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Capítulo 32

Todo lo que Lev deseaba era llegar a casa y encerrarse en su dormitorio hasta que fuera el momento de ver a la bruja, pero ni bien cruzó el umbral de la puerta se encontró a su madre bajando las escaleras. Intentó poner buena cara, no obstante, al ver la mirada de preocupación que ella le estaba dando, se dio cuenta de que ya era tarde para fingir.

—Discutí con Jake, y no, no quiero hablar del tema —dijo antes de que su madre consiguiera formular alguna pregunta.

La reacción de Clarisse fue justo como él se había imaginado que sería. Ella lo miró con desconcierto, despegó los labios y entonces volvió a cerrarlos ante su mirada de advertencia. De verdad no se sentía de ánimos para hablar.

—Bien, no haré preguntas —asintió ella—, pero cualquiera sea el motivo por el que hayan discutido, seguro que lo solucionarán pronto —dijo en un vano intento por animarlo mientras le pellizcaba una mejilla.

Lev asintió aunque no estaba de acuerdo, tomó la mano de su madre para apartarla de su mejilla y le dio un suave apretón antes de soltarla.

—Estaré arriba si me necesitan...

—Ah, no, antes de que vayas a tu habitación tu padre y yo queremos hablar contigo.

—¿De qué?

Su madre no contestó, solo lo tomó del hombro y lo hizo ir con ella hasta la sala, donde se encontraba su padre. Al oírlos, William cerró el libro que estaba leyendo y lo dejó sobre su regazo para fijar su atención sobre él.

—No es cierto, yo no tengo nada que hablar contigo. Esa charla ya la tuvimos hace cuatro años, y...

—Y nunca está demás repetir las cosas, sobre todo a los adolescentes —lo interrumpió Clarisse.

—A otros adolescentes tal vez, pero nuestro hijo no es ningún tonto —aseveró William—. Yo confío en él. Y tú también deberías hacerlo, amor. No sé por qué te preocupas tanto.

—¿Puedo saber de qué están hablando? —cuestionó Lev—. ¿Qué es eso que te preocupa, mamá?

—Confío en él —aclaró ella, dirigiendo toda su atención a William—. Y me preocupo lo necesario, como toda madre, y estoy en mi derecho de hacerlo, sobre todo teniendo en cuenta que no nos ha dicho nada —continuó diciéndole a su padre, sin prestarle atención a él.

Lev lo intentó una vez más, esta vez aclarándose la garganta, porque sabía que su madre no oía bien mientras intentaba imponer sus razones por sobre las de su padre.

—¿Qué se supone que debería haberles dicho?

Clarisse volteó el rostro hacia él, y abrió la boca, pero fue William quien comenzó a hablar antes.

—Tu madre se encontró a la señora Foster esta mañana, y ella le dijo que ayer te vio besando a una de las hijas de los vecinos nuevos —explicó él con parsimonia. Al oírlo, a Lev se le acumuló la sangre en las mejillas. Su padre sonrió—. Bueno, parece que es cierto, ¿quién lo diría? Uno de sus chismes al fin es real.

—No, no es cierto, no fue ayer, fue el jueves —aclaró Lev. No estaba en sus planes hablar sobre An con sus padres, al menos no aún, pero teniendo en cuenta que ya lo habían descubierto, no le quedaba de otra que aceptarlo. No iba a mentirles.

Una gran sonrisa iluminó el rostro de su madre a la vez que sus manos volvían a atacarle las mejillas.

—¡Te dije que le gustabas! ¿O no te lo dije? —exclamó emocionada mientras que Lev arrugaba la nariz y sacudía la cabeza para que lo soltara—. ¿Y cuándo pensabas decirnos que tenías novia? ¿A ti te parece bien que yo tenga que enterarme de estas cosas por medio de la vecina? —reprochó de pronto, liberando sus mejillas y dedicándole una mirada indignada.

Lev y su padre rieron.

—No se los dije porque... —Lev se rascó bajo la oreja, incómodo—, bueno, An no es mi novia.

—¿No se lo pides aún? —cuestionó su padre.

Lev negó en respuesta.

—Y tampoco estoy seguro de pedírselo. Tal vez esta noche... No lo sé —pensó en voz alta. Acto seguido sacudió la cabeza, no muy convencido—. Creo que mejor no...

—¿Por qué no? —inquirió su madre.

Lev no contestó, porque a su cerebro no se le ocurría ninguna excusa para suplantar a la verdadera razón; que tenía miedo de que la bruja lo rechazara.

—Teme que ella le diga que no —le respondió su padre a Clarisse, y tanto ella como él se mostraron sorprendidos—. A mí me ocurrió cuando iba a declararme a tu madre, pero no te preocupes por eso, es normal —añadió para tranquilizarlo.

—A ver, a ver —dijo su madre, casi poniéndose a la defensiva—. ¿Por qué le diría que no? Nuestro hijo es un buen chico, es gentil, caballeroso, listo, apuesto, honesto... —A medida que Clarisse iba enumerando sus cualidades con los dedos, Lev no pudo evitar mirarla con ternura—. Y sería incapaz de hacerle daño a alguien, ¿por qué Anayra le diría que no? ¿Quién le diría que no a nuestro niño?

William también la observaba sonriente a la vez que negaba con la cabeza. Al ser padres primerizos, y de nada más y nada menos que de un huérfano de ocho años, William y Clarisse no la habían tenido fácil. Y Lev lo admitía, él tampoco se los había puesto fácil al principio, los ignoraba y se comunicaba con ellos por monosílabos. Aunque no podían culparlo, no cuando no recordaba nada de su vida a excepción de su nombre, su edad y fecha de nacimiento, y se sentía como un cachorro abandonado, no querido... Recordaba bien eso, cómo se sentía en ese entonces.

A raíz de ello, el modo de crianza era algo que ambos solían debatir mucho, y aunque estaban de acuerdo en la mayoría de esas maneras, había un par en las que discrepaban. Por ejemplo, su padre creía que al ponerlo en un pedestal lo convertirían en un ser narcisista, mientras que, para su madre, los elogios ayudarían a reforzar su confianza, pero ella tendía a exagerar un poco. Un poco mucho. Tanto él como su padre sabían que ya era un caso perdido.

—Bueno, después de la inyección de confianza que acaba de darte tu madre, déjame decirte dos cosas —dijo su padre, captando su atención—. La primera es que si no estás del todo seguro, no te apresures, deja que las cosas fluyan, hazlo cuando sientas que es el momento. Y segundo, sé ingenioso, usa tu creatividad, pídeselo en grande, así al ver que te esforzaste tanto tal vez le dé más pena rechazarte y dice que sí.

Lev rió, pero su madre chasqueó la lengua y le dio a William una mirada entre severa y divertida.

—Ignora eso último, no importa cómo se lo pidas, yo estoy muy segura de que dirá que sí —lo animó ella—. Ya te ha permitido besarla, eso es una muy buena señal. Nosotras no dejamos que cualquiera nos ande besando.

—Gracias, de verdad, a los dos —les sonrió él. Sin poder evitarlo, pensó en que Jake debería ser el que lo ayudara y le diera consejos sobre eso, no sus padres. Eso volvió a desanimarlo—. Voy a tener en cuenta todo lo que me han dicho, pero ya no tengo ganas de seguir hablando, ahora me gustaría ir a mi habitación.

—No, todavía no terminamos, tu padre tiene que hablar contigo quieras o no —dijo Clarisse, deteniéndolo.

—No creo que sea necesario —opinó William.

—No, no lo es —afirmó Lev, consciente de que esa charla sería sobre sexo—. Ya pasamos por eso una vez, recuerdo cada palabra como si hubiera sido ayer, así que no te preocupes, no serás abuela. Al menos no hasta dentro de unos siete años.

—Eso dices ahora, pero llegado el momento se te olvidará y solo vas a pensar en...

—¡Mamá! —exclamó Lev, y miró a William casi suplicando—. Papá, dile que ya no siga.

—Está bien, ya no diré nada, pero prométeme que serás responsable y te cuidarás —pidió su madre con la mirada fija sobre él.

—Lo seré. Yo siempre pienso con mi cerebro, no con mi órgano reproductor —dijo, muy seguro de sus palabras.

Horas más tarde, tras haber cenado y tenido una conversación de lo más agradable con la bruja, Lev se hallaba en su dormitorio, en la cama, y encima de ella. Perdido en la visión de An con los ojos entrecerrados, sonrojada, y los labios húmedos y entreabiertos, deleitándolo con los delicados gemidos que emitía mientras que dos de sus dedos iban y venían en su interior. Debido a que las mantas los cubrían hasta por encima de la cintura, Lev no había visto su sexo, bueno, por las mantas y por decisión propia. Había creído que de ese modo resistiría mejor la tentación. Estaba equivocado. Era una zona tan húmeda, cálida y suave que a Lev se le nubló el razonamiento, lo único en lo que podía pensar era en lo mucho que deseaba que su miembro cambiara de lugar con sus dedos...

Pero eso no iba a ser posible, al menos no ese día. No ahí, no así, y mucho menos sin los cuidados necesarios. Definitivamente no. Además, se merecían algo mejor en su primera vez. Tenía varios escenarios en mente, y su dormitorio iluminado por una lámpara de noche y la luz proveniente de una pantalla con una película pausada estaba muy lejos de ser el lugar y momento ideal.

Lev volvió a enfocarse en An al sentir su cuerpo sacudiéndose bajo el suyo, acompañado de unos pinchazos en el hombro y la nuca que lo hicieron sonreír. Era la segunda vez que sentía sus uñas enterrándose en su piel, y aunque dolía un poquito, no le disgustaba. Incluso le habría encantado que esas marcas permanecieran en su piel por más tiempo, como prueba física de que sí había estado con ella al menos por un momento, y que no eran alucinaciones suyas.

Se quedó observándola en silencio, grabando en su memoria cada detalle. Su pecho elevándose y descendiendo al compás de su respiración, que poco a poco se iba normalizando, su cabello oscuro y brillante desordenado sobre la almohada, su frente perlada de sudor a causa del calor sofocante que emanaba de ambos, y el brillo de placer que había en sus ojos, que se asemejaban a dos diamantes grises.

—¿Qué? —preguntó An cuando sus miradas se toparon—. ¿Por qué me ves así?

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras a punto de construirme un altar.

Lev sonrió.

—Un altar no, te construiría un templo entero —admitió sin vacilar—. Te acabas de convertir en mi diosa personal.

—¿Ah, sí? —cuestionó con expresión divertida.

Él asintió, y se aproximó para besarla. Primero en los labios, que recibieron a los suyos con la misma necesidad, luego en la barbilla hasta descender hacia su cuello. Y mientras él iba depositando besos sobre su piel, la mano de An, que segundos antes había estado en su nuca, ahora bajaba por su abdomen. Se le erizaron los vellos de todo el cuerpo cuando sus dedos rozaron su erección por encima del pantalón.

—Espera —pidió Lev cuando ella tomó el extremo de su pantalón y tiró hacia abajo—, cambiemos de lugar, o bueno..., ya sabes, todo se derramará sobre ti...

—Es una lástima que no pueda ser dentro de mí —repuso con tono lascivo, y enfatizando la palabra dentro.

—Y de todo lo que podías decir tenía que ser precisamente eso. —Lev se echó a un lado, suspiró y cerró los ojos con fuerza, intentando apartar la imagen que acababa de formarse en su mente y controlar el impulso primitivo de hacerla realidad.

Su madre tenía razón. ¿Por qué las madres siempre tenían razón?

Oírla reír mientras se inclinaba sobre él y besaba su mandíbula no mejoró la situación. Sin embargo, en cuanto An deslizó su pantalón y ropa interior hacia abajo, el pulso se le aceleró aún más, y se obligó a apartar aquel pensamiento y concentrarse en ese instante. Ansiaba las caricias de la bruja con una urgencia agobiante, del mismo modo que ansiaba tocarla y besarla. La tomó de la nuca y la acercó a él, buscando su boca con desesperación. Exhaló un gemido, que quedó atrapado entre los labios de ambos, cuando ella comenzó a tocarlo. Primero le rozó el miembro desnudo solo con los dedos, como evaluando su tacto, luego, con delicadeza, cerró la mano en torno a su base y le pidió que le enseñara a tocarlo con un tonito que, como si fuera posible, lo encendió todavía más.

Entre el placer producido por las caricias de la bruja, la calidez de su mano, y la contemplación de sus magníficos senos sin ninguna tela de por medio, Lev había perdido toda noción del tiempo. Aunque estaba seguro de que no habían pasado más de tres o cuatro minutos, y con razón, era la primera vez que alguien más lo masturbaba, y no era cualquier persona, sino que se trataba de su bruja, la más hermosa de todas, y la única que lo hacía sentir como si por fin estuviera completo. Su nivel de excitación era tan alto que se sorprendió de haber aguantado más de diez segundos.

Mientras recobraba un poco la compostura, ella había comenzado a acariciar su rostro con un dedo, desde la frente hasta su mentón, y desde los pómulos hasta la mandíbula, en un movimiento lento y observándolo con mucha atención, de un modo que él encontró de lo más tierno.

De repente, su dedo se detuvo cuando le recorría el puente de la nariz.

—¿Dejarás de mirarme así en algún momento? —interrogó ella, entornando los ojos sobre él.

—¿Así cómo? ¿Como si fueras una diosa a la que adoro? —An asintió con una sonrisa que él devolvió—. No, creo que no, ya te dije que eres mi diosa personal, y te adoro —confesó, pero al ver que el semblante de la bruja perdió todo rastro de humor y lo observaba con los ojos muy abiertos, se arrepintió de haberlo hecho. Se había excedido al decirle que la adoraba. Debería haber esperado un poco más y...

An lo besó, haciéndole perder el hilo de sus pensamientos. Lo hizo de un modo lento, suave, y sin duda alguna fue el beso más dulce que le había dado hasta el momento. Y aunque le habría encantado oírla decírselo con palabras, Lev supo que ella se sentía del mismo modo que él.

Apenas terminar de felicitar a William por su cumpleaños, y saludar a las pocas personas que se encontraban ahí, An fue acaparada por Clarisse, que se la llevó a la cocina junto con Sara y Kelly, la madre de Jake. Clarisse siempre se comportaba muy amable con todos, pero esa noche la notó el doble de amable, y especialmente con ella, cosa que se le hizo muy extraña.

—An, querida, ¿podrías ir a decirle a Lev que baje? Pronto comenzará a llegar más gente y necesito que me ayude —dijo de repente.

An estaba acomodando unas tartaletas de tomate y mozzarella sobre una bandeja, pero al oír el nombre de Lev alzó la cabeza de inmediato. Quería verlo desde que había llegado, pero él no estaba por ahí y tampoco sabía cómo librarse de ellas, así que aceptó con gusto y abandonó la cocina para ir a buscarlo.

Como creyó que no sería necesario, entró sin tocar. Lo halló de pie frente al armario, con el ceño fruncido y los labios apretados en un gesto de molestia.

—¿No sabes qué ponerte? —bromeó mientras se acercaba a él.

Lev volteó y su semblante se transformó por completo al verla. Le sonrió, cerró la puerta del armario y fue a abrazarla, dejando caer la frente sobre su hombro al tiempo que suspiraba. An se quedó rígida, sintiendo que la respiración se le cortaba por unos segundos. Incluso luego de tantos besos, manoseos y roces, seguía sin saber cómo reaccionar a ciertas actitudes o palabras de Lev.

—No quiero cambiarme, no quiero bajar... —murmuró él sin despegarse de ella, sonaba como un niño malcriado—. ¿Está ahí, cierto?

An sabía que estaba preguntando por Jake. La noche anterior la había puesto al tanto sobre la discusión que habían tenido.

—Sí —contestó, y llevó una mano hacia su cabello para acariciarlo—. ¿Todavía no han hablado?

—No, y no me interesa hablar con él. Ni debería estar aquí —protestó, alzando la cabeza.

—Pero tus padres son sus padrinos, ¿verdad? No puede faltar al cumpleaños de su padrino.

Lev la soltó, hizo una mueca de fastidio y se dio la vuelta para volver al armario.

—Sí, pero igual... no debería... ¡Ah! ¡Lo odio! —gruñó Lev, tomó el suéter negro que ella le había regalado en su cumpleaños, y cerró el armario con fuerza, tanta que la puerta se rompió y cayó hacia adentro. Lev bufó y en menos de un parpadeo la puerta volvió a su sitio, intacta. Ella observó cada movimiento con fascinación—. ¿Puedes creer que ni siquiera se ha dignado a buscarme para hablar y disculparse? No ha venido, ni ha llamado, ni ha mandado ningún mensaje... ¡Así que yo no pienso buscarlo! ¡La culpa la tuvo él!

An se mordió el labio y ahogó una carcajada al verlo actuar como un novio resentido. Muy a su pesar, debía admitir que se veía tierno.

—Ya te buscará, y seguro que se arreglan. A fin de cuentas es como tu hermano.

—Ya no más, no quiero un hermano tan... —Lev terminó de ponerse el suéter y sus ojos se clavaron sobre ella como si la viera por primera vez desde que había entrado. An arqueó las cejas a modo de interrogación, sin comprender por qué había dejado de hablar, pero él se limitó a mirarla de la cabeza a los pies—. Estás usando un vestido. Los odiabas cuando eras pequeña.

An rió y se encogió de hombros. Eso era verdad, de niña siempre peleaba con su madre para no ponerse vestidos, pero esa noche llevaba uno con mangas tres cuartos, de escote pequeño, ya que no le agradaba llamar la atención por sus pechos, y con una falda suelta que le llegaba unos dos dedos por encima de las rodillas. Era de su color favorito; un tono rojo oscuro, como la sangre. Y debido a que las noches cada vez eran más frías, se había puesto unas pantimedias negras.

—Siguen sin agradarme demasiado —admitió—, pero los uso a veces, en cumpleaños o eventos especiales. Y además, debo reconocer que parecen muy prácticos para algunas cosas —comentó con picardía, aproximándose a él.

Ni bien oírla, a Lev se le encendió la mirada, la tomó de la cintura, y la acercó a él hasta que sus narices se rozaron. Eso provocó que las serpientes en su estómago terminaran de despertar, y que su corazón bombeara más deprisa.

—Me encanta cómo te queda ese vestido, luces perfecta —elogió, sus ojos estaban prendidos de los de ella, chispeantes de deseo—, pero si me haces pensar en esas cosas voy a terminar desgarrándolo.

La sola idea de Lev destrozando su ropa le provocó un cosquilleo entre los muslos. Se humedeció los labios antes de contestar.

—Más tarde podrás hacerlo —le aseguró, y en contra de su voluntad, al ver que Lev iba a acortar los milímetros que separaban su boca de la suya, An tuvo que colocarle un dedo sobre los labios para detenerlo—. Nada de besos, tu madre me envió a buscarte, necesita que la ayudes a atender a los invitados.

Lev la miró con cara de cachorrito abandonado.

—Pero no quiero bajar, no estoy de ánimos... Bésame para animarme.

—No, ya nos tardamos mucho, tal vez sospeche que...

An guardó silencio cuando él la arrinconó contra el armario. No la besó, sino que la torturó rozándole los labios casi de manera imperceptible, mientras que una de sus manos descendía desde su cintura hasta su trasero. An se sintió desarmada, como cada vez que lo tenía así de cerca, y acabó cediendo a su instinto. Pronto sus labios se amoldaron a los de él, y su lengua comenzó a jugar con la suya. Le rodeó el cuello con un brazo, su mano libre se aferró a la tela de su suéter y lo atrajo hacia ella, como si quisiera fundirse con él.

—¡Leeeev! ¿Nos extrañas...? ¡Santa Mary Jane! —exclamó alguien, sobresaltándolos. Lev apartó la mano de su trasero en un abrir y cerrar de ojos, y ambos se soltaron mientras respiraban con dificultad—. Chicos... estoy alucinando, y les juro que hoy no estoy drogado, de verdad.

An enfocó la mirada en el chico de apariencia asiática que acababa de hablar, y los observaba como si estuviera viendo un perro con dos colas y ocho patas. Los dos chicos que estaban a su lado también se veían sorprendidos, aunque en menor medida. Uno de ellos, de cabello negro y alto, comenzó a sonreír como si acabara de recibir una noticia estupenda.

—¡Se los dije! ¡Gané! —les dijo a los otros dos.

—¡No ganaste! ¡Está claro que ella no es real! Lo que pasa es que estamos teniendo una alucinación colectiva —dijo muy seguro el asiático, y An oyó a Lev suspirar. Le dio una mirada inquisitiva, pero cuando él iba a decir algo, el chico volvió a hablar—. Vean, ya mismo les demuestro como no es real. Siempre que veo cosas raras voy a tocarlas, pero cuando las toco se hacen... ¡Puf! Y dejan de estar...

An lo observó con el ceño fruncido mientras se acercaba a ella. No creyó que hablaba en serio, pero entonces alargó una mano hacia su rostro. Antes de que llegara a rozarla, levantó una mano y lo detuvo, apretujándole los dedos con tanta fuerza que lo hizo chillar.

—¡Auuu! ¡Sí es real! ¡Sí es real! ¡Y duele! —les gritó a los otros dos, que lo miraban con diversión. El asiático levantó la mano hacia ella, dándole una mirada acusadora, y luego empezó a frotarse los dedos—. ¡Es la derecha! ¿Estás loca, mujer? Es con la que me mas...

—¡Ben! —gritaron Lev y el muchacho de cabello negro. El otro chico, un rubio con aires de galán, se echó a reír.

Lev suspiró una vez más, giró el rostro hacia ella y colocó una mano sobre su cintura en un gesto que a ella le pareció algo territorial. Lo encontró de lo más divertido, pero se mantuvo seria.

—An, ellos son Ben, Kevin, y Joe, unos amigos —dijo, señalándolos con la mano uno por uno. El de apariencia asiática era Ben, el alto de cabello oscuro Kevin, y el rubio Joe—. Chicos, ella es Anayra.

Kevin y Joe la saludaron con una sonrisa, pero el tal Ben la miró con mala cara y luego dirigió su atención a Lev.

—¡Pensé que eras gay! ¡Tenías que ser gay! —se quejó—. Acabo de perder quinientos dólares por tu culpa, ¿sabes?

—¿Apostaron a si era gay o no? —inquirió Lev, ofendido. An contuvo la risa.

—Sí, Ben y yo estábamos muy seguros de que eras como Kev —afirmó Joe. El ceño de Lev se frunció aún más—. ¡No nos veas así! ¡Hacemos apuestas todo el tiempo y tú eres el primero en sugerirlas! Además, te hemos visto rechazar a una docena de chicas, es lógico que creyéramos que tirabas para el otro bando.

—Eso es porque son tontos, yo aposté que no, y acabo de ganar mil dólares —dijo Kevin con una sonrisa triunfante.

—No, no, aún no ganas nada, ¿seguro que es mujer? —preguntó Ben, mirándola detalladamente—. Porque parece una, pero ¿qué tal si es un hombre que pasó por cientos de cirugías? Hoy en día no podemos asegurar nada...

—¿Golpear a un asiático se considera un acto racista? —le preguntó ella a Lev, que la miró alarmado.

—Es el cumpleaños de mi padre y nadie va a golpear a nadie. Hoy no. Mejor bajemos ya, mi madre me está esperando —dijo Lev, haciendo gestos con las manos para que sus amigos se movieran y abandonaran la habitación.

—Y para que sepas, bebé... ¡No soy asiático! ¡Nací aquí, no en Asia! —espetó Ben, y le hizo una mueca rara antes de salir.

An sintió más deseos de golpearlo, pero estos disminuyeron al verlo tropezar y caer ni bien salió al pasillo. Lev soltó una risita a su lado.

"¿Tuviste algo que ver con eso?", preguntó ella. No había nada en el pasillo como para que Ben se tropezara de ese modo.

"Ni siquiera yo te llamo bebé", fue todo lo que Lev respondió.

—Ah, lo olvidaba, ten. —Kevin se detuvo a mitad del pasillo y le entregó un libro a Lev—. Es el libro que me prestó tu padre, me dijo que te lo dé a ti y que lo regreses a su lugar.

Lev asintió y se detuvo frente a la primer puerta del lado izquierdo del pasillo. La abrió, encendió la luz y la invitó a entrar con él mientras los chicos se perdían escaleras abajo. Era una especie de oficina, con dos estantes que ocupaban dos paredes enteras y estaban repletos de libros, un sofá de cuero marrón y una mesa ratona cerca de la ventana que daba a la calle, y un escritorio, que se encontraba lleno de papeles, en el extremo junto a la puerta.

—Siento lo de Ben, es algo insoportable a veces —dijo Lev mientras buscaba algún hueco libre en la estantería para colocar el libro, que según su título era de historia griega.

—¿Así que rechazaste a docenas de chicas? —cuestionó muy intrigada. Hablar del asiático no le interesaba.

Lev se encogió de hombros.

—Ninguna era tú —contestó medio distraído—. Ni por más que tuvieran el cabello y ojos del mismo tono...

An se quedó mirándolo más intrigada que antes.

—¿Cómo? ¿A qué te refieres con eso de que ninguna era yo?

Lev terminó de colocar el libro entre otros dos, se giró hacia ella y sonrió avergonzado.

—Es una historia larga —respondió, regresando a su lado. La tomó de la mano y entrelazó sus dedos con los suyos—. Luego te cuento, ¿vamos?

—Bien, pero no así. —An le echó una mirada a sus manos unidas. Lev asintió a modo de entendimiento, y la soltó, aunque no lucia muy feliz por tener que hacerlo.

A decir verdad, a ella tampoco le agradaba tener que separarse de él, con cada segundo que pasaba a su lado se iba volviendo más y más adicta a su compañía, a sus besos, a sus caricias... Y apenas llevaban unos tres días en esa situación, no quería ni imaginarse cómo sería en una semana o más. Ni siquiera comprendía cómo podía estar así con Lev, todo se sentía tan natural, tan familiar, y cada trocito de su ser parecía estar en orden, haciéndola sentir en paz.

No le gustó verlo desanimado, así que pensó en que podía darle un beso, aunque sea uno pequeño, antes de bajar a reunirse con los demás. Pero entonces llegaron hasta sus oídos las voces de unos hombres en el pasillo. Los reconoció al instante, eran William y Matt.

—Ya pensaba que no ibas a llegar a mi cumpleaños, esta vez sí que te tardaste más de lo normal —comentó William—. Y eso no puede significar nada bueno...

—No lo es. Nuestros planes originales se han ido al demonio, y créeme que los nuevos no son buenos —repuso Matt con un tono molesto.

Ella y Lev se miraron con el ceño fruncido, y acto seguido sus ojos se dirigieron rápidamente hacia la perilla de la puerta, que comenzó a girar con un chirrido. La puerta no se abrió. Lev la tomó del brazo y la arrastró con él hacia el minúsculo espacio que había libre entre la pared y el sofá.

—Qué raro, parece cerrada con llave, yo jamás la cierro —decía William mientras se lo oía forcejear con la puerta. La luz de la oficina se apagó, y entonces la puerta se abrió.

Medio segundo después, la luz volvió a encenderse y la puerta a cerrarse.

—Sé que me trajiste aquí porque te mueres de curiosidad, pero lo que tengo que decir va a llevar para rato, y es tu fiesta, no te puedes ausentar por mucho tiempo —dijo Matt—, o Clary nos matará.

—Lo sé, lo sé, pero al menos dime cómo está todo por allá, ¿cómo está él? —preguntó William, y An notó que sonaba emocionado, tanto que soltó una carcajada de puro júbilo—. ¡No puedo creer que su castigo por fin haya acabado! ¡No veo la hora de volver! Sé que vinimos aquí por nuestra cuenta, ¡pero no veo la hora de volver!

"¿Tienes idea de qué están hablando?", le preguntó ella a Lev, él negó con la cabeza. Vio en sus ojos la misma confusión que ella estaba experimentando.

—No sé si será tan bueno volver, están pasando cosas —aclaró Matt con precaución—, hay algo que tiene preocupados a los reyes de Callandir, en especial a Fadrik. Puede que se aproxime una guerra, así que tendremos que prepararnos.

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