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capitulo 18




—Tú. Tú y Elena. Es que todo ha sido tan rápido. No quiero ser entrometida, pero tampoco quiero ver que alguno de los dos salga lastimado.

—Te entiendo. Pero creo que no tienes de qué preocuparte. Es más, me extraña que me digas esas cosas, tú eras de los que más insistían para que me casara —sonrió.

—Claro, Gabriel, pero que te casaras Durante las primeras semanas del noviazgo Elena se dedicó a justificar a su prometido por sus ya cotidianos desplantes, días en que se sintió apartada y excluida de su vida; siempre había motivos de peso para no verla a diario... Salió de la ciudad varias veces y se encerraba horas en el estudio de su casa con su padre, para cuando las reuniones terminaban ya era demasiado tarde para verse.

Gabriel se ocupaba de apoyar la auditoria anual de VASCO la empresa principal de la familia y con eso excusaba todas sus ausencias, su exceso de trabajo y la frialdad con la que manejaba su relación. Fue tarea exclusiva de ella durante esos días llamarlo a diario, estar pendiente de buscarlo en algún momento para almorzar juntos o salir algún fin de semana cosa que siempre hacían en compañía de amigos que no los dejaban solos casi nunca y cuando lo hacían Gabriel volvía a tener esa actitud seria y poco comunicativa. Él no se daba cuenta lo evidente de sus sentimientos, solo gracias a la ceguera en la que se sumió Elena no pudo darse cuenta de que el único motivo por el que Gabriel se rodeaba de esos amigos era para que le llegará la noticia de su compromiso matrimonial a María Teresa.      ­

Aunque todo era un plan muy bien estudiado y se había convencido él mismo de que retribuiría a Elena con respeto la carencia de amor, sentía que algo lo incomodaba, no podía identificar bien lo que era, si era culpa o más bien lástima, aun así, esos sentimientos eran eclipsados por la satisfacción de castigar a la mujer que le había hecho tanto daño a su ego. En su inadvertida confusión había procurado no tener intimidad con Elena, pensaba que así no se sentiría tan culpable, lo único malo de eso era que cada vez la deseaba más,  recordaba su cuerpo, la disposición de ella al entregarse, su piel; pero allí encontró otro obstáculo, le pidió que tomara precauciones contra un posible embarazo ofreciéndose para llevarla él mismo a un especialista de planificación familiar y encontrar juntos el método que más le convenía,  claro que más que acompañarla quería asegurarse de que lo hiciera, cosa que no fue necesaria ya que Elena decidió ir con su amiga Claudia dejándolo a él fuera del asunto. Pero esa noche sería distinto... La deseaba y la tendría, seguro de que ella lo deseaba de igual manera, una noche cualquiera la sorprendió con una invitación más que prometedora llena de palabras dulces y suaves dichas al otro lado del teléfono.

El club nocturno estaba a reventar, era un sitio de lujoso y de moda lleno de gente que bailaba, bebía y se reía a gusto. Gabriel se sentía relajado esa noche; disfrutaba de la compañía de Elena y de amigos que esa vez se encontró en el lugar, ella había puesto todo su empeño en lucir seductora y hermosa, quería llamar la atención de su prometido a toda costa... y lo logró, él se juró en silencio hacerla suya esa noche.

—Entonces —contaba Gabriel animado mientras el grupo sentado alrededor de la mesa prestaba atención—. ¡Íbamos cerca de veinte motocicletas, todos conocíamos la ruta muy bien menos McCartney que era su primera vez con nosotros, aunque se lo explicamos mil veces, ¡nadie pensó que se iba a perder de esa manera!

—¡Pero luego los encontré! —dijo el aludido. Un hombre muy rubio varios años menor que él riendo ampliamente al recordar la anécdota.

—Sí claro... —acotó Gabriel irónicamente—. ¡Querrás decir que te encontramos cuando ya casi salías del estado!

Todos los presentes rieron con ganas.

—Debe ser que tú nunca te has perdido... —protestó Julio siempre presente en las noches de juerga con su amigo.

—No —respondió Gabriel desbordando prepotencia— jamás.

—Sí... ¡el señor perfecto! —bromeo McCartney.

Todos rieron de nuevo, pero en realidad nadie le había conocido un fallo a Gabriel Mendoza, lo único que arruinaba su imagen de perfección ante todo el que lo conocía era aquella relación con María Teresa y eso nadie se atrevía a mencionarlo.

Al fondo sonaba una música sensual, romántica que a Gabriel le apeteció bailar; tomó un sorbo del escocés de su vaso y sin decir una palabra se levantó y extendió una mano a Elena que comprendió de inmediato la invitación.

—Con permiso... voy a bailar esta canción con mi hermosa prometida —dijo educadamente a sus compañeros de mesa.

La voz de Rihanna sonaba en un tono seductor que envolvía a las parejas en la pista de baile. Gabriel tomó a Elena de la cintura y la estrechó contra su cuerpo lo más que pudo considerando que estaban en público, ella le rodeó el cuello con sus brazos quedando entrelazados mientras se movían lentamente al ritmo de la música.

—Estás muy hermosa esta noche... Más que eso —decía mientras acariciaba la espalda de Elena.

—Gracias... —susurró al oído de Gabriel para luego mirarlo de frente—. Tú también te ves muy bien... Y contento —agregó sin saber que esperar a ese comentario—. Has estado tan distante todo este tiempo —finalizó mirándolo dulcemente.

Gabriel sabía que era cierto, solo no pensó que había sido tan evidente. Había querido negarse a sí mismo el hecho de que estaba comprometido.

—Lo siento, linda. No fue mi intención hacerte sentir mal —apartó un mechón de cabello que caía sobre el rostro de Elena.

—Ya hasta he pensado que te arrepentiste de haberme pedido matrimonio.

—¿Por qué pensaste eso? —preguntó frunciendo el ceño.

—Es que todo fue tan rápido...

—Tú. ¿Estás arrepentida?

—¡No! Te amo, Gabriel, y quiero estar contigo. Jamás me arrepentiría de lo nuestro.

A esa declaración de amor él no pudo resistirse a la tentación de darle un beso, un beso suave, tierno, beso que se transformó en un apasionado y febril en la medida que Elena se entregaba a él buscando más, exigiendo más.

—Pequeña... —gruñó entre dientes—. Te deseo tanto...

—Y yo a ti...

—¿Vendrías conmigo esta noche a dónde te lleve?

—Hasta el fin del mundo, mi amor...

—Vamos entonces...

En eso momento tomó a Elena de la mano llevándola hasta la mesa donde los esperaba el grupo de amigos que seguían bromeando entre sí. Él mismo cogió la pequeña cartera negra de ella saludando a todos con una amplia sonrisa

—Buenas noches. Nos retiramos... —dijo mientras entregaba a Elena su cartera.

—¡Hasta luego! —se despidió Elena igualmente sonriente a lo que todos respondieron con sonrisas y buenos deseos.

Fuera del local esperaban que el aparcacoches les trajera el coche, mientras Gabriel hacía una llamada telefónica que por lo que Elena pudo comprender hacía reservaciones para el señor y la señora Mendoza.

En el camino Elena se aventuraba a besarlo. Besaba su rostro, luego el cuello, acariciaba su pecho tímidamente sobre la fina camisa sin decidirse a abrirla para poder tocarlo directamente en su piel.

—¿Sabes que estás jugando con fuego? —preguntó Gabriel muy serio reviviendo inevitablemente el momento tan parecido que vivió con María Teresa hacía poco tiempo.

—Solo sé que te amo... Qué quiero ser tuya de nuevo.

—No sabes en lo que te estás metiendo...

Elena pensó en que solo se refería a la intimidad, no se imaginaba que él sin querer le advertía sobre la verdad de sus sentimientos.

—Me pediste matrimonio... Eso quiere decir que algún día nos casaremos. Quiero estar contigo.

—A tu padre no va a gustarle esto —afirmó como último recurso para hacer que Elena se arrepintiera y lo frenará en sus impulsos.

—No me importa —sentenció.

Gabriel sorprendido por la respuesta de su joven novia dejó toda duda atrás desechando por completo la idea de persuadirla de nuevo, se dispuso a disfrutar las tímidas caricias que hasta entonces no habían bajado de su pecho. 

Cogió la mano derecha de Elena, la besó suavemente en la palma para inmediatamente colocarla sobre su propio pecho, muy despacio la llevó poco a poco más abajo haciendo que acariciara su musculoso abdomen, segundos después la llevó hasta su entrepierna donde pudo sentir por debajo del pantalón la dureza de su virilidad erecta esperando que Elena por recato la retirara. Para su sorpresa no lo hizo, por el contrario, la dejo allí tocando, acariciando, sintiendo como su cuerpo respondía acelerando su respiración, dilatando sus venas, humedeciendo partes de su cuerpo...

Gabriel siguió conduciendo hasta el famoso hotel Delano en Suth Beach, entraron cogidos de las manos como dos enamorados hasta el altísimo vestíbulo que los recibió en sus grandes espacios dominados por el color blanco de sus columnas y colgaduras apenas variado por toques de verde de los minimalistas arreglos florares que daban un toque energético y elegante a la estancia, Gabriel tenía esa actitud galante, irresistible mezclado con la seriedad que lo caracterizaba hipnotizando a Elena haciéndola olvidar por completo a el resto del mundo, así no se dio cuenta de los minutos que pasaron mientras Gabriel se ocupaba del registro hasta que le dieron la llave de la habitación que él había reservado por teléfono minutos antes.

Gabriel hizo entrar a Elena a la habitación con gestos suaves y galantes, luego entró él cerrando la puerta tras de sí, la suite era moderna, grande, de dos ambientes en los que se podían apreciar un salón recibidor y una habitación con una cama que parecía hecha para el amor, con una hermosa vista al mar que invitaba al romance, igual que el resto del hotel impolutamente blanca con muebles igualmente blancos que llamaban a la imaginación de los enamorados... Lo que no tardó en llegar siendo Gabriel quien dio el primer paso abriendo una botella de champán que reposaba dentro de una hilera.

Elena observaba cada movimiento que él hacía, se sentía nerviosa pero confiada en que su amado tomaría el control fuera lo que fuera que esto significara, haría lo que estuviese en sus manos por complacer a ese hombre tan absurdamente guapo, tan increíblemente sexy y tan poderosamente fuerte que sin saber cómo o por qué, la había escogido a ella para pasar el reto de su vida a su lado. Lo observó mientras llenaba el par de copas que estaban junto a la hilera, en él contrastaban el aire refinado con los movimientos precisos y el aspecto de pirata, una mezcla de característica que lo volvían intrigante y la ponían particularmente nerviosa; la mente de Elena se llenaba de expectativas consciente de que él era un hombre maduro, ella tenía la extraña certeza de que esa vez no sería como la vez que hicieron el amor en la playa.

Gabriel le ofreció una copa a Elena, por primera vez desde que salieron del bar parecía relajado, sus ojos revelaban picardía y sonreía casi imperceptiblemente.

—Ya una vez hice un brindis en tu honor —dijo rompiendo el hielo mientras se acercaba a ella— esta vez quiero que brindemos por esta noche, por tu cuerpo tan hermoso y porque me dejes hacerlo estremecer de placer mil veces antes de que salga el sol.

Elena no sabía que responder a semejante brindis, tímida pero excitada prefirió quedarse en silencio y dejar que él buscara la respuesta en lo profundo de sus ojos, bebió un sorbo del champán mientras observaba como Gabriel hacía lo mismo, acto seguido él colocó su copa sobre la mesa donde las consiguió sin dejar de mirar a Elena intensamente, se acercó a ella casi hasta tocarla, puso ambas manos dentro de los bolsillos del pantalón creando una tensión tan fuerte entre ellos que casi era tangible, Elena sonrojada bajó los ojos esperando el próximo movimiento de Gabriel.

—Mírame —ordenó mientras le levantaba el rostro con una mano bajo el mentón—. Quiero enseñarte el placer del sexo, quiero hacerte vibrar como nunca en tu vida lo has imaginado —le decía mientras depositaba un suave beso en sus labios—. Voy a hacerte muchas cosas, pero quiero que te sientas cómoda. Si algo no te gusta dímelo y me detendré de inmediato.

Gabriel esperó la aprobación de Elena que llegó con un suave movimiento de cabeza. Le quitó la copa de la mano que le entregó sin dudar, la rodeó hasta quedar en su espalda, apartó su cabello suavemente colocándolo todo sobre un hombro, comenzó a besar su cuello seductoramente mientras bajaba el cierre de su vestido dejándolo caer al piso, Elena se dejaba hacer disfrutando del tacto de sus labios sobre ella, sentirlo tan cerca, sentir que toda su atención era para ella se estaba volviendo adictivo, quería más, más besos, más de él.  Gabriel se puso nuevamente de frente admirándola en su ropa interior de encaje negro y zapatos altos.

—Eres hermosa —afirmó mientras la hacía dar un paso adelante para salir del pequeño círculo de tela a sus pies en el que se había convertido su vestido.

Elena le devolvió una mirada febril y ansiosa que suplicaba por besos; él comprendió el mensaje que vio en esos ojos febriles, sonriendo de soslayo, él le agarró de la cintura y la besó con pasión, en medio de ese beso Elena le quitó el saco que aún llevaba puesto dejándolo caer al suelo, continuó con la camisa que fue a parar junto a la prenda anterior con un poco de ayuda de Gabriel para desabotonar los puños.

Disfrutaban de acariciarse mutuamente, las manos no tenían límites en su exploración, las de él sabían cómo hacerlo, expertas en el juego del toqueteo sabían cómo y dónde ponerlas para encender los sentidos de una mujer. Las de ella recorrían inexpertas explorando el cuerpo fuerte y musculoso del hombre, subió las manos a la cabeza de Gabriel acarició el cabello, que en ese momento caía sobre su frente en mechones de castaña rebeldía, hasta que por instinto buscó aquel miembro duro tentador que acarició minutos atrás en el auto.

—Te deseo tanto, pequeña..., desde el primer día que te vi he querido poseerte —confesó en medio de un profundo suspiro de placer.

—¡Tú me estas volviendo loca! Solo pienso en ti y en estar contigo...

Gabriel llevó a Elena hasta la cama, le indicó que se sentara en la orilla, se arrodilló frente a ella para quitarle primero un zapato, luego el otro mientras rozaba su piel con los dedos, besó sus pies a medida que los desnudaba haciéndola estremecer, erizado cada bello en su cuerpo encendiendo una acalorada y vivaz chispa en su vientre, siguió besándola mientras subía por sus piernas entreteniéndose en sus rodillas, primero una pierna luego la otra así la guiaba hasta que se abrió completa para él. Elena pérdida en las sensaciones que su amante le producía anticipaba su intención, pero aun así no pudo evitar el sobresalto cuando él rozó su nariz en su sexo inhalando profundamente su aroma de mujer, siguió subiendo besando cada centímetro de su vientre, lamió su ombligo produciéndole un delicioso cosquilleo mientras sus manos se adelantaban llegando a sus pechos grandes y firmes que amenazaban con salir de su prisión de encajes, así arrodillado entre sus piernas la besó exigiendo que su boca le entregara todo lo que tenía para él violando con su lengua toda su cavidad mientras le desabrochaba el sujetador y le daba la libertad que tanto deseaba. Acarició sus pechos pellizcando sus pezones erguidos hasta hacerla gemir de placer, llevó su boca a ellos para torturarlos con su lengua y dientes en uno mientras en el otro daba placer con sus dedos.

—¡Gabriel!  —lo nombraba entre suspiros...

—Disfrútalo, todo lo que hago es para que goces...

Minutos después, Gabriel llevaba sus manos a las caderas de ella urgiéndola a levantarlas para poder pasar sus pantis por debajo de sus nalgas. En ella una mezcla de pudor y deleite se mezclaron en un torbellino que le hacía latir el corazón cada vez más fuerte exigiendo más placer hasta que aquella chispa que sentía en su interior se convirtió en una explosión que la hizo romperse en mil pedazos con apenas sentir la experta lengua de Gabriel en su húmedo sexo llevando al éxtasis de la manera más fuerte que su joven cuerpo había sentido.

Todavía pérdida entre gemidos y suspiros Gabriel hizo que se levantara junto con él guiándola en el cambio de posición hasta que quedó de espaldas a él apoyando sus manos sobre la cama mientras él se deleitaba con el magnífico espectáculo que le ofrecía el bien formado cuerpo femenino en esa posición, se terminó de quitar la ropa que le quedaba puesta, mientras la ansiedad volvía a apoderarse de Elena que sabía que aquello solo había sido el comienzo de una noche muy intensa...  Sin aviso ni protocolo Gabriel la sujetó de las caderas y la penetró profundamente para quedarse así unos segundos disfrutando de la estrechez de sus entrañas y de la reacción de ella que dejó escapar un gemido agudo que salió de su garganta acompañado de palabras inteligibles que pronunciaba Gabriel a medida que comenzaba aquel maravilloso baile que dé un ritmo lento fue convirtiéndose a un ritmo desenfrenado y salvaje que llegó a su fin cuando ambos llegaron al éxtasis.

—¡Ah! —gritó Elena al sentir una palmada en su trasero justo cuando Gabriel se derramó dentro de ella.

—Lo haces muy bien, pequeña...

Elena casi no sentía el cuerpo, las sensaciones habían perdido el orden confundiéndose con esa magia arrebatadora del placer que había experimentado, de pronto se dio cuenta de que se había quedado súbitamente sin energía, se deslizó suavemente sobre las sábanas quedando boca abajo esperando a que sus muslos dejarán de temblar cuando sintió que Gabriel se acostaba a su lado muy cerca de ella, acariciaba su espalda, la besó y la acarició de nuevo en un claro intento de relajarla.

—¿Estás bien? —le preguntó Gabriel al oído a lo que ella prefirió contestar dándose la vuelta para quedar frente a él.

—Sí... —afirmó sonriendo.

—Eres magnífica, hermosa, divina... —con cada elogio le dio un beso.

—Eres tú quien hace que todo sea magnífico —dijo ruborizarse y bajando los ojos con pudor.

—No, linda... no debes avergonzarte, esto es lo mejor que puede haber entre un hombre y una mujer...

—No es vergüenza, es que todavía no me acostumbro.

—Lo harás. ¡Ya verás! ¿Comenzaste a tomar la píldora? —preguntó de pronto tomando a Elena desprevenida.

—No... —confesó apenada—.  Debo esperar hasta mi próximo período.

—Está bien —agregó cambiando un poco la expresión de su rostro— por esta vez sé qué hacer, déjalo en mis manos.

A pesar de su curiosidad Elena no se atrevió a preguntar a qué se refería con estas palabras, para olvidarlo por completo cuando sintió de nuevo la boca exigente de Gabriel sobre la suya, las manos de él de nuevo se paseaban descaradamente sobre su cuerpo y dentro de él haciendo volver el temblor y el estremecimiento.

—Este, pequeña; es tu punto G, Maravilloso. ¿Verdad?

Elena parecía haber enmudecido. Su boca no articulada palabra alguna, nada en su cerebro funcionaba como era debido gracias a las maniobras que hacían los dedos de Gabriel dentro de ella.

—¡Contesta, Elena! —exigió la voz ronca—. Di que es maravilloso.

—Lo es... —logró decir finalmente más como gemidos que como palabras—, ¡es maravilloso!

—Voy a su penetrarte para ver... ¿estás lista, linda? —preguntó con sarcasmo.

—Sí... ¡quiero más!

—Está bien, preciosa. Te lo ganaste.

Gabriel se colocó sobre ella apoyándose en sus codos para no dejar caer todo su peso, como la vez anterior entró en Elena de súbito cortándole la respiración; entrando profundamente y saliendo a un ritmo moderado que le permitía saborear cada centímetro de la profundidad de ella.

—Abre los ojos, pequeña —ordenó—, quiero verte a los ojos mientras te hago mía.

Elena obedeció, pero la imagen de su hombre haciéndole el amor fue demasiada para ella que sintió que iba a estallar den nuevo.

—¡No! —dijo Gabriel saliendo de ella repentinamente.

—¡Gabriel! —gritó desesperada.

—Shh... vamos a llegar juntos cuando yo te diga —comentó mientras se levantaba para cambiar de posición.

Elena se dejó llevar furiosa por la frustración que Gabriel le había causado, la actitud de él la confundía. Quiso levantarse de la cama para huir de aquella situación que se estaba volviendo confusa para ella. Gabriel tomó el gesto como un reto y con movimientos casi felinos la agarró por el cabello impidiendo que se levantara para tumbarla de nuevo en la cama boca abajo, se colocó sobre ella inmovilizando sus manos sobre su cabeza penetrándola de nuevo con una intensidad mayor a la vez anterior.

—Dime que no te gusta y paro de inmediato... ¡Dilo! —decía Gabriel al oído de Elena mientras entraba y salía de su cuerpo a un ritmo salvaje.

—¡Sí...! —gritó ella entre gemidos— sí me gusta...

—¿Quieres que pare?

—¡No! No pares.... ¡por favor, sigue! —suplicaba Elena en un arrebato de pasión tan animal y primitiva como cómo la pasión de él.

—Así me gusta, linda... Ahora sí, pequeña... gózalo conmigo...

Esas palabras fueron todo lo que hizo falta para que ambos se fundieran en un profundo éxtasis que dejó agotada definitivamente a Elena sumergiéndola pocos minutos después en un profundo sueño en medio de delicados besos y caricias que Gabriel le regalaba.

Cuando abrió ojos la luz del sol entraba a raudales por las amplias ventanas de la habitación, buscó a Gabriel escaneando rápidamente la habitación, pero no había nadie a su alrededor, estaba sola. De pronto el pánico hizo que olvidara al hombre por unos instantes. 

—¿Qué hora es? —preguntó para sí sobresaltada pensando en su padre y en lo furioso que con toda seguridad estaría.

En ese mismo instante oyó que Gabriel entraba a la habitación mientras hablaban por su teléfono.

—Seguro. No te preocupes por nada... Así será. Adiós —dijo terminando con la llamada y guardándose el móvil en el bolsillo de su pantalón para observar a Elena y su gesto tan pudoroso de taparse con la sábana que le hizo pensar en el contraste entre la timidez de esa mañana y lo atrevida que fue la noche anterior

—No te preocupes por nada —indicó al estudiar la preocupación en su rostro—. Era tu padre al teléfono.

—¿Qué te dijo, está molesto?

—Sí. Está muy molesto —respondió estampándole un sonoro beso en los labios.

—Pero ¿qué le dijiste?

—Que habías pasado la noche conmigo —contestó haciendo evidente lo obvio.

—¿Por qué le dijiste eso? —Quiso saber sin ocultar su mortificación por la situación.

—Elena. Cumplí con todos los protocolos, pedí tu mano debidamente. Además, a mi edad considero que no necesito permiso de nadie para acostarme con mi mujer —explicó seriamente.

—Su mujer—, pensó Elena. —Soy su mujer—, se repetía olvidando a su padre o cualquier cosa que él podría decir o pensar acerca de su relación con Gabriel.

—Tienes razón —se disculpó apenada por su actitud infantil— perdóname.

+No, linda, no hay nada que perdonar —agregó más relajado, se sentó en la cama con una expresión cada vez más suave, le acarició el rostro recibiendo con agrado el beso que ella le dio—. Te acostumbraras poco a poco a que ya no eres una niña de papá. Ahora estás conmigo, eres mía, mi prometida y prometida y pronto mi esposa.

Elena lo escuchaba hipnotizada sintiendo el peso de sus palabras en su sexo adolorido por la intensa noche de pasión que habían compartido.

—Otra cosa. —dijo mientras buscaba en sus bolsillos bajo la mirada curiosa de Elena.

Gabriel sacó de su pantalón una pequeña cajita de un fármaco que ella desconocía, observó en silencio que dentro había un blíster que contenía dos pequeñas píldoras que sacó de inmediato.

—Abre la boca, linda. Tuve que hacer algunas llamas para poder conseguirlas —dijo casi en una orden que ella obedeció sin dudar dejando que el mismo metiera ambas píldoras dentro de su boca, buscó un vaso de agua que con toda seguridad había puesto él mismo en la mesita de noche al levantarse.

—¿Qué son? —preguntó con curiosidad mientras las tragaba.

—Son píldoras anticonceptivas de emergencia. Salí a buscarlas mientras dormías. ¿No las conocías?

Elena abrió los ojos en expresión de sorpresa, de alguna manera sintió que aquello no era correcto.

—He oído de ellas —dijo evidentemente decepcionada.

—Solo por hoy... —prometió Gabriel al notar el cambio de actitud de su novia—. Confío en que para la próxima vez ya estés tomando las que te mando el doctor.

—Debiste haberme consultado. ¿No crees?

—Elena —expresó levantándose de la cama con suavidad para no alertarla—.  En esto no hay discusión, no quiero que por error quedes embarazada.

—¿No quieres tener hijos?

—Por ahora no. Quizá en un futuro. Vístete vamos a desayunar. Debes tener hambre.

Era casi el final de la mañana, Gabriel y Elena desayunaban en uno de los restaurantes del hotel, todavía llevaban la ropa de la noche anterior, pero aun así ella se veía hermosa, muy juvenil sin el maquillaje y con el cabello húmedo tras una rápida ducha. Gabriel la observaba incrédulo pensando en que debía ser imposible que se hubiera comprometido con una mujer tan joven, con aspecto tan fresco y hermoso, por un segundo pensó que no la merecía... La culpa aparecía de nuevo. —Ella confía en mí —pensaba como salando su herida haciendo más profundo el sentimiento, —se entrega tan fácil a mis deseos—, perdido en sus pensamientos no se dio cuenta si no hasta rato después del semblante serio de Elena.

—¿Te pasa algo, pequeña?

—No... Bueno sí —respondió mirándolo con un pequeño asomo de frialdad en los ojos.

—Puedes decirme lo que quieras, Elena —dijo Gabriel mientras colocaba los cubiertos sobre el plato aún sin terminar para prestar toda su atención a lo que Elena tenía que decirle.

—¿Qué pasaría si quedará embarazada?

—No pasará.  Para eso te di las píldoras de emergencia.

—Por esta vez no. ¿Pero y si llegara a pasar en otra ocasión?

—Elena, no estoy preparado para ser padre, por lo menos no en este momento. Quiero tener familia en un futuro, en unos años quizá, primero debemos casarnos, estar más sólidos como pareja y luego algún día vendrán los hijos. Además, eres tan joven... puedes esperar el tiempo que sea, no te preocupes.

Con el simple hecho el hecho de que Gabriel diera por sentado que ella sería la madre de sus hijos hizo que olvidara cual era la respuesta a la pregunta que ella le había hecho. Pensó que si llegara a pasar él lo aceptaría sin más miramientos.

—¡Si esperamos demasiado vas al parecer el abuelo de nuestros hijos! —exclamó con ironía sonriendo a su propia broma olvidando su indisposición por lo sucedido.

—¡Así que mi futura esposa me ve como un abuelo! —agregó siguiendo el hilo de la broma que Elena había hecho.

—No... No te veo como un abuelo, te veo como un hombre maduro y con mucha experiencia —dijo seductoramente. Luego tomó una taza humeante y bebió un sorbo de café ruborizada por los recuerdos de la noche anterior que saltaban a su mente.

—Pero por el color de tus mejillas puedo asegurar que mi experiencia te encanta.

—Sí. No lo puedo negar —afirmó colocando la taza sobre la mesa— anoche me llevaste a otro mundo, fue otro nivel. Abrumador... No me imaginé que pudiera ser así, que se pudiera sentir así.

—Así es. Soy exigente en todo sentido, en los negocios, en la familia y por supuesto en el sexo. Hardcore, así es como me gusta.

Elena abrió los ojos como platos.

—¿Eso qué significa? —preguntó exaltada evidenciando su ignorancia en el tema mientras Gabriel estallaba en carcajadas—. ¿Te burlas de mi Gabriel Mendoza?

—No, linda... no me burlo. ¡Es que no puedo creer que existas! Eres tan inocente para algunas cosas. ¡No pareces de este mundo! Tienes tanto que aprender.

—En la playa no fue así —recordó Elena—. ¿Entonces ese día no te gusto?

Gabriel no pudo evitar sentir ternura hacia ella, en sus ojos se reflejaba el temor por la posibilidad de que él le dijera que su primer encuentro no fue de su total agrado y esto tiró abajo parte de sus barreras.

—Por supuesto que me gustó —aseguró tomándola de las manos—. Me disté tu cuerpo virgen ese día, solo lo hice de la manera más apropiada para ti. Me encantó ser el primero.

—Y el único —agregó ella casi en un susurro.

Para el ego de Gabriel aquellas palabras fueron un alimento muy nutritivo, era un hombre acostumbrado a ganar en todo y el hecho de haber sido el primer hombre en la vida de Elena y que ella declarara su intención de ser el único era un trofeo digno de orgullo para él.

Repentinamente las facciones de Gabriel se volvieron sutilmente tensas, la conversación cesó de pronto sin que Elena pudiera comprender lo que había causado tal cambio. Una muralla invisible se formó entre ellos tras la mirada fría e inexpresiva de Gabriel, segundos después él logró controlar lo que qué fuese que causó ese momento de tensión relajando en su rostro y suavizando la mirada, más bien parecía que se le habían llenado los ojos de malicia, todo fue para Elena como una fugaz visión que no llegó a comprender del todo. Muy cerca de ellos en la mesa de al lado se estaban sentando un grupo de personas que habían llegado segundos antes, entre ellas una bella mujer que los miraba insistentemente que apenas se había sentado cuando se puso de nuevo de pie para acercarse a ellos.

—Hola, ¿cómo estas, Gabriel?

Elena estudió a la mujer con curiosidad, era muy atractiva, de piel bronceada, cabello negro ondulado y ojos color miel.

—Hola, María Teresa —respondió él bastante serio controlando a la perfección la ansiedad que le causaba tenerlas a las dos frente a él.

—Muy bien, cariño. ¿Me presentas, o lo hago yo? —dijo señalando con la mano a Elena.

—Por su puesto. Ella es la señorita Elena Rivera, mi novia y futura esposa —concluyó sonriendo al igual que Elena, sin dar importancia a la reacción de María Teresa que se veía a punto de las lágrimas.

—Es un placer —saludó Elena cortésmente sin recibir respuesta.

—Hermoso anillo —logró decir la morena viendo indiscretamente la mano de Elena—.  ¿Es de compromiso cierto?

—Sí —contestó tenso por la actitud de su exnovia, era consiente que en ese mismo momento ella podía hacer un escándalo y terminar su corto noviazgo con Elena.

—Gabriel siempre tuvo un gusto exquisito... Es evidente en el anillo y en la novia, una verdadera muñeca para jugar... dulce e inocente.

Elena se esforzaba en comprender el doble sentido que escondían esas palabras, miró interrogante a Gabriel pidiéndole silenciosamente una explicación.

—Tan simpática como siempre, María Teresa, creo que te esperan en tu mesa —agregó cortante señalando hacia un lado en donde la esperaban un grupo de personas muy interesados en la conversación evidenciándolo con las miradas fijas en lo que estaba sucediendo con Gabriel mientras Elena trataba de recordar si alguna vez había escuchado ese nombre.

—No te preocupes, querido, solo quería saludarte. Adiós, Elena, suerte con eso.

María Teresa se retiró sin decir nada más, fue directa a sentarse en donde la esperaba el grupo de personas con las que había llegado esforzándose por reprimir las lágrimas que amenazaban con caer. Elena confundida con lo sucedido se aventuró en busca de una explicación.

—¿Podrás explicarme que fue eso?

—Nada —cortó Gabriel— una conocida muy impertinente. No hagas caso.

—¿Cómo?  Hasta a ti te afectó, te alteraste cuando la viste.

—Elena —indicó entre dientes haciendo sonar cada palabra como una amenaza—, dije que no fue nada y punto.

Elena nunca había visto a Gabriel tan molesto, avergonzada bajó los ojos, colocó las manos sobre su regazo en gesto de rendimiento y pidió disculpas con un susurro casi inaudible.

—Perdóname. Pero lo que vi fue real, tu incomodidad frente a esa mujer era casi tangible. Pero si lo que quieres es que lo ignore... Si te molesta que quiera saber de ti, entonces no se hable más.

Gabriel hizo un gesto al mesonero indicando que quería la cuenta.

—No te molestes conmigo —insistió Elena mirándolo de nuevo a los ojos y tomándolo de las manos con valentía—. No quise alterarte, pero sigo pensando que quien te puso así no fui yo.

Bastó sentir las manos de Elena sobre las suyas para que la culpa invadiera de nuevo todo su ser, —si ella supiera la verdad...—, al instante comprendió lo injusto que había sido con ella, relajó su espalda apoyándose en el espaldar de la silla, su mirada era de nuevo cálida y su rostro comenzó a verse más sereno; pero sin olvidar que su antigua novia seguí muy cerca acechando.

—No estoy molesto contigo, pequeña. Eres un ángel, es solo que hay veces en que me gana mi mal carácter, solo eso.

Más tarde Gabriel dejó a su novia en la puerta del edificio donde vivía, donde con seguridad su padre la estaría esperando para pedirle explicaciones de por qué no había ido a dormir la noche anterior, después de un dulce y sensual beso le deseó suerte ya que a pesar de su insistencia Elena no quiso por nada del mundo que se bajara a dar la cara y hacerse responsable por su ausencia.

—Déjame arreglar esto con mi padre.

—Segura, sigo pensando que soy yo quien debe hablar con él.

—Sí, mi amor. Tengo que hacerle comprender que ya no soy una niña, que debe dejar de tratarme como si tuviera quince años. Tiene que entender que estoy comprometida ahora.

—Cómo quieras —dijo Gabriel resignado— hablamos más tarde. ¿Está bien?

—Está bien...

—Cualquier cosa que necesites, o si tu padre se pone irracional me avisas.

—Te lo prometo. Te amo.

Elena se quedó esperando la respuesta a su declaración de amor que nunca llegó. Decepcionada se bajó del coche y entró en el edificio sin pensar en más nada que en enfrentar a su padre. Entró en el apartamento llena de valentía lista para dar la cara a lo que fuera necesario. Apenas entró en el recibidor pudo ver a su padre sentado en un mullido sillón esperando por ella.

—¡Ahora llegas! —dijo Iván molesto.

—Si, papá, ya llegué.

—¡Sabes que no apruebo que mi hija haga estas cosas!

—¿Qué cosa hice? —preguntó retadora.

—¡Pasaste la noche fuera de casa con un hombre! —gritó al momento que se levantaba de la silla.

—¡No estaba con un hombre! Estaba con mi futuro esposo, no es igual. Debes comprender la diferencia.

—Elena, sé perfectamente que Gabriel es tu novio, aunque yo no esté muy seguro de sus intenciones o de si su palabra será confiable al momento de que tenga que dar la cara por ti, y aun así siendo que él fuera una persona de mi confianza de igual manera quiero que comprendas que estas cosas no las veo correctas, pero. ¡Como sé que no lo puedo impedir te voy a exigir que por lo menos tengas la delicadeza de avisar para que yo no me preocupe! —culminó para retirarse sin esperar respuesta de su hija.

Gabriel había llegado a su casa, le preocupaba el hecho de que Iván con toda seguridad estaba molesto con él por lo de la noche anterior, pero decidió confiar en su novia y dejarle a ella que lo resolviera, subió a su habitación, se dio un baño y se puso ropa cómoda.  Había planeado pasar el resto de la tarde leyendo las noticias del día en la terraza, ahí encontró a Inés.

—Hola, cariño... —saludó ella al ver a su hijo.

—Hola, mamá —repuso dándole un suave beso en la frente.

—¿Cómo está Elena?

—Está bien —respondió parcamente mientras tomaba asiento en una cómoda silla de mimbre frente a su madre para examinar los encabezados.

—Sabes. Estoy algo preocupada.

Gabriel dejó el periódico a un lado para poner atención a su madre sabiendo que sería inútil cualquier evasiva.

—¿Qué te preocupa?

por amor. No estoy muy segura de que hayas podido olvidar a María Teresa.

—Pues sí lo hice —afirmó endureciendo el semblante—. Eso quedó atrás.  Es más, quiero casarme lo antes posible.

—¿Pero por qué tanto apuro, hijo? Apenas se conocen.

—Simple. Ya tengo la edad, según lo que tu misma has dicho repetidas veces... Ella está de acuerdo así que, ¿para qué darle largas?

—    Espero que Elena sea una mujer paciente, contigo hace falta tener de sobra. —dijo con seriedad— Ella es la mejor elección que has hecho. Cuídala.

—Y yo, ¿seré la mejor elección para ella?—, Pensó perdiendo el interés por las noticias.

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