Tender is the night
El amor es una acción, más allá de sólo un sentimiento. Ash y Yut Lung deben aprender que, en medio de la influencia perniciosa de las clases sociales, la tragedia de la enfermedad mental y los abusos; la fuerza del amor puede ser una salvación, así como también una condena.
Advertencia: Menciones/descripciones de abusos y actos sin consentimiento. Procedan con cuidado.
Cuando Max abrió los ojos, el sol apenas estaba saliendo. Dio una mirada rápida al reloj de la pared, y notó que apenas eran las cinco de la mañana.
Max siempre había sido una persona madrugadora, un viejo hábito que le había quedado desde los días del ejército, y del cual nunca había podido terminar de deshacerse, ni siquiera los días que su trabajo le obligaba a estar despierto hasta la madrugada.
A su lado, Jessica aun dormitaba, con su melena rubia desordenada. Max le sonrió con cariño, dejando un beso en su frente, antes de bajar al primer piso de la casa, a comenzar con los preparativos del desayuno.
Era demasiado temprano como para esperar que sus amigos se despertaran, y aunque lo intentara, sabía que realmente no iba a ser capaz de regresar a la cama a dormir. En cambio, optó por iniciar la cafetera. Otra costumbre que no había podido quitarse desde sus días recién regresado de Irak; una dependencia extrema a la cafeína –y, a veces, al alcohol- junto a la necesidad de saltar al mínimo ruido que se presentara en su alrededor habían sido sólo uno de los regalos que le había dejado su época en la milicia.
Tomó su taza, con café negro bien cargado y llevó sus pies hasta la sala, donde dejó caer su cuerpo sobre el sofá. Tomando pequeños sorbos de café, mientras veía como el sol terminaba de salir. Las grandes ventanas de la casa hacían que el espectáculo fuera particularmente sobrecogedor. Las mañanas de Cape Cod, eran algo digno de admirarse, después de todo.
Max recorrió el alféizar de la ventana, donde los chicos habían colocado varias fotos decorativas, en marcos pequeños; la gran mayoría eran de Ash, y siendo Eiji quien las había tomado, eso no era una sorpresa. Empero, también había fotos de ellos, durante su viaje. Max pudo reconocerse a sí mismo, varios años más joven, con el cabello mucho más abundante. También estaban Shunichi, Michael, los chicos de la banda de Ash, Shorter, y...
Max se supo de pie, caminando con calma hasta la última foto. La tomó con cuidado y regresó a su lugar, observando a la persona que, desde el papel, le devolvía la mirada con una sonrisa.
—Hola, Griff...
Saludó, aun si nadie podía responderle.
Ellos nunca habían podido darle una verdadera sepultura a Griffin, no en medio del escándalo que se había generado gracias a banana fish, así que no había una tumba como tal, a la cual pudieran rendir sus respetos.
Eiji había hecho un pequeño altar para él en su departamento, siguiendo las costumbres de su país, y Max había ido más de una vez a prender un poco de incienso el día de su cumpleaños, sólo para encontrar pequeñas ofrendas.
Tomó un largo trago de su café.
—Al final sí pude venir a conocer tu hogar—Dijo, mientras dejaba la foto en su regazo, y sus dedos repasaban la silueta del muchacho, eternamente atrapado en los verdes campos de Cape Cod—Aunque dudo que haya sido como queríamos en un inicio.
Se entretuvo un poco más, terminando su taza, mientras observaba la foto. Y, cuando su taza al fin hubiera estado vacía, el sol ya estaba en lo alto.
Dejó la fotografía de Griffin en su lugar, y subió a despertar a todos, Jessica ya se estaba cambiando, al igual que Shunichi y Michael, sin embargo, cuando abrió la habitación de Ash y Eiji, los encontró completamente dormidos, enredados el uno en el otro.
—Hmm—murmuró, no completamente seguro de querer lidiar con el mal humor de Ash al ser despertado, pero un poco preocupado, pues Eiji sí era madrugador.
—Déjalos dormir un poco más—Pidió entonces Shunichi, que lo había seguido por el pasillo—Ayer fue un día largo.
Max solo pudo suspirar, dándole la razón. Sólo se limitó a cerrarles bien las cortinas, para que la luz no interrumpiera su sueño, antes de retirarse cerrando la puerta.
Abajo, Jessica y Michael ya lo esperaban, poniendo la mesa y batiendo un par de huevos. Max pensó que el par de tórtolos de verdad debían estar cansados, para no despertar con todo el ruido que hacían abajo, llenando el ambiente de algarabía y risas que incluso a él le habían ayudado a aligerar un poco sus pensamientos.
Cuando terminaron, Michael le preguntó a su madre y tío si podían ir a conocer un poco más del lugar, ya que era quien más entusiasmado parecía por recorrer cada esquina del lugar que había visto nacer a Ash.
Max no pudo acompañarlos, pues aún tenía un par de asuntos de los cuales encargarse. Con tranquilidad dirigió su camino hacia la oficina del abogado, donde la familia de Jennifer ya lo estaba esperando. Él y Ash habían hablado largo y tendido sobre qué es lo que harían con el restaurante de camino a Cape Cod, y sin mucho miramiento, Ash le había dicho que quería que pasase a manos de ellos.
Eran muy amables, una pareja de betas que ya pintaban canas, y cuyos ojos estaban rodeados de pequeñas arrugas. Max les había sonreído, y estrechado sus manos, intentando no pensar en lo descorazonador que tenía que ser para un padre el tener que enterrar a sus hijos, cuando se suponía que tenía que ser al revés.
Recibió un largo fajo de papeles, y los leyó con cuidado. Eran sólo cosas básicas, títulos de propiedad, y los de la herencia.
Agradeció el trabajo al abogado, disculpándose porque el titular no hubiera podido ir con él esa mañana, prometiéndole que esa misma tarde regresaría con las formas firmadas y en orden.
Tras un par de despedidas protocolares, Max regresó a la casa, encontrándose con que Eiji y Ash ya habían bajado al comedor. Sin embargo, Ash parecía más dormido que despierto, con Eiji batallando para que se llevara la comida a la boca y no hundiera el rostro en el tazón que tenía al frente.
Max elevó una ceja, sonriendo con sorna.
—¿Está bien el bello durmiente?
Eiji le dedicó una sonrisa, deseándole buenos días, aunque Max aún podía notar el rastro del cansancio en sus ojos.
—Lo estará, luego de una ducha.
Max simplemente amplió su sonrisa, dejando el fajo de papeles que había traído consigo en la mesa, al tiempo que se acercaba sigilosamente al plato de Ash.
—Muy bien—Canturreó, antes de intentar robar un pedazo del tocino que de seguro Ash no querría comer. Intentar, siendo la palabra clave, pues un tenedor apareció con presteza, casi clavándosele en el dedo.
—¡Oye!
Se quejó, ganándose la risa de Eiji, y la mirada asesina de Ash.
Bien, parece que la ducha ya no sería necesaria.
La mañana transcurrió como una corridilla de imágenes borrosas frente a los ojos de Ash. Su cabeza retumbaba con los sonidos fuertes, y sentía que sus párpados pesaban, señal de que bien podía caer dormido en cualquier momento. Y, aún con casi un litro entero de café en su sangre, su cuerpo parecía pedirle a gritos un descanso, frustrando sus planes de acompañar a sus amigos a recorrer el pueblo.
Max lo había tranquilizado, agitando su mano como si no fuera la gran cosa, asegurándole que no había problema. Que él le diría a todos que Ash, valientemente, se había quedado cuidando de su pareja embarazada; y el tono empalagoso que había utilizado le había ganado un segundo intento de apuñalamiento con el tenedor.
Sin embargo, Ash agradecía que intentara que los demás no se preocuparan por él.
Después de todo, al menos por un par de horas, realmente no quería la mirada del resto sobre su persona. No cuando su semblante estaba así de alicaído.
En cambio, había pasado casi todo el día encerrado en la habitación con Eiji, dejando que su esposo le acariciara la cabeza mientras él dormitaba. Y, cuando se sintió mejor, decidió no abandonar su posición, disfrutando del movimiento de los dedos de Eiji entre sus hebras, lo dulce de su aroma, y lo suave de su pecho.
Al menos, hasta que su teléfono sonó.
—¿Uh?
Escuchó a Eiji preguntar. Ash no necesitó abrir los ojos para leer la pantalla, reconocía perfectamente esa alarma.
—No es nada—Musitó, luchando contra él mismo para separar su nariz del pecho de Eiji, estirar el brazo, y tomar su teléfono—Solo un recordatorio.
Con maestría apagó el aparato, dejándolo abandonado a un lado de la cama, y regresando a lugar asignado por derecho.
—¿De?
Podía sentir la duda llenar el tono de Eiji.
Ash se limitó a ahogar una risa en su pecho.
—De que tu celo está por empezar—Le dijo, elevando el rostro y mirándolo desde su posición, con una lánguida sonrisa en los labios.
Pudo ver como el rostro de Eiji cambiaba en tiempo real. El color rojo viajando desde sus mejillas hasta sus orejas.
—¿Qué? ¿Acaso necesitas un recordatorio para eso?
Ash le dedicó una larga mirada, antes de tomar aire, y hundir su nariz nuevamente entre los pliegues de su ropa.
—No, no realmente.
Confesó. Y aquello era verdad.
Obviando el incidente que había ocurrido en la casa de Jessica, Eiji era tan regular como un reloj, algo que Ash agradecía muchísimo. Eso le había ayudado a poder llevar un control mental de los ciclos de Eiji después de su matrimonio, aunque no siempre había sido así.
Especialmente no la primera vez.
Ash lo recordaba con demasiada nitidez. La primera vez que había podido presenciar todo el proceso del celo de un omega.
Ambos aún se escondían en una de las casas seguras que Ash tenía esparcidas por la ciudad, y apenas habían pasado un par de días después de su escape de la mansión de Golzine.
La actitud de Eiji había sido algo extraña durante esos días, entrando y saliendo constantemente de las habitaciones, dejando que su mente vagara por ideas que no se molestaba en compartir con Ash, y cambiando las cosas de lugar, haciendo que el joven alfa dificultara en encontrarlas luego.
En un inicio, Ash le había atribuido su cambio de comportamiento al extrañar la constante compañía de Shorter, o los recuerdos del día en el calabozo de ejecución. Incluso, había temido por un momento, que Eiji estuviera reconsiderando su promesa susurrada de estar con él para siempre.
Sin embargo, la respuesta no tardó en llegarle: Cuando lo que percibía con su nariz hizo conección con lo que veía en el comportamiento del joven omega.
Especialmente cuando notó que Eiji comenzaba a cocinar cantidades exorbitantes de comida, que definitivamente no entraría en el pequeño mini bar que tenían en una esquina de la cocina. O, que Ash había comenzado a notar cómo la mirada de varios chicos de su pandilla parecía quedarse un par de minutos más sobre Eiji de lo estrictamente necesario.
Y, la cereza sobre el pastel había sido ver a Eiji aferrarse a un par de prendas suyas, mientras doblaba la ropa, como si pensara tomarlas para sí.
Estaba anidando.
—¿Qué tan cerca está tu celo?
Le había preguntado una noche, mientras Eiji se terminaba de acostar. Ash le miraba directamente desde su propia cama, sus ojos fijados en la figura esbelta de Eiji, que tras sus palabras pareció tensarse.
Bingo.
Pasaron un par de segundos antes de que Eiji tuviera el valor para girarse a verlo, el temple de Ash no había cambiado para nada.
Finalmente, y con una actitud derrotada, Eiji se sentó en la cama.
—...Mañana.
Ash juraría después, que en ese momento había sentido que sus ojos se salían de sus cuencas.
—¡¿Ha?! ¡¿Y no pensabas decírmelo?!
Ash no solía gritarle a Eiji, y al notar como el cuerpo del omega daba un pequeño espasmo, al tiempo que su expresión se tornaba triste- Como la de un pequeño mamífero siendo regañado, sintió la necesidad de prometerse que no lo haría de nuevo.
No le gustaba esa expresión, para nada.
Ash suspiró, llevándose la mano al rostro, y dejando que subiera por su frente, peinando su cabello en fútil intento por calmarse.
—Este es un departamento de una habitación, Eiji...
Una que era compartida, para más inri. El cuerpo de Eiji se enredó sobre sí mismo ante las palabras de Ash, pegando las piernas a su pecho. Ash se frotó el cuello, intentando pensar en una solución.
Los omega necesitaban un espacio seguro para poder anidar, fueran a pasar el celo solos, o acompañados. Y, la idea de Eiji encerrado en una habitación solo dentro de esa, o cualquier otra casa segura, hacía que se sintiera extrañamente enfermo. Aun sí sabía que había omegas de todo estrato social, y que no eran pocos los que de seguro anidaban en departamentos destartalados como ese, tomando lo poco que los hiciera sentirse seguros con ellos en medio de la maraña de telas y almohadas. Ash alguna vez había leído que los omega que tenían pasados problemáticos, o vivían en zonas peligrosas, habían declarado que escondían cuchillos bajo sus almohadas, sin pensarlo mucho, aún si no podrían usarlo en medio de la fiebre ocasionada por el celo.
Los hacía sentir protegidos.
Eiji no había tomado ninguna arma, ni mucho menos.
Eiji había optado por su ropa.
Eso hacía que Ash sintiera algo que aún no estada dispuesto a analizar.
Aún si Ash se mudara temporalmente a la sala del lugar, no podía quedarse resguardando la puerta de la habitación de Eiji 24/7, no con la policía y Golzine pisándole los talones, menos con el plan que se traía entre manos. Y, aunque Ash confiaba plenamente en sus muchachos, especialmente en Alex- esta era una de esas contadas ocasiones, donde simplemente no podría dejar a Eiji bajo el cuidado de nadie más.
—Lo lamento...
Susurró Eiji.
Ash suspiró.
—No te disculpes—Le pidió, mientras se llevaba la mano al mentón—...Pero necesitamos solucionar esto.
La mirada de Eiji cambió entonces, dejando su semblante triste por uno más decidido.
Eiji había sido un deportista en Japón. Quizá no había llegado al nivel de atleta nacional, pero el tener una beca deportiva lo había condicionado a tener que saltarse unos cuantos celos durante las temporadas más duras de entrenamiento, y durante las competencias; siguiendo un estricto régimen de inhibidores. O, al menos, eso le había dicho a Ash.
Así que, con esa información, Ash ideó un plan.
Encontrar el nuevo escondite del Dr. Meredith había sido un poco trabajoso, pero no imposible. No mientras estuviera dentro del territorio de Ash. Y, el joven alfa, agradecería por siempre que el viejo doctor no estuviera muy enojado con él por envolverlo involuntariamente en todo el asunto de banana fish.
Aunque eso no había querido decir que lo recibieran con los brazos abiertos. Claro que no. En realidad, había sido con un ceño fruncido, y una expresión cansada.
—No deberías estar aquí.
Había sido la concisa aseveración del doctor, aún si no había hecho nada para echarlo.
—Lo sé—Dijo Ash, una apologética sonrisa decorando sus labios—Y lo lamento.
Y era verdad. Después de todo, el doctor lo había ayudado muchísimo con su hermano, en la medida de lo posible. Incluso, había intentado salvar su vida.
El galeno suspiró, dejando que la fachada de dureza que decoraba su rostro se disipara.
—Y yo lamento lo de Griffin.
Ash había intentado que su expresión no delatara lo muy delicado que aún era ese tema para él. Optando en cambio, por soltar un pequeño murmullo apreciativo, antes de decirle:
—Está bien. Pero, ahora vine para pedirle algo más, doctor—Los fármacos de ese tipo eran casi imposibles de conseguirse en farmacias normales, a menos que uno contara con una receta ingresada en el sistema. Y no había tiempo para buscar a algún ginecólogo con licencia que quisiera revisar a Eiji. Ash se encontraba en una carrera contra el tiempo—Medicina para omega...
Empezó, ganándose una mirada confusa por parte del médico.
—No me digas que ahora sí embarazaste a alguien.
Preguntó, con una sonrisa que parecía burlona.
Ash sintió una vena saltarle en la cien.
—¡No!, no abortivos. Supresores.
—Oh...—Comentó el galeno, sus labios formando una perfecta circunferencia—Estás intentando no embarazar a alguien. Está bien.
Ash sabía que esa era la personalidad del viejo doctor. Aunque aquello no evitó que soltara un pequeño gruñido ante su pésimo sentido del humor, disculpándose a medias cuando el mentado buscó en uno de sus cajones y le entregó unas cajas de pastillas, explicándole detalladamente cómo debería tomarlos.
—Aunque me hubiera gustado examinar a la persona para la que llevas eso—Explicó—Al menos saber en qué lugar del espectro omega se encuentra, y quizá optar por inyecciones y no pastillas, son más cómodos y no hay que recibirlos diario. Sabes que será muy difícil darle pastillas una vez inicie su celo, los omegas no son conocidos por ser cooperativos en esos momentos.
"Al menos, no para esa clase de cosas"
Completó el cerebro de Ash, y tuvo ganas de darse una bofetada tan pronto lo hizo.
—No, estos están bien.
Aseguró Ash, guardándose para sí mismo que, la idea de agujas cerca de Eiji después de lo que le había pasado a Shorter, enviaba una sensación de desagrado a su vientre bajo.
El galeno suspiró, y recalcó una vez más.
—Esto no cortará su celo inmediatamente, pero ayudará con varios de los síntomas. El tomarlo sin falta diariamente, y mantener los cuidados que te dije, sí lograran ese resultado con el tiempo. Pero no recomiendo hacerlo por más de medio año seguido.
Ash había elevado una ceja, dubitativo.
—¿Y eso?
El doctor chasqueó los dedos, señalando a Ash.
—Porque podría hacer estragos con su fertilidad, por si luego quieren tener hijos.
Ash sintió sus oídos arder.
—¡Que no es para mí omega! ¡Yo no tengo de eso!
Refunfuñó, antes de dejar el dinero en la mesa del nuevo consultorio, y despedirse del hombre. Sintiendo como metafórico humo abandonaba sus oídos durante todo el camino hasta el pequeño departamento.
Allí, Alex le estaba esperando. Y, por la manera en la que se removía en su lugar, y el ligero rastro de sonrojo que pintaba sus mejillas cuando finalmente lo vio llegar, saludando apenas, y despidiéndose en menos tiempo aún, antes de salir prácticamente corriendo del lugar, Ash supuso que también había notado el estado de Eiji.
Al menos hasta que abrió la puerta de la habitación.
Donde sus suposiciones se volvieron realidad.
Eiji estaba acurrucado en la cama, habiéndose llevado las sábanas de la cama de Ash, y en medio de un pequeño montículo de su ropa.
Ash había tragado profundo, antes de acercarse y mover la pequeña bolsa de papel que había traído con él.
—Eiji, mira lo que traje.
Le había pedido. Y, si bien la mirada de Eiji parecía algo perdida, y perladas gotas de sudor decoraban su frente, logró recuperar suficiente conciencia como para aceptar la capsula que Ash colocaba en su boca, para luego darle un poco de agua para que la tragara. Lo había hecho durante todo el primer día, sintiendo como algo dentro de sí se retorcía durante el segundo y tercero, cuando se vio obligado a dejar a Eiji sólo con las pastillas, y bajo el cuidado de sus compañeros.
—No pueden entrar.
Les había advertido, limitando el espacio que Bones o Kong pudieran ocupar únicamente al pasillo que daba a la sala. Internamente, recalcándose que ese tipo de trabajo estaba mejor diseñado para un par de betas como lo eran Kong y Bones que para su segundo al mando. Si Alex lo había tomado como una falta de confianza, realmente nunca se lo había dicho. Y Ash le agradecía profundamente por ello.
Diferente había sido la reacción de Max, en comparación, casi lanzando un grito al cielo cuando se enteró de lo que ocurría, el día que le ayudó a firmar los papeles del departamento que compraría con el dinero sucio de Golzine. Era imposible ocultarlo, menos cuando Max ya había mencionado antes que Ibe-san estaba como un animal enjaulado repitiendo mil veces lo preocupado que lo tenía ese asunto.
Ash había fruncido el ceño, extrañamente irritado.
—¿Qué? ¿Acaso creen que yo le haría algo?
Max se había apresurado a negar, con la cabeza y las manos.
—No, nada de eso—Espetó, y Ash encontró que su mirada era honesta—Sólo... entiende a Shunichi, esto es muy duro para él.
Claro. Después de todo, era Ibe-san quien tenía que cuidar de Eiji.
Max se removió en su asiento, como si de pronto pudiera encontrar las respuestas a las más grandes incógnitas del universo en el pedazo de carne que descansaba en su plato.
—Además, aún no entiende por qué no dejas que Eiji se quede con nosotros...
Ash apretó los labios. Lógicamente, el mejor lugar para Eiji sería junto a Ibe-san. Un beta de confianza que ya lo conocía con anterioridad.
Empero...
—Lo prefiero a mi lado—Dijo con simpleza, dando un sorbo a su bebida—Ustedes no pueden cuidarlo como yo.
Los ojos de Max lo escanearon un momento, como si intentaran buscar algo en la expresión de Ash, para terminar asintiendo con vehemencia.
—Lo entiendo... tienes razón.
La situación mejoró cuando al fin pudieron mudarse al nuevo departamento. La diminución de lo caótico en su rutina –al menos, para Eiji- parecía hacer maravillas para su ciclo. Además, el omega era bastante diligente al momento de llevar el control de sus tomas, Ash estaba seguro de que nunca se había saltado una toma. Alex era quien se encargaba de recoger un nuevo blíster cada que fuera necesario, y Ash había puesto una constante alarma en su teléfono, aún si los ambos de aroma en Eiji –mucho más sutiles ahora- eran indicador suficiente para él. Que pudiera ser capaz de notar esos pequeños detalles en su amigo, hacía que Ash se sintiera bastante feliz.
Aunque ese era otro tema en el cual no pensaba ahondar mucho en ese momento.
.
Posteriormente, y ya como una pareja casada, el nuevo médico de Eiji había tenido un par de fuertes opiniones sobre sus prácticas de "salud reproductiva", como él lo había llamado.
La principal, que Eiji dejara los supresores.
Y, si bien era algo que Ash había esperado, no por eso se había sentido menos nervioso al enfrentarse a la situación.
—Sabes que puedo seguir tomando las pastillas, ¿verdad? No necesitamos que él nos autorice a comprarlas—Le había dicho, poco después de que hubieran regresado a casa. Ash sabía que esa era una opción, y que seguir consiguiendo supresores no era realmente un problema.
Pero el conseguir las pastillas no era la esencia del problema.
Ash no quería que el cuerpo de Eiji sufriera por esas prácticas.
Sabía que aquello no era sano, aún si por mucho tiempo había sido un mal necesario.
—No—Le tranquilizó, entrelazando sus manos—...está bien.
Le susurró, mientras le abrazaba con cariño, el aroma –un poco más dulce de lo usual- revelándole que realmente, no faltaban más de un par de días para su celo.
—Yo te voy a cuidar, ¿sí? —Le prometió, susurrando—No hay de qué preocuparse.
Su mano viajó hasta el rostro de Eiji, acariciando su mejilla con delicadeza. En respuesta, Eiji se recostó contra su palma, cerrando los ojos y sonriendo con tranquilidad.
—Eso no me preocupa...—Susurró, disfrutando de la cercanía—Sé que lo harás.
Tal como Ash había esperado, las rutinas particulares de Eiji regresaron, y esta vez, fue capaz de apreciarlas mejor, sin la constante preocupación de ser amenazados o vigilados.
Eiji definitivamente era de los omega que adoraban preparar comida en sus días pre-celo, quizá tenía que ver con esa pequeña tradición que se había formado en su manada –representada por la pandilla- donde Eiji insistiría en alimentar a los muchachos, aún si Ash le recalcaba que podían tranquilamente ir por un poco de comida rápida, ganándose una mirada de reproche.
Así que era normal que, instintivamente, intentara mantener su hogar lleno, previendo que habría días donde ya no podría estar para preparar nada.
Ash encontraba eso particularmente dulce, al igual que, a pesar de que le repitiera a Eiji que ya tenían bastante comida –toda almacenada en diferentes contenedores en la refrigeradora- Eiji simplemente se disculpara, sólo para al parecer olvidar la conversación que habían tenido, y regresar a sus andanzas un par de horas después.
Cerebro de hormonas, se diría Ash, rindiéndose finalmente, y optando por comprar más contenedores.
Cocinar en exceso no era tan malo. El cerebro envuelto en la nube hormonal que significaba los días pre-celo podían ser realmente peligrosos. Ash había leído hacía no mucho que, una omega soltera, había intentado al parecer utilizar su cocina durante su celo, distrayéndose en el proceso, y generando una fuga de gas. La situación no fue mortal gracias a la llamada de unos vecinos del departamento de al lado, pero historias como esas hacían que el estómago de Ash se sintiera pesado.
Otros particulares hábitos que Eiji le había demostrado, era que le gustaba mover los muebles de la habitación. Ash se había ofrecido a ayudarle, pero Eiji había negado categóricamente, diciendo que sólo él podía sentir dónde es que cada pieza encajaba correctamente.
Ash sólo había asentido, observando como el joven omega movía el librero para tapar la ventana corrediza que daba al balcón, y movía la cama lo más lejos de allí.
Las memorias de lo último que habían pasado estando tan cerca de una ventana así, de seguro resonando en el fondo de su mente.
Y, finalmente, llegó el día.
La alarma de Ash sonó esa mañana, como en muchas otras oportunidades, pero aquello no había sido lo que lo había despertado. Había sido el aroma de Eiji.
Mucho más dulce de lo que alguna vez hubiera recordado sentirlo. Con un dulzor y fuerza tal, que Ash sentía entraba en su cuerpo por cada uno de sus poros.
—¿Eiji...?
Preguntó, levantándose apenas.
A su lado, Eiji se removía de un lado a otro, claramente incómodo.
—Eiji...
Intentó despertarlo, tomando su brazo, apretando los labios y moviéndolo con delicadeza.
Solo un par de quejidos abandonaron los labios de su esposo.
—Eiji,—volvió a intentar, con un poco más de fuerza, de pronto el cuarto se sentía extremadamente caliente—¿Estás bien?
Esta vez, el movimiento si pareció funcionar. Los ojos de Eiji se abrieron, estaban brillando. Sus párpados, ligeramente caídos.
Ash tomó su rostro con las manos, intentando que su mirada se fijara en la de él.
Eiji estaba ardiendo.
—Eiji, ¿estás bien?
Preguntó, aún si la respuesta era obvia.
—¿Ash...?
Las palabras salieron con una cadencia diferente, casi como si Eiji aún estuviera medio dormido.
—Sí—aseguró Ash, lidiando con su respiración, que parecía pedirle inhalar más de ese aroma que ahora llenaba la habitación—¿Quieres un poco de agua?
Cuestionó con dulzura, su mano intentando apartar los mechones de cabello que se habían pegado en la frente de su esposo.
La respuesta no llegó con palabras, sino con un movimiento repentino.
Eiji enredó sus brazos alrededor del cuerpo de Ash, comenzando a restregarse su pecho y pelvis sin pena alguna.
El cuerpo de Ash se tensó entonces. Completamente inmóvil.
Sus manos temblaron, y sólo entonces notó que su respiración se había vuelto errática. Su cuerpo comenzaba a calentarse, respondiendo instintivamente al aroma y los acercamientos de Eiji. Su boca, a llenarse de saliva, y su corazón a dar repuntes que bien podrían haber sido una taquicardia.
Un jadeo abandonó sus labios sin permiso.
Y, entonces, un cúmulo de flashes saltaron a su mente.
Recuerdos, acompañados del sonido de una cámara.
Su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera terminar de procesar lo que pasaba, apartando a Eiji con fuerza.
Los ojos de su marido le devolvieron una mirada llena de confusión y tristeza, y Ash sintió su corazón romperse un poco.
Tragó con fuerza, odiando el sabor amargo que invadió su boca.
—Tranquilo, cariño... pondré algo de agua para tu pastilla, ¿sí?
No dejó que Eiji le respondiera, aunque lo más probable es que no pudiera decir más que un par de gemidos lastimeros al sentirse rechazado. Su corazón latía con fuerza, y se sentía mareado.
Probablemente por su respiración errática, que intentó controlar inspirando a profundidad.
Notando muy tarde, que había sido un craso error. El aroma de Eiji volvió a golpearlo, haciendo que el fuego se reavivara en la parte inferior de su abdomen.
Quería cogérselo.
—Ash...
Volvió a llamar Eiji, estirando su mano en su dirección, de manera suplicante. Los ojos de Ash viajaron a la piel que se asomaba entre los botones mal puestos de su pijama. Se puso de pie, dejando el lecho, haciendo que Eiji intentara alcanzarlo de nueva cuenta, colocándose en cuatro sobre el colchón.
Un gruñido quiso formarse en la parte trasera de su garganta.
Ash se vio forzado a golpear su propia mejilla. El sonido que retumbó en la habitación, asiéndolo a tierra por unos momentos.
—Volveré—Afirmó, con voz queda, controlándose pues no quería utilizar una voz de mando con su esposo. No quería someterlo—Espérame, ¿sí?
Dijo, y no esperó ver la afirmativa de Eiji.
Una vez fuera de la habitación corrió al baño, abriendo la llave y lanzando copiosos manotazos de agua contra su rostro, antes de enjuagarse una y otra vez la boca, intentando alejar cualquier rastro de saliva que hubiera secretado hacía un momento. Para finalmente, dejar que su cuerpo rodara hacia el suelo.
Ash sabía que iba a ser difícil. Pero no pensó que iba a ser tan difícil.
No era la primera vez que estaba cerca del aroma de un omega en celo, ya que más de una vez había podido olfatear los remanentes del mismo en las parejas de otros líderes de pandilla. Pero, sí era la primera vez que el aroma lo golpeaba así de cerca con toda su fuerza.
Y, también, la primera vez que lo olfateaba realmente en Eiji.
Sus manos regresaron a sus mejillas, donde aún podía sentir el leve picor de la anterior bofetada, golpeando un par de veces, con más suavidad, mientras intentaba alejar la imagen de su cuerpo empujando el de Eiji contra el colchón, penetrándolo hasta que lo único que saliera de su boca fuera el nombre de Ash.
Apretó la mandíbula, golpeando con más fuerza, obligándose a recordar cómo era el calor abrasador de un celo, la increíble incomodidad y los delirios que lograba causar la fiebre, el no sentirte dueño de tu propio cuerpo, y sólo ser capaz de entender que había manos que no eran tuyas, tocando, probando, y haciendo que la sensación sólo empeorara.
La sensación de dientes partiendo la piel de tu, y la de un cuerpo extraño entrando en tu interior, con tu propia voz incapaz de hacer algo más que soltar guturales sonidos incomprensibles. Incapaz de pedir ayuda.
Incapaz de vocalizar palabra. Para que al final, solo sintieras que te llenaban de un mar de fluidos, que no hacían si no aumentar el calor, y, cuando tu mente fuera incapaz de seguir en sintonía con tus alrededores, la inconciencia sería tu única salvación.
Al menos, hasta que la siguiente ola de calor estuviera lista para golpear tu cuerpo.
Lo hizo hasta que sus mejillas hubieran quedado entumecidas, y sus ojos hubieran estado a punto de salirse de sus cuencas.
No. Él no iba a hacer algo así.
No se iba a aprovechar de la condición de Eiji.
Llevó su mano hacia su garganta, masajeándola ligeramente, en un fútil intento de pelear la sensación de que esta se cerraba. Respiró una vez más, agradeciendo que el aire del baño no fuera como el de la habitación.
Llevó sus pies hacia la cocina, donde preparó el agua que había prometido a su esposo, y luego de observar el vaso recién servido durante una larga cantidad de minutos, regresó a su recamara.
—Eiji...
Murmuró, abriendo la puerta.
—Ash...
Su lecho ahora era un nido en todas las de la ley. La ropa que Ash hubiera utilizado el día de ayer, y mucha más que de seguro ahora faltaba en sus cajones, estaba esparcida entre las sábanas, y Eiji realizaba movimientos bamboleantes contra una de sus camisas, mientras su mano parecía haberse perdido en la parte inferior de su pijama.
Ash le regaló una lánguida sonrisa.
—Está bien...—Dijo, acercándose con lentitud, hasta estar sentado junto a su marido nuevamente—¿Eso te ayuda?
Eiji movió su cuerpo de nuevo, hundiendo su rostro en la camisa, y gimiendo levemente.
—Huele a Ash...
Murmuró, y el pecho de Ash se contrajo.
Con cuidado, bajó su rostro, dejando un casto beso en la cabeza de su marido, maldiciéndose por los pensamientos que antes habían cursado su mente.
—Eiji... tienes que tomar esto, ¿sí?
Ofreció, tomando una pastilla de la mesa de noche. Eran supresores con una carga hormonal mínima, como las que se les daba a los pequeños recién presentados, cuando sufrían de cierto tipo de afecciones; nada parecido al tan estricto que Eiji hubiera estado siguiendo todos esos meses antes.
El doctor lo había recomendado, sí y sólo sí, los síntomas del celo eran incapaces de ser mitigados y causaban demasiada molestia.
En otras palabras, si Ash no era capaz de controlarlo.
Lástima, de seguro no había imaginado que Eiji se hubiera casado con alguien tan roto como lo era Ash Lynx.
Eiji acercó su rostro a su mano, como pidiendo mimos. Hasta que entendió que era lo que tenía entre los dedos, dio una pequeña olfateada, y su nariz se frunció, en una expresión de molestia.
—No quiero... ¿por qué tengo que hacer?
Ha.
De haber sido una situación diferente, Ash estaba seguro de que se habría reído. Aún con las promesas de un Eiji en sus cinco sentidos, Ash le conocía mejor que eso. Su temperamento, terco como sólo él mismo era, sabía que le iba a traer problemas.
Acercó el vaso esta vez.
—Porque te ayudará.
La expresión de Eiji se hizo aún más arisca, y esquivando el vaso que estaba frente a él, se lanzó contra el pecho de Ash, logrando que se quedara inmóvil por un momento.
—No quiero eso... te quiero a ti...
Ash sintió sus labios temblar.
—Amor...
—Alfa...
El corazón de Ash se detuvo. Su respiración se hizo errática, y sus ojos viajaron hacia el rostro de Eiji. Sus ojos le miraban con pasión y deseo, sus mejillas parecían besadas por el sol, con un pequeño tinte carmesí. Sus labios, carnosos, entreabiertos e invitantes.
Ash suspiró, acercando su boca con lentitud a la de su marido, para poder tomar sus labios en un beso voraz. La saliva que los alfa producían al estar excitados estaba llena de hormonas, perfectos para un omega en celo. La respiración de Ash se profundizó, al igual que la de Eiji, y pudo sentir las manos de su esposo intentar recorrer su cuerpo, ansioso por deshacerse de su ropa.
Ash separó el beso.
—Alfa...—Llegó la voz de Eiji, como una súplica, que fue rápidamente acallada por los dedos de Ash, pegando la pequeña píldora contra sus labios.
—Si haces esto por mí—Coaccionó—Prometo hacer lo que quieras.
Los ojos de Eiji parecieron brillar ante la propuesta, así que ni lento ni perezoso, tomó lo que se le ofrecía, e incluso dejó que Ash le diera el agua. Algo que tendría que repetir muchas veces en esos tres días. La deshidratación de un omega en celo no era cosa de chiste.
Eiji tragó, e incluso abrió la boca, como mostrándole a Ash que, de hecho, sí se había tomado la pastilla, para luego pasar sus manos a la ropa de su esposo, listo para quitársela.
Pero Ash no se lo permitió.
En cambio, dejó el vaso a un lado, y con cuidado recostó el cuerpo de Eiji contra la cama. Usando sus manos para recorrer su tórax, apartando la tela del pijama. Los pezones de Eiji le saludaron, ligeramente más hinchados.
—Eiji...
Sus manos los acariciaron, ganándose suspiros profundos. Sus dedos tomaron uno de sus pezones, comenzando a jugar con él entre sus dedos. Eiji comenzó a removerse en su lugar, y el cuarto aumentó en temperatura, o quizá era sólo la percepción de Ash.
Su otra mano buscó el borde de su pantalón, deslizándose sinuosamente hasta su entrada. Estaba completamente mojado.
—Abre, amor...
Pidió, con el tono más suave que tenía, y Eiji no tardó en hacerle caso. Separando sus piernas sin pudor alguno, dejando que Ash lo desnudara lo suficiente.
Ash tragó en seco, su nariz de pronto llenándose del aroma de la excitación de Eiji.
Sus dedos presionaron su pezón con fuerza, recibiendo un jadeo como respuesta, al tiempo que sus dedos se aventuraban a su interior.
—Tranquilo...
Pidió Ash, mientras daba pequeñas estocadas con sus dedos, sintiendo cómo su propia respiración buscaba imitar los jadeos con los que Eiji le deleitaba.
Su esposo estaba particularmente sensible, ya que no tomó mucho más lograr que se corriera, manchando su abdomen y parte de la ropa, junto a un agudo gemido.
Ash tuvo que morderse la lengua.
Su mano tardando sólo un poco más de lo necesario para salir del interior de su marido, con la lubricación natural de los omegas cayendo por sus dedos.
El rostro de Eiji pareció relajarse por un segundo, y Ash usó su mano seca para acariciar su rostro.
La fiebre había bajado. Sólo un poco.
—Pronto vas a estar mejor...
Le susurró.
—Ash...
El mentado sonrió.
—Espérame, ¿sí? Iré por unas toallas.
Ash había intentado mantener su temple sereno, al menos hasta que logró salir de la habitación. Pues, tan pronto la puerta se cerró, el peso de su cuerpo de pronto pareció ser demasiado para él, llevándolo hacia el suelo, no por primera vez ese día.
Aquella primera vez, de verdad había sido la más difícil.
Un omega no era capaz de cuidar de sí mismo por completo durante un celo, especialmente mientras más alto fuera su rango. Eiji descansaba en un aparentemente cómodo nivel intermedio, haciendo que sus celos no fueran excesivamente largos. Y Ash no podría terminar de agradecer al cielo ese hecho, ya que había perdido la cuenta de cuántas duchas heladas había tomado en esos cuatro días. No se imaginaba el calvario que sería tener que hacer eso por una semana.
Cuando el celo hubiera pasado por completo, Eiji se había disculpado, con una expresión que parecía mezclar la vergüenza con la tristeza por partes iguales; Ash era capaz incluso de notar unos cuantos tintes de lo mismo que había olfateado cuando le rechazó por primera vez. Eiji no parecía recordar del todo lo que había pasado en esos días, pero entendía que había hecho la experiencia poco agradable para Ash.
—Qué dices...
Replicó Ash, abriendo los brazos y acurrucando el cuerpo de su esposo a su pecho. Observó su rostro con cariño, había unas apenas notorias bolsas bajo los mismos, indicativo de que a Eiji le caerían bien unas verdaderas horas de sueño, libre de cualquier clase de fiebre.
—Si es demasiado... siempre podemos regresar al viejo tratamiento...
Instó Eiji, intentando mostrarle un temple firme.
La sonrisa se mantuvo perenne en el rostro de Ash, mientras negaba con suavidad.
—No lo es—Le aseguró. Y, de verdad, no lo era. Era duro, pero nunca demasiado—Déjame cuidar de ti... ¿Eiji, confías en mí?
Preguntó, mientras acariciaba su mejilla.
—Con mi vida.
Respondió su esposo, y el corazón de Ash casi podría haber escapado de su pecho.
Dentro de todo lo malo que el celo representaba en la mente de Ash, era verdad que ese era el estado más vulnerable en el que alguna vez se encontraría un omega. Estado donde cualquiera podría tranquilamente aprovecharse de ellos, obligándolos a hacer cosas de las que luego de seguro no tendrían recuerdo, más que un cuerpo adolorido o marcas que tardaran en desaparecer. Que Eiji dejara su vida tan abiertamente en sus manos, realmente lo hacía feliz.
Aún si era difícil, todo gracias a esos mal nacidos instintos con los que ellos habían nacido, Ash se lo compensaría, siendo particularmente cariñoso con él, demostrándole a Eiji que era lo más precioso en su vida, y que nada, ni siquiera la naturaleza misma, harían que Ash le hiciera daño.
Que su confianza ciega en él, estaba bien fundamentada.
Quería demostrarle que se había casado con un hombre. Con Aslan. No con un alfa, no con un animal.
En el presente, Ash no pudo evitar sonreír con nostalgia. Aún si había flaqueado una vez... Aún podía cuidar de Eiji.
—Sólo... me gusta tener el recordatorio.
Le dijo, antes de tomar su rostro con delicadeza, atrayendo el rostro de Eiji hacia él, sellando sus labios en un beso.
Cuando Yut Lung abrió los ojos, dos cosas fueron las que lo saludaron.
La primera, fue un aroma al que ya se había estado acostumbrando, mucho más cerca de lo que usualmente estuviera acostumbrado a percibirlo. Y, lo segundo, el pecho de la persona a quien ese aroma le pertenecía.
Sing.
Estaba en los brazos de Sing.
Su primer instinto habría sido el de apartarse, tan pronto la conciencia regresara por completo. Empero, la calidez y comodidad que llenaban su cuerpo, parecían instarle a no moverse, disfrutando un poco más de ese momento de intimidad.
Al menos, hasta que los recuerdos regresaron a su mente, como si de una cascada se tratase.
Recordó las lágrimas, que a pesar de los intentos de Yut Lung por detenerlas, habían caído largo y tendido, dejando su cuerpo más como un lánguido montón de carne y huesos que persona. Sing quien no se había movido ni un centímetro mientras lloraba, sosteniéndolo con fuerza contra su pecho, le había tomado en brazos, de una manera que, en otra ocasión, Yut Lung habría encontrado hasta vergonzosa, ganándose más de una mirada preocupada de diferentes miembros del personal que por allí pasaban. Aún si ninguno había tenido el valor de acercarse y preguntar qué era lo que había acontecido.
También, le había ayudado a comer un poco, ofreciéndole bocados esporádicos, ya que Yut Lung sentía sus manos demasiado pesadas como para levantar los palillos. Además, se había negado a separarse de su lado durante lo que quedara de día, ignorando los múltiples y quedos intentos del omega al recordarle que, de hecho, sí tenía mucho trabajo pendiente.
Finalmente, llegada la hora de dormir, había cedido a la patética súplica de Yut Lung quien, tomándolo sin mucha fuerza del borde de la camiseta, le había pedido que no se fuera.
—No te vayas...
El sonido de su propio murmullo aún resonaba en sus oídos.
¿Cuándo había sido la última vez que había dicho esa frase?
Con palabras, saliendo directamente de su boca, creía que había sido de pequeño. Una noche que tenía fiebre, mientras tomaba la mano de su madre con toda la fuerza que un pequeño cachorro pudiera tener, y era correspondido por una suave sonrisa y un beso en la coronilla.
Con acciones, y silencio... creía que en demasiadas ocasiones como para poder recordarlo.
Sing le había mirado con un poco de sorpresa, que rápidamente había mutado en algo mucho más suave, acariciando su cabeza con cariño.
—¿No quieres dormir solo?
Le había preguntado.
Yut Lung solo había respondido bajando un poco las cejas, y observándole fijamente a los ojos. Sing solo había ampliado su sonrisa, y haciendo un gesto despreocupado con los hombros.
—Está bien—Terminó de decir, tomando la mano de sostenía su camiseta, y dándole un pequeño apretón—Déjame buscar tu ropa.
Sing se manejaba con mucha naturalidad dentro de la habitación del líder del ya casi extinto clan Lee. Y no era para sorprenderse, desde hacía mucho tiempo que había perdido la pena –o quizá, nunca la había tenido- al momento de tratar con él. Cuando regresó, su expresión parecía un poco dubitativa.
—Tú usas... vaya-
La ropa de cama del omega estaba hecha de seda, era la primera vez que Sing veía sus atuendos de cama, y la confusión fue más que clara en su mirada. Yut Lung no recordaba haber visto al joven alfa en algo que no fuera trajes casuales que cualquier don nadie pudiera utilizar en la calle, además de las contadas ocasiones donde tenía que utilizar un traje. Yut Lung recordaba incluso, que cuando Sing era más pequeño, los agujeros en sus pantalones parecían más obra de verdadero desgaste y no una decisión de moda.
—¿Quieres ponerte esto? —Cuestionó, intentando que su expresión volviera a la normalidad—Puedo salir un momento.
Yut Lung apretó sus labios, aunque la idea de Sing dejando la habitación parecía causarle un extraño sentimiento de ansiedad, terminó por asentir. Se cambió con lentitud y cuidado, siendo particularmente cuidadoso al momento de dejar sus prendas del día, casi como si estuviera alargando la tarea adrede.
Probando las aguas.
Quería ver qué tanto podía esperar Sing, con una voz dentro de él que le decía que todo ese teatro era por nada, lo más probable es que hubiera sido una propuesta hecha al aire, y que el más joven no regresaría.
Apenas había regresado a sentarse en la cama, cuando el sonido de alguien tocando su puerta llamó su atención.
—¿Ya te cambiaste?
Era Sing.
Yut Lung intentó ignorar el latido que su corazón perdió en ese momento, optando por dar una pequeña respuesta afirmativa.
Sing entró a su habitación. Y, por primera vez en su vida, Yut Lung sintió que estaba demasiado vestido para la ocasión. Sing solo llevaba una camiseta, y un par de pantaloncillos que él estaba seguro eran ropa interior.
Sing rio con nerviosismo.
—Me siento un poco fuera de lugar, haha.
Confesó, mientras se rascaba la parte trasera de la nuca.
Sing nunca había sido de aceptar regalos caros. Ni siquiera de él. Aún si trataba de esconderlos con halagos sobre un trabajo bien hecho, o reproches sobre la clase de ropa que utilizaba en las reuniones de trabajo, poniendo la simpleza siempre por delante.
—Es sólo dormir, no importa.
Dijo Yut Lung, cruzándose de brazos. Sing asintió, caminando hacia él, para acomodarse sobre las sábanas.
—¿Aquí está bien?
El mentado asintió, intentando alejar su nerviosismo. Buscando un lugar dentro de las múltiples mantas de la cama, y girando para ver a Sing, una vez sintiera que su respiración se había controlado. El alfa, que sólo se había recostado, le veía con una sonrisa divertida decorando su rostro.
Yut Lung sintió el calor viajar hasta sus orejas, comenzando a irritarse.
—Me da frío con sólo mirarte—Se quejó.
Sing ahogó una risa.
—¿Qué? ¿en serio?
—Al menos ponte el cubre cama...
Sing negó levemente, aun con la sonrisa en el rostro, pero cumplió su petición.
—Ya lo hago, ya lo hago. Qué exigente.
Su cuerpo era grande, mucho más que el de Yut Lung, y por un momento Yut Lung tuvo deseos de hacerse un poco para atrás, como si necesitara darle más espacio.
—¿Mejor?
Cuestionó, observándolo ya con la cabeza apoyada en la almohada.
El estómago del omega dio un vuelco.
—Sí...
Musitó. Sing pareció entender su nerviosismo, y Yut Lung no sabía si era su accionar, o su aroma lo que lo delataba con tanta facilidad.
—No te preocupes—Le aseguró, mientras estiraba su mano, acariciando una de sus largas hebras de cabello—No me iré, ¿sí?
Yut Lung se negó a responder. En cambio, cerrando los ojos con fuerza, y pegando su propio rostro a la almohada, fingiendo que no intentaba captar el aroma de Sing que ahora estaba tan cerca de él.
No se dio cuenta cuando cayó dormido. O cuando, descaradamente, se había acercado a enredarse al cuerpo de Sing.
Donde se encontraba ahora.
Se apartó lentamente, justo en el momento en el cual Sing parecía revolverse, despertando también.
El joven alfa ahogó un bostezo, y cuando su mirada pudo enfocarse en él, le preguntó.
—¿Dormiste bien?
Yut Lung tardó en responder, envolviéndose en su propio cúmulo de mantas, sintiendo deseos repentinos de hacerse más pequeño.
—Sí... gracias...
Murmuró quedamente.
Sing dibujó una perezosa sonrisa en sus labios.
—Y, ¿cómo estás?
Yut Lung y las náuseas matutinas ya eran viejos amigos, y Sing lo había escuchado más de una vez devolviendo la comida al menos una vez por la mañana, antes de su dosis diaria de medicamento, así que su pregunta no estaba fuera de lugar.
Empero...
—...No tengo náuseas.
Espetó el omega, sorprendido de su aseveración.
El rostro de Sing se iluminó, sentándose de golpe, y Yut Lung podría haber jurado que veía una metafórica cola moviéndose de un lado a otro, en señal de felicidad.
—¡¿De verdad?! ¡Eso es fantástico!
Yut Lung olfateó un poco más. En las mañanas, su cuerpo parecía ponerse particularmente sensible. Haciendo que cualquiera aroma que lo saludara, de pronto pareciera ser la cosa más maquiavélica inventada por el hombre. Sin embargo, en ese momento...
Todo lo que podía olfatear era a Sing.
Con cuidado estiró su brazo, tomando la camiseta del otro muchacho.
—¿Uh?
Fue la nada elocuente respuesta de Sing.
Yut Lung se mordió los labios.
—Sólo un poco más...
Pidió.
—¿Qué pasa? —Sing arqueó una ceja, claramente confundido.
—Tu aroma...—Confesó—Me calma...
—Oh—La expresión de Sing mutó, y Yut Lung tuvo que recordarse –no por primera vez- que Sing, de seguro, sonreía así para todos los que él llamaba amigos—Está bien...—Le dijo, recostándose nuevamente, observándolo directamente a los ojos—Puedo quedarme un poco más.
Cuando todos regresaron a casa, ya era casi hora de cenar. Max ya había entregado los papeles al abogado, y Michael y Jessica habían comprado un par de bolsas de comida, que querían llevar de regreso a casa.
Eiji había preparado un poco de café y emparedados, y todos habían estado de acuerdo que, dada la ocasión, comer fuera mientras veían el atardecer, sería lo mejor. Vistas como aquellas no eran algo que pudieran disfrutar diariamente en la ciudad.
Ash se acomodó en el balcón del segundo piso, observando algo meditabundo a sus amigos interactuar. Jessica, Michael y Eiji habían estado charlando desde hacía un rato, Michael incluso se había acercado al vientre de Eiji, agitando los dedos a manera de saludo.
—Qué tal, ¿sobrino? ¿sobrina? ¡No importa! Ya quiero conocerte.
Ash pudo ver a Eiji reír con suavidad, y él lo imitó, aún si no podían escucharlo.
Ibe terminaba de colocar las cosas en la camioneta, y Ash quería robarle los últimos minutos a la tarde, despidiéndose del atardecer en Cape Cod. Una de las pocas cosas realmente bellas que Ash podría encontrarle a un lugar así.
O al menos, ese era su plan.
—Si quieres hablar conmigo, puedes hacerlo.
Dijo, había sentido que Max lo había estado observando desde la entrada del balcón hacía varios minutos, pero ante la falta de decisión del alfa más viejo, prefería dar el primer paso él.
Pudo escuchar su risa nerviosa, antes de que sus pasos se acercaran, apoyándose en el barandal, junto a él.
El aroma de Max delataba nerviosismo, y de no ser porque Ash estaba mucho más concentrado en seguir a los últimos rayos de sol que ya se despedían de ellos, se habría burlado de él por ello.
Finalmente, Max habló.
—Lo que le contaste a Michael...
Ah. Allí estaba.
Ash dibujó una sonrisa lánguida.
—La mitad de ellas son reales, la otra, de un libro. Espero que nunca se dé cuenta.
Max ahogó una risa.
—No lo creo. Michael no es muy fanático de los libros...—dijo, y Ash pudo sentir como sus ojos estaban fijos en él, pero no por eso desvió la mirada. Max pareció sopesar sus siguientes palabras, un minuto, luego dos—Ash... ¿por qué...
—...No quería romper su ilusión.
Respondió con simpleza. Antes de tomar aire, y lanzar su cabeza hacia atrás.
Escuchó a Max hacer un sonido de confusión, y esta vez, si se dignó a verlo de frente.
Los ojos de Max eran límpidos, realmente, sin un signo de maldad.
—Al menos uno de nosotros merece tener buenos recuerdos provenientes de aquí, ¿no?
La expresión de Max se tornó complicada, y Ash sintió un piquete culpabilidad en la base de su estómago.
—Sí...—Concordó, con una sonrisa que no terminaba de llegar hasta sus ojos—Pero tú también los tienes, Ash—Instó, dándole un amigable golpe en el brazo y presionando sin usar la fuerza—Aún si son pocos... son importantes, y merecen su reconocimiento. No renuncies a ellos.
La mirada de Ash se desvió un poco.
—¿Te refieres a los que tengo con Griffin?
Max asintió, portando una expresión mucho más sincera.
Ash sintió su rostro relajarse.
—No podría... nunca...—Confesó—Esos recuerdos fueron los que me mantuvieron vivo por mucho tiempo, ¿sabes? Antes de...
—Antes de Eiji.
Completó Max, y Ash ahogó una risa en respuesta.
—Antes de Eiji, sí.
La mano de Max abandonó su brazo entonces, pero sólo para darle un amigable golpe con el codo.
—Estas completamente domado, de verdad que sí.
Ash le respondió con una patada.
—Cállate—Gruñó, sintiendo el calor viajar hasta sus orejas.
Max fingió un par de sonidos de dolor, que rápidamente fueron ahogados por una risa más sincera.
—Pero hey, eso no es malo.
Ash frunció el ceño.
—Nunca insinué que lo fuera, aunque eso me convierta en el blanco de tus bromas.
Max bufó, sin perder el buen humor.
—De hecho, creo que es algo maravilloso.
Esta vez, Ash no pudo evitar mirarlo con una clara confusión.
Max respondió a ello haciendo un puchero que, para su edad, se veía bastante cómico.
—Lo digo en serio—se quejó—El primer amor siempre lo es.
Ash sintió el calor invadir su rostro de nuevo, y ahora, definitivamente estaba sonrojado. Porque era verdad. La primera persona que le hubiera gustado de verdad, había sido una chica. Una pequeña beta, a quien Ash le llevaba sólo un par de centímetros. Su piel era de color de las olivas, y su cabello castaño apenas alcanzaba sus hombros. Su figura era esbelta, y Ash se había quedado prendado de lo oscuro de lo azul de sus ojos tan pronto la hubiera comenzado a notar rondando sus círculos, cuando apenas tenían catorce años.
Ash recordaba sentir sus manos sudorosas, y el estómago hecho nudos cuando hablaba con ella, o cuando escuchaba su nombre ser mencionado por alguien más.
Había sido un bonito recuerdo.
Hasta un día antes del día de su muerte.
Y si bien Ash se había golpeado internamente una y otra vez debido a aquello, culpándose por su incapacidad de proteger a aquellos que eran importantes para él, había podido seguir adelante.
Con un esqueleto más en el metafórico armario de sus memorias.
Empero, con Eiji era distinto. Eiji se había vuelto una parte intrínseca de su vida, de tal manera que, Ash juraba que ya no sería capaz de reconocer a la persona que era antes de tenerlo a su lado. Su sola presencia era un bálsamo calmante en medio de la adversidad, y su mayor deseo en la vida, era permanecer a su lado.
Si algo le llegara a pasar a Eiji, Ash no creía que pudiera seguir viviendo.
—Y—Contraatacó entonces, intentando que el color rojo se disipara de sus mejillas—¿Acaso me dirás que lo mismo te pasó con Jessica?
Max soltó un pequeño murmullo, girando su vista hacia donde estaba la camioneta, siendo seguido por la mirada de Ash.
Allí, Jessica y Eiji terminaban de cargar algunas cosas a la camioneta, mientras hablaban de cosas sobre el bebé, si los movimientos de sus manos podían ser una pista.
—No.
Lo escuchó responder.
Y, la verdad sea dicha, le tomaron un par de segundo el poder procesar del todo esa respuesta.
—¡¿Qué?!
Sentía que sus ojos se iban a salir de sus cuencas, y claramente su expresión no era nada sutil. Max, quien se había sorprendido por su repentino arrebato, estalló de risa en su cara.
Ash estiró las manos, en una posición que claramente pedía explicaciones.
Max tardó unos segundos en recomponerse, y cuando finalmente recuperó el aliento, habló.
—Jessica no es mi primer amor.
Aquello, por algún motivo, no parecía hacer sentido en la mente de Ash.
—Entonces...
La sonrisa de Max se hizo más calma, y dirigió una última mirada al horizonte, como si quisiera perderse por un momento en las amplias praderas de Cape Cod.
—Es un secreto.
... ¿qué?
—¿Qué?
Max se elevó de hombros, dándose una vuelta y emprendiendo el camino hacia el interior de la casa.
—Quizá te lo diga, en unos años, si te portas bien.
Ash aún no podía creer lo que acababa de escuchar.
—Oye, ¡Oye, viejo! —Llamó, sin éxito alguno.
—¡Vamos, vamos! — Le llegó la voz de Max, quien ya estaba en las escaleras que daban al primer piso—Hora de marcharnos.
Debían rozar las once de la noche, cuando la lluvia comenzó a caer.
En la radio, una única emisora sonaba con una tonada que había estado de moda durante la juventud de Max, y que sus padres habían calificado como escandalosa y estrambótica.
Era su turno como conductor designado, y no cambiaría con Ash sino hasta dentro de al menos tres horas más. En los asientos traseros, Ibe dormitaba junto a Michael, compartiendo una gruesa manta. De igual manera, Ash tenía a Eiji envuelto entre sus brazos, hundiendo el rostro de su esposo en su cuello. Max prefería tener a Ash a su lado, en el asiento delantero, para hacer todo el proceso de cambio de conductor menos tedioso; sin embargo, su hijo había insistido en compartir lugar con Eiji, alegando que su aroma ayudaba a que evitara los mareos que la mala conducción de Max y su amor por los baches podía traer.
Una afirmación así, de seguro habría hecho reír a Max a carcajadas sólo un par de años atrás. Sin embargo, la seriedad de Ash y lo tranquilo que Eiji había estado esas primeras horas de viaje, le hizo querer reevaluar su entendimiento de la biología humana, el funcionamiento de las castas, y cómo rayos es que funcionaba la nariz de un omega embarazado.
Pues, cuando Jessica esperaba a Michael, lo único que calmaba las náuseas, fueran del origen que fuera, era que Max eliminara permanentemente cualquiera fuera el malévolo origen el olor o malestar que aquejaba a su esposa. Muchas veces había tenido que lanzar a la basura cacerolas perfectamente preparadas, o bajar del autobús, cuando los movimientos eran muy erráticos para Jessica.
Ash y Eiji, de verdad, eran un caso curioso, y Max lo había sabido desde que los conoció. El magnetismo que los unía y la conexión que se había formado gracias a este, había avanzado tan rápido como profundo.
Max sabía que Eiji era la mayor debilidad de Ash y, al mismo tiempo, su mayor fortaleza.
Si lo pensaba con detenimiento, le recordaban a una vieja leyenda que le habían enseñado en la escuela. Una donde los alfas y omegas, habían existido como un solo ser; siendo separados por un dios temeroso y celoso ante semejante unidad, condenándolos de esta manera buscarse eternamente, sin garantía de que algún día se encontraran.
Dos mitades de un mismo ser, en una búsqueda continua.
Muchos omegas en su secundaria habían encontrado eso la mar de romántico. Max, por su parte, sólo había pensado que eran un montón de tonterías. Empezando con que cada ser humano nacía completo, y terminando con que simplemente los números nunca iban a cuadrar. Había más alfas en el mundo que omegas, y así sería siempre.
Pero, pensándolo bien, si tuviera que creer que ese mito era verdad, quizá ese par sería una buena ejemplificación de ello.
Rio para sí mismo, por el camino que había tomado sus pensamientos, decidiendo concentrarse en el camino que tenía en frente.
Una señal lo saludó, en medio de la oscuridad. Oficialmente habían dejado los terrenos de Cape Cod.
La expresión de Max decayó un poco, y, nuevamente, se permitió perderse en sus recuerdos; viajando al pasado, al menos un segundo.
A una época donde también estaba bajo la lluvia, sólo que, en lugar de una camioneta, lo único que lo protegía del implacable clima, era un montón de madera que sabría dios cómo no habían caído ya.
Sus trincheras olvidadas un momento, mientras él y su pelotón esperaban nuevas órdenes.
Max encontraba que el silencio de aquella tierra extranjera era en partes iguales reconfortante y aterrador, nunca completamente seguro de qué podría esperarle al siguiente minuto.
A su lado, su compañero parecía completamente inmerso en sus notas, su pluma moviéndose con maestría en el papel.
Max se estiró, dejando a un lado su fusil.
—¿Qué haces?
Preguntó, mientras descansaba su mentón en el hombro de Griffin.
—Un poema—Respondió el beta, con una suave sonrisa decorando sus facciones—Para mi hermano.
Y sí, dejen a Griffin Callenreese ser el único soldado que utiliza su tiempo libre para escribir en una vieja libreta.
—¿A sí?—Cuestionó Max, recargando su rostro con más fuerza, intentando captar alguna de las palabras que Griffin había plasmado en la manchada hoja.
—¡Hey! —Se quejó, cubriendo su obra—No lo veas, aún no está listo.
Max rodó los ojos, en un gesto cariñoso.
—Es lo que dices de todos tus poemas, pero siempre quedan bien—refutó, logrando que Griffin hiciera un puchero.
Con expresiones así, y con el comportamiento general de Griffin, era fácil olvidar que él también cargaba un arma en la espalda, o que se encontraban en medio de una guerra, una que más de uno allí comenzaba a cuestionar. El rostro de Griffin se coloreó ligeramente, al sentir que los ojos de Max no se despegaban de su rostro, y él pensó –no por primera vez- que definitivamente ese no era lugar para alguien como Griffin.
Si le preguntaran a él; diría que lo imaginaba en un lugar mucho más tranquilo. De largas praderas, quizá con un jardín, y un gran perro al que de seguro no podría pasear, porque Griffin eran incapaz de imponerse sobre alguna clase de ser vivo.
Pero bueno, Max estaría allí, listo para tomar la correa y darle a ese pequeño bribón los paseos que de seguro iba a necesitar. Nadie iba a decir que Max Glenreed no era un buen dueño.
—Vamos—instó, usando sus brazos esta vez, para acercar el cuerpo de Griffin al propio—Sólo un poco.
Griffin batalló, sin mucha convicción, para finalmente dejar que Max echara un vistazo.
El poema hablaba de lo verde de las praderas, así como de lo brillante del sol. Las cosas que más amaba de su tierra natal. Y, que cuando vio a su pequeño hermano en brazos de su madre, pensó que el sol había descendido para besar la tierra, creando una persona.
Y esa persona era Aslan.
El pecho de Max se encogió un poco, con congoja.
—Amas mucho a tu hermano, ¿no?
Aquella era una pregunta tonta, y una de la que Max ya sabía la respuesta. Pero Griffin respondió de igual manera, acariciando las palabras con las yemas de sus dedos, como si de lo más delicado del mundo se tratase.
—Sí...
Max amaba esa mirada.
Se acercó a Griffin, y en un movimiento que había aprendido a hacer desde hace poco, le robó un beso. Griffin se sobresaltó, haciendo que su rostro tomara un adorable color escarlata. Aún nada acostumbrado a las repentinas muestras de cariño de quien, aun no se atrevía a llamar novio.
—Max...
Pero no lo apartó.
El mentado sólo rio, dándole un pequeño golpe con el codo, aún si su amigo se quejaba, su aroma lo delataba. Estaba feliz.
Le gustaba poder olfatear a Griffin. Antes de que se vieran obligados a utilizar bloqueadores de esencia, antes de ir a patrullar.
—No puedo esperar para conocerlo cuando regresemos—Susurró Max, acomodando su cabeza en el hombro de Griffin, disfrutando de los pequeños momentos de tranquilidad que uno nunca sabía cuánto durarían—A Aslan.
Griffin hizo un sonido apreciativo, y acarició su cabeza con cariño.
—Sé que lo voy a adorar...
Porque nadie podría decir que Max Glenreed no era un buen hermano mayor putativo.
La lluvia menguó, y la canción que Max había estado escuchando se convirtió en estática, al tiempo que su recuerdo parecía disiparse en los lagos de su memoria. Siendo su único acompañante ahora, el continuo movimiento del parabrisas.
El primer amor, eh.
Max lo había conocido, aún si no había podido conservarlo.
Y aunque Max se había vuelto a enamorar... le alegraba que Ash no hubiera tenido que pasar por el dolor de un corazón roto.
Una pequeña sonrisa se formó en sus labios, antes de susurrar al vacío.
—Te lo dije, Griff. Adoro a este niño...
Aun si Sing quería fingir que podía poner en pausa su trabajo por el tiempo que mejor le pareciera, Yut Lung sabía que eso era mentira. Y, la realización los golpeó a ambos, cuando una llamada de emergencia llegó al teléfono del alfa, tenía que volver a partir.
Yut Lung entendía la importancia de sus últimos tratos con las compañías farmacéuticas, eran la piedra angular para su futura ampliación con sucursales a lo largo de todo el país. Aun así, intentar no lucir decepcionado era difícil.
El mismo Sing parecía completamente incómodo, mientras esperaba que el conductor preparara el auto.
—No tardaré mucho, lo prometo.
Le dijo, con la expresión ligeramente agraviada.
Yut Lung suspiró.
—Tarda lo que tengas que tardar. No quiero que descuides tu trabajo, Sing.
Explicó, aún si estaba seguro de que Sing lo sabía. Él siempre se había tomado muy en serio su trabajo, antes, y ahora.
Los pies de Sing se movieron en su lugar, en una clara señal de nerviosismo.
Sing era una hoja en blanco, tan fácil de leer, como cualquiera que está acostumbrado a llevar los sentimientos en la manga.
—No me siento bien dejándote solo.
Concluyó.
Yut Lung sonrió de lado.
—No estoy solo—Aclaró, tocando su vientre, lo cual hizo que Sing riera un poco.
—Me corrijo—Dijo entonces, cambiando su postura, por una mucho más recta, haciendo que su figura se asemejara más a la de una torre—No me siento bien dejándolos solos.
El rostro de Yut Lung bien pudo haber explotado en un sonrojo allí mismo.
Condenado mocoso.
—Pues si no haces bien tu trabajo, me enfadaré—amenazó, y con voluntad que no sabía de dónde había sacado, señaló su abdomen—Y, por consiguiente, ellos también lo harán. Así que manos a la obra.
Sing no pudo aguantar la risa.
—¿Qué clase de amenaza es esa?
El omega sólo se cruzó de brazos.
—Una muy legítima.
Sing terminó de reír, justo al tiempo que el conductor les informaba que ya estaba listo para partir. Como despedida, le sacó la lengua de manera infantil.
De verdad. ¿acaso aún era un mocoso?
Yut Lung agitó su mano como quien no quería la cosa, en un intento de despedida. Y, cuando el sonido de los motores llegó a sus oídos, se aproximó a la ventana, observando el camino que ahora emprendía el vehículo.
No pasó un segundo desde que la estela de humo se perdiera en el horizonte, cuando una sensación muy conocida se asentó en el vientre bajo de Yut Lung.
Era ansiedad.
Malnacidas hormonas.
Esa debía ser la única explicación, de por qué de pronto sintiera la imperiosa necesidad de salir corriendo detrás de Sing.
Abandonó su lugar en la ventana, caminando hacia su habitación, intentando alejar los impulsos que lo azotaban.
Pero entonces...
Entonces lo vio.
Su ropa.
Aún no se habían llevado la ropa que Sing hubiera utilizado para dormir, que ahora le miraba invitante, dentro de un cesto en su habitación.
Yut Lung sintió sus manos picar, y antes de que su cerebro pudiera darle una segunda opinión, tomó la tela entre sus manos, pegándola a su nariz.
Yut Lung sabía perfectamente cuál era el efecto de los aromas en los omegas, bueno, en cualquier ser humano realmente, pero los de su casta no tenían las narices más perceptivas de los tres por nada.
Por esa razón era que los nidos de los omega solían estar llenos de ropa de sus parejas.
Yut no había podido anidar mucho, realmente, más allá de un par de veces donde el estrés que sentía llegaba a límites estratosféricos, como una manera de intentar calmar el estrés. Lo que solía hacer, era encerrarse en su habitación, acomodarse en un lugar donde pudiera ver todo a su alrededor, y donde tuviera un arma al alcance de su mano.
Además de un poco de alcohol.
Nunca había tenido un aroma que le diera confort, no realmente. Durante un tiempo, cuando era pequeño, había sido el perfume que su madre solía usar. Esencia que terminó odiando, después de que Hua Lung lo obligara a ponérselo cada vez que quería llevárselo a la cama.
Como un extraño y perturbado juego de rol.
Pero ahora...
Yut Lung respiró profundamente, inhalando los rezagos del aroma de Sing.
Y, casi como por arte de magia, de pronto- se sintió mejor.
El momento que habían decidido para la llamada, era durante la mañana. La hermana de Eiji se había encargado de todo, de hablar con sus padres, así como de fijar un horario que se acomodara para todos.
Eiji se lo había comentado a Ash, una vez se hubiera asegurado de hacer bien la conversión horaria. Y Ash, le había dicho que quería estar con él cuando les diera la noticia.
—¿Seguro?
Había preguntado Eiji, y Ash le había respondido con una sonrisa.
—Claro que sí.
Eiji sabía bien que Ash se sentía culpable por no haber podido viajar con él a Japón, cuando le hubiera comprado aquel primer boleto de avión o en el tiempo que hubiera seguido a aquello. También, sabía, que Ash se reprochaba el no haberse presentado formalmente con sus padres, aún sí Eiji habría querido que pudieran viajar a verlos después de su boda. Pero sus padres seguían bastante enojados.
—Creo que no es el mejor momento, Ei-chan...
Le había dicho Yume, su hermana, cuando Eiji le hubiera preguntado.
Eiji habría fruncido el ceño, y sentido un desasosiego que lo había acompañado durante un par de semanas después de aquella conversación. Empero, se había reconfortado con la idea de que se encontraban en medio de los tratamientos psicológicos de Ash, y en una constante búsqueda de algún profesional que su esposo encontrara de confianza, aún si le causaba tristeza; Eiji no querría comprometer los avances que había hecho su marido en una incómoda reunión familiar.
—Esperaré.
Le había respondido a su hermana, regalándole una sonrisa. Había extrañado muchísimo su rostro, la tecnología estos días era de verdad maravillosa.
Yume le había devuelto el gesto, intentando alivianar el ambiente.
—¡Pero me alegro por la boda!
Eiji se sonrojó, rascando su mejilla con delicadeza.
—Lamento que no pudieras venir...
Después de todo, su hermana aún era demasiado joven como para viajar sola.
Yume negó, y Eiji pudo ver que aún tenía cabello de cama. Cierto, él ya se preparaba para descansar, pero ellos apenas estaban despertando.
—No te preocupes, tengo los videos, y sé que te veías muy lindo con traje.
Y si Eiji creyó que esa sería la única oportunidad en la cual, "no era el momento" para hablar con sus progenitores, estaba muy equivocado.
Ya que, con el tiempo, notó que aquello era un patrón; en el cual los padres de Eiji no daban el brazo a torcer, y en el cual él mismo, comenzaba a dejar de intentarlo.
Con el tiempo, Eiji sólo tuvo que aceptar que la relación con sus padres parecía haberse enfriado, mucho más de lo que pudiera haberlo hecho cuando estaba en secundaria, y listo para renunciar al salto con garrocha.
Sus padres eran buenas personas, y buenos padres. Eiji sabía eso, y lo había sabido siempre. Pero también sabía que su comportamiento había salido de cualquier clase de canon de normalidad al que ellos estuvieran acostumbrados. No por nada lo que había sucedido a su anuncio de querer regresar a estados unidos había sido una maraña de miradas sorprendidas, preocupadas, y una tendida sesión de gritos.
Eiji los recordaba tan bien como el dolor que aún lo recorría de la reciente cicatriz de bala.
No había sido bonito.
"Se preocupan por ti"
Le había dicho Ibe, con un tono conciliador, aun si sus ojos estaban bañados en culpabilidad. Probablemente porque pensaba que él había sido el principal actor en ayudarlo a irse lejos de sus padres.
Eiji solo había podido sonreírle, asegurándole que nada de eso era su culpa.
—Faltan cinco minutos—Puntuó Ash, sentándose junto a él en el sofá, la Tablet descansaba en pas piernas de Eiji, y el programa de video llamadas le devolvía su propio reflejo. Respiró profundamente, sin poder creer del todo que aún estuviera así de nervioso—Tranquilo, hermanito mayor.
Le dijo con tono burlón, haciendo que Eiji le diera un leve golpe con el codo.
—No me digas así.
Se quejó, aunque sus labios ya habían formado un puchero.
Ash le sonrió con cariño, dejando un beso en su frente.
—Era para hacerte reír.
Y, había ayudado. Eiji acarició sus mejillas, los músculos de su rostro habían perdido algo de tensión.
El sonido de un pequeño timbre llamó su atención, y cuando su mirada regresó a la pantalla, el rostro sonriente de su hermana les saludaba, agitando las manos en señal de saludo, con el fondo de su dormitorio universitario.
—Hola, Yume-chan.
El primero en saludar fue Ash, haciendo gala de sus horas de práctica en japonés. Mientras tomaba la Tablet, y la elevaba a la altura del rostro de ambos.
—¡Cuñado!
Ash y su hermana se llevaban bastante bien, aún si su comunicación se limitaba únicamente a video llamadas esporádicas, fuera con Eiji, o sin él. El inglés de Yume aún sonaba muy roto, más de lo que hubiera sido el de Eiji cuando apenas hubiera puesto un pie en estado unidos, pero Ash nunca la había corregido, o se había burlado de ella.
—Es un milagro que estés despierto tan temprano—Bromeó, y Eiji pudo ver el pequeño puchero que se formó en los labios de Ash—¿Estas cuidando bien de mi hermanito?
El semblante de Ash se mostró dubitativo por un segundo, aunque Eiji dudaba que Yume lo hubiera notado.
Ash terminó dibujando una calmada sonrisa, antes de responder.
—Sabes que sí.
Yume ahogó una risita, como si fuera una niña, y no una señorita universitaria. El rostro de Eiji se pintó con una pequeña sonrisa, que desapareció tan pronto el sonido de otra pantalla conectándose llenó el ambiente.
Eran sus padres.
Los tres ya presentes se quedaron en silencio, y Eiji no pudo evitar tragar con dificultad. Su padre se veía... muy delicado.
El rostro que recordaba, con los pómulos altos, ahora parecía haber perdido un par de kilos. Su cabello, antiguamente negro azabache, ya pintaba canas. Su madre, a su lado, intentó sonreírle, pero su expresión murió tan rápido como notó que Ash estaba a su lado.
—Papá, mamá....
Empezó Eiji. Sus padres nunca habían aprendido inglés, aunque cuando Yume había intentado darles algunas lecciones básicas, antes y después de que Eiji dejara su hogar.
—Eiji...
Empezó su madre, sus ojos viajando al cuello de Eiji.
—Mamá, este es mi esposo; Aslan—Cortó Eiji, aunque sabía que no había sido del todo respetuoso. Ash a su lado tomó una posición mucho más seria, con la espalda recta.
—Lamento no haberme presentado antes.
Dijo Ash entonces, con el mejor acento que pudiera manejar, antes de hacer una pequeña reverencia, que de seguro no podía apreciarse del todo debido a la pantalla. Todos se mantuvieron en silencio un momento, la tensión palpable.
—Aslan.
Repitió su padre, como si quisiera hacerse familiar con el extraño sonido de sílabas en su boca. Ash asintió, con la mirada firme.
Eiji ya les había hablado a sus padres de él con anterioridad, incluso había enviado fotos, pero ellos nunca habían dado pie a querer conocerlo formalmente, y después de un tiempo, Eiji también había dejado de tratar.
—Y, ¿a qué se debe la llamada?
Preguntó su padre, con el temple serio que siempre había tenido, aún si su imagen física no era la misma que Eiji tenía en sus recuerdos.
—Hay algo muy importante que quería decirles—Dijo Eiji—Querría poder hacerlo en persona, pero creo que eso no va a ser posible pronto.
Sopesó. O, al menos, no antes de que los signos de su embarazo fueran más que obvios.
Su padre frunció el ceño, elevando una ceja en señal de confusión. Incluso su madre y hermana, habían puesto la misma clase de expresión.
Sintió la mirada de Ash sobre él, como si silenciosamente le preguntara si estaba bien que continuara, o si prefería que él lo hiciera.
Eiji tomó un poco de aire, antes de continuar.
—Aslan y yo vamos a tener un bebé. Estoy embarazado.
El sonido de las manos de Yume impactar contra su boca rompió el silencio que se había asentado después de su declaración. Los ojos de su madre se abrieron de sobremanera, al igual que los de su padre. Aun si los de este último sólo habían tardado una fracción de segundo para endurecerse nuevamente.
Justo como había pasado el día que Eiji les anunció que se iba a casar.
Había sido por una llamada, justo como ahora. Esa había sido la primera vez, desde que pusiera pie nuevamente en la gran manzana, que se podía comunicar con ellos. Y, su nerviosismo era palpable. Muchísimo.
Pero Eiji los quería allí. Quería a su familia presente.
Además, de poder disculparse formalmente por haberlos puesto bajo tanto estrés. Sabía que se enojarían, y por eso también había esperado tanto tiempo antes de comunicarse, con la vaga esperanza de que sus sentimientos amainaran, y pudieran intentar ver las cosas desde su perspectiva.
Sus padres habían nacido en Izumo, y no habían dejado el pueblo en todo lo que tenían de vida. Una pequeña localidad, extremadamente tradicionalista, y firmemente forjada por los valores japoneses.
Mientras el sonido de la Tablet al intentar conectarse llenaba el ambiente, Eiji aún era capaz de escuchar las palabras de sus abuelos, en un murmullo que hacía su lugar en lo profundo de su cabeza.
"Cuando crezcas, debes ser como mamá o papá, ¿está bien?"
Lo primero que le saludó, cuando al fin la red pareció hacer contacto, fue los rostros deformados por la preocupación de sus padres.
—¡Eiji!
—¡Ei-chan!
Llamaron al unísono, demasiado cerca de la pantalla. El mentado sólo pudo sonreír un poco, sintiendo el calor aglomerarse en sus mejillas.
—Papá, mamá...—Empezó, intentando no bajar la mirada—Lamento no haberme comunicado con ustedes antes.
Los ojos de su madre viajaban de un lado a otro de la pantalla, como si intentara examinarlo de pies a cabeza, para ver si su pequeño estaba bien y entero. Su padre, después del arrebato inicial, optó por un temblé más calmado, aunque su actitud era meditabunda.
Su charla había sido calmada, casi como si los tres intentaran caminar alrededor de pedazos de cristal, donde el mínimo movimiento brusco pudiera romper toda la ilusión. Eiji les contó que se había instalado, y encontrado un lugar donde estudiar para ser fotógrafo profesional–calmado a sus padres cuando le hubieran preguntado con qué dinero había hecho eso- también, que ya había encontrado un lugar donde quedarse, y estaba felizmente instalado. Sus papeles estaban en orden, y visitaba la oficina de migración cada que era necesario.
Sí, un territorio relativamente seguro.
Hasta qué...
—Y, hay algo más...
Dijo, sus dedos tamborileando en su regazo.
—¿Ei-chan?
Cuestionó su madre, Eiji tomó aire.
—Me voy a casar...
Había confesado.
—¿Qué? —Fue la pregunta de su madre. Eiji apretó los labios nuevamente.
—Me voy a...
Pero su padre no lo dejó terminar.
—¿Es con ese alfa americano? Por el cual regresaste.
Sus ojos eran duros, y sus labios estaban estirados en un rictus de clara molestia. Eiji enfocó su mirada, asintiendo parsimoniosamente.
—Sí, papá; con Aslan—Dijo, tragando un poco de saliva—Y quisiera que pudieran venir.
Eiji ya tenía todo preparado, incluso Ash había comprado tres boletos de avión, dándole un buen uso al dinero de Golzine que aún estaba en su poder.
Pero su padre parecía tener otras ideas dando vueltas por su mente.
—Eiji, tu marca.
Espetó, y Eiji llevó sus dedos hacia su cuello desnudo.
—¿Qué?
El ceño de su padre se hundió más.
—¿Dónde está tu marca?
Eiji sintió que algo muy pesado había caído directamente hacia su estómago.
—Nosotros... no...
¿Cómo podía explicar eso? Su relación con Ash, al igual que sus pormenores, eran algo que ambos muchachos mantenían en privado, ya que nadie además de ellos necesitaba entender cuál era la dinámica que manejaban. Ponerlo en palabras no era algo que Eiji quisiera hacer, por él, y por Ash.
—Nosotros no hacemos eso.
Intentó, aunque una vez sus palabras dejaron sus labios, sintió que había cometido un error; lo cual fue corroborado por la expresión dubitativa de su madre, y el pequeño gruñido que dejó los labios de su padre.
—¿No hacen qué? —Preguntó su madre, con un tono mucho más suave y conciliador.
—Es que...—Intentó reformular Eiji, pero no pudo completar su idea.
—Es que es un alfa, Eiji—Amonestó su padre, las líneas de su frente marcándose con más fuerza, su madre se quedó callada entonces, retrocediendo levemente en su lugar—Uno que al parecer no puede comprometerse a morderte, ¿Acaso es como esos Yakuza que lo hacen con cualquier omega que pase por su radar?
El cuerpo de Eiji había dado un respingo, aunque entendía por qué la mente de su padre había viajado a semejante conclusión. Cuando se hubiera enterado del disparo, y a pesar de las múltiples excusas y coartadas que Ibe-san hubiera podido idear en el momento, su padre había intuido que algo muy malo había ocurrido, o que debido al trabajo que habían llegado a hacer, habían terminado enredados en alguna clase de problema con personas muy peligrosas.
"Sabía que ese país está lleno de delincuentes"
Era lo que había escuchado susurrar a su padre, su primera noche en Japón.
—No, papá, no es nada de eso.
Se apresuró a clarificar, pero su progenitor no parecía estar para nada dispuesto a escucharle.
—¿Entonces qué es, Eiji? —Preguntó, elevando la voz. Su madre intentó calmarlo, pero no hubo caso— ¡¿Qué es?!
Su padre nunca había sido tan expresivo, o pasional sobre ninguna clase de tema antes. Incluso al enterarse de su enfermedad, había afrontado la noticia con solemnidad y largos silencios, en lugar de arrebatos de ira.
Eiji se encontró, francamente, descolocado. Cualquier posible escenario que hubiera imaginado como reacción de sus padres ahora escondido bajo la alfombra.
—Cariño...
—Dejaste tu hogar, Eiji. Tu hogar, tu familia, tu nación... ¿por un hombre al que acababas de conocer? ¿de verdad? —Cuestionó, su voz ya había caído un par de octavos, y su respiración parecía haberse hecho más profunda. Sus ojos buscaron los de su hijo, clavándose a estos como si intentara perforar hasta su alma—¿Qué es lo que ese hombre te ha dado, Eiji? ¿Qué es lo que te puede ofrecer?... ni siquiera una marca...
Eiji sintió su garganta secarse, la desesperación y pena que escapaban de sus últimas palabras calando hasta lo más profundo de su alma.
—Papá...
Un suspiro llegó hasta sus oídos.
—Eres un omega, Eiji...—Dijo, con el mismo tono que le hubiera dicho cuando era un adolescente—Por favor... No ates tu vida a alguien que no puede darte un futuro...
Los ojos de Eiji se habían aguado en ese momento. Al mismo tiempo que sus labios temblaron. Él sabía perfectamente de qué clase de futuro hablaba su padre. Uno en el cual una jovencita o un joven japonés apareciera en la vida de Eiji, decidiera cortejarle, ganándose de a pocos su confianza, presentándose ante sus padres, y que una vez tuviera la aprobación para un compromiso, comenzara con el proceso de formar una marca permanente con Eiji. Una señal de verdadero compromiso, para una relación larga y duradera.
Al menos, en teoría. Sus padres parecían ignorar categóricamente la gran cantidad de adolescentes japoneses que gastaban horas y mucho maquillaje para ocultar las marcas frescas dejadas por sus novios, o ligues de una noche. Pero sus padres estaban criados a la antigua, y tampoco habrían aceptado comportamientos como ese.
Las uniones hormonales que se daban gracias a la mordida constante de un alfa, en el cuello de un omega, actuaban como una relación de simbiosis beneficiosa para ambos miembros en la pareja. Ayudaba a regular las hormonas alfa, al ingerir las que el omega secretaba de una glándula especial en su cuello, haciéndolos más dóciles; y en cuanto a los omega, ayudaba a regular sus cambios hormonales, aliviando los síntomas del celo. O al menos eso es lo que decían los libros de texto de la escuela.
En la práctica: Eiji sabía que el poder morder a la pareja, era más una señal de confianza, que el continuo estímulo ayudaba a secretar endorfinas en ambos participantes, haciendo de la experiencia algo dulce e íntimo. Cuando ambos miembros estaban de acuerdo, claro está.
Y, para los padres de Eiji, en cambio, parecía ser la prueba fehaciente de una relación exitosa, algo que cualquier omega que se preciara, debería desear tener.
Algo que Eiji debería anhelar.
Como buen esposo japonés.
Como le habían enseñado desde el día de su presentación.
Como su padre había querido criarle.
—No, papá...—Murmuró Eiji, haciendo que su progenitor elevara una ceja—No es que Aslan no pueda darme un futuro. Todo lo contrario, de hecho. El único futuro que quiero, es ese donde él está a mi lado.
Eiji nunca había tenido un tono tan firme. No hablando con sus padres.
Y, al mismo tiempo que un poco de orgullo llenaba el pecho henchido de Eiji, pudo notar cómo una sombra parecía dispersarse por la mirada de su padre. Eiji no necesitaba ser un genio para entender qué es lo que estaba pensando.
Que había fallado.
Su hijo se había convertido en un omega descarriado, como esos jovencitos que se paseaban de los brazos de maleantes en las avenidas de Tokio. Uno de los que se lanzaban a los brazos del primer alfa que se pasara por su camino.
Una perra.
Aunque Eiji dudaba que su padre pudiera usar ese término cuando se refiriera a él, ni siquiera con el pensamiento.
No había habido más respuestas después de aquello, con su padre poniéndose de pie, y abandonando la llamada. Su madre había movido las manos con nerviosismo, disculpándose, y diciéndole a Eiji que volvería a llamarlo, después.
En el presente, Eiji mantenía la mirada fija en los ojos de su padre, intentando encontrar rastro de lo que hubiera visto allí años atrás.
—Oh...
Fue lo que dijo, y Eiji sintió una punzada en el vientre.
—Sí...—Reafirmó él, notando por el rabillo del ojo que su hermana menor intentaba decir algo, pero Ash fue mucho más rápido.
—Señor Okumura—Dijo, sorprendiendo incluso a Eiji—Sé que he sido un irrespetuoso durante todos estos años, y aún necesito presentar mis respetos ante usted y su esposa—Habló, lento y pausado, haciendo que Eiji se preguntara dónde es que Ash había estado estudiando Keigo, siendo que él sólo le había enseñado un tipo de diálogo más coloquial—Y entiendo que no confíe en mí.
Eiji aprovechó la oportunidad para tomar la mano de Ash, presionándola con fuerza.
—Pero le juro que voy a cuidar de su hijo, como lo he estado haciendo estos años. De él, y de nuestro cachorro. Nada en el mundo podrá hacerles daño, nunca—Eiji sintió sus mejillas colorearse, pues si bien Ash le había demostrado una y otra vez que, realmente, pondría su vida por encima de la suya propia, escucharlo anunciar tan abiertamente al mundo sus intenciones, se sentía como un golpe de emociones—Y, mientras viva, lo haré el hombre más feliz del mundo. Justo como merece.
El silencio que siguió a semejante confesión fue total. Eiji, que había estado observando el rostro inmutable de su esposo durante todo ese tiempo, viajó nuevamente a la pantalla, donde podía notar que en medio de la sorpresa de su madre, un ligero sonrojo parecía sobresalir de sus pálidas mejillas, al tiempo que sus ojos brillaban con confusión – de seguro, por lo fluido del japonés de Ash- y esperanza.
Su padre, había perdido un poco lo duro de su rictus, sus labios partidos, como si hubiera querido decir algo, y hubiera olvidado el qué.
El corazón de Eiji dio un vuelco.
—Sí...—fue el susurro que salió de los labios de su progenitor, haciendo que la postura de Ash se enderezara aún más, si es que eso era posible—Haz eso.
Dijo, antes de, igual que aquella vez tantos años atrás, se pusiera de pie, dejando la escena.
Su madre se puso de pie detrás de él, llamándolo, y ante la falta de respuesta, se giró hacia Eiji nuevamente.
—Cariño... te llamaré después.
Cuando la pequeña ventana que hubiera mostrado el rostro de sus padres se tiñó de negro, lo siguiente que pudo escucharse, fue el grito de Yume.
—¡Esa fue la mejor declaración de la vida! ¡No sabía que fueras tan bueno en el idioma, cuñado!
Ash giró entonces a verle, aún si su voz había salido férrea y confiada, Eiji podía notar los ligeros tintes de nerviosismo en su mirada. Y, por un momento, quien estaba frente a él ya no era el hombre de más de veinte años, sino el adolescente que aún no llegaba a los dieciocho, y con copiosas lágrimas cayéndole por los ojos, le pedía que se quedara a su lado.
—Ei-
Pero él no lo dejó continuar, tomando el rostro de su marido, y uniendo sus labios en un profundo beso.
Después tendría que disculparse con su hermana, por ignorarla tan flagrantemente.
La siguiente visita al ginecólogo, estaba agendada para sólo un par de días después de Navidad.
Ash no era realmente asiduo a las fiestas, pero se había vuelto una especie de tradición pasar esas fechas en la casa de Max, y extra vez, junto a Ibe antes de que regresara a Japón.
Además del protocolar banquete, y escuchar los repetitivos villancicos en la radio, también hacían un intercambio de regalos. Ese año, Ash había sacado el nombre de Jessica, comprándole un perfume de diseñador que sabía su madre putativa había deseado desde hacía mucho, pero que Max por algún motivo nunca parecía encontrar en reserva.
—Tú tienes tus contactos, yo tengo los míos; papá.
Max había refunfuñado, diciendo que una cara bonita era lo que tenía, para poder convencer a las vendedoras.
Ash sólo había reído, ni negando ni validando la acusación.
Michael y Eiji habían salido seleccionados el uno para el otro, en un curioso giro de acontecimientos. El más joven de la familia había escogido un muy bonito sweater, bastante más ancho de la talla usual de Eiji.
Y, al momento de entregarlo, tenía un leve tinte rosa en las mejillas.
—Creí que te quedaría bien, combina con tus ojos—había dicho—Y porque el bebé comenzará a crecer, no quería que les diera frío.
Ash rio con suavidad ante el claro nerviosismo de Michael ya que, al parecer, también había comenzado a captar los leves cambios en el aroma de Eiji, o la manera en la que su rostro parecía brillar con un brillo que las amas de casa en su complejo de departamentos gustaban llamar saludable.
Eiji le había regalado una sonrisa dulce, entregándole a cambio, una figura de plástico que Ash no había reconocido. Parecía una estatuilla.
—Es de una serie japonesa, amor.
Había sido la simple explicación de Eiji, mientras envolvía la caja.
—...Sigo sin entender por qué usa ese traje tan raro, las botas y la capa. Ah, es imposible, a mis dos hermanitos les gusta el anime y el manga—dramatizó.
Ese comentario le había ganado un golpe en la pantorrilla, pero había valido la pena.
Ibe le regaló a Max una gran botella de licor fino, ganándose una mirada de soslayo de Jessica, seguida de una risa culposa y varios murmullos de perdón, siendo completamente ignorados por Max, quien besaba su botella como si se tratara del santo grial. Jessica, por su parte, había conseguido una nueva lente para la cámara de Ibe.
Y, finalmente, había sido el turno de Max.
Que le había dado un sweater completamente ridículo.
—"Cuidado, el segundo mejor papá del mundo viene en camino"
Leyó Ash, con cadencia perniciosa, mientras observaba a Max con una sonrisa claramente falsa.
El mentado sonrió, pagado de sí mismo.
—¿Segundo?
Preguntó Eiji, y Ash tuvo deseos de pedirle que no le siguiera el juego a ese viejo senil.
—¡Claro! —Se vanaglorió Max—Después de todo, el primero soy yo.
Dijo, para comenzar a reír abiertamente, ganándose sendas miradas asesinas de Ash y de Jessica.
—Max...
Amenazó su esposa.
—Bueno, bueno—Continuó, después de recobrar un poco de aire—Ahora sí, el de verdad.
Max se puso de pie, sacando una caja de uno de sus gabinetes, para luego dejarla en el regazo de Ash. Él, miró a su padre con una ceja en alto, antes de quitar el papel de regalo.
Era una carpeta. Donde había hojas nuevas y viejos recortes de papel desgastado por el tiempo.
Y todas eran viejas cartas de Griff.
Poemas, notas, misivas. Cosas que Ash nunca había visto antes. Todas dirigidas a él. Las hojas delanteras eran transcritos directos, recuperando las palabras que se hubieran perdido por lo suave de la tinta, o el tiempo en el papel.
—¿Y esto...?
Preguntó Ash, sin estar muy seguro de qué decir, sus ojos aun viajando por la tan conocida caligrafía de su hermano.
—Tuve que buscar mucho—Dijo Max—... aunque aún hay algunos que reservo para mí, pero; creí que te gustaría tenerlos. Sé que Griff habría querido eso.
Ash recorrió las fechas que venían en las hojas, algunas de los días de Griffin como cadete, de seguro, mucho antes de conocer a Max.
El tiempo y trabajo que debió poner en armar aquello... de verdad debió ser largo.
Ash cerró el libro, acariciando la cubierta con delicadeza, como si temiera que un movimiento inesperado pudiera romperlo o dañarlo.
—Gracias...
Susurró con voz queda.
Max negó, agitando su índice.
—Eh, eh, eh.
Ash sintió un sonrojo crecer en sus mejillas.
—Gracias, papá...
La risa que dejó los labios de Max esta vez fue mucho más sincera, al tiempo que sus grandes brazos lo rodeaban. Ash apretó los ojos, intentando ahogar el quedo sollozo que pugnaba por abandonar su garganta. Él no era la clase de persona que lloraba frente a las personas.
Max se apartó de él un momento, listo para servir una ronda más de chocolate para todos. Eiji le había acariciado el rostro, y Ash sólo había podido hacer un puchero nada elegante, mientras hundía su mejilla en el toque de su marido, antes de que escuchara que le llamaban desde el interior de la cocina, y dejara a Ash sentado en la sala, con un beso en la nariz.
Fue entonces que Ibe se le acercó.
Ash se había aclarado la garganta, intentando alejar cualquier posible rastro de vulnerabilidad de su semblante.
—¿Estás seguro de que está bien pasar la navidad con nosotros, y no con Eiko-san?—Preguntó, dibujando una sonrisa ladina, mientras Ibe reía con algo de nerviosismo.
—Nos prometimos celebrar juntos el año nuevo. Además, sabía que tenía algo muy importante que entregar.
—¿Hmm?
Ibe buscó en el interior de su abrigo, sacando un regalo. Ash le dedicó una mirada confundida.
—Para ti.
Respondió con simpleza, y comenzó a abrirlo, mientras Ibe se sentaba a su lado.
Tan pronto entendió que era, sus manos se detuvieron en el acto.
—Hace tiempo dijiste que querías ver la foto. Sé que tardé bastante, pero necesitaba buscar mis viejos archivos, y poder darle un mejor formato, es mi mejor trabajo, después de todo.
Eiji.
Era la foto de Eiji.
Con su cuerpo elevado al cielo, volando.
—Lamento haber tardado tanto, Ash.
Los ojos de Ash ardieron, e incapaz de aguantar el impulso, pegó la foto a su pecho.
—Gracias...
Ibe se había quedado en silencio, observándolo sin decir palabra alguna, hasta que Max hubiera regresado, entendiendo la situación en la que estaban, sólo le tomó del brazo, dándole un nuevo abrazo, para llevarlo al comedor, y poder compartir un brindis.
Ash había estado conmocionado por días. Incapaz de pensar en algo más que no fuera los dos tesoros que había recibido ese día.
Así que, no podrían culparlo por estar un poco distraído.
O, por necesitar que le repitieran las cosas. Al menos en esa oportunidad.
Aunque quizá la oficina del ginecólogo, no era el mejor lugar para disociar.
—¿Disculpe? —Preguntó, mientras el médico de Eiji le miraba con una expresión difícil de descifrar.
—Quería mostrarle a su bebé—Dijo—Aquí, ¿lo ve? Esta es su cabecita, ya es más redonda. Si seguimos el camino, aquí está la espalda, y por aquí están las piernas...
La imagen era un poco más humanoide, ciertamente. Ash sabía algo del desarrollo embrionario, pues había dedicado mucho de su tiempo a revisar varios artículos sobre el tema en las últimas semanas; pero verlo pasar justo frente a sus ojos... era completamente increíble.
Ash se acercó un poco hacia la pantalla, y en ese momento, el pequeño se movió.
—Oh, está despierto.
Comentó el galeno, y Eiji ahogó un jadeo de emoción.
—¿Sabe que lo estamos mirando? —Preguntó Eiji, y Ash no pudo evitar regalarle una sonrisa dulce. El médico negó levemente.
—No lo creo, o al menos, no del todo. Pero a esta edad, ya pueden captar algunos estímulos externos. Además, ya se están formando los primeros indicios del sexo del bebé. Dentro de mucho, podremos saber si es un niño o una niña.
Ash dio un pequeño salto en su lugar.
—¿En serio? —Preguntó, ganándose una pequeña sonrisa aprobadora por parte del galeno, quizá la primera en todo lo que llevaba de conocerlo.
—Sí, ¿les gustaría que se los diga, cuando pueda verlo? ¿O preferirían que sea una sorpresa?
Ash frunció la nariz, mientras lo sopesaba. Por su parte, Eiji le dedicó una mirada larga, como si intentara adivinar qué pasaba por su cabeza.
—Creo que hablaremos de ello.
Respondió por Ash, ganándose un asentimiento por parte del doctor, antes de que retirara el transductor del ecógrafo, y comenzar a limpiar el gel que había quedado en su vientre.
En el consultorio, intercambiaron un par de preguntas y respuestas de rutina, prescripciones fueron firmadas, y Ash se recordaría que debía ir a recoger una nueva tanda de vitaminas pre natales ese fin de semana.
Dejaron la clínica cuando un par de copos de nieve comenzaban a caer a su alrededor. Ash colocó su mano en la cintura de Eiji, haciendo que su cuerpo se pegara más al suyo, evitando de esa manera que perdiera el calor. Avanzaron así, en silencio, hasta la parada del autobús.
Y, mientras esperaban, Eiji le preguntó.
—¿En qué piensas, Ash?
El mentado apretó más su agarre.
—Hum... nada importante.
Eiji elevó una ceja, claramente no convencido.
—¿Ash? —Intentó de nuevo.
El alfa suspiró, para ese punto de su vida, debería ya saber más que bien que no podía ganarle a Eiji.
—Bueno... Es que Max dijo que quería hacer algo cuando supiera del sexo del bebé...—Empezó, intentando sonar desinteresado.
Los ojos de Eiji brillaron.
—¿La fiesta de revelación de sexo?
Escucharlo de los labios de Eiji lo hacía aun el doble de gracioso.
—Sé que es una tontería. Hacer un alboroto para algo así, pero...
—Ash—Le interrumpió Eiji, con su índice tocando apenas la punta de su nariz—¿Te gustaría que Max organizara una?
Su rostro se calentó, y sus labios se curvaron en una expresión avergonzada.
—No lo sé... pero creo que eso haría feliz al viejo.
Eiji rio con delicadeza, antes de estirar los brazos, y enrollarlos en su cuello.
—Entonces, ¡Dejemos que lo haga!
Ash enfocó los ojos de su esposo, su expresión de pronto convertida en un suave puchero.
—... ¿Sí?
Tentó.
Eiji solo amplió su sonrisa.
—Claro que sí. —Concedió Eiji, antes de elevarse un poco, para dejar un casto beso sobre sus labios. El pecho de Ash se llenó de calidez, y sus brazos se enredaron en la cintura de su esposo, presionándolo con más fuerza a su cuerpo. Sorprendido de que una petición tan simple, le hiciera sentir como si algo en su poco común dinámica familiar pareciera haberse hecho más fuerte.
Cuando se separaron, el rostro de Eiji estaba sonrojado, sus labios rosados, y su mirada brillante.
Ash elevó su mano, acariciando su mejilla.
—Entonces, démosle la noticia al futuro abuelo.
Notas finales:
*Perra: Es una manera despectiva de llamar a los omegas, sin importar si son varones o mujeres.
Creo que esto es más largo de lo que imaginaba en un inicio, pero realmente no soy buena controlando cuanto va dónde; con decirles que en un inicio pensaba que esta escena final, iba a ir en el capítulo anterior x'D eso debería dar una buena idea de lo mala que soy para calcular mis propios tiempos. La relación de Eiji con sus padres era algo que me evadía desde hace mucho tiempo, aun con los pocos datos que salen en Fly boy; uno llegaría a creer que este chico no tiene familia, con lo poco que habla de ellos, y lo comprometido que está en quedarse al lado de Ash. Si bien ellos no son ni de cerca un Jim, cada familia tiene sus propios problemas.
Con esto creo que si ya se cerró el primer trimestre de ambos embarazos. ¡Dos más y ya hay bebés!
Ash odiando que esto sea un omegaverse sólo será una tendencia que vendrá al alza con el avanzar de los capítulos. Recemos por él, quién lo manda a ser mi favorito (¿?) Esa sólo es una receta para los problemas, como con Victor en su momento.
¡Muchas gracias por leer!
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