
4
La pelirroja observó como el chico de cabellos negros se alejaba de ella a pasos tranquilos, ella seguía en el suelo y cuando se dio cuenta de ello fue cuando el timbre sonó.
Las personas empezaban a llenar los pasillos y veían con extrañeza y burla a la chica tirada en el suelo, se paró rápidamente recogiendo el mapa que tenía y siguió su camino con la cabeza gacha.
Llegó a su casillero y agarró sus libros de las siguientes dos horas, observó el mapa un segundo y ubicó su siguiente clase en el siguiente pasillo. Empezó a trotar al notar que se le hacía tarde y en dos minutos ya estaba en la puerta.
Tocó débilmente y una mujer de cuarenta y seis años le abrió la puerta con una mirada seria.
—¿Y tú eres…? —preguntó de mala gana.
—Oh, soy Laura… la nueva estudiante —respondió.
—Llegas tarde por cuarenta y tres segundos, que no se repita —la dejó entrar mientras de hacía a un lado.
“¡¿Cuarenta y tres segundos?! ¡¿Está demente?!” era lógico que pensara eso, pero pese a ser una obsesiva por el tiempo esa maestra era de las mejores. Hasta los peores estudiantes sacaban de nueve a diez en su materia.
—Hay una nueva alumna. Preséntate —se paró a un lado de la pizarra y la vio fijamente.
—Soy Laura, tengo diecisiete años y espero llevarme bien con todos —dijo sutilmente.
—¿Nada más? —preguntó con cierto fastidio.
Laura negó y la mujer le apuntó a un asiento vacío hasta el fondo indicando que se sentara ahí. Empezó a caminar pero una chica le puso el pie provocando que cayera y que todos se rieran de ella.
Quedó hincada en el suelo con las manos en el suelo y sus ojos fijos a sus rodillas, sus manos se rasparon levemente por unas puntas de lápices afiladas que estaban en el suelo causando que sangrara levemente.
Sus ojos empezaron a humedecerse y sus rojos cabellos le servían como una cortina, no podía ver a los demás y los demás tampoco a ella. Lloraba de dolor, humillación y frustración.
—¿Qué espera, señorita Laura? ¿Que su príncipe la rescate? —todos rieron aún más por lo que la profesora había dicho—. Levántese de una vez, ya no es una niñita.
La pelirroja se levantó con la cabeza gacha por la humillación y por las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Se sentó en el asiento que le habían asignado y en ese instante decidió algo: odiaba el primer día de clases, esa estúpida materia y a esa profesora.
—Hoy hablaremos de las reacciones químicas, abran su libro en la página cincuenta y dos —todos hicieron caso.
La pelirroja se había pasado la clase entera viendo por la ventana, aunque aún así escuchaba y entendía a la perfección lo que la profesora decía.
Cuando el timbre sonó ella vio a los demás pararse y recoger sus cosas, ella hizo lo mismo y fue de las primeras en salir, observó su horario y vio que su siguiente clase era matemáticas y se dirigió ahí.
A cada paso que daba escuchaba los susurros de los demás alumnos sobre su físico, notaba que unos decían que era muy flaca, otros que era muy gorda, unos que era una tabla y otros que estaba operada, también escuchó comentarios sobre su cabello y sus ojos.
Se sintió inferior. Como un ratón en una jaula lleva de leones.
Notó la apariencia de los demás, las chicas y chicos tenían cabellos rubios, castaños y negros, pero nadie era pelirroja, y habían ojos azules, verdes, marrones y negros, pero no habían ojos ámbar, y en comparación a las pieles algo bronceadas de los demás ella era muy pálida, seguramente por la falta de luz solar durante tantos años.
Sabía que era como un patito feo entre cisnes y eso la hizo sentirse aún más inferior que antes.
Vio el reloj encima de una puerta y notó que faltaban quince minutos para su siguiente clase así que se dirigió al baño de chicas guiándose por el mapa que aún tenía en la mano.
Al llegar hizo algo que no se había atrevido a hacer desde que había despertado: observarse.
Había visto su reflejo en los espejos, pero nunca se había fijado en como lucía por miedo a verse mal, pero ahora quería saber que tanto juzgaban.
Su cabello rojo caía por sus hombros en una cascada de lava ardiente, sus ojos ámbar brillaban intensamente como oro fundido a miles de grados y su pálida piel contrastaba con el brillo natural que emanaba de ella, claro que no literalmente.
No tenía tan mal cuerpo en realidad, sus pechos no eran ni muy grandes ni muy chicos, su cintura era estrecha pero no tanto como para verse plástica y sus caderas eran redondas y algo amplias.
Ella estaba hecha para sobresalir entre la multitud, cada rasgo de ella resaltaba el siguiente y era como un ángel, una diosa quizás, pero ella no lo veía así.
El hecho de ser diferente a las demás la hacía sentirse como un fenómeno, pero no notaba lo hermosa que era gracias a las burlas de los demás.
Si ese era el primer día y ya se sentía así no se imaginaba los siguientes. Tenía miedo.
Se lavó las manos que aún seguían con algo de sangre y luego con algo de papel se las secó cuidadosamente.
El timbre para la siguiente clase sonó, le tocaba matemáticas. Sujetó sus libros entre sus brazos y salió del baño a paso veloz, una vez que llegó entró con el resto pero el maestro la detuvo.
—Eres nueva ¿verdad? —preguntó amable.
—Uh, sí —respondió.
—Bueno, veo que eres tímida. Ven, te presentaré —le agradaba—. Chicos, ella es Laura y nos acompañará este último año.
Todos la miraron sin expresión y con aires de superioridad, la pelirroja los vio disimuladamente y al fondo vio al chico de hacía unas horas, con el que había chocado.
Notó que se volteaba a verla y bajó la mirada nuevamente.
—Espero que no la molesten, hablo enserio. Ve a sentarte —señaló un lugar.
La pelirroja se sentó, era una silla al fondo y al lado de la ventana, le gustaba ese lugar. Sacó su libro y empezó a leerlo mientras la clase continuaba tranquilamente.
Sentía una mirada sobre ella, una profunda que no dejaba de observarla, pero la ignoró.
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