
10
El auto se detuvo rápidamente en la orilla de una calle con el ruido de las llantas derrapando en el cemento por lo repentino del movimiento.
—¿Qué? —Laura vio como apretaba el volante fuertemente.
—Por eso te llamé, hoy me caí a la piscina accidentalmente, recordé algo con respecto a eso…
—Dime todo —finalmente la vio, se veía enojado.
—Ambas discutíamos, yo estaba llorando y le preguntaba que porque no me quería, ella me respondía diciendo que porque no era mi hermana y luego me tiraba al agua, yo no sabía nadar y simplemente me ahogaba. Ella no hacía nada y solo me veía —sus ojos se humedecieron—. Intentó matarme.
La furia que el doctor mostraba era sorprendente, en todo el tiempo que Laura había pasado en aquel hospital se había encariñado con ella, había llegado a quererla, cuidarla y amarla como a una hija.
El hecho de que alguien le hubiera hecho tal daño a aquella chica e incluso con intenciones de causarle más daño del cometido solo hacía que se enfureciera. Y que fuera su supuesta madre la que la había intentado matar empeoraba las cosas.
El hombre pasó su brazo por los hombros de la pelirroja, acarició la piel de su hombro de forma reconfortante y dejó que ella empezara a llorar silenciosamente.
Estuvieron así alrededor de cinco minutos hasta que la pelirroja dejó de llorar, ambos se alejaron y el doctor le dio un beso en la frente.
—Sabes que te quiero como a una hija, no me gusta verte llorar, ¿si?. Tranquila —acarició su cabello—. Vamos al hospital, necesitamos hacerte un chequeo.
Después de media hora en la que se mantuvieron en completo silencio ya habían llegado al gran hospital, ambos entraron recibiendo saludos de las enfermeras y doctores que pasaban a su lado, después de haber pasado cuatro años en ese lugar Laura era reconocida por la mayoría ahí.
Caminaron por unos pasillos llenos de habitaciones de pacientes y subieron al cuarto piso por el elevador, al llegar siguieron caminando y el doctor abrió una puerta con el número ciento doce.
—Hola Lau, es lindo verte —saludó amablemente la enfermera que esperaba dentro de la habitación—. Pero ¿qué haces aquí? Espero que no sea nada malo.
—Hola, Ester —la pelirroja devolvió el saludo tímidamente.
—Bueno, ella recordó algo, la traje par checar que su cerebro esté bien —explicó el doctor—. Sígueme Lau.
Los tres avanzaron por la habitación y entraron a otra que tenía una máquina circular grande con un centro hueco y una camilla dentro de él.
—Bien, te haremos una radiografía, necesito que te acuestes en la camilla, que cierres los ojos y que te mantengas quieta. Y descuida, no pasará nada malo —tranquilizó el de bata blanca.
—De acuerdo —dijo Laura en un tono bajo.
La pelirroja se dirigió a la camilla y se acostó en ella boca arriba, la máquina empezó a moverse para posicionar la camilla dentro de aquel círculo y ella inmediatamente cerró los ojos.
Cuando la camilla estuvo posicionada con la cabeza bajo la máquina se detuvo, la voz del doctor sonó.
—Cierra los ojos —avisó.
La chica no se molestó en decir que ya los tenía cerrados, solo los mantuvo así. Una luz pasó de la punta superior de la cabeza hasta la mitad del cuello de ella de ida y vuelta, se repitió alrededor de tres veces y luego la camilla volvió a moverse para salir de la rueda.
—Ya te puedes parar.
Laura abrió los ojos y se incorporó, se mantuvo sentada unos segundos y luego se paró. Se dirigió al doctor que estaba frente a un computador viendo atentamente la pantalla.
La pelirroja se puso detrás del doctor y vio a la pantalla del computador que mostraba una imagen de su cráneo y cerebro junto con todos los nervios y venas que lo recorrían.
—¿Ves esto? —preguntó el doctor a lo que Laura asintió—. Esos son tus lóbulos temporales, se encargan de guardar la memoria a corto o largo plazo. Por el momento los tuyos están dañados, los lóbulos están muriendo y eso provoca que sea más difícil recuperar la memoria. Si no la recuperas en… dos meses será demasiado tarde —explicó el doctor.
—¿Eso quiere decir que si no recupero la memoria en dos meses no la recuperaré nunca? —cuestionó Laura exaltada.
—Es una muy grande probabilidad. Pero tampoco se puede forzar al cerebro o los daños podrían ser peores —advirtió.
—Yo… —pensó muy bien lo que iba a decir, no quería que se repitiera lo de la última vez en aquel callejón—. Mejor me voy a casa. Hasta luego, doctor —se dirigió a la puerta.
—¿Segura que quieres ir sola? Yo te puedo llevar si quieres —ofreció el doctor amablemente.
—Si, necesito tomar un poco de aire —sin más que decir salió de la habitación.
Todos se despedían de ella al pasar por su lado y ella respondía con una pequeña sonrisa vacía. Siguió caminando hasta llegar a la puerta del hospital para luego salir de él.
Caminaba por las calles con la vista en el suelo, sus pensamientos rondaban en lo mismo: “Solo tengo dos meses”. Cada que pensaba en ello sus ojos se iban humedeciendo un poco más hasta que una lágrima cayó por su mejilla.
No se molestó en limpiar la lágrima ya que otra la siguió de cerca luego otro y otra más hasta que se hicieron seguidas y ya no paraban.
No lloraba de tristeza, lloraba de impotencia, frustración y miedo. ¿Qué iba a hacer si no lograba recordar?. No vería de nuevo a su familia, no sabría si eran buenos con ella o no.
Tampoco sabía nada de ella misma.
¿Cómo iba a dejar que alguien la conociese si ella no se conocía a sí misma? Talvez tendría que pasar la eternidad sola porque la tacharían de fría. Todo eso pasaba por su mente una y otra vez.
Llevaba caminando tanto tiempo que no había notado que ya era de noche, y peor aún, no sabía dónde estaba. Sabía su dirección, pero no sabía cómo llegar.
Se detuvo rápidamente y vio a su alrededor, no reconocía nada de lo que veía, muy pocas personas pasaban por la calle y ya sentía miedo de ser secuestrada.
Empezó a preguntar a las pocas personas que habían si sabían dónde quedaba su dirección, pero todos o se alejaban, o la ignoraban diciendo que no sin tomarle atención.
Ya se estaba dando por vencida y la desesperación era visible en ella. Se hincó en la acera y cubrió su rostro con sus brazos para empezar a llorar, hasta que escuchó una voz algo familiar frente a ella.
—Debe ser una puta broma.
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