𝓟𝓻𝓸́𝓵𝓸𝓰𝓸
Izuku Midoriya no podía comprender por qué a pesar de haberse presentado como un alfa, su carácter sumiso e inseguro seguía instalado en su forma de ser, como un parásito que no le podría permitir vivir una vida plena y respetable. Era desesperante ver cómo todos sus compañeros que se habían presentado como alfas habían cambiado su forma de ser, pasando de ser niños frágiles a hombres hechos y derechos encarcelados en cuerpos infantiles, mientras que él continuaba con su actitud insegura, temerosa y débil.
Lo único que podría realmente llegarle a considerar alfa podría ser su gran fuerza de voluntad, pues siempre que se comprometía a algo se le hacía imposible dejarlo a medias.
Eso mismo sucedió con Yuuei, la academia con la que había estado soñando toda su vida. Sabía que de allí habían salido los hombres más famosos y las mujeres más reconocidas del presente, ya fuesen alfas, betas u omegas. Tal lugar no hacía distinción alguna con los géneros, y su único punto negativo era lo cara que era.
Midoriya comprendía el por qué era tan cara. Es decir, era comprensible que una educación tan buena fuese así de cara, y fue por ello que desde su infancia se encargó de ahorrar lo suficiente como para poder postularse.
El examen escrito no fue realmente complicado. Eran preguntas que cualquier estudiante promedio podría responder correctamente, aunque debía admitir que algunas se le fueron en exceso difíciles, y logró la cantidad de puntos necesaria para poder ser seleccionado entre la gran cantidad de personas que querían inscribirse, entrando así a la academia de sus sueños.
Jamás olvidaría la emoción y el orgullo de su madre cuando la carta con las puntuaciones llegó, consciente del gran logro de su pequeño hijo y el esfuerzo que este invirtió para lograr tal increíble resultado.
Tanto su madre como el resto de su familia creyó que Izuku Midoriya se presentaría como un omega. Es decir, hasta él se sorprendió cuando experimentó su primer celo y se dio cuenta de que se había vuelto un alfa.
Era por eso que ver cómo Izuku poco a poco iba mejorando en sus metas diarias y consiguiendo hacer sus sueños realidad, verlo creciendo y desarrollándose como persona. La única falla en su comportamiento era su nula capacidad de tomar decisiones por cuenta propia, el no ser capaz de defenderse de las burlas que algunas personas le dedicaban y sentirse mucho más inferior que los demás alfas.
—¡Izuku! —la señora Midoriya se acercó hacia él, abrazándole mientras lágrimas caían por sus mejillas.
Izuku rebufó, algo hastiado por la actitud demasiado emocional de su madre. Era increíble el haber logrado lo que nadie de su familia había logrado todavía, pero quizás esa constante alegría era demasiada exageración.
—Mamá, debo marcharme ya —declaró Izuku, dejándose abrazar nuevamente—. Llegaré tarde a mí primer día de clases.
—Estoy muy orgullosa de ti —sollozó Inko, dejando ir a Izuku.
El pecoso estaba acostumbrado a esos tratos tan cercanos de su madre y a lo protectora que solía comportarse con él, pero a veces se sentía abrumado por ello, como si se tratara de un niño pequeño que no se podía valer por cuenta propia.
Pero eso no podría decírselo a su madre a menos que quisiera ponerla triste, y eso era lo que menos deseaba en el mundo.
—Lo sé, mamá —respondió el chico ajustando su mochila a sus hombros—, pero de verdad, debo marcharme ya. No creo que les de muy buena impresión a los profesores que llegue diez minutos más tarde.
—Bueno, puedes marcharte —le dejó finalmente la mujer beta, secando sus lágrimas de felicidad—. Ten mucho cuidado, Izuku.
—¡Sí!
Con esa exclamación, Izuku partió hacia su destino: la gran academia Yuuei, donde se esforzaría lo máximo y lograr mantener sus buenas calificaciones hasta el final.
Por el camino hacia la academia, se topó con todo tipo de personas. Alfas, betas, omegas, niños que todavía no se habían presentado... Era una reunión pacífico entre todas las clases de gente que había, y eso hacía sentir feliz a Izuku, quien era consciente de que, en el pasado, muchos omegas fueron despreciados y humillados por su condición jerárquica. Pero, ahora, eso había cambiado, y todos tenían los mismos derechos de conseguir un buen futuro.
El pecoso hundió su mano en su bolsillo, tomando una tarjeta medianamente grande donde estaban escritos sus datos y la clase en la que había sido asignado: 1-A.
Sentía una gran emoción al pensar que aquel día podría conocer finalmente a sus nuevos compañeros de clase y el cómo serían, aunque por otro lado temía por cómo pudiesen llegarlo a tratar por no parecer verdaderamente un alfa. Tenía miedo de no encajar, de no ser aceptado por los otros, pero sabía que eso solo eran tonterías. La gente podía ser cruel, pero tenía la esperanza que su clase no lo fuese.
No tardó mucho en llegar a la academia y comprobar lo grandiosa que esta era. Un edificio perfecto para albergar a miles de estudiantes (o bueno, quizás estaba exagerando), rodeado de un no muy grande muro y sitio en el que estudiaría por tres años seguidos.
¡Era increíble! Izuku siquiera podía creerse que había logrado entrar en esa preparatoria tan prestigiosa, pero no pensaba desaprovechar su oportunidad de lograr completar sus estudios en tal lugar.
Con los ánimos renovados, Midoriya dejó los malos pensamientos a un lado y comenzó a dirigirse hacia el interior de la academia, contemplando con maravilla y con ojos brillantes la gran cantidad de estudiantes que se dirigía hacia el interior de la academia, sonriendo de forma boba y tropezándose con sus propios pies.
«Maravilloso», pensó en mitad de la caída. «Voy a hacer el ridículo antes de siquiera poder entrar en mi aula».
—¡Cuidado! —una voz femenina y algo aguda resonó en sus oídos y sintió unas manos agarrar su ropa, frenando de forma abrupta la caída.
Cuando Izuku giró su rostro y respiró fue abrumado por el aroma dulce a algodón azúcar, perteneciente a una omega de cabello castaño, ojos increíblemente grandes y mejillas sonrosadas. A vista del pecoso, la chica parecía un ángel, sobre todo porque le había salvado de caer al suelo de forma estrepitosa.
—Tienes que tener más cuidado, no sería bueno tropezar en el primer día de clases, ¿no? —le dijo la chica mientras comenzaba a caminar hacia el interior de la academia.
El chico permaneció quieto durante un rato, algo avergonzado por haber hecho el ridículo frente aquella omega, pero pronto se recuperó de aquella vergüenza y finalmente entró en el pasillo que le conduciría a su clase.
Con nerviosismo, comenzó a abrir la puerta de la clase y comenzó a caminar con todos los músculos tensos hacia su nueva aula, observando de reojo y completamente intranquilo a quienes serían sus compañeros de clase por el resto de años, abrumado por la gran cantidad de aromas que se colaron en sus fosas nasales, aliviándolo al saber que no habían separado a los alfas del resto de géneros.
Pero, dos de los aromas allí presentes se le hicieron realmente conocidos, el aroma a algodón de azúcar que había sentido hacía cuestión de minutos y el aroma que durante toda su vida había significado un mal presagio: olor a pólvora.
¿Acaso Kacchan también había sido asignado a su clase? ¡Demonios, eso significaba que su muerte estaba más que cerca!
El pecoso confirmó rápidamente sus sospechas cuando vio, sentado de forma despreocupada y orgullosa en una de las mesas, a quien había sido su vecino durante toda su infancia: Katsuki Bakugou, un alfa que había pasado la mitad de su vida molestándolo con el objetivo de volverlo alguien más capaz de sí mismo. Izuku comprendía sus intenciones, pero de todas formas sentía miedo de él, y eso sería complicado que cambiase su forma de actuar.
Su mirada, a parte de observar aturdido al que había hecho de su infancia un infierno de golpes, se paseó por el resto de sus compañeros, viendo entre ellos a la chica que en la entrada había evitado que cayese.
Pero, por algún motivo, su mirada se paró en un chico en específico. Por su intenso aroma a menta, supuso que se trataba de un alfa. Era un joven de mirada fría, ausente, como si no estuviese realmente allí. Su cabello era bicolor, con la mitad de un color blanquecino como la nieve y la otra mitad rojiza, y sus ojos padecían de heterocromía, siendo uno gris y el otro de un celeste puro rodeado de la cicatriz de una dolorosa quemadura.
Midoriya tragó saliva y avanzó hacia su puesto, hipnotizado por el físico apuesto de ese alfa, y la vergüenza creció cuando sus miradas se cruzaron de forma esporádica.
No. No estaba bien fijarse en otro alfa, no lo estaba. Pero, incluso si sabía eso, ¿por qué su mirada deseaba volver a chocar con esos misteriosos ojos? No estaba del todo seguro, pero tenía el presentimiento de que ese chico sería importante en su futuro.
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