V - Mi obra
Este es mi fin.
Por la mirada de todos mientras me miran con el traje de luces, tengo el presentimiento de que ellos también lo sienten.
Puedo escuchar la plaza más viva que nunca. Afuera de esta, la manifestación contra el oficio de todos los que esperamos en el pasillo para hacer el paseíllo y empezar la corrida.
Me imagino que si no hubiera nacido en este cuerpo, tal vez estaría ahí.
Sí. Una vida sin ser matador. Sin entrenar. Sin pisar la arena suave. Sin ver nada de sangre. Sin hacer sufrir a las criaturas. No miraría las corridas. Las despreciaría y despreciaría a todo aquel que formara parte de ellas. Despreciaría a aquella gente aplaudiendo, a la gente que las mira por la televisión, a la gente que habla de ellas con tanto orgullo sin haber nunca sentido el aliento cansado de las criaturas que no entienden por qué han sido entregadas al infierno. Una vida sin ser matador. Sin el traje de luces. Sin observar a los toros bravos. Sin las flores y el aplauso. Sin ver a los niños imitando las chicuelinas con el capote imaginario. Sin observar a los becerros nacer. Sin escucharlos berrear cuando son separados de sus madres.
¿Sabes cuál es el momento más triste de los toros?
La noche que los separan de sus madres. Porque les lloran toda la noche esperando a que regresen. Nadie regresa con ellos.
¿La escuchas? ¿A la tristeza de todos los becerros?
A los ojos curiosos y gozosos del sufrimiento. Esos que son tan agridulces. ¿Qué es el arte sin la tragedia del pintor? Lo sé bien. Él me lo ha dicho. Que si Van Gogh no se hubiera cortado la oreja tal vez hubiera sido otra cosa. ¿Cuánto más tengo que demostrarle a Él que valgo?
Me he quedado dormido escuchando el sonido de los becerros toda la noche y ahora cada vez que cierro los ojos están ahí buscando a sus madres desesperadas.
Y, al mismo tiempo, no puedo mentir.
Es mi vida.
Todo lo que siempre quise hacer.
Luego vienen las puyas. El mal necesario. Esos picos afilados que le harán sangrar y cansarse. Lastimando los músculos, tendones. Ya no podrá levantar la cabeza durante la lidia. Luego vienen las banderillas. Esos coloridos palos insertados en el mismo lugar donde fue herido con la puya. Seis. Más dolor. Enrabiarlo.
Estamos cerca del fin.
Odio el amor que le profeso a esto. Amo el odio que le escribo a esto. Tengo que terminarlo, que sea lo último que haga. Él me lo ha dicho: «No dejes de escribir». ¿Por qué ahora quiere que pare? ¿Por qué ahora quiere que me vaya? No.
Es para esto que he nacido.
Por eso mi abuelo marcó a mi padre y mi padre me marcó a mí. Porque he pasado mi vida en la arena preparando los pases y mientras camino por las calles muevo las manos que cargan el capote. Y cierro los ojos y me imagino el final de esas trece historias que nunca pude avanzar.
¿Qué me hizo falta?
¿Pasión?
¿Dolor?
¿Ojos curiosos qué me ha hecho falta? ¿Qué te ha hecho falta para que no me abandonaras aquí entre la sangre del toro?
Los pases. Doce minutos de pasos reglamentarios antes de matar. El momento icónico donde la plaza se une y grita: ¡OLE! ¡OLE!
¿OLE?
No escucho nada. Solo el sonido de las pezuñas del toro contra la tierra. Mi corazón. Mi pedazo trágico de amor. El capote ondeando.
Los toreros no deben vestir de amarillo. Nadie en la plaza puede hacerlo. Es el color nefasto de la mala suerte. Pero he decidido lo contrario, hoy vengo de canario.
¿Le gustará a Él? ¿La rendición del personaje? ¿La culminación de su pecado hereditario?
Los toros de las corridas son creados para morir de esta manera. Es lo que me han enseñado a responder. Que de no haber corridas no existirían estos toros. Que tienen una vida digna. Que después de cinco años de haber vivido libremente entre los campos, el toro vendrá a pelear contra el matador.
Creado para pelear y morir.
OLE.
Vuelvo a escuchar todo. La estocada me la ha dado el becerro que embistió a su cuidador cuando le colocó la etiqueta amarilla en su oreja. ¿Dónde? No lo sé. El traje canario (amarillo no, que es de mala suerte, mala suerte, mala suerte) se está manchando. Y en cuanto me levanto el toro vuelve contra mí. La gente grita espantada. No aplaude. Qué pena, qué pena que no lo haga. Ojos curiosos, ¿no te gusta lo que estás viendo? Tal vez a los de afuera les gusta.
Intento volver a levantarme una vez más. Miro al toro. ¿Así es como quiero morir? No. Así es como tengo que morir.
Vuelvo al suelo y siento el peso sobre mis costillas. Escucho a los mozos llamando a la criatura. No sé quién me levanta. No me dejo. Me revuelco entre la tierra y me arrastro en ella.
Que me dejen. Que me dejen aquí.
No me escuchan. Me arrastran. Como al primer toro que vi morir.
Para esto nací.
Y no estará en la escena, porque yo ya habré muerto. Pero se supone que habría de dar la estocada final para perforar al toro y que este quede caído. No muerto. No aún. No estará en la escena, porque yo ya habré muerto, yo ya habré matado al torero, pero le clavarán una puntilla justo en el cerebro al toro. Yo ya estaré muerto, como el torero, pero tú, ojos curiosos, tal vez puedas verlo, al toro aún le faltará, para morir, un poco.
Oye, es un buen final, ¿no lo crees? Me hubiera gustado leer la historia completa. Pero estuvo raro en los últimos días. Decía que todo era una farsa. Que intentáramos recordar algo antes de las habitaciones. No sé si alguien más le hizo caso, pero yo sí lo intenté.
Intenté recordar mi casa. Pero no hay nada. Es borroso todo. Pero sé que vengo de algún lugar. Sé que tengo que venir de algún lugar. Estoy segura de que tenía un perro, un pez, tal vez una tortuga. Debo de tener una madre y un padre. Seguro que vivía en una ciudad agradable. Seguro que iba a la escuela. Y tal vez me sentaba en uno de esos pupitres al lado de la ventana. Y tenía amigos. Seguro que salía con ellos. Me imagino que tenía una vida muy linda.
Pero no recuerdo nada.
«No dejes de escribir».
Pero es mejor así.
Probablemente es por todo el trabajo que tenemos aquí en las habitaciones. Mi mente está cansada. Tiene que ser eso.
«No dejes de escribir».
Tengo una idea que tal vez te guste, puedo escribir sobre el escritor.
«No dejes de escribir».
Puedo empezar hablando de él mientras pierde su cordura. ¡Y puedo agregarte a ti! Forzosamente tienes que ser parte de esta historia. Tú lo has visto todo. Sabes más que nadie.
Puedo hablar de su última historia, pero también puedo hablar de todas las otras que le hicieron perder la cabeza.
«No dejes de escribir».
Puedo añadirme a mí en algún capítulo para crear desconcierto. A los ojos curiosos les gusta el misterio. A Él también.
«No dejes de escribir».
Agregar el final del escritor.
¿Y luego?
«No dejes de escribir».
No lo sé... ¿Qué estaba escribiendo?
«No dejes de escribir».
Es acerca de aquel escritor. Pero él quería decirte algo importante al final...
«No dejes de escribir».
No. Lo siento. Yo soy nueva. Mi nombre es...
«No dejes de escribir».
Tengo que irme. El cursor no deja de parpadear. Me está esperando.
«No dejes de escribir».
Yo ya estaré muerto, como el torero, pero tú, ojos curiosos, tal vez puedas verlo, al toro aún le faltará, para morir, un poco.
¡Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
¿Qué me cuentan? ¿Cuál fue su parte favorita del capítulo de hoy? ¿La muerte de torero? ¿La desaparición del escritor? ¿La locura de Nora? ¡Han pasado muchas cosas y estoy muy emocionada! Agradezco todo el apoyo que le han dado a la historia.
Como siempre, como siempre, como siempre, siempre, siempre, siempre. Si te gusta esto tienes que seguirme en TODAS mis redes sociales. Estoy como 9WFGtG$#=*/C aquí, pero también como F4u#ZUojP0sb, y a veces también como X$o9XF&mgF#]. Tu apoyo me salva de ser arrastrada como los toros.
Ja ja ja ja.
¡Porque recuerda que Él está vigilando!
¡Adiós!
FIN
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