Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

16 | Promesas sin cumplir

—Date prisa. Te esperaremos en el salón de presentaciones, en media hora nos toca.

—Iré de inmediato —ratificó Félix.

La partida de Michael le ayudó a controlar sus nervios. Respiró hondo y encendió su celular. En casi dos meses se acostumbró a que el teléfono residencial de la habitación, que le asignaron en su ingreso a la Academia de Aviación, fuera su único medio de comunicación con el exterior. La conformidad fue tal que consideró usarlo hasta su graduación. Sin embargo, no hubo marcha atrás cuando se dejó llevar por la curiosidad de saber cómo estaba Sandra.

Innumerables notificaciones de mensajes le entorpecieron la vista, pero ver las de su padre le dejaron en un ligero trance. ¿Desde cuándo Francisco sabía que ingresó a la academia? Él y Félix no mantenían un estrecho contacto, en lo absoluto, no tenían una común relación de padre e hijo. Cuatro minutos después cayó en cuenta de que había cosas más importantes que preguntarse cuál fue la mosca le picó a Francisco. No lo pensó dos veces para abrir el primer chat en su Messenger.

Sandra

Siete llamadas perdidas.

Te vas.

¿Por qué no me dijiste nada?

Por favor, responde mis llamadas, ¿dónde estás?

Tan solo te irás así, desaparecerás, ¿por qué? ¿Tú igual me defraudarás? Simplemente te irás como mamá.

Tres llamadas perdidas.

Irene me dijo que te fuiste a la academia, tuve que seguirle la corriente para que no lucir confundida.

Pero.

¿Por qué no dijiste nada?

Dos llamadas perdidas.

¿Cómo has estado?

Ya estoy organizando los documentos para ingresar a la universidad.

Espero que estés bien allá.

Una llamada perdida.

En verdad me gustaría que hablemos.

¿Cómo te ha ido?

«Estoy viviendo el sueño», pensó mientras leía los mensajes.

Al principio de su idealización como piloto, Félix, al igual que muchos soñadores, creyó que despertaría una mañana y sería la persona más genial del mundo, con una gran vida y un increíble empleo en el Aeropuerto Internacional de Las Américas. Luego, con el pasar de los años, se dio cuenta de que no iba a ser así de fácil.

Vivió gran parte de su juventud tragando nostalgia. Fue un estilo de vida que le iba mucho mejor que rememorar extrañando ocasiones que no podía traer de vuelta. Eso era suficiente motivación. Su actitud cambió cuando conoció a Sandra. Ella le mostró lo feliz que podía ser si superaba el temor a recordar.

Tres veces llamó al celular de ella y no obtuvo respuesta. Al cabo de diez minutos de intentos fallidos, decidió contestar a las otras llamadas y mensajes. Irene y Milagros sabían de su partida, pero Francisco no tenía idea. Sintió un inmenso nerviosismo cuando telefoneó a Francisco, pues esperaba que él nunca contestara.

—Ha-lo

—Sí, hijo. —Esa simple palabra estremeció a Félix—. ¿Halo?

—Vi tus llamadas perdidas.

—Quería saber cómo estabas. Irene me dijo que te fuiste a la academia.

—Estoy bien.

—Me alegra saberlo. ¿Cómo vas en los estudios? ¿Tienes muchos amigos?

—Me va bien. Aún es muy pronto para nuevos amigos. ¿Por qué habló con mamá?

—Hace mucho que no hablábamos, la llamé porque quiero que nos veamos. Los extraño mucho.

Félix analizó las oraciones de Francisco, se sintió asqueado de inmediato.

—¿Qué dices?

—Quiero que volvamos a ser la familia que éramos.

—¿Antes de que engañaras a mamá? ¿Cómo puedes siquiera hablar sobre ella? ¡¿Quién te crees que eres?!

—Hijo, yo en serio estoy muy arrepentido...

—No me llames así. Desde el día que supe que engañabas a mamá dejé de ser tu hijo. ¡¿Tienes idea de lo difícil que fue para mí todo esto?! ¡¿Eh?! Eres un patán, nos engañaste a ambos. ¡Jamás te perdonaré eso! ¡Cómo demonios puedes pensar en la idea de volver!

—Estoy dispuesto...

—No me importa lo dispuesto que este. —La rabia lo invadió de muchas maneras—. No tienes idea de cuánto me arrepiento de ser tu hijo. Mamá y yo seguimos adelante, continuamos nuestras vidas sin ti, ella trabajó duro para estar bien. ¡No tienes derecho a quitarme la poca paz que me queda! No eres quien para hacerlo.

—Soy tu padre.

—Para mí ya no lo eres. Así como te olvidaste de nosotros, yo me olvidé de ti. ¡¿Por qué vuelves ahora?! No tienes idea de lo mucho que perdí en su divorcio, y cómo si nada quieres volver a nuestros.

—Siempre los tuve presente...

—¿También nos tenías presente cuando te acostabas con Jenny?

—No te permitiré que me hables así, aún soy...

—No lo eres, déjanos. Perdí a mis amigos, la vida que tenía, el apoyo y comprensión tuya y de mamá, lastimé a personas que en verdad estuvieron conmigo porque no fui capaz de hacer nada al respecto. ¡Y te crees con el derecho de volver a lastimarnos!

—Lamento...

—Que lo lamentes no cambiará nada. Destruiste mi vida. —Las lágrimas de Félix le exigieron dejarlas ser—. No quiero ser como tú.

—Perdón.

—Déjanos en paz. Vete y acuéstate con Jenny o bebe. No me importa, pero deja a mamá, ella no merece esto.

Félix colgó la llamada, luego se acercó a la puerta del dormitorio y la cerró con brusquedad. Apoyó la espalda en ella dejándose caer sobre el suelo. Se incorporó en sí mismo de modo que la cabeza le descansaba sobre sus rodillas.

—No te quiero de vuelta... —dijo, en voz baja.

Pasó el resto de la tarde encerrado. Le envió un mensaje a Michael, su compañero de habitación, para que lo ayudara con una excusa por faltar a las clases pendientes. Tenía mucho en que pensar. No era justo que continuara ignorando las historias en su cabeza. Especialmente, esas que no terminaron como él esperaba, por las personas que dejó atrás. Estaba solo. No le quedó de otra más que admitir su culpabilidad en ese abandono.

Antes él anhelaba confiar en que después de la tormenta se ve, o se alucina, con un faro a la distancia clamando los nombres de quienes desean ser felices. La realidad era que nunca llegaría lejos sin superar el dolor. Su propio destino le regaló muchas oportunidades para volver a empezar, pero huir enloquece incluso a las personas más fuertes. Félix no se consideraba valiente, aunque debía serlo, no solo por él sino también por las personas que creían en su potencial.

No sabía si los espontáneos movimientos, que siempre lo acorralaban, sacarían lo peor o mejor de él. Se aferró a lo bueno con admirable vehemencia. Durante mucho tiempo trató de ocultar lo que pasaba en su interior. Cada vez que sentía fuerte levantaba la cabeza y no veía nada. Otra vez era él contra el mundo. Anhelaba regresar a la básica y simple vida que tenía, tanto como decir las cosas que lo hacían sentir feliz. Luego de estar triste en carne y huesos, lo que más deseaba era tener una segunda oportunidad para rehacer su vida. Era muy joven, las oportunidades le sobraban, el problema era ir tras ellas cuando no se sentía digno. Muchas veces deseó ser como Júpiter, supuso que desde tan lejos no lastimaría a los demás y nadie le haría daño, simplemente sería otro planeta en la galaxia.

Cuando la noche y los pensamientos de Félix llegaron a sus puntos más altos, él encendió la pequeña lámpara en la mesa de noche. Miró su celular con setenta por ciento de carga como si en ese estuviera su salvación. Se pasó ambas manos por la cabeza, estaba agotado y frustrado, su mente no le permitía descansar.

—Halo.

—¿Félix? —Sandra lo escuchó sollozar, pero el sonido era distorsionado, como si hubiera alejado el celular de su oreja—. No me dejes hablando sola, sé que estás ahí.

—Perdóname...

—¿Estás bien?

—No he vivido de la forma correcta. Tenías razón, soy un cobarde. Te mentí, no pude mantener mi promesa. En verdad lo lamento, te extraño mucho.

—Yo igual. Eres un necio, no tienes idea de lo preocupada que estaba. Solo a ti se te ocurre tener el celular apagado, pero me alegra saber de ti.

—Papá...

—¿Qué sucedió con Francisco?

—Me llamó.

—¿Cómo? ¿Cuándo te llamó?

—Él dejó mensajes en mi contestadora. No sé ni por qué demonios le devolví la llamada.

—¿Qué pasó?

—Me dijo que quería volver con mamá. —El inexistente sonido del otro lado de la línea le permitió a Félix desahogarse—. Yo no lo quiero devuelta. —Sandra escuchó su llanto otra vez, aún en silencio—. Pasamos por tanto, mamá se esforzó para superarlo.

—Tú igual. ¿Qué le dijiste?

—Que dejara a mamá en paz. Él me dijo que la llamó.

—¿Sabes lo que piensa Irene?

—No creo que esté de acuerdo.

—Eso no lo sabes, Félix.

—No quiero que esté de acuerdo.

—Habla con ella, no te quedes con eso. Supongo que me llamaste para decírmelo.

—También quería pedirte perdón.

—Has llorado mucho, ¿cierto?

—No.

—¿En serio? Te escuchas como si fuera lo contrario. No me mientas, tonto.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por entender.

—Creo que me acostumbré a tu bipolaridad —recalcó, luego de un pesado suspiro—, no es buena para ti, ni para nadie.

—Sé que cuando el camino se vuelve pedregoso casi no soy capaz de mantener la compostura.

—¿Casi?

—Bueno, siempre. Nunca puedo mantener la compostura.

—Ahora eres sincero. Deberías hablar con Irene, dile lo que sientes. Tal vez ella piense lo mismo, pero y si no es así, ¿qué harás?

—No he pensado en esa posibilidad.

—No pierdas tiempo conmigo ahora. Llámala.

—Espera, Sandra.

Ella no le permitió seguir cuando finalizó la llamada, así que Félix le envió un mensaje de texto.

Sandra

¿Debo ir a visitarte o me visitarás?

No lo sé.

¿Estás libre?

¿Y tú?

Estamos como a dos horas de distancia.

¿Qué te parece el próximo sábado?

Bien.

De acuerdo, iré a verte.

¿En tu casa?

No me refería a eso.

Yo iré a verte.

He escuchado que la academia es hermosa.

Le diré a Paúl que me lleve, o quizá vaya en autobús.

Te esperaré.

Allí estaré para darte.

Escribiendo...

¿Qué me darás?

Un gran golpe en el brazo por necio.

Me tenías los nervios de punta.

Lo siento.

Más te vale.

Debo irme.

Mi compañero de habitación acaba de llegar.

Buenas noches.

Recuerda llamar a Irene. Si no lo haces te mataré cuando nos veamos.

No lo harías.

Me amas.

Ni te lo creas, así como te aprecio también puedo matarte si es necesario.

:*

Nos vemos.

Te quiero

Visto

Sandra hundió el celular en su pecho y se ocultó el rostro con una almohada. Sabía que perdonarlo tan rápido no era sensato ni sano, pero estaba demasiado enamorada como para no hacerlo.


—¿Todo bien? —preguntó Michael, tirándose de espaldas en su cama.

—¿Tan mal estuvieron las clases?

—No tienes idea de lo que te libraste. Seis malditas horas de clases, ¡fueron las peores de mi vida! Nos fue bien en la exposición. El profesor dijo que harás la tuya mañana, por cierto, ¿estás mejor de salud?

—Sí. Iré a hacer una llamada.

—Recuerda que a las nueve debes estar aquí para que el decano no nos regañe.

—Será rápido. —«Al menos eso espero».

Félix cantó las estrellas más cercanas a los dormitorios antes de llamar a su madre, hacerlo se volvió una terapia personal en la academia. Desde niño, imaginar que podía viajar a través del universo lo relajaba, hacía que se sintiera capaz de cualquier cosa. El aire frío de la noche erizó su piel, lamentó no llevar puesto un abrigo. Respiró profundo. A la velocidad de la luz organizó en su mente las palabras adecuadas, pero cuando Irene contestó todavía no sabía qué decirle.

—Mamá.

—¿Todo bien? No esperaba que me llamaras a esta hora.

—Disculpa.

—¿Sucedió algo malo?

—Es sobre Francisco.

—Él...

—Sé que habló contigo. Hace horas conversamos.

—Te iba a decir que me llamó, pero como solo podemos hablar por el teléfono de tu dormitorio no quería interrumpir nada.

—¿Quieres volver con él?

—¿Cómo sabes...?

—Por favor, respóndeme, mamá.

—No.

—¿Por qué?

—No vale la pena.

—¿Cuántas veces se ha contactado contigo?

—Cuatro.

—¿Abuela sabe de esas llamadas?

—No. ¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio?

—Sandra me dijo que debía tomar en cuenta lo que tú quieres, y si piensas retomar tu vida con él o no. Eso me hizo dudar sobre si te conozco lo suficiente.

—Nunca lo dudes. La vida que teníamos con tu padre acabó. Él me ama, de hacerlo no me hubiera engañado. Cualquier posibilidad de reponer nuestro matrimonio murió el día que firmé el divorcio. Pero quiero que tengas presente que Francisco siempre será tu padre. Él solo puede formar parte de tu crecimiento si se lo permites. Piénsalo muy bien, tú eres su mayor orgullo y también el mío. No quiero que llenes tu corazón de odio por nadie.

Las palabras de Irene lo liberaron de la angustia que sentía. Félix sonrió mientras caminaba de vuelta al dormitorio. El miedo empezó a desvanecerse, y con él, las dudas. Por primera vez en mucho tiempo su vida tomaba el rumbo que él quería.

Félix siempre construía sus esperanzas altas como una torre. Solo era un chico perdido encontrándose a sí mismo. Desde aquel día le pareció indispensable permitir a los demás un verdadero espacio en su corazón.

En el momento que pudo diferenciar entre lo bueno y lo malo, fuera de lo que le habían inculcado en la niñez, sintió que cambió para siempre. Luego de su conversación con Irene, entendió que los hechos valen más que las palabras, y se prometió a sí mismo cumplir todas sus promesas. 

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro