The beautiful and damned
Entre el estudio de la decadencia de la sociedad y la ambigüedad al hablar de la moralidad del amor hacen que tanto Ash como Yut Lung pongan en perspectiva la vida que llevan, las vicisitudes que han enfrentado, y si el lugar donde se encuentran ahora realmente encaja con la imagen que tienen de sí mismo.
Advertencias: Descripciones de escenas de abuso, non-con, y con un Ash menor de edad. Sé que son temas usuales en el canon, pero proceder con cuidado siempre, por favor. Su seguridad y comodidad para leer son lo más importante. Si quieren saber exactamente en qué parte está, es cuando Ash regresa a casa del centro comercial.
Ash acarició el interior del cuerpo de su esposo, sintiendo como este se revolvía ligeramente, su cuerpo temblando apenas por los espasmos que aún le recorrían.
El orgasmo que acabara de experimentar parecía estar aun haciendo estragos en él, y Ash sabía perfectamente que ese era el momento favorito de Eiji para ser estimulado.
—Ah...
Lo escuchó jadear, y sus labios se apresuraron a cubrir los contrarios, iniciando un beso cadencioso y lento, al tiempo que sus dedos salían lentamente, deteniéndose entre los muslos de Eiji.
Ash se permitió reír entonces, sintiendo como la propia lubricación del omega mezclada con semen había cubierto por completo la zona. Maravillas del embarazo, diría, aunque eso le haría de seguro ganarse una patada por parte de su esposo, quien aún parecía batallar con el sonrojo que terminaba de asentarse en sus mejillas.
—Ash...—Le escuchó llamarle, y el mentado sólo se limitó a acomodarse mejor entre el cúmulo de mantas en el cual se había convertido su cama, besando su frente con cuidado, como si no le interesara su propia desnudez, o que de pronto su propia hombría pareciera interesada en intentar continuar con sus actividades mañaneras—¿de nuevo...?
Preguntó, con un tono que parecía danzar entre la sorpresa y la jocosidad. Él solo elevó los hombros ligeramente, antes de dejar que su nariz se hundiera en el cabello de su esposo.
Su actividad sexual había incrementado. Considerablemente.
Aquello no debía ser extraño, se dijo, después de todo- el incremento de la libido era algo esperable durante la gestación, y con una pareja casada, que era íntimamente activa, era hasta casi esperable. Ash lo había leído en palabras simples en ese panfleto de la clínica que ahora estaba olvidado en alguno de sus muchos cajones en la oficina. Y, de libros especializados en el tema, también.
La unión hormonal que ambos hubieran desarrollado durante los años, aún si Ash nunca lo hubiera mordido, haciendo su trabajo de maneras sutiles, y no tan sutiles también.
—Qué puedo decir—Susurró Ash, descansando solo un segundo más del necesario sobre la piel de Eiji, antes de observarlo a los ojos—Sabes lo que causas en mí.
Eiji, a su lado, sólo pudo intentar cubrir su rostro ligeramente con el camisón de dormir que aún llevaba encima.
—Estoy pegajoso...
Dijo, como si eso de alguna manera pudiera hacer que la afirmación de Ash cambiase.
—Estas hermoso —Aseguró él, y aún si parte de su cuerpo le pedía que olvidara cualquier posible compromiso que tuvieran ese fin de semana, y se dedicara a adorar cada pedazo del cuerpo de su marido, otra parte; mucho más responsable, y que curiosamente tenía el tono que él siempre utilizaba cuando llevaba el nombre de Christopher, le recordó que tenían una cita con el médico—Déjame preparar el baño, ¿sí? O llegaremos tarde.
Dijo, antes de levantarse sin cuidado de la cama, sintiendo la mirada de Eiji fija en él.
—¿Qué? —Cuestionó, mientras se ponía las manos en la cintura, y elevaba una ceja que completaba perfectamente su semblante provocativo—¿Te gusta lo que ves?
Toda la respuesta que recibió fue una de las almohadas siendo arrojada a su rostro, con los segundos suficientes de diferencia para notar el escarlata de las mejillas de Eiji viajar hasta sus orejas.
—¡Qué delicado! —Se quejó falsamente, con la risa cayendo de cada palabra, mientras intentaba ignorar lo que fuera que Eiji se hubiera puesto a rezongar en japonés.
Avanzó por el departamento, mientras estiraba sus músculos y bostezaba abiertamente. Dio una mirada rápida al reloj, ocho de la mañana. Tenían exactamente tres horas para llegar a la clínica. Hizo cálculos mentales mientras dejaba que el agua llenara la bañera de agua caliente, y se dijo que no había motivos para apresurarse, optando en cambio por tomarse el tiempo que fuera necesario para que el agua estuviera tibia, mientras esperaba que Eiji dejara la cama y llegara a acompañarlo.
—¿Listo?
Preguntó cuándo Eiji estuvo a su lado finalmente, y ante un par de asentimientos le ayudó a entrar al interior de la tina, asegurándose de sostener su mano con fuerza, al igual que su cintura. A Eiji no le gustaba cuando Ash actuaba extremadamente sobreprotector, y se lo había dicho muchas veces; empero- incluso él tenía que admitir que esa era una situación particular, y Ash había leído suficientes artículos sobre accidentes de omegas en espera como para no tomar ningún riesgo con su marido.
—Me haces sentir un poco como si fuera un niño, ¿sabes? —Se quejó Eiji una vez el agua hubiera cubierto por completo su cuerpo, sus largos mechones hundiéndose y peleando por salir a flote.
—¿De verdad? —Cuestionó, mientras él mismo hacía su camino al interior de la bañera, acomodándose detrás de Eiji. Y si bien habían conseguido una lo suficientemente grande como para ambos porque a su esposo le gustaba ocuparse personalmente de lavar su cabello en las pocas ocasiones que tenían para compartir un momento en la misma, esta vez Ash tendría que estar detrás. El voluminoso vientre de su marido exigiendo el espacio que merecía no permitiéndole tomar sus posiciones usuales—Lo lamento—Se disculpó—Lo hago porque me preocupo.
Ash pudo ver los hombros de Eiji relajarse, antes de que se recostara ligeramente para atrás, descansando sobre su pecho.
—Lo sé... no te disculpes—le pidió, al tiempo que las manos de Ash viajaron al vientre de Eiji, acariciándolo con suavidad, pero no hubo movimientos en respuesta—Es lindo cuando lo haces...
Ash permitió que una sonrisa ligera se pintara en sus labios, antes de besar con delicadeza la mejilla de Eiji.
—Humm—Se apresuró a murmurar, sus dedos tamborileando levemente sobre la piel de Eiji—Alguien está muy poco activo hoy—Comentó, con un tono que tono pícaro, que habría usado para molestar a Eiji durante sus primeros meses conociéndose—Creo que no lo dejamos dormir mucho anoche, ni hoy en la mañana.
Un golpe con el codo fue su respuesta, aún si sólo logro que el cuarto de baño se llenara del sonido de sus carcajadas.
—¡Ash!
Eiji giró el rostro, completamente sonrojado.
Era tan sencillo ponerlo nervioso.
—Bueno—Dijo, intentando aparentar tranquilidad, aun si sus palabras parecieron trastabillar un poco—Tiene toda la mañana para descansar—sus dedos buscaron la mano de Ash, descansando sobre ella—Aunque creo que este bebé a veces no considera que yo sí tengo trabajo en la mañana.
Completó, con un tono que le delataba a Ash que estaba haciendo un puchero, logrando que la sonrisa de Ash se ampliara.
—Creo que te mantendrá despierto un tiempo más—Aún si él se encargaba de intentar ayudarle cada que la hora de dormir llegaba. Habían comprado almohadas especiales, que ayudaban a equilibrar el peso del vientre y el bebé, habían leído sobre las diferentes posiciones para dormir y Ash incluso había comenzado a darle masajes de cadera diarios a Eiji, todo lo que estuviera en sus manos para ayudar –aun si fuera un poco- en el proceso de traer a su hijo al mundo—Pero hablando del trabajo, ¿Cuándo comienza tu licencia?
Aquello pareció causar un cambio en Eiji, haciendo que sus hombros se tensaran un poco. Ash se aseguró de dejar un par de besos en ellos, antes de decidir que ya podía intentar lavar el cabello de su esposo.
—Oh, hum...—Sopesó Eiji, mientras parecía hacer cuentas en su mente. Si Ash recordaba bien, había tenido tres reuniones además de la primera, donde además de los certificados médicos que se expedían en la clínica, y la fecha probable de parto, parecían ya haber elaborado el calendario de los meses que Eiji podría tomarse. Después de todo, no había nada que sugiriese que el embarazo de Eiji era uno de riesgo—Falta todavía, será un mes antes del parto y tres meses después de.
Ash no pudo evitar fruncir el ceño.
Aún si los derechos que amparaban a los omega habían tenido un particular repunte desde la última década, especialmente en el ámbito laboral, no sentía que aquello fuera del todo correcto.
—¿Tres? —preguntó, mientras tomaba un poco de shampoo entre sus manos, y procedía a masajear la larga melena de Eiji —¿No te parece muy poco tiempo?
Después de todo, los bebés necesitaban el doble de tiempo antes de que pudieran complementar su alimentación con comida sólida.
El mentado simplemente giró un poco el rostro, lo suficiente para verle.
—Posteriormente me darán horas de lactancia en la mañana—Aseguró, aunque Ash estaba seguro de que eso no sumaría más de una hora en su horario usual de entrada, que se vería aún más recortada si tomaba en cuenta el tráfico de Manhattan—Es una lástima que el lugar no tenga una guardería...
Los dedos de Ash masajearon con un poco más de fuerza su cuero cabelludo.
—Me tendrá a mí aquí...
Aseguró, dejando un raudo beso en el trozo de piel que estaba frente a él, haciendo temblar ligeramente a su esposo, quien aprovechó la oportunidad para acurrucarse más a él.
—Lo sé...—Musitó—Pero me gustaría poder pasar más tiempo con ustedes...
Ash tomó el cabezal de la ducha, que cuidadosamente había dejado cerca, y comenzó a enjuagar el shampoo.
—¿No confías en mí? —Preguntó con un tono ligeramente burlón, ganándose un puchero de parte de Eiji.
—No es eso—se apresuró a aclarar—Es solo que... sé que los extrañaré demasiado...
Oh.
Pensó Ash entonces, mientras dejaba que el agua corriera libremente por el cabello de Eiji, apartando cada pequeño remanente de producto que pudiera encontrar.
La primera vez que hubieran tenido que estar separados durante un horario laboral, había sido toda una experiencia, aún si en la memoria de Ash ahora era uno de los muchos recuerdos que ya comenzaban a teñirse de sepia.
Con Ash encerrado en el apartamento, mientras caminaba de un lado a otro, enloquecido por el de pronto estrepitoso sonido de las manecillas del reloj, y lo aburrido que de pronto parecía todo lo que los docentes de las pocas clases que aún tenía que tomar tuvieran que decir. Siendo calmado únicamente por el constante vibrar de su teléfono, al recibir mensajes de Eiji, que intentaban no tener más de cinco minutos de separación entre uno y otro.
Ansiedad de separación.
Lo había llamado su terapeuta, mientras le regalaba una sonrisa que parecía decir que lo comprendía.
Ash había escuchado ese término antes, utilizado con los cachorros y las mascotas, pero intentó no sentirse particularmente ofendido por ello.
—Pero volverás rápido—Aseguró, mientras revisaba su trabajo en el cabello de su esposo, y tras un murmullo apreciativo, se apresuró a dejar un pequeño beso en su mejilla—Y nosotros estaremos aquí, esperándote.
Eiji finalmente intentó girar un poco más, o al menos; todo lo que su nueva voluptuosa figura se lo permitiera. Su mano derecha dejó el agua, buscando el rostro de Ash, y tras una dulce caricia contra su mejilla, le susurró:
—Estaré contando las horas diariamente—musmuró—desde que salga hasta que pueda verlos...
Su mano libre viajó nuevamente a su vientre, para descansar en este con cuidado. Ash no pudo evitar imitarle, acariciando la superficie por encima de los dedos de Eiji.
Y, quizá era el ambiente; tan pequeño y privado. O, la repentina charla sobre el futuro inminente, que le hizo notar que cada vez estaban más cerca de conocerlo, o conocerla. Y que ya era momento de tomar decisiones serias, que hacía no muchos meses parecían a años luz de distancia.
O, quizá sólo era esa pequeña voz, teñida de inseguridad que gustaba de susurrarle en el oído más veces de las que querría admitir, que finalmente le animó a hacer la pregunta que tenía danzando en su mente desde su última conversación sobre el bebé.
—Eiji...—Empezó, intentando encontrar las palabras correctas—¿Estás seguro?
El mentado sólo soltó un murmullo dudoso, así que Ash tuvo que elaborar.
—Del nombre...
Soltó, un tono más bajo de lo que le hubiera gustado.
—Claro que sí—Aseveró Eiji, mientras sus ojos se rasgaban a la par de su sonrisa—¿Por qué lo preguntas?
Ash sintió el calor invadir su rostro, al tiempo que elevaba los hombros ligeramente, y como quien no quiere la cosa, decía:
—No lo sé... no tienes que hacerlo sólo por mí...
Eiji, por su parte, se limitó a reír suavemente, mientras se acurrucaba en el espacio de su cuello.
—Es un nombre que me gusta mucho, Ash...—Aseguró, y Ash pudo sentir lo suave y pausado de su respiración. Lo dulce de su aroma, y lo seguro de sus palabras—Amaría si nuestro bebé se llama así...
Ash sintió su garganta cerrarse, sólo por un segundo. Antes de que sus brazos se asieran con más fuerza a su cuerpo.
—Además...—Continuó Eiji, ante el claro mutismo de Ash—Tú elegiste el de niña, ¿no? —Preguntó, pero él solo pudo asentir un par de veces, aún sin mediar palabra—Y ambos son preciosos.
Aseguró, buscando su rostro, para poder depositar un beso.
Ash intentó que su voz abandonara su garganta, pero no lo logró. En cambio, sólo giró ligeramente, atrapando los labios de Eiji en un largo beso.
—Gracias...
Susurró, con un tono que parecía tener el anhelo grabado en cada sílaba.
Su aventura en la bañera no duró mucho más después de ello, con Ash notando que la temperatura del agua descendía, y sin querer arriesgarse a que su esposo enfermara, lo ayudó a terminar de asearse, para después hacerlo él.
Eiji se apresuró a cambiarse, y Ash tomó algo de orgullo en el hecho de que hubiera escogido las prendas que él hubiera comprado, aún si no lo dijo en voz alta, parecía más que claro por la expresión de ganador que portó todo el camino hacia la clínica.
Los fines de semana sin lugar a duda eran los más ocupados, pues tan pronto llegaron, Ash pudo notar que ya había una larga fila de parejas esperando. Mujeres, varones, y muchos cachorros. Se permitió respirar profundamente, al tiempo que Eiji tomaba su mano, y buscaban un asiento vacío en la larga hilera de sillas.
Hasta que finalmente llamaron su apellido.
—Winston, Eiji.
Llamó la secretaria, después de dejar una gruesa carpeta, que definitivamente era la historia clínica en la oficina del galeno. Ash suspiró mentalmente, pensando que quizá llegaría algún día en el cual no tuviera que sentir ese extraño tizón en el estómago cada vez que alguien decía ese nombre unido al nombre de la persona que amaba.
El consultorio estaba tan impecable como siempre, y el doctor parecía estar revisando los últimos apuntes que hubiera tomado, pues tardó un par de segundos extra en levantar la mirada y saludarlos. Aún si su expresión bonachona cambió a una mucho más seria en el segundo que notó algo en Eiji.
O, mejor dicho.
La ausencia de ese algo.
—Eiji—Saludó el galeno—Christopher—Agregó—Buenos días.
Ambos respondieron, aun si Ash era capaz de notar la mirada nada sutil del médico sobre su persona.
Todos esos meses la actitud del hombre había sido como una corriente fluctuante, a veces alta, otras no tanto. Entendiendo, o al menos intentando entender, a la persona que era Christopher Winston, el esposo ausente de uno de sus pacientes.
Y, sino fuera Ash quien era el encargado de impersonar a semejante personaje, probablemente hasta agradecería que le tuviera a Eiji tanta consideración.
Incluso ahora, creía que lo hacía. Aún si otra parte suya estaba lista para ponerse de pie y pedirle al galeno, con un par de palabras soeces, que arreglaran las cosas afuera. Ya que todas sus preguntas y comentarios –nada sutiles- cuestionando por su salud, si había tenido alguna clase de problema o complicación, entre otros; parecían sugerirle a Eiji que se buscara a alguien más.
La misma rutina se repitió esta vez, mientras el hombre pesaba y tallaba a Eiji, hacía las preguntas correspondientes, y a él le dedicaba una mirada que parecía estar cargada de significado antes cada respuesta.
Finalmente, les permitió pasar a la camilla.
El vientre de su esposo ya estaba lo suficientemente abultado como para la vieja cicatriz en el lado izquierdo de Eiji fuera visible. Ash aún recordaba la vergüenza con que Eiji le hubiera contado, después de su primera revisión general, hacía tantos años atrás y cuando apenas se hubiera hecho paciente de esa clínica-la reacción del doctor al notar que era una herida de bala, y su subsecuente retahíla sobre la falta de seguridad en el país, y cómo esto había llegado a afectar incluso a la población más vulnerable, como lo eran los omegas.
Ash había intentado regalarle una sonrisa compresiva aquella oportunidad, aún si después de la anécdota se hubiera dedicado a besar dicha cicatriz una y otra vez, hasta que el recuerdo de aquel día se perdiera levemente en su memoria.
Una pesadilla recurrente para Ash.
Y, un cuadrado marcado como anteriores cirugías mayores, en el historial médico de Eiji.
—Bueno, empecemos—Dijo el doctor, mientras esparcía el gel sobre Eiji y sobre el aparato. Ash presionó la mano de su esposo en el momento en el que el transductor comenzó su camino de lado a lado.
La figura del cachorro era mucho más fácil de notar. Su cabeza, sus manos, su espalda y sus piernas.
Ash no podía evitar maravillarse cada vez que lo notaba. Con cada movimiento.
Era una vida. Era su hijo.
Su garganta se apretó un segundo, y su mano hizo lo propio.
—Oh. Aquí está.
Dijo el galeno entonces, deteniéndose un segundo en un pedazo de imagen que Ash no podía distinguir del todo.
—¿Perdone?
—El sexo del bebé—Explicó—Ya puedo verlo. ¿Querrían que se los diga?
Eiji negó rápidamente.
—Preferiríamos si es sorpresa—Dijo—Pero... ¿podría anotarlo? En un sobre.
Oh. Cierto.
Se dijo Ash, mientras buscaba en el bolsillo de su abrigo y le tendía el sobre al doctor. Quien, tras tomarlo, sonrió; al parecer no era una petición poco común.
—Claro.
La revisión duró un par de minutos más, y tras asegurarles que todo estaba bien, procedió a limpiar los remanentes de gel del cuerpo de Eiji, antes de dirigirse a su escritorio y escribir algo en un papel, que posteriormente guardó en el sobre sin mayor miramiento.
La consulta terminó con una nueva prescripción firmada y, mientras Eiji se apersonaba al baño que estaba a un lado del pasillo para poder dejar una muestra para el examen de orina habitual
Ash, por su parte, esperaba en la puerta; mientras intentaba fingir que no sentía la penetrante mirada del galeno puesta sobre él.
Sólo unos minutos más.
—Christopher...
Sin embargo, parecía que ese día el médico se sentía particularmente dicharachero, pues a diferencia de las anteriores oportunidades, sí se atrevió a hablarle. Con un tono que claramente parecía dejar de rozar lo profesional.
—Lo sé—Se apresuró a decir, cortando la frase. Girando sobre su lugar, para dedicarle una mirada penetrante a través del vidrio de los lentes—Lo estoy cuidando.
Espetó, con las palabras que hubieran estado impresas en el panfleto de la clínica grabadas en su mente, así como la imagen de las pocas ampollas de hormona alfa que aun descansaban en su refrigerador.
El galeno, por su parte, le dedicó una larga mirada. Como si intentara analizar algo, o encontrar el mínimo rastro de duda.
No lo logró.
—Eso espero.
Dijo en cambio, estirando la mano para despedirse con un apretón, en el momento exacto en el que Eiji regresaba.
Ash fingió una sonrisa y devolvió el gesto, antes de salir del consultorio sin mirar atrás.
Cuando llegaron a casa, finalmente, Ash tomó dos pedazos de papel, y con un par de marcadores; procedieron a escribir los nombres que ya habrían discutido con anterioridad, doblándolos con cuidado, y guardándolos dentro del sobre también.
—Max se volverá loco
Dijo Eiji, mientras Ash se limitaba a abrazarlo con fuerza y besar su mejilla.
—Definitivamente lo hará.
Yut Lung intentó girarse, sólo un poco, y así como estaba- se dio cuenta de que ahora era casi una tarea titánica.
Aguantó las ganas de maldecir, optando en cambio por usar sus palmas, y arrastrarse de manera poco elegante en el sofá, ayudando a su espalda a tomar una posición más erguida.
Cuando lo logró, suspiro de alivio. Movilizarse, incluso de una manera tan simple, comenzaba a hacerse más y más complicado mientras pasaran las semanas.
Lanzó sus mechones de cabello hacia atrás, alejándolos de su rostro, y enfocó a la persona que estaba frente a él. En el escritorio, Sing parecía hacer un intento sobre humano para entender algo que estaba escrito en uno de sus libros, por la manera en la que su ceño se fruncía y una de sus cejas se movía.
Era eso, o quizá, sólo necesitaba lentes.
—Hm—Musitó, mientras se cruzaba de brazos. La temporada de exámenes finales estaba por terminar, y si todo lo que el joven alfa le decía era verdad, Sing no tendría problemas para pasar ese semestre sin mayores complicaciones. Yut Lung no dudaba aquello, no con las horas de estudio que veía que ocupaban el tiempo de Sing. Sin embargo, sí había algo que aún no terminaba de entender, aún con los años—¿Por qué negocios?
Preguntó repentinamente, haciendo que su acompañante diera un pequeño salto en su lugar, demasiado concentrado en su lectura como para notar la incesante mirada del omega sobre él.
—¿Qué?
Respondió Sing, girando el rostro un poco.
—Negocios—repitió, mientras ladeaba la cabeza, ganándose una mirada curiosa por parte de Sing—No lo sé—Confesó—No parece algo que te interesara. Antes, quiero decir—Completó, una de sus finas cejas elevada en clara señal de confusión.
Sing parpadeó. Una, dos veces. Parecía no haber entendido su pregunta.
—Prometí que te ayudaría, ¿no? —Cuestionó, a lo que Yut Lung asintió parsimoniosamente, con la imagen de un pequeño Sing que acababa de cumplir los quince años se alzaba frente a él, los puños apretados, y la mirada decidida.
Yut Lung no podía creer aún que hubiera creído tanto en la palabra de alguien que, hacía unos años, no fuera más que un simple cachorro.
—Y pues—Continuó Sing—Mientras más creces y más te imbuyes en este mundo, te das cuenta que hay demasiadas cosas que son necesarias...—Analizó, dejando el libro sobre la mesa—No sólo el querer hacer las cosas bien—Aceptó. Y, aun si su tono pareció caer un par de décimas, como el de alguien que ha sufrido de una desilusión, su mirada no vaciló—...Y entonces pensé que, de verdad necesitabas ayuda. Es decir, tus hermanos eran seis, Yut Lung—Puntuó, y el mentado tuvo que morderse la lengua pare decirle que no necesitaba que le recordara el ancho de su antigua familia, pues él la conocía de memoria—Y tú solo eras uno... no suena justo.
Yut Lung habría podido reír.
—Y tú querías hacer el mundo más justo, ¿es eso?
Preguntó, mientras se acomodaba en el sofá.
El rostro de Sing se coloreó ligeramente.
—Sé que no es algo que se pueda hacer sólo queriéndolo—Aclaró, mientras rascaba la parte posterior de su cabeza, y apartaba la mirada un momento—Pero quería hacerlo un poco más justo para ti...
Confesó, y; tras sentir el calor acumularse en sus mejillas, Yut Lung agradeció que no lo estuvieran mirando directamente.
—Ha—Rio, mientras intentaba calmar el latido de su corazón—Suena a que sólo estudiaste esto por ayudarme—Espetó, intentando colocar una expresión crítica—¿Si quiera te gusta?
Sing se rascó la mejilla.
—No diré que es mi cosa favorita en el mundo...—Y, para ser honestos, quién podría culpar a Sing. Yut Lung creía haber conocido a sólo un selecto grupo de personas que disfrutaban de ese aspecto de su pequeño mundo. Como Wang Lung o como Golzine. Y, otra pequeña porción que era realmente bueno al hacerlo, como los dos anteriormente mencionados, o como Ash. Aún si rara vez estos grupos parecían no coexistir en un pequeño espacio en medio del resto de peces gordos, que eran "demasiado grandes para caer"—Pero ayudarte a ti sí me gusta.
Yut Lung se permitió dibujar una media sonrisa.
—¿Es así?
Preguntó, mientras se ponía de pie. Sing estiró una de sus manos en su dirección, con intención de ayudarlo, pero él no lo necesitaba. Al menos no en ese momento.
Se deslizó con cuidado en su dirección, con una delicadeza demasiado practicada como para verse opacada aún con los kilos extra. Descansó frente a Sing, quien a pesar de su altura; sentado como estaba, lucia como una pequeña presa desde el ángulo de Yut Lung.
—Si dices esas cosas, Sing—Murmuró, una de sus manos descansando sobre el respaldo de la silla, y su figura doblándose sobre la del joven alfa—Comenzaré a pensar que me tienes mucha consideración.
Pudo ver las mejillas de Sing colorearse, y sentir su aroma repiquetear en la habitación, al tiempo que dejaba salir una risa nerviosa.
—Creí que con el tiempo...—Dijo, mientras tragaba con dificultad—Eso ya se habría hecho obvio.
Yut Lung se permitió sonreír, bastante pagado de sí mismo.
—¿Qué tanto?
Cuestionó, con su mano libre viajando a la mejilla de Sing, dejando una pequeña línea que delineó su mandíbula.
Lo vio temblar bajo su toque.
—Ah...
Fue su elocuente respuesta.
Yut Lung no pudo evitar reír levemente.
—Cuidado, Sing—repitió, mientras se alejaba lentamente del cuerpo del contrario—Si sigues haciendo tantas cosas por mí.... Vas a hacer que comience a pensar que quizá...
Dijo, dejando la última parte de la oración en el aire, mientras se dirigía a la puerta como si no hubiera ocurrido nada.
Su mano tomó el pomo, y tras un movimiento fluido, ya estaba al otro lado.
—Tienes otras intenciones.
Sentenció finalmente, antes de cerrar la puerta.
Ash aprovechó que era uno de los pocos días que realmente tenía que hacer acto de presencia en el trabajo para unir todas sus diligencias. Despidió a Eiji en la mañana, y comenzó a ordenar todos los papeles que tendría que entregar esa mañana. Recordando, categóricamente, empacar su carta también.
Se preparó mentalmente para lo que venía, pues; si algo faltaba en las oficinas de un periódico- cuando se trataba de temas personales; eso era definitivamente la discreción.
Ya que, tan pronto puso un pie en la oficina, lo que lo recibió fueron sendos saludos de colegas con los que anteriormente hubiera compartido sólo una o dos palabras.
¡Felicitaciones, Chris!
Le dirían.
¡Ser papá es lo más bonito del mundo!
Ash, por su parte, se limitaría a sonreír, mientras estrechaba manos, y hacía su camino hasta la oficina de su jefe.
Y la situación no cambió mucho cuando cambió de edificio, ingresando esta vez en el trabajo de Max. Aún si su rostro no era tan conocido allí, pues Ash no recordaba haber pisado el recinto más que en un puñado contado de ocasiones, y en épocas que se remontaban a sus años de estudiante, más que a su verdadera vida profesional.
Empero, parecía que esa gente tenía realmente buena memoria.
Eso, o Max era más parlanchín de lo que Ash pudiera –o quisiera- imaginar.
Ya que lo que le saludó fue la amplia sonrisa de la secretaria, una que Ash solía recibir sólo antes de que la gente notara que llevaba un anillo de casado –y, en algunas ocasiones, incluso después.
—Bienvenido, Christopher—Saludó la muchacha beta—¿Vienes a ver a tu padre?
Cuestionó, ganándose una sonrisa amable.
—Le informaré en seguida—se dirigió al comunicador, y Ash esperó pacientemente mientras la joven intercambiaba un par de palabras en la línea. Cuando al fin le permitió pasar, pudo sentir su mirada seguirle, aun cuando hubiera entrado en el ascensor.
Ash tenía suerte, se dijo, de estar acostumbrado a lidiar con la atención no deseada. O aquello lo habría puesto de mal humor, y aquella ocasión tenía que ser especial.
Subió hasta el quinto piso, donde sabía estaba la oficina de Max, con un grupo de personas que se movía de aquí para allá, llevando y trayendo papeles, conversando en el teléfono, y tecleando frenéticamente en el computador.
Tardó solo un minuto en encontrar a su padre, quien tenía la nariz metida en el interior de un grueso tomo de folios unidos por un fástener mal acomodado. Caminó hasta su escritorio, y, solo después de aclarar su garganta, fue que el grupo de hombres allí reparó en su presencia.
—Ah-ah ¡Chris! Hola—Trastabilló Max, enredándose con sus palabras.
Ash agitó la mano, mientras sonreía.
Junto a Max, una nueva ola de saludos se dejó escuchar.
—¡Tu hijo vino a visitarte!
Ash rio. Todos los colegas de Max habían iniciado considerándolo su protegido, para después, comenzar a llamarlo abiertamente su hijo. Ash se había preguntado más de una vez cómo es que Max había llegado a inventar semejante historia, la de un adolescente huérfano y sin manada, que había conocido mientras frecuentaba un comedor comunal para un reportaje, y que después de que este le ayudara a conseguir la información que necesitaba –y compartieran profundas conversaciones- había tomado un gran interés en él.
Una historia digna de película de domingo en la tarde, lista para hacer llorar a los más viejos de la familia.
Y, tampoco sabía exactamente cómo es que semejante narrativa había sido suficiente para convencer a periodistas serios de darle una mirada a su trabajo. Aún si Ash estaba seguro que, su propio talento había sido el único responsable de terminar de conocer a los pocos elementos indecisos del círculo de Max.
Su padre hizo un además con la mano, pidiendo silencio.
—¿Qué te trae por aquí?
Cuestionó, mientras Ash hacía un pequeño asentimiento con la cabeza.
—Hola papá—Dijo, con ese tono tan suave que había aprendido a hacer cada vez que se ponía el disfraz—Quería hablar contigo de algo importante, sólo tomará un momento. ¿Estás muy ocupado?
Max parpadeó, sorprendido. Giró el rostro levemente, observando a un hombre que descansaba en medio de la habitación, su escritorio exponencialmente más grande que el de los demás. Su supervisor.
—Oh, adelante, Max—Dijo el hombre, un alfa que ya debía rozar los cincuenta años y cuyo cabello ya pintaba canas. Parecía un hombre severo y pragmático, con un rictus que siempre estaba entre molesto y taciturno. Empero, Ash había descubierto, que era realmente una persona agradable, en lo que cabía- además y había sido quien finalmente hubiera movido a sus contactos para conseguirle trabajo a Ash tan pronto terminara la universidad.
Asintiendo varias veces mientras movía un folder lleno de trabajos de Ash, y aseguraba que Chris era un muy buen chico, y un muchacho ejemplar.
"Para ser un alfa"
Había completado Ash en su mente durante esa entrevista.
—A esta edad, tengo que rogarles a mis hijos para que tan siquiera me llamen—Se quejó, mientras dejaba que un jadeo escapara de sus labios—Así que aprovecha.
Max rio con nerviosismo entonces, mientras se disculpaba con sus colegas, y llevaba a su hijo al pasillo.
Ash agradeció, despidiéndose del resto de personas en la habitación.
—Me tomaste por sorpresa—Max continuó avanzando, con camino al ascensor. Ash, por su parte, siguió su caminar, mientras su padre marcaba el segundo piso, donde ambos sabían estaba la cafetería—¿A qué se debe tu visita?
—Hum—Empezó Ash, manteniendo el secretismo de su visita mientras viajaban, y también, una vez hubieran llegado a su destino—Quería verte.
Aseguró, mientras hacía su camino hacia una vieja máquina expendedora de café, y compraba un par para él y Max. Quien, ante tal gesto, sólo pudo parpadear.
—¿Por qué la repentina amabilidad?
Preguntó mientras tomaba el vaso entre sus manos y daba un largo trago. Ash observó el suyo mientras las últimas gotas terminaban de llenar el recipiente, elevándose de hombros, antes de buscar algo en su maletín y estirarlo en dirección a Max.
Era un sobre.
Max, en medio de un trago de café, elevó una ceja.
—¿Uhm? ¿Qué es?
Ash frunció el ceño.
—¿Cómo que qué es? —Cuestionó, al tiempo que Max tomaba el sobre en su mano libre, e intentaba ponerlo a contraluz sin éxito alguno.
Ash suspiró.
—De verdad eres...—se quejó—Después de que insistieses tanto con querer hacer una fiesta—Bufó—No me hagas cambiar de parecer.
Y, tan pronto las palabras abandonaron sus labios, Ash pudo ver como el rostro de Max cambiaba en tiempo real, pasando por una vorágine de emociones.
Duda. Sorpresa. Y extrema felicidad.
—¡¿La respuesta está en el sobre?!
Gritó, haciendo que Ash tuviera que cubrir sus oídos, así como causando un sobresalto en las pocas personas que se encontraban comiendo en ese momento.
—¡No grites!
Instó, pero sus palabras quedaron ahogadas por los fuertes brazos de Max, quien; sin importarle si terminaba derramando líquido caliente sobre ellos, lo presionaba con fuerza contra su pecho.
—Gracias, hijo...—susurró, con su rostro rozando cariñosamente la propia mejilla de Ash, de la manera en la que los padres solían hacer con sus cachorros, en un intento de impregnar su aroma. Ash no era un cachorro, y él y Max realmente no compartían un lazo sanguíneo, sin embargo, pudo sentir como su corazón se agitaba—por dejarme ser parte de esto.
Ash sintió su rostro arder, y; sin importarle si de pronto habían pasado a ser la atracción principal del lugar, le devolvió el abrazo.
—De nada... Papá.
Sing había pasado los últimos diez minutos observando un pedazo de papel, con una intensidad tal, que Yut Lung había comenzado a pensar que se trataba de alguna clase de documento legal.
Aunque estaba seguro de que ningún estudio de abogados que se preciase utilizaría flores en su papelería.
—¿Qué traes allí? —preguntó finalmente, dejando que su curiosidad tomara lo mejor de él; ganándose un pequeño sonido de sorpresa por parte de Sing; quien, de manera rauda, procedió a guardar la misiva en el interior del sobre.
Yut Lung elevó una ceja, sintiendo su curiosidad incrementar.
—Me invitaron a una fiesta—Explicó—Es la inauguración de una nueva sede de la revista de la señora Randy.
Oh. La esposa de Max Lobo.
Yut Lung había hecho su justo trabajo de investigación sobre la mujer en su día, aún si sólo había sido el meter las narices en su historia laboral, su estado marital, así como su dirección. Lo suficiente como para que pudiera hacerse una imagen de la clase de persona a quien su hermano pensaba utilizar de carnada, pero absteniéndose lo suficiente como para no sentir ese pequeño remanente de angustia en el estómago al sentir que traicionaba a alguien de su propia casta.
Un instinto que había aprendido a mantener a raya mientras más años pasase bajo el yugo de su apellido, y que hoy por hoy; podía decir que era casi inexistente.
Aún si, al enterarse de los niveles a los que los hombres de su hermano habían llegado, mentiría si no dijera que había sentido una arcada saludarse desde lo más profundo de su garganta.
No debería haberse sorprendido, claro que no. Las aves del mismo plumaje gustan de anidar juntas, después de todo.
—Creí que vivía en Los Ángeles.
Dijo en cambio, mientras se sentaba junto a Sing, observándolo con curiosidad.
—Se mudaron aquí hace poco.
—Vaya—Murmuró, al tiempo que una sonrisa apreciativa se formaba en sus labios—¿Por el lince?
La mirada de Sing se tornó dubitativa, aún si la pequeña sonrisa en sus labios le decía a Yut Lung que, incluso ante sus ojos, la verdad era más que clara.
—No estoy seguro...—Empero, optó por decir.
Yut Lung jadeó con falsa sorpresa.
—Te falta capacidad analítica, Sing—Puntuó, mientras se ponía de pie—¿E iras?
Él mejor que nadie sabía de la caótica historia de Sing y sus lealtades, cambiantes a ojos de superiores, y firmes para el joven y los que se hubieran mantenido fieles a su puesto de mando. Sing era uno de los más aferrados a afirmar que no podías traicionar a los tuyos, hablando de etnia y raza, pero a la vez; también había sido el primero en decirle que se pondría en contra suya, tomando el bando de Ash. Y, por ende, el de sus amigos.
Yut Lung en ese momento no le había tomado mucha importancia, viendo en él solo a un cachorro perdido, que intentaba imprimar en el primero que le recordara al menos un poco al difunto Shorter.
Qué equivocado había estado.
—Claro que sí—afirmó—Son mis amigos, después de todo.
Yut Lung ahogó una risa sardónica, sus brazos envolviéndose alrededor de su figura, presionando levemente.
—Tienes una muy curiosa lista de amigos...—Tentó, mientras se movía por la habitación, hasta llegar detrás de Sing—Y supongo que Okumura Eiji también estará allí, ¿verdad?
Sing se giró entonces, para volver a observarlo, mientras una expresión que Yut Lung sólo podría describir como complicada se pintaba en su rostro.
—Sabes que sí—Dijo, antes de ponerse de pie y suavizar su mirada—Prometo que me ducharé antes de regresar.
Ofreció entonces. Yut Lung no se molestó en ocultar su molestia, mientras bufaba.
—Ni siquiera deberías estar lo suficientemente cerca de él como para que su aroma se te impregne, Sing—Comentó—Es un omega casado, ¿no? —Continuó, cambiando su tono por uno que parecía ser dulce, pero estaba lleno de algo como discordia. Era su manera favorita de hablar, después de todo.
Sing, empero, no picó el anzuelo. Riendo en cambio, mientras una de sus grandes manos se posaba en su cabeza, acariciándolo.
Yut Lung se quedó helado.
—Eres gracioso—Le dijo, y Yut Lung no pudo, ni quiso, detenerlo cuando su mano descendió por su cabello, acariciando las hebras con delicadeza—El aroma se esparce, Yut Lung, especialmente uno tan fuerte como el de un omega en cinta.
Dijo, y no era algo que tuvieran que explicarle, se trataba de básica biología humana, después de todo.
Yut Lung apretó los labios, intentando infructuosamente ocultar el pequeño puchero que se hubiera formado en ellos, ganándose una nueva risa de parte de Sing.
—Además—Continuó—Si tú no cubrieras tu aroma—Pues, después de todo, no era como si Yut Lung quisiera anunciar al mundo que el solitario y única cabeza de los Lee ahora se encontraba en una posición mucho más vulnerable, mucho menos a sus socios comerciales—También olería como tú.
Eiji había sacado cada ítem de ropa que poseyera, ya estaba seguro de ello. Los sendos montículos de ropa que se apilaban en la cama y los muebles, podían dar fe de su esfuerzo, también.
—Esto es una pesadilla...
Murmuró, dándose finalmente por vencido, mientras se sentaba en la única silla vacía de la habitación.
Nada de su guardarropa le quedaba, y todo lo que sí, no era adecuado para la clase de reunión a la que debían de asistir.
Ash por su parte le había dicho que no se preocupara, que, si no encontraba algo, podrían comprárselo antes del evento. Y que él mismo se encargaría de comenzar a buscar de camino de regreso de la tintorería.
Claro, para él era fácil decirlo. No existía pieza de ropa inventada por el hombre aún que no se viera bien puesta encima de su esposo, y esa era una verdad que Eiji no había tardado mucho en entender. Especialmente para eventos de gala como aquel.
La fiesta de Max y Jessica era especial para todos, y una gran oportunidad para terminar de cimentar los lazos comerciales de Jessica, con otros peses gordos de la cúpula del entretenimiento neoyorkino, Eiji quería dar una buena impresión.
—Oh, Eiji. Lo harás—Le habría asegurado Ash, antes de dejar un pequeño beso en su temple—Eres encantador, después de todo.
Él, en cambio, no estaba realmente seguro.
Aún si decían que los omega en espera eran particularmente vistosos, activando un primitivo instinto que- según los libros- estaba grabado con fuego en cualquier miembro de la raza humana. El de proteger y cuidar de los cachorros, y cualquiera que les diera vida.
Eiji había creído eso en Japón, cuando su mayor contacto con la sociedad fuera de su pequeño pueblo natal fueran los libros de salud pública, y el noticiero de las mañanas.
Empero, ahora, ya no era tan crédulo.
Aun así no pensaba defraudar a sus amigos, ni siquiera si tenía un coro de voces en el oído que parecían recordarle que si antes no era más que una visión común a ojos de las personas, ahora lo era con el agregado de una figura poco agraciada.
Es decir, incluso Ibe-san iba a acudir, con un boleto que Max le había conseguido, alegando que después de tantas peripecias vividas juntos, no podría imaginar tremendo hito en la vida de su familia sin su fiel amigo junto a ellos.
Y, de acuerdo a su última llamada, incluso iba a traer algo para él.
—¿Te quedarás tanto tiempo?
Había preguntado Eiji, al notar que su estadía en los estados unidos no iba a ser únicamente para la ceremonia, sino, para varios meses más.
Exactamente, hasta un mes después de su fecha probable de parto.
Ibe-san, al otro lado de la línea, sólo habría reído un poco, de esa manera que a Eiji le decía que se estaba rascando la mejilla, quizá un poco avergonzado.
—Sí. Eiko tiene una larga lista de viajes de negocio esperando por ella, y quería aprovechar la oportunidad—aseguró—ambos estuvimos hablando mucho de ello.
Eiji no pudo evitar soltar un sonido de sorpresa, antes de sonreír, aun si Ibe-san no podía verle. La relación de su mentor y la mujer que amaba era antigua, datándose incluso de antes de los días que ambos se hubieran conocido, y aún si aún no daban el paso para casarse; Eiji creía que era una de las relaciones más fuertes que conociera.
—Además—Se apresuró a agregar Ibe—Hay un par de contratos allí que quisiera revisar. Debo agradecer que nunca me falta empleo.
Eiji no pudo evitar reír.
—Ibe-san—murmuró—De verdad pareciera que prefieres trabajar aquí.
El mentado soltó un suspiro mezclado con un quejido.
—Ahh, ¿tú también; Ei-chan? —Cuestionó, aún si Eiji quizá ya había pasado hacía tiempo el rango de edad donde fuera esperable que siguieran refiriéndose a él por un apodo infantil—Suenas como Eiko—Jadeó, antes de ahogar una risa—Pero creo que viajar constantemente me hace bien. Me ayuda a mantenerme fresco, ¿sabes? Y además...—Dijo, mientras su voz parecía tomar un tinte más suave, casi como el que hubiera utilizado con él en los días que hubiera estado restringido a una cama de hospital—Ella adora ver el mundo a través de mis fotografías.
Eiji no había podido evitar sonreír con dulzura.
—¿Y nunca ha querido venir aquí contigo?
Ibe murmuró una negativa.
—Dice que está muy ocupada. Es una mujer de negocios, ¿sabes? —Puntuó, y Eiji lo sabía perfectamente. Alfa e hija única de una prominente familia, que había conocido a Ibe cuando este aún estuviera en la universidad, encantada por el trabajo fresco del fotógrafo—Pero me dijo que quizá en un futuro, para poder ver al bebé.
Aquello había hecho que la sonrisa de Eiji solo se ampliara, mientras su mano acariciaba su vientre.
—¿Le hablas mucho de nosotros?
—Un poco—Había concedido el hombre—Pero ella sabe lo importante que eres para mí. Vio las fotografías que te tomé, después de todo.
Eiji se mordió los labios, aún no acostumbrado a los halagos sutiles de su mentor.
—Me encantaría verla de nuevo...—Aún si la primera vez, sólo había sido un segundo, durante una de las exposiciones de Ibe mientras aún fungía como su ayudante. Con el joven fotógrafo en ese momento intentando hacerlo más partícipe de su propia vida privada, presentándole a su novia, y en otra ocasión; a su sobrina.
—A ella también—había asegurado él, aun si su tono parecía haberse tornado dubitativo al minuto siguiente, haciendo un par de sonidos que a Eiji le indicaban que estaba pensando en algo complicado—Y sabes, Ei-chan... no es la única...
—¿Hum?
—Es que...—Comenzó el beta, quien al parecer seguía batallando con sus propias ideas—Llevaré algo de Yume-chan, también.
—Oh—Su hermana. Aquello hizo que la pequeña tensión que se había construido sobre sus hombros se disipara. Aún si Ibe-san vivía con la idea de que era persona no grata en la residencia Okumura, la verdad era que su hermana adoraba al hombre, influenciada un poco por el corto tiempo que hubieran compartido bajo el mismo techo, y un mucho por las constante anécdotas de su hermano.
—Y no sólo de ella, según lo que me dijo.
Eiji elevó una ceja, confundido.
—...es un regalo de tu familia entera, Ei-chan
Eiji se quedó patidifuso.
Sus padres no habían intentado contactarlo de nuevo.
—¿Un qué...?
Ibe rio de nueva cuenta, aún si esta vez parecía ser por el nerviosismo
—Tampoco entiendo muy bien—Aseguró—Pero Yume me dijo que lo entenderías tan pronto vieras el regalo.
Eiji no había podido evitar sentirse contrariado ante tal declaración. Empero, no era su idea poner a Ibe-san en una posición más incómoda de la que ya se encontraba, así que, tras un segundo dedicado a suspirar, había murmurado una suave afirmativa.
—Está bien... confió en ti, Ibe-san
Había murmurado, antes de colgar, al tiempo que su mano descansaba sobre su vientre y-pensaba, en pos de su pequeño, que sus abuelos maternos eran realmente personas complicadas.
Una patada lo despertó de su ensoñación, haciendo que se doblara ligeramente sobre sí mismo.
—Ouch...—se quejó, mientras una de sus manos viajaba a la zona dañada—¿Qué pasa? —preguntó al aire, mientras acariciaba su propio cuerpo con suavidad—¿No te gusta que sobre piense tanto?
Cuestionó, aun si esta vez no recibió respuesta.
—Ha... eres igual a tu padre, pequeñito.
Cuando el día de la fiesta llegó, Ash ya había conseguido un nuevo traje para Eiji. De esos que eran especialmente diseñados para omegas, con un corte que, aún con el vientre prominente, mantenía una caída bien definida.
Ash y los trajes se conocían, como solo los viejos amigos pudieran hacerlos, obligado a utilizarlos desde que hubiera sido lo suficientemente alto como para que sus dueños notaran que lucía bien con uno.
Por el contrario, Eiji, parecía aún muy incómodo con su propio reflejo. Girando de un lado a otro frente al espejo, atando y soltando su cabello. Optando, finalmente, por dejarlo caer.
Ash se cruzó de brazos con una pequeña sonrisa, mientras disfrutaba del espectáculo.
—¿De verdad crees que luzco bien...? —preguntó finalmente, mientras sus brazos se enrollaban sobre su propio vientre.
Ash se puso de pie entonces, acercándose desde atrás, y dejando que sus brazos se enlazaran en la cintura de Eiji.
—Luces precioso—Aseguró, ganándose un sonrojo naciente de las mejillas de su marido.
—Tú luces precioso...
Aseguró, y Ash agradeció, no por primera vez; que esas palabras saliendo de los labios de Eiji, sonaran tan bien en sus oídos.
Esperaron la llamada del taxi que vendría a recogerlos, prefiriendo el costo extra en la tarifa antes que aventurarse con cualquier taxi amarillo de las calles neoyorquinas, obteniendo una sonrisa conciliadora por el joven beta que estaba detrás del volante, enfundado en un traje que parecía ser más un uniforme que ropa de día a día, especialmente cuando Ash se hubiera tomado el trabajo de abrir la puerta para su marido, ayudándole a entrar al vehículo.
Las calles de la gran manzana, como siempre, estaban abarrotadas de vehículos. Autos, motocicletas, y un par de camionetas que parecían comenzar a hacerse lugar en la jungla de concreto.
La agencia de Jess tenía una ubicación céntrica, rodeada de múltiples espectaculares donde esta se promocionaba, haciendo que fuera imposible el perderse.
En la entrada, notó Ash-una vez hubieran estado lo suficientemente cerca, incluso había una especie de alfombra roja, junto a un par de grandes y vistosos adornos en ambos flancos de la puerta.
—George no mentía cuando dijo que Jessica tenía un muy buen sueldo...
Soltó entonces, al tiempo que el auto aparcaba cerca del lugar.
Ash pagó, y posteriormente ayudó a su esposo a salir del auto, ganándose una nueva mirada apreciativa por parte del conductor y un sonrojo de parte de su esposo.
—Sabes que puedo hacer estas cosas solo, ¿verdad?
Le susurró, una vez el taxi se hubiera marchado.
Ash, por su parte, se había limitado a elevarse de hombros.
—No quiero dejar morir la caballerosidad, cariño.
Comentó, antes de tomar la mano de Eiji y caminar en dirección a la entrada.
Bueno, el color de la alfombra no era lo único que le recordaría a Ash los eventos televisados de la farándula. Pues, tan pronto estuvo cerca, pudo notar la infinidad de modelos –femeninos, masculinos, alfa, beta y omega que posaban antes de entrar, aún si no había realmente una gran congregación de flashes listos para tomar sus fotografías.
Si Ash no hubiera sido Ash, quizá se habría sentido nervioso. La luz pública no era algo con lo que todo el mundo se sintiera cómodo, y si bien él había aprendido a lidiar con ella, más por necesidad que por gusto- entendía que no era así el caso para todos. Por eso, tan pronto hubieran estado en el rango de vista de los demás invitados, su mano se había dirigido a la cadera de su esposo, sosteniéndolo con un poco de fuerza, y asiendo su cuerpo al propio.
—¿Ash?
Escuchó a su esposo preguntarle, mientras hacían su camino discreto por el lugar donde el resto de invitados estaba ingresando. Y, aún si no lo había vocalizado, Ash pudo ver la sombra de la preocupación desaparecer de los ojos de Eiji casi inmediatamente.
—No pasa nada.
Aseguró, mientras continuaba su camino por el salón, hacia la dirección donde ya había visualizado a Jessica. Quien, tan pronto los captó en su radar, ni lenta ni perezosa, se apresuró a saludarlos.
—¡Chris! ¡Eiji! —Saludó, acercándose mientras su largo cabello rubio rebotaba en sus hombros. El vestido de coctel aferrándose a sus curvas, y una gran sonrisa pintada de rojo plasmada en su rostro—¡Me alegra que pudieran venir! ¡Se ven guapísimos! —Alabó, antes de estirar las manos y tomar las de Eiji, mientras sus ojos centellaban con algo muy parecido a cariño maternal—Eiji—le dijo, con mucha mayor suavidad—El embarazo te ha sentado genial.
Su esposo sólo pudo atinar a sonrojarse, mientras sus largos mechones de cabello cubrían su rostro.
—No lo dices en serio...
Musitó, al tiempo que Jessica negaba fervientemente.
—¡Claro que sí! —Aseguró, mientras Ash con tranquilidad apartaba los rebeldes mechones del rostro de Eiji—¿Verdad, Michael? —Instó entonces, girando en dirección a su hijo.
Quien, había llegado junto a su madre el verlos llegar, y ahora, con el rostro tan rojo como un crisantemo, se limitaba a asentir sin parar.
—¡Cla-claro que sí! —aseveró, antes de fingir que escuchaba a uno de sus tíos llamarle, y se excusaba para salir corriendo de la escena, ante la mirada sorprendida de los otros presentes.
Ash, por su parte, sólo se limitó a reír. Su pequeño hermano tenía que ser la única persona viva en el mundo por quien realmente no sintiera alguna clase de molestia, al notar que estaba tan claramente interesado en su esposo.
Enamoramiento juvenil, con el primer omega cercano a él que no fuera su madre.
Parecía salido de un libro de texto.
Jessica le dedicó una mirada curiosa, a lo que Ash simplemente explicó:
—Creo que es cosa de hermanos, compartir los mismos gustos.
—¡Ash! —Respondió Eiji, dándole un golpe en el costado, aún si aquello sólo alimentó más las risas del mentado, e inicio con las de Jessica también.
—Bueno—Continuó la omega, una vez se hubiera calmado—Por qué no...
Pero no pudo terminar, pues el sonido de la voz de Max, estridente como ella sola, irrumpió en su conversación, al tiempo que sus brazos enredaban a la joven pareja desde atrás.
—¡Chicos! —saludó, ignorando la queja de Ash, que le decía que esa no era manera de tratar a su yerno embarazado. Y, ante el recordatorio, Max procedió a acercarse al vientre de Eiji, mientras movía la mano en un ademán de saludo
—¿Y cómo está el bebé más adorable del mundo? —Continuó, ignorando aún las quejas de Ash—Tu abuelo no puede esperar para conocerte.
Ash frunció el ceño, pero luego de olfatear un poco, notó que no podría hacer nada.
Era claro que Max ya había tomado un par de cocteles de más. En cambio, apartó a Eiji con un abrazo, y mientras él reía nerviosamente, Max hizo un puchero infantil, ignorando el suspiro derrotado de su propia esposa.
—Aleja tu aliento de alcohol de mi esposo, viejo.
Max chasqueó la lengua.
—No seas así de frio—se quejó, cruzándose de brazos—Déjame disfrutar de ser abuelo, ¡hijo malagradecido!
Ash rodó los ojos.
Ganándose un jadeo que intentó parecer ofendido.
—Bueno, entonces vienes tú—Dijo entonces Max, tomándolo del brazo y arrastrándolo lejos de Eiji y Jessica, quienes lo despidieron, sin siquiera intentar ayudarle. Traidores, pensaría luego—Ven a beber un poco conmigo, ¡haha!
Y, mientras era apartado hacia una larga mesa llena de entremeses, pudo ver como Jessica –de manera mucho más delicada- guiaba a Eiji hacia otra atiborrada mesa del local, donde Michael estaba sentado, y Ash suponía era donde tenían los cocteles vírgenes. Junto a ellos, pudo distinguir la silueta de Sing, quien de manera rauda ya se había puesto de pie, y saludaba a Eiji con una amplia sonrisa.
Ash frunció el ceño, sólo un poco.
Empero, no pudo continuar siguiendo a las dos figuras que se perdieron entre una nueva multitud de gente, pues ahora se encontraba rodeado lo que parecía el grupo del trabajo de Max, todos hombres que debían rondar sus cuarenta años, enfundados en sendos trajes negros, azules y cafés, con una copa en la mano y una sonrisa bonachona en el rostro.
Dios.
Pensó.
Todos son como Max.
—¡Muchachos! —se apresuró a anunciar Max—¡Mi hijo y mi yerno acaban de llegar! ¡El que pronto me hará abuelo!
Dijo, mientras colocaba a Ash frente a todos ellos, y aún si Ash ya había intercambiado al menos una palabra con más de la mitad de los presentes allí, pudo notar claramente cómo incluso las nuevas adiciones al círculo le miraban con atención y de manera expectante, haciendo que no por primera vez, Ash se preguntara: En serio, ¿qué se supone que les dices sobre mí?
Agitó la mano con nerviosismo mal practicado, recordando en el último minuto que allí su nombre no era Ash; y que el hijo de Max era alguien de bajo perfil, antes de que brazos ajenos lo halaran más cerca del resto de personas, quienes no tardaron en darle una copa llena de vino, al tiempo que chocaban las suyas propias con las de él. A la viva voz de.
—¡Salud!
Ash ya había perdido la cuenta de cuantas personas le habían ofrecido tragos esa noche, así como también de cuántos habían rellenado su copa antes de que él pudiera –muy educadamente- negarse. Aunque suponía que, con los niveles de alcohol de los otros asistentes, sus negativas habrían caído en oídos sordos.
Al menos podía contar a Max, a Jessica y a muchos de los periodistas que, durante sus años de universidad, hubieran felicitado sus columnas, llenándolos de elogios.
Aún si, verlos intoxicados de alcohol, mientras reían de cualquier barrabasada que saliera de los labios de Max, distaba por completo de la imagen de catedráticos refinados que Ash tuviera de ellos hacía tan solo un día antes.
Todos ellos comentándole dándole palmadas en la espalda, mientras le repetían las maravillas de ser padre, y lo muy felices que estaban por él.
Ash simplemente se limitaba a agradecer, mientras sonreía, y bebía a tragos moderados de vez en vez. Aún si Ash había comenzado a consumir alcohol antes de que todos sus dientes hubieran dejado de ser de leche, habían sido contadas las ocasiones ya en su adolescencia o adultez cuando hubiera estado realmente ebrio: usualmente, después de alguna noche donde las pesadillas eran particularmente duras y el sueño le evadía.
Otras, también, eran en el cumpleaños de Griffin. Cuando Ash dedicaba largas horas a sentarse a su lado, con un pequeño pastel del tamaño de su mano, y una vela que no brillaba lo suficiente como para resaltar en medio de la oscuridad. Mientras la voz de Ash moría en las últimas notas de la canción de Feliz cumpleaños, y el rostro para siempre inexpresivo de su hermano mayor terminaba de ser cubierto por las sombras.
Empero, esa noche, el alcohol parecía tener un sabor distinto en su boca.
Con todos sentados en una larga mesa ovalada, las botellas abiertas, y la comida servida.
Lejos de la amargura del olvido y la niebla mental que venía con esta. Esta vez, se sentía más como una burbujeante sensación en la lengua, y en la boca del estómago.
Una que le permitía reír, bromear, e incluso besar a Eiji sin preocuparse del todo de que sus labios supieran a vino, mientras le aseguraba a Max que no, aquello no era malo para el bebé.
Le permitió también presentar al amor de su vida frente a todo el salón, mientras mostraba su anillo de manera orgullosa, y decía sin miramiento alguno que era el hombre más afortunado del mundo, entre todos los géneros, y todas las castas. Por haber encontrado a alguien que lo amara de esa manera, con todos sus lados suaves- y especialmente, con todos los puntiagudas también.
—Christopher...
Había escuchado decir a Eiji, quien parecía estar a punto de entrar en punto de ebullición, mientras se aferraba con más fuerza a su pecho.
Los presentes habían lanzado varios comentarios dulces, incluso Sing, quien había notado- no podía evitar reír cada que alguien lo llamara por su nombre falso.
—¿Y cómo fue que se conocieron?
Preguntó uno de los mayores de la mesa, mientras se llevaba un poco de carne a la boca.
Ash ya se sabía esa historia de memoria, ya que uno de sus pasatiempos favoritos- durante sus primeros meses de casados- había sido la de idear una vida falsa, para cuando alguno de ellos; inevitablemente, fuera cuestionado por su compromiso.
—Podría ser lo que quieras, Eiji—Le gustaba decir a Ash, mientras recostado en la cama, dejaba que el sol de mediodía calentara sus cuerpos—Incluso algo salido de esas comedias románticas que te gusta ver cuando crees que estoy dormido.
Eiji por su parte sólo frunciría el ceño, ya acostumbrado a las críticas continuas sobre su sentido del gusto en cuanto a medios audiovisuales se refería, para luego golpearlo sin usar fuerza; justo en el estómago.
—Ouch—Se quejaría Ash, haciendo uso de sus increíbles habilidades actorales—Golpe bajo.
Y recordaba perfectamente cómo es que Eiji le había rodado los ojos.
—Podemos pensar en lo que sea, Ash—le habría asegurado—Terminaría conociéndote, de todos modos. Ese ya es mi final de comedia romántica.
"golpe bajo, versión dos"
—En un bar—Respondió con simpleza, ganándose un par de cejas alzadas por parte de Ibe y Max.
—Oh—se escuchó un gemido ahogado—Aunque no pareces la clase de persona que bebe, Chris.
—Se sorprendería—Se apresuró a cortar Eiji, mientras a su lado; Sing cubría su boca para reír.
Ash fingió que aquello no había sido una puya directa contra su persona, mientras dedicaba una sonrisa apologética a los presentes.
—¿Yo? —Cuestionó con gracia—Digamos que en mi juventud lo hacía más de lo que me gustaría—Comentó, mientras agitaba su copa.
Eiji buscó su mano libre sobre la mesa, enlazando sus dedos.
—Y yo estaba en un viaje para ayudar a Ibe-san, en ese momento apenas estaba entrando al mundo de la fotografía, era asistente.
Ash se apresuró a intervenir.
—Y estuvo tan perdidamente interesado en mí, que no pudo evitar pedirme una foto.
El rostro del mentado se coloreó, mientras el resto reía.
—Qué atrevido, Eiji—Comentó Sing, mientras bebía su propia copa—Creía que antes eras más tímido.
Y, Ash tuvo que aguantar las ganas de estallar en carcajadas, por la expresión de traición que se pintó en el rostro de su esposo.
—Bueno—Dijo entonces, mientras aclaraba su garganta—Hay algo en Chris que siempre fue muy magnético...—intentó explicarse, mientras los presentes le ponían atención—Desde el primer momento en el que nos vimos... quise ser su amigo.
Ash sintió sus orejas arder.
Aquello no era exactamente lo que siempre decían.
Ya que habían optado por una típica y cómica historia de amor, en la que un extranjero se quedaba prendido del gañán de turno, brusco y hosco, que con sólo un poco de cuidado, había terminado conquistando al extranjero, ofreciéndole una historia de amor mientras intentaban hacerse un lugar en la ciudad de las oportunidades.
Nada muy específico. Nada muy personal.
Como las de esas películas que uno ve en verano, y termina olvidando a la semana.
—¿Aún si me reí de ti la primera vez? ¿De verdad? —Cuestionó entonces, recordando que lo había llamado mocoso, y que no podía creer que los extranjeros exhibieran a sus niños omega tan flagrantemente en ambientes como ese.
Eiji le dedicó una mirada sabihonda, mientras daba un trago de su coctel sin alcohol.
—Sí, aun así; Chris—Aseguró—Y sólo se hizo más fuerte con el tiempo. Aún si intentabas alejarme, nunca tuve intención de escucharte ¿sabes? —Aseguró—Había algo más fuerte que yo que me atraía a ti... desde esa época ya sabía que quería estar a tu lado.
—¿Para siempre? —Preguntó, sin poder detener a su lengua, recordando vagamente la noche en el escondite, donde le hubiera rogado con las mismas palabras.
Eiji, desde su lugar, le sonrió. Su mano presionando la de Ash con fuerza.
—Para siempre.
Aseguró.
Y, por un momento, Ash se permitió olvidar que estaban rodeados de gente. Quizá era el alcohol, quizá la algarabía, o quizá sólo que cada que recordaba que tenía el amor de Eiji, algo dentro de su pecho le recordaba que había encontrado el mayor tesoro de todos- lo que le permitió mostrar un poco de Ash, dentro de la fachada de Christopher, uniendo sus frentes; en un gesto que usualmente sólo reservaba para sus horas a solas, después de la intimidad.
—¿De verdad?
Volvió a preguntar. Dejando que su voz escapara casi como un susurro, mientras Eiji asentía un par de veces.
—...Realmente soy el más afortunado del mundo.
Musitó, antes de dar un suave beso en los labios de su esposo.
Y, sólo cuando uno de los presentes, comentó lo apasionado que era el amor joven, fue que Ash volvió a caer en cuenta de la situación en la cual estaban. El calor subiendo hasta sus orejas.
Se aclaró la garganta un momento, mientras se ponía de pie.
—Iré por un poco de aire.
Anunció, mientras hacía daba una vaga excusa sobre el calor del lugar, que al parecer ningún presente creyó. Eiji se apresuró a ofrecerle su compañía, aún si Ash negó categóricamente, diciendo que el frío de la noche podría hacerle daño.
Con Max asintiendo en su lado de la mesa, al tiempo que le decía que no tenía que preocuparse, ya que él cuidaría del amor de su vida. Esa era la labor de un suegro, después de todo.
Ash agradeció, mientras hacía su camino hacia el exterior, acomodándose en la baranda de lo que hacía unas horas hubiera sido la entrada y alfombra roja, ahora abandonada y sin modelos o cámaras, se veía mucho más acogedora que hacía tan solo unas horas.
El aire frío golpeó su rostro, mientras cerraba los ojos. El sonido de la algarabía perdiéndose en el fondo de sus oídos. Sus mejillas calientes, y el corazón latiendo tan fuerte que, de saber que no era físicamente posible, Ash habría creído que le iba a escapar del pecho. Y, de no ser porque Ash hubiera dejado el tabaco desde que él y Eiji se hubieran casado, más que nada por petición de su esposo, quizá incluso se habría animado a comprarse un cigarrillo.
Respiró hondo, llegando sus manos hacia su rostro, dando un fuerte apretón en sus mejillas.
Las sentía entumecidas. Quizá por la risa, quizá un poco por todo.
Él estaba....
Realmente feliz.
O al menos, lo estaría, de no ser porque de pronto, sintió la penetrante mirada de alguien posada en su espalda.
Se mantuvo quieto un momento, intentando afinar sus sentidos, empero; cuando estaba listo para girarse y muy sutilmente comenzar a escanear la habitación; una voz le habló desde atrás, deseándole buena noche.
—Hola, gatito.
Ash no pudo evitar sobresaltarse.
—Blanca—Espetó, intentando que su voz no sonara particularmente sorprendida. Si necesitaba que la película creada por la leve embriaguez desapareciera, ese encuentro acababa de hacer el truco.
El mentado rio abiertamente, mientras avanzaba sin pena hasta estar directamente parado a su lado.
—¿No me escuchaste llegar? —Cuestionó, mientras elevaba una ceja de manera elegante, y llevaba una de las copas de vino que tenía en sus manos hasta sus labios—Quién lo diría, creo que el alcohol sí comienza a pasarte factura.
Ash le dedicó una mirada cansada, mientras se acomodaba nuevamente en la baranda. Blanca, por su parte, estiró la copa que aún no había tocado hacia su dirección.
—Qué dices, ¿quieres un poco más?
Ash bufó.
—¿Qué diablos haces aquí? —Cuestionó, mientras doblaba su brazo y dejaba que su rostro descansara en su palma, dando una imagen de despreocupación a cualquiera que se molestara en mirar en su dirección.
—Jessica me invitó, cuando fui a verla a su trabajo.
Ash no pudo evitar parpadear, sorprendido.
—¿Qué ella qué-?
Blanca se limitó a ampliar su sonrisa.
—Creo que sigue agradecida por mi parte en la liberación de rehenes del centro de salud mental—explicó—Allí estaba su esposo, después de todo; Ash. O, debería decir Chris—Completó, mientras su expresión parecía suavizarse.
Ash apretó los labios.
—No sabía que te conociera. —Después de todo, la primera vez que se hubieran visto, si la memoria de Ash no fallaba; había sido en ese pequeño ínterin entre sus gritos desaforados al ver a Eiji ser ingresado en la ambulancia, y el auto arrancando con Jessica junto a Eiji en el interior.
No el mejor de sus momentos, de verdad.
—Además—Continuó—¿Qué estabas haciendo yendo a su trabajo?
Blanca se limitó a elevarse de hombros.
—Hay pocas personas a las que yo no conozca, Ash. Importantes, eso es—Dijo, y Ash dejó escapar voluntariamente, que la frase completa debería ser: Importantes para ti. —Y sólo quería darle algo que creía que creía a su esposo le podría gustar, además de hacer unas preguntas sobre un tema que a mí me interesa mucho.
Oh. Pensó entonces Ash. De allí es de donde sacó el material de los políticos.
Aquello tenía sentido. Casi.
—¿De cuándo aquí te interesa meterte en la vida de otros, Blanca? ¿Qué pasa, el Caribe ya no es tan entretenido como antes? —Preguntó con gracia, y sin ninguna clase de malicia en la voz. Blanca era un hombre que se decía a sí mismo pragmático, pero la verdad, era que parecía que con los años había comenzado a disfrutar de las palabras a medio decir y los secretismos de sus juegos de poder.
A Ash no le molestaba, después de todo, ya había aprendido a lidiar con él en su juventud.
Y, un Blanca con curiosidad, era mil veces preferible a uno con un arma, y un objetivo en la mira.
—Me interesa la tuya.
Respondió con simpleza. Pero Ash ya sabía eso.
—Que no sea la mía—Puntuó—Después de todo, fuiste a ver a Jessica.
Blanca tenía un extraño modus operandi al momento de comportarse. Tanto en sus palabras, como en sus acciones. Si bien durante su adolescencia le había asegurado una y otra vez que se preocupaba por él, llegando incluso a sembrar en Ash una pequeña esperanza, en forma de una figura adulta que por primera vez en su vida quería estar presente; de una manera más o menos normal, finalmente había terminado cediendo, despidiéndose de él de una manera vacía y confusa, y deseándole suerte, asegurándole que el mundo donde le había dejado, sería suyo algún día.
Ash no había estado seguro sobre qué sentir en ese momento.
El abandono y él eran viejos amigos, y habían jugado juntos desde que Ash tuviera memoria, e incluso antes; si contaba a su madre.
Empero, la figura de Blanca no se parecía a ella, era quizá más como su propio padre; el de Cape Code, quien aparecía un momento, y que no parecía encajar en ninguno de los bordes armados a mano que las confusas ideas de un joven Aslan Callenreese fuera capaz de edificar para reconocer a una figura paterna.
Ya que Blanca, si bien lo había dejado, ya era la segunda ocasión que aparecía en su vida, sin previo aviso. Ash no podía evitar preguntarse cuánto duraría esta vez, antes de que decidiera que era momento de desaparecer nuevamente.
No es que importara mucho, después de todo.
Ash era bueno adaptándose a esa clase de relaciones.
—Es porque también me importa la gente que es cercana a ti, Ash—Comentó—Pero no te preocupes, cuando pregunté por ti, no tuvo nada que decirme—se lamentó—Que amigos más leales tienes, Ash.
Ash se permitió sentir orgullo, aún si fuera sólo un momento.
—Merecido te lo tienes—Dijo entre risas—Quizá eso te enseñe a pedir las cosas como una persona normal. O, mejor aún, a sacarme de tu lista de personas de interés.
Blanca solo dejó que sus hombros temblaran, imbuidos por una suave carcajada.
—¿Es tan malo estar dentro de mi radar, acaso?
Preguntó, y Ash se permitió llevar una mano a su mentón, mientras hacía el ademán de pensar.
—Sé que no siempre significa algo positivo, ¿verdad?
Cuestionó, mientras dirigía una mirada larga al interior del salón.
Blanca soltó un suspiro derrotado, mientras ponía una cara que parecía pedir perdón.
—Ya me disculpé por eso mil veces, Ash.
El mentado bufó. Una bala rozando el hombro de Eiji, Blanca era un iluso si creía que eso bastaría para que lo perdonara.
—Y te hace falta otro millar más. Eso, sólo para empezar.
Blanca rio derrotado, y tras una larga mirada de su parte, Ash pareció entender que el alfa contrario realmente no tenía ganas de discutir, aún si era en un tono jocoso y altanero, como muchas de sus conversaciones.
Después de todo, la noche había sido divertida hasta ese punto.
Ash sabía que nunca podría llegar a perdonarlo del todo, pues la parte más visceral de su ser aún recordaba el terror y la cólera que le hubieran invadido en ese momento, mientras cubría el cuerpo de Eiji de una lluvia de balas que- con precisión, sólo se limitaron a rozar su figura, dejándola marcada en el suelo.
Empero, tampoco no podía evitar agradecerle haberle dado la oportunidad de ver a Eiji en el hospital, ya que sabía –aún si se negaba continuamente a aceptarlo- que no había podido estar en paz consigo mismo de no despedirse, al menos una última vez, de Eiji.
—Bueno, bueno—Aceptó Blanca entonces—Creo que me lo merezco.
Ash le dedicó una sonrisa sardónica.
—Eso y más, viejo.
Aseguró Ash. Pero Blanca no cambió su actitud, en cambio, volvió a ofrecerla la copa que aún tenía completamente llena en una de sus manos.
—Está bien, pero... creo que también me merezco esto—aseguró—Haz brindado con todos esta noche, ¿por qué no conmigo?
Ash se detuvo un momento, observando a Blanca con intensidad. El rostro del hombre, que apenas comenzaba a aparentar los años que tenía encima, le miraba con ojos que Ash pudo reconocer como los del hombre que conoció a los catorce años, y que después de casi haberle roto el brazo a Marvin, le invitó a sentarse en su habitación y a leer juntos.
Estiró la meno entonces, en un silente gesto de aprobación.
La sonrisa de Blanca se anchó.
—Felicitaciones, Ash.
Musitó, acompañado del suave tintineo de cristal contra cristal.
Ash bebió un poco, dejando que el aroma frutado del licor lo invadiera. Y, sólo por un segundo, tuvo deseos de revelar la cosecha de la botella, aún si ya eran muchos años en los cuales no tuviera que utilizar su pequeño y nada útil truco de fiestas.
—No era eso lo que decías el otro día—Contratacó en cambio, mientras veía como Blanca daba otro pequeño sorbo.
—Aún sostengo que me preocupas—Aseguró, girando un poco su copa—Pero no puedo no celebrar si te veo así de feliz, ¿sabes?
Ash tuvo deseos de chasquear la lengua.
—No vuelvas a decir algo de mi relación con Eiji—Dijo entonces—Es algo que no le perdonaría a nadie...Ni siquiera a ti, Blanca.
Aseguró, con los ojos fijos en el otro hombre.
—Me parece un trato justo—Aceptó, mientras hacía un movimiento que indicaba que quería volver a hacer un brindis, y Ash le imitó—Pero déjame felicitarte debidamente, Ash.
El mentado analizó el rostro de Blanca, sus ojos y su rictus. Y, en su búsqueda, solo pudo encontrar sinceridad.
—...Gracias.
Aceptó finalmente, antes de terminar el contenido de su copa.
Blanca era un hombre extraño, uno que parecía haber sido formado por diferentes adversidades, algunas que Ash ya sabía, y otras que de seguro nunca llegaría a conocer. Empero, dentro de todo, era alguien sumamente honesto, dentro de lo terrible y decadente de su personalidad. Al menos con él. Ya que, Blanca nunca había gustado de mentirle; en cambio, parecía encontrar un extraño placer en soltarle las verdades a la cara, sin importar que tan duras fueran.
—En cambio... ¿qué tal si me dejas compensarte lo del otro día?
Cuestionó.
—¿Compensar?
Blanca sonrió, pagado de sí mismo.
—Con una cita.
Ash pudo jurar que se había atorado con el mero aire.
—¡¿Una qué?!
Blanca simplemente se rio en su cara.
—Deberías ver tu expresión—Dijo, mientras sonreía con todos los dientes—Pero no, no, tranquilo—aseguró, mientras Ash se preguntaba quién era el que le hubiera dicho a Blanca que era capaz de tener sentido del humor—Pero quiero que me acompañes a un lugar, ¿está bien?
Le preguntó, mientras buscaba en un bolsillo de su traja de noche, y extendía una tarjeta en su dirección.
Era una tienda dentro de un centro comercial.
—¿Y esto?
Cuestionó Ash, mientras observaba el pequeño papel de arriba abajo.
Blanca le guiñó un ojo.
—Confía en mí, ¿sí?
Pidió entonces, antes de comenzar su camino de regreso al salón. Ash elevó una ceja dubitativo, pero no negó su propuesta, mientras observaba como el otro alfa hacía su camino hacia una joven mesera, que de rato en rato, parecía estar dedicándoles miradas que parecían rozar entre los celos y la vergüenza.
—Viejo calenturiento.
Espetó, sin esperar otra cosa de un hombre como su maestro.
Se permitió disfrutar del frio de la noche un poco más, y cuando finalmente se sintió listo para regresar, se encontró con que Michael estaba ofreciéndole un gran plato de una infinidad de canapés a su esposo, mientras balbuceaba acerca de porqué había escogido qué piezas, y que esperaba que le gustaran.
Ash ni siquiera había podido decir algo, demasiado divertido con que Michael comenzara a mostrar los comportamientos de un pequeño alfa en la temporada de cortejo. Ya que, al parecer, algo muy primitivo en la mente de cualquier alfa que se precie, instaba a los de su clase a juntar alimento y vivienda para cualquier omega que pudiera entrar en su radar, y se les hiciera algo atractivo.
Claro, en la actualidad, eso se traducía a mantener a la pareja alimentada. Cosa que había visto incluso con miembros de una manada que no estaban directamente relacionados por un vínculo afectivo o filial.
Eiji, por su parte, que hasta ese momento sólo había recibido atención de ese tipo proveniente de su parte. Sólo agradecía amablemente, mientras acariciaba la cabeza de su pequeño cuñado. Sing, junto a ellos; asentía aprobatoriamente; aunque era más que notorio que parecía intentar pelear con una carcajada que ya nacía en su garganta.
—¿Y? —Preguntó Ash, haciéndose notar al fin—¿Tu hermano mayor puede probar un poco de eso, Michael?
Cuestionó, antes de que el adolescente asintiera un centenar de veces, mientras una amplia sonrisa se asentaba en su rostro y Ash le felicitaba por cuidar de su cuñado con tanto esmero.
Celebraron un poco más, y cuando el reloj dio la media noche, Ash creyó que ya era un buen momento para irse. Después de todo, en media hora más el evento culminaría oficialmente. Sin embargo, cuando ya se disponía a entregar sus despedidas a los invitados que aún quedaban en el salón, Max se apresuró a detenerlo.
Los invitó a su casa, donde al parecer, un muy reducido grupo de personas continuarían la celebración. Y, aún si Ash dudó un momento, argumentando que Eiji necesitaba descansar, y que el clima neoyorquino no era lo mejor para un omega en espera, su esposo se apresuró a hacer de menos sus preocupaciones, asegurándole que sería divertido.
De esa manera, y aún en contra de las escuetas quejas de Ash, habían terminado en la casa de Max, donde después de acomodarse en la ambientada sala, Ash pudo ver cómo la gente –mayormente compañeros de trabajo- se repartían por el lugar, charlando, comiendo y bailando un poco más.
Por su parte, Max parecía haber desempolvado una antiquísima máquina de karaoke, y ya comenzaba a agitar el micrófono, pidiendo la atención de todos; mientras a su lado, Michael –quien, si su nariz no le mentía, ya había logrado escaquear al menos una copa de licor de la mirada certera de su madre- le animaba con fervor.
Eiji a su lado rio un poco, mientras Ash rogaba a cualquier dios que quisiera escucharle, para que pudieran darle a Jessica algo de paciencia extra.
—Chicos—Intervino Ibe entonces, quien había pasado la mayor parte de la velada codeándose con diferentes colegas de Jessica, quien al parecer les había hablado del trabajo del fotógrafo—Al fin puedo sentarme.
Dijo, mientras dejaba caer su cuerpo junto a ellos, su semblante destrozado, pero con una sonrisa satisfecha en el rostro. Y, en sus manos, una pequeña caja tallada.
—¿La edad ya no da para aguantar hasta esas horas? —Bromeó Ash, ganándose un pequeño golpe en las costillas por parte de su esposo, aún si Ibe respondió a su broma con una carcajada.
—¡Hey! Aún estoy en mis años mozos, aún si no me crees—aseguró—Pero vine porque tenía algo para ustedes.
Dijo, mientras tomaba la pequeña caja entre sus manos, y se la daba a Eiji.
Su esposo pareció ahogar un pequeño suspiro, al tiempo que estiraba las manos, y tomaba la pequeña caja con cuidado.
—Es de...
Inició, aún si las palabras murieron en su garganta. Ash elevó una ceja, confundido.
—Uhum—Asintió Ibe—De tus padres, Eiji.
Oh.
—Para ambos, Ash.
Se apresuró a completar el beta, probablemente ante el claro cambio de semblante de Ash.
—Para ambos...—susurró Eiji, casi como si algo de pronto hubiera hecho conexión en su cabeza.
—¿Para ...los dos? —Había hecho coro Ash, quien aún no parecía ser capaz de procesar esa sucesión de palabras en una sola oración de momento.
Ibe, frente a ellos, solo amplió su sonrisa.
—Uhum, aunque debería decir, y cito lo que me dijo tu hermana: "para ellos, y el bebé"
Ash sintió su rostro calentarse un poco, mientras Eiji acariciaba la caja. Sus finos dedos recorriendo cada lado, mientras su mirada parecía tomar nuevos tintes soñadores.
—Gracias...
Murmuró, y Ash no pudo haber estado más de acuerdo.
Era exactamente la una de la mañana cuando Sing llegó a su departamento. Había pensado por un momento en dirigirse directamente a la mansión de los Lee, sin embargo, recordando su promesa y revisando la hora nuevamente, entendió que realmente no era la mejor de sus ideas.
Después de todo, no sólo apestaba a alcohol, sino también, al aroma de otras personas. Y, si a Yut Lung le molestaba el aroma de Eiji, no quería imaginar cómo iba a reaccionar a semejante coctel de aromas, que incluso a él comenzaba a molestarle.
Así que, intentando enviar la decepción al fondo de su cabeza, se apresuró a la ducha, intentando terminar lo más rápido posible, para después, con el cabello aún algo mojado, se dejaba caer en la cama.
Ángulo, desde el cual, podía ver perfectamente un pequeño pedazo de papel hacer aparición desde el borde de su chaqueta.
Era otra invitación.
Max lo había interceptado antes de que pudiera tomar un taxi, pidiéndole que esperara un poco, y con rapidez le había dejado un sobre en la mano, pidiéndole que asistiera, antes de dejarle para subir al vehículo que lo llevaría a casa.
Sing no había pensado mucho del asunto, quizá otra reunión de la empresa, ya que el mundillo del espectáculo –así como el de la mafia- parecía girar en base a conexiones, y qué mejor manera de hacerlas, que con una gran algarabía cada vez.
Sin embargo, tan pronto la hubiera abierto, se dio cuenta que sus sospechas habían estado erradas.
Era una invitación para una fiesta, sí: pero para una revelación de sexo.
Del bebé de Eiji y Ash.
Linces en caricatura decoraban el medio del folio, uno con un listón azul, y el otro con uno rosa, mientras ambos preguntaban al destinatario, si creían que sería un niño o una niña. Al tiempo que otro montón de colores pastel junto a pequeños biberones y pañales, en el mismo estilo, decoraban el borde.
Woah.
Pensó Sing.
Estoy seguro de que Ash no aprobó el diseño.
Aunque de seguro, Eiji; y basándose en el decorado de la ropa para casa que aún utilizaba, lo encontraría particularmente encantador.
Sing estiró sus músculos, y antes de que el sueño lo envolviera por completo, decidió tomar su teléfono.
No es como si tuviera que dar explicaciones, ni mucho menos; pero, mientras tecleaba, se dio cuenta que no podría estar realmente tranquilo, a menos que Yut Lung supiera porque no había llegado a dormir.
"No voy a llegar hoy, lo siento."
Tipeó, presionando enviar antes de poder pensar en cómo continuar su explicación. Aunque se sintió tonto al segundo siguiente, creyendo que Yut Lung ya debía estar dormido, y que la idea de él esperando por su regreso, era más parte de los mal dirigidos de deseos de Sing, que de una realidad fehaciente.
O, al menos eso habría pensado, de no ser porque el teléfono vibró.
Ya había respondido.
"'¿Oh? ¿Y eso?"
Sing parpadeó, una, dos veces. Revisó de nueva cuenta el pequeño reloj de su teléfono, y los números que le devolvieron la mirada rezaban que ya era más de las dos de la mañana.
"Creo que me pasé un poco de copas. Llegué directamente a bañarme, y estoy un poco molido"
Dijo, y antes de que los pequeños puntos en la aplicación de mensajería le dijeran que su compañero estaba respondiendo, se apresuró a agregar.
"... ¿y qué haces tú despierto a esta hora?"
Yut Lung no tardó tanto en responder.
"Los niños no me dejan dormir"
Sing ahogó una risa suave. Últimamente los bebés, parecía, habían tomado como horarios favoritos de juego la madrugada y la tarde, y aún si él sabía que aquello era incómodo para su amigo, siempre era divertido ver las diferentes expresiones que el omega le dedicaba a su abultado vientre, mientras de seguro, discutía silentemente con ellos.
Bostezó, en el momento exacto en el que su celular volvió a vibrar.
"Es tu culpa" rezaba el mensaje "Los malacostumbras. Contándoles cuentos y esas cosas"
Sing elevó una ceja, mientras su sonrisa se volvía una mueca de incredulidad.
"Creo que leerles sobre gerencia de importaciones difícilmente califica como un cuento" Se excusó, ya que; sí era cierto que le gustaba estudiar en voz alta, especialmente mientras Yut Lung se quejaba de que el par de cachorros aún no natos se movían demasiado "Aunque no me sorprende que se duerman con eso. Es la clase más aburrida de todas"
Yut Lung respondió casi al instante.
"Pues encuentra una manera de solucionarlo, o no voy a dormir esta noche"
Sing observó el mensaje, mientras murmuraba quedamente para él.
"Está bien"
Envió, al tiempo que se sentaba de mejor manera en la cama, y estiraba sus músculos un poco más, en un fútil intento de despertar.
Recordó un momento, entonces, lo único que había funcionado con él durante esos largos días de insomnio, mientras tomaba el celular fuertemente contra su oído, y dejaba que la voz de Eiji lo guiara a un tiempo y espacio diferente a la pesadilla que parecía vivir día con día.
Presionó el botón de llamar, y; para su sorpresa. Yut Lung no tardó en contestar.
—...¿Hola?
Se animó a preguntar Yut Lung del otro lado de la línea, su tono dubitativo, casi contrito; hizo que Sing dibujara una sonrisa en su rostro.
—Hola—Devolvió él, mientras estiraba uno de sus brazos, y tomaba un libro que yacía abandonado en su mesa de noche. Sus ojos se sentían pesados y definitivamente, preferiría apagar todas las luces y dejarse llevar por el sueño, sin embargo, tenía una misión. Buscó el marcador de página, y tras aclarar su voz, continuó—A ver, pequeños—Dijo, aun si claramente los niños no podían escucharlo—Ya que su papá dice que necesitan esto para dormir, espero que al menos esté poniendo la llamada en alta voz.
—Oh...
Y, tras un pequeño pitido extra, Sing supo que podía continuar.
—Capítulo 10—leyó—De la evaluación de costos y presupuestos...
Sing continuó con su lectura, por unos largos minutos, mientras del otro lado de la línea, lo único que le respondía era el sonido acompasado de la respiración de Yut Lung.
La fiesta en casa de Max continuó hasta pasadas las tres de la mañana. Con Ash acostumbrado a un horario caótico, durante sus años de adolescencia, y cuando apenas hubiera estado empezando la universidad; apenas sentía que el sueño le invadía. En cambio, Eiji; a su lado, ya no era capaz de esconder su cansancio.
Max, quien parecía ya haber regresado un poco más a su actuar usual, se apresuró a guiarlos a uno de los cuartos de huéspedes que tenían instalados, mientras el resto de invitados ya tomaba sus cosas y se disponían a abandonar el recinto, insistiendo en que prefería que durmieran en casa, antes de que tuvieran que tomar el auto de un extraño a esas horas de la noche. Además, de darles algo que podrían utilizar como ropa de dormir.
Ash agradeció, y con cuidado, ayudó a su esposo a caminar hasta la habitación, donde una vez dentro, procedió a ayudarle a deshacerse de la parte más incómoda de su ropa, quedando únicamente con un camisón amplio, y su ropa interior.
Eiji se acostó, la modorra del sueño pesado cayendo sobre sus párpados. Ash procedió a llenar su rostro de sendos besos, haciéndolo reír.
—Ayudaré a ordenar un poco y regreso contigo, ¿está bien?
Prometió, recibiendo un par de vagos asentimientos.
En la sala, por otro lado, parecía que el último invitado ya había dejado el lugar. Pues Ash sólo pudo divisar a un Michael que ya cabeceaba, mientras su madre le instaba que fuera a descansar con dulzura. Junto a ellos, Ibe recogía los platos que antes hubieran estado llenos de canapés.
Bueno, ese era un buen lugar para empezar.
—Déjame ayudarte con eso—Pidió, mientras recogía un par de platos y los acomodaba en una impecable torre sobre sus brazos.
Ibe, desde el otro lado de la mesa, le sonrió.
—¿Y Eiji?
Preguntó.
—Ya está durmiendo—aseguró—Quería ayudar un poco, pero iré a acompañarlo tan pronto terminemos.
—Oh—dijo el beta, riendo un poco, haciendo que Ash preguntara si todo estaba en orden—No, no, claro que sí. Todo está bien. Es sólo que... Ash...—se apresuró a asegurar, mientras Ash intentaba pelear con la sorpresa que se quería pintar en su rostro. Ibe ebrio era algo que nunca creyó ver de nuevo, ya que recordaba claramente cómo el día de su boda, había estado al borde de las lágrimas, mientras apretaba sus manos con fuerza, una vez los botos hubieran sido dichos, y fuera hora de felicitar a la feliz pareja—Gracias.
El mentado parpadeó.
—¿Gracias? —repitió—¿Por qué?
—Por ... por todo—Dijo Ibe, mientras comenzaba su camino hacia la cocina con el montículo de platos en sus manos. Ash, quien también cargaba con una torre igual, sólo pudo reír un poco.
—Vas a tener que ser un poco más específico.
Dejaron la loza sobre el fregadero, y mientras Ibe procedía a lavar, continuó.
—Por Eiji—Ofreció entonces, haciendo que la boca de Ash se abriera, formando una "o" perfecta—Escuché lo que decías, en la cena y...—Movió su mano, ahora llena de espuma, mientras parecía intentar encontrar la palabra correcta—Sólo... gracias.
Ash sintió su rostro arder un poco.
Tomó uno de los secadores del lugar, y tratando de distraer su mente, procedió a ayudar.
—...Amar a Eiji no es algo que debas agradecerme—Se permitió decir después de unos segundos—Es algo... inevitable.
Concedió.
A su lado, Ibe-san solo asintió.
—Aun así... ¿Sabes?, Ash...—empezó, con un tono que le decía que probablemente, se acercaba una larga charla—En Japón, la mayor parte de la población ya excede los sesenta y cinco años—Dijo, como si fuera un dato de cultura general. A su lado, Ash se limitó a asentir—Es la población que más rápido envejece. Y, donde menos niños nacen—la facilidad con la que las palabras abandonaban sus labios hizo que Ash se replanteara la tolerancia al alcohol del fotógrafo—La tasa de natalidad el mundo de por sí se sostiene mayormente por los omegas, y sus largas manadas; pero en nuestro país, cada año se registran menos y menos omegas.
Esperable. Pensó entonces Ash.
Si no había omegas, no había niños. Y si no había niños, tampoco había posibilidad del nacimiento de más omegas.
—Así que, aun si el mundo entero parece dar un paso adelante por independizar a las personas como Eiji; en Japón se espera que tengan una vida más tradicional, que dejen las oficinas, y regresen a casa a cuidar de sus hijos—Dijo, con una risa que claramente estaba destinada a algo triste, y no a algo gracioso—Lo cual tiene a la población muy dividida, desde hace casi una década.
La pila de platos esperando por ser lavados se redujo, pero Ash no detuvo la diatriba de Ibe.
—La primera vez que vi a Eiji...—Dijo, observando a un punto en la nada, como si su mente lo hubiera transportado al pasado—Creí que era un chico con un gran futuro, ¿sabes? Ese día me sentí extasiado, casi tanto como cuando vi el home run de Nagashima—Le contó, sólo para reír un poco—Es un jugador de una liga que de seguro no conoces, ¡pero en su momento fue impactante! Era el primer partido de los gigantes de Yomiuri contra los tigres de Hanshin, el estadio estaba lleno, también. Tuve suerte de conseguir entradas aquella vez.
Y, aún si Ash nunca había escuchado esos nombres antes, no se atrevió a detenerle. La emoción que desprendía cada una de sus palabras, demasiado fuerte como para que él se sintiera en la potestad de decir algo.
—Recuerdo que muchos pensamientos llenaron mi mente en ese momento. Pero el más claro de todos, era que Eiji era uno de los pocos privilegiados entre nosotros que sabían cómo volar—Confesó, y, en ello, Ash tendría que darle la razón. Era algo que él mismo había pensado, al notar como su cuerpo se elevaba del suelo sin problema alguno, aún si no era por más de un par de segundos a la vez—Y yo quería proteger esas alas...
Ash conocía esa historia.
La del padre de Eiji, la de su enfermedad, y la de su lesión.
—En Japón...—Continuó sin embargo Ibe, sus manos descansando en los remanentes de agua que hubieran quedado en el fregadero, aún si ya no había más piezas que lavar—Si no hubiera sido la situación de su casa... quizá habría sido la sociedad—Sopesó, mientras elevaba las manos y buscaba algo con qué secarlas. Junto a él, Ash depositó el último plato en una cuidadosa pila. Ya habían terminado—Imaginarlo encerrado en una casa... esperando a un esposo o una esposa que de seguro está más concentrado en escalar los puestos de una empresa que en velar por su felicidad... no lo sé, no me sienta para nada bien—Terminó de confesar, mientras reía de manera ahogada—Creo que no voy mucho con los estándares de mi generación, por eso es que mi hermano mayor aún cree que soy un tonto descarriado.
—Ibe-san...
Intentó reconfortar Ash, pero el mentado simplemente negó un poco con la cabeza, como asegurándole que todo estaba bien.
—Aunque eso nunca me ha importado mucho... el cómo me conozcan, incluso mi propia familia—musitó—Quizá fue por eso que... el día que dejé el hogar de los Okumura, y cuando le pedí a ese joven que aún no terminaba la escuela que pensara en sí mismo y en su felicidad... por algún motivo, terminé llorando... cuando la línea ya hubiera arrancado...
Las palabras del beta eran calmas y concisas, su tono parsimonioso no dejando nada a las segundas interpretaciones. Y, aun así, Ash sintió que de pronto, le habían confiado un secreto mayúsculo.
—Por eso, Ash... es que me siento feliz... de que pueda vivir aquí. Contigo.
Dijo entonces, estirando su mano y estrechando la de Ash, en un gesto que nunca antes hubiera tenido para con él.
—Así que—continuó, mientras el agarre de su mano se hacía más fuerte, y Ash le devolvía el mismo gesto—Gracias. Por todo.
Ash sintió su garganta cerrarse, y, antes de que pudiera terminar de procesar lo que sentía, se limitó a asentir un par de veces. Creyendo, por un momento, que podía aceptar sus palabras.
Murmuró una despedida escueta, y tras una reverencia más protocolar, se dirigió de camino al cuarto donde Eiji ya descansaba.
Cerró la puerta con cuidado, escuchando aún las palabras de Ibe en sus oídos. Resonando, haciéndose camino, grabándose en su memoria.
Se quitó el traje lo mejor que pudo, ya que a él realmente nunca le había molestado el tener que dormir en ropa interior, y asegurándose de no despertarlo; se deslizó dentro de la cama con Eiji.
Observó su rostro un momento, analizando sus facciones. Acarició su cabello, enredando sus dedos con delicadeza.
Como si tratase con un tesoro.
—...Prometo esforzarme—Susurró, al tiempo que sellaba su juramento con un leve beso en sus labios—Por ser merecedor de los agradecimientos de Ibe-San.
Ash revisó la tarjeta que Blanca le hubiera dado. Una vez, y luego otra más.
Ajá, definitivamente, esa era la dirección. Ash no estaba seguro de qué había esperado, pero sabía que, un café común y silvestre, definitivamente no había estado en sus posibilidades.
—Que mal lugar para una cita—Le dijo al hombre a su lado—No sé cómo es que consigues que la gente quiera seguir viéndote después de semejantes desilusiones.
Blanca simplemente rio con gracia.
—Es parte de mi encanto, Ash. Te lo enseñé también, ¿no es así?
Ash se limitó a chasquear la lengua.
—Si tú lo dices...
Concedió, mientras buscaban una mesa cercana a la ventana, y le pedían a la camarera un par de café, expreso. Y doble. Sin crema, sin azúcar. Era así como Blanca le había enseñado a tomarlo, y; confirmar que los gustos del viejo mercenario no parecían haber cambiado con el tiempo, aún si ahora había un par de arrugas alrededor de sus ojos, que eran apenas visibles cuando sonreía, hizo que el cuerpo de Ash se llenara de algo que rara vez experimentaba.
Nostalgia, lo llamaban algunos.
—Veo que has estado cuidando mucho de Eiji—Empezó Blanca. Pésima apertura, pensó Ash, aún si sólo se limitó a elevar una ceja en su dirección, como instándolo a intentar continuar.
Ganándose un movimiento de mano de Blanca, como intentando disuadir su actitud agresiva.
—Era un cumplido, Ash.
Dijo, al tiempo que la mesera llegaba con sus dos tazas humeantes de café.
—Contigo es difícil saber—se excusó el mentado, llevándose la porcelana a la boca.
—Y mira quien lo dices, Ash—Contrarrestó Blanca, imitando su movimiento—contigo también es difícil saber...pues, aunque has cambiado, y yo mismo he sido testigo de ese cambio...
La frase quedó al aire, y Ash sintió su mirada afilarse.
—¿Qué? —instó.
Blanca dio un nuevo sorbo a su bebida.
—Aún te encanta sabotearte—ofreció, regalándole una sonrisa que parecía salida de una revista.
Ash no pudo hacer más que mirarlo, confundido.
—¿Gracias?
Blanca se cubrió los labios, ocultando su divertida risa.
—¿Qué? ¿No puedo acaro psicoanalizar a mi estudiante favorito? —Dijo, escudándose.
—Soy tu único estudiante.
Le recordó Ash.
—Sigues siendo mi favorito—Dijo entonces Blanca, con un matiz muy parecido al cariño bañando sus palabras—Siempre lo has sido, y siempre lo serás.
La mirada de Ash se desvió para un lado, sólo un segundo. Las paredes del café mutando, y convirtiéndose en uno de los amplios jardines interiores de Dino Golzine, una tarde de primavera, con un par de tazas de té y un libro que resultaba particularmente desesperanzador.
Ash tenía catorce años cuando Blanca llegó a su vida. Había sido el primero en enseñarle como tomar un arma propiamente, el que le había guiado a través de los enrevesados caminos de la etiqueta y la cultura, cosa que sus viejos tutores nunca realmente habían podido terminar de lograr.
También, sin embargo, le había enseñado a que estaba bien no sentirse cómodo con su lugar en el mundo, aún si todo apuntaba a que encajabas perfectamente en él.
Y, también, le había recordado el dolor del abandono.
Ese que venía de la mano con la despedida, de lo que, hasta ese momento, pudieras ver como un pequeño oasis seguro, en medio de desierto lleno de muerte.
Ash ya era un adulto.
Demasiado mayor como para aferrarse a viejos resentimientos infantiles, con hombres que nunca le habían prometido ser su padre.
—Sí, sí—Respondió en cambio—lo que digas.
Terminaron el café en silencio, y después de que Blanca pagara, mientras le aseguraba que era lo mínimo que podía hacer, le pidió que le siguiera.
—¿A dónde vamos? —Cuestionó Ash, mientras subía a una de las larguísimas escaleras mecánicas del lugar, los múltiples anuncios de diferentes tiendas brillando directamente contra su rostro, aún si la luz del sol estaba más que presente en el exterior.
Blanca, quien parecía más interesado en pasear su mirada por las diferentes boutiques que iban dejando atrás, sólo le dedicó una sonrisa misteriosa.
—Ya verás. Es una sorpresa.
Ash tragó en seco, mientras intentaba no recordar una de las últimas sorpresas que le hubieran dado. Después de todo, esta había venido la mañana después de la fiesta de Max, mientras él y Eiji se despedían, en dirección a su hogar.
De la mano de un Max que hacía tan sólo unos momentos antes hubiera estado quejándose sobre lo terrible de la jaqueca que venía de la mano de la resaca, mientras engullía aspirinas como si su vida dependiera de ello.
Ash, después de todo, ni siquiera había tenido el tiempo necesario para preguntarse el porqué de la conmoción, antes de que un sobre estuviera ya estampado contra su rostro. Había parpadeado confundido, antes de tomarlo, y- del reverso, la imagen de Nori Nori –el ave de caricatura con la que Eiij parecía estar obsesionado- le saludó.
—Esta está hecha específicamente para ustedes.
Le había dicho Max, mientras Ash sólo parecía usar de toda su capacidad mental para darle fuerza a sus engranajes mentales.
Eiji, en cambio, tomó la invitación entre sus dedos, abriéndola con rapidez.
"Es tan... colorida."
Fue lo primero que pensó Ash, al tiempo que el par de linces de caricatura le saludaban. Uno de sus cómicamente pequeños ojos cerrados en un guiño, mientras ambos preguntaban "¿niño? ¿niña?" al incauto y pobre receptor de semejante misiva.
"Demasiado colorida"
—Antes de que digan algo—La voz de Jessica resonó desde el fondo de la sala, mientras señalaba a su esposo con mirada acusadora—¡yo no tuve que ver! ¡Max hizo el diseño él solo!
Y Ash estaba seguro de ello, pues, mientras más elementos coloridos y caricaturescos entraban en su campo de visión, menos podía creer que alguien con al menos un poco de talento artístico en su cuerpo hubiera ideado semejante cosa.
—¡Es lo más tierno que he visto en mi vida!
Dijo Eiji, y las críticas a las capacidades artísticas de su padre tuvieron que morir, antes de permitirse si quiera nacer.
En cambio, se había limitado a acariciar el cabello de su esposo, mientras decía.
—...Tienes suerte de que te ame, Eiji.
"Porque tu gusto es atroz"
Hm, quizá ese era el motivo por el cuál le había propuesto matrimonio en primer lugar.
—¿Pasa algo?
Cuestionó Blanca, notando quizá el cambio notorio en su expresión.
—Nada—Se apresuró a puntuar.
Blanca ahogó una pequeña risita.
—Confía un poco más en mí, Ash.
Pidió, y mientras el tortuosamente lento avanzar de las escaleras mecánicas llegaba a su fin, intentó recordar la segunda sorpresa que hubiera recibido, tan sólo después de la invitación de Max.
Esta había venido en la forma del regalo de la familia de Eiji, la que Ibe les había entregado en la fiesta.
Eiji había lucido muy nervioso antes de abrirla, y Ash le había permitido tomarse todo el tiempo que creyera necesario. Mientras sostenía una de sus manos con cariño.
Una carta. Eso era lo que estaba dentro. Acompañada de un pequeño tallado de madera, que Ash había tomado para examinar.
Los Kanji que decoraban eran bastante más complejos que los que él estaba acostumbrado a leer. En la parte derecha, la ilustración finamente pintada de un gato, con un par de pequeños roedores escondidos entre la vegetación. Y, en la parte inferior; algo que Ash sí había memorizado.
Era un apellido.
Okumura.
—Oh...
Habría jadeado Eiji, junto a él, mientras una de sus manos cubría sus labios, y sus ojos parecían aguarse sólo un momento.
—¿Cariño?
Cuestionó, mientras intentaba observar las palabras que venían en la misiva, sin mucho éxito, pues también, estaba lleno de caracteres que aún no entendía.
Para su suerte, Eiji se giró en su dirección, mientras bajaba la carta, y acariciaba la pequeña placa de madera entre las manos de su esposo.
—Este es un Ema...—Le explicó, mientras utilizaba ese pequeño acento que a Ash tanto le gustaba escuchar—Es para rezar a los dioses, en los árboles sagrados que están en los templos de Japón.
"En Japón" habría recordado pensar Ash, mientras la voz de Eiji, muchos años más joven resonaba en su mente "Izumo es la tierra de los dioses"
—Dicen que... enviar regalos antes de que un niño nazca es de mala suerte.
Había explicado, mientras Ash hacía lo posible para no sentirse sobrepasado por la increíble cantidad de etiqueta prenatal de ambos lados del globo que parecía haber ignorado.
—Pero que esperan que podamos asistir, todos juntos, a rezar alguna vez...—Sus manos presionaron la pequeña placa—Usando esto.
—Todos juntos...
Había coreado Ash. Haciendo que Eiji sonriese.
—Todos juntos, Ash...—le había asegurado—Creo que esta es, como dicen aquí, su rama de olivo.
Y le había sonreído de una manera tal, que Ash por un momento, se había permitido olvidar que, el poder viajar a la tierra del sol naciente, era una imposibilidad para él.
—Ya estamos aquí—Anuncio finalmente Blanca, arrancando nuevamente a Ash de sus ensoñaciones, solo para arrojarlo cara primero ante una nueva vista, que no hizo nada para responder a las dudas que ya tenía formadas en la mente.
La de una agencia de viaje.
—¿Eh?
Preguntó, mientras su expresión mutaba del desconcierto al fastidio.
Blanca, quien parecía poco afectado por su reacción, se apresuró a entrar al local.
—Vamos, Chris—Le instó, al tiempo que una dependienta del lugar se apresuraba a recibirle.
Ash intentó disimular su expresión de desagrado, mientras le seguía.
Era extraño ver a Blanca desenvolverse en un ambiente tan- normal. Como si se tratara de un turista, particularmente emocionado por las ofertas, y no un mercenario retirado. Incluso, notó, se había dignado en no intentar coquetear con la mujer que los había recibido, quién, mientras decía su larga y cansina retahíla de ofertas, batía las pestañas con practicada coquetería.
Cuando la joven, que por su aroma parecía ser una beta, terminó de hablar; Blanca finalmente pareció dejar salir un poco de la personalidad que Ash ya conocía. Atontándola con cursilerías y halagos practicados, para finalmente decir.
—La verdad es que ya había apartado algo; un paquete de viaje.
Y, como si de pronto algo hubiera hecho conexión en su mente, la mentada salió corriendo hacia una de las mesas, donde una agente les saludaba con la mano.
—¿Eh?
Fue la inteligente pregunta de Ash.
Blanca le tomó por la espalda, mientras le hacía avanzar hasta la mesa, le explicó.
—Es un regalo atrasado de bodas, Chris—Dijo, mientras la agente le enseñaba un calendario con, con varias fechas encerradas en tinta roja. Todas del año siguiente.
—Es un gran plan el que eligió, señor—se apresuró a explicar la agente, mientras abría en su escritorio un largo panfleto, donde el mapa de Japón tenía varios lugares señalados con resaltador—Y se permite la personalización, Izumo es una gran elección, ¡muy exótica!
Ash sintió que su lengua se enredaba.
—¿Tu regalo no había sido intentar convencer a mi esposo de que tú eras mejor partido? —preguntó con indignación, cuando finalmente encontró su voz, mientras observaba al otro hombre con ira poco disfrazada. La explicación de la agente vilmente ignorada.
Blanca rio, mientras movía una de sus manos de un lado a otro, restándole importancia al asunto.
—Creí que sería divertido.
—¡Pues no lo fue!
Blanca se elevó de hombros.
—Lo fue para mí—aseguró con una sonrisa, mientras la agente de viajes mantenía una expresión completamente apacible, casi como si fingiera no escuchar su conversación—Pero no cambies de tema, Chris—puntuó, mientras le entregaba una larga guía, con fechas, destinos, y hoteles—Si fuera tú escogería esta—Dijo, mientras señalaba el mes de enero—El bebé tendrá ya la edad suficiente como para no requerir sólo de la leche de Eiji, ¿no? Y suficiente como para que pidas tus vacaciones, que sé nunca tomas.
Ash sintió su sangre helarse.
—... ¿Te pusiste a investigar mi vida o...?
Blanca simplemente amplió su sonrisa.
—Te lo dije, hay muy pocas personas; o cosas, de las que yo no sepa.
Ash sonrió, y mientras se disculpaba con la mujer, que cada vez parecía estar más cerca de querer desaparecer de la escena.
—Si tanto me conoces—dijo, una vez estuvieran lejos del rango auditivo de cualquier otro de los presentes—Entonces deberías saber que no puedo usar eso.
Blanca se cruzó de brazos, mientras suspiraba.
—Y seguimos con el auto sabotaje, ¿no?
Ash imitó su semblante.
—Te creía menos iluso, Blanca
—Y yo te creía a ti más listo, Ash.
Ash sintió un gruñido nacer en la base de su garganta, y de no ser porque se encontraban en un lugar público, y se suponía que él no era más que otro alfa del montón, estaba seguro de que se habría convertido en uno perfectamente audible.
Blanca, sin mostrarse sorprendido, empujó en grupo de hojas contra su pecho.
—Quédatelo—pidió—Si no lo utilizas, después de todo, no será tu dinero el que se pierda—Le aseguró, con una sonrisa demasiado divertida—Pero hey, al menos piénsalo.
Ash se disponía a replicar, sintiendo la ira comenzar a concentrarse en su estómago, empero, Blanca fue más rápido que él.
—Te lo mereces. Tú y Eiji, ¿no crees? —Dijo, para luego agregar—Si no lo haces por ti. Al menos hazlo por él.
Se dirigió al interior de la agencia nuevamente, mientras le aseguraba a Ash que necesitaban una fecha tentativa, y que la que le había señalado era la que Blanca ya había previsto con anticipación. Empero, que, si al final decidía utilizar otra, los cargos extra también irían directo a su tarjeta.
Ash se quedó estancado en su sitio, mientras veía a Blanca hablar con la agente, quien sin su presencia allí, parecía mucho más tranquila nuevamente.
Sus ojos bajaron al grupo de papeles que Blanca le hubiera dado, como rótulo; tenía un par de nombres.
Christopher y Eiji Winston. Japón [Ruta de cultura tradicional] Kioto, Kanazawa, Los Alpes. Izumo
—¿Listo para irnos?
Dijo Blanca, mientras arreglaba sus lentes, y Ash, quien aún sentía peso extra de los papeles en sus manos, simplemente asintió. Aceptando su derrota en silencio, mientras guardaba los papeles en el profundo bolsillo de su gabardina, junto a sus preocupaciones y cavilaciones.
El camino de regreso estuvo cargado de profundo silencio, hasta que hubieran estado en el mismo café donde la mal llamada cita hubiera dado inicio.
—¿Cuándo te iras?
Preguntó Ash finalmente, inseguro sobre como retomar el rumbo de la conversación que había quedado a medias.
Blanca no pareció ofenderse.
—Cuando sea el momento.
—Ha—Se rio, soltando el aire que no había notado aún guardaba en los pulmones—Qué específico.
El mentado se limitó a elevarse de hombros, antes de soltarle una despedida, y comenzar su camino a cuál fuera el lugar donde estuviera quedándose.
Ash se quedó quieto en su lugar un largo momento, observando la silueta de su antiguo maestro perderse entre el mar de gente, al tiempo que notaba que aún no se sentía listo para ir a casa.
Tomó su celular. La batería en color rojo lo saludó, así como las grandes letras que le mostraban la hora. Aún no eran las cuatro de la tarde, así que aún tenía algo de tiempo antes de que Eiji el horario de salida de Eiji llegara.
Guardó el aparato, y dando una vuelta, comenzó a caminar. Mientras intentaba ignorar el peso extra que ahora hacia acto de presencia en su bolsillo.
Entró a diferentes tiendas, observó anaqueles, e intentó hacer nota mental de todo lo que pudiera faltar en su hogar. ¿mermelada? ¿queso? Últimamente Eiji tenía antojos de cosas que mezclaran ambos sabores, aún si meses antes seguía quejándose de lo fuerte que era la comida norteamericana.
Llenó un par de carritos de comida, y procedió a pagarlos. Agradeció al vendedor, y fingió no notar su sonrojo mientras recibía los datos de su tarjeta.
Con un par de cargadas bolsas en manos pensó que ya era momento de regresar a casa, aún si su mente parecía resonar con un zumbido constante, donde se repetían las palabras:
"Japón"
"Izumo"
Y
"Al menos hazlo por Eiji"
Tomó aire. En un fútil intento de imitar el ejercicio de respiración que le hubieran enseñado en terapia, hacía varios años.
Uno, dos, tres.
Contó, antes de soltar el aliento, intentando que esta vez el conteo llegara hasta cinco.
Comenzó a avanzar, decidiendo que era momento de regresar; y lo hubiera hecho, de no ser porque un pequeño brillo captó su atención. Desde el rabillo del ojo, lo vio. Un pequeño botón plateado.
Se detuvo de nueva cuenta, y si alguien lo hubiera estado viendo, probablemente habría creído que había algo mal con él, por la manera tan errática en la que se movía.
Enfocó la mirada en el aparador. Era una tienda de moda para cachorros.
Para bebés, específicamente.
Y, en el medio de la vitrina, un pequeño maniquí se alzaba; sentado entre cubos y peluches de exhibición: Un enterizo rosa, con tela blanca que simulaba ser el tul de un tutú alrededor de su cintura. Sus manos y pies, cubiertas por guantes y pequeños zapatos a juego. En la cabeza, una gorra con orejas de oso, y dos brillantes botones plateados que imitaban los ojos.
"¿Acaso no te pasa que a veces vez algo en la calle y sólo tienes la necesidad de comprarlo, pensando en lo lindo que se vería el bebé con eso en las manos?"
Las palabras de Bones regresaron a su mente en ese momento, como una cubeta de agua fría.
—Algo que simplemente quieras comprar para el bebé...
Repitió, aun si no había nadie allí para escucharlo. Con su mente cambiando las palabras de Blanca, que se sentían como cuchillos, y la imagen de las hojas que hubiera dejado con él por las de Eiji que, con cuidado y dedicación, envolvía a su pequeña en un traje rosa, antes de asegurarse de cubrir sus pequeñas manos con los guantes, mientras la habitación de ambos se llenaba de pequeños gemidos guturales e hipidos.
Los sonidos de un bebé feliz...
No tuvo que pensarlo dos veces.
Entró.
Yut Lung sabía que algo en su comportamiento no era del todo correcto. Había algo que se lo decía, aún si, anteriormente, su vida había girado enteramente alrededor de las artes de seducción.
Claro, esto siempre había sido dirigido a personas de las que necesitaba algo, y antes de eso, de personas de las que sus hermanos necesitaban algo.
Empero, actualmente, una voz –que, a veces sonaba como la de sus hermanos, otras; como la de Shorter y, últimamente, como la suya propia, le susurraba que debería detenerse. Hablándole de manera cadenciosa; desde el fondo de su cabeza- o quizá, desde el fondo de corazón.
Y, aunque él estaba más que consiente de ello, había algo embriagante y adictivo en la compañía de Sing. Algo que hacía que el calor se centrara en su vientre, y viajara hasta su pecho. Algo que le decía que, por fin; había alguien que realmente se preocupaba por él.
—¿Estás seguro de que no quieres algo más abrigador? —Cuestionó el mentado objeto de sus cavilaciones, quien, sentado en el sofá de su oficina, revisaba los últimos cuadros que detallaban las importaciones que les habían llegado ese mes.
—La temporada de frío ya pasó—respondió él, con tranquilidad, mientras sus ojos recorrían las letras del documento que descansaba en sus manos—Estoy bien, Sing.
El último examen de Sing ya había pasado. Siendo, para sorpresa del muchacho, más sencillo de lo que hubiera imaginado. Por otro lado, Yut Lung le habría asegurado que era simple lógica, con lo mucho que se había esforzado. Y ahora, sólo tenía que esperar un par de movimientos burocráticos antes de que las muy ansiadas vacaciones golpearan a su puerta.
Aún si Sing realmente no tenía un periodo de descanso propiamente dicho. Especialmente con los tramites que se avecinaban que, si bien no se comparaban a los gigantescos malabares que Sing hubiera tenido que manejar tan sólo unos meses atrás, igualmente iban a ocupar gran parte de su tiempo.
Después de todo, Yut Lung no estaba listo para anunciar su embarazo aún.
Aún si entendía que tendría que hacerlo en algún momento. Estaba dispuesto a retrasarlo el mayor tiempo posible.
Firmó un par de veces, antes de colocar delicadamente el sello que avalaba la legitimidad de sus trámites.
Todo en orden, como esperaba. Sing era realmente diligente cuando se le asignaba algo, y esa revisión no era más que una simple formalidad. Si todo seguía de esa manera, a fin de mes ya tendrían dos sucursales nuevas listas para inaugurarse.
Sing, frente a él, frunció ligeramente el ceño.
—¿Estás seguro? —cuestionó, mientras dejaba que parte de su cuerpo se recostara hacia adelante—Anoche tampoco pudiste dormir mucho, ¿verdad? Te escuché dando vueltas por el pasillo en la madrugada.
Yut Lung se permitió elevar una ceja, con una falsa exagerada expresión de sorpresa.
—No me mires así—Pidió Sing—¡me preocupo! —aseveró—Ley que el embarazo es un proceso muy cansado, física y mentalmente, y ni siquiera estás cerca del momento en el que dormir debería serte tan complicado.
Una risa escapó de sus labios.
—¿Dónde has estado leyendo todo eso? —Cuestionó.
Sing, quien hace tan sólo unos segundos atrás habría estado ostentando un temple firme, dejó que su rostro se cubriera en sonrojo.
—En un libro que Nadia me recomendó...—Terminó por musitar.
—Oh—Dijo entonces Yut Lung, abandonando su puesto y caminando sinuosamente hasta Sing, para sentarse a su lado y dejar que su cuerpo se recostara, sin ninguna clase de pena, sobre uno de sus hombros.
Pudo notar la respiración del alfa repuntar, repiqueteando y acelerándose ligeramente, así como su aroma que, por un momento, había incrementado en intensidad.
Una reacción que la presencia de Yut Lung últimamente no fallaba en causarle a Sing. Algo con lo que al fin estaba acostumbrado, algo con lo que podía sentirse cómodo y en control.
Algo que sabía que a Sing también le gustaba.
—Quizá si estoy un poco cansado—Ofreció, mientras cubría delicadamente sus labios, ahogando un bostezo practicado.
Sing junto a él, dejó los papeles a un lado, antes de estirar su mano y pedirle a Yut Lung los que había traído consigo.
—Déjame revisar esos a mí, entonces—Musitó, mientras apartaba los folios con delicadeza—Deberías ir a la cama...
Yut Lung se estiró un poco más.
—Pero no quiero moverme...
Dijo, mientras cerraba los ojos, aún si era dolorosamente consiente de todo lo que ocurriera a su alrededor. Escuchó el sonido de la respiración de Sing volverse más lenta, así como el de su garganta, al tragar con dureza.
Finalmente, sintió la mano de Sing viajar por su espalda, haciendo un camino serpenteante por su cintura, para poder descansar con algo de miedo en el borde de su cadera, abrazándolo a su cuerpo.
—Entonces... puedes descansar aquí—Afirmó, al tiempo que su mano afianzaba el agarre—Yo voy a cuidarte.
Ayudar.
Cuidar.
Eran palabras que Yut Lung había escuchado muchas veces, en diferentes contextos, y dichas por diferentes personas. Empero, de los labios de Sing, de alguna manera- sonaban reales.
Tanto, que, sabía que no estaba listo para dejar de escucharlas. Ni ahora, ni pronto.
Cuando Ash regresó a su hogar, el cielo ya se había oscurecido.
En algún punto en su pequeño viaje a través de las tiendas, la batería de su teléfono celular había muerto, haciendo que perdiera el sentido del tiempo; pero si su intuición no le fallaba, Eiji ya debía estar desde hacía al menos dos horas en casa.
Por eso fue que, al notar la ausencia de luces en la casa, y el extraño silencio que parecía reinar; sintió como si una gran roca cayera directamente en su estómago.
—¿Eiji?—Preguntó, mientras se adentraba en la sala, que también se encontraba en completa oscuridad.
No hubo respuesta alguna. Las bolsas que hubiera traído del centro comercial cayeron al suelo, olvidadas por completo.
—¡¿Eiji?!
Volvió a intentar, esta vez con más fuerza, mientras aceleraba el paso, andando hasta la puerta de su habitación, y abriéndola con un poco más de fuerza de la necesaria.
Allí, acurrucado en un montón de frazadas, y haciendo un pequeño quejido de incomodidad; se encontraba su esposo.
—Amor...—Ash sintió que la temperatura regresaba a su cuerpo, al tiempo que la tensión escapaba de sus hombros. El mentado bajó un poco más las frazadas, su figura y facciones siendo iluminadas únicamente gracias a los haces de luz que escurrían por la ventana.
Ash se apresuró a su lado, arrodillándose junto a la cama, al tiempo que su mano buscaba la de Eiij, enlazando sus dedos.
—Ash...
Susurró débilmente.
—¿Qué pasa? —Preguntó, mientras acariciaba sus dedos, y sus ojos parecían escanearle para poder encontrar cualquier posible causa que estuviera causándole problemas al omega.
—Cariño...—Musitó Eiji, mientras sus ojos se apretaban—Creo que no me siento del todo bien aún...—Dijo, mientras su mano libre apretaba su ceño—Tuve que volver temprano del trabajo.
Ash asintió levemente, antes de cuestionar.
—¿Por qué?
Eiji apretó los labios.
—Me dolía mucho la cabeza, me molestaba la luz y el ruido también—Explicó, haciendo que Ash entendiera la oscuridad absoluta que había cubierto la habitación.
—Espera, iré por el termómetro-
Dijo Ash, pero antes de que pudiera moverse, Eiji lo detuvo, negando suavemente.
—Está bien, Ash. Llamé al doctor—Quien, después de pasado el primer trimestre de gestación les hubiera dado su información de contacto personal, asegurándoles que podían llamarlo si se llegara a presentar cualquier problema con Eiji o el bebé—Y me envió una prescripción por correo.
Ash parpadeó, confundido.
—Pero...
Eiji se apresuró a explicar.
—Llamé a Alex para que las recogiera, y después insistió en acompañarme a casa...aunque se fue hace casi una hora.
Ash tuvo deseos de golpearse en la cara. Golpeó su frente con su palma, y tras suspirar, sólo dijo:
—Perdóname...—su tono de voz era bajo, después de todo, Eiji aún se encontraba delicado. Mentalmente, se recordó agradecerle a Alex, después.
—No te preocupes, amor...—musitó Eiji, aun si sus movimientos parecieran más controlados, casi como si temiera el moverse demasiado. Su respiración profunda hacía que pareciera que comenzaba a tener arcadas.
—Eiji...
Ash le ayudó, apartando los mechones que caían por el rostro de su esposo que se sentía ligeramente más caliente al tacto; la preocupación pintada en los ojos.
—Estoy bien—Aseguró Eiji, mientras cerraba los ojos y respiraba con más fuerza—Es sólo... una migraña.
Ash había leído sobre eso. Estaba, además, en el panfleto que el doctor le hubiera dado. Los omegas tendían a sufrir mayormente de migrañas; especialmente en sus años fértiles. Y, el embarazo, actuando como una bomba hormonal, podía ser fácilmente un gatillante para las mismas, o incluso, para hacer que alguien que nunca las hubiera sufrido, comenzara a presentarlas.
—Cariño...—Musitó Ash, mientras apretaba los labios—Debería ir por una inyección.
Intentó ponerse de pie, con la mente fija en un solo objetivo: El refrigerador. Empero, la mano de Eiji, que tomó un lado de su abrigo, lo detuvo.
—No... espera, Ash... no....
Pidió, con su voz quebrándose ligeramente después de cada sílaba. Ash, por su parte, sólo volvió a su posición; arrodillado junto a la cama, mientras le observaba con confusión.
—Sólo... quédate aquí...conmigo—Le pidió, mientras volvía a esconder su rostro en la almohada—Por favor...
Ash volvió a acariciar su rostro.
—¿Aquí al lado?
Eiji negó, apartándose del borde de la cama lentamente, como si reptara.
—Adentro...
Ash asintió. Quitándose sin mucha ceremonia los zapatos, el abrigo, y los lentes; procedió a acomodarse junto a su esposo, intentando por todos los medios, hacer la menor cantidad de movimientos posibles.
Sintió el cuerpo de Eiji acercarse, enrollando los brazos a su alrededor, mientras su rostro buscaba el pequeño espacio entre su cuello; donde ya parte de sus mechones más largos caían.
—¿Mejor?
Preguntó Ash, acariciando con cuidado y parsimonia la cabeza de su esposo, quien respiraba profundamente, hundiendo su nariz todo lo que fuera humanamente posible,
—Mejor...—Concedió Eiji—Tu aroma... me calma...
Claro.
Pensó Ash, mientras una pequeña sonrisa contrariada se dibujaba en sus labios. Lo que más ayudaba a los omega, en cualquier situación, era el aroma de sus parejas.
Su aroma. Su presencia. Sus hormonas.
Sus manos presionaron con un poco más de fuerza el cuerpo de Eiji, ganándose un pequeño y quedo suspiro, mientras las palabras del doctor de Eiji daban vueltas en su cabeza, repitiéndose con cadenciosa lentitud, una y otra vez.
La importancia del compromiso.
De la importancia de comportarse como lo haría un alfa decente.
Ash no estaba seguro de cuántas horas habían pasado, sin embargo, cuando sintió que la respiración de Eiji ya había estado acompasaba el tiempo suficiente, y en cuanto pudiera repetir de memoria el ficticio discurso que el médico de cabecera que vivía en su mente le hubiera dado; revisó si Eiji seguía dormido.
Su rostro había regresado a esa expresión de paz que usualmente tenía, y que Ash tanto adoraba.
Una fina capa de sudor aún estaba presente en su frente, y Ash se encargó de apartarla con cuidado.
—Perdóname...—Acomodó los rebeldes mechones de su esposo, apartándolos con cuidado uno a uno—Por no poder darte todo lo que mereces...
Murmuró, antes de depositar un pequeño beso en su frente.
Los minutos siguieron pasando, convirtiéndose en horas. Ash no se movió de su lugar, demasiado pendiente de cualquier posible cambio en el semblante de su esposo, quien; sólo abrió los ojos cuando la mayor parte del sonido que pudiera llegar desde afuera ya hubiera desaparecido.
Sus párpados temblaron, trémulamente, enfocando lentamente el rostro de Ash. Quien, sonriendo parcamente, le saludó.
—Hola...
Eiji ahogó un bostezo.
—Hola...
Devolvió, antes de que Ash sellara sus labios con un casto beso.
—¿Cómo te sientes?
Eiji estiró ligeramente el rostro, casi como si hubiera deseado seguir el camino que los labios de Ash hubieran dejado al separarse.
—Mejor...—musitó—¿Qué hora es...?
—Tarde—respondió casi por instinto, mientras sonreía un poco. En la oscuridad alumbrada únicamente por los haces de los faroles de la avenida, vio a Eiji hacer un puchero. Estiró ligeramente el cuello, logrando captar por el rabillo del ojo los brillantes números del reloj digital que tenían en la habitación.
Dos de la mañana, ponía.
—...O temprano, debería decir. Son las dos.
El rostro de Eiji pareció contrito.
—¿No dormiste...?
Ash negó con suavidad, mientras su pulgar acariciaba el pequeño espacio entre las cejas de Eiji.
—No podría hacerlo si sé que te sientes mal....
Su esposo apretó los labios.
—Perdón...
Ash elevó una ceja.
—¿Por qué? —preguntó, genuinamente confuso.
Eiji sólo se removió un poco, con una expresión que parecía indicar incomodidad, y con un pequeño cambio en su aroma, que sólo lo confirmaba.
—Por no aceptar la inyección—Explicó—Es sólo qué...
Ash no le dejó continuar, negando vehementemente, y acallando sus palabras con otro beso, mientras sus manos acunaban el rostro de Eiji con cariño
—No tendría por qué obligarte a usarlas en primer lugar...—Sus dedos recorrieron sus mejillas, acariciando con suavidad—Quien debería pedirte perdón soy yo.
Eiji agitó la cabeza, de lado a lado.
—No... sé que lo haces para cuidarme...
Dijo, con una dulzura que Ash sólo le había conocido a él. Como tantas otras cosas que Ash simplemente sólo podía relacionar con su esposo. Como su paciencia, o la capacidad para aguantar a alguien como él.
—Eiji... tú sabes que...—intentó, sintiendo que las palabras parecían eludirlo—que no tendría que ser tan difícil para mí...—admitió, mientras sentía su boca secarse—...pero lo es.
Y lo era.
Jodidamente difícil.
Después de todo, había algo que aún no había compartido con nadie que no fuera Eiji. Al menos no de manera explícita, ni a lujo de detalles. Incapaz de realmente soltar la historia frente a Max, o frente a su terapeuta.
Esa había sido la razón principal por la cual había dejado de verle, después de todo. Huyendo del consultorio tan pronto el doctor hubiera intentado raspar más allá de la superficie, haciendo preguntas que Ash, ya intuía, los iban a llevar a la inevitable pregunta de: ¿Por qué odias ser un alfa?
Su doctor no lo había presionado, entendiendo quizá, más de lo que Ash le hubiera dado crédito. Asegurándole que podían tomarse un descanso la cantidad de tiempo que quisiera, pero recomendándole una y otra vez que, en algún momento, deberían volver a retomar el asunto. Si no con él, con otro profesional.
Ash se había limitado en sonreír en aquella ocasión, mientras con falsa cortesía le decía que lo tomaría en cuenta.
Aún si, acogiéndose en la confidencialidad profesional, le hubiera dicho a su padre que ya le habían dado de alta completamente.
Si es que esa palabra pudiera existir alguna vez para alguien tan roto y torcido como lo era Ash Lynx.
Alguien que había sido corrompido, incluso antes de que pudiera entender por completo lo que significaba ser un adulto en un mundo como el suyo.
Pues, la verdad era que el Club Cod – dentro de su propia organización, donde traficaban con niños y adolescentes de diferentes edades; tenían una sección especial para aquellos que aún no se habían presentado.
Eran los cachorros, después de todo; los más populares. Sus rostros suaves y sus cuerpos pequeños parecían avivar la imaginación de la gente, al igual que sus extrañas y más morbosas fantasías.
Dino, y muchos otros, habían llamado a Ash un omega en potencia. Mientras elogiaban lo suave de sus facciones, lo suave de su piel, y lo agudo de su voz. Características que en su infancia en Cape Code hubieran sido usadas para burlarse de él, ahora parecían simplemente ensalzar su atractivo.
Era un manjar. Uno exótico.
Aunque, mientras no se presentara, no podría hacer lo que hacía a los omegas tan atractivos.
Ciertamente, había gente que llegaba, de vez en cuando- Hombres, mujeres; alfas, betas; y Ash estaba seguro de que alguna vez, incluso, lo habían enviado a complacer a una mujer omega- que parecía disfrutar de aquella clase de retorcidos placeres de una manera mucho más simple. Que no pedía mucho, y que Ash había aprendido a preferir, en medio del infierno que había sido su infancia y temprana adolescencia.
Pues, por otro lado; tenía al grupo que sus captores gustaban llamar como invitados de gustos refinados.
Un grupo variopinto, en edad y en sexo; con una sola cosa en común.
Eran todos alfa.
Estas personas llegaban en oleadas, o al menos así lo había sentido Ash. Aparecían durante cortos periodos de tiempo, pero llegaban en grandes números; y luego –desaparecían del mapa. Ash no estaba seguro de si aquello era una técnica de Dino para mantener funcional a su material de comercio, o si sólo eran caprichos del destino.
De cualquier manera, no sabía si aquello era una bendición o un castigo.
Pues, de haber quedado inservible; probablemente ellos habrían dejado de fijarse en él.
Estos clientes, después de todo, eran muy difíciles de convencer. Empero, para lograrlo; había algunos secretos, trucos de fiesta, que ayudaban a hacer la experiencia más creíble y disfrutable para quien fuera el cliente del día.
Perfumes, por ejemplo, tan fuertes y concentrados que Ash recordaba haber vomitado una buena cantidad de veces, al sentirse envuelto por un aroma tan dulzón, y que no se quitaría de su cuerpo por completo, a menos que tomara dos o tres duchas seguidas, mientras frotaba su cuerpo con la suficiente fuerza como para dejar heridas, que más veces que las que no, terminarían sangrando.
Lubricante con tintes afrodisíacos, para simular la lubricación natural que un omega masculino comenzaba a producir al llegar a la pubertad. Que sin importar cuanto luchase, y cuando pidiese, siempre terminaban utilizando en él.
Y, sobre todo; inyecciones con concentrado hormonal.
El doctor que inventó las inyecciones hormonales; un beta nacido en Europa Occidental creía Ash, lo había hecho, de seguro, con la mejor de las intenciones. Así como los investigadores antes de él, con la estructura molecular de las hormonas sexuales, la intrincada y compleja relación entre los estrógenos, progesterona y testosterona, y las mimas hormonas; propias de los alfa y los omega.
Gracias a tales investigaciones ahora contaban con la gran gama de fármacos que permitían regular ciclos, evitar embarazos no deseados, y en general; hacer la vida de todos más simple.
Pero, así como con la dinamita, el mundo siempre parecía tomar cualquier cosa que hubiera sido entregada a ellos con la mejor de las intenciones; para convertirlo en algo salido del mismísimo averno.
El camino al infierno estaba tapizado de buenas intenciones, decía el dicho.
Las inyecciones de hormona omega eran las más populares dentro del Club Cod, venían en diferentes concentraciones, y en diferentes dosis. Los hombres que siempre inyectaban a Ash, incluso, parecían divertirse cuando le decían que utilizarían la aguja más pequeña; para no hacerle daño.
Ha.
Vaya chiste.
Hombres y mujeres parecían adorar enviar el cuerpo de Ash a un estado similar al celo; o al menos, a algo lo suficientemente parecido. Todo lo que un pequeño cuerpo infantil pudiera imitar.
No sabía cuánto de hormona Omega le habían metido al cuerpo.
No quería saberlo. Pero no podía evitar recordarlo.
Cuando era un cachorro, esta no había más que hacerlo sentir especialmente caliente, como si una gran fiebre pareciera invadirlo, al tiempo que su garganta se sentía rasposa y seca, rogando por al menos un sorbo de agua, mientras su cuerpo parecía entrar en un estado de crisis, completamente fuera de sí al notar que no podía controlar su propia temperatura, lo cual haría que se moviera con más desesperación, como si intentara huir de su propia piel.
A ellos les gustaba eso. La desesperación y el morbo.
Les hacía creer que era una respuesta a sus constantes "Ruega porque te lo de" a la vez que ni siquiera tenían que pedirle que gimiera "como si de verdad lo quisiera" pues sus constantes quejidos y gruñidos parecían ser suficientes para la fantasía barata de cientos de dólares.
Y cuando finalmente se presentó; su suerte no mejoró.
Para sorpresa de todos, incluso de él mismo; no fue un celo lo que le dijo a Ash que ya había llegado a esa etapa de su pubertad. No, fue un casi incidente de ahogo. Uno en el cual había comenzado a sentir un montón de sustancia agria, como sólo había probado de labios de viejos alfas cubiertos de canas, naciendo desde el fondo de su garganta, cayendo a borbotones, haciendo que comenzara a toser, pues le era imposible tragársela toda.
Ash lo recordaba perfectamente.
Había estado en medio de uno de sus turnos, con el cuerpo de un hombre completamente dentro de él, y aunque sus arcadas y movimientos habían sido tan violentos como para causarle dolor, el sujeto no se había detenido hasta que Ash hubiera perdido por completo la fuerza en las rodillas, al tiempo que el poco oxígeno que había podido guardar en sus pulmones le abandonaba.
—Eres un alfa.
Le habría dicho Dino aquella vez, cuando ya pudiera recobrar un poco de aire, y su cliente se hubiera ido del lugar. Su expresión, en lugar de decepcionada, parecía brillar con interés malsano.
—Espléndido.
Espléndido había dicho.
Ash no había sido capaz de entender eso hasta muchos años más, cuando la idea más irrisoria y ridícula hubiera dejado los labios de aquel viejo: La adopción.
Sin embargo, en ese momento, Ash sólo se había encontrado confundido. Confundido y quizá, algo aliviado. Había conocido del destino de muchos de los omegas que terminaban en Club Cod. De las operaciones ilícitas a las que se les sometía, de los cadáveres de los niños y de ellos mismos, que habían terminado siendo lanzados en alguna fosa común.
Ash creía que podría escapar de esas cosas. Pero había estado equivocado, de una manera que casi parecería irrisoria. Pues si bien no compartiría el destino de muchos de los niños que había visto crecer con él allí, parecía que había un camino que aún se negaba a soltarle.
Y ese era el del falso juego de pretender.
Pues, aún si Ash ya no podía ser considerado un cachorro, los invitados de gustos refinados, parecían haber desarrollado alguna clase de gusto particular por él. Tal que así, no les había importado el aumento en la tarifa de Golzine, ni que su cuerpo ahora tuviera un aroma diferente.
A diferencia de un cachorro, un alfa expuesto a la hormona omega no actuaría como cualquier enfermo de fiebre. No. Lo haría como un animal en celo. Irascible, descontrolado, completamente fuera de sí. Sólo un pensamiento nublando su mente. El de coger.
Esa gente amaba someterlo. Lastimarlo. Humillarlo.
Ash era mucho más consiente en esas oportunidades. El calor que hirviera en su cuerpo muy distinto al que hubiera sufrido de pequeño, cada pequeña parte de su cuerpo reaccionando sin querer. Recordaba también cómo es que el calor aumentaba, empezando de a pocos, como una erupción volcánica lista para estallar, y cómo es que sólo podía cavilar que tenía ganas de hundirse en algo, o en alguien. Cómo su miembro parecía rogar por ello, y como de su boca caían sendas corrientes de saliva, que no podía evitar terminar escupiendo en la sábana más cercana; mientras alguien detrás de él le tomaría con fuerza, hundiéndose sin preocuparse por sus alaridos y gruñidos, disfrutando que las hormonas que le compartieran a través del semen parecieran sólo exacerbar su cuadro.
Recordaba también los colmillos, esos que; en el momento del climax, se clavaban en su cuello, desgarrando la piel, buscando una glándula que simplemente no estaba allí, mientras lo hacían aullar de dolor.
¿Duele?
Preguntarían algunos, mientras una sonrisa de satisfacción se pintaba en sus rostros, mientras el cuerpo de Ash temblaba de la impresión y finas líneas de sangre decoraban su cuello.
¿Duele?
Preguntarían otros, mientras lamían esas líneas, antes de morder de nuevo.
Eso espero.
Dirían otros.
Porque es una manera de mostrar que eres mío, perra.
Sería como terminaría la mayoría. Aún si la marca que se formaría en su cuello no era una marca de unión, y simplemente un hematoma. Girándolo ligeramente entonces, permitiéndole ver sus rostros.
Esa era la verdadera cara de un alfa. Uno que se dejaba guiar por las hormonas y el instinto.
Dino hizo una fortuna con ese enfermo juego de rol.
Y Ash pudo entender, finalmente, la verdadera naturaleza de los alfa. Algo que parecía encajar de manera tragicómicamente bien con todo lo que había conocido en su vida hasta ese momento, no la versión cubierta de las escrituras bíblicas como la que hubiera dicho el esposo de la ministro en su iglesia local, y tampoco las esquivas respuestas de Griffin, quien parecía desear que Aslan algún día pudiera reconciliarse con la imagen del padre que parecía nunca haberle querido.
No, esto era más como los alfa que Ash conocía. Como los que veía y sabía eran reales.
Un animal que disfruta de someter a otros. O que simplemente no puede evitar hacerlo.
Ya fuera en la cama, o en las calles.
Ya que si bien Ash nunca había causado esa clase de terror en una persona en la cama; claramente lo había hecho en los ajetreados callejones del centro neoyorquino. Donde su nombre se había vuelto sinónimo de violencia y muerte.
Un líder que era capaz de aplastar a quien fuera necesario para tener lo que quería.
Un verdadero alfa.
El espejo devolviéndole la expresión que tan bien se había quedado grabada en su mente.
Una y otra, y otra vez.
Ash los conocía bien. Sabía lo que sentían
Lo recordaba y lo odiaba.
Eiji lo sabía
Lo había escuchado, un centenar de veces. En la oscuridad de la noche, cuando Ash se sentía lo suficientemente a salvo como para susurrarle secretos. Un fin de semana en la tarde, mientras Ash rememorara alguna experiencia particularmente traumática, con las manos de Eiji asiéndolo a la realidad. Y, también, mientras lágrimas caían por su rostro- la primera vez que lo hubiera visto llegar cansado del gimnasio, porque a pesar de las constantes horas de ejercicio que prometían quemar su energía aún sintiera ese falso ardor aun construyéndose en la base de su estómago.
Imposible de escapar.
—Eiji...—Dijo, sintiendo que su garganta se cerraba ligeramente—No quiero ser... esto—su voz se quebró un poco, aún si no había lágrimas que pudiera derramar.
No quiero ser como ellos.
Dijo en su mente.
Y de alguna manera, Eiji pareció entenderlo.
—No lo eres...—Aseguró, mientras lo abrazaba con fuerza, dejando que esta vez fuera su propio rostro el que se hundiera en el pecho de Eiji.
Sólo quiero ser yo...
Pensó Ash entonces, mientras correspondía el abrazo.
—Tú eres Ash, amor...—Aseguró entonces Eiji, mientras depositaba sendos besos en su cabeza, e instintivamente frotaba su mentón en contra de su piel, llenándolo de su aroma.
Como una madre con un niño pequeño.
—Tu casta es sólo una parte de ti...—continuó—no es una condena, mi amor...
Ash tuvo que respirar profundamente, peleando con el pequeño gemido quedo que quiso escapar de su garganta. Sus brazos se apretaron con más fuerza al cuerpo de Eiji, olvidando por un momento que su marido estaba delicado, recibiendo como respuesta una nueva lluvia de besos, y un constante murmullo que parecía imitar al de una nana.
Eiji se mantuvo así hasta que, el sueño pareció atacarlos a ambos. Y, mientras Eiji aun jugueteaba con su cabello, hundiendo su nariz en este, Ash sólo pudo aferrarse más a la cintura de su esposo, sintiendo por un momento el movimiento del bebé, a quien, tras revivir la imagen de la tienda; de una pequeña envuelta en tela rosa, siendo acunada por brazos cariñosos y delicados, sólo pudo dedicarle un pensamiento.
"Quiero se ser todo lo que tu papá cree que soy..."
Cuando Sing le pidió el día libre Yut Lung no pudo evitar cruzarse de brazos, mientras le miraba con una ceja en alto. Si bien era cierto que Sing ya figuraba en la nómina de los empleados, no era como si él lo sometiera a la misma clase de juicio. No antes, y claramente no iba empezar ahora.
Aunque, por otro lado, y después de que fuera casi una tradición el pasar todas las tardes juntos, parecía muy propio de alguien como él, el querer avisarle.
Y quizá, un empleador más amable habría querido retribuir a esa sinceridad de corazón, accediendo, sin entrometerse más de lo necesario.
—¿Por qué?
Sin embargo, para mala suerte de Sing; Yut Lung no era esa clase de persona.
—Me invitaron a un compromiso—Dijo Sing, mientras su rostro tomaba una expresión ligeramente afectada.
Oh.
Pensó.
Interesante.
—¿Compromiso? —preguntó, mientras estiraba uno de sus brazos, doblándolo con delicadeza, y descansando su rostro sobre su palma.
Sing asintió, una y dos veces, mientras musitaba una afirmación y parecía intentar fijar su mirada –discretamente- en cualquier lugar de la habitación, menos en Yut Lung.
Yut Lung elevó una ceja, logrando que su boca se torciera en una expresión que intentaba parecer de disgusto.
—¿Qué clase de compromiso, si puedo saber?
Sing apretó los labios. Y, luego de pensarlo un momento, pareció decidirse por decir la verdad. Buscó en el bolsillo de su chaqueta, y con cuidado, estiró un sobre en su dirección. Al tiempo que un leve sonrojo se pintaba en sus orejas.
Yut Lung le dedicó una mirada confusa, empero; cuando abrió el sobre, todas sus dudas se resolvieron en un segundo.
—Vaya—Dijo, con una sonrisa que claramente era más socarrona de lo que debería—Esto tiene tanta clase como esperaría de alguien como Okumura Eiji.—Dijo, mientras examinaba los colores chillones y los dibujos—Pero creería que alguien como Ash, que ha conocido la opulencia; pensaría en algo... Mejor.—Completó, con el veneno claramente escapando de su voz.
Posteriormente, sólo sonrió, mientras le devolvía el pedazo de papel.
—O quizá es que el mal gusto es contagioso—Acusó—Cuidado, Sing. Podrías ser el siguiente.
El mentado recibió su invitación, mientras se rascaba la parte trasera de la cabeza.
—Estás molesto, ¿no? —Dijo Sing, mientras reía.
Yut Lung elevó una ceja.
—¿Yo?
Sing apretó los labios, mientras señalaba categóricamente su nariz. Yut Lung tuvo la osadía de lucir ofendido.
—¿Yo? —jadeó—¿Cómo crees?
Sing ahogó un suspiro, antes de dejarse caer a su lado, en el sofá. Pareció meditarlo un segundo, y antes de que Yut Lung pudiera continuar argumentando, dijo:
—Es algo muy importante para Ash-
Yut Lung le cortó.
—Eiji.
—¿Hu?
—Eiji—repitió él—Esta clase de cosas no parecen realmente importantes para alguien como Ash—Explicó—A menos que sean para el remedo de marido que se consiguió...—La mirada de Sing se tornó algo dura en ese momento, y Yut Lung sabía que un reproche se avecinaba. Sin embargo, esa era su casa, y nadie iba a fiscalizar lo que pudiera decir o no—Y tú también, quieres ir por él, ¿verdad?
Cuestionó, quizá un poco más duro de lo que anticipaba en un primer momento.
Pero Yut Lung había estado allí. Cuando aún veía a Sing como un pequeño cachorro, que parecía orbitar continuamente detrás de Ash. Detrás de Caín, de incluso; en algún momento, detrás de él mismo.
Como un niño sin guía que de pronto no tenía huellas que seguir, intentando llenar zapatos que eran demasiado grandes para él.
Y él se había aprovechado de eso, después de todo.
Mientras pudo.
Sí, ambos eran niños en medio de un juego de adultos, ocupando posiciones que eran muchísimo más grandes que ellos, mientras parecían manejar los hilos de la vida de sus múltiples hombres con facilidad tal que –de sentarse a analizarlo con frialdad- probablemente habría sido aterrador. Y, aun así; Yut Lung sabía que su experiencia superaba la de Sing ampliamente. No había punto de comparación.
Claro que, una vez Sing hubiera parecido declarar su independencia de la influencia de Yut Lung, él finalmente había podido notar que quizá, no era exactamente detrás de Ash de quien el joven alfa pareciera estar.
Y que, quizá Sing, realmente ya no era un cachorro; después de todo.
—Es mi amigo.
Argumentó Sing, con una facilidad que Yut Lung habría querido creer. Pero era difícil hacerlo, creer que Sing realmente sólo buscaba una amistad con el omega que había sido un constante dolor de cabeza para Yut Lung desde el penoso día en que sus existencias se hubieran cruzado en la casa de Alexis Dawson.
Quizá, se dijo entonces, era que simplemente se había rendido; notándose incapaz de pelear contra el lince, una conclusión a la que el mismo Yut Lung hubiera llegado años antes, y por motivos diferentes, cuando por fin notara que era incapaz de seguir buscando bordes que delinearan su propia imagen en el extraño collage de vidrio pulido que era Ash Lynx.
Así como se había rendido de buscar los mismos rastros de miseria en su figura.
Y de querer aplastar cualquier cosa que los hiciera diferentes.
Cualquier pequeña cosa que él no tuviera.
Y, en el caso de Sing; aún si él no hubiera visto lo mismo que él. Aún si no hubiera visto lo sereno y vacío de la mirada de Ash, mientras presionaba el gatillo-con un arma apuntando directamente contra su cien, sólo por la vacía promesa de dejar en paz a su omega- Creía que había visto alguna clase de demostración de fidelidad ciega y estúpida similar. Signos que claramente mostraban una guerra perdida, aún antes de levantarse en armas.
Aún antes de que si quiera supiera que había firmado para entrar a una.
Aún antes de que, si quiera, se diera cuenta de que estaba enamorado del estúpido omega del líder pandillero más peligroso de todo Manhattan.
Una guerra por alguien a quien las cosas parecen caerle en el regazo sin hacer mayor esfuerzo.
Yut Lung, aún intentándolo, nunca podría entender el atractivo. No de Eiji Okumura.
—Amigo...—Tentó él.
Sing, a su lado, asintió.
—Amigo—Aseveró.
Ha.
Pensó.
Me encantaría que eso fuera vedad.
—¿De verdad? —Intentó nuevamente, mientras se ponía de pie, y de un movimiento fluido, se acercaba a Sing, violando cualquier posible definición de "espacio personal" que hubiera estado presente entre ellos antes.
El color invadió el rostro de Sing, y algo –casi primitivo- pareció celebrar en el fondo del estómago de Yut Lung. Ardiente.
—Por supuesto...
Susurró.
Y, él, por su parte, se acercó aún más. Sus ojos fijos en los contrarios, observándolo con voracidad, como si intentara penetrar hasta lo profundo de su alma.
Y, podía ser que Sing simplemente se hubiera hecho mucho mejor al momento de ocultar sus deseos; o- en hacerse a la idea de que no podría tenerlos.
Después de todo, Sing era menos ambicioso que él mismo.
Y, menos rencoroso, también.
Yut Lung sonrió, mientras lamía sus labios. Observando como Sing parecía imitar su acción.
Vaya.
Se dijo.
Interesante.
Eiji Okumura y su plano encanto podía ser el epítome del misterio para alguien como Yut Lung. Sin embargo, sí había algo que él conocía; mejor que nadie en el mundo.
Y ese era el arte de la seducción.
—Adelante, entonces...
Aseguró. Mientras pensaba que, en esa guerra; no la estaba dispuesto a perder.
El día de la fiesta que Max les organizó llegó rápidamente.
Ash se había encargado de mantener un calendario donde documentara los constantes dolores de cabeza que Eiji hubiera comenzado a sufrir, separados por el espacio de dos o tres días uno de otro, unos más fuertes que otros; pero nada similar al susto que hubiera tenido después de su encuentro con Blanca.
Había intentado convencerlo de inyectarse, al menos una vez; empero, Eiji había negado categóricamente, asegurando que eran controlables con la medicación que su ginecólogo le hubiera recomendado. Además, de que, la idea de recibir más de esas inyecciones –de momento- parecía no sentarle del todo bien, prefiriendo adherirse al horario tentativo que Ash hubiera diseñado para las pocas dosis que le quedaran.
Después de todo, sólo tenía tres más.
Ash sabía que pronto tendría que realizar una nueva visita a la oficina del Doctor Meredith, y tendría que volver a enfrentarse a las preguntas y preocupaciones del galeno.
Ash definitivamente no estaba ansioso por hacerlo.
Quizá le llevara algo, sólo para convencerlo de dejarlo en paz.
Sin embargo, eso sería problema para el Ash del futuro cercano. Después de todo, ahora mismo, quería permitirse disfrutar un poco de su tiempo en familia. Y de que Eiji parecía haber amanecido sin molestia alguna.
—... ¿Camisa rosa?
Preguntó su esposo, mientras lo veía arreglarse frente al espejo.
Ash giró ligeramente, mientras su expresión se deformaba en algo parecido a un puchero.
—Sí—espetó—¿Algún problema?
Eiji estaba usando una amplia camiseta azul, de un tono más claro que los pantalones anchos que últimamente parecían ser los únicos que le quedaban.
El mentado rio con suavidad, mientras cubría sus labios.
—No—dijo, mientras sus manos tomaban el cuello de la camisa de Ash, acomodándolo—me da ternura...—su tono se hizo más bajo, y Ash pudo notar como sus ojos brillaban—¿De verdad piensas que será una niña?
Ash sintió sus mejillas arder.
La sorpresa del enterizo no había durado mucho, pues Eiji había encontrado la prenda al día siguiente de comprarla, mientras levantaba las bolsas que Ash hubiera abandonado en la sala, y cuando Ash finalmente se hubiera levantando, lo encontró jugando con los pequeños zapatitos de lana, mientras estiraba la prenda sobre su vientre, y le preguntaba a su pequeño si le gustaba lo que papá había escogido para él.
Para decirle, con la sonrisa más grande que hubiera visto en días.
—Creo que le gusta. ¡desde hace rato que no deja de patear!
—¿Y tú quieres que sea un niño? —Preguntó en lugar de dar una respuesta, mientras acariciaba su vientre, intentando encontrar movimiento.
Eiji depositó un beso fugaz en su frente.
—Solo quisiera que nazca sano.
Ash no pudo ocultar su sonrisa, agachándose de un momento a otro, para besar al pequeño a través de la tela.
—También yo...
El taxi no tardó mucho en llegar a recogerlos. La dirección que Max les hubiera dado no estaba muy lejos del trabajo de Eiji; era un pequeño salón de eventos. La puerta señalada por un par de adornos con globos, y la música que provenía del interior.
Ash tomó aire, preparándose para lo que venía.
Fueron recibidos rápidamente después de bajar, por un Max que venía enfundado en un traje con diferentes tonos de azul, mientras en sus manos; cargaba una gran bandeja con pastelitos de color: Rosa y azul.
—¡Ash! ¡Al fin llegaron!—Dijo, maniobrando de manera tal que pudiera abrazarlo, sin dejar caer nada de lo que trajera en sus manos.
Detrás de él, un poco de la decoración interna del local ya podía verse.
Había un centenar de animales de caricatura. Globos y serpentinas.
Oh dios.
Pensó Ash.
Es tan... colorido...
Jessica, quien traía un vestido de color rosa, se apresuró a acotar.
—Quien eligió la decoración fue cien por ciento Max.
Y Ash sólo pudo sonreír vagamente, mientras sentía las manos de Max golpeándole la espalda. Después de todo, estaba seguro de que Jessica no había tenido nada que ver.
—Lo sé—aseguró, antes de ganarse un bufido herido por parte de su padre.
—Ninguno de ustedes aprecia el buen gusto—se quejó.
Eiji, en cambio, ahogó un sonido de sorpresa tan pronto puso un pie en el local.
—¡Esto es genial!
Exclamó, al tiempo que Max pasaba a escoltarlo al interior, mientras audiblemente agradecía haber logrado tener un yerno tan dulce como lo era él.
Adulador.
Pensó Ash, mientras sus ojos se clavaban como dagas en la espalda de Max.
Jessica le tomó del brazo entonces, sonriéndole con cariño, antes de pasar a escoltarlo al interior.
La música sonaba por un par de altoparlantes ubicados en lados opuestos del salón, y la mesa estaba llena de entremeses temáticos.
En medio del salón, sus amigos se encontraban charlando. Ash afiló la mirada, mientras reconocía los colores.
Parecía que la mayoría creía que sería un niño, incluido Sing.
—Christopher—saludó el otro alfa con una sonrisa divertida, mientras se llevaba a la boca lo que parecía ser una galleta con glaseado azul, antes de observar exactamente cómo es que había ido vestido—... ¿una niña? —cuestionó, con la sorpresa pintada en el rostro.
—¿Algún problema con eso?
Preguntó Ash, con una sonrisa de lado y los brazos cruzados.
Sing negó un poco, mientras ocultaba una risa.
—No, no; claro que no... sólo que es... lindo.
Le respondió, al parecer ocultando las verdaderas palabras que quisiera utilizar.
Ash rodó los ojos de manera muy notoria.
—Ni creas que voy a dejar que la cuides, Sing. Conozco a los de tu tipo.
Y el sonido que salió de la garganta de Sing le dijo a Ash, que casi se había atragantado con lo que estaba comiendo.
—¡Oye!
Ash se limitó a reír en su cara, al tiempo que el sonrojo parecía alcanzar las orejas de Sing.
Pequeña escena que sólo fue opacada por el repentino sonido de la voz de Max al ser proyectada por un micrófono, quien anunciaba la llegada del agasajado, al tiempo que ayudaba a Eiji a dar un par de pasos hacia adelante.
Su esposo lucía nervioso, aún si intentó dedicar un pequeño saludo con la mano a todos los presentes. Ash devolvió el gesto, mientras notaba que Sing sacaba su teléfono para filmar, ignorando por completo el impase anterior.
Max continuó con su explicación, mientras hacía que Jessica trajera una silla al medio del escenario y ayudaba a Eiji a sentarse en ella. Pidió, después, que todos los invitados se dividieran en dos grupos; con los de ropa rosa a un lado, y los de ropa azul en el otro. Pues, habría una competencia.
Él no era la clase de personas que participara de esa clase de actividades, pues le parecían ridículas e irrisorias.
Empero...
El rostro de Eiji lucía- tan feliz.
Que era imposible no sentirse, al menos un poco, contagiado por el sentimiento.
Ash observó su propia camisa, que era del mismo tono que los trajes de Bones y Kong. A un lado, Alex- quien traía una chaqueta azul, rio con nerviosismo.
Sing, en cambio, sólo sonrió pagado de sí mismo.
Ash tomó una gran bocanada de aire, dejando que una amplia sonrisa se formara en su rostro. Elevó ambas manos y las dejó descansar en los hombros de Sing y Alex, y aún si el mismo Ash reconocería después que le debía demasiado a su antiguo segundo al mando, no pudo evitar decir.
—Los vamos a destrozar.
.
.
Y Ash estaba completamente seguro de que esa clase de cosas no era lo que uno acostumbraría a hacer en esta clase de fiestas.
Lo sabía, porque había leído al menos cinco artículos diferentes sobre cómo organizar una con éxito.
Sin embargo, y mientras veía como Alex y Bones tenían que saltar por una fabricada pista de obstáculos que juntaba sillas, un par de mesas pequeñas y una piscina de pelotas de plástico, para luego tomar una mezcla abismal que tenía la audacia de llamarse alcohol –que Ash no podía terminar de descifrar, pues el aroma era demasiado fuerte como para intentar dividirlo en sus partes primigenias- directo de un biberón, no pudo evitar soltar:
—Estoy seguro de que esto es más de un baby shower.
Max, quien estaba a su lado, y de rato en rato animaba con comentarios por el micrófono, le dio un golpe con el codo.
—Como si fueras a dejar que organizara uno—explicó mientras reía—¡debía aprovechar la oportunidad!
Ash sintió la molestia pintarse en su cara, al tiempo que veía a Alex presionar con más fuerza el pequeño biberón de plástico, logando que su contenido fuera despedido con más fuerza hacia su garganta, elevando los brazos y soltando un alarido de victoria; haciendo que Bones tuviera que ser posteriormente consolado por Kong, quien a duras penas había ganado su propio turno en la carrera contra uno de los compañeros de trabajo de Eiji.
Lo analizó un poco, y finalmente decidió.
—Sí—dijo, mientras veía como los invitados que ahora estaban sentados reían abiertamente—No pienso hacer eso.
Max infló las mejillas.
—Pero si eres el papá—Dijo, a modo de queja.
—Sí, Chris—intervino entonces Sing, mientras se acercaba y arremangaba la camisa, pues al parecer él sería su oponente—¿O qué? ¿Tienes miedo de perder?
Y de pronto, hacer el ridículo frente a tantas personas no parecía tan malo. Si el protagonista era Sing, claramente.
—Te vas a tragar tus palabras—Dijo, coronando con una sonrisa, haciendo que Max lanzara un alarido por el micrófono, anunciando que un reto había sido realizado, y que eso merecía incrementar la dificultad del desafío.
Lo que al parecer se traducía en cambiar un único biberón al final, por tres esparcidos en diferentes puntos de la pista.
—... ¿de dónde conseguiste tantos?
Preguntó.
—Venta al por mayor.
Respondió con simpleza Max, antes de que el timbre de salida sonara, indicándole a Ash que debía arrancar. Un par de gemidos de sorpresa se escucharon en la habitación, y Ash fue capaz de escuchar incluso algunas expresiones que le aseguraban a Max que no sabían que su hijo estuviera en tan buena forma.
Cuando llegaron a la primera estación, ambos alfa comenzaron a tomar del ridículo biberón como si su vida dependiera de ello, al menos hasta que Ash pudo ver como su esposo alentaba a viva voz tanto a él como a Sing,
Dejó de lado el objeto, para dedicarle una mirada que claramente decía. ¡¿en serio?!
Eiji, por su parte, sólo se limitó a reír.
Sing le ganó en el primer tramo, pero Ash fue capaz de alcanzarlo en el segundo. Llevando al tercero, los gritos y vítores podían escucharse con altivez. Ash observó, cortante, el rostro petulante de Sing, y tras presionar la botella de plástico de la misma manera en la que hubiera visto a Alex hacerlo, logró ganar, sólo por unos segundos de diferencia.
Apartando el biberón de sus labios al tiempo que lo lanzaba a un lado, soltó un bramido de victoria.
—¡Esto es peor que el licor sin etiqueta de cinco dólares! —Se quejó.
Sing, quien tenía las orejas rojas, se limitó a reír, mientras le daba un par de palmadas en la espalda.
—¡Chris! — Dijo Eiji desde el escenario, llamando la atención de los presentes—¡Lo hiciste excelente, amor!
Y el coro de risas que siguió a aquello, de seguro era por la manera exagerada en la que el rostro de Ash se coloreó.
Aunque el dijera que había sido a causa del licor barato de Max.
El resto de la tarde pasó de la misma manera, con juegos de temática infantil en la que todos los jóvenes asistentes estuvieron obligados a participar. Incluso Michael y él habían logrado hacer que Max se les uniera, aún si era para jugar en un equipo diferente. Siendo su siguiente objetivo Ibe-san, siendo ayudados por su madre; Jessica, quien animaba al beta al coro de su ¡Shunichi! ¡Shunichi!
Ash no recordaba cuándo había sido la última vez que hubiera reído tanto, ya que casi no podía sentir los músculos de su cara cuando finalmente llegó el momento de que se sentara junto a Eiji, en el medio del escenario. ¿O quizá sólo era que tanto licor de calidad dudosa de verdad había logrado hacer alguna clase de estrago en él? Ash tenía una tolerancia alta al alcohol, y por ende a cualquier sustancia que deprimiera el sistema nervioso; por razones que en ese momento realmente prefería no recordar; pero con el extraño coctel que su padre había logrado crear, no le sorprendería que incluso alguien como él comenzara a sentirse mal.
—¿Estás bien?
Preguntó Eiji, mientras le ofrecía un vaso con agua.
Ash tomó el vaso, y tras seguir con la mirada a Sing, quien corría al baño a devolver un poco de lo que estaba en su estómago.
—Ahora sí.
Dijo entre risas.
Ash le golpeó ligeramente la mano.
—No seas malo con él.
Amonestó, pero Ash hizo de menos el asunto, dándole un pequeño beso en la mejilla como respuesta.
—No lo soy.
Aseguró Ash, al tiempo que Max pedía la atención de todo.
—¡Todos! ¡Es hora del gran anuncio!
Gritó en el micrófono, mientras Michael y Jessica se acercaban por los lados, con sendos cañones de humo en las manos.
Todos los invitados se reunieron alrededor de la pareja, con miradas emocionadas, Ash pudo reconocer a sus compañeros de la pandilla, a los amigos del trabajo de Max y de Eiji; e incluso a su propio jefe. Max esperó a que incluso Sing regresara del baña, mientras su rostro aún recobraba un poco de color.
Max se aclaró la garganta.
—A ver, redoble de tambores...
Dijo, señalando a Michael que, tras apretar un botón, logró que el sonido de baquetas contra tambores llenara el ambiente.
Ash sintió su respiración hacerse más profunda, al tiempo que todos los invitados participaban de la cuenta regresiva.
3, 2, 1 ¡Ahora!
Se escuchó el bramido de los asistentes, un segundo antes de que los cañones fueran disparados.
Miles de papeles de colores llenaron el aire, cayendo como si de nieve se tratase sobre todos ellos; y mientras la multitud lanzaba vítores al unísono; Jessica se apresuró a abrazarlos a ambos, sus ojos enjugados en lágrimas, la voz de Michael sonando en sus oídos, con un: ¡Felicitaciones, hermano! y los brazos de Max alzados en el aire, en gesto de victoria.
Los ojos de Ash se abrieron de par en par por un segundo, y el tiempo pareció detenerse. Los tonos azulados mezclándose perfectamente con las luces pálidas del lugar, imitando los cielos límpidos que a él tanto le gustaba observar, esos que parecían siempre estar en el fondo de las fotografías de salto de garrocha de Eiji.
Y, antes de que la última nota de su celebración muriera, Ash claramente pudo escuchar, de los labios de un extremadamente emocional Max.
—¡Bienvenido a la familia, Griffin!
Sing agradeció a los dioses que su instinto le hubiera dicho que tomara un taxi para la fiesta, en lugar de usar su motocicleta, como había pensado en un primer momento.
Como pudo le dio la dirección al conductor, mientras cerraba los ojos y vagamente creyó escuchar a Max decirle que había anotado la placa del taxi, como si aquello pudiera hacer alguna diferencia.
El camino de regreso a la mansión de Yut Lung fue de aproximadamente una hora, gracias al tráfico de la tarde, que ese día curiosamente parecía haber incrementado. Sing creyó haber cabeceado al menos en un par de ocasiones, con la pesadez de sus párpados pidiéndole al menos dormitar.
Cuando llegó el momento de descender y pagar, ya se sentía mejor. El viento de la noche golpeando su rostro y las pequeñas siestas intercaladas en el transcurso del viaje al parecer, habían hecho su truco.
Saludó al personal que atendía la puerta, mientras ellos le devolvían el gesto con una pequeña reverencia.
—Sing, el señor Yut Lung lo está esperando arriba.
Anunció uno de los trabajadores, alguien que Yut Lung había contratado hacía menos de un año, si Sing no recordaba mal. Un muchacho que no podía pasar de los veinticinco, y un beta.
—Gracias.
Dijo Sing, mientras movía la mano algo torpemente. El joven pareció dubitativo un momento y, tras pensarlo un poco; intentó articular:
—...Señor Sing
El mentado se detuvo, para permitirse regalarle una sonrisa.
—Lo sé—aseguró él, antes de que el muchacho pudiera continuar—Me encargaré de esto.
Dijo, mientras señalaba su ropa y a sí mismo en el proceso.
Se aseguró de entrar a su habitación sin hacer mucho ruido, mientras se quitaba la ropa, sin estar por completo seguro si el olor más prominente era el del alcohol, pues hacía años que no bebía tanto; el de Eiji, ya que había pasado al menos una media hora abrazándolo y felicitándolo por el futuro nacimiento del pequeño Griffin.
Tomó su teléfono un momento, recordando que Eiji le había pedido que le escribiera tan pronto llegara a casa.
Eso hizo, y cuando cerró la aplicación de mensajes, la foto de él, Nadia y Shorter le saludó.
Sing dibujó una sonrisa.
—Fue una gran fiesta, Shorter—dijo, mientras su pulgar acariciaba el semblante sonriente de su amigo—Te habría encantado.
Entró a la ducha, y tras un largo baño relajante, creyó que estaba listo para salir. Secaba su cabello con una de las toallas que había traído desde su departamento, cuando de pronto el sonido de su puerta abriéndose llamó su atención.
—¿Uhm?
Preguntó, mientras alzaba una ceja.
Lo que le saludó fue la imagen de Yut Lung, que, con una bata mal puesta, se apoyaba contra un lado de su puerta.
La piel de sus hombros era visible, así como la de uno de sus muslos.
—Sing...
Musitó Yut Lung, y el mentado sintió que su boca se secaba.
—¿Yue..?—Murmuró, antes de presionar con más fuerza la toalla que cubría su cintura, con el pudor de pronto atacándolo—¡¿Qué haces aquí?!
El mentado sólo le sonrió con gracia, mientras hacía movimientos serpenteantes en su dirección, al tiempo que Sing daba un paso hacia atrás, encontrándose con que allí estaba una pared.
—Hueles a alcohol—Dijo Yut Lung, mientras fruncía la nariz.
Sing tragó duro.
—Sí, bueno... en la fiesta había un poco...—El omega acercó más su nariz, respirando profundamente—...un mucho...
La risa de Yut Lung invadió sus tímpanos, clara y suave, con apenas un poco del tinte burlón usual.
—Te divertiste...
Tanteó, una de sus manos acariciando suavemente el cuello de Sing, como si intentara buscar algo allí.
—Sí...
—¿Fuiste a ver a Eiji? —Cuestionó, y algo cambió, de pronto su boca ya no parecía un desierto. En cambio, ahora estaba llena de algo húmedo y agrio.
Saliva de alfa.
Las manos de Sing tomaron el cuerpo de Yut Lung, intentando mantenerlo a cierta distancia.
—Es mi amigo...—Explicó, con un tono más suave del que le hubiera gustado.
Yut Lung chasqueó la lengua.
—Eso no responde mi pregunta...
—Yut...
Instó nuevamente, pero fue silenciado por el índice del omega sobre sus labios.
—Dime... Sing—Lo escuchó murmurar, sus ojos brillando, y sus labios húmedos—Si quieres...—El corazón de Sing latió más rápido en su pecho, al tiempo que el calor parecía invadir sus sentidos—Podrías imaginar que yo soy él.
Y con esa frase, fue casi como si la magia por completo se rompiera, en el mismo momento en el cual los labios de Yut Lung atrapaban los suyos; en un beso con el cual había estado soñando desde hacía un tiempo.
Aún si en ese momento, no lo podía corresponder.
Notas finales:
ema (絵馬): Son pequeñas placas de madera que se utilizan para rezar en los templos sintoístas de Japón. Tienen una gran variedad de tipos, sirven para rezar por salud, dinero, familia; y un largo etcétera.
Los efectos secundarios del embarazo son aterradores, y eso que yo sólo conozco de ellos de manera teórica, y por haberlos visto en terceros. No podía evitar pensar que en un omegaverse, el disgusto particular por los aromas que causa la migraña sólo podría hacerse peor haha.
Este fic ya es oficialmente más largo que mi tesis... Wow, ¿quién lo diría? Es hora de regresar bajo mi roca de la vergüenza HAHA.
Los juegos son cosas que mis compañeros y yo hicimos los primeros años de universidad, para el baby shower de una amiga nuestra muy querida, pues su bebé fue el primer sobrino del código. Si, nosotros tampoco sabíamos mezclar licor haha. Pero son eventos bonitos, y si los papás la pasan bien, entonces todo vale la pena.
Ah chispas, ¿ya llegamos a la segunda mitad del segundo trimestre de los bebés? Qué rápido, cuando hice esos títulos y los dividí apenas había pasado la navidad, y ahora ya se acabó febrero. Vaya :')
Comencé con unas prácticas extra así que es momento de que comience a medir mis tiempos de mejor manera, pero hacer resúmenes y luego volverlos historias es divertido (aún si me toma el doble de tiempo) así que continuaré con esto porque de verdad, es casi terapéutico.
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