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capitulo 24


Llegaron a la pequeña y pintoresca ciudad de Road Tauwn, con sus calles estrechas y llenas de colorido, aparcaron cerca de una calle llena de pequeñas tiendas típicas del lugar, comenzaron al caminar en medio de la gente que disfrutaban del ambiente demostrando en sus caras si disfrutaban de que lo que la ciudad ofrecía.

—¿A qué vinimos aquí, Gabriel? —preguntó de pronto Elena deteniéndose cuando habían caminado sólo unos metros.

—Vinimos a conocer... —respondió rápidamente como si la respuesta fuera obvia—. Me han dicho que es muy bonito y que hay tiendas que vale la pena visitar.

—Y sí yo no quiero pasear, ni comprar nada... además hace mucho calor, aparte de eso no estoy vestida como para andar de tiendas. ¿No lo ves?

—Lo veo, preciosa, ¿cómo no verte? —contestó con los ojos llenos de deseo.

Para la joven recién casada era muy difícil mantenerse fría, sobre todo cuando su esposo se veía tan guapo vestido de esas manera, vaqueros y una sencilla franela blanca, rara vez su cabello se veía en desorden pero ese día el viento había hecho que los mechones cayeran rebeldes en su frente y sus cienes haciéndolo lucir más joven, era la primera vez que lo veía tan jovial, su caminar era ligero y se veía que se esforzaba por que ella pasará un buen rato junto a él, pero estaba dispuesta a hacerlo sufrir un poco más, dos días no eran suficiente para hacerle pagar por lo que le había hecho, en su corazón la herida estaba muy fresca, y aún dolía a pesar de sentir escalofríos cada vez que él se acercaba, como en ese justo momento cuando Gabriel extendió su mano hasta el cabello retirando la pinza con la que ella había hecho un apretado moño, retirándola suavemente para dejar caer en libertad el largo cabello sobre su espalda, peinó algunos mechones en desorden con los dedos en un momento en el que el tiempo pareció detenerse para ambos en un íntimo compartir de sentimientos que dados y recibidos por medio de miradas penetraban hasta el alma de los dos, hasta que Elena recobró su compostura recordando todo lo que había pasado entre ellos los últimos días; bajó la mirada con tristeza y se apartó de Gabriel ocultando las lágrimas insipientes que hacían brillar sus ojos como zafiros, Gabriel la siguió en silencio lleno de una ternura que lo urgía a abrazarla y a consolarla, pero reprimió el sentimiento por temor a incomodara, sin sospechar que de haberlo hecho hubiera terminado de una vez con ese calvario que ambos estaban viviendo ya que ese abrazo que nunca llegó era el anhelo más grande de Elena. Siguieron caminando uno al lado del otro sin siquiera tocarse, miraban el colorido de las calles, la gente que igual ellos paseaban mirándolo todo con curiosidad, pero a diferencia de los recién casados los turistas sonreían y disfrutaban del paisaje.

A poca distancia encontraron un pequeño centro comercial con variedad de tiendas, Elena miró con curiosidad la diversidad de colores que exhibía en una vitrina de vestidos confeccionados en el lugar, quiso disimular su interés pero Gabriel se dio cuenta de inmediato del cambio de humor de su esposa agradecido que hubiera algo que la distrajera de sus pensamientos, la animó a entrar y probarse algunos de esos vestidos que le habían llamado su atención; al principio ella se negó rotundamente, pero la insistencia de él logró hacerla cambiar de opinión con una idea en la mente. —Voy a hacerlo sufrir un poco—, pensó con malicia, —no me quiere, pero me desea—, se decía mientras ideaba un plan con el que según ella pondría a prueba su paciencia. Entraron juntos en la tienda, hacía calor, al entrar una joven de sonrisa agradable se le acercó para atenderla y mostrarle la mercancía, tras unos minutos en los que Gabriel esperó en silencio, Elena entró al pequeño probador con varios vestidos colgando de su brazo.

Mientras, el nuevo esposo esperaba con paciencia preguntándose si su esposa realmente compraría algo o simplemente prefería perder tiempo en el probador para evitar su compañía. Para su sorpresa Elena salió del probador con un vestido azul cielo palabra de honor, ajustado hasta la cintura y amplio en la falda hasta llegar al suelo, pasó frente a él modelando, exhibiendo su figura de una manera provocativa y sensual, pero sin siquiera mirarlo, era como si él no estuviera en la tienda y no estuviera mirando el despliegue de sensualidad que ella ofrecía.

Minutos después, tras otro cambio de vestido, salió de nuevo al ruedo haciendo lo mismo de la vez anterior, a diferencia de la vez anterior, esta vez fue más atrevida probándose una blusa color blanco que ella decidió usar como minivestido, con un escote pronunciado y para agravar la situación se quitó la parte de arriba del bikini que aún llevaba puesto haciendo evidente su parcial desnudez, al hacerlo evaluó la reacción de Gabriel esperando verlo sorprendido, o al menos interesado en ella, pero fue ella quien se llevó la sorpresa al comprobar que la mirada de su esposo era más bien fría, casi sin emoción, una mirada que la retaba a más, sus ojos la evaluaron de arriba a abajo disimulando lo divertido que le parecía la situación. Gabriel había comprendido el juego, ella quería provocarlo, ofrecerle la visión de su cuerpo, hacerle rogar porque lo dejara acercarse a ella, Elena quería jugar... Gabriel la dejaría que jugará todo lo que quisiera, lo que ella no sabía era que su marido era un experto en ese tipo de juegos. Y que siempre los ganaba. Pero la dejó continuar haciéndole creer que ganaba terreno.

Así con varios cambios más, algunos vestidos tan cortos que apenas le tapaban las nalgas, otros dejaban ver la redondez de sus generosos pechos, otros dejaban descubierta la espalda por completo hasta más abajo de la cintura... Lo que Elena no sospechaba era que ella misma tensaba la soga que la ataría a él antes de lo que pensaba.

Ya había hecho bastante, se había cansado de tanto cambiarse de ropa y estaba segura de que Gabriel había tenido suficiente como para estar sufriendo por no poder tenerla, más allá de eso le gustó el vestido azul que se midió de primero y decidió comprarlo, salió del probador dispuesta a pagarlo y salir de la tienda. Para su sorpresa Gabriel no estaba esperándola, buscó a su alrededor sin encontrarlo, —debe estar esperando afuera—, pensó restándole importancia mientras se dirigía a la vendedora para que le cobrara el vestido que había decidido comprar.

—Voy a llevarme este.

—No se preocupe, señora. Su esposo ya pagó...

—¿Cuál vestido pagó?

—Todos los que se probó —contestó la vendedora feliz de haber logrado una venta de esa magnitud.

—¿Todos? —preguntó incrédula.

—¡sí! —respondió quitándole con suavidad el último vestido que se había probado para colocarlo en las bolsas con los otros, dándole la espalda unos segundos para esa tarea y coger las bolsas con todos los vestidos dentro.

Elena cogió las bolsas agradeciendo la atención, salió de la tienda para buscar a Gabriel pensando que lo vería frente a ella apenas saliera, pero no fue así, miró a su alrededor buscándolo, pero no lo encontró, caminó unos pasos, pero el resultado fue el mismo, no había señales de él haciendo que Elena se comenzará a inquietar. —¿Qué pretendía al dejarla sola?—, se preguntaba Elena sin conseguir la respuesta retrocediendo sobre sus pasos pensando en preguntar a la empleada de la tienda donde acababa de salir sí había visto la dirección que Gabriel había tomado, de pronto se sintió sorprendida cuando un fuerte brazo la tomó por la cintura desde la espalda, asustada giró sobre sus pies para descubrir el rostro sonriente de Gabriel muy cerca del suyo, sintió su cuerpo pegado al de él, su respiración, su olor... Quedó paralizada.

—¿Me buscabas?

—¡Gabriel! —gritó furiosa apartándolo con las manos ocupadas con las bolsas—, suéltame...

—Está bien, ¡no te molestes! —dijo soltando la poco a poco conservando su repentino buen humor.

—¡Estaba preocupada, pensé que te había pasado algo!

Gabriel la miró a los ojos con auténtica curiosidad.

—Fue apenas un minuto, Elena... Fui a buscar un sitio para tomarnos algo. Asumí que querías refrescarte, es todo.

Elena se sintió avergonzada por su reacción, sin saber que decir bajó la mirada y de nuevo aparecieron las lágrimas.

—Estas muy tensa y sensible... —habló Gabriel suavemente— vamos a tomarnos algo para que te refresques un poco. O si quieres nos regresamos al hotel.

—No es necesario. Pero sí quiero sentarme y tomar algo...

Gabriel le quitó las bolsas de las manos dejándola solo con el bolso que ella traía del hotel, la guio hasta un bar café que había descubierto a pocos metros de allí, una vez sentados frente a frente Gabriel pudo sentir como se le encogía el corazón al verla tan vulnerable, los ojos de Elena reflejaban una profunda tristeza que lo hizo preguntarse: —¿dónde había quedado la joven traviesa que jugaba a seducirlo minutos atrás?—, ahora sentada frente a él, con los brazos cruzados sobre su pecho, parecía una niña a la que provocaba abrazar y proteger de cualquier cosa que la pudiera dañar... El problema, lo que le impedía ayudarla era que quien le había causado daño, era él.

—¿Qué quieres beber? —preguntó Gabriel con el mesonero a su lado listo para tomar su orden.

—Un zumo de naranja, por favor.

—Un zumo de naranja para la señora y un té frío con limón para mí por favor —el camarero anotó la orden y se retiró de inmediato.

—Perdóname, Elena, no quise molestarte.

—No estoy molesta. Ya no.

Gabriel esperaba que su esposa se sintiera lo suficientemente bien como para desahogarse, seguía pensando que si lo hiciera podrían comenzar por fin con la reconstrucción de la relación.

—Dime lo que quieras, Elena, quiero escucharte.

—No hay nada que decir —hizo silencio unos segundos mientras les colocaban frente a ellos las bebidas que habían pedido—. Ya todo fue dicho.

—En ese caso podemos regresar a Miami cuando quieras. No quiero tenerte aquí contra tu voluntad. ¿Quieres volver?

—No lo sé.

Gabriel, suspiró con alivio, por un segundo temió que la respuesta de Elena fuera lo contrario y que le dijera que quería regresar de inmediato.

—Volvemos al hotel.

—Sí, Gabriel, creo que por hoy lo mejor es que volvamos.

El regreso lo hicieron en absoluto silencio, esta vez Elena no disfrutó para nada el viaje en el yate, solo quería llegar a la habitación para darse un buen baño y acostarse a dormir, jamás se había sentido tanta soledad en su vida, ni si quiera cuando murió su madre, en esa ocasión tenía a su padre para sostenerla en su dolor, darle ánimos y fe de que todo estaría bien, en este caso estaba sola; Gabriel se marchó a la cabina de mando a hablar con el capitán de cualquier cosa para no pensar en la situación haciendo sentir a Elena más solitaria aún.

Al llegar por fin a la habitación del hotel Gabriel evidenció su mal humor y su incomodidad por la actitud de Elena, estaba seguro de había hecho lo posible por acercarse a ella, por hacerla sentir en confianza para que pudieran hablar y así comenzar a resolver sus problemas, pero nada había funcionado, ella se empeñaba en encerrarse en sí misma haciendo imposible la comunicación entre ellos, su paciencia se agotaba peligrosamente y su carácter fuerte y dominante amenazaba con aflorar de un momento a otro. Elena simplemente dejó las bolsas que traía en las manos tiradas sobre el sofá donde había dormido su marido la noche anterior señalando de mala gana.

—No hacía falta que compraras todos esos vestidos —dijo de la nada rompiendo el silencio con evidentes ánimos de pelear.

—¿Por qué no? Te gustaban.

—No tanto como para comprarlos todos. ¿Por qué lo hiciste?

Gabriel luchaba por no perder el control frente a las malcriadeces de Elena.

—¡Pensé que los querías por la manera en que te lucías con ellos frente a mí! ¿O crees que soy estúpido?

—¿Qué? Yo no me lucía —mintió Elena.

—¡sí lo hacías!, Elena, conmigo no juegues a hacerte la inocente —amenazó.

—¿Y sí lo hacía qué? —estalló furiosa—. Quería que vieras lo que perdiste...

Gabriel no pudo contenerse más, se lanzó sobre ella cogiéndola en sus brazos tan fuertemente que ella no se pudo liberar aun cuando lo intentó con todas sus fuerzas.

—¿Te perdí? —preguntó a un centímetro de su rostro—. Dímelo, dime que no sientes nada pegada a mi cuerpo, dime que no me deseas...

—¡Suéltame!

—¿De verdad quieres que te suelte? Porque tus labios parecen querer que los bese.

—Dijiste que no me tocarías a menos que yo te lo pidiera —le recordó mirándolo a los ojos retándolo a ver si era capaz de seguir sin su permiso.

Después de unos segundos de tenso silencio Gabriel la soltó de pronto haciéndola perder el equilibrio.

—Es verdad... Pero tú lo haces muy difícil.

—¡Cerdo! —escupió Elena llena de rabia y excitación contenidas.

—Sí, Elena... Un cerdo, un falso. ¡sí! eso y todo lo que quieras, te mentí, te engañé, me negué mil veces a sentir nada por ti que fuera parecido al amor, todo es verdad. Pero tú y yo tenemos algo especial, no sé cómo demonios se llama o que carajos es. Pero existe y tú no me estás dando la oportunidad de compartirlo contigo...

Gabriel dio un paso atrás temeroso de no poder contener las ganas que tenía de poseerla sin que ella se lo pidiera.

—Además tenemos un matrimonio que consumar —concluyó sarcástico.

—¡Ni lo sueñes, Gabriel, prefiero acostarme con cualquiera antes que contigo!

—Elena —dijo Gabriel pronunciando su nombre como si fuera una amenaza, mirándola fríamente a los ojos—. No vuelvas a decir nada parecido a eso... Mientras seas mi esposa nadie, ningún otro hombre que no sea yo, te pondrá un dedo encima.

Elena más enfurecida que asustada se atrevió a retarlo aún más.

—¿Con qué derecho te atreves a decirme lo que puedo o no puedo hacer, acaso no fuiste tú quien se acostó con su exnovia mientras planeaba casarte conmigo...? ¡Hasta la noche antes de nuestra boda! —Elena llegada este punto fue quien perdió el control en medio de lágrimas de dolor y rabia.

—Ya estoy pagándolo, Elena, no hace falta que me lo recuerdes.

—¿Cómo, como lo estas pagando, con tres o cuatro días de celibato? —preguntó con marcada ironía en su voz—. Si es eso entonces puedes solucionarlo ahora mismo con cualquiera que encuentres, ¡cualquiera menos yo!

—No... ¡Sabes que no es eso! —gritó exasperado perdiendo la paciencia al no hacerle entender a Elena lo que tenía en su corazón, frustrado por no reconocer sus propios sentimientos—, lo estoy pagando con tu actitud, con esta culpa que me pesa tanto, no me gusta este conflicto entre los dos —dijo bajando la voz obligándose a recuperar la calma.

—Por favor, Gabriel... basta —suplicó clemencia ante el dolor que sentía, se rodeó con sus brazos en un intento inconsciente de protegerse así misma—. No me amas, no querías casarte conmigo, y tienes debilidad por una prostituta que te engañó —susurró con cansancio—. Esa es la única verdad de tus sentimientos.

Elena veía todo borroso por las lágrimas que llenaban sus ojos, pero aun así pudo ver claramente como el rostro de Gabriel se volvía de piedra al escuchar aquellas duras palabras con las que su esposa resumía su situación sentimental haciéndolo sentir muy mal consigo mismo impedido de negar la verdad que se le había expuesto.

En ese momento sintió que todo había acabado, lo mejor era no insistir más en llevar adelante aquel matrimonio sin futuro, debía darle la libertad a Elena para que siguiera con su vida lo mejor que pudiera sin él a su lado... Pero había un inconveniente que le impedía tomar definitivamente esa decisión... Elena le gustaba mucho, la deseaba profundamente, deseaba su cuerpo, su piel su ternura; se le había metido dentro y no estaba listo para renunciar a ella.

—Vete a descansar, Elena —le ordenó fríamente.

Ella dio un respingo impulsada por su orgullo herido.

—¡No me hables así, no soy una niña para que me mandes a mi cuarto!

Gabriel la miró de reojo mientras se acercaba al bar a servirse otro escocés.

—Solo lo digo por tu bien. Creo que fue suficiente pelea por hoy.

Elena no sabía cómo reaccionar, realmente la hizo sentir como una niña pequeña a la que castigaban y a la vez se sintió rechazada al pensar que Gabriel la envío a la recámara para no seguir discutiendo, no sabía si debía quedarse y darle la razón de que era ella quien iniciaba siempre las peleas, o si debía obedecerle dándole el control de la situación. Se quedó allí, observando cómo Gabriel bebía de un solo trago el contenido del vaso para luego mirarla fríamente, sin expresión alguna; en ese momento parecía estar frente al Gabriel frío y distante de los primeros días en los que trabajaron juntos, el de los negocios, recio siempre dominando sus sentimientos y emociones... el Gabriel del que se enamoró locamente.

Sin decir ni una palabra más se retiró a la recámara cerrando la puerta con seguro, dejándolo solo con sus pensamientos, él trataba de poner en orden su cabeza para poder decidir qué haría, debía tener muy claros los riesgos que correría a nivel laboral y personal cualquiera que fuese el desenlace de su relación con Elena, por mucho que quisiera no podía olvidar que sus acciones repercutirían inevitablemente en ambos aspectos de su vida.

Elena se despertó sobresaltada, se había quedado dormida sin darse cuenta después de descargar su frustración llenando de la lagrimas su almohada, habían pasado un par de horas desde la discusión con Gabriel, vio su reloj, eran las diez de la noche, pensó en salir y tratar de hablar de nuevo con él, ambos habían sido muy duros y sabía que de ese modo no llegarían a resolver sus problemas o a tomar las decisiones que debían ser tomadas, fue hasta baño se lavó la cara y se lamentó por el aspecto que tenía, sus ojos se veían hinchados y alrededor de estos se dibujaban sombras oscuras delatando lo poco que había descansado. Salió de la habitación con una valentía que ella misma no sabía de dónde estaba saliendo. Sentía que era hora de bajar la guardia con su esposo, verlo desde la perspectiva del hombre seguro frío, pero extremadamente sexy del que se enamoró la hizo pensar en que no quería perderlo, no importaba si eso estaba bien o no, solo sabía que lo amaba, así como era y que no quería dejarlo ir.

Salió al recibidor en silencio esperando verlo todavía molesto o quizá dormido, pero Gabriel no estaba allí, bastó un pequeño reconocimiento para comprender que estaba sola en la habitación, en el aire se sentía suavemente el aroma dulce de un fino habano, —estará fumando—, pensó Elena, buscó a su alrededor y vio uno a medio consumir, imágenes de los dos en el Freedom llegaron a su mente, desde ese día no lo había visto hacerlo de nuevo —solo de vez en cuando—, creyó recordar que le dijo cuando descubrió que él tenía ese hábito, ese día ella también descubrió que le encantaba ese dulce y penetrante aroma.

Elena sintió que una soledad abrumadora la abrazaba, sintió que lo había perdido sin remedio, llena de frustración deseó con todas sus fuerzas tener el poder de arrancarlo de su corazón, él nunca la amó y no lo haría jamás, se fue dejándola sola sin importarle su dolor; de nuevo surgió la rabia, no pensó lo que iba a hacer, solo fue de nuevo a la habitación con una idea en mente, entró de nuevo en el cuarto de baño, varios minutos después salió envuelta en una bata en busca de un sexy vestido blanco que había comprado para alguna noche de su luna de miel, pero, ¿saldría vestida así? Cuando lo compró se imaginó que lo usaría en compañía de su esposo, era muy corto y ajustado, revelaba cada curva de su cuerpo sugestivamente dejando muy poco a la imaginación de quienes pudieran admirarla. Sí salía vestida de esa manera sin compañía quizá la confundieran con alguna libertina buscando con quien pasar la noche. —No me importa, solo quiero que Gabriel vea que su indiferencia no me afecta—, —seguro que se fue en busca de alguna que le haga compañía—, pensaba mientras se maquillaba y peinaba, —estas también son mis vacaciones así que voy a divertirme—, —ojalá que para cuando el regrese yo aún no haya vuelto—.

Había visto que en el hotel había una especie de club nocturno donde podría sentarse y dejar pasar el tiempo puesto que no tenía una idea clara de lo que quería hacer, solo quería no estar allí cuando Gabriel regresara a la habitación, mejor aún, ¡quería ver con sus propios ojos si él mantendría su expresión de piedra cuando la viera llegar vestida así, sexy y encantadora!

Toda esa valentía desapareció al entrar en aquel sitio, realmente no quería estar allí y menos aún sin compañía, el lugar estaba medio lleno, se veían parejas y grupos de gente divirtiéndose; decidió sentarse en una esquina apartada donde no veía a casi nadie y mejor aún, donde casi nadie la viera a ella, esperaría solo lo suficiente para darle tiempo a Gabriel de llegar a la habitación antes que ella y se iría de allí. A los pocos minutos de haber llegado, un camarero se acercó a ella con un cóctel que colocó sobre la mesa ignorando su expresión de sorpresa.

—Disculpe, pero yo no he pedido nada.

—Lo sé, señorita, lo envía aquel caballero —dijo el camarero señalando discretamente a un hombre joven que la observaba sonriendo.

Elena dirigió su mirada con curiosidad en la dirección que el joven le indicaba tratando de averiguar si por alguna casualidad no sería su esposo quien le había enviado el cóctel, pero de inmediato reconoció al turista de la piscina.

—No voy a aceptarlo —comentó haciendo un gesto con una mano indicándole al camarero que se lo llevara.

—Como usted diga —y se retiró llevándose con él el cóctel, para llevarlo a quien lo había ordenado para ella.

Al joven turista evidentemente algo pasado de tragos no le hizo gracia el rechazo de Elena, cogió la copa y él mismo se dispuso a llevársela hasta la mesa donde ella estaba sentada pensando en que definitivamente había sido un error ir a aquel lugar sola y vestida de esa manera.

—Buenas noches, preciosa.

—Buenas noches —respondió Elena con cara de pocos amigos.

—Esto es para ti —dijo poniendo la copa frente a ella sonriendo seductoramente.

—Gracias, pero dije que no iba a aceptarlo.

—No seas así, preciosa...

—Estoy esperando a mi esposo —mintió esperando que la mención de un acompañante alejara al molesto intruso.

—¿Cuál esposo? ¡No inventes!

—No invento, lo vio usted está mañana en la piscina.

—Ah... ese. No parecían muy cercanos esta mañana... Pero tú ahora estás sola así que yo te voy a hacer compañía esta noche —indicó inclinándose sobre ella haciéndola sentir asco al percibir el aroma a alcohol que despedía.

—¡Lárguese de aquí ahora mismo!

—¿Vas seguir haciéndote la dura? Solo quiero acompañarte.

Elena se levantó de la silla dispuesta a retirarse y volver a su habitación, su acción había sido un completo error, ya no quería retar a Gabriel, por el contrario, deseaba que estuviera ahí con ella para que se ocupara del extraño que estaba siendo tan molesto. Aquel hombre lejos de comprender el rechazo de Elena aprovechó el momento en el que ella se levantó para acercarse aún más a la joven de una manera grosera cogiéndola por la cintura atrayéndola a él, Elena lo empujó con todas sus fuerzas en un movimiento rápido y con toda la violencia que nació de su ser.

—Ven aquí... —susurró entre dientes mientras la atraía de nuevo junto con la atención de la gente alrededor de ellos, que se daban cuenta de la situación.

—¡Suéltame!

Un segundo después Elena sintió como aquel hombre era arrancado salvajemente de su lado, apenas logró ver la estela de un poderoso puño estrellándose contra la cara de aquel hombre haciéndolo caer semi inconsciente al suelo. Impresionada y con la boca abierta, quedó paralizada al encontrar frente a ella un par de ojos verdes centellantes de furia mirándola amenazantes, detrás de esos ojos, su marido quien la cogió fuertemente por un brazo para sacarla prácticamente a rastras del lugar.

—¡Gabriel! —decía entre dientes en un reclamo mientras caminaba a pasos largos tratando de seguir a su esposo.

—Cállate y camina —rugió.

Apenas se alejaron un poco, Gabriel se escondió en un rincón del uno de los amplios pasillos buscando privacidad, aunque fuera por unos segundos puesto que no podía esperar para a pedir explicaciones.

—¿Qué te hizo ese tipo? —preguntó enfurecido, sin soltarla.

—Nada, no pasó nada. Solo se puso insistente y cuando me levanté para irme se me acercó demasiado. Eso fue todo.

Elena trataba de calmarlo, jamás lo había visto tan fuera de sus casillas, tenía la impresión de estar frente a un animal furioso y no frente al frío hombre que la había mandado a su habitación hace pocas horas. Le soltó los brazos en un evidente intento de autocontrol, aún respiraba agitadamente conservando aquella intensa mirada que intimidaba poderosamente a Elena.

—¿Sé puede saber qué demonios hacías allí y vestida así? Y no me digas que bajaste a buscarme porque te vi desde la barra cuando llegaste y no me buscaste en ningún momento.

Elena sintió el alcohol en el aliento de su marido, eso la puso furiosa olvidando las explicaciones que debía.

—¡Eso a ti no te importa!

—Sí. ¡sí me importa! Maldita sea, ¿por qué bajaste?

—¡Porque me dejaste sola!

Ambos gritaban sin percatarse de que la gente que pasaba por allí los escuchaba y evitaban discretamente acercarse a ese lado del vestíbulo.

—¿Yo te dejé sola? ¿Y es que eso no era lo que querías? O es que querías que me quedara a escucharte llorar toda la noche otra vez.

Elena no quería seguir con la discusión... Comenzó a caminar dejando a Gabriel sin respuesta, después de unos pasos la detuvo de nuevo haciéndola girar hasta tenerla nuevamente frente a él, habló como si es cupiera cada palabra.

—¡Eres una como niña tonta y malcriada! Salí para aclarar mi mente, no podía pensar sabiendo que tú estabas tras la puerta sufriendo por mi culpa —Gabriel se acercó a ella creando ese magnetismo mágico que surgía entre los dos— te deseo tanto... ya no sé qué hacer para que comprendas que quiero que esto funcione, que estoy arrepentido de lo que te hice...

Estas últimas palabras dichas con verdadera convicción envolvieron a Elena de pies a cabeza haciéndola estremecer, ese pequeño contacto con él era suficiente para llenarla con una corriente eléctrica que tensaba cada músculo de su cuerpo haciendo galopar la sangre en sus venas, en su vientre... Siguieron su camino hasta la habitación en una tregua no acordada, ambos necesitaban un respiro de tanta pelea, ambos disfrutaban de saber que estaban uno al lado del otro.

—¿Por qué haces esto, Gabriel? —refiriéndose a la manera de guiarla hasta la habitación sin soltarla como si fuera una niña pequeña que pudiera escaparse en cualquier momento.

—Porque me da la gana.

El tono frío de una su voz sorprendió a Elena, pero dentro de sí agradecía que su esposo consiguiera contener la furia que sentía momentos atrás, de hecho, disfrutaba de esa frialdad que le parecía tan sexy, mezclado con el olor a escocés y tabaco, despeinado y con esa mirada verde y punzante peligrosamente masculina, estaba llevándola a olvidar todo sentimiento negativo y de rechazo que había tejido en torno a él. Pero aun así parecía no ser suficiente para olvidar su propio enfado.

—Tú no me amas... —dijo más para sí misma que para él, luchando en su interior entre el deseo y el dolor.

—Ya te dije que eso no lo sé. Pero si sé que eres mía, que te deseo y que quiero que te quedes a mi lado —confesó furioso con el mismo sabiendo lo precarias de sus palabras, pero prefería eso que engañarla de nuevo.

—¡Estás loco, Gabriel Mendoza! —gritó a la vez que se soltaba de una sacudida del anillo en el que se había convertido la mano de él. Caminó sola la distancia que faltaba para llegar a su habitación.

Gabriel llegó poco después, entró sabiendo que Elena estaba lista para seguir el enfrentamiento, cerró la puerta tras de sí decidido a lo que haría a continuación; con un rápido movimiento tomó a Elena en un fuerte abrazo del que ella no pudo escapar.

—¡Suéltame! —exigió furiosa.

Aquel abrazo la retenía contra su voluntad, ¿contra su voluntad? Ella misma no lo sabía, sabía que su orgullo estaba profundamente herido y que le dolía el alma por haber sido engañada, pero no estaba segura de que quisiera que la soltara. Su cuerpo reaccionaba en función al estímulo que él representaba, su cuerpo firme, sus brazos fuertes, el olor de su piel la excitaban, además su corazón le pertenecía sin importar si él sintiera lo mismo o no. En medio de esta lucha acoplaron sus miradas, Elena vio que la furia se había ido de los ojos de su amado dejando un océano de dolor arrepentimiento mezclados con pasión y algo más que ella no pudo descifrar, lo que fuera, esta vez sí fue suficiente. Ver dentro de él como nunca lo había visto le hizo olvidar el motivo de tanto rencor, haciéndola sucumbir a las fuerzas del amor que sentía por él dejándose arrastrar hasta lo las profundo de esa alma con ventanas verdes. El deseo entre ellos se volvió casi doloroso, esos segundos en que se miraron a los ojos fueron determinantes para ella, lo único que quería era que ese hombre con aspecto de pirata la besara, la abrazara con ternura, la penetrará hasta los más profundo de su ser.

—Perdóname —dijo Gabriel resignado mientras la soltaba poco a poco ajeno a los pensamientos lujuriosos de ella—. Olvidemos todo lo que pasó, comencemos de nuevo, mi hermosa Elena...

Esta vez Elena si le creyó, ver en sus ojos el arrepentimiento le dio confianza en un nuevo comienzo. Se apartó de él dando un paso atrás, quería verle el rostro, confirmar en sus facciones la sinceridad que sintió en sus palabras, sintió la dureza de la pared en su espalda, estaba acorralada, atrapada, frente a ella su hombre acercándose como un cazador a su presa, despacio, con sigilo. La rodeó con sus brazos apoyando cada uno a un lado contra la pared sin siquiera rozarla haciendo la atmósfera peligrosa y excitante.

—Gabriel... —susurró pérdida en su mirada.

—Ssshhh.... Solo pídeme que te haga el amor...

—Gabriel..., por favor... —decía lastimosamente pidiendo clemencia para su lucha interna, mientras se obligaba a mantener ambas manos pegadas a la pared para no sucumbir al deseo de abrazarlo.

—Mi dulce Elena. Te deseo tanto...

—Mentira.... —susurró al borde de las lágrimas—. Te acostaste con ella antes la noche antes de la boda...

—Perdóname. Fui un Imbécil. Te deseo a ti, a tu piel, a tus labios, tu cuerpo... Es contigo con quien quiero estar.

Las palabras de Gabriel hacían que ella derritiera su resistencia reflejándose en la humedad que sentía en sus partes más íntimas, su corazón palpitaba frenéticamente anticipando el contacto con él, pero aún no llegaba.

—Perdóname y pídeme que te bese...

—Por favor...

—Hazlo... —dijo suavemente sabiendo que ya tenía el control.

—Bésame..., Gabriel, bésame por favor...

—¿Qué más?

—Tócame...

—¿Qué más, pequeña? —preguntó con su boca a pocos centímetros de la de ella.

—Hazme el amor... —dijo por fin en una frase liberadora con la que envolvió a su esposo en sus brazos atrayéndolo a ella para fundirse en un apasionado y profundo beso en el que sus bocas se exploraron sin límites.

Un fuego abrasador los envolvió incinerando cualquier duda, cualquier barrera que quedara entre ellos, cualquier resto de sentimientos o pensamientos que pudiera amainar la inmensa pasión que sentían y que estaban dispuestos a compartir no solo con sus cuerpos, esta vez también con el alma.

Gabriel cogió las manos de Elena subiéndolas sobre su cabeza pegándolos a la pared para inmovilizarla, acercó su cuerpo descaradamente al de ella, besándola con suavidad en el cuello, en el rostro, lamiendo sutilmente el lóbulo de la oreja, excitando cada centímetro de piel que estuviera a su alcance. Elena ya no ofrecía ningún tipo de resistencia entregada completamente en cuerpo y alma a tan deseado momento, él liberó sus manos para poder acariciar sus pechos, con delicadeza, con sutiles caricias por arriba de su ropa como si quisiera grabarse en la memoria la forma que tenían esas suaves formas, ella aprovecharía la libertad de sus manos para también darse gusto contorneado el cuerpo de su hombre, recorrió su espalda musculosa, sus brazos, llevó las manos hasta la cabeza desordenando su cabello y a su vez presionando para sentir con más fuerza lo que él le hacía con su boca hasta que buscó por instinto más abajo, por debajo de la cintura, en la entrepierna su masculinidad enhiesta que tensaba la tela del pantalón indicando a Gabriel que era el momento de dar rienda suelta a lo que tenía guardado para ella. Con un rápido movimiento la cogió en sus brazos, entre besos la llevó hasta la gran cama que por fin compartirían.

Esta vez Gabriel no se contendría, la desvistió rudamente rasgando su vestido inutilizándolo irremediablemente, hizo lo mismo con el sujetador tomándolo con ambas manos en el punto más delgado de la tela donde se unían ambas copas liberando los pechos de Elena que se entregaba extasiada en sus manos; ahora sus caricias eran más rudas, estrujaba aquellos pechos con pasión, los lamía, los aprisionaba entre sus dientes halándolos en una torturante sesión de excitación a la que Elena respondía arqueado su cuerpo hacia él entre jadeos y gemidos pidiendo más y más... Esa vez subiría otro nivel en la escala de la pasión.

—Oh..., ¡Gabriel!

—No digas nada... solo entrégate —dijo mientras que con sus manos exploraba la húmeda intimidad de Elena apartando a un lado la fina tela de su ropa interior para sentir sus pliegues húmedos y palpitantes— creo que estás lista para hacerlo a mi manera.

Al escuchar semejante afirmación dicha en su oído, Elena no pudo evitar un momento de incertidumbre, acaso ya no lo habían hecho antes a su manera... ¿qué más había? ¿Qué más intenso podría ser? Todas sus preguntas tendrían respuestas después de que sintiera como su última prenda tenía el mismo final de las otras siendo desgarrada, arrancada de un tirón y desechada, dejándola totalmente expuesta y dispuesta para él, que de inmediato colocó su rostro entre las piernas de ella para deleitarse con el sabor a hembra que exudaba desde lo más profundo de su ser jugueteando con su lengua, con sus labios, hasta extraer de ella un mar de jugos exóticos propios del éxtasis nacido del placer.

Sin darle tiempo de recuperarse del temblor que sentía en todo el cuerpo, Gabriel se situó sobre ella levantándolo las piernas sobre sus hombros haciendo que arqueara las caderas hacia arriba, la penetró profundamente haciéndola gritar invadida por profundas y lujuriosas sensaciones multiplicadas por mil comparadas con las veces anteriores. No se midió en intensidad al poseer a Elena, ella recibió a su marido gustosa disfrutando abiertamente de las sacudidas que experimentaban juntos, a veces suave, a veces rudo haciéndola explotar de nuevo gritando su nombre. Cuando pensó que tendría un momento para reponerse Gabriel se retiró de ella maniobrando su cuerpo con ligereza hasta ponerla a gatas ante él.

—¿Quieres más? —preguntó con voz ronca, mientras acariciaba la espalda de su esposa con una mano y con la otra la tomaba por los cabellos halando de ellos un poco en señal de control total.

—¡Quiero lo que tú quieras! —contestó sorprendida de que aquellas palabras hubieran salido de su boca.

—Vamos a hacerlo más intenso... ¿Quieres? —inquirió llevando la caricia hasta su ano— hardcore... ¿Recuerdas?

—sí... —respondió en un susurro.

—¿Puedes con esto?

Elena sintió el reto en la voz de Gabriel. Podría, claro que podría; quería estar al nivel de esa otra mujer que su esposo no había podido arrancarse de la mente.

—Sí puedo... ¡lo deseo!

—Esa es mi nena... —dijo dibujando una sonrisa maliciosa en sus labios que Elena no pudo ver—. Voy a jugar un poco para prepararte...

Por un segundo Elena tomó consciencia de lo que había aceptado, recordó que había escuchado de amigas que el sexo anal era doloroso y que podía llegar a ser vergonzoso por las cosas que podrían pasar, trató de incorporándose con la esperanza de que Gabriel desistiera, pero él se lo impidió tensando más su cabello y presionando su espalda con esa misma mano.

—Quédate quieta, confía en mí.

Ella obedeció confiando en que él sabía lo que hacía, estaba segura que su esposo no le haría daño, con ese pensamiento se relajó y lo dejó hacer a su antojo; sintió colarse un dedo en su esfínter, suave, delicado, ya esa sensación la conocía por lo que disfrutó de ella a plenitud, poco después la sensación se detuvo, lo que ella no pudo ver a su espalda fue a su esposo lubricar varios dedos con su propia saliva.

—¿Estás bien Elena? —preguntó luego de penetrarla esta vez con dos dedos.

—Sí... —logró susurrar pérdida en una nube de placer.

—Perfecto, linda... solo relájate y disfruta —con esas palabras coló un tercer dedo.

—¡Ah...!

—Solo un poco más pequeña, y estarás lista para mí.

Elena pensó en el tamaño del miembro de Gabriel, sintió temor y pensó en negarse justo en el momento en el que él retiró sus dedos suavemente para sustituirlos por su miembro erecto a más no poder.

—¡Tengo miedo!

—Confía en mí... —señaló al momento que comenzaba su incursión dentro de ella con movimientos suaves y delicados.

—¿Estás bien?

—sí, Gabriel... —susurró entre jadeos.

Le soltó el cabello acariciando su espalda con una mano mientras que con la otra la cogió firmemente de la cadera; comenzó con un vaivén muy suave, rítmico.

—Duele un poco...

—Lo sé, perdóname, solo relájate y siente el placer que te doy...

Elena obedeció, respiró profundo y lo logró; la sensación que tenía hasta ese momento de placer y dolor dejó de ser dolorosa para convertirse en algo arrollador que la hacía balancearse al ritmo que Gabriel imponía en busca de más.

—Así, preciosa.... ¡estás lista! —afirmó comenzando a bombear fuertemente las caderas de Elena— tócate...

—¿Cómo? —preguntó sin comprender lo que Gabriel quería decir.

—Tócate... ¡date placer!

Elena obedeció, la vergüenza y el pudor no tenían cabida en ese momento, estaba con su esposo, su hombre, su Gabriel... Con el todo estaba permitido.

Esa noche todo fue fascinante, excitante, embriagador; Gabriel llevó a Elena hasta su territorio donde todo era válido le daba a probar el placer más intenso, más variado de los que ella podría haber pensado jamás, posiciones que no se habría imaginado, besos, caricias sin fin en las que su esposo siempre estuvo atento a su comodidad y disfrute, fueron horas de pasión y placer en las que ella entregó su cuerpo y su amor sin reservas, sin esperar nada a cambio más que saber que él estaba allí con ella, atendiéndola, cuidándola; sin saber que para él hubo un elemento nuevo, algo que no supo explicarse, un sentimiento que hizo de esa experiencia algo sublime y superior a cualquier recuerdo del pasado que lo hacía sentir pleno, con el alma tranquila.

Asomaban los primeros rayos de sol, Gabriel yacía en la cama con Elena dormida sobre su pecho; él no quería dormir, sentía más reposo disfrutando del calor del cuerpo de su esposa junto a él, recordaba una y otra vez la entrega absoluta de ella, su confianza en él, la pasión tan intensa con la que respondió a su deseo, no parecía para nada la joven temblorosa que se le entregó la primera vez en la casa de la playa, se culpó de nuevo por sus acciones y más aún porque siendo él un hombre maduro y con experiencia de sobra, no supo ver que a Elena solo le faltaba eso, experiencia, ella era capaz de sentir y dar tanto o más que él. Más, más porque aparte de su cuerpo ella le entregaba su amor, su alma.

Acariciaba suavemente el brazo que descansaba sobre su pecho con cuidado de no despertarla, con un profundo suspiro cerró los ojos prometiéndose a sí mismo no dañarla nunca más, aun le temía al amor, pero con o sin él, la haría feliz, la compensaría con todo lo que estuviera a su alcance para que no dudara nunca que su nueva misión en la vida era ganar su perdón y su confianza, así pensando se entregó por fin al sueño dejando que su mente y su cuerpo descansaran como no lo habían hecho en mucho tiempo.

Elena abrió lentamente los ojos, la mañana estaba ya muy avanzada, seguía abrazada a Gabriel, en su rostro se dibujó una sonrisa pícara al recordar lo que había pasado entre ellos durante la noche, si antes lo deseaba, ahora amenazaba en convertirse en un vicio, su cuerpo se estremecía recordando momentos precisos en que pensó que se iba a desmayar de tanto placer, las palabras susurradas a su oído, obscenas y descaradas que la habían llevado arrastrada hasta un punto de lujuria desconocido para ella, la rudeza y la ternura con la que Gabriel la trató guiándola en caminos desconocidos... Todo tan atrevido. Pero en su corazón todavía quedaban dudas, ¿algo de dolor quizá? ¿Cómo iba a confiar en él? ¿Podría olvidar lo que él le hizo? ¿Sería correcto dejarse llevar por la necesidad que sentía de estar a su lado? Tantas preguntas, tan pocas respuestas... Estaba confundida pero profundamente enamorada, el pasado no lo podía cambiar, pero quizá sí podría mejorar el futuro. Lo amaba, la decisión estaba tomada, haría lo que fuera para tenerlo junto a ella, sabía que él no la amaba, pero lucharía por él contra quien fuera. Trató de incorporarse, pero al más leve movimiento sintió como los brazos de él la atrajeron de nuevo aferrándola fuertemente.

—Buenos días, preciosa.

—Buenos días... —respondió regalándole una pícara sonrisa.

—¿Cómo amanece la esposa más hermosa y complaciente del mundo?

—Bien... —Pero en sus ojos se vio la duda que había en sus pensamientos.

—¿Qué pasa, pequeña? —preguntó acariciándole el cabello en desorden—, hay algo que te incómoda, ¿qué es, algo de lo que sucedió anoche?

—No... —se apresuró en contestar—. Lo de anoche fue especial, me da vergüenza recordar algunas cosas...

—Pero, esas cosas fueron las que más disfrutaste. ¿O no?

—Sí... —confesó sonriendo tímidamente— pero no es nada de eso lo que me preocupa.

—Entonces, ¿qué es, Elena? Dímelo.

Gabriel se incorporó ligeramente llevando un brazo detrás de su cabeza para apoyarse.

—Es que tengo dudas... No sé qué debo esperar de ti —soltó con evidente tristeza girándose para mirar a su esposo.

Gabriel se acercó más apoyando su frente en la de ella, con la mano libre acarició su rostro con ternura, suspiró en busca de las palabras adecuadas.

—¿Qué debo hacer...? ¿Elena, qué hago para que olvides tanta estupidez de mi parte? Para que me perdones...

—No es cuestión de perdonar, es que apenas hace días descubrí que eres un desconocido para mí, pero aun así eres mi esposo y te amo. No me imagino la vida sin ti a mi lado, pero tengo muy en cuenta la amenaza que acecha nuestro matrimonio, no sé qué esperar de ti cuando me dices que no sabes que sientes por mí. Tengo miedo.

—Elena, ahora estoy contigo, y así me quiero quedar.

—Pero no puedo esperar amor...

—Amor es solo una palabra. Yo deseo estar contigo, vivir a tu lado, hacerte feliz.

En ese momento Elena comprendió que debía tener la paciencia de un santo con Gabriel con respecto a la situación sentimental, no tenía que presionarlo si quería ganar su amor, darle tiempo para sanar definitivamente sus propias heridas y confiar de nuevo en el sentimiento que ella le ofrecía. Pero debía aclarar sus dudas.

—¿Y qué va a pasar cuando regresemos, cuando ella te busque de nuevo?

—Cuando volvamos, estaremos juntos. Tú serás mi fuerza, mi motivo para decir que no.

—Tu tabla de salvación —terminó la frase mirando fijamente a Gabriel a los ojos reclamando silenciosamente—. Ya ves, Gabriel; ¡no deberías necesitar fuerza para rechazarla, deberías no desearla en absoluto!

—Perdóname, no pensé...

—No debes pensarlo, debes sentirlo —interrumpió en un lamento sin poder evitar las lágrimas de frustración.

—No, Elena. No llores por favor. Esto no me había pasado antes ¿sabes? —dijo secando le el rostro suavemente con el dorso de la mano— soy sensible tus lágrimas... Me afectas.

—¿Y cómo hago? Tengo miedo a confiar y que me traiciones... ¿Y si la buscas?

—Nunca la he buscado, siempre es ella la que va detrás de mí.

—¡Qué consuelo! —expresó irónicamente.

—Elena...—explicó haciendo un esfuerzo por mantener la calma, perdía la paciencia al no poder convencer a su esposa—, ¡olvida todo lo que me escuchaste decir el día de la boda, yo no sabía lo que estaba diciendo, exageré en muchas cosas ese día!

—Para ti es fácil decirlo. Olvido y asunto resuelto... ¿y si mientras eso sucede, quedó embarazada? Qué harías... ¡Tú no quieres hijos!

Gabriel se quedó en silencio por unos segundos, imaginó el escenario de un embarazo y concluyó que lo mejor sería ser sincero.

—No lo sé. —confesó mirándola fríamente a los ojos—. No te puedo dar esa respuesta en este momento, podría mentirte diciéndote que me alegraría, igual que si te dijera que lo rechazaría. Simplemente no lo sé, lo de ser padre no está en mis planes por ahora, menos si pienso que no tenemos un matrimonio estable; pero podría ser una sorpresa, igual que tú.

Gabriel suavizó su expresión para sonreír sutilmente a su esposa.

—¿Yo fui una sorpresa?

—Anoche me sorprendiste de sobremanera... No pensé que serías capaz de encenderte de esa forma, derribaste un concepto errado que tenía de ti, demostrándome que uno de mis temores más grande con respecto a nuestro matrimonio era infundado, temía que mi manera de ser no te gustara, pero anoche me demostraste que además de mi esposa, puedes ser mi amante.

Elena sonrojada por las palabras que acababa de escuchar, disfrutó en silencio del orgullo que sentía por ella misma.

—Gabriel...

—Escúchame, por favor, comprende que, aunque no sé cómo se llama esto que siento cuando estoy contigo, quiero que te quedes a mi lado. Despertaste en mi algo muy profundo que no vi hasta hace pocos días cuando sentí que podía perderte, cualquier cosa que sea este sentimiento, lleva dentro cariño, nostalgia, deseó, y una necesidad inmensa de cuidarte y verte sonreír.

Elena escuchaba deleitada las palabras de Gabriel, imploraba en silencio pidiendo que fueran verdad.

—¿Pero y si solo es culpa? Ya estuviste enamorado una vez... ¿Cómo es que no sabes reconocer el sentimiento por una persona a la que amas? Quieres cuidarme... Como a cualquiera de tus pertenencias, eres un hombre muy posesivo, es natural en tu carácter, yo me entregué a ti en cuerpo y alma, tu solo quieres conservarlo. Y de no ser así de todas maneras para llevar adelante un matrimonio hace falta mucho más que eso... Más aún si la mujer a la que si amaste te está esperando para lanzarse en tus brazos.

—Dame tiempo... por favor, confía un poco en mí. Te quiero, de verdad, y creo que eso puede ser la semilla de lo que podría ser amor más adelante. Si no logro amarte como tú te mereces, te dejo en libertad apenas me lo pidas. Solo déjame intentarlo. Pero que quede claro que no te veo como una pertenecía, la culpa la llevaré por siempre, aunque me perdones siempre estaré arrepentido y avergonzado por lo que te hice.

Dicho eso la estrechó entre sus brazos con fuerza tratando de transmitirle la sinceridad de sus palabras en un abrazo lleno de emociones que le dio esperanzas de que todo estaría bien.

—Tengo que ir al baño... —dijo Elena mientras se separaba de él, se levantó de la cama llevando consigo las sábanas que la envolvían.

Gabriel se acomodó de nuevo sobre las almohadas pensando en lo cierto de los temores de Elena, aun cuando estaba muy seguro de no sentir más amor por María Teresa, la amenaza de que ella apareciera de nuevo entrometiéndose entre los dos era muy real, estaba seguro que lo seguiría persiguiendo, recordó la promesa que le hizo de buscarla apenas llegara de la luna de miel con Elena, por otro lado el tema de los hijos lo preocupaba profundamente, estaba comenzando a sentir cómodo con la idea de estar casado, era impensable convertirse en padre, un embarazo en ese momento arruinaría lo que se estaba formando entre ellos, egoísta como siempre su prioridad era tener a Elena para él y poder disfrutar de ella y de su cuerpo sin las limitaciones que suponía la gestación, estaba seguro de que Elena tomaba la píldora, pero seguía preocupándose por el asunto.


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