Capítulo 8
Christian abre la puerta de su departamento y guio a mi amiga Lindsay hasta la sala, sintiéndome cómoda de estar aquí.
Me siento junto a ella mientras Elliot y su amigo van a la cocina a servir tragos para todos, aunque dudo mucho que sea tequila. Ellos acostumbran bebidas más fuertes.
— ¿Y de dónde se conocen? – nos señala Elliot.
— De la editorial, trabajamos juntas.
— ¿Y acostumbran salir los fines de semana?
— Si, trabajar ahí implica mucho estrés, ¿cierto Ana?
Lindsay me golpea con su hombro y reacciono sacudiendo la cabeza. Estaba tan entretenida viendo el reflejo de Christian en la pantalla de la televisión apagada que me distraje.
— Si, si, mucho estrés. Demasiados libros por leer y escritores dramáticos con los cuales lidiar.
Levanto la vista hacia Elliot, pero rápidamente busco a Christian. Está sentado en el sofá frente a mi, con una de sus piernas cruzadas y agitando el contenido de su vaso antes de beberlo.
— ¿Ustedes también son compañeros de trabajo? – pregunta Lind, quién sigue haciéndole plática a Elliot.
— Oh no, odiaría ser maestro de secundaria – el pelirrojo sonríe – Yo trabajo en una empresa de Marketing.
— ¿Y de dónde se conocen? – vuelve a preguntar y me volteo para escuchar la respuesta. Justo ahora caigo en cuenta que no sé demasiado de ellos.
— Fuimos juntos a la secundaria, nuestros padres son vecinos – Solo Elliot habla, y señala hacia ambos – Hubo un tiempo en el que pudimos haber sido hermanos.
— Hermanastros – corrige Christian, al fin participando – La doctora Grace Travelyan y el abogado Carrick Grey salieron durante un tiempo.
— ¡El mejor momento de nuestras vidas! – grita Elliot con sarcasmo.
— Bueno, no parecen tener mucho en común – se ríe Lindsay.
Vaya, entonces son más unidos de lo que podría parecer. ¿Estaré pisando terreno peligroso? De pronto no me siento tan animada como al inicio.
Me levanto del sofá para ir a la cocina por un vaso de agua, si sigo bebiendo me sentiré peor y no quiero arruinar mi tiempo con Christian. Cuando me giro para dejar el vaso, me encuentro de frente con él.
— ¿Estás bien?
— Si, solo que creo que el whisky no es lo mío – Christian sonríe.
— ¿Y qué es lo tuyo? A parte de la curiosidad.
Le sonrío, pero la insistente mirada de Elliot hace que ambos giremos para mirarlo. Lindsay le habla, pero él tiene la vista en nosotros.
— Dime una cosa. ¿Por qué trajiste a tu amiga?
— No sé de qué hablas – presiono mis labios para no reír – ¿Tenía que venir sola?
— No, pero en base a lo que pasó ayer con tu otra amiga, creo que veo un patrón aquí.
Christian se recarga en la encimera, dándole la espalda a Elliot y yo uso su cuerpo como escudo para esconderme. Lo cual me permite acercarme al chico de los ojos grises.
— No te muevas – dijo bajito solo para él – Aquí hay otro patrón para ti.
Presiono mis labios sobre los suyos en un pequeño beso que rápidamente corresponde. Me muerde suavemente pero tengo que apartarme antes de gemir y delatarnos.
— Me gusta tu plan – sonríe.
— Christian, ¿Qué tan unidos son Elliot y tú en realidad?
Se endereza de la encimera para ir a servir otro poco de whisky en su vaso.
— No quiero hablar de eso ahora. No arruinemos el momento.
Mierda. Eso no suena bien. Vuelvo mi vista a la sala donde Elliot ya está sentado junto a Lindsay, así que me dirijo al librero para no molestarlos.
— ¿Vas a curiosear ahí? ¿Creí que ibas a empezar por el maletín?
— ¿Son tuyos? – señalo las cuatro repisas con libros.
— Si.
— ¿Y qué te gusta leer?
— Misterio, ficción, intriga – dice aún parado detrás de mí.
— ¿Y todos esos CDs? ¿Comes, vives y sueñas música?
— Claro. Vivo de lo que me apasiona.
Su mano se apoya discretamente en mi cadera y la presiona. Tengo que admitir que este toqueteo delante de nuestros amigos es excitante.
— ¿Tocas algún instrumento?
— El piano.
— ¿Cantas?
— Si.
— ¿Bailas?
— Por supuesto. La doctora Travelyan nos enseñó a bailar a Elliot y a mí.
— Muéstrame.
Christian busca entre los discos frente a nosotros y selecciona uno. Lo coloca sobre la bandeja del reproductor y sube un poco el volumen, lo suficientemente alto para que Elliot y Lindsay nos escuchen.
— Ven aquí. ¿Tú sabes bailar?
— No – me río, pero dejo de hacerlo cuando él me atrae a sus brazos.
Apoya su mano en mi espalda baja para acercarme y la otra toma mi mano. Paso mi brazo por su hombro pero me pierdo con la cercanía de su rostro y su mirada.
No puedo dejar de mirarlo. Dejo que sus movimientos nos guíen a través de la sala, incluso cuando siento que giramos sin parar. Quiero besarlo ahora.
Y lo hago. Sin importarme en dónde y con quiénes estamos, busco sus suaves labios y lo acerco con el brazo que tengo apoyado en sus hombros. Rápidamente corresponde, bajando ambas manos a mi cadera.
Su barba me hace cosquillas pero me aferro a su rostro para no cortar el beso, ni siquiera cuando siento que me empuja con él hasta el pasillo.
Me aparto solo lo suficiente para darme cuenta que estamos solos en la sala, y lo único que puedo asumir viendo el bolso de Lindsay junto al mío, es que están en su habitación.
Aún me sostiene por la cadera cuando entramos a su habitación y cierra la puerta. Me apoya contra la puerta mientras busca el interruptor de la luz pero algo de cristal cae al piso en el proceso.
— Ana – jadea en mi oído – me gustas mucho.
— Y tú me gustas mucho, Christian.
Sus besos bajan entonces por mi cuello, estremeciéndome y mis dedos buscan el botón de su saco para lanzarlo al piso, luego voy por su camisa.
He desabrochado la mitad de los botones de su camisa cuando la puerta más cercana a nosotros se cierra de golpe.
— Ésta debe ser una jodida broma – Christian deja caer la cabeza contra la puerta, golpeando su frente.
— ¿Qué? – yo balbuceo agitada y jadeante.
— Creo que tu amiga acaba de salir de la habitación de Elliot.
— Mierda.
Él se pasa las manos por la cara con frustración mientras me reacomodo la ropa.
— ¿Cuando te veré de nuevo?
— El miércoles, en Lori's, ¿Lo conoces? Solo tú y yo.
— Bien.
Me acerco rápidamente para besarlo antes de salir corriendo detrás de Lindsay, que ya me espera junto a la puerta.
— Lo siento – dice cuando me acerco a ella – intenté distraerlo lo más que pude.
— Lo sé – la señalo – te pusiste la blusa al revés.
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