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The Inverted Forest

Una nueva arcada atacó su cuerpo, y Yut Lung tuvo apenas tiempo suficiente para tomar un poco de aire antes de que vaciara todo el contenido de su estómago en el baño personal de su habitación. A unos pasos de distancia; Sing, quien no había parado de mirarle desde que hubiera entrado a la pequeña habitación como alma que lleva el diablo, parecía estar indeciso sobre si entrar con él y ayudarle o darle muchísimo más espacio y esperar por lo mejor.

Los gritos del joven alfa le habían causado una jaqueca más rápido de lo que le hubiera gustado admitir. Sus palabras y preguntas se habían fundido en una retahíla que Yut Lung no había tenido el deseo suficiente de desenmarañar y su aroma, antes algo que el mismo Yut Lung podría haber confesado le agradaba un poco más de la cuenta, se había vuelto un tanto difícil de soportar.

— ¿Acaso me estás escuchando?

El tono enfadado de Sing era más que claro, y su lenguaje corporal sólo lo coronaba.

Él había chasqueado la lengua con fastidio, y casi como acto reflejo llevado la copa que tenía en la mano a sus labios. El fuerte manotazo de Sing no se hizo esperar, mandando la pobre copa a volar lejos y estrellarse contra el suelo de la habitación, manchando la alfombra por segunda vez en el mismo día.

— ¡¿Acaso estás loco?! ¡No puedes tomar eso!

Su repentina acción le había llenado de sorpresa, pero mucho más de enfado. Yut Lung sólo había lanzado una maldición al aire antes de darse la vuelta e intentar salir del lugar, de pronto perdiendo cualquier atisbo de deseo de continuar hablando con el joven alfa.

Aunque sus pies no lo habían llevado realmente muy lejos. No porque Sing lo hubiera tomado por los hombros, deteniéndole de manera extremadamente dramática; como en algún drama barato, ni con palabras mucho menos.

Había sido su nariz.

La mansión era bastante grande, lo suficiente como para Yut Lung pudiera mantenerse apartado del bullicio -pequeño- que eran sus hombres trabajando diariamente, y para que los olores de su comida se mantuvieran en únicamente ciertos espacios del lugar durante su presentación. La nariz de los omegas era algo de admirar, y aquello era conocimiento de libro de texto. Le había ayudado mucho en su momento, para diferencias una planta de otra cuando se encontraba estudiando herbolaría; y por supuesto que también cuando intentaba reconocer al menos el mínimo grado de interés en algún hombre en él.

Claro que también era conocimiento teórico que un omega embarazado, tendría sus capacidades olfatorias increíblemente incrementadas. Empero, Yut Lung no había imaginado la magnitud hasta ese momento. No hasta que la esencia de Sing pareciera mezclarse con la de los guardias que no se habían alejado mucho de su puerta, y con el ya de por si característico aroma de la comida china que su cocinero había sido instruido a preparar.

Semejante mezcla de aromas tan distintos había sido demasiado para él.

Ergo, su situación actual.

Vomitar hasta que su cuerpo pidiera un basta no era una experiencia nueva, debía admitir. Había pasado eso por voluntad propia como no. Durante las primeras etapas de su tratamiento hormonal, tanto como las primeras veces donde su único amigo y compañero de noches agrias deseando olvidar era cualquier licor que pudiera caer en sus manos.

Y ahora, esto le recordaba mucho más a la primera.

Una nueva arcada recorrió su cuerpo, y tuvo que utilizar toda la fuerza con la que contara para sostenerse y no caer de lleno al suelo.

No había probado bocado en todo el día, gracias a lo que él creía era una gastritis o algo similar, dado el molesto ardor que lo atormentaba todas las mañanas desde hacía un par de semanas.

Cómo no le habría gustado que fuera el caso.

—... ¿Terminaste?... ¿Cómo te sientes?

La voz, algo dubitativa, de Sing llegó hasta sus oídos. Ese tono no era usual en el alfa, quien desde pequeño había sido mucho más lanzado y tozudo que cualquier otro muchacho de su edad, e incluso más que miembros mayores de su propia pandilla.

Aunque, esta no era una situación usual, caviló Yut Lung con dificultad. Parpadeando con un poco más de fuerza, intentando apartar las lágrimas que se habían formado en sus ojos sin que él quisiera.

Malditos reflejos.

Podría estar peor.

Habría querido responder, con un tono sardónico y pagado de sí mismo. Aún si era solo para salvar un poco de la imagen que aún quería mantener.

Empero, su boca agria y garganta adolorida prefirieron no hacerlo. Aún dolía.

Solo dejó salir un sonido gutural, suficiente señal de que el inexistente contenido de su estómago ya había vaciado por completo. Al menos, por ahora.

Un ahogado suspiro llenó la estancia. Sing, entonces, se acercó y lo tomó delicadamente por los hombros, como intentando hacerle de nuevo punto de soporte.

El cuerpo de Yut Lung se tensó al instante.

Lejos ya estaba el aroma que denotaba la beligerante actitud del alfa de hacía unos minutos, al igual que el penetrante aroma de alguien claramente listo para saltarte al cuello a la mínima respuesta errónea.

Sing, nuevamente, olía como Sing. Ese tan familiar y aroma al que Yut Lung se hubiera acostumbrado con el paso de los años.

Y lo odiaba.

En ese momento, de verdad lo odiaba.

—Vamos... te llevaré a la cama—Porque como osaba Sing, a poder mantenerse como siempre en una situación así...

Era extraño y casi irrisorio cómo es que la mente de Yut Lung funcionaba, pues prefería el enfado de Sing a esa tranquilidad tan artificial. Sus manos ayudándole a avanzar hacían que tuviera ganas de romper otra copa de vino nuevamente, lanzándola esta vez contra la cara de su subordinado.

Quizá si hubiera tenido otra cerca, o habría hecho.

Pero la fuerza en sus brazos y piernas aún no regresaba, y deseaba dejar de hacer un espectáculo de sí mismo. Al menos por hoy.

Sus ojos fueron a parar al rostro de Sing entonces, prefiriendo concentrarse en algo más además de su creciente ira, mezclado con algo más.

Sus cejas estaban fruncidas, y su expresión era algo extraña. Una que Yut había visto sólo en contadas ocasiones. La mayoría de ellas, relacionada con el molesto Lince de New York y su remedo de compañero.

Vaya cosa graciosa.

Cómico, realmente.

Era la expresión de alguien que tiene algo carcomiéndole el pecho, la de alguien que quiere decir algo, pero no encuentra la manera. Yut Lung la conocía, aún si su propia expresión cambiaba un poco cuando se sentía igual.

¿De verdad quería saber quien era el padre del cúmulo de células que cómodamente parasitaban su vientre?

Comiquísimo.

Tanto que se lanzaría a llorar allí mismo.

Cuando Eiji llegó a casa, finalmente se permitió respirar con calma.

Durante todo el camino había notado una que otra mirada curiosa sobre su persona. Cultura de los beta americanos, ya debería estar acostumbrado.

La voz de su esposo le recibió desde su oficina, donde al parecer aun no había avanzado nada del trabajo acumulado que le había dejado antes de irse un poco más temprano ese mismo día.

Ash trabajaba como columnista, publicaba con regularidad en un periódico donde Max tenía conexiones, y también muchos habían solicitado su ayuda como asesor de trabajos académicos. La inteligencia de Ash era algo que uno no veía todos los días, así que no era extraño el imaginar porqué tantos temas se le dieran con facilidad. Aún si tenía que recurrir al anonimato en algunas publicaciones, o simplemente pedir que su nombre fuera dejado en los "et. All" de los artículos científicos, destinado a perderse entre las largas listas de contribuidores que uno termina no leyendo.

Aunque eso no quisiera decir que Ash no encontrara todo el asunto tedioso de vez en cuando. De otra manera, no habría pilas de trabajo amontonadas allí.

En esos últimos meses especialmente.

La modorra de fin de año y año nuevo, quizá, Ash no podía ser inmune a todo.

Puso sus manos en asas como acto reflejo, y bufó un poco.

—De verdad, esos pobres tesistas deben estar comiéndose las uñas al no recibir respuestas tuyas.

Como si ser estudiante universitario no fuera suficiente estrés. Eiji a veces sentía lástima por los alumnos que enviaban desesperadamente solicitudes a la cuenta de Ash. O de Christopher, más específicamente.

—No es mi culpa que esperaran hasta este momento para buscar un asesor decente, Eiji—Respondió, con ese tono ligeramente jocoso que solía usar cuando hablaban sobre cosas mundanas del trabajo. Aunque la nariz de Eiji nunca le había fallado, y era capaz de ver a través de la máscara de hombre despreocupado con la que Ash antes intentaba engañarlo. Los años de convivencia también ayudaban. Eiji era capaz de leer muy bien a su marido, aun cuando quería aparentar que no era el caso.

Sonrió un poco, y sin prisa; se acercó por detrás, enredando sus brazos en el cuello de Ash. Presionó apenas con fuerza, dejando un beso en su nuca.

El cuerpo de Ash cambió de aroma, apenas. Su esencia aumentando, siendo mucho más obvia para cualquiera que hubiera estado allí.

Alivio.

O algo muy similar.

— ¿Cómo te fue en el médico?

Preguntó como un susurro, elevando una de sus manos y dejándola sobre una de las de Eiji. Suavemente, como si ese fuera el lugar donde siempre había pertenecido.

Y, aún cuando Eiji había pasado todo el camino desde la clínica hasta su hogar repasando las palabras que le diría a su esposo, imaginando los diferentes caminos que podría tomar la conversación e ideando respuestas para cada uno de ellos, se encontró que enfrentado con la pregunta; su mente se detenía.

Dejándole completamente en blanco.

Tragó en seco un momento.

—Bien.

Respondió, besándole de nuevo.

Notas: Creo que esto es lo más largo que he tardado en actualizar un fic que tengo planeado constara de solo capítulos cortos... de verdad lo lamento mucho. La universidad está siendo horrenda con sus horarios, y el clima me dejó en cama una semana entera.

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