...

Griffin dejó que una sonrisa parca se dibujara en sus labios.

Max siempre había sido el primero, incluso cuando sólo eran amigos, en asegurarle que podría ayudarle de faltarle algo; cualquier cosa.

Griffin nunca se había sentido especialmente cómodo pidiendo cosas, ni siquiera cuando fuera un niño, no a su padre; y claramente tampoco a ningún otro adulto que pudiera clamar compartir sangre con él.

Aquello no había cambiado durante sus años de universidad, con sus pequeños cachueleos aquí y allá. De hecho, sólo lo había hecho una vez; para su hermano.

Max lo había encontrado encerrado en el baño de la universidad, mientras buscaba desesperadamente cualquier remanente de dinero que pudiera quedarle, maldiciendo el precio de las medicinas, y al inútil de su padre que parecía trabajar únicamente para él.

Lo había llevado a la farmacia, y había sido él quien había tenido una larguísima charla con el encargado, mientras intentaban descifrar la letra del doctor que hubiera atendido a Aslan, mientras Griffin intentaba- muy pobremente- ocultar lo rojo de sus ojos.

—Lo sé...—Repitió entonces, el recuerdo de las manos de Max apretándolo fuertemente por los hombros, mientras le aseguraba que todo iba a salir bien; y el ojo morado que hubiera tenido al día siguiente en clases, que parecía sumar perfectamente al misterioso labio roto con el cual había llegado Jim esa noche a casa—Y si de verdad lo necesitara, te lo pediría...

El rostro de Max pareció contrito un momento, como si estuviera cavilando una nueva queja.

Griffin no quería escucharla.

En cambio, tomó su rostro con cuidado, acercándolo para rozar sus labios, en un beso que tenía sabor a reencuentro.

—O-oye...—Lo escuchó murmurar cuando se separaron, sus ojos recorriendo la pequeña habitación.

—Tranquilo—Dijo Griffin entre risas suaves—Aquí estamos sólo los dos...

El rostro de Max se coloreó ligeramente, como la primera vez que se hubieran besado, una noche estrellada detrás de la biblioteca central. Sus manos se asieron a su cintura con fuerza, al tiempo que sus labios buscaban los de Griffin con premura.

—Cierto—Dijo, antes de que Griffin sintiera que las manos de su novio presionaban con más fuerza su piel—Sólo los dos...

Notas finales:

Este Au quería hacerlo desde hacía mucho tiempo, y ahora gracias a que el nuevo asistente en la oficina pone rock peruano todo el día, las ganas incrementaron. Se supone que esto es una comedia, ¿más o menos? Pero no es muy gracioso. ¿Alguien vio la película con la que esta historia comparte título? xD bueno algo así es haha.

Prometo que lo que sigue tiene más trama, esto es sólo para ponernos en contexto, no creo que muchos lean esto pero, pero, amo los au latinoamericanos, así que, no podía no hacerlo.

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