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11 | Fotografías y libros

Una orden de alejamiento y un corazón roto; fueron las consecuencias de los actos de Carmen, Adrián, Félix y Sandra. Definir cuál situación era mejor o peor no era factible para ellos que reconocían la responsabilidad de sus actos.

Incluso Carmen supuso que estaría aliviada con la sentencia de cinco años de prisión a Víctor, porque fue todo lo contrario. Sus miedos se afianzaron en los días posteriores a la audiencia. Aún libre de tres años de violencia no sabía qué hacer con las aspiraciones que ignoró por ser una buena esposa, madre y abogada. Esteban sobrellevó la situación mejor que ella, dedicando cuerpo y alma a Teen Light y sus estudios.

Necesitaban tiempo para sanar las heridas, y debían esperar por él, aunque las desgarradoras penas eran imposibles de olvidar. La vida les regaló una nueva oportunidad para ser felices, pero sus conocidos no contaban con la misma suerte.

El estado de salud de Naomi era cuestionable, tanto como el remordimiento de Ruth e Iván. Ninguno tenía el valor de verla. Sentirse culpables de esa tragedia fue devastador para él porque no pudo amarla como ella lo merecía. Ruth estuvo a punto de perder a su mejor amiga e Iván se resignó al repudio de Naomi.

Ellos y Javier memorizaron las palabras de Esteban cuando la audiencia terminó. Minutos después Adrián estuvo junto a los jóvenes, pero el orgullo de sus padres, por criar a un héroe, impidió que los acompañara en la clínica. Amanda y Nicolás se transformaron en una pareja de abogados que olvidó a quien los necesitaba. Los padres de Adrián y Javier fueron los últimos en saber sobre el accidente. Una vez terminado el juicio se quedaron en el Palacio de Justicia junto a los verdaderos doctores en leyes. Ni siquiera notaron el pánico en la mirada de sus hijos. Quedaron expuestos ante una indiferente y cruel realidad cuando Javier les pidió que llamaran a los padres de Naomi.

Ese día la perspectiva de Adrián sobre sus padres cambió. Ellos se mostraron despavoridos, lograron que Naomi fuera atendida en la mejor clínica de la ciudad y donde Amanda trabaja. Él no recordó una actitud similar en el pasado, pero le alegró saber que aún eran personas complacientes.

Los más jóvenes aceptaron que algunas veces tropezaron sin aprender. Perdieron una parte de su esencia en guerras interiores. La juventud les impidió comprender que por más que sintieran cercano el fin del mundo apenas conocían una mínima parte del mismo. Cada día llegaba con una inolvidable experiencia, en especial cuando el amor o una sincera amistad llegan de imprevisto. Ellos no podían hacer más que dejarse envolver por esas nuevas vivencias, y aunque Matías tenía veintitrés años sintió lo mismo luego de conocer a Naomi.

Para él, Naomi era un soplo de aire fresco que lo sorprendió, asustado y sin dirección, justo cuando alcanzó la adultez sumergido en el mundo laboral. Disfrutaba trabajar en la empresa de telecomunicaciones de su padre, por más agobiante que fuera. Creció siendo consciente de todos sus deberes, no tuvo una adolescencia plena debido a responsabilidades inapropiadas para su edad. Madurar como profesional y ser humano fue determinante e irreprochable para las personas a su alrededor. La admiración de sus colegas hizo que se sintiera realizado.

Vivió seguro de esa manera por muchos años. Pero la promesa que le hizo a Natalia provocó que anhelara ser tan capaz como la hija de ella. Reconstruir su vida, volviendo a los años que perdió, no era fácil. El carisma de Naomi fue su mejor compañía durante las tardes no laborales. En cuestión de semanas la tendencia a conversar y saber del otro fue mutua. Matías admiraba el optimismo de Naomi, ella apreciaba su genuina empatía porque estaba segura de que él era la parte agradable del accidente. A sus ojos Matías era la encarnación de la humanidad que algunos pierden cuando crecen. Más de una vez anheló la compañía de Iván, pero el miedo se apoderó de él mientras Matías proclamaba un significativo espacio en su corazón.

—¿Te gusta la fotografía?

Naomi observó a Matías incrédula. Tardó un minuto en comprender la pregunta mientras estuvieron solos en una suite de la Clínica Quisqueyana. Él la percibió distante y añadió:

—El dije en tu collar es una cámara. Debe ser muy especial para ti, siempre lo llevas puesto.

Naomi hizo un gran esfuerzo por no llorar. Le rogó al universo que Matías dejara de hablar. No responderle podría ser catalogado como una falta de modales, era imprudente actuar de esa manera, él no merecía su silencio.

—Cuando era pequeña tener mi cámara cerca era muy importante. Saber que la llevaba conmigo me relajaba. No perdería ningún recuerdo si lo capturaba.

—Al fin y al cabo es arte, ¿no? Como lo que sientes terminando de leer un buen libro. Aunque para mí muchas veces la realidad supera la ficción que los caracteriza.

—También es magia hecha realidad por emociones impresas en páginas blancas.

—No he visto tus fotos, pero me basta con tus palabras para saber que deben ser hermosas.

—Ojalá lo fueran —añadió, en voz baja.

—¿Por qué lo dices como si te estuvieras despidiendo de ellas?

—No sé si me voy a recuperar lo suficiente. Existe la posibilidad de que me operen para que la recuperación sea más rápida. Después no sé qué pasará.

—¿Sabes lo que yo pienso que sucederá? —Ella negó moviendo la cabeza—. Retomarás tu vida.

—¿Con un clavo en la pierna?

—Aún con ese clavo, y si la operación hará el proceso más rápido, sería lo mejor.

—Por algo el futuro siempre es incierto.

—A veces uno no decide sino que la vida nos obliga a decidir.

—He pensado en eso más veces de que las que debería.

—Y es lo mejor que haces. Mientras más conoces sobre lo que quieres, menos permites que lo demás te haga entristecer.

—Simplemente no sé qué debería hacer, ¿entiendes? Quise ser diseñadora gráfica, pero no me siento conforme al ver mis diseños. Intenté tomar fotografías profesionales, pero hubo momentos en los que sentí que las fotos de mariposas, playas y personas eran mediocres.

—La mediocridad no existe en algo que amas, Naomi. No hablas como si fuera un pasatiempo cualquiera.

—No lo era, pero a veces siento que en vez de tener tres semanas aquí han pasado tres años. Me aterra no poder salir, ¿qué haría con mi cámara digital?

I really feel that.

—No lo dije por ti. Yo provoqué el accidente.

—No fuiste la única persona involucrada.

—Has hecho más que suficiente por mí. Ahora me corresponde llevar el peso.

—Si yo no quiero que lo hagas sola, ¿me permitirías quedarme cerca?

Por un instante Naomi sintió que la mirada de Matías le quemó el alma. Sus ojos cafés la observaron como si esperaran redención. No se creía capaz de ofrecérsela.

—No es justo que te hagas responsable de todo.

—Independientemente de lo que dijiste, yo en serio siento el peso de tus palabras.

Las mejillas de ella se sonrojaron por el beso que Matías dejó en su frente. No pensó que escuchar la misma oración traducida, del inglés al español, le dejaría aún más atónita. Agradecía el verídico interés de Matías en no abandonarla, pero ese le causaba una mayor vergüenza ante él. Su nuevo amigo era un joven adulto visionario y capaz, en cambio ella se sentía como una torpe adolescente sin futuro.

—¿Quién es él? —preguntaron Daniel y Dariel al unísono.

Los dos hermanos gemelos de Naomi la examinaron de pies a cabeza, dijeron cosas inaudibles cuando se fijaron en Matías. Natalia, que estaba detrás de ellos, se disculpó mediante gestos y señas. Ella reprochó la mala educación de sus hijos al no tocar la puerta. Los mayores se rieron de las expresiones faciales de los más pequeños, quienes lucían como niños celosos de siete años, justo como en realidad eran.

—Acérquense. —Ellos hicieron caso al mandato de Naomi—. Él es un amigo de Isleña Telec., su nombre es Matías.

—Es un gusto conocerlos. Me han hablado mucho de ustedes. —Daniel y Dariel aceptaron el simultáneo apretón de manos de Matías—. También escuché algo muy interesante, ¿en serio les gusta el béisbol? Porque necesito a un par de prospectos como ustedes para un juego con los hijos de mis camaradas.

Natalia y Naomi les dieron el espacio necesario para dialogar, se mantuvieron ocupadas organizando los documentos necesarios para formalizar la graduación. Prestaron ocasional atención a los niños que rieron exaltados debido a las espontáneas técnicas de juego que Matías les mostró. Miguel se unió a ellos horas después con los sándwiches de helado preferidos de sus hijos. El padre de Naomi se robó el espectáculo de Matías contando las anécdotas sobre los años dorados del deporte dominicano, eran historias que su familia nunca se aburría de escuchar.

Las agradables horas, que llenaron de nostalgia a Natalia, le parecieron pocas cuando Miguel se fue a casa con Daniel y Dariel. Ella los vio partir en compañía de Matías. Al igual que en los días previos al accidente, el beso que Miguel le dio antes de irse le dejó un mal sabor. Llevaba días pidiéndole a Dios que ninguno de sus retoños tuviera un amor como el de ellos. Amar de lejos era como no amar en lo absoluto, en su matrimonio se dibujó una inmensa brecha.

Miguel era un hombre conservador, fiel a los ideales costumbres que aprendió de sus padres, así como ella. La confianza de ambos estaba en Dios porque creían ciegamente en que Él le daría fuerzas a su hija, igual como lo hizo con ellos en su matrimonio. Pero sus firmes creencias nunca revivieron la chispa del vivaz romance que los unió.

Sus hijos eran más importante que el sentimiento que como pareja entrelazó sus caminos. El amor que encomendaron en su familia no siempre fue bienaventurado. Sin embargo, fue bien encaminado pues los frutos de su amor eran buenas personas. Natalia y Miguel no se amaban como cualquier otra pareja, pero eran leales a los sacrificios que hicieron por ser un matrimonio estable. Uno en el que nunca dudaron del pilar que representaban en la vida del otro.

Ambos entregaron todo lo que los hacía ser quienes eran por cumplir sus votos nupciales. Sacrificaron amigos, familia y estudios a base de oscuras penas por transformar un embarazo no planeado en un sueño hecho realidad. Se convirtieron en adultos, que no sabían lo que significaba la consanguinidad, cuando la responsabilidad de traer dinero a la casa fue de Miguel y retirarse de la universidad era la de Natalia. Aprendieron el uno del otro cómo ser padres contra los ajenos presagios de una rotunda separación. Nunca imaginaron que la gratitud sería insuficiente para mantener su devoción. La ausencia del ser amado era compleja, y aunque trataron de ocultar esa falta, Naomi también lo sabía.

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