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MONICA

No acostumbraba a ver estas reacciones, trataba siempre de llevar todas las situaciones por el mejor camino, evitar discusiones que no iba a ganar, ¡paz y amor, hermano!

Libre, así me siento, así soy.

Crecí en un hogar con padres con mente bastante abierta, mis decisiones, si bien son habladas con ellos antes de ser aceptadas o rechazadas, eran siempre respetadas.

Por cierto, mi hogar tampoco es un hogar tan tradicional que digamos, pero Marcos y Gabriel lo hacen que sea así.

Mis padres lucharon mucho por traerme al mundo, contra el qué dirán, las leyes, humillaciones, negaciones, realmente necesitaron hacer acopio de todas sus fuerzas para tenerme con ellos.

Tras años de negativas por parte de la mayoría de los hogares en los que iban a entrevistas, que, por su "condición sexual", le negaban la adopción de niños carentes de amor y cuidado, por lo que, finalmente, optaron por buscar ayuda en otro lugar.

Fue así que llegaron a una agencia que se encargaba de seleccionar la mejor candidata para ser madre sustituta.

Tras una larga entrevista con la directora de la agencia, dejando claras sus aspiraciones y características que debían tener las posibles candidatas, se despidieron sintiendo las esperanzas renacer con más ahínco.

Mientras esperaban la llamada de la agencia, comenzaron a investigar acerca de los casos de vientres alquilados, cómo funcionaba, los pros y los contras que existían al aventurarse en una situación así.

Ema se encontraba pasando por un momento crítico de su vida, la salud de su padre se había deteriorado en muy poco tiempo, obligándolo a renunciar a su trabajo, quienes tampoco pagaron lo que correspondía como indemnización.

Su madre había sido toda su vida ama de casa, por lo que lo único que podía hacer era cuidar de su esposo, cosa que las deudas y medicinas no entendían ni esperaban.

Con dieciocho años abandonó sus estudios y decidió postergar sus sueños hasta que todo aquello se resolviera, tenía la fe puesta en que su padre se recuperaría y todo volvería a la normalidad.

Ahora bien, dejar la preparatoria fue sencillo, hallar trabajo siendo estudiante y lograr que la paga sea la suficiente para lo que ella necesitaba, definitivamente era otra historia.

El sonido de su celular en el bolsillo del delantal la distrajo de su trabajo, a riesgo de ser regañada contestó nerviosa y asustada. Era su madre avisando que su padre había tenido una recaída y estaba siendo trasladado al hospital de urgencia.

Iba a contestar a su madre cuando una mano le arrebató el teléfono, se giró con el rostro desencajado y los ojos anegados para ver a su jefe sonriendo con malicia.

Solicitó a su jefe de buena manera que le devolviera el aparato, explicando que su padre se encontraba enfermo y debía saber su situación y dónde era trasladado, a lo que, como el mejor patán y ruin aprovechado, su jefe le dijo que si lo quería y quería mantener su trabajo debía hacer algo por él.

El hecho de verse prisionera por el cuerpo gigante y sudoroso de su jefe contra la sucia pared del sanitario en el que se hallaba la tomó completamente por sorpresa. Intentó separar la mole de su cuerpo y correr, pero no podía siquiera moverlo un centímetro.

—Gritas y no llegaras jamás a ver a tu querido papito –masculló lamiendo su cuello.

—Es un maldito patán, asqueroso –habló ella antes de encajar su rodilla en la entrepierna de su jefe.

—¡Maldita mocosa! –gruñó liberándola antes de caer al piso.

Tomó su celular del bolsillo trasero del pantalón de su jefe antes de sacar unas fotos y caminar hacia la puerta.

—Viejo desgraciado, de esto se enterarán todos –sentenció firme antes de salir de allí.

El "hombre" no pudo recuperarse de aquel golpe, permaneció hecho un ovillo en el suelo maldiciendo la buena puntería de la mocosa que tenía por empleada.

Al salir del sanitario, recogió sus cosas y se largó del lugar, caminando apresurada por llegar al hospital y saber de su padre.

—¡Hija! –llamó su madre al verla caminar apresurada.

—¡Mamá! –llegó hasta ella para abrazarla y calmar su ánimo al menos un poco.

—Tu padre, su corazón, fue un infarto –comenzó a hablar nerviosa.

—Mamá, necesito que te calmes, no pueden enfermar los dos, no podré con ello –declaró seria.

—Lo siento tanto, hija –susurró separándose lentamente.

—Vamos a enfocarnos en lo importante, papá –afirmó confiada.

Oyeron una voz masculina llamar a los familiares del paciente Juárez, con prisa y nerviosismo se acercaron para oír las novedades acerca de su padre, el cardiólogo que lo recibió explicó que la situación estaba controlada pero la necesidad de una operación era urgente, ya que su padre no soportaría otra jugarreta como esa por parte de su corazón.

Ambas mujeres se abrazaron y vio a la mayor llorar mientras la menor se mantenía en esa pose fuerte, aunque sus anegados ojos le decían que sólo era una pantalla para servir de pilar a la mayor.

—¿Podría hablar con usted? –consultó dirigiéndose a la menor.

—Ya regreso, mamá –dijo antes de acompañar al doctor.

Una vez en la consulta le ofreció la silla frente a su escritorio y un vaso con agua. No iba andar con rodeos, por lo que, simplemente indagó acerca de la situación económica en la que se hallaban y que tan factible veía la posibilidad de una cirugía de alta complejidad.

Al ver el comportamiento del doctor, Ema decidió que tampoco se andaría con rodeos, explicó que no contaban con el dinero suficiente, también señaló que no había manera de conseguir todo ese dinero en tan poco tiempo.

Un golpe en la puerta detuvo la diatriba de la muchacha mientras una idea surgía en la cabeza de Marcos, sí, mi padre es un cardiólogo especializado en cardiopatías congénitas, y Gabriel es un apasionado ginecólogo y obstetra, saquen ustedes sus conclusiones acerca de cómo llegué a este loco mundo.

Así es, mis padres llegaron a un acuerdo con Ema, obviamente mi abuela puso el grito en el cielo y se opuso, pero mi madre la convenció alegando la gravedad del estado de mi abuelo. Optando por decidir lo más conveniente, mi abuela cedió y mi abuelo sería un tema a tratar cuando saliera de todo aquel estado.

Y aquí estoy, esperando a mi mejor amiga fuera de la casa de Agustín, ni loca la dejaría sola con Mariana tanto tiempo.

El sonido de la puerta principal me devolvió a la realidad, una Sara totalmente desencajada se abrió paso ante mi mirada atónita.

—¡Sara! –grité antes de largarme a la carrera tras ella.

—¡Déjame Mónica! –contestó sin detenerse.

Era más alta que Sara, por primera vez agradecí mis piernas largas, apresuré el paso dando alcance al brazo de mi amiga logrando que se detuviera.

—Sara, escúchame, detente –insistí.

—Esto no terminará bien, Mónica, jamás debí abrir mi boca, debí seguir ocultando todo –dijo hipando debido al llanto.

—Basta Sara, no te culpes, no te juzgues, mírame –dije y al levantar su rostro lo que vi me dejó descolocada.

Acaricié sus labios viendo su reacción, su lápiz labial, estaba completamente corrido, sus labios hinchados, su agitación no debía ser tanta para los pocos metros que recorrió, ella...

—Sara, ¿es ella? –cuestioné a sabiendas de la respuesta.

No dijo nada, se abrazó a mi asintiendo repetidamente.

—Oh, Sara –susurré besando su cabeza.

—No puede ser, Mónica, lo que sucedió entre nosotras, no puede ser –comenzó a balbucear.

—Sabes bien mi posición respecto a esto, Sara –comencé a hablar sin separarme de ella— mis padres me criaron para aceptar a cada persona como es, sin encasillarlos por un dice que reglamento, que ni siquiera sé quien escribió.

La sentí calmarse lentamente y apartarse de mi pecho, secó sus lágrimas con el dorso de la mano al tiempo que sorbía su nariz.

—Desearía que mis padres fueran tan abiertos de mente como los tuyos –confesó con los hombros caídos.

—Tienen que entender, los hijos no somos su propiedad, ellos pueden criarnos y brindarnos lo necesario, pero no por eso nosotros debemos ser sus prolongaciones ni cumplir los sueños que ellos no.

—¡Joder! Que hasta tienen ya la persona con la que debo casarme, me pidieron que terminara mi relación con Agustín por ese motivo, sólo que, me sobrepasó la situación y lo primero que pude decir fue esa estupidez –admitió pateando un cerco con furia.

—¡¿Qué?! En qué siglo viven, Sara...

—Tienen mi vida decidida Mónica, no tengo voz ni voto en ello, menos aun cuando les diga acerca de mis gustos.

—Vámonos de aquí, lejos, las dos, iniciar de cero...

—Es una locura Mónica –habló negando con la cabeza.

Reanudó su marcha hacia su casa, pateando piedras imaginarias, resignada camino a su ejecución.

—¡No lo es! Locura es lo que pretenden hacer contigo, Sara, hablaré... —insistí volviendo a girarla hacia mí.

—No Mónica, es mi problema, yo lo solucionaré, lo que deba ser será –declaró soltando mi agarre.

—Sara...

—Mónica, ¿estaremos juntas siempre? –preguntó con la vista perdida en el cielo.

Un hermoso naranja azulado comenzaba a asomar hacia el poniente, un atardecer que para muchos es un día menos, mientras para mí es un día más cargado de emociones y experiencias, por supuesto que estaría allí para ella, siempre.

—Jamás te atrevas a dudar de mi palabra, Sara, siempre estaré allí para ti.

—Gracias –susurró antes de continuar su camino.

Sentía mucha impotencia, rabia y temor por partes iguales, quería llegar a casa y verlos, abrazarlos y agradecerles por amarme y respetarme, por cuidarme, enseñarme lo bueno y lo malo, sin coartar mi libertad.

Abrí la puerta y el silencio me pareció raro, ya era tiempo de que ellos llegaran a casa, su horario laboral había terminado.

Seguí caminando y tropecé con algo en el suelo.

—¿Zapato? –sonreí tomándolo en mis manos.

Continué avanzando por el pasillo, apenas apoyando mis pies para no hacer ruido.

—Otro zapato –susurré tapando mi boca con las manos.

Un ruido, un gemido, una risa ronca, fue todo lo que escuché y entendí que nada debía temer, el silencio pronto sería reemplazado por los sonidos de las escandalosas demostraciones de amor de mis padres.

¡Hola mis amores!

¿Qué les pareció el capítulo de hoy?

¿Qué opinan de los padres de Mónica?

¿Y los padres de Sara?

¿Qué creen que sucederá más adelante?


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