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Advertencia: Marcanne, drama.

Cuando entro, Marcy vio a Anne tras la mesa mirando a la nada, sus ojos rojos e hinchados, una copa de vino en su mano.

Fingiendo una tranquilidad que no sintió, cerró la puerta tras de ella, y el sonido hizo que Anne la mirara.

Su esposa parpadeo para luego sonreír levemente.

Marcy llevaba sin verla tres días, en los que estuvo durmiendo en un hotel para darle su espacio, y estaba esperando que cuando se vieran, Anne comenzara a llorar y a pedirle que se alejara, no que le sonriera.

La carta de divorcio en su bolso peso un poco más. Necesitaba ser firmada para llevar a cabo el tramite pronto, ese instante así que si o si tenía que hablar con Anne

—Te extrañe mucho —comento Anne de pronto, poniéndose de pie.

Antes de decir algo, Anne le dio un beso suave en los labios.

Su estómago se contrajo, atónita. Se alejó, arrugado el ceño en confusión.

—Pensé que no vendrías a cenar —prosiguió Anne como si nada, sin dejar de sonreír— Estaba a punto de llamarte.

Abrió la boca, pero las palabras no salieron de su boca, aturdida.

¿Acaso...?

Miro hacia abajo, viendo los papeles de divorcio

—Anne —dijo con la voz suave— Vine para que firmes los papeles.

Y los levanto.

La hermosa sonrisa que la había enamorado cuando era más joven se convirtió en un mohín de dolor, pero no retrocedió. Necesitaba hacer eso pronto. Una vez que los papeles fueron firmados, sacaría sus cosas de la casa para irse a un pequeño departamento que vio los últimos días.

Anne sacudió la cabeza

—¿Qué dices, Marcy? —pregunto con la voz temblando—. ¿Papeles de qué?

Suspiro

Se lo había planteado: cuando los papeles estuvieran listos, pensó que Anne podría reaccionar de distintas formas, y la negación fue una de ellas. La triste, terrible negación.

Marcy habría preferido que Anne colapsara, le gritara, le rogara, más, pero no sé qué se esforzara en negar lo que era inevitable. Negarlo era lo peor, porque significaba que Anne seguía teniendo esperanza ocurrido fue solo una broma o, peor, un invento.

—De divorcio —dio sin perder el tono suave Anne parpadeo

—Oh —fue lo único que dijo se dio vuelta antes de que Marcy pudiera añadir algo.

Marcy percibió, entonces, que la más baja estaba pálida, con ojeras bajo sus ojos hinchados, sus labios resecos y partidos. Incluso podía notar que su rostro estaba más delgado.

Le preocupo que Anne no hubiera comido bien los días anteriores, no se atrevía a preguntar.

—Prepare tu plato favorito —dijo Anne entonces, sin mirarla

—Anne —ahora su voz salió dura—, por favor, no hagas esto más difícil.

—Difícil —repitió Anne—. No lo entiendo.

Sintió como se desesperaba, algo se estrujaba al ver los ojos de Anne, tan cálidos y tiernos, pero llenos de un infinito dolor que lograron sacudirla por dentro, que le rompía en mil pedazos.

Esos mismos ojos que siempre parecían contentos y felices ahora estaban asustados, temerosos de ella.

—Te lo ruego—murmuró con la voz temblando.

Pero Anne sólo se abrazó, mordiendo su labio inferior.

—¿Es ... es porque ya comiste afuera? —preguntó insegura — Puedo comprenderlo si...

—¡Mierda, Anne, ya no te amo!

Se odió por haberlo dicho tan bruscamente, con la voz teñida de pena y un poco de rabia también.

¿Por qué Anne tenía que ser tan idiota, tan tonta?

¿Por qué tenía que adoptar esa actitud?

¿No sabía que ella también se sintió mal por tener que hacer eso?

La vio tragar saliva, su ceño arrugándose levemente.

—Firma esto, ahora —ordenó mostrando otra vez los papeles.

Anne ladeó la cabeza.

—No.

La palabra resonó en el comedor, y de pronto, una fría calma se extendió por el rostro de su esposa.

Abrió la boca por la incredulidad.

Dio un paso.

—No lo compliques todo —gruñó Marcy sin poder evitarlo—. Fírmalo ahora. Sacaré mis cosas y...

—No lo firmaré —Anne levantó la barbilla, desafiante—No puedo divorciarme de la mujer que amo, Marcy. No sin pelear antes.

Apretó su puño, los papeles arrugándose, y sintió odio por Anne Boonchuy, por sus ojos tristes pero firmes, por su expresión calmada casi indiferente, y su presencia tan demandante y absorbente.

¿No fue todo eso lo que la había enamorado en primer lugar?

—Te estás comportando como una niña caprichosa— advirtió Marcy con desprecio—. Lo único que estás haciendo es humillarte —se enderezó, hacia una mueca—. Anne, ya no te amo, es así de simple, así que terminemos con esto.

—¿Por qué? —preguntó Anne interrumpiéndola—. ¿Por qué ya no me amas? ¿Qué cambió? Estábamos mal, sí, pero ¿es suficiente para que dejes de amar a persona con la que te casaste? —se sentó en la silla—. Teníamos una crisis y te refugiaste en Alexa, ¿y dejas de amarme?

Sabía que tuvo que poner una expresión de sorpresa ante la mención de Alexa, pero no dijo nada, haciendo una pregunta silenciosa con su mirada.

—Pueden ser un poco más discretas con sus salidas —respondió Anne amargamente—. Las vi cuando iba a verte ayer, ¿está bien? Vi como la mirabas, como la tocabas, y sí, la quieres —se apoyó en el respaldo de la silla, tranquila—. Pero Marcy, no es por presumir, pero no la mirabas de la misma forma en la que me has mirado a mi por ocho largos años.

Trató de ignorar sus palabras, de no dejarse amedrentar por la reclamante mirada de Anne, y puso los papeles sobre la mesa.

—Fírmalos, Anne —ordenó.

Anne los tomó. Y los rompió. Marcy montó en cólera.

—¡¿Por qué tienes que arruinarlo todo, Anne?! —Le gritó exasperada— ¡No haces más que lucir patética y tonta con esta actitud!

Anne no se inmutó ante sus gritos.

—Yo sé que tus sentimientos por mí siguen ahí, pero están marchitos —tiró los papeles al suelo con desprecio— Lo vamos a intentar una vez más Marcy, es así de simple.

— ¡Estás loca! —gruñó Marcy volteándose—. Yo quería hacer toda esta mierda por las buenas, pero no haces más que arruinarlo como siempre. Hare que mi abogado.....

—Treinta días.

Se volteó.

Anne seguía sentada, aunque con una nueva expresión de desafío.

—¿Que?

—Dame treinta días. Un mes —continuó Anne—. Treinta días para demostrarte que todavía me amas. Si luego de eso sigues insistiendo que quieres el divorcio, firmaré sin reclamar —su voz se volvió baja, suplicante— Por favor, Marcy. Sólo treinta días.

Marcy la miró, atónita, y retrocedió un paso.

Luego, negó con la cabeza, sintiendo como temblaba ante la insistente mirada de Anne.

—No —fue lo único que dijo antes de salir de allí, cerrando con un portazo.

Anne suspiró, sola, sin moverse. Permaneció unos segundos en silencio para luego mirar su mano izquierda, al dedo anular, donde el anillo de matrimonio seguía brillando, y recordó brevemente la mano de Marcy, el anillo también en su lugar.

—Ah, Marcy, ¿cómo llegamos a esto? —murmuró, nunca habría respuesta para esa triste, sabiendo que penosa pregunta. 

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