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Capítulo 11

—¿Y bien? ¿Seguro que nada?

—Muy seguro —respondió Lev con voz cansina—. ¿Vas a seguir preguntando lo mismo cada cinco minutos? Porque estoy intentando poner en orden mis ideas, y no me dejas concentrar... Si oyera tu voz en mi cabeza otra vez te lo diría, ¡ahora deja de preguntar y dame unos minutos!

An le lanzó una mirada poco amistosa, pero él no llegó a verla. Seguían en su dormitorio; Lev sentado en el suelo con la espalda apoyada en la mesa de luz, y ella acostada boca arriba, con el cabello oscuro colgando por el borde lateral de la cama y casi rozando los pies de él.

—Intenta ponerlas en orden en voz alta, a ver si eso ayuda —le sugirió. La idea de que alguien pudiera leer sus pensamientos la hacía sentir indefensa, y eso a su vez la ponía nerviosa. Estar en silencio cuando se encontraba así no era de mucha ayuda.

A Lev no pareció gustarle la idea, pero al cabo de unos segundos dijo:

—Está bien, lo intentaré. Mira, yo solo te oí una vez, y tú a mí dos, ¿cierto? —An asintió, y luego giró hasta quedar boca abajo y apoyó el mentón sobre el dorso de la mano. De la otra forma tenía que girar y estirar el cuello para verlo, y éste ya comenzaba a dolerle—. Bien, y en esas ocasiones ambos estábamos como... como imaginando decirle algo al otro, pero sin atrevernos a decirlo en voz alta, ¿o no? Me refiero a que hace rato, cuando me golpeé y te oí decirme bruto, tú estabas pensando en decirme eso... No lo hiciste porque tu madre estaba del otro lado y podría haberte oído, pero de no ser así, ¿me lo habrías dicho en voz alta, cierto?

Ella asintió una vez más. 

—Lo habría hecho, no lo dudes.

—Bueno, fue lo mismo en mi caso, esas dos veces que me oíste yo pensaba decírtelo, pero no llegué a hacerlo, así que... —Hizo una pausa, y An supuso que todavía seguía ordenando bien sus ideas—. ¿Y si solo oímos lo que el otro quiere que oigamos?

—¿Tú crees?

Lev se encogió de hombros. 

—Podríamos hacer un intento. Dime algo, pero no en voz alta, solo piénsalo...

An ya tenía varios insultos acumulados para él desde que lo había conocido, y aunque ya había empezado a caerle un poquito mejor, decidió aprovechar esa oportunidad para decírselos, tal vez la oiría, o tal vez no...

—Gracias, eres tan adorable... —dijo Lev con un tonito irónico cuando ella apenas iba por la mitad.

An rió entre dientes.

"Bruja venenosa".

Todo rastro de diversión desapareció de su rostro y fijó sus ojos en Lev. 

—¿Querías que oyera eso? —Él asintió, parecía estar regodeándose en silencio—. Por esta vez te lo dejo pasar, pero solo porque tengo una pregunta importante; ¿crees que podríamos ser capaces de transmitir nuestros pensamientos a otras personas, además de a nosotros?

—No lo sé..., y ¿con qué propósito lo utilizarías si fuera posible? —preguntó con un deje de desconfianza.

—Bueno, pensaba que sería divertido poder hablar en la mente de otra persona, asustarla, o hacerte pasar por su conciencia y pedirles que hagan cosas estúpidas o rar...

—Estás loca —la cortó Lev y, a pesar de que su ceño estaba arrugado, en su mirada no percibió ningún tipo de reproche o molestia. La observaba como cuando...

De repente su mente se vio asaltada por cientos de imágenes borrosas, al tiempo que un horrible dolor de cabeza se apoderaba de ella. Se llevó ambas manos a la cabeza, cerró los ojos con fuerza, y tuvo que apretar los dientes para no dejar escapar ningún grito de dolor. Jamás había sentido nada igual, y estaba segura de que no podría soportarlo por mucho más tiempo... Oyó a Lev decir su nombre y sintió una mano cerrándose en su antebrazo antes de que todo se tornara negro.

Se hallaba en una habitación muy amplia, con muros de piedra, y tres ventanas altas y angostas de arcos apuntados, separadas entre sí por menos de medio metro. La tenue luz del sol se colaba por ellas, y además había varios candelabros repartidos por todo el lugar, aunque solo uno de ellos conservaba sus velas encendidas. Estaba sobre un pequeño escritorio ubicado entre dos camas individuales con dosel, que en ese momento tenían las cortinas descorridas. No había nadie acostado en ellas, ni tampoco en la habitación...

—Any, cariño, quédate quieta, por favor —dijo una voz femenina, y unas siluetas comenzaron a materializarse en el borde de una de las camas. Eran una mujer y una niña, y ambas compartían el mismo cabello oscuro así como los ojos de un tono grisáceo.

—¡Pero tengo hambre! ¿Por qué no podemos bajar a comer y después me peinas?

—Porque siempre que dices eso luego te desapareces y no hay forma de encontrarte... —La mujer pausó un momento su tarea de trenzarle el cabello a la niña, y miró hacia la otra cama—, de encontrarlos —corrigió, manteniendo su mirada fija en el niño sentado en la otra cama—. Pero hoy no pueden irse por ahí por mucho tiempo porque tu padre dará un festín, así que quédense por aquí cerca. Te lo digo a ti porque eres el más responsable. No hagas caso de lo que te diga esta pequeña bribona, ¿entendido?

El niño, que era el mismo que solía aparecer en sus otros sueños y que era idéntico a Lev, hizo un asentimiento. 

—Sí, tía. Te prometo que nos quedaremos aquí.

—¿Y por qué habrá un festín? ¿Tendré que usar uno de esos vestidos inútiles que tanto te gustan? —le preguntó la niña a su madre.

—Así es, y el festín es para celebrar el decimocuarto cumpleaños de tu primo, ¿cómo es posible que se te haya olvidado? Ahora bajaremos y lo feli...

—¡No! ¡Él nunca me felicita por mi cumpleaños! ¿Por qué tengo que hacerlo yo?

Las protestas de la niña dejaron de oírse, y la habitación desapareció. Al instante estaba de pie en otra habitación, era incluso más grande que la anterior y había solo una cama en vez de dos. Las ventanas estaban cerradas, la única luz provenía de las velas y el fuego de la chimenea. Frente a ésta, sentado en una silla acolchonada, estaba un joven con la cara escondida entre las manos.

La puerta se abrió y apareció la niña de antes. El chico levantó la cabeza y la miró con los ojos enrojecidos a causa de las lágrimas. 

—¡¿Qué haces aquí?! ¡¿Quién te dio permiso para entrar?!

—¿Has visto a Lev? —preguntó ella, haciendo oídos sordos a las preguntas del muchacho.

—¿Y yo cómo voy a saber dónde está mi hermano? ¡Si se la pasa todo el día contigo! ¿No te fijaste si lo tienes en los bolsillos? —espetó furioso, y se puso de pie—. ¡Largo!

—¡Deja de gritarme!

—¡Entonces vete!

—¿Quieres que me vaya así sigues llorando como un bebé? —se burló la niña.

El joven caminó hacia ella, la agarró por el brazo y la arrastró hasta la puerta. 

—¡Ya vete! ¡Todo es tu culpa! ¡Nunca deberías haber nacido! —gritó antes de empujarla. La niña cayó al suelo de costado, y la puerta se cerró de golpe.

—¿Qué le sucedió a tu brazo? ¿Otra vez estabas trepando a los árboles y te caíste? —preguntó su madre al ver la sangre que salía de una herida en su codo. Estaban en un largo pasillo, de un lado había varias ventanas iguales a las del primer dormitorio, y del otro candelabros sujetos a la pared, dos entandartes blancos, cada uno con el dibujo de un dragón negro con las patas delanteras apoyadas sobre el pomo de una espada, ambos colgados a cada lado de una puerta de madera.

—No me caí de ninguna parte, Kier me empujó.

—¿Y por qué hizo eso? —La mujer se acercó a la niña y la tomó de la mano—. Ven, vamos a curarte el brazo... Luego iré a hablar con él.

—No sé por qué lo hizo, yo no le hice nada, fui a preguntarle si sabía dónde estaba Lev porque hace rato que no lo veo... ¿Tú sabes dónde está?

—Sí, creo que está con su padre. Y ahora dime, ¿por qué te empujó tu primo?

—Ah, sí... Bueno, no sé, comenzó a gritarme desde que entré a su habitación, tal vez se molestó porque no golpeé antes de entrar y lo vi llorando...

Su madre se detuvo al pie de una escalera. 

—¿Llorando? —preguntó, y la niña asintió.

—Y también me dijo que todo era mi culpa y que nunca tendría que haber nacido —añadió con expresión de enfado.

—¿Eso te dijo? —preguntó la mujer con un tono preocupado, agachándose junto a la pequeña—. No creas que te lo dijo en serio, es que está algo molesto y también triste... Hoy es el cumpleaños de su madre, y bueno..., él la extraña mucho, eso es todo.

—¿Así que es el cumpleaños de tu hermana? —La mujer hizo un leve asentimiento—. ¿Y tú no estás triste? ¿No la extrañas? Nunca hablas de ella.

—Verás..., es que... ella y yo ya no éramos tan unidas en los últimos años, por eso no hablo de ella. Aunque sí, a veces la extraño —contestó en tono seco mientras se levantaba—. Y vamos, hay que curarte esa herida para que no se te infecte.

El pasillo, la escalera, y las siluetas de la niña y la mujer se esfumaron. En su lugar apareció un sendero bordeado de inmensos árboles, Lev y la niña caminaban por allí y ella sostenía un cuchillo en la mano.

—¿De dónde sacaste eso? —le preguntó Lev.

—Lo tomé de la cocina.

—Así que te lo robaste —afirmó él, aunque no había ninguna nota de reproche en su voz—. Como sea, ¿crees que ese cuchillo le hará algo a un ogro? Nos comerá de un bocado y ni cuenta nos vamos a dar...

—Cuando me levante para comerme le clavo el cuchillo en un ojo —dijo ella con confianza—. Tu padre una vez dijo algo sobre un hombre que se murió por una flecha en un ojo, una flecha y un cuchillo han de ser lo mismo, ¿no?

—Estás loca —dijo él, y la escena se difuminó otra vez.

Ahora se encontraba en la sala de una pequeña cabaña. La niña estaba sentada en un sillón, a su lado estaba Lev con los ojos cerrados y parecía dormido. Frente a ella estaba agachada la mujer del cabello negro, estaba llorando y sostenía las manos de la niña entre las suyas.

—¿Por qué lloras? ¿Y qué le pasó a Lev? ¿Está dormido? ¡¿Qué fue lo que le hiciste?!

La mujer levantó una de sus manos y la apoyó en la mejilla de la pequeña. 

—Lo siento, de verdad lo siento mucho... —murmuró, la voz le temblaba—, pero es por tu bien, aquí ya no es seguro... Te amo, Any... —Acercó su rostro al suyo y le besó la frente.

An abrió los ojos de golpe. Estaba recostada en la cama, con la cabeza apoyada sobra la mullida almohada. Se sentía mareada, le palpitaba la sien, pero no tan deprisa como su corazón, y su respiración era entrecortada e irregular. 

—Lev... —susurró.

Él se acercó de inmediato y se sentó en el borde de la cama. 

—Al fin, ya estaba pensando en salir y avisarle a alguien —dijo con un tono de evidente preocupación—. ¿Cómo te sientes?

Esa era una pregunta que todavía no sabía cómo responder, aún tenía mucho que procesar, así que lo primero que consiguió decir fue:

—¿Todavía crees que estoy loca por decir que es posible matar a un ogro clavándole un cuchillo en el ojo?

Esa semana fue difícil para ambos. Sobre todo para An; había vivido los últimos diez años creyendo que Sara era su madre biológica, y en cuestión de minutos todo había cambiado. Lev, sin embargo, creía que sus padres lo habían abandonado, pero esa misma noche, a medida que An le contaba todo lo que había visto mientras estaba inconsciente, él también había recuperado sus recuerdos y ahora sabía que no había sido así realmente. Se había quedado toda la noche allí con An, conversando, tratando de entender el motivo por el que sus madres habían decidido esconder todos sus recuerdos, además de enviarlos al mundo humano, y peor aún, separados. Pero por mucho que lo intentaron, no consiguieron encontrar ni una buena razón que explicara esos interrogantes.

Lev había regresado a su casa media hora antes de que sonara su alarma, y cuando su madre fue a ver por qué todavía no bajaba, él le había dicho que no iría a la escuela porque se sentía descompuesto. Clarisse le creyó sin dudar, ya que él nunca faltaba a clases a menos que se sintiera realmente enfermo. Las siguientes tres noches siguió visitando a la bruja en su dormitorio, pero solo se quedaba una o dos horas. Les hacía bien conversar sobre cosas del pasado, aunque a la vez era bastante extraño. Habían estado viviendo engañados durante diez años, y no era fácil hacerse a la idea de que todo eso que ambos recordaban fuera cien por ciento cierto.

"¿Y si los dos sufrimos de las mismas alucinaciones?", preguntó An la noche del jueves cuando él acababa de meterse por la ventana.

"Eh, también lo pensé..., pero ¿cómo explicas los dolores y esto que estamos haciendo?", dijo, haciendo referencia a la forma de comunicación que estaban utilizando. Habían estado de acuerdo en que hablar de ese modo era más seguro, así Sara no aparecería para preguntarle a la bruja si estaba hablando con alguien.

Se sentó en el sillón junto a la ventana, y Mau saltó a su regazo. Por lo visto, él era de su agrado, ya que según An, su gato no aceptaba que nadie más que ella y Matt lo tocaran, pero a él se le había acercado la misma noche del lunes. Lev ya comenzaba a tomarle cariño, aunque hubiera sido el causante de la muerte del perro que solía cuidar.

"Cierto... Así que todo esto sí es debido a la...".

"... magia", concluyó Lev, y sonrió al verla hacer una mueca de fastidio. La bruja se estaba mostrando bastante escéptica respecto al hecho de que en realidad sí era una bruja, ya que su madre, Arleth, era una. A él también le había costado aceptar que su madre biológica era una bruja, y que por lo tanto eso lo convertía en mitad brujo, pero lo estaba llevando mejor que ella, que se negaba a creerlo. De hecho, había comenzado a practicar cosas como levitar objetos; recordaba que su madre, su tía y Kier, su hermano mayor, lo hacían a menudo. "¿Quieres ver algo?", le preguntó a An, que se había quedado muy callada.

Ella arqueó una ceja, y tras evaluar su rostro acabó asintiendo.

Lev decidió intentar con el teléfono de la bruja, que estaba en la cama delante de ella. Concentró toda su atención en el objeto y lo visualizó flotando. La primera vez que lo intentó, con una zapatilla, le había tomado más de un minuto hacer que se elevara, pero ahora había sido algo inmediato. El teléfono se alzó en el aire y quedó suspendido a la altura del rostro de An, que se había quedado boquiabierta. "Llevo practicando desde que me levanté, creí que sería más difícil conseguirlo, pero...".

Se oyó un ruido a sus espaldas, así que giró al instante. La ventana todavía seguía abierta pero con la cortina echada, y estaba seguro de que aquel sonido provenía de ahí fuera. Tanto él como la bruja, que ya había sujetado su celular para que dejara de flotar, se habían quedado quietos y miraban hacia la ventana en completo silencio, a la espera de algún otro ruido.

Pasado un minuto, Lev se puso en pie y se acercó a la ventana. Casi le dio un ataque al corazón cuando descorrió la cortina y vio una cara del otro lado. 

—Quítate y déjame pasar —exclamó Jake en lo que él suponía que era un susurro.

—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó An, quitándole las palabras de la boca.

Jake cruzó la ventana, se acomodó la ropa y el cabello y entonces los miró. 

—Eso mismo me pregunto yo de él. —Apuntó con el pulgar hacia Lev—. ¿Desde cuándo te escapas de tu casa y entras en casas ajenas por la ventana?

—¿Me estás siguiendo?

—Claro que sí, estás muy raro desde hace días y aunque te pregunté varias veces si te ocurría algo, tú no me quieres contar qué es... —contestó, y Lev percibió una nota de reproche en su voz—, y ayer te vi escaparte por la ventana, así que decidí seguirte si hoy volvías a hacerlo... Es mi deber como tu mejor amigo estar seguro de que no andas metido en nada raro.

—No ando en nada raro, como ya ves —le aseguró él. Todavía no le había comentado nada a Jake, no quería hacerlo hasta terminar de asimilar todo—. Solo que An y yo...

—¿Están juntos? —se adelantó a decir su mejor amigo, con los ojos bien abiertos—. ¡Ya decía yo que te...!

—No —lo cortó Lev a tiempo—, no estamos juntos.

—Ah, ¿no? —Jake lucía decepcionado—. ¿Y entonces qué haces aquí y qué es lo que está pasando que estás tan raro estos días?

—Vamos a casa y allí te cuento todo, ¿de acuerdo?

Tras despedirse de An, ambos salieron, cruzaron la calle y entraron a su casa por la puerta trasera. Una vez en su habitación, Lev le hizo un resumen de quién era realmente y de dónde venía, además del tipo de relación que tenía con la bruja. Para su asombro, Jake escuchó cada palabra casi sin interrumpirlo, pero cuando dio por terminada la explicación, comenzaron las preguntas.

—¿Así que eres mitad brujo y mitad guerrero dragón? —Su mejor amigo parecía fascinado, y Lev agradeció que no estuviera tomándolo por un loco o algo similar.

—Guerrero de la sangre del dragón —aclaró, y entonces apareció una palabra en su mente—, o guerrero krymkhar, creo que era algo así como también llamaban a los nuestros, no estoy seguro...

Krymkhar... —repitió Jake con lentitud, como si quisiera memorizarlo—, ¿Y qué significa?

Khar significa dragón o dragones, y krym es sangre.

—¿Así que tenían un lenguaje diferente?

—No en realidad, bueno..., según lo que nos contaba nuestro maestro, sí había una lengua única y que todos hablaban al principio, pero luego de tantos siglos se fue olvidando. Solo lograron conservar unos pocos manuscritos con el significado de algunas de esas palabras. —Al explicar aquello, Lev recordó las clases y al maestro Caiden. Era un hombre muy amable, además de inteligente y un gran maestro, siempre conseguía mantenerlo concentrado en todo lo que decía y jamás se aburría con sus explicaciones. Ya era viejo antes de que él y An fueran alejados de allí, ¿seguiría vivo?, ¿seguiría viviendo en Tzaikhar?

Lev lamentó al instante haberse formulado esas preguntas, que dieron pie a otras que llevaba pensando desde la noche del lunes. ¿Estarían todavía vivos sus padres? ¿Su tía Arleth? ¿Kier? Incluso aunque su relación con su hermano mayor no era de las mejores en el último tiempo que estuvo allí, le preocupaba saber qué había sido de él. ¿Y qué habría querido decir Arleth con eso de que ya no era seguro allí? ¿Cómo no iba a ser un lugar seguro si estaban su padre y ellas para protegerlos? No conseguía entenderlo...

—¡Increíble! —murmuró Jake tras un momento—, ¿Y dices que tenías..., bueno, que tienes un hermano mayor? ¿Cómo has dicho que se llama? ¿Y que tu madre y la madre de An eran mejores amigas?

Lev asintió. 

—Kier, y es mi medio hermano.

—¿Por parte de tu padre, cierto?

Él volvió a asentir. 

—Mi padre estuvo con la hermana de la madre de An, de ahí nació Kier...

—Y por eso An y él son primos, pero tú y ella no... —dijo Jake despacio, intentando entender todo con la mayor claridad posible—. Y esa mujer, la madre de Kier, está muerta, ¿verdad?

—Exacto, pero mi padre y ella dejaron de estar juntos incluso antes de que Kier naciera, no sé la razón, pero un par de años más tarde se casó con mi madre y...

—... entonces nació el pequeño y bello Lev que está sentado aquí ahora mismo —dijo su amigo con tono burlón y una estúpida sonrisa, que él no pudo evitar devolver—. Y ¿qué tal te llevabas con tu hermano?

—Al principio muy bien, o eso parece en los pocos recuerdos que tengo de cuando era muy pequeño, él siempre jugaba conmigo y me cuidaba, pero... —Lev hizo una pausa al recordar la forma en la que Kier trataba a An. Eso era algo que siempre le había desagradado y ahora estaba seguro de que tal vez su distanciamiento había sido debido a ella.

—¿Pero...? —lo instó Jake.

—Como ya sabes, An y yo nacimos el mismo día, su madre y ella vivían ahí con nosotros así que prácticamente crecimos juntos. A pesar de que era su prima, a Kier nunca le agradó An... Siempre la ignoraba, la echaba si estábamos jugando y ella se acercaba, la insultaba en cada ocasión que podía... —explicó con pesar—. Incluso me decía que no debía pasar tiempo con ella, intentaba hacer que la odiara tanto como él, pero yo no podía. Pasaba una parte del día con él y otra con ella, y a medida que pasaba el tiempo nos íbamos haciendo más amigos. A Kier le molestaba, pero no me decía nada, hasta que comencé a enojarme con él cada vez que trataba mal a An... Para cuando cumplí siete, él ya casi no pasaba tiempo conmigo, y cuando me veía en compañía de An me trataba casi tan mal como a ella.

Jake lo observaba en silencio, se veía muy contrariado. 

—¿Por qué la odiaba tanto?

—No lo sé. Se lo pregunté muchas veces pero nunca me lo dijo...

Se quedaron ambos en silencio, cada uno con la mirada fija en la nada misma. Lev tuvo que añadir otra pregunta sin respuesta a su lista...

—Así que estabas enamorado de la bruja desde pequeño —soltó Jake de repente. Él lo miró muy sorprendido, eso era lo último que se hubiera imaginado escuchar en ese momento—. Ah, vamos... ¡No pongas esa cara! Soy tu mejor amigo, tu hermano, te conozco demasiado bien, y sé que te gusta.

—No me gusta —dijo Lev, negando con la cabeza.

—¿Qué parte de que te conozco demasiado bien no has entendido? Sé cuándo me estás mintiendo, genio.

—¿De dónde sacas eso de que me gusta? —se apresuró a preguntar para no tener que admitir que su amigo tenía toda la razón al decir que estaba mintiendo.

Jake se acarició el puntiagudo mentón como si tuviera mucho que meditar, y estuvo así varios segundos hasta que Lev soltó un bufido de impaciencia. 

—Veamos, desde que te conozco que piensas en una niña-adolescente que tiene sus ojos y su cabello, ¿no te parece extraño que ella fuera la única persona que no habías olvidado del todo? Ni siquiera recordabas algo de tu madre..., y se supone que nuestras madres son las primeras mujeres más importantes en nuestra vida.

—Era mi mejor amiga, pasábamos casi todo el día juntos... ¡Incluso compartíamos habitación! Tal vez por eso no se me olvidó del todo —dijo, intentando excusarse inútilmente.

Jake puso los ojos en blanco. 

—Entiendo que era tu mejor amiga, aunque viéndolos ahora cualquiera lo pondría en duda —comentó más para sí mismo que para Lev—, pero bueno, también estabas enamorado de ella entonces...

A Lev no le entraba en la cabeza cómo Jake podía decir aquello con tanta seguridad. 

—A ver, explícame, ¿por qué estás tan seguro de eso?

—Porque si estabas enamorado de ella desde pequeño, eso explicaría la razón de que te hayas sentido tan atraído hacia ella desde el primer día —contestó. Lev quería decirle que no se había sentido atraído ni nada de eso, pero él no le dio tiempo y continuó—: Porque la verdad no creo que haya sido algo como amor a primera vista como a mí me ocurrió con Gwen, además tú no crees en eso. La única explicación es que estabas enamorado de ella desde pequeño, y que al verla otra vez y empezar a recordarla comenzaron a aflorar todos esos sentimientos de antes. —Jake esbozó una sonrisa y lo miró, de sus ojos azules rezumaba la más pura burla—. Es muy romántico si lo piensas así, ¿quién diría que ibas a ser tan tierno? ¡Diez años enamorado de tu primer amor! ¡Por eso no te gustaba ninguna otra, porque en el fondo seguías enamorado de ella! Aww... Podría escribir el mejor guión de película romántica con esto y hacerme rico, en serio.

—No logro entender cómo es que tu cerebro trabaja tan rápido para estas cosas, pero a la hora de hacer un examen de a dos va más lento que una tortuga —fue lo único que pudo decir Lev tras unos minutos, mirándolo con seriedad.

Jake rió por lo bajo. 

—Es que entonces estás tú para pensar todo y mi cerebro descansa —admitió—. ¿Y eso significa que tengo razón? Aunque claro que ya lo sabía...

—¡Eso no significa nada! ¡Ya vete a dormir! —replicó Lev, haciéndole señas para que se levantara de su cama y se fuera.

Sin dejar de reír, Jake se levantó y caminó hasta la puerta. 

—¡Bien, bien! Ya me voy y te dejo en paz —dijo mientras apoyaba la mano sobre la perilla—. Ah, y voy a dormir aquí, porque ya tengo mucho sueño y no tengo ganas de caminar hasta casa. Despiértame cuando te levantes, olvidé mi celular. Buenas noches... ¡Que tengas dulces sueños con la bruja! —exclamó antes de salir de la habitación. 

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