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Tener y no tener

Eiji dejó la clínica con un par de nada sutiles miradas sobre su espalda. Y, creía entender por qué.

No era la primera vez que maldecía la tan sensible nariz de los omegas, especialmente cuando se trataba de percibir aromas en él. Al menos, nadie se había acercado a preguntarle si "necesitaba ayuda". Lo cual, solía ser una práctica común; cuando alguien se encontraba a un omega que desprendía el aroma de "la desesperación" el algún ambiente público.

Eiji lo entendía. Toda aquella cultura de proteger al omega, que parecía ser únicamente reforzada por el país y por los tiempos actuales.

Empero, él realmente no necesitaba de ningún extraño intentando ser amigable o lucir preocupado. No ahora.

Se encaminó hasta uno para de autobús cercana, y agradeció que no hubiera nadie además de él esperando.

Respiró. Una, y dos veces.

Un bebé.

Había un bebé creciendo dentro de él.

¿Cuánto tiempo ya tenía?

Trató de hacer memoria, pero sus pensamientos parecían ser un constante vaivén entre las palabras del doctor, las palabras que no terminaba de entender en su resultado, y la expresión de Ash aquel día que le hubiera pedido tomarlo.

Los ojos severos del galeno, que parecían querer escrutar en el interior de la mente de Eiji. Un montón de siglas en inglés, y los profundos y cálidos ojos verdes de Ash, que le miraban con infinita dulzura y algo que Eiji aún no era capaz de entender.

Casi como si aun entre el gran mar de amor que le profesaba, sintiera dolor.

Como si lo estuviera lastimando, y lastimándose a sí mismo en el proceso.

Un sabor amargo llegó a su boca, y como acto reflejo tuvo que cubrírsela e intentar respirar nuevamente. Pausado. Pausado...

No quería atraer más atención a él de la necesaria.

Su otra mano se movió al instante, buscando el dedo donde descansaba su anillo de bodas; y con cuidado lo acarició. La sensación del metal frío sobre su piel, y los pequeños giros que era capaz de darle, funcionaban casi como si de un hechizo se tratase.

Le recordaban momentos felices.

Le traían tranquilidad.

Le recordaba a las manos de Ash tomando, casi con timidez, las suyas e insertando el anillo; con un cuidado que hasta parecería impropio de alguien como Ash Lynx; pero definitivamente no de alguien como Aslan Jade Callenrese.

El anillo de su boda...

Había sido una ceremonia en extremo corta. Y bastante privada. No era para menos, después de todo; no era como si tener a Ash tuviera la libertad de poder pasearse en lugares tan públicos de manera despreocupada. Ese era un privilegio que los legalmente muertos no tenían; después de todo.

Aunque de no ser por la acción de Sing, quien gracias a su tozuda naturaleza había regresado a darle otro pedazo de su mente -y una larguísima reprimenda a Ash- el día del regreso de Eiji a Japón, que Ash habría estado muerto realmente también. Eiji aún tenía sentía escalofríos al recordarlo.

La llamada que Max había realizado, y el rostro descompuesto de Ibe al avisarle, casi con dificultad física, que habían apuñalado a Ash.

De seguro que su aroma, ahora que intentaba recordarlo con más claridad, había sido un gran coctel de cosas negativas. Pues Eiji no recordaba el rostro de Ibe-san haberse deformado de aquella manera antes o después de ese incidente. Como si algo lo hubiera lastimado profundamente y no supiera qué hacer para remediarlo.

Aun con las posteriores explicaciones; y asegurándole que Ash estaba bien. Estable y seguro, internado en una clínica privada, gracias a los contactos de Max y Jessica; usando el tal llamado "ridículo alias" que había usado cuando se hubiera hecho pasar por el hijo de Max para comprar su viejo departamento, Eiji no podía encontrar calma.

No hasta verle con sus propios ojos.

No hasta saber que Ash realmente estaba bien.

No hasta que pudiera rodearle con sus brazos y estuviera seguro de que su vida no escaparía de allí como arenilla entre sus dedos.

Podía ser un deseo egoísta... pero era el deseo más profundo y real en el alma de Eiji en ese momento.

Había sido su carta. Definitivamente había tenido que ser eso.

Eso lo hacía su culpa.

Eiji no creía ser capaz de continuar viviendo si aquello hubiera tenido un desenlace diferente.

La negativa de sus padres ante su petición de volver a Estados Unidos no fue una sorpresa para nadie, aun si no fue duradera. Ya que aún con la herida de bala aún sin sanar completamente, pues los puntos que estaban previstos para ser retirados en Japón, así como la consecuente terapia de recuperación; parecían ser completas nimiedades para la mente de Eiji. Quien, además de ser ya mayor de edad, podía ser calificado como un omega emancipado si la situación lo requería.

Y, quizá lo más importante de todo, era que no era necesario estar muy cerca de él para entender su situación. No la física, necesariamente. Si no esa que su aroma claramente parecía gritar al mundo.

Voy a morir si me quedo aquí.

Quizá algo exagerado, admitiría luego Eji cuando Ibe-san le explicara qué clase de vibras parecía estar lanzando en todas direcciones. Y, que definitivamente; debería disculparse con sus padres y hermana por ponerlos en semejante predicamento.

Pero lo había valido. Todo por volver a ver a la persona que amaba. Por saber que estaba bien.

Por escuchar su voz reclamándole su falta de cuidado al no reposar, y para tragarse las ganas que tenía de insultarlo por tan clara e irónica -además de estúpida- aseveración.

Por dejar todo aquello de lado y simplemente lanzarse a su regazo a estallar en llanto. En todo el llanto que había estado conteniendo desde que le dijeran la noticia hasta que pudiera verlo nuevamente en la supuesta tierra de la libertad.

Había valido el poder sentir sus manos en su cabello, y como su voz suavizada le decía que todo estaba bien.

Incluso había valido el que esa voz interna, que muchos llaman conciencia; le reclamara que debiera ser al revés. Que tenía que se él abrazándolo y disculpándose por no haber ido personalmente a verlo. Por casi haberle arrancado la vida de las manos. Por... muchísimas cosas, que de seguro le hubieran ganado una reprimenda muy sentida de parte de Ash.

Pero no importaba.

Aquello también habría valido la pena.

Dar el sí, aun si era bajo otro nombre; aún si era estar comprometido para con el mundo con un supuesto Christopher Winston, también lo había valido.

Para poder ver el rostro de Ash brillando con felicidad, y a los pocos asistentes, de los cuales muchos definitivamente no cumplían con el tonto código de vestimenta para tal jubilosa ocasión, era uno de los recuerdos más felices en la vida de Eiji.

Seguido tan solo por uno no muy posterior.

El de ambos, abrazados en la sala del nuevo y muchísimo más pequeño departamento; con el sonido de la rasposa voz de Elvis sonando en la radio, y moviéndose apenas sin ritmo. El cabello de Ash haciéndole cosquillas en el cuello, y su voz resonando; profunda e inundada de cariño, muy cerca de su oído.

— ¿Me concede este primer baile, señor Callenrese?

Eiji no recordaba cómo había sido capaz de aguantar las lágrimas. Pero sí que había preferido reír un poco. Golpeando ligeramente el hombro de Ash con su mano hecha puño, maldiciendo y bendiciendo a la vez la marcada diferencia de altura que solo se haría un poco más notoria con el paso de los años.

—Pero si ya estamos bailando, Ash...

Y el posterior abrazo más fuerte de ambos, y el sonido entremezclado de sus risas; resonando con el pequeño eco del aún vacío lugar.

La música continuó, con su agradable y envolvente candencia. Con la voz que parecía una caricia, y con el agradable calor que causaba en el vientre de Eiji.

"Porque no puedo evitar enamorarme de ti..."

Eiji no podría haber estado más de acuerdo con aquel desconocido en la radio.

De regreso a la realidad, Eiji sonrió.

Sus manos regresaron a su regazo, y su respiración volvía a tener un ritmo acompasado. Iba a ser un viaje largo a casa.

Yut Lung tenía muchísimos recuerdos de sus hermanos. Unos desagradables, otros simplemente asquerosos. Y otro gran número, en algún punto en el resumido espectro de ambos adjetivos.

Había ciertos momentos que, grabados con fuego en su retina, se repetían una infinidad de veces en su mente. Quitándole el sueño, atormentándolo como eternos fantasmas, o sombra de condenados intentando llevarlos con ellos.

El asesinato de su madre, por ejemplo.

La primera noche que Hua Lung hizo que compartiera lecho con él, también.

Esas solían ser las más recurrentes. Las que de manera recalcitrante se negaban a dejar paso a cualquier otra. Esas cuya ominosa sombra, le solían cubrir por entero.

Empero, esta vez otra hizo su camino entre el intrincado laberinto de callejones sin salida que era le mente de Yut Lung.

Un recuerdo que, había hecho maravillas al mantener reprimido.

E iniciaba como muchos de tantas otros. Con una conversación entre sus hermanos.

—Los omegas dejan cría. Eso es lo único para lo que de verdad sirven—Wang Lung lo había dicho alguna vez. Mientras creían que él no escuchaba, o quizá sin importarles si lo hacía o no. Después de todo, cuando recibían el dinero o hablaban de los favores que el cuerpo de Yut Lung podía darles, él sabía que no hablaban de algo más que un mero instrumento. Un objeto—Y nosotros no necesitamos mocosos aquí. No como él. ¿Lo entiendes, Hua Lung?

Mentira.

Habría querido decir Yut lung, quizá sólo para llevarle la contra a uno de sus hermanos mayores; pero se contuvo. Quizá porque no tenía voz, o quizá sólo porque su cuerpo pedía un alto al dolor físico, que; aun si con el tiempo se hacía soportable... nunca realmente terminaba de serlo.

Mentira. También servimos para el sexo. ¿O no, hermano?

Un murmullo apreciativo dejó los labios de Hua Lung. Yut Lung conocía ese tono, era el mismo que usaba a veces cuando trataba de convencerlo de algo, mucho más suave que el de la cabeza de la familia, pero, aun así; le causaba un gran revoltijo en el estómago.

—Claro que sí—Y se acercó al cuerpo de Yut lung, estirado como pudiera en la cama; cubierto apenas con las sábanas. Inmóvil. Acarició ligeramente su silueta—Entiendo que él no lo necesitaría, y lo mejor sería si ya no tuviera ese molesto útero dentro...

Yut lung lo recordaba bien. Con aterrador detalle. El frio que había invadido su cuerpo, ocupando su vientre bajo. Atacándolo como una estaca despiadada.

—Pero a la gente no le gusta la mercancía dañada. Y una cicatriz no sería estética, especialmente en esa parte de su vientre.

Lo que había seguido a esa conversación era una gran maraña de palabras sin sentido y las voces entremezcladas de sus hermanos.

Y, aún si Wang Lung no había seguido con la idea de realizarle una histerectomía cuando apenas tenía once años, eso no significaba que no hubiera tomado otras medidas para evitar que dejara cría, cómo lo había llamado.

Él nunca había sido bueno tomando pastillas, aún si había algún sirviente que se encargara de dárselas a la misma hora todos los días; pero había tenido que acostumbrarse. A eso, y a las constantes inyecciones de tratamiento hormonal. Ya que era mejor prevenir que lamentar.

El primer celo de Yut Lung había sido a los diez años, y sus recuerdos de este no habían sido nada agradables. Teniendo que pasarlo y aguantar el dolor y malestar inconmensurable que venía con este, solo. El llanto se había mezclado con el sudor, y su propio aroma era demasiado fuerte como para aguantarlo sin tener deseos de vomitar todo el inexistente contenido de su estómago. Sus muslos estaban manchados y pegajosos, su vientre al igual que todo su cuerpo, gritaban de dolor. Todo él ardía.

Las veces posteriores, no habían sido mejor. El largo y tedioso tratamiento acabó con las molestias -no sin antes incrementarlas un par de larguísimas semanas- Hasta el punto de eliminar su celo por completo. Incluso el molesto periodo posterior, donde todos los omegas sangraban un par de días; también había desaparecido.

Algunos médicos, de manera muy sutil le habían mencionado que quizá ese tratamiento tan fuerte y para nada recomendado, podría hacer estragos con su fertilidad. Y, podría comprometer el nacimiento de futuros Lee en los años venideros. Todos con el ceño algo fruncido, y con manerismos que mostraban su clara preocupación.

Sus hermanos siempre los habían tranquilizado con un par de palabras y una clara mirada que decía: No te metas en nuestros asuntos. Al tiempo que, Yut Lung, solo les regalaba una de sus más ensayadas sonrisas.

Vaya, que quizá el deseo de sus hermanos se había cumplido. Y, aunque gran parte de Yut Lung ardía en cólera; pues aquella no era si no otra muestra de la manera tan fácil en la que sus hermanos disponían de él, mancillaban su integridad y decidían en absolutamente cada aspecto de su vida; otra – mucho más pequeña, pero susurrante y venenosa; le decía que así era mejor.

Él no quería niños, de cualquier manera.

No quería perpetuar la asquerosa sangre que corría por sus venas.

Y, además. No es como si planeara vivir lo suficiente como para tener que preocuparse en tener uno.

Cierto...

Esa había sido la razón.

Que, aún habiendo acabado con la vida de sus hermanos y su asquerosa progenie; aún con la promesa a Sing de enderezar China town, y aún con su propia decisión de hacer algo diferente con su vida, no había quitado ese tortuoso y claramente exagerado tratamiento contraceptivo.

Lo había... reducido, ciertamente. Debido a que estaba arto de escuchar las pataletas de Sing sobre su salud, recordándole demasiado a las palabras del mismo Blanca hacía tanto tiempo cuando hubiera visto la cantidad de sustancias que su cuerpo absorbía.

Y aun así... aun así...

No se suponía que el pudiera.

No es como si él quisiera...

Aún con la vida sexual, activa como la vivía; él nunca había sopesado siquiera la posibilidad.

Removió su copa nuevamente llena, observando entre el líquido amarillento y brillante.

Lo que le recordaba...

La puerta de su recámara de abrió sin miramiento ni cuidado. Casi como si la hubieran pateado. Yut Lung ni siquiera necesitaba utilizar su nariz para saber de quién se trataba, ya que nadie más tenía tales modales -o falta de ellos- para hacer notar su presencia.

— ¿Quién es el padre?

Fue la pregunta de Sing Soo Ling tan pronto estuvo frente a él. Con ese tono de alfa desarrollado que había obtenido con los años, ese que parecía estar a solo un par de decibeles de convertirse en un gruñido. Con el ceño fruncido, y la mirada penetrante.

Ira.

Definitivamente olía como a ira.

Es lo que yo quisiera saber.

Notas:

Primero, disculpen la tardanza. Yo estoy acostumbrada a subir semanalmente, me ayuda a mantener el ritmo de la historia y no perderme en mis propias ideas. Pero este mes ha sido, por decirlo poco; cansado. Enero nunca es amable conmigo, y terminé enferma. Además, el 13 era mi cumpleaños e intentar escribir algo con gente extraña aquí; era casi imposible. Quería que esto fuera un poco más largo, pero terminé decidiendo que esas partes fueran en el siguiente capítulo. Cuando un poco de toda la backstory y los cambios para este AU -o los más importantes al menos- estuvieran cimentados.

Es un Au bobo, pero me gustan los omegaverse.

¡Muchísimas gracias a las personas que leen!

Espero no tardar mucho para el siguiente.

Nota 2: La canción que escuchan Eiji y Ash es "Can't help Falling in Love" de Elvis.

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