19
—¿Enserio? —se alejó para verla asentir y luego la volvió a abrazar—. ¡Gracias!
—Xime, creo que es hora de la clase —dijo cautelosamente.
Era cierto, hacía un minuto que había sonado el timbre y ya todos empezaban a ir a sus respectivos salones.
—Si, si. ¿Qué clase te toca? —se alejó y empezó a caminar a su casillero.
—Música creo —vio su horario—. Sí, música.
—Súper, igual a mí. ¿Vamos?
Laura dejó sus cosas en el casillero y luego empezó a seguir a su amiga a la clase.
No quedaba tan lejos, en menos de tres minutos ya se encontraban en el salón y alegremente el maestro era muy paciente y amable y no les había reprochado cuando llegaron unos minutos más tarde.
—Bien chicos, hoy no hablaremos de nada. Hoy quiero escucharlos cantar lo que han aprendido durante la clase pasada —era clase opcional así que no muchos se encontraban en el salón—. Se acompañarán de un piano, pueden improvisar o cantar algo que ya se sepan. Adelante.
Una chica pasó al frente, empezó tocando una melodía muy simple y pronto le acompañó una voz muy dulce, sonaba aguda pero de buena forma y mantenía las notas largas a la perfección.
La canción finalizó y el profesor aplaudió un poco.
—Muy bien, la canción de piano fue simple pero tu voz la complementó. ¿Quién sigue?
Tres alumnos más pasaron antes de que el profesor decidiera enviar a Laura al frente, estaba en crisis. No se sabía canciones o no las recordaba, por lo que había notado en un recuerdo pasado no era muy buena en el piano y ni siquiera se veía capaz de improvisar algo.
Posiciono torpemente sus dedos sobre las teclas y comenzó a tocar una melodía baja. Recuerdos empezaron a llegar con el piano, notas, partituras y letras, un mundo de música lleno su mente y el salón fue inundado por una perfecta y hermosa canción.
Sus dedos se movían ágilmente y las notas salían con tanta naturalidad que se sorprendió, cuando algo llegó a su mente empezó a cantar con una baja y tímida voz que pronto fue tomando fuerza.
Las palabras le llegaban al corazón y ya no podía detenerse, una increíble nota alta llegó de repente y la consiguió con éxito aunque el aire casi le falla, ya no estaban los demás, solo ella, el piano y la propia música en un mundo sin problemas.
Su voz siguió y siguió hasta que se cansó, la canción llegó a su fin y con ello una nota larga y baja acompañada de un timbre simplemente glorioso.

Una pequeña Laura se encontraba en su habitación cantando un poco, su Nana le había dicho que lo hacía increíble y sus ojitos de lava brillaron al oír eso. Su corazón se agitaba al llegar a las notas precisas y simplemente se encontraba tan relajada.
La puerta de su habitación se abrió de golpe y ahí apareció su madre, la niña se calló de inmediato y vio como la mujer se acercaba rápida y furiosamente a ella.
La tomó de los cabellos y la tiró de su cama al piso haciendo que sus rodillas se golpearan fuertemente con la madera y sus ojos se llenarán de lágrimas.
—¡No quiero que cantes, tu maldita voz me rompe los tímpanos y nadie en esta casa hará más música que no sea el piano! ¡¿Te quedó claro?! —la pequeña asintió aún en el suelo como un perro sentado frente a su amo.
Su madre no dijo nada más y se fue dando un fuerte portazo dejando que aquella pelirroja llorara en paz.

Cuando Laura volvió a la realidad todos le aplaudían y el profesor decía lo magnífico que había sido aquello.
—¿Dónde aprendiste a cantar así? Fue impresionante, de seguro que fue algún profesor reconocido —dijo animado.
—No… yo canto así desde siempre, profesor —al hombre se le borró la sonrisa de golpe por la sorpresa y simplemente dio la clase por finalizada.
—Nos vemos la próxima, chicos. Que pasen un buen día —todos se despidieron y al instante el profesor quedó solo.
—¡Fue espectacular Lau! Lo mejor es que hoy es día de clases extracurriculares, por eso está tan vacío hoy. Me parece que ahora toca baile, me preguntó si serás tan buena bailarina como cantante —habló tan rápido y emocionada que apenas se entendió lo que dijo pero aún así Laura asintió.
Fueron por una botella de agua en una máquina expendedora que había por ahí y Laura sintió como se refrescaba al instante, se había sentido tan buen cantar.
Se había sentido libre por primera vez en esos meses, se sentía viva. Había sido hermoso como las notas salían con naturalidad de ella y como se perdía en un mar de música. Era su hogar.
Caminaron un poco a un gran salón de piso de madera y espejos como paredes, habían hermosas lámparas y barras para ballet, también habían unas cosas para ejercitarse y unas grandes bocinas negras.
Una mujer de traje negro se acercó a pasos suaves y les habló a todas las presentes, tal parecía que a los chicos no les gustaba el baile.
—Buenos días chicas, pueden pasar a los vestidores a cambiarse. Laura, veo que eres nueva. El casillero treinta y uno es tuyo, hay un traje ahí, puedes ponerle contraseña —dijo la mujer seriamente.
Laura solo asintió y se dirigió junto con las otras a los vestidores. Abrió su casillero y vio un pequeño atuendo para ponerse, parecía de su medida así que fue a un cubículo y ahí se vistió.
Era un pequeño shorts de licra negro que remarcaba su no muy grande trasero y un top blanco de manga corta que dejaba ver su vientre plano. También tenía una sudadera roja que decidió amarrarse a la cintura, se puso unos tenis rojos y salió haciéndose una coleta.
No se veía mal en realidad, ese uniforme le quedaba bien.
Todas salieron al salón y notaron la calefacción prendida a un nivel no cálido ni frío, era agradable.
—Acomódense en todo el salón, mantengan una buena distancia y empiecen a calentar.
Todas se acomodaron, Ximena y Laura hasta atrás y empezaron a mover las articulaciones del cuerpo para entrar en calor.
La profesora empezó diciendo que hicieran movimientos que Laura no conocía, no estaba coordinada y parecía una roca al lado de las demás. Al poco rato descubrió que no estaba hecha para el baile.
Intentaba relajarse pero solo se estresaba más y más. Ya se había pisado a sí misma más de dos veces y ya había chocado unas cinco con Ximena, cabe recalcar que por error propio.
—¡Por dios Laura! Concéntrate —reprendió la profesora—. Derecha Laura, ¡dije derecha no izquierda! —la mujer se acarició el puente de la nariz.
Y ahí se encontraba Laura y Ximena en el piso luego de haber chocado estrepitosamente.

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro