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Orquesta

A quien vi cruzar esa puerta era un hombre algo más mayor que yo aunque no precisamente en altura. Yo, que lo imaginaba un gigante, un titán furioso con ganas atrasadas de arrancar cabezas, no sería mucho más alto que yo, que siempre era elegida la última en los partidos de baloncesto de clase. Eso sí, su rostro sí se correspondía con lo que esperaba: furia, cansancio, un gesto permanentemente crispado y a punto de estallar. Se le notaba mucho carácter, más impaciencia aún, y más allá de sus señas negativas, poseía una mirada que reflejaba inteligencia y brillantez. Y más ira aún.

Y ya. Ese bajito de allí, ¿en serio era quien trataría de acabar con el mundo en cuatro días?

Así pensaba hasta que me fijé en sus alrededores con mi "mirada despierta": Si bien todo el mundo, incluida yo, tenía a su alrededor decenas de pequeñas criaturas recorriendo sus pieles de una u otra manera, influyendo en sus actos directamente, ese hombre era claramente diferente: No tenía unos cuantos bichos a su alrededor, ¡era un maldito enjambre con patas! Ya desde que había cruzado la puerta, el ambiente se oscureció por culpa de esas presencias negras y traslúcidas que trataban de tocar a quien acompañaban. Pero sólo unos pocos de esos extraños entes eran capaces de alcanzar su piel y, cuando lo lograban, caían al suelo fulminados.

—¿Ya te has dado cuenta de lo ominoso que puede resultar la simple presencia de un contracorriente para un alto mortal? —Agarena ni se molestó en reducir el volumen de la pregunta—. Todos esos interventores son incapaces siquiera de tocarlo. Por más que se intente, es imposible modificar sus acciones: Es un ser humano que actúa por completo por propia voluntad —lo dijo con tanta pasión que sentí su propio miedo en mí.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Acaso yo...?

—Tú, yo, tus padres, todos los altos mortales... todos somos controlados por el mundo en el que nacemos —aclaró sin decaer en fuerza—. Si no fuese así, podríamos acceder al alma del mismo mundo y alterarlo como nos apeteciera. Nos controlan de una manera tan sutil que ni apreciamos cambios en nosotros mismos. Nos alejan de los puntos del mundo en los que podamos meter la zarpa para modificar cosas tales como las normas físicas del universo, cambiar la memoria del mundo a placer o crear un propósito para la vida cuando se supone que todo lo vital es un libro en blanco. Más allá de ese punto, somos completamente libres. Pero es imposible que no surjan fallos de vez en cuando: Alguna vez el mundo es incapaz de contener a unos pocos sujetos que son capaces de reescribir lo que quieran en su alma y que harían (y hacen) cualquier cosa para sentirse cómodos con el mundo, en este caso —señaló al recién llegado— sembrar la apatía en el mundo.

Apatía... ahora pude ver un poco más claro las razones del miedo de mis raros clientes. De inmediato se me vino a la cabeza a toda la congregación en ese bar, todos los parroquianos, ahora sonrientes mientras tomaban cafés o picoteaban alguna cosa, de repente se sentían completamente vacíos y lo dejaban todo. Que dejaran de sonreír porque no tenían razones para ello. Que ya no comieran nada más porque no le hallaban sentido. Que caminaran por caminar, sin ningún propósito propio o creado por los interventores que, al igual que las personas a las que controlan, caerían en la más vulgar indiferencia por todo lo que les rodeaba. Que el mundo, simplemente, viviera por vivir.

—¿Por qué en cuatro días? —pregunté extrañada por ese plazo que bien podría estar cerrando ese hombre en ese mismo instante.

—Eso ya no lo sé: Cosa de la gran jefa —para Agarena, mentar a Dijuana era suficiente explicación, como si no cupiera respuesta a esa alegación.

El hombre, de actitud asqueada, estaba comiendo una merienda ligera. Sentí en él cierto sentimiento de frustración, de resentimiento casi irracional. ¿Cuál sería el destino que le tenía reservado el mundo si no fuese por su condición de contracorriente? ¿Habría sido mejor que lo que le había impulsado a desear el final de las pasiones?

Andaba yo paseando mi mirada distraídamente por el local mientras Agarena hablaba de cualquier chorrada para no llamar la atención, cuando vi como alguien más entraba en el bar. Fue identificar la máscara de viejo-joven de Daa y sentir un pie de Agarena contra mi espinilla.

—¡Buenas, Abel! —ya podría usar ese tono conmigo. Lo gracioso era que, a pesar del ruido ambiental y de la lejanía, escuchaba su voz como si la tuviera justo al lado, quizá por influencia del contacto con el pie de Agarena.

El hombre de la catástrofe se dio por aludido y, sin dejar de comer, se dio la vuelta. Levantó la palma libre como saludo y volvió a lo suyo.

—Hace más de dos semanas que no dejas ver tu barba por aquí —la voz de Abel era suave pero carraspeante, como si casi no usara su voz o, al contrario, la usara demasiado.

—Cosas del curro, ya sabes cómo trabajo —imaginé de inmediato que se refería a la casa que se había montado en esa nave abandonada—. ¿Y tú? ¿A cuántos has matado mientras estaba fuera? —¿eso pretendía ser un chiste?

—Sigo teniendo ganas de quemar algo pero me faltan cerillas —echó un trago a su bebida y continuó comiendo con la misma desgana que antes.

—Uno se acaba cansado de decirte que lamentándote no vas a solucionar nada —estaba de acuerdo con él pero pensaba que decirle algo así a alguien como Abel era como jugar con una bomba.

—Y uno se acaba cansando de oírlo —Daa no se alteró lo más mínimo ante el tono cortante de su interlocutor y siguió sonriendo levemente. Parecía acostumbrado a que se lo dijera—. Este maldito mundo es un asco —con su sandwich en la mano, miró de soslayo a su conocido que no se atrevió a interrumpirle. O sencillamente, que no sabía qué decir: A todas luces parecía que había agotado sus argumentos para convencerle de lo bonito que sería dejarlo todo tal como estaba para dejarle el fin del mundo a profesionales como los Lobos. Pero, fuese cual fuese la razón por la que no habló, Abel dejó a un lado lo que parecía la conversación de siempre para terminar lo que tenía entre sus manos.

—¿Hoy cuándo curras? —cambio de tema por parte de Daa que no fue respondido hasta que su compañero de barra no terminó su comida.

—Acabo de salir —gruñó Abel para terminarse su bebida—. Siempre están con las mismas: No dejan de darme vueltas para evitar que me marche de la empresa.

—Saben apreciar a un buen profesional.

—Pero no a un esclavo, precisamente lo que no quiero ser: Yo no trabajo por cuatro duros para todo lo que hago —era amargura pura por un asunto banal como ése. Pero, aunque banal y aparentemente poco importante, le afligía realmente.

—¿Y qué harás cuando al fin te dejen marchar? Aún no me lo has dicho.

"Acabar con el mundo" la voz de Agarena resonó dentro de mi cabeza. "Ese loco tiene asuntos pendientes con este universo que no hace lo que él desea y éste trabajo es lo único que impedía que se concentrara lo suficiente en la realidad como para destruirla completamente".

—Descansar —tal fue la respuesta de Abel—. Llevo tanto tiempo sin unas vacaciones decentes, sin nada de tiempo que dedicar a mis propios asuntos, siempre de encargo en encargo, de urgencia en urgencia... con mis ahorros, lo que me deben y lo que me habrán de dar como finiquito me pasaré una buena temporada en mi casa sin más cosas que hacer que rascarme el culo y jugar al "sillón-ball".

—Deportes de salón reconocidos por el Comité Olímpico, desde luego —el tono de Daa cambió de la simpatía a apatía, cosa que arrancó una irónica sonrisa a Abel.

—No a todo el mundo le tiene que gustar patearse el mundo como a un loco como tú —tres cuartos de lo mismo se podían decir de él—. Fuera de casa no hay nada que ver.

—¿Seguirás, pues, con tus planes de destruir el mundo? —y, como si tal cosa, el Lobo echó un trago de su taza de chocolate—. ¿Cómo quieres que sea? ¿Una invasión proveniente de las entrañas de la tierra? ¿Un ataque desde fuera de este mundo mediante grandes fortalezas espaciales? ¿Alguna catástrofe "original"? ¿O simplemente algo que tenga muchas luces, humo y sonidos fuertes?

—Si por mí fuera, lo quemaría todo mientras me río de absolutamente toda la creación —Abel sacó su cartera y rebuscó en su interior—. Pero no soy lo suficientemente "cool" para que la gente me tema mientras río como un chalado en lo alto de un edificio —sacó un billete y se lo entregó al camarero—. Ergo, me centraré en algo un poco más simple, efectivo y definitivo —se levantó y se puso su abrigo—. Me voy ya. Adieu.

—Hasta más ver, pues.

—Y deja de despedirte de mí siempre de la misma manera —se quejó Abel con media sonrisa.

—Hasta más soñar, si lo prefieres —Daa pasaba de él mientras se terminaba su chocolate. A la catástrofe no le quedó otra más que reírse por lo bajo y salir del local. Tras lo cual, el que quedó, se acercó a nosotras—. ¿Y bien? ¿Qué impresión te ha dado el chavalete?

—Un poco triste esa persona, ¿no? —no se me ocurrió ninguna otra manera de definirle.

—Por lo que me consta, siempre ha sido así de una u otra manera —Daa sonrió al tiempo que lanzaba un suspiro al aire—. Siempre hay cosas que no le agradan y siempre cree que hay algo en su contra por el mundo. Así las cosas, no hay nada que desee más que terminar con las estupideces de este mundo usando la apatía.

—Y, ahora que lo has visto —continuó Agarena, —¿te ves con ganas de crear una canción para él?

—Dadme lo que necesito, y así será —me bebí las últimas gotas de mi bebida y me fui hacia el baño sólo para encontrar una buena sombra que me llevara de inmediato de vuelta a mi mundo.

Me acababa de golpear la musa.

*

Todo era silencio y, a la vez, todo era una pletórica recopilación de sonidos celestiales que nadie, salvo nuestras cabezas eran capaces de escuchar. Un sonido acompañado por los irreales movimientos de las estrellas en ese cielo que se suponía completamente negro.

Éramos cinco cabezas pensantes. Cinco creatividades con miles de matices. Cuatro personas que había llamado a mi lado más yo misma.

Mi padre, de finos dedos que acariciaban los teclados con gran destreza.

Mi madre, de prístina voz que atraía toda la atención.

Mi hermano Lírmetes que, aparte del piano, dominaba el exigente ritmo de la percusión.

Y, finalmente, Merlín, con sus pulmones siempre deseosos de insuflar voz a su trompeta.

Había llamado a mi familia para que tocara a mi lado porque conocía sus talentos mejor que nadie en el mundo, porque sabía en qué fallaban y en qué acertaban, y por su enorme pasión por los bellos sonidos.

No todos componían pero sabía que siempre tenían ideas que aportar a la partitura que se estaba llenando de notas en el cielo gracias a mi dominio sobre ese mundo.

Los Lobos me ayudaban a tratar de entender qué ideas se les pasaban por sus mentes a mis parientes sólo con poner sus manos sobre nuestras cabezas logrando con ello, que la creación que se estaba materializando en el cielo se terminara a una velocidad trepidante. Muy rápido, sí, pero a la vez era la partitura más desafiante y virtuosa que jamás hubiese salido de mi mente, incluso cuando de pequeña jugaba a componer únicamente con semifusas...

El tiempo pasó y el segundo día que Abel había dado a la existencia para seguir pensando por sí misma concluyó. Pero también acabó la concepción de mi... de "nuestra" obra.

Justo después de haber acabado esa labor de titanes, me retiré de ese círculo: Me estaba cayendo de sueño tras esas casi nueve horas de composición febril que ahora brillaba en el cielo en la partitura más dedicada jamás compuesta. Si había algo que pudiera calificarse de "regalo a Abel", eso no podía ser otra cosa que esa miríada de estrellas en el cielo.

Todo un cortejo de Lobos guió mis pasos hasta el umbral de mi recién construida habitación y, una vez en mi cama, sólo tuve que cerrar los ojos.

Para conocerla a ella.

—Mis saludos, compositora que usa estrellas como si simples trozos de carbón se trataran —cara gris y grandes labios dorados—. He contemplado embelesada lo que eres capaz de hacer —piel trazada por raras pinceladas del mismo color que sus labios —y he de reconocer que Daa no exagera en absoluto—. Sus cabellos tenían una tonalidad que empezaba en el gris de su piel y terminaba en el negro de las puntas, todo ello decorado con puntos dorados que se asemejaban a hojas caídas de un árbol—. Mas, pregúntome —los trazos que tenía sobre su ojo derecho que parecían la rama florida de un árbol parecieron iluminarse, —¿lo que pretendes es salvar a Abel? —y, al tiempo que terminaba su pregunta, las líneas furibundas que tenía encima de su ojo izquierdo brillaron más que los anteriores.

—¿Y tú qué? ¿Vas a matarlo? —estaba demasiado cansada para responder algo más educado.

—Parece que soy la única que, de momento, se ha dado cuenta de ello —sus tres pestañas negras bajo su ojo izquierdo se mostraron más puntiagudas que antes—. Esa canción no va dirigida únicamente a él: Va también a por nosotros.

—Es cosa mía, no vuestra —traté de acomodarme lo más posible pero, en esa situación, ya me resultaba imposible—. Cada uno que haga lo que debe pero a mí dejadme ir por libre mientras logre lo que deseáis: Que no se caiga en la apatía.

—¿Acaso sientes piedad por ese sujeto? —el grueso trazo bajo su ojo derecho aparentó convertirse completamente en una gran lágrima.

—Tal vez sí, tal vez no: Por muy cruel que sea lo que esté planeando, no es cosa mía quitarle todas las oportunidades antes de tiempo, tal como planeáis vosotros.

—Si tan sólo fuese por tu idea y ejecución, no te diría nada —aclaró la otra—. El problema está en la misma canción: Nos estás obligando a quedarnos completamente fuera de tus asuntos mientras tocas. Tu canción es una composición maldita.

—Compongo para mí y compongo lo que me apetece, te guste o no.

—¡Esa no es razón para amenazarnos con arrancarnos las máscaras! —su ceja furibunda remarcaba tanto su gesto que ahora daba miedo de verdad... lástima que estuviera demasiado cansada hasta para sentir terror.

—Quedaos a un lado y ya—sentencié para poder alcanzar el estado de sueño que ansiaba, uno lejos de micomposición, del problema que implicaba Abel, de los Lobos y de esa intrusa enmis sueños—. Buenas noches, señorita Dijuana...

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