Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

Capítulo 45

La mujer se detuvo justo en la entrada trasera a la sala del trono. Desde su lugar, An alcanzaba a ver una pequeñísima parte del salón, parecía muy bien iluminado, y se escuchaban unos murmullos, como si hubiera más de una persona. Tras ordenarle a los guerreros que los mantenían apresados que se quedaran allí, la mujer ingresó en la sala.

An miró de reojo a Lev, y le sorprendió ver que el pequeño corte en su pómulo izquierdo seguía sin cerrarse, habían pasado más de diez minutos desde que se lo habían hecho durante la pelea, ya tendría que haber desaparecido.

"Tu mejilla sigue sin curarse", le señaló.

"Lo sé, tampoco siento que la herida en mi espalda esté sanando. Y sigo sin poder usar mi magia, bruja, lo siento, de verdad lo siento, pero no puedo por mucho que lo intente. No sé qué sucede".

Ella seguía sin comprender cómo funcionaba la magia de Lev, pero sabía que si decía que no podía usarla estaba siendo sincero. Cualquiera que fuese la causa, no era culpa suya.

"No te preocupes. Todavía tenemos a Kier, eso nos sacará de este lugar", respondió An, tanto para intentar tranquilizarlo a él, que parecía mortificado por no poder hacer uso de su magia, como para tranquilizarse a ella misma.

No podía creer que les estuviera pasando eso. Todavía no podía quitarse aquel olor a muerto de la nariz, tenía el cuello de la camisa y la chaqueta empapadas de la sangre que brotaba de un corte cerca de su clavícula, y otro corte más pequeño en el antebrazo. Jake también estaba herido, y el corte en su muslo era más grande y profundo que las heridas de ella y Lev. Por fortuna, su madre le había rogado a la mujer para que le permitiera vendarlo antes de que siguiera perdiendo más sangre.

Cuando saliera de allí, se encargaría de matar a la zorra invocadora de muertos, le arrancaría esos ojos diabólicos con sus propias manos. «¡Maldita perra endemoniada! ¡Malditos muertos de mierda!», pensó, y como si la llamara con el pensamiento, la mujer regresó y les hizo un gesto con la cabeza a los guardias para que la siguieran.

A medida que avanzaban, An comprobó con cierto alivio que la enorme sala de techo abovedado seguía igual a como la recordaba, desde las amplias ventanas a ambos lados hasta el estrado y el trono de piedra, cuyo respaldo había sido tallado para simular ser el torso y la cabeza de un dragón con las alas a medio desplegar. Sin embargo, cuando la hicieron detenerse de cara al trono y vio a quien se sentaba en él, An sintió que su estómago se llenaba de piedras, y el pulso se le disparó. Pensó en las palabras de la mujer momentos atrás, el "eres igual a ella". Ahora sabía a lo que se refería. Muirgheal tenía ojos almendrados de un color gris oscuro, cabello negro y casi lacio, y sus rasgos eran muy similares a los de su madre con excepción de la nariz, la suya era más fina, más respingada.

Siempre le había gustado cuando le decían que se parecía a su madre, pero ahora veía que su madre era muy parecida a su hermana mayor, de modo que ahora no se parecía solo a su madre, sino también a esa loca mata bebés. De hecho, tuvo la impresión de que se parecía más a ella que a su propia madre, ya que Arleth tenía los ojos de un tono azul grisáceo, mientras que los suyos eran del mismo tono gris que los de Muirgheal.

Ella se puso en pie y avanzó en su dirección. Mientras se acercaba, su mirada la recorrió de los pies a la cabeza hasta detenerse en su rostro. Si An se sintió incómoda al notar el parecido que tenía con aquella mujer, la inquietó aun más el modo tan extraño en la que la miraba. Había esperado encontrarse con unos ojos que irradiaran odio o cualquier otra cosa similar, pero en su lugar había un brillo de alegría y fascinación que la dejaron desconcertada.

—Así que tú eres Anayra, bonito nombre —dijo antes de voltear a ver a Arleth, de pie a su derecha—. Es hermosa... Los genes de nuestra familia son fuertes, no cabe duda, aunque es alta, muy alta, eso debió heredarlo de su padre, ¿cómo era él? —preguntó, y a An le pareció captar cierta burla en su mirada y tono de voz. Su madre cerró los ojos y negó con la cabeza—. ¿Entonces no vas a hablar sobre él? Está bien, ¿a ti te ha hablado de él alguna vez?

El asombro que le produjo su apariencia comenzó a desaparecer junto con el pavor de estar en su presencia. An se recordó que tenía que tranquilizarse, no iba a hacerle daño ni a ella ni a Lev cuando supiera que tenían a Kier. Además, esa mujer tenía razón, era alta, unos quince centímetros más alta que ella. Muirgheal podía sentarse en ese trono y hacerse llamar reina, pero ella podía mirarla desde arriba, consciente de que era capaz de romper las pesadas esposas que le habían colocado y partirle el cuello si así lo quería. Si todavía no lo había hecho era solo por dos motivos; el pacto entre ella, su madre e Yvaine. Y el guerrero Krymkhar puro que se había quedado de pie detrás de ella y contra quien tenía todas las de perder. Dejando de lado esos dos detalles, An pudo recuperar parte de su confianza.

—¿Qué quieres? Esa de allá dijo que llevabas años esperando que llegara, y tienes a toda la gente de Tzaikhar buscándome, ¿por qué la urgencia? ¿Para qué me quieres? —dijo, ignorando su pregunta como si nada.

Muirgheal se le acercó un poco más, y An comenzó a sentirse algo incómoda bajo su evaluadora mirada.

—Me gusta tu carácter, pero no me gusta que estés tan a la defensiva... ¿Es por toda esa basura que Leyre te contó sobre mí cuando estuviste en su hogar? ¿Seguirías mirándome así si te dijera que todo lo que esa bruja te dijo fue mentira?

—¿Así que jamás intentaste matarme cuando tenía horas de nacido? ¿Eso era una mentira? —preguntó Lev, captando la atención de Muirgheal, que lo miró como si fuera una cucaracha aplastada.

—Ah, te pareces tanto a tu padre, con esa cara de niño bueno e inocente... A mí no me engañas, debes ser igual que él, un maldito ambicioso y egoísta —dijo con expresión rencorosa—. ¿Quieres saber algo? Aitor se casó con tu madre solo para vengarse de mí, para herirme, jamás la amó, pero la estúpida cayó en su juego. Y bien merecido se lo tenía por zorra y traidora.

—¡No hables así de mi madre!

—¿Quién te crees que eres para alzar la voz contra mí? Yo en tu lugar tendría mucho cuidado al hablar, lo único cierto de todo lo que esa bruja les dijo fue que sí, intenté matarte. Y volveré a intentarlo si vuelves a hablar sin que te lo haya pedido —le advirtió con aspereza.

—Muirgheal, por favor —intervino Yvaine—, nos tienes a nosotras, deja que se vayan.

—¡Tú cállate! ¡No quiero oírte! —gritó sin siquiera mirarla. Había vuelto a posar su mirada sobre An—. Me gustaría hablar contigo a solas, sin interrupciones. Te lo explicaré todo si...

—No iré a ninguna parte contigo, lo que sea que quieras decir lo puedes decir aquí y ahora —interrumpió An.

Muirgheal apretó los labios, y su mirada se endureció.

—Deja de mirarme así, como si fuera a hacerte algún daño. ¡No seas estúpida! —protestó, haciendo gestos de exasperación.

An se mantuvo con el ceño fruncido, y siguió mirándola con recelo.

—¿Y cómo esperas que te mire? Leyre dijo que querías matarnos para vengarte de mi madre y de Yvaine.

—Leyre dijo... —la imitó ella, poniendo los ojos en blanco para luego soltar un ruidito de fastidio—. ¡Leyre les mintió! Les dijo lo que estas dos traidoras habrían querido que supieran, cambió un par de cosas, ocultó otras. Seguro que en la historia que les contó ellas quedaron como las buenas, y yo como la mala, pero no, una es una zorra traidora y la otra una ladrona. —Al decir esto, su mirada fue a posarse en su hermana.

—Para con esto, ya no sigas... —suplicó Arleth.

—¿Qué? ¿Tienes miedo de que sepa que no eres tan buena como pareces? —Muirgheal sonrió—. Al menos yo acepto que hice cosas malas, como intentar matar a ese engendro, pero jamás he hecho nada contra uno de los miembros de la familia.

—¡Es tu hermana y la tuviste encerrada en una celda por diez años! ¿Eso no cuenta? —espetó An sin poder contener su indignación—. Y todo porque ella sí aprobaba la relación entre Yvaine y Aitor, ¿qué clase de persona encierra a su hermana menor en una celda por una cosa así?

Muirgheal sonrió sin un ápice de humor al tiempo que sacudía la cabeza.

—Yo no la encerré por eso, lo que hizo fue mucho más grave, no tienes idea de todo lo que hice por ella. Antes de Kier, era lo que más me importaba en este mundo —afirmó con ferocidad—. Pregúntale quién cuidó de ella luego de la muerte de nuestra madre, quién tuvo que matarse trabajando para que no le faltara nada... Habría hecho lo que fuera para protegerla y verla feliz, incluso matar. Y lo hice, ¿sabes?

—¿Qué? —preguntó Arleth con un hilo de voz.

—¿Recuerdas al joven ese que amabas y que después de quitarte la virginidad te abandonó como si fueras una ramera? No soportaba verte tan triste, y el hecho de que ese malnacido se paseara por el pueblo en compañía de sus zorras no ayudaba a que te mejores... Y no, no se fue como todos creían. Sus huesos deben seguir descansando bajo tierra en el patio de nuestra antigua casa en Vitshtot —dijo Muirgheal sin demostrar ninguna clase de arrepentimiento, incluso se percibía una nota de satisfacción en su voz. Al oírla, An se sintió extrañamente identificada con ella, no pudo decir nada en su contra, no cuando en su lugar tal vez habría hecho algo parecido.

Su madre se había quedado boquiabierta, y su rostro estaba blanco como el papel.

—No tenías que hacer eso...

—Lo hice por tu bien. Y no me arrepiento, cuando él desapareció tú por fin volviste a ser la misma de antes, volviste a ser feliz, y era todo lo que me preocupaba en ese momento. —Al hablar, la voz le tembló un poco, y de inmediato apartó la mirada de ella para dirigirse a An otra vez—. Como ves, siempre hice todo lo que pude para que estuviera bien, jamás le habría hecho daño de no ser por lo que ella me hizo primero, y no me refiero a ponerse del lado de Yvaine... No, eso se lo habría perdonado, de no ser por lo que hizo luego. —A medida que hablaba, la expresión de Muirgheal iba tornándose sombría, y en sus ojos pareció acumularse todo el odio del mundo—. Por su culpa, por la culpa de ambas, perdí ocho años,¡ocho largos años! Y no solo eso, perdí la oportunidad de criar a mis hijos, de verlos crecer...

—¿Hijos? —preguntó An, y se sorprendió al oír las voces de Lev y de Jake unidas a la suya.

—Sí. Cuando intenté matar a ese engendro estaba embarazada, ¿Leyre no les contó eso, cierto? —dijo con una sonrisa amarga, paseando su mirada entre ella y Lev—. Tenía casi siete meses de embarazo, todo iba de maravilla, aún faltaban dos meses más para dar a luz, así que no tenía nada de qué preocuparme. Pero no fue así, cuando me acerqué a tu cuna comenzaron los dolores, un dolor tan grande que creí que me moriría ahí mismo. Mis gritos despertaron a Yvaine, y también atrajeron la atención de Arleth. Sentía que se me desgarraba el vientre desde adentro, mi parto anterior no había sido así, pero me di cuenta de que era eso, de que estaba a punto de dar a luz. —Su mirada se había perdido durante su charla, y lucía apagada, como si estuviera rememorando lo de ese día.

—¿Lo perdiste? —inquirió Lev de repente. An captó el temor en su voz, el mismo temor que estaba creciendo dentro de ella, y deseó con todas sus fuerzas que aquella mujer dijera que sí, que su bebé había nacido muerto.

—No, no lo perdió... —comentó Jake casi en un susurro, como si estuviera pensando en voz alta, pero logró captar la atención de Muirgheal por primera vez—. Al menos no de esa forma, se lo quitaron...

—Veo que tú ya lo entendiste, ¿no es así?

De golpe, An también lo comprendió. La idea que había cruzado por su mente cuando la oyó decir que estaba embarazada al momento de intentar matar a Lev, regresó con más fuerza, y esta vez le fue imposible ignorarla. Comenzó a sentir que le costaba respirar.

—Cuando llamaste a tu hermana ladrona... —empezó a decir Jake.

—Sí —dijo Muirgheal con la voz firme—. Fue porque ella me robó a mi bebé. —Al pronunciar la última palabra miró a An, y dio otro paso en su dirección—. Esa mujer a la que llamas madre me ayudó a tenerte, te quitó de mis brazos cuando no llevabas más de cinco minutos de nacida, y luego se aprovechó de mi debilidad y junto con la otra zorra me pusieron a dormir. Le hicieron creer a mi hijo que había muerto y a ti te criaron en este lugar, cerca de este engendro, y luego te mandaron con unos extraños al otro lado... ¿Ahora entiendes porqué se merecía estar todos esos años encerrada en esa celda?

An no dijo nada. No estaba segura de poder hablar, y cuando la voz de Muirgheal se apagó, solo fue capaz de oír el incesante palpitar de su corazón. Sentía el estómago revuelto, y las piernas le temblaron. Captó un movimiento a su izquierda, acompañado de un estruendoso tintineo metálico y a continuación sintió que alguien la rodeaba por la cintura, ayudándola a recuperar el equilibrio. Sus labios le rozaron la sien de manera casi imperceptible, pero aun así se sintió un poco mejor, más reconfortada.

—¡Aléjate de mi hija! ¡No la toques! —chilló Muirgheal, dirigiéndose a Lev, que ya estaba siendo apartado de ella por uno de los guerreros—. Debí suponer que romperías las esposas, pero tenía la esperanza de que fueras un debilucho bueno para nada. Te subestimé, pero no volverá a pasar. Sujétalo bien —le ordenó al guerrero.

An apartó la mirada de Muirgheal para voltear a ver a Arleth. Necesitaba una explicación, necesitaba que le dijera que todo lo que esa mujer había dicho era mentira, que no era su madre, pero su expresión de remordimiento, y sus ojos, que parecían estar suplicándole perdón, no hicieron más que confirmar aquella horrible noticia. Aun así, se negaba a aceptar que la mujer a quien había llamado madre por tantos años hubiera hecho algo como eso sin una buena razón. Tenía que haber una razón.

—Any, te juro que lo hice por tu bien, no podía dejarte con ella, no luego de lo que pasó cuando te puse en sus brazos...

An estaba oyendo a su madre con tanta atención que se sobresaltó al sentir un roce frío en su mejilla. Al ver que se trataba de la mano de Muirgheal un escalofrío le recorrió el cuerpo.

—Mírame, no la oigas, intentará buscar alguna excusa, te volverá a mentir.

—No me toques. —An echó la cabeza hacia atrás con un movimiento brusco, y ella dejó caer su mano al tiempo que retrocedía como si la hubieran abofeteado.

—¿Qué? ¿Sigues prefiriendo a esta mentirosa? ¡Eres mi hija, no suya! —exclamó con rabia.

—¡Ibas a matarla! —replicó Arleth—. ¿Cómo iba a dejarla contigo luego de eso?

An paseó su mirada entre ambas mujeres, sin poder creer lo que oía. ¿Había escuchado bien? ¿Esa mujer había querido matarla? Quiso decir algo, pero las palabras se le atoraron en la garganta.

—¿Qué? ¿Ibas a matarla? ¿A tu propia hija? —inquirió Lev, como si le estuviera leyendo el pensamiento.

—¡Tú cállate! ¡Todo fue por tu culpa! De no haber sido por ti... —Muirgheal se interrumpió mientras sus ojos centelleaban de odio y apretaba los dientes. Apartó la mirada de él y volteó el rostro hacia ella, y sus ojos se pusieron vidriosos, pero An no quería sentir ni una pizca de compasión por esa mujer—. Te juro que no iba a hacerlo, estaba confundida, débil, y... tenía miedo.

—¿Miedo? —logró decir al fin, con la indignación creciendo dentro de ella—. ¿Miedo de una bebé recién nacida?

—No lo entiendes... —Muirgheal meneó la cabeza—. Cuando te tuve en mis brazos y acaricié tu mejilla por primera vez vi algo horrible... Jamás había experimentado una visión hasta ese día, pero tú estabas ahí. Te vi crecer, te vi así, convertida en una hermosa joven, te parecías tanto a mí cuando tenía esa edad... y entonces lo vi, lo vi a él —dijo, mirando a Lev de reojo, su semblante se ensombreció—. Tan idéntico a su padre, cortejándote, y tú... tú enamorándote como una estúpida de él, desobedeciéndome, lo preferías a él antes que a tu propia madre. No tienes idea de lo doloroso que fue ver eso. Pero eso no fue lo peor, ¿quieres saber qué fue lo último que vi? ¿Lo que me asustó?

—¿Qué? ¿Qué pudo haberte asustado tanto como para querer matarme?

—Ver mi muerte, ¿puedes siquiera imaginarte el horror que se debe sentir ver tu propia muerte? Y es mucho más horrible ver que mueres a manos de tu propia hija. —An abrió los ojos de par en par, y sus labios se entreabrieron—. Sí, eso fue lo que vi. Acababa de traerte a este mundo, y de un momento a otro vi cómo tú terminabas con mi vida... Todo se volvió confuso, no sabía bien lo que hacía, sé que tome la daga que tenía cerca pero... pero estoy segura de que no habría podido hacerlo, solo fue un impulso, me habría detenido antes de llegar a herirte, te lo juro.

An se mantuvo en silencio, necesitaba tiempo para procesar toda esa información. No tenía idea de lo que Muirgheal quería con exactitud, pero si lo que quería era que la aceptara como madre no estaba ni cerca de conseguirlo. Sino todo lo contrario, cuanto más la oía más se negaba a aceptar que las cosas fueran así.

—¡Pero lo intentaste! Y de no haberla apartado a tiempo lo habrías hecho, o tal vez no, no lo sé... Supongo que nunca lo sabremos, pero no podía dejar que ella se quedara contigo luego de ver eso, ¡eras un peligro para todos nosotros! Había que detenerte de alguna forma —replicó Arleth, tenía los ojos cristalinos a causa de las lágrimas que estaba conteniendo—. ¿Crees que me sentí bien al ponerte en aquel estado? ¡Odié hacerlo! Pero estabas fuera de control, había tenido esperanzas de que regresaras y que pudiéramos arreglar las cosas, pero cuando apareciste fue solo para vengarte de Yvaine, y cuando te vi ahí, junto a la cuna de Lev y la daga en el suelo... —Una lágrima se le escapó y rodó por su mejilla mientras sacudía la cabeza lentamente—. No podía pasar algo así por alto, no podía dejar que te fueras y correr el riesgo de que lo volvieras a intentar en el futuro.

—Hiciste lo que tenías que hacer —dijo An.

Al oírla, los ojos de Arleth se iluminaron con un destello de alivio, y más lágrimas saltaron de ellos.

—Debí haberte dicho la verdad, lo siento, en verdad lamento que hayas tenido que enterarte de este modo.

—Está bien, mamá, no necesitas disculparte por nada. Y por favor no llores.

—¿Mamá? —gruñó Muirgheal—. ¿Seguirás llamándola así? ¡No es tu madre! ¡Tu madre soy yo!

—¡Quisiste matarme por una visión que no sabías si algún día llegaría a cumplirse o no!

—¡No iba a matarte! Ya te lo expliqué, estaba asustada, pero no habría sido capaz de hacerte daño, no iba a hacerlo, así como tampoco quiero hacerlo ahora.

—No te creo. Y aunque así fuera, no podría verte como la veo a ella —confesó, refiriéndose a Arleth—. No puedo verte como a una madre sabiendo que intentaste asesinar a un niño inocente.

Muirgheal la contempló en silencio, y su expresión fue una mezcla entre decepcionada e irritada, por un segundo, incluso pareció harta. An no supo con exactitud si era de ella, de la situación o de ambas cosas.

—Así que prefieres llamarle madre a esa ladrona. —Muirgheal asintió con un movimiento lento, y comenzó a acercarse a Lev bajo la atenta mirada de An—. ¿También prefieres a este bastardo antes que a mí?

An no lo dudó.

—Sí —contestó, y se atrevió a formular una pregunta—. ¿Vas a matarme por elegirlo a él y no a ti?

—No, por supuesto que no. Aunque tú no quieras, eres mi hija, y si tampoco quieres creerme no lo hagas, pero sería incapaz de hacerte daño. —Su mirada se trasladó a Lev, y los labios se curvaron en una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Pero haré lo que no pude hacer hace dieciocho años, me desharé de él.

—No... —se apresuró a decir An, sintiendo que su corazón se encogía por el miedo.

—No, Muirgheal, por favor no —intervino Yvaine con la desesperación impregnando su voz—. Si lo que quieres es verme sufrir puedes torturarme a diario, pero déjalo ir, te lo suplico.

—¿Torturarte a diario? —Una breve carcajada brotó de su garganta—. De cierta forma, es lo que haré, será una tortura eterna —añadió triunfal—. ¿No es la pérdida de un hijo lo peor que le puede suceder a una madre?

—¿Así lo cree usted? ¡Qué alivio! ¿Porque sabe una cosa? Tenemos a Kier, y si usted se atreve a hacerle algo a mi mejor amigo, no volverá a ver a su hijo nunca más.

A causa del repentino miedo, An había olvidado a Kier, pero era una suerte que Jake no. Al oírlo sintió ganas de abrazarlo. Ella lo habría anunciado de un modo más amenazador, pero no importaba, él había conseguido captar la atención de Muirgheal una vez más. Ella le lanzó una mirada incrédula, y sonrió como si se tratara de una broma estúpida.

—Es verdad —dijo An antes de que ella pudiera decir algo—. Si no nos crees busca en los bolsillos de Lev.

Su incredulidad fue mutando lentamente hasta convertise en duda.

—Revisa sus bolsillos —le ordenó al guerrero de pie detrás de Jake.

—En el derecho —aclaró Lev, y el guardia buscó allí. Cuando sacó la mano, la alzó y le enseñó el anillo a su reina.

An experimentó una agradable sensación de regocijo al contemplar cómo los ojos de Muirgheal se abrían con asombro mientras arrebataba el anillo de la mano del guardia.

—¡¿De dónde sacaste esto?! ¿Cómo puedes tenerlo tú? —interrogó a Lev.

—Se lo quité a Kier.

Muirgheal retrocedió, meneando la cabeza. La misma desesperación que se había apoderado de Yvaine minutos antes ahora parecía estar apoderándose de ella.

—Es imposible, Kier salió ayer y regresará mañana.

—Lo interceptamos cuando salió de aquí, ahora está con dos amigos que tienen la orden de matarlo si no regresamos en las próximas horas —mintió An.

—¡Es tu hermano! No puedes estar hablando en serio, ¿dónde está? —exigió saber.

—Jamás te lo diré —repuso con frialdad.

Unos rápidos pasos resonaron en la estancia, seguidos de una conocida voz.

—No hará falta, aquí estoy. —Kier se detuvo cerca de la mujer, que había permanecido en pie a un costado del trono, y An notó que respiraba con cierta dificultad. Había corrido, y mucho. También captó la sombra de temor que había pasado por su rostro al ver a Lev, aunque esta desapareció cuando Muirgheal se giró, y avanzó hacia él casi corriendo—. Estoy bien, tranquila —dijo él antes de que ella pudiera preguntárselo, y tomó la mano que había posado en su mejilla.

—¿En verdad te tenían secuestrado?

—Eso ya no importa, lo importante es que me escapé.

—¿Cómo lograste escapar? —preguntó Lev—. Era imposible que lo hicieras...

—¿Y eso qué importa ahora? —respondió, volviendo su atención hacia su madre—. Tenemos que hablar. ¿Qué es todo esto? ¿Qué hay de lo que me prometiste?

Muirgheal se apartó de él con un suspiro cansado.

—Ah, ¡otra vez con lo mismo! Nuestro trato era que me trajeras a tu hermana, y no lo hiciste. Fue Deirdre quien lo hizo, así que olvida lo que prometí.

—Mamá, por favor —pidió Kier, sonando más bien como una orden.

—Te ves cansado, ¿por qué no vas a recostarte? Podemos discutir esto mañana. —Muirgheal se dio la vuelta y les hizo una seña a los guerreros que estaban detrás de Yvaine y Arleth—. Escolten al príncipe hasta su habitación.

—¡Maldición! —refunfuñó Kier a la vez que desenvainaba la espada al ver a los dos guerreros aproximarse a él—. Los atacaré si se acercan, te lo advierto.

—Y ellos atacarán si tú intentas intervenir —replicó su madre, dándole la espalda. Luego caminó hacia ellos y se plantó frente a Lev—. Tú, dame eso —le ordenó al guardia que había revisado los bolsillos de Lev.

An no consiguió ver qué era lo que le estaba pidiendo, pero no le gustó nada verla tan cerca de Lev. Cuando vio lo que el guerrero le tendió a Muirgheal, su corazón volvió a encogerse, y comenzó a tener dificultades para respirar. No tuvo tiempo a decir nada, con un movimiento brusco, la hoja de la daga que Muirgheal sostenía desapareció en el vientre de Lev. Él se dobló hacia adelante, profiriendo un sonido ahogado. Ella lo imitó, no por el dolor que sintió extenderse en sus entrañas por un segundo, sino por la punzada que contrajo su pecho.

—¡Detente! —consiguió gritar An. Al igual que Lev, rompió sus esposas de un tirón y se lanzó hacia ella, pero unos enormes brazos la retuvieron mientras Muirgheal retiraba la daga solo para volver a hundirla a pocos centímetros de la herida anterior. Repitió aquel movimiento una tercera vez, y a continuación lo dejó, ordenándole al guardia que lo soltara.

Lev cayó de rodillas, apoyó una de sus manos sobre el suelo y se llevó la otra al abdomen. La sangre goteó por entre sus dedos, y fue acumulándose sobre las baldosas grises. An luchó en vano por deshacerse del agarre y arrodillarse junto a él. Los ojos le escocieron, y su visión se nubló.

—Lev...

"Estoy bien, aguantaré... Nuestro pacto, bruja, díselo".

Muirgheal lo rodeó hasta quedar a sus espaldas, se inclinó, lo sujetó del cabello con una mano y tiró de él hacia atrás, exponiendo su cuello. En la otra mano aún sostenía la daga.

—No, no, no... —dijo An, la voz le temblaba al igual que todo el cuerpo. Un sudor frío le cubrió la espalda y la frente—. No lo entiendes, no puedes hacerlo. Si lo matas, moriré también... —intentó explicar, sin apartar los ojos de Lev. Tenía el rostro pálido y podía oír el sonido de su respiración trabajosa. Un hilillo de sangre brotó de su boca y le corrió por la barbilla.

—¡No seas estúpida! Nadie muere por amor. Te recuperarás —espetó Muirgheal. Colocó la hoja ya ensangrentada sobre la garganta de Lev e hizo una leve presión. Él cerró los ojos y tensó la mandíbula—. Ahora dile adiós al pequeño dragón...

—¡No! —gritó ella, y de pronto sintió que algo arrancaba toda su fuerza vital de un tirón.

Por una milésima de segundo, el ruido a su alrededor se apagó; desaparecieron los sollozos de su madre, y los devastadores gritos de Yvaine. Solo fue capaz de oír la voz de Lev en su mente diciéndole que la amaba. Y un instante después Muirgheal salió disparada hacia atrás al mismo tiempo que los cristales de los ventanales estallaban en mil pedazos hacia afuera.

An tardó un momento en darse cuenta de que ya nadie la sujetaba. Miró por encima de su hombro y vio al guerrero tirado a varios metros de ella. Miró a su alrededor y comprobó que los otros guardias habían corrido con la misma suerte, el que había estado sujetando a Jake estaba despatarrado a los pies de una columna, muy cerca estaba Muirgheal, inconsciente. La mujer, Deirdre, yacía junto a la pared detrás del trono, y Kier y los otros dos guardias con los que había estado luchando hacía segundos, estaban todos inconscientes muy cerca uno del otro. Los únicos que seguían de pie eran Jake, Yvaine, ella y su madre. 

Lev había caído al suelo sobre su costado luego de que Muirgheal saliera disparada lejos de él. Todavía le brotaba sangre de las heridas del vientre, pero su garganta estaba sin ningún rasguño. An intentó dar un paso, y sus piernas se doblaron como si acabaran de drenarle toda la fuerza de los músculos. Al no tener nada a lo que aferrarse, cayó sobre sus rodillas, logró apoyarse sobre las manos, pero sus brazos también cedieron y su cabeza impactó contra la fría piedra. Intentó levantarse, pero una punzada de dolor le recorrió todo el cuerpo, y su visión se nubló hasta que la oscuridad la engulló. 

¡Hola personitas bellas!

Han pasado 84 años... ¡Pero al fin lo terminé! No me quiero extender mucho porque sino después que se supone que voy a poner en los agradecimientos?

Sé que me deben estar odiando por este final, yo me odiaría, pero tranqui, que todavía falta el epílogo. Y el año que viene empiezo el segundo libro 😊

Si tienen alguna duda, pueden dejarla en los comentarios, no se olviden de votar, y decirme qué les pareció este capítulo, me hace muy feliz leer sus comentarios y respondo siempre que haya algo que decir 💕

Como digo siempre, gracias por leer y por la paciencia, no tienen idea de cuánto lo valoro, y espero dejar de ser tan tortuga el año que viene y traerles actualizaciones más seguido jaja

Espero que hayan tenido una Feliz Navidad, y les deseo un muy feliz año nuevo, los adoro! 🎆❤

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro