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Esto se lee con "En las danzas y en los sueños" de fondo ;)
El baile llegaba a su fin, seguido de un coro de aplausos y murmullos que se elevaban por el Gran Salón de Hogwarts. La canción se ralentizaba durante las reverencias y el cambio de parejas.
Entre la multitud, había un muchacho de largo cabello rubio platinado, recogido en una trenza gruesa que le caía por un hombro. Llevaba, sobre la cabeza, las bandas delgadas de cuero y metal que la mayoría de los invitados, los del otro clan, que hacían de embajadores, la ropa de algodón y colores opacos usual en su grupo, con el ancho cinturón, donde se colgaba la vaina de la espada, las dagas, llaves, y quién sabría qué más de gran valor para él.
Acababa de bailar con Ginevra, la pequeña pelirroja de una de las familias de mayor número en el clan de Gryffindor. Se inclinaba con una sonrisa que le era correspondida, para después retirarse de la pista.
Harry seguía sobre uno de los asientos de piel de bajo respaldar, en los lados del salón. Donde le correspondía. Como hijo del Jefe de uno de los clanes que firmaba el pacto para finalizar una guerra de una década esa noche, y próximo sucesor, tenía que estar presente en las partes más relevantes de los acuerdos.
Incluso si le resultaba malditamente aburrido.
El chico que capturaba su atención no pertenecía a Gryffindor, él estuvo seguro desde un principio; conocía cada cara, cada nombre, de aquellos que formaban parte de los suyos. Todo en él gritaba "Slytherin", el único de los Cuatro Clanes que se mantuvo al margen de un número considerable de las batallas en los últimos años. Los precavidos, les decían algunos. Cobardes, clamaba el resto.
Otra canción estaba a punto de empezar. Había bebidas que pasaban de mano en mano, el festín se multiplicaba por las bandejas que eran traídas apenas alguna se vaciaba. Vítores, pisotones entusiastas, guerreros ebrios que entonaban las melodías de sus pueblos y formaban una interesante mezcla cultural de Gryffindor, Ravenclaw, Hufflepuff y Slytherin.
Hogwarts era el punto de reunión, el destino del sello para la tregua. Terreno neutral, tranquilo, jamás azotado por sus guerras.
Y sólo allí, un Slytherin se le habría acercado a uno de los Gryffindor más conocidos por su pueblo, del modo en que ese muchacho hizo al avanzar directo hacia él. Se detuvo frente a Harry, las manos en la cadera, la barbilla en alto.
Uno podría pensar que imponía respeto, miedo. Si no era por la piel curtida de tantas peleas y las viejas cicatrices que le dejaron rastros blancos, al menos por el atuendo basto con la capa de piel de la última bestia mágica que cazó y el casco con cuernos. Si no, entonces por los Gryffindor que tenía detrás, fornidos e inexpresivos, con hachas y espadas en las manos.
Aparentemente, no lo hacía. O no para él.
Lo señaló, luego a sí mismo, y a la pista donde las nuevas parejas se arremolinaban. La siguiente pieza estaba frenada, porque los Gryffindor en el grupo miraban hacia él, expectantes.
Y siendo honestos, no creía ser capaz de aguantar medio segundo más sentado allí. Se quitó el casco que advertía de su posición, lo abandonó sobre el asiento que tampoco le interesaba conservar, pero al que tendría que volver en poco tiempo. Lo sujetó de la mano y lo guio hacia el centro de la pista; el extraño Slytherin lo contemplaba con una expresión que estaba entre la diversión y la curiosidad.
Reconoció las primeras notas, ¿cómo no hacerlo? Creció escuchándolas, pasó tardes de paz viendo a sus padres bailarla, cuando James podía encargarse de su pueblo sin una amenaza inmediata, Lily irradiaba felicidad pura.
Iban lado a lado, centímetros separaban sus hombros. Harry miraba en una dirección, él lo hacía en la contraria. Se empezaba con el brazo en alto, hacia el otro, el codo flexionado. Fue el Slytherin quien adoptó la posición primero, y por la demora de un instante que tuvo, levantó las cejas.
Le hizo una pregunta -lo supuso por el tono- en la lengua de su clan y Harry frunció la nariz. No se le daban bien los idiomas de los Slytherin y los Ravenclaw, tanto como los de los Hufflepuff y el estándar. El chico rodó los ojos.
—Dije —Repitió, en perfecta lengua Gryffindor— que si te da miedo que al tocarme una vez, ya no quieras parar de hacerlo.
Le llevó unos segundos percatarse de que se estaba burlando de él. ¡Burlándose! Nadie, nunca, se burlaba del hijo del Jefe de un clan y vivía para contarlo. Mucho menos en un evento como aquel.
Harry se echó a reír. A la mierda los protocolos; cualquiera que lo conociese lo suficiente, sabría qué tanto lo hartaban esas tonterías.
Imitó su posición y comenzaron con las primeras líneas de la letra.
Por bravo mar, navegaré.
Ahogarme yo no temo.
Dos pasos largos, sin prisas. El énfasis al final de las oraciones marcaba el compás. Se daban la vuelta, sus antebrazos, uno bajo capas de piel y el otro con guantes de cuero hasta los codos, eran lo único que se rozaba, mientras trazaban círculos en medio de la pista.
Y sortearé la tempestad,
si eres para mí.
Notó que tarareaba al moverse, una sonrisa se le dibujó en el rostro. Él arqueó las cejas, de nuevo.
—Te la sabes —Comentó, sin pensar.
—Por supuesto que me la sé —Lució casi ofendido y levantó más la barbilla en el siguiente cambio de posición—. Ni ardiente sol, ni frío atroz, me ha-
—¡Me harán dejar mi viaje! —Harry sonrió más al darse cuenta de que se permitía una ligera muestra de asombro, porque también la conociese—. Si me prometes, corazón...
Amarme por la eternidad.
Mi buen amor, tan dulce y leal.
Me asombran tus palabras;
no quiero una empresa audaz,
es bastante si me abrazas.
—Interesante. Tengo la opinión de que no se puede ser tan bruto, si conoces algo de música —Mencionó, desdeñoso, sin dirigirle una mirada directa. Pero, oh, si lo estaba probando, él todavía tenía algunos trucos bajo la manga.
Hubo un ruido de pisadas más fuerte, colectivo, cuando la melodía se hizo un poco más veloz. Harry se paró detrás de él y le ofreció una mano, el Slytherin recargó la espalda contra su pecho y cruzó los brazos por delante de los dos, para sostenerle ambas manos con las opuestas de las suyas, una por encima del nivel del hombro, otra a la altura de la cadera. Seguían las zancadas cortas, breves, veloces, como pequeños saltos, primero derecha, luego izquierda, derecha, izquierda.
Sortijas de oro te traeré,
poemas te voy a cantar...
—Te cuidaré de todo mal —Harry se aseguró de seguir la letra en voz baja, sólo lo justo para que el sonido llegase a su oído y pudiese distinguirlo. No era una tarea difícil, dado que tenía la barbilla casi apoyada sobre uno de sus hombros—, si siempre me acompañas.
Percibió la vibración débil de su risa, como si hubiese sido propia. El Slytherin se apoyó un poco más en él, la cabeza ligeramente echada hacia atrás.
—¿Sortijas de oro para qué? —Le replicó, con una sonrisa que sólo habría podido calificar de pretenciosa—. Poemas no me importan ya. Tu mano sólo sostener...
—Mejor que eso no hay más —Le soltó una mano, a tiempo para que él se diese la vuelta y quedasen frente a frente, separados por la distancia de su otro brazo extendido. Aunque no pertenecía al baile tradicional, Harry se inclinó lo suficiente para presionar los labios en su dorso.
Las comisuras de su boca se alzaron. Sólo un poco. El Slytherin meneaba la cabeza, así que aquel detalle era lo que lo delataba.
Con tus abrazos y tu amor,
en las danzas y en los sueños.
Sin pena y alegría igual,
conmigo yo te llevo.
Regresaban al paso original, antebrazos se tocaban, direcciones opuestas, dibujaban círculos en el suelo de madera.
Por bravo mar, navegaré.
Ahogarme yo no temo.
Volvían a quedar cara cara y Harry sabía, porque también lo había visto cientos de veces, que todo terminaría cuando hubiese tomado sus manos y luego lo dejase ir.
Pero después pensó que tenía los ojos más grises, más brillantes, que había notado alguna vez; era muy pronto para que se apartase. La melodía llegaba a su fin, el tiempo se le quedaba corto.
Harry hizo uso de esa impulsividad por la que se le conocía en el campo y en el pueblo; en su lugar, lo sujetó de la cadera. Lo levantó sin esfuerzo, comprobando que la figura delgada y esbelta que se adivinaba bajo las prendas, era precisa.
Cuando lo hizo girar en el aire, el Slytherin se agarró de sus hombros, inclinado sobre él. Se le escapó una risa suave, que se le antojó aún más hermosa que la canción misma.
—Y sortearé la tempestad —Harry lo bajó despacio. Por la manera en que se sujetaban, quedaron más cerca de lo que estuvieron al inicio. Sintió su exhalación temblorosa contra el rostro, cuando lo escuchó concluir:—, si eres para mí.
Él le sonrió abiertamente, por un momento. Cuando se hizo el silencio en el salón, negó y se apartó. Harry, fascinado como estaba por la manera en que sus labios apenas se curvaban al verlo, no fue capaz de retenerlo más.
Hubo un llamado en la lengua silbante de los Slytherin y perdieron el contacto visual. Una mujer, de cierto parecido a él, le hablaba y le hacía un gesto para que se acercase.
—El deber llama —Dramatizó. Fue el turno de Harry de reír cuando lo vio arrugar la nariz.
Alcanzó a sostenerle las manos, antes de que se hubiese alejado más. Él se volvió por completo para encararlo.
—Tu nombre —Recordó, pretendiendo ignorar el repentino ardor que percibía en el rostro.
Pero él sacudió la cabeza, lento, con una sonrisa creciente en su rostro. Se escabulló lejos de su agarre, con la misma facilidad con que el agua se le habría escapado entre los dedos; en un instante, se perdía entre el tumulto de los Cuatro Clanes. Al llegar al borde de la pista, le dio una última mirada por encima del hombro y otra sonrisa.
A su alrededor, una nueva canción comenzaba y parejas se juntaban, mas Harry fue incapaz de reaccionar, incluso cuando Ginny intentó invitarlo.
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