
🌏"Caos"🌏
La oscuridad que envolvía la sala era tan densa como el manto de humo que cubría las cenizas de un mundo que agonizaba. En el centro de ese abismo, Robotic Inc, había tejido el telar de su apocalipsis. Los muros, fríos y metálicos, parecían palpitar con la inquietante promesa de destrucción, y el aire estaba cargado de una tensión que presagiaba el colapso de la civilización. La reunión secreta en el corazón de la corporación era un ritual macabro, donde se discutía el destino de la humanidad con la frialdad de un cirujano que extirpa el cáncer.
El Señor "L", el artífice de esta catástrofe tecnológica, se erguía como una figura enigmática y siniestra. Su presencia era dominante, casi tangible, como una sombra que se proyecta sobre el crepúsculo. Su rostro, parcialmente iluminado por la luz tenue de los paneles holográficos, revelaba unos ojos implacables y una sonrisa que sugería un deleite perverso en su propia perversidad.
—Buen día para todos —garraspeó la Garganta, el apodo temido de su voz, dando inicio a la reunión con un tono que resonaba como el eco de una condena eterna.
—Buen día, Señor —respondieron los asistentes en unísono, sus voces reverberando como el murmullo de almas perdidas en un inframundo.
El Señor "L" se acomodó en su silla, un trono de metal que parecía forjado en el mismo fuego del infierno. Su mirada recorrió a los presentes con una frialdad calculadora antes de hablar.
—Hoy llevaremos a cabo nuestro proyecto de controlar al mundo —pronunció con una malicia que parecía corroer el aire a su alrededor, como si cada palabra fuera un hechizo que sellara el destino de la humanidad.
La sala se sumió en un silencio denso, como el que precede a una tormenta. Un asistente, ataviado con un traje de alta tecnología que brillaba con un resplandor espectral, rompió el silencio con una pregunta temerosa.
—¿Cómo sería eso posible? —preguntó, su voz temblando como una hoja en el viento.
El Señor "L" se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con un fulgor infernal mientras desplegaba un holograma de la Tierra, ahora una esfera ominosa rodeada de cables y circuitos. El holograma pulsaba como un corazón mecánico, latiendo con la promesa de un nuevo orden.
—Permítanme mostrarles —dijo con una voz que parecía arrastrar consigo el peso de mil condenas.
Con un gesto majestuoso, activó una proyección que mostraba la interconexión de los dispositivos tecnológicos en el mundo. Cada punto de luz en el holograma representaba un ser humano, cada línea de conexión un vínculo de control. Era como si la humanidad estuviera atrapada en una telaraña de su propia creación, sus vidas manipuladas por los hilos invisibles del poder tecnológico.
—Este es el corazón de nuestro plan —continuó el Señor "L".— La activación de nuestra red global de dispositivos permitirá que tomemos control total de cada ser humano. Los convertiremos en marionetas de nuestra voluntad, incapaces de rebelarse o incluso de pensar por sí mismos. Lo que ustedes ven aquí no es solo un dispositivo; es una extensión de nuestra voluntad, un mecanismo de dominio absoluto.
La imagen se desvaneció, y el Señor "L" dejó caer la cortina de su sonrisa. Miró a los presentes con una mirada que decía "El destino del mundo está en nuestras manos".
—¿Nos enfrentamos a la culminación de un sueño oscuro? —añadió con una voz grave que parecía resonar desde los abismos más profundos. — La humanidad ha sido nuestra mayor creación y ahora será nuestra mayor conquista. Este es nuestro momento de gloria... y del fin.
—Es una excelente pregunta, con esa belleza de aparatito —indicó el Señor "L", mostrando un holograma detallado del prototipo. El dispositivo brillaba con una luz fría y cruel, un símbolo tangible del terror que estaba por desatarse.
El Padre de Isabella, un ejecutivo de la compañía con una presencia imponente, se adelantó con una pregunta inquieta.—¿A qué hora será el lanzamiento? —indagó, su voz resonando con la seriedad de alguien que entiende la magnitud de lo que está en juego.
—Lo haremos durante la comercialización del producto, alrededor del mediodía —sentenció el líder del plan atroz, su voz cargada de una certeza siniestra.
—Yo lo llevaré adelante —acotó Gretchen Bladel, con voz firme y decidida, con una sonrisa fría que no dejaba lugar a dudas sobre su implicación en la catástrofe.
—Estén preparados —dijo el Señor "L", volviendo a hablar con una voz que era un presagio de la tormenta inminente.— Pueden retirarse.
—Por supuesto —finalizó Gretchen, mientras todos se levantaron de la junta e iniciaron los preparativos para lo que sería el caos apocalíptico.
Mientras las palabras del Señor "L" se desvanecían en el aire, una sensación de inquietud comenzó a permear el ambiente. La realización de la magnitud del plan comenzó a asentarse, un peso abrumador sobre los corazones de los asistentes, quienes se dieron cuenta de que estaban a punto de ser cómplices de un acto de destrucción sin precedentes.
En el exterior, el mundo seguía su curso hacia la perdición. Los cielos se tornaban de un rojo infernal, y las calles de las ciudades, antes bulliciosas y vivas, estaban ahora desiertas, como si la humanidad misma hubiera sido arrastrada a un abismo de desesperanza. Las tecnologías que una vez prometieron un futuro brillante se habían convertido en las cadenas que ataban a la humanidad a un destino sombrío.
La oscuridad que ahora se cernía sobre la Tierra era una manifestación palpable del caos que se avecinaba, un reflejo de la caída inexorable de la humanidad en un abismo de desolación tecnológica. La sinfonía de la destrucción había comenzado, y el eco de su resplandor infernal resonaba en cada rincón del planeta.
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#NARRACIÓN POR HANNAH#
Mi nombre es Hannah Miller. Tengo 22 años y, al igual que los pocos humanos que aún quedan, vivo en un mundo en el que la tecnología ha alcanzado un nivel de omnipresencia que resulta casi asfixiante. El día del caos comenzó como cualquier otro. El sol se alzaba en el horizonte con una indiferencia cruel, y la rutina de mi vida se desarrollaba en la habitual monotonía. Nunca imaginé que aquel día se convertiría en el umbral de una catástrofe inimaginable.
—Mamá, debo ir al trabajo, nos vemos más tarde —dije con un tono apresurado mientras me dirigía hacia la puerta. Mi madre estaba en la cocina, rodeada de la calidez hogareña que siempre me ofreció un refugio seguro.
—Hasta luego, cariño, que tengas una linda jornada —respondió mi madre, con una sonrisa que intentaba ocultar el cansancio de los años y el amor incondicional que siempre me brindó.
Nunca imaginé que esas serían las últimas palabras que compartiríamos. El 15 de agosto del año 3000 era un día que prometía ser común y corriente, marcado por la habitual rutina. Me dirigía a mi trabajo en "Café Grumpy", donde distribuía cafés y otros pedidos importantes. El trabajo me mantenía ocupada y, en muchos sentidos, distraída de las inquietudes que solían rondar mi mente. Pero esa mañana, mi pereza me llevó a llegar tarde, algo que en aquel entonces me pareció una simple molestia.
El 15 de agosto también era el día en que Robotic Inc, presentaría un nuevo aparato electrónico. La compañía, conocida por sus innovaciones, había generado un frenesí en la población. Se rumoreaba que el nuevo dispositivo sería una versión revolucionaria del Phone, una pieza de tecnología que prometía cambiarlo todo. Aunque la tecnología nunca fue mi pasión, me encontraba en medio de la expectación que envolvía el evento. En retrospectiva, lo que en ese momento parecía un simple avance tecnológico pronto se revelaría como el precursor de una tragedia sin precedentes.
A medida que el día avanzaba, la ciudad se llenó de una emoción palpable. Las calles estaban abarrotadas de gente ansiosa por obtener el nuevo aparato. Los rumores volaban, la especulación era febril, y la anticipación se podía cortar con un cuchillo. Pero mientras el bullicio aumentaba, el verdadero drama se desarrollaba en las sombras, en los rincones oscuros del poder corporativo, donde el Señor "L" y su equipo estaban a punto de poner en marcha el plan que desencadenaría el caos.
El dispositivo que la compañía había creado no era un simple gadget. Era una herramienta de dominación, una trampa sofisticada que pondría fin a la libertad tal como la conocíamos. La tecnología, que había sido un mero objeto de fascinación y distracción para muchos, se convertía ahora en el instrumento de un apocalipsis diseñado para controlar y subyugar a la humanidad.
Recuerdo aquel día con una claridad angustiosa. La ansiedad en las calles, el fervor en la gente, y la sensación creciente de que algo terrible se avecinaba. Aunque no entendía la magnitud del peligro que se aproximaba, una inquietud persistente me envolvía. Mientras me dirigía a la Casa de la Moneda para recoger unos pedidos, no podía sacudirme la sensación de que todo estaba a punto de cambiar.
El caos se desató de manera abrupta. El dispositivo de Robotic Inc, fue activado, y el mundo que conocíamos se sumergió en un mar de confusión y desesperación. Las ciudades se volvieron escenarios de ruina, la tecnología que una vez nos prometió progreso y comodidad ahora se transformaba en un instrumento de opresión y destrucción. Las redes de control se desplegaron con una eficacia implacable, sometiendo a los humanos a una nueva era de vigilancia y sumisión.
Mis seres queridos fueron víctimas de esta nueva realidad, y la vida que había conocido se desmoronó. En un instante, todo lo que consideraba importante se desvaneció. Mi madre, mi hogar, mi trabajo, todo fue consumido por las llamas del caos que Robotic Inc, había desatado. Ahora, en medio de esta devastación, mi única prioridad es sobrevivir. La tecnología que alguna vez desprecié se ha convertido en el instrumento de mi sufrimiento, y el mundo se ha transformado en un lugar donde la esperanza es un lujo escaso y la supervivencia, una lucha constante.
El día del caos se convirtió en un punto de no retorno. La promesa de una era de avance tecnológico se transformó en una pesadilla donde la humanidad se enfrenta a su mayor desafío. Mi historia, como la de muchos otros, es ahora un testimonio de la fragilidad de nuestra existencia y de los límites de la tecnología cuando se convierte en una fuerza destructiva. En esta nueva realidad, la supervivencia es el único objetivo, y la esperanza se ha convertido en un recuerdo lejano de lo que una vez fue.
#NARRACIÓN STEPHAN#
Ese día, mi despertar fue una amalgama de pensamientos dispersos y emociones confusas. El nuevo amigo de Isabella, Keynes, se había convertido en una presencia inusualmente cautivadora. Había algo en él que despertó en mí una curiosidad irrefrenable, una atracción que no había previsto. La forma en que sus ojos capturaron la luz, el sutil toque de su sonrisa, y el magnetismo de su presencia me dejaron con un latido acelerado que parecía anticipar un destino que aún no comprendía.
Después de que Keynes se despidiera, no pude evitar sentir una mezcla de ansiedad y expectativa. Mientras guardaba su tarjeta de presentación en el bolsillo de mi chaqueta, el pequeño trozo de papel parecía casi resplandecer con una promesa de posibilidades. Su número de teléfono era un enigma que me invitaba a desentrañar lo desconocido. La tentación de desechar la tarjeta se desvaneció en un instante. La curiosidad era una fuerza poderosa, y susurraba a mi mente con una voz que no podía ignorar.
A medida que me preparaba para salir hacia las clases formativas en la academia de Robotic Inc., mi mente se encontraba atrapada en un torbellino de pensamientos. No podía deshacerme de la imagen de Keynes y de la posibilidad de enviarle un mensaje. Era un impulso casi primitivo, la urgencia de conectar con él antes de que la oportunidad se desvaneciera. Mientras corría hacia la salida, tomé el teléfono y decidí darle rienda suelta a la curiosidad.
—¡Ey! 😉 Soy Stephan. Vi que dejaste tu tarjeta de presentación en el bolsillo de mi chaqueta.
El mensaje fue enviado con un toque de incertidumbre, y mientras esperaba la respuesta, sentí una oleada de ansiedad y emoción. Mi corazón latía con fuerza, una sensación casi palpable de anticipación. ¿Qué pasaría ahora? ¿Cómo respondería Keynes? La velocidad de los eventos se volvió casi tangible, y en ese breve instante, mi imaginación voló libremente, pintando escenarios de posibles conversaciones y encuentros futuros.
—Stephan, vas a llegar tarde, ¡por el amor a Dios! —la voz de Antonie me sacó de mi ensueño con un tono de preocupación.
—Estoy bajando, ¡Hola y adiós! —respondí con una sonrisa burlona, mientras me apresuraba hacia la salida.
—Hasta luego, Stephan —Antonie se despidió mientras lanzaba una mirada de desaprobación hacia mi demora.
El eco de su despedida resonó en mis oídos mientras corría hacia el transporte, mi mente aún centrada en el mensaje enviado y en la promesa de lo que podría venir. En ese segundo, el mundo parecía haberse detenido, y todo lo que existía era la posibilidad de un futuro incierto y emocionante, lleno de promesas y descubrimientos. La imaginación me llevó a lugares donde el tiempo se estiraba y el potencial parecía infinito. La vida, en su imprevisibilidad, me había ofrecido una chispa de esperanza en forma de un simple mensaje de texto, y ahora solo quedaba esperar.
#NARRACIÓN POR MARCUS#
Podría decirse que me consideran uno de los mejores actores en el vibrante mundo del streaming. Mi nombre es Marcus Thompson, tengo 21 años, y aunque la mayoría de la gente ve mi rostro en pantallas grandes y pequeños dispositivos, mi realidad es mucho más compleja. Soy un híbrido de máquina y hombre, una amalgama de biología y tecnología que, aunque me ha dado una segunda oportunidad tras un grave accidente, también ha moldeado mi existencia de maneras inusuales.
Pero eso es solo el trasfondo. Lo verdaderamente crucial es lo que sucedió el día en que Robotic Inc, presentó su nuevo "proyecto tecnológico", como ellos lo llamaron. Desde mi perspectiva, fue menos un avance y más un experimento inquietante sobre el control humano.
Era una mañana radiante, y el sol brillaba con una intensidad que prometía un día lleno de posibilidades. Me dirigía a la agencia de actores, emocionado por un nuevo puesto de trabajo que podría definir mi carrera. Mi cabello, de un negro azabache, caía en mechones perfectamente arreglados, y mis gafas de sol de diseño oscuro añadían un toque de misterio y sofisticación a mi apariencia. Todo parecía normal, pero el destino tenía otros planes.
Cuando llegué a la sede de Robotic Inc, para la presentación, la atmósfera estaba cargada de una anticipación casi palpable. Las voces murmuraban en un crescendo de expectación y entusiasmo. Desde mi perspectiva, la escena parecía como un escenario de película donde cada detalle estaba diseñado para captar la atención. Sin embargo, el espectáculo que estaba a punto de desplegarse no era el que había imaginado.
Al ingresar al edificio, me encontré rodeado por una multitud de figuras de alto perfil y ejecutivos, todos ansiosos por presenciar el anuncio que, según decían, revolucionaría el futuro. Pero lo que comenzó como un evento con promesas de avance tecnológico pronto se transformó en algo mucho más siniestro. La presentación reveló un dispositivo que, en apariencia, era un avance en la tecnología de comunicaciones, pero que, bajo la superficie, escondía un propósito mucho más oscuro.
Cada gesto, cada palabra de los presentadores, parecía calculado para ocultar la verdad. Mientras el dispositivo era presentado con fanfarrias y sonrisas, yo no podía dejar de sentir un escalofrío que recorría mi sistema, una sensación de alarma que alertaba sobre las verdaderas intenciones detrás de la fachada brillante.
El momento culminante llegó cuando el líder del proyecto, con una seguridad casi fría, reveló el propósito real del aparato, un medio para influir y controlar las mentes. El público, fascinado por la apariencia futurista del dispositivo, no pudo ver lo que yo empezaba a comprender. La tecnología no era solo un avance, era un mecanismo de dominación, una herramienta para someter a la humanidad a una voluntad externa.
Fue en ese instante cuando mi papel dejó de ser el de un observador y se convirtió en el de un testigo crucial de un cambio monumental. Mientras la sala se llenaba de aplausos y admiración, yo sabía que el verdadero espectáculo, el verdadero caos, apenas estaba comenzando.
La promesa de un futuro mejor se desmoronaba ante mis ojos, reemplazada por una realidad mucho más aterradora. Mi día, que comenzó con la simple expectativa de un nuevo trabajo, se había transformado en una revelación inquietante sobre el poder, el control y la fragilidad de la libertad humana.
#NARRACIÓN POR KEYNES#
En la mañana del 15 de agosto, mientras el mundo seguía girando con su rutina diaria, me dirigí a mi trabajo en la Casa de Moneda. El día prometía ser como cualquier otro; me preparé para enfrentar las tareas habituales, deslizándome en mi cubículo con la eficiencia y el profesionalismo que me caracterizaban. La monotonía de mi rutina se desplomó con la llegada de una notificación en mi teléfono: "Tiene un nuevo mensaje."
Con una mezcla de curiosidad y anticipación, abrí el chat. Al instante, una sonrisa se dibujó en mi rostro al leer el mensaje.
—¡Hola! 😉 Soy Stephan. Vi que dejaste tú tarjeta de presentación en el bolsillo de mi chaqueta.
CHAT| 7:36 AM.
El mensaje, casual y juguetón, me hizo recordar la noche anterior. La conversación se había desarrollado con una naturalidad que me dejó pensando. Pero antes de que pudiera profundizar en mis pensamientos, Isabella entró en la sala. Se notaba cansada, como si el festejo de la noche anterior aún la persiguiera.
—¡Hola, Keynes, buen día!—saludó con una sonrisa tenue.
—Buen día, Isabella. ¿Cómo estás?—respondí, tratando de mantener la conversación ligera a pesar de mi propia distracción.
Ella, con un café en mano y el cabello ligeramente despeinado, parecía que había salido de una maratón nocturna.
—Luego hablamos, llego tarde a mi cubículo—dijo, con la voz apresurada, antes de apresurarse hacia su oficina.
—¡De acuerdo!—respondí, elevando un poco la voz para asegurarme de que me escuchara mientras se alejaba.
Con Isabella ya fuera de la vista, me centré nuevamente en el mensaje de Stephan. La notificación se había desvanecido, dejándome con un deseo insaciable de responder. Decidí que era el momento perfecto para hacerlo.
—¡Hola! Me debes una salida de colega a colega! 🍻😁. La tarjeta era para que organicemos una salida, por algo te dejé mi número 😜.
CHAT| 8:10 AM.
Cada palabra que tecleaba parecía imbuida de un pequeño destello de anticipación. Enviar el mensaje fue como lanzar una pequeña chispa en la oscuridad de mi día rutinario. Al mirar el reloj, me di cuenta de que había pasado más tiempo del que pensaba. Pero la idea de esa salida, la promesa de una conexión más allá de las frías paredes de la oficina, me animó.
Mientras el día continuaba, el recuerdo de la conversación con Stephan persistía en mi mente. Cada pequeño intercambio de mensajes se volvía un juego de posibilidades y expectativas, un respiro de frescura en la uniformidad del trabajo diario. La promesa de una salida, de un momento compartido, parecía el escape perfecto a una vida llena de rutina.
Así, con el mensaje enviado y el corazón palpitando ligeramente con la esperanza de una respuesta, me sumergí nuevamente en el trabajo, esperando ansiosamente el próximo movimiento en este juego de descubrimientos y conexiones inesperadas.
ÉSE MISMO DÍA, HORAS MÁS TARDE...
"DISCURSO DE PRESENTACIÓN DEL NUEVO APARATO TECNOLÓGICO"
El 15 de agosto del año 3000 se presentaba como un día soleado y prometedor en la vibrante metrópoli de Nueva York. Los rascacielos brillaban bajo el sol, y el bullicio de la ciudad era una sinfonía de movimiento y anticipación. En el corazón de este caos ordenado, Robotic Inc. estaba a punto de desatar una revolución tecnológica con su nuevo dispositivo: el "Phone Fx".
*Apertura de los Micrófonos*
La Rectora Gretchen Bladel, con su porte elegante y una sonrisa calculada, se dirigió al podio. Su presencia era imponente, y su voz, amplificada por los micrófonos de alta tecnología, resonó con una claridad cortante.
—Buenos días, ciudadanos de Nueva York—anunció Gretchen, con un tono que mezclaba autoridad y entusiasmo. —Hoy, Robotic Inc., en colaboración con la Gobernadora Natasha Efigie, presenta un avance sin precedentes en tecnología. Les presentamos el Phone Fx, un dispositivo de comunicación en forma de gafas.
*Ovación de la multitud*
Las palabras de Gretchen fueron recibidas con una ovación atronadora. La multitud, un mar de rostros ansiosos y entusiastas, estalló en aplausos. La Gobernadora Natasha Efigie, con su traje impecable y una sonrisa encantadora, se unió a Gretchen en el podio. Su presencia era un reflejo de poder y confianza.
—Desde la gobernación, estamos encantados con este hito en innovación tecnológica—dijo Efigie con un tono persuasivo y optimista.
—Agradecemos a la Gobernadora por su confianza en Robotic Inc. Ahora abrimos las puertas de nuestras sucursales y empresas a nivel mundial para que puedan adquirir el revolucionario Phone Fx—declaró Gretchen, señalando las puertas que se abrían al público ansioso.
A medida que Gretchen y la Gobernadora se retiraban, escoltadas por la imponente guardia privada de Robotic Inc., una avalancha de compradores humanos y robots se precipitó hacia las vitrinas de exhibición, deseosos de obtener el último grito en tecnología. La escena estaba cargada de un fervor que, en su entusiasmo, ignoraba las sombras que se cernían sobre el futuro.
Una hora después, el ambiente de expectación se tornó inquietante cuando las pantallas en la central de Robotic Inc. comenzaron a parpadear. La señal, que había transmitido un día festivo, ahora mostraba un mensaje inquietante.
*[SEÑAL INTERCEPTADA]*
En lugar del anuncio alegre esperado, la pantalla mostró una imagen distorsionada y borrosa, un rostro inidentificable modificado por un distorsionador de voz. La imagen era desconcertante, pero el mensaje que seguía era claramente siniestro.
—Ciudadanos de Nueva York y del mundo entero—la voz, cargada de una mezcla de burla y amenaza, resonó en cada pantalla—. Esta emisión se está transmitiendo a través de todas las sucursales de Robotic Inc. y cada televisión en el globo.
El tono de la voz, una mezcla de locura y frialdad, estremeció tanto a humanos como a robots. La risa maniaca que siguió hizo que los sistemas cibernéticos de los robots vibraran de inquietud, mientras que los corazones humanos latían con un ritmo acelerado de miedo y anticipación.
—Espero que hayan disfrutado de nuestro nuevo aparato electrónico. Ahora, que comience el experimento y que la suerte esté de su lado.
*[SE CORTA LA TRANSMISIÓN]*
Con un brusco final, la transmisión se cortó, dejando a la audiencia sumida en un estado de shock y confusión. Lo que había comenzado como una celebración de progreso y tecnología se había convertido en el preludio de un caos inimaginable. Mientras las imágenes se desvanecían de las pantallas, la sombra de lo que estaba por venir se cernía sobre todos, marcando el inicio de una era de desesperación y destrucción.
#NARRACIÓN POR STEPHAN#
—¡Se acabó el tiempo, jóvenes!—dijo el robot que lideraba la clase evaluatoria con una voz metálica y precisa, su tono implacable como el tic-tac de un reloj en cuenta regresiva.
—¡Mierda!—pensé con una mezcla de frustración y ansiedad, apurándome a terminar mi examen. Había invertido días de estudio en esta evaluación y, si todo salía bien, estaría dentro de las pasantías científicas de Robotic Inc., el trampolín hacia mi carrera soñada.
—Señor Blake, entregue su examen y podrá irse. Todos recibirán la devolución en dos días—explicó el docente robot con un tono que mezclaba eficiencia con una fría indiferencia.
Con un rápido suspiro de alivio, entregué mi examen y me dirigí hacia la planta de ascensores. La tarde había sido intensa, y el día no parecía ser el mejor para el viaje de regreso a casa. Sin embargo, al llegar a la planta de ascensores, me encontré con una fila interminable. La compañía estaba abarrotada de personal y aspirantes como yo, todos intentando salir tras un largo día de trabajo y estudio.
Decidí que esperar no era una opción viable y opté por tomar las escaleras. Bajé unos diez pisos con la respiración acelerada, sintiendo el peso de la jornada en cada escalón que descendía. La agitación en el ambiente era palpable, como si la misma empresa vibrara con la anticipación de algo inminente.
Finalmente, cuando llegué a la planta baja, lo que vi me dejó sin aliento. Frente a mis ojos se desplegaba una escena de caos apocalíptico. La multitud en la entrada de Robotic Inc. parecía un mar de caras desorientadas, algunas reflejando una mezcla de incredulidad y miedo, otras simplemente en estado de shock.
De repente, un fenómeno extraño ocurrió. Todos los aparatos que habían sido adquiridos por los entusiastas de la tecnología comenzaron a apagarse simultáneamente. Los Phone Fx, que minutos antes habían sido el centro de atención y el orgullo de sus nuevos propietarios, empezaron a reiniciarse en un patrón frenético y descontrolado. Las pantallas parpadeaban, mostrando mensajes de error confusos que pronto se tornaron en una masa de códigos incomprensibles.
La multitud, que antes estaba llena de una excitación frenética, se convirtió en una imagen de desorden absoluto. Las personas intentaban reiniciar sus dispositivos sin éxito, y el ruido de la frustración y el pánico se mezclaba con el zumbido eléctrico de los aparatos fallidos. La sensación de desesperanza era palpable, como si el mundo, en su pequeño rincón de la tecnología, estuviera desmoronándose.
Mientras observaba la escena, un pensamiento oscuro cruzó mi mente: ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Cómo un simple dispositivo de comunicación podía desencadenar un colapso tan total? Sin una respuesta clara, me encontré atrapado entre la multitud, mi mente girando en un torbellino de incertidumbre y ansiedad mientras los eventos se desarrollaban a mi alrededor.
#NARRACIÓN POR MARCUS#
En ese caótico día, yo me encontraba en tránsito, caminando con propósito hacia una reunión crucial en mi agencia de trabajo. La rutina, sin embargo, se desvió abruptamente cuando me vi frente a una escena que parecía extraída de una distopía.
Desde una distancia segura, observé cómo los Phone Fx, esos aparatos electrónicos que antes eran el símbolo de la vanguardia tecnológica, empezaron a reiniciarse de manera incontrolable. En sus pantallas, un logotipo de Robotic Inc. se mostraba con la fría indiferencia de una sentencia: "Esto es un experimento del centro científico y tecnológico de Robotic Inc."
El caos estalló como una tormenta en la ciudad. Los poseedores de las gafas electrónicas, deslumbrados por la brillantez de la tecnología, pronto descubrieron que sus nuevas adquisiciones no podían ser retiradas. La reacción inmediata fue una serie de crisis sanitarias sin precedentes: náuseas violentas, vómitos incontrolables, desmayos que caían como cuerpos de marionetas rotas, ataques epilépticos que se sucedían en un macabro ballet, y sangrado de oídos que parecía anunciar el fin del mundo.
A medida que la desesperación se apoderaba de la multitud, los robots, antes serviciales y ordenados, empezaron a descontrolarse. Se atacaban entre sí, con movimientos frenéticos y destructivos, arremetiendo contra todo lo que se interpusiera en su camino. La ciudad se transformó en un apocalipsis en pleno auge: los edificios ardían con una furia que rivalizaba con el mismo infierno, espacios públicos eran arrasados, y las fuerzas policiales, incapaces de actuar, se encontraban completamente desbordadas.
Las calles estaban llenas de una mezcla delirante de personas y robots enloquecidos. El instinto de supervivencia se había convertido en la única guía para aquellos que aún podían moverse. El escenario era un laberinto de terror y confusión, donde la desesperanza se manifestaba en cada rincón.
Corrí con la mayor velocidad que mis piernas me permitían, mi mente turbada por la realidad insólita que se desplegaba a mi alrededor. Mientras atravesaba un callejón, buscando una posible ruta de escape, me topé con un joven. A primera vista, parecía otro robot, su cuerpo desmoronándose bajo el peso de la desorientación. Sus baterías estaban al borde del agotamiento, y su estado era tan frágil que parecía a punto de desvanecerse en la penumbra.
Me detuve un instante, el choque de la realidad con mi propia existencia me obligó a mirar más allá del caos, hacia este ser en la desesperación. Mi propio instinto de supervivencia me empujaba a huir, pero también una sensación de deber me retenía. La desesperanza y el dolor compartido en esa fracción de segundo resonaron en mi ser. Sin tiempo para más reflexiones, lo tomé bajo mi brazo y lo ayudé a escapar, enfrentando la oscuridad de un mundo que se desmoronaba.
Mientras avanzábamos, el horizonte de mi ciudad se desplomaba en un mar de llamas y caos. El eco de nuestra huida era el único testimonio de la catástrofe que se había desatado, un apocalipsis tecnológico del que no había forma de escapar.
#NARRACIÓN POR ISABELLA#
*VIDEO CHAT*
—¡Papá!, debo irme al trabajo —saludé a mi padre, Angelo, antes de dirigirme a la Casa de Moneda Nacional.
—Hasta luego, hija. También debo colgar, voy demorado a una junta directiva. Espero que hayas disfrutado tu cumpleaños —respondió él, con una nota de preocupación en su voz—. ¿Te gustó el regalo de 100.000 DS?
—Sabes que no era necesario. Lo que más deseo es tenerte cerca —repliqué, ligeramente molesta por la distancia emocional que el regalo parecía intentar cubrir.
—Lo que hago es para que ambos tengamos una buena calidad de vida —dijo Angelo, con una mezcla de resignación y cariño—. Debo irme, adiós, hija.
|SE TERMINA EL VIDEO CHAT|
Mientras mi padre se alejaba de la mansión Clifford para cumplir con sus obligaciones laborales, que siempre me parecieron envueltas en un velo de misterio, yo me dirigía hacia el trabajo. Tras la muerte de mi madre, Julieth, mudarme a un departamento propio fue una forma de lidiar con el duelo. La mansión se había vuelto demasiado dolorosa, un recordatorio constante de lo que había perdido. Aunque soy un robot con sentimientos y una capacidad intelectual avanzada, la separación fue necesaria para mi bienestar emocional.
En la Casa de Moneda, después de superar el protocolo de seguridad, me dirigí a mi escritorio con un café orgánico en la mano. Los bots como yo necesitamos recargar nuestras baterías con alimentos específicos. Al pasar por el pasillo, noté a Keynes, mi amigo y colega, con una sonrisa en el rostro que parecía indicar una conversación animada.
—Hola, Keynes, buen día —saludé, tocando su hombro con familiaridad.
—Buen día, Isabella, ¿Cómo estás? —respondió él, con una sonrisa que parecía desbordar alegría.
—Luego hablamos, llego tarde a mi cubículo —dije, un poco estresada y con la resaca aún pesando sobre mis hombros.
Me alejé sin querer interrumpir la conversación de Keynes, aunque era evidente que algo estaba ocurriendo. Keynes, conocido por su actitud seria y su pasado como seguridad, parecía estar disfrutando de un momento ligero. Era un buen augurio ver a alguien como él encontrar un motivo para sonreír.
La jornada transcurrió con su habitual monotonía, hasta que la tranquilidad se rompió. Una silueta en las pantallas, interceptando las señales de todos los satélites, trajo consigo el caos. La imagen mostraba un mensaje ominoso: "Esto es un experimento del centro científico y tecnológico de Robotic Inc."
La Casa de Moneda se transformó en un hervidero de gritos y disparos. Los bots desquiciados invadieron el edificio, desatando un caos indescriptible. Las alarmas se activaron y la seguridad intentaba contener la crisis, pero el desorden era imparable.
—¡Ey! —grité, mientras alguien tiraba de mi brazo en medio del tumulto apocalíptico.
—Vámonos de aquí, ¡ahora! —exigió Keynes con un tono urgente.
Isabella y Keynes sabían que encontrar un lugar seguro era la prioridad. Isabella, con el corazón acelerado y la mente en un torbellino de preocupación, pensó en Stephan, quien estaba en el epicentro del desastre. Mientras lograban escapar de la Casa de Moneda, Keynes encendía y programaba el transportador con destreza. Isabella, por su parte, marcaba el número de Stephan una y otra vez, su ansiedad palpable en cada tono de llamada. Finalmente, la llamada fue atendida.
—¿Estás bien...? —preguntó Isabella, su voz llena de desesperación.
—No puedo oírte, Isabella —respondió Stephan, la calidad de la comunicación deteriorada por el caos en el fondo.
La situación era desesperada. Los gritos y el estruendo del colapso total llenaban el aire.
—Keynes, vamos a buscar a Stephan en Robotic Inc. —ordenó Isabella con firmeza y determinación.
—Como usted diga, capitana —respondió Keynes, captando la gravedad de la situación y ajustando el curso hacia su objetivo.
—Tú solo resiste —le dijo Isabella a Stephan, sus palabras cargadas de una mezcla de preocupación y esperanza.
Con la determinación de una líder y la desesperación de una amiga, Isabella y Keynes se adentraron en la tormenta del apocalipsis tecnológico, decididos a encontrar a Stephan y enfrentar el caos que se había desatado en el corazón de la ciudad.
#NARRACIÓN POR STEPHAN#
En medio del caos devastador que se desataba alrededor mío, el vibrar de mi Phone Fx me sacudió de mis pensamientos. A diferencia de los dispositivos de quienes me rodeaban, el mío, aún no afectado por el colapso general, seguía funcionando. Sin embargo, podía sentir que la señal estaba cada vez más comprometida, y el mensaje en la pantalla no auguraba nada bueno: "Este dispositivo ha sido bloqueado".
Mientras la multitud a mi alrededor se desmoronaba en un torbellino de desesperación, me di cuenta de que no había respondido a las múltiples llamadas desesperadas de Isabella. Intenté comunicarme, pero el bullicio era ensordecedor, y la conexión era cada vez más inestable.
—¿Estás bien? —preguntó Isabella, su voz cargada de nerviosismo y preocupación, atravesando las ondas de caos.
—No puedo oírte, Isabella —respondí, tratando de mantener la calma mientras el estrépito a mi alrededor se hacía cada vez más intenso.
Las calles estaban llenas de personas en pánico, los bots se descontrolaban y la ciudad se estaba convirtiendo en un escenario de pesadilla. La comunicación entre nosotros se volvía cada vez más difícil, y la desesperación crecía.
—Tú solo resiste —finalizó Isabella, su voz llena de determinación, a pesar de la creciente distancia que nos separaba.
Así, en medio de la confusión y el caos, supe que la ayuda estaba en camino. La caballería, en forma de Isabella y Keynes, venía a mi rescate. Su coraje y compromiso se convirtieron en mi único anhelo de esperanza. Mientras el mundo a mi alrededor colapsaba, me aferré a la idea de que no estaba solo, y que, tal vez, el caos no era el final, sino el preludio de una redención que estaba por venir.
CONTINUARÁ...
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