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Mitología #3

Palabras; 1013.

Dios; Afrodita.

Género; Comedia.

Pareja; 6927

Fail.

Dicen las malas lenguas que un dios del amor, la lujuria y la divecidas estaba celoso.

Pero este dios no iba a aceptarlo porque las divas no se ponen celosos por cosas como la belleza de los mortales, porque... #DivaQueSeRespetaEsMejorQueTodos.

Entonces empecemos.

Estaba ahí Giotto (a quien algunos conocen como Afrodita, pero no se llama Afrodita se llama Ieyasu, pero los amigos le dicen Giotto porque suena más a nombre de diva que Ieyasu), bueno estaba él allí re casual mirando el atardecer con una postura un tanto incómoda cuando se le ocurrió algo.

¿Por qué no ver en la vida de los humanos? Es de divas ser chismoso.

Con eso en mente dejó de hacer su mala imitación del yoga y se recostó en el pasto mientras un portal cristalino se abría frente a él como si de televisor pantalla plana de samsung se tratase.

Un control remoto fue a parar a sus manos y fue pasando de humano vulgar a humano vulgar hasta que sus espectaculares ojos de reina de la belleza lo vieron.

Una mata de pelo castaño se cruzó en su cambio de canal, mil veces, diez mil veces.

Sawada Tsunayoshi estaba en todos putos lados, en la mente de los hombres, en la mente de las mujeres y en la de algún que otro perro que pasó por ahí orinando árboles.

Giotto frunció el ceño inconforme.

Mandó a llamar a su hijo el fav (aquel de quien no tenía muy claro el padre) y el chico apareció poco después con una sonrisa despectiva.

—¿Diga?

—Necesito que hagas algo, niño —ignoró la mala mirada, señaló la imagen del castaño—. Investiga a este chico y quiero la información para esta noche antes de dormir.

El muchacho rodó los ojos y asintió, su nombre era Mukuro (nuevamente, le decían Eros, pero Piña era el apodo favorito de la prole).

Como sea.

La piña esta se fue al mundo humano a hacer el mandado y poco le costó encontrar al niño de los males de su padre, Sawada Tsunayoshi se llamaba.

Tenía quince años, ojos bonitos, actitud de diva de primer clase, cabello castaño y un instinto que le evitó llevarse un jarronazo cuando el semi-dios apareció ante él.

Se miraron, sonrieron y Mukuro regresó al olimpo.

Giotto seguía en el mismo lugar, ahora el portal era un espejo gigante y el rubio se estaba arreglando el cabello, se cubría las arrugas con maquillaje mágico y se acomodaba los lentes de contacto.

—Ya vol...

—¡Hiiiieeeee! —Rokudo se tapó los oídos con una mueca— ¡Idiota, me asust...! ¡Juro que esto no es lo que parece! ¡Soy rubio natural y mis ojos son dorados!

No, no, se había quitado ya una lentilla y tenía un ojo dorado y otro de corriente color miel.

El menor decidió hacerse el convencido, prefería no tratar con divas porque #DolorDeCabeza.

—Claro, claro, es que es obvio —rodó los ojos—. El gran Giotto jamás mentiría sobre su edad, color de pelo, peso, altura, color de ojos, la fidelidad a su esposo y... ¿De qué hablábamos?

El rubio le miró significativamente, dejando en claro que si se iba de lengua y le decía a Daemon que le engañaba cada dos domingos con un tal Alaude le quitaría la mesada.

Es que hay que ver, estos hijos de ahora...

—De nada, cariño —forzó una sonrisa—. ¿Cómo te ha ido con la misión de espionaje?

El pelopiña se encogió de hombros con una sonrisa burlona.

—Su nombre es Sawada Tsunayoshi, totalmente natural y... —pausó y su mirada se volvió extrañamente entusiasta— Si tuviera que definirlo en una palabra sería, diva.

Le entusiasmaba que Giotto sería infeliz, fue ahí cuando el gran dios sintió celos.

Pero no lo iba a admitiro, pfff.

Torció el gesto y volvió a mirarse al espejo, aquel día era domingo y tenía cita con el disciplinado dios del averno.

—Vale, vale, bien por él —farfulló mientras volvía a arreglarse—. Tengo una cita con el doctor hoy, ¿podrías encargarte de él? Ya sabes, con tu tridente...

La piña se encogió de hombros y asintió.

Una semana después, el gran dios estaba revisando las vidas de los humanos y volvió a encontrar al castaño en la mente de todos.

Pero esta vez no estaba solo, los corazones humanos estaban llenos de envidia y odio dirigido hacia un amante secreto con el que el muchacho se encontraba cada dos domingos en un lago a oscuras.

La furia le embargó y nuevamente mandó a llamar a Mukuro, quien apareció arreglándose la camisa con aire presuroso mientras se miraba las uñas y usaba uno de los espejos favs de su padre para mirarse el cabello.

La diveza se hereda, niños.

La furia e indignación del rubio teñido incrementó y le arrebató el espejo.

—¡¿Qué demonios significa esto?!

Mukuro parpadeó aturdido y dejó de arreglarse para finalmente chasquear los dedos quedar per-fec-to.

Sonrió.

—Significa que tengo una cita, ¿Alaude te canceló?

Giotto estaba COLÉRICO.

Porque sí, Alaude le canceló para ir a cenar con Persephone (lo dejo a su imaginación vengan con sus teorías).

—¡¿CÓMO TE ATREVES A TOMARME POR TONTO, MALDITO?! —indignación pura, se estaba despeinando— ¡ESE NIÑO SIGUE VIVO! ¡¿POR QUÉ DEMONIOS SIGUE VIVO?!

Siguió sonriendo.

—Jamás dijiste que debía matarlo —obvió—. Sólo dijiste que me encargara se él con mi tridente y eso hice.

—¿Qué demonios...? —palideció— Oh, Dios, Mukuro.

Y empezó a balbucear sobre algo referente a semidioses-piña y atunes poco divos.

Al final Rokudo se fue dejándole solo, tenía una partida de póker con el niño aquel.

Había perdido su tridente por culpa de la oscuridad y se estaban rifando el quién lo buscaría en la parte más profunda.

Pero Giotto no necesitaba saber sobre eso, tampoco de lo que incluía el perder contra Tsuna.

Pffff, ese niño vería lo que era bueno. Se iba a enterar que al hijo de la diva mayor no se le reta a correr desnudo por las calles del infierno.

No podía ver la cara de su archirrival (el misterioso hijo de Alaude, Kyoya) desde esa vez.

Maldito Tsunayoshi.

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