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Por quién doblan las campanas

 ¿Por quién doblan las campanas? Doblan por ti

Ash sintió cómo la sonrisa en sus labios peleaba por no decaer, mientras sus ojos se fijaban en la llave del auto que giraba cadenciosa, unida a un llavero redondo, en los dedos del hombre frente a él.

—¿Sabes? —preguntó el Doctor Meredith, mientras su mentón descansaba contra la palma de su mano—Usualmente no está dentro de la labor médica el tener que preocuparme tanto por un paciente—puntuó, mientras afilaba la mirada, aun si la sonrisa que decoraba sus labios parecía reflejar el hastío que sólo una figura de autoridad podía sentir después de verse en situaciones complicadas más de una vez—Mucho menos al nivel de tener que preocuparme de mantener a salvo sus personajes—dijo, mientras elevaba sus lentes por el puente de su nariz—ni mucho menos el tener que responder ante una queja por la alteración del orden público en mi propiedad.

Ash ahogó una pequeña risa que intentaba sonar quitada de pena, mientras dejaba caer su cabeza por su propio peso.

—¿Cuántos números de lo siento me ayudarán a librarme de esta?

Preguntó, mientras sonreía con poca vergüenza.

El doctor frente a él suspiró, mientras dejaba que su mano libre frotara el puente de su nariz con fuerza.

—Ninguno, maldito mocoso—rezongó, antes de lanzarle las llaves sin cuidado, pero de alguna manera logrando que cayeran directamente donde debían—Creo que al menos esto me ayudará a sentirme un poco más tranquilo con mi conciencia—musitó el beta, mientras mascaba las palabras—Dios sabe que te he ayudado lo suficiente.

Ash presionó las llaves contra la palma de su mano, sonriendo con tranquilidad que sólo había podido sentir desde que hubiera regresado a casa, soltando un pequeño suspiro agradeciendo que la inversión de varios meses de ahorro no se hubiera perdido por sus decisiones estúpidas, especialmente ahora que tenía que comenzar a ser mucho más frugal con el dinero.

El galeno frente a él elevó una de sus cejas, mientras se cruzaba de brazos, y le dedicaba una mirada que parecía intentar analizarle.

—¿Qué? —preguntó Ash entonces, mientras le imitaba, cruzándose de brazos—¿Hay algo en mi cara?

Inquirió, con un tono demasiado pagado de sí mismo.

El beta bufó.

—Luces extrañamente bien—aseguró, para luego elaborar—aún si tienes el semblante de un hombre destruido.

Ash no pudo evitar reir abiertamente, ganándose una mirada curiosa y medianamente confundida por parte del médico.

—Bueno—dijo, después de calmarse y listo para explicarse—Es porque creo que estoy realmente bien...—comentó, mientras buscaba en el bolsillo de su abrigo, sacando su teléfono celular y viajando a través de la galería—¿Recuerdas las múltiples veces que me preguntabas por quién hacía las cosas?

El galeno soltó un pequeño murmullo apreciativo, mientras le miraba directamente.

—He perdido la cuenta de cuantas veces te he preguntado eso, muchacho.

Ash amplió más su sonrisa, encontrando exactamente la imagen que había estado buscando. Estiró su mano en un movimiento fluído, enseñándosela al otro hombre.

—¿Esto responde a tu pregunta?

Ash pudo ver en tiempo real cómo el rostro del otro hombre se hacía un poema, pasando por todo el arcoíris de expresiones; desde la duda, pasando por la sopresa, hasta llegar a la incredulidad. ¿y cómo no hacerlo? La idea de que Ash Lynx, leyenda póstuma en las calles de Nueva York, pudiera tener un lado suave y cálido era lo suficientemente irrisorio como para ni siquiera llegar a imaginarlo. Más aún el hecho de que tuviera a otra persona sostenida así en brazos, como si se tratara de lo más valioso y delicado del mundo. Que, entre él y su esposo, el rostro durmiente de Griffin les saludara de entre el medio de mantas, sólo fungía como cereza en el pastel.

El doctor Meredith se quedó en silencio un largo minuto, para luego solo musitar bajo su aliento.

—En todo caso... sólo me crea mil más.

Ash volvió a reír, encantado por esa expresión.

Cuando la idea salió de sus labios, Yut Lung sabía que la reacción de Sing no iba a ser buena. Así que, se preparó para el golpe emocional, desde que hubiera empezado la oración.

La respuesta de Sing no tardó en llegar.

—No—aseveró, con tono duro. Los brazos cruzados y la mirada férrea—Me niego rotundamente.

Yut Lung suspiró, mientras se recargaba contra los cojines y fruncía ligeramente la nariz ante el agresivo aroma que de pronto expedía el cuerpo de Sing. Aroma de un alfa preocupado por su omega.

Yut Lung se vió obligado a fruncir ligeramente el ceño para balancear la sonrisa que peleaba por nacer en sus labios, intenando no mostrar lo mucho que le gustaba esa expresión y esa reacción en Sing.

—Sing...—Empezó entonces, estirando su mano hacia su novio, quien pareció reticente en responder a su gesto durante unos segundos. Yut Lung rió suavemente, agradecido de poder ver un poco del lado infantil del alfa, quien más veces que las que no; parecía actuar como si cargara con muchos más años encima de los que realmente tenía. Era fácil olvidar que Sing era, realmente, menos que él. Pero a Yut Lung le gustaba recordarlo—Vamos, Sing...—pidió de nuevo, logrando que sus dedos rozaran los del otro muchacho, suavizando aún más su expresión al notar como la tensión de los hombros del alfa parecía desaparecer instantáneamente gracias al contacto—Ven aquí, por favor.

El mentado suspiró, rindiéndose ante la petición, dejando que su cuerpo se recostara junto al de Yut Lung en la cama.

—Tú sabes cómo funcionan las cosas en este mundo.

Le replicó, mientras dejaba que su mano pasara a través de los cabellos de Sing, acomodándolos en su lugar.

El mentado chasqueó la lengua, mientras apretaba los labios.

—Saberlo no quiere decir que me guste.

Puntuó, y Yut Lung lo sabía. Sing había dejado en claro aquello desde la primera vez que se hubieran visto, encerrados en un helicóptero, con el pequeño alfa incapaz de ocultar su clara reticencia a las órdenes, haciendo claro su actitud desafiante contra la autoridad, gruñendo sin miramientos mientras se aferraba a su propio sentido de justicia, y de lo que estaba bien hacer o no. A sus propios sentidos de lealtad.

—Eso ya lo suponía—aseguró Yut Lung—fue por algo que me dijiste que querías que dejaramos esta vida-

Comenzó a explicar, sólo para ser interrumpido por Sing, quien se giró un poco, elevándose con las manos, y enfocó sus ojos en los de él.

—Para que puedas estar seguro—espetó, con un pequeño destello de pena brillando en sus ojos—Para que...nosotros...—murmuró, mientras su mano se posaba sobre su abultado vientre, con delicadeza, haciendo que su corazón se alborotara—pudiéramos tener una mejor vida...

Yut Lung dejó que sus labios se relajaran en una sonrisa.

—Para tener la vida que queremos para nosotros...—repitió, dejando que su mano se posara sobre la de Sing, en un fútil intento de darle seguridad—¿Entonces...?

Cuestionó.

Sing ahogó un suspiro, mientras apretaba los labios.

—¿Por qué eso tiene que implicar que casi mueras...?

Le escuchó preguntar, mientras su voz se hacía contrita.

Yut Lung sintió su corazón hacerse pequeño, apretándose con fuerza en su pecho.

Estiró los brazos entonces, acercando el cuerpo de Sing a su pecho, acunándole con cariño.

—Porque la gente en este mundo no olvida...—aseguró, mientras le acariciaba la espalda, intentando que el aroma de Sing regresara un poco a la novermalidad—menos cuando algo les improta tanto como el dinero—y más si era así de cuantioso como el que se movía en sus múltiples redes de comercio del bajo mundo—o el poder—como el que le otorgaba ser dueño y señor de la mayor cantidad de rutas comerciales.

Los brazos de Sing se aferraron con más fuerza a su cuerpo, como si esa fuera su manera de protestar. Sus pequeños parecieron unirse a su reclamo, dando un par de patadas al unísono, haciendo que frunciera el ceño del dolor.

—Oye...—llamó entonces, con la voz más suave que tenía, esa que aún ahora se escuchaba ligeramente alienígena incluso para él mismo. Se separó ligeramente, usando sus manos para tomar el rostro de Sing, acariciando sus mejillas con sus pulgares, aprenciando la expresión del otro hombre, que lucía casí como la de un pequeño cachorro, que buscaba consuelo—No es como si algo malo fuera a pasarme de verdad. Lo sabes, ¿no?—preguntó con suavidad—Es sólo para el espectáculo...

Aseguró, antes de dejar un pequeño beso sobre los labios de Sing.

Sintió como estos intentaron seguirle al separarse, antes de que el alfa confesara.

—Es que la sola idea me aterra...

Yut Lung dibujó una pequeña sonrisa.

—¿Porque no confías en tu habilidad profesional? —preguntó, claramente itentando hacerse el gracioso—¿O acaso no confías en la de él?

Sing le sorprendió con su respuesta.

—Porque no tolera la mera idea de poder perferte...

Confesó con suavidad, casi como si fuera un secreto.

Yut Lung sintió su corazón detenerse.

Oh.

Tardó un par de segundos en recobrar la voz.

—Qué gracioso eres, Sing...—murmuró, mientras volvía a unir sus rostros en un profundo beso—Las personas como yo no pueden morir, a menos que realmente quieran hacerlo—le prometió—Y ahora yo tengo más de una razón para querer continuar vivo.

Ash peleaba contra el sueño, con un nuevo peso argegado en sus párpados pugnando por que los cerrara, cuando el peso de Eiji al sentarse a su lado en la cama le llamó la atención. Giró el rostro lentamente, enfocando la imagen de su esposo, quien maniobraba con el cuerpo del pequeño Griffin, quien pataleaba al aire mientras soltaba pequeños gemidos que imitaban la letra "a", al tiempo que con movimientos algo descordinados parecía intentar tomar uno de los largos mechones de Eiji.

—¿Cuándo vas a preguntármelo? —cuestionó entonces, mientras se acercaba más a él—Sé que estas curioso.

Ash sabía que la confianza entre la pareja era algo importante, sin contar que era un punto que le habían recalcado en las muchas sesiones de terapia a las que habái asistido; puntuando la importancia de siempre decirse las cosas. Sin embargo, al mismo tiempo, sabía que a veces también había cosas que eran mejor dejar en secreto, y esa había sido su política de vida desde que tuviera memoria.

—No tengo idea de qué hablas.

Aseguró él, mientras ahogaba un largo bostezo, cubriendo su boca con una de sus manos.

Eiji rodó los ojos, dejando que Griffin se acomodara sobre su pecho, haciendo que sus pequeños puños golpearan su pecho, como si exigiera algo. Ash aprovechó la distracción.

—¿Qué pasa, pequeño demandante? —Inquierió, mientras acariciaba la peluza castaña que decoraba su cabeza—Creo que tiene hambre—le dijo entonces a su esposo, sonriendo con simpleza.

Eiji hizo un puchero, mientras se abría la camiseta, dejando que su pecho se quedara al aire, acomodando al pequeño bebé en la cama y girándose lo suficiente como para que pudiera dar pecho sin problema alguno.

—No utilices a tu cachorro para librarte de hablar conmigo, Lince—replicó, mientras pegaba más el cuerpo de su bebé contra el suyo. Ash no pudo evitar sonreir, sorprendido con la facilidad que Eiji había desarrollado para poder maniobrarse con su pequeño, como si hubiera nacido para la paternidad. Acarició la pequeña cabeza de Griffin, quien succionaba con emoción, al tiempo que una de sus manos se aferraba con fuerza a la ropa de Eiji—Sabes que eso no funciona.

Ash tuvo el descaro de hacerse el desentendido.

—Repito—dijo con lentitud—no tengo idea de qué estás diciendo.

Eiji pareció haber tenido suficiente con su teatro, especialmente porque él era realmente bueno leyendo las verdaderas intenciones de Ash.

—Sé que tienes dudas de qué me confesó Sing—Explicó con simpleza, haciendo que Ash apartara la mirada, intentando ignorar el pequeño punzón que atacó su vientre—Tienes una mirada muy particular desde que vino a vernos.

Ash simplemente pudo suspirar.

—¿Era muy obvio?

Cuestionó, dándose por vencido.

Eiji rió suavemente, antes de dejarle un beso suave en la nariz.

—Para mí sueles serlo—aseguró con dulzura, al tiempo que Ash se acurrucaba más a su lado, cuidando la distancia de su cuerpo con el de Griffin—Es fácil saber lo que el amor de mi vida está pensando.

Ash sintió sus mejillas arder.

—¿Y es qué sería...? —preguntó con suavidad

Eiji pareció pensarlo un momento, antes de fruncir la nariz e impostar una voz que al parecer intentaba parecer la de Ash.

—Algo como.... "¿Qué se cree este enano guardando secretos de mí?"

Exclamó.

Ash parpadeó, patidifuso.

—Yo no hablo así.

Farfulló, haciendo que Eiji riera.

—Claro que sí.

Aseguró Eiji, al tiempo que se acurrucaba más a su lado, el sonido de un pequeño quejido de Griffin recordándoles que tenían que ser más cuidadosos.

Ash se apartó, sólo un poco, disculpándose con su pequeño, al tiempo que estiraba su brazo para acariciar la cintura de su esposo, incapaz de soportar la distancia física cuando estaban así de cerca.

—Y...—dijo entonces, luego de un momento en silencio, al sentirse ya descubierto—¿Qué fue lo que te dijo?—Cuestionó, mientras estiraba su cuerpo, sospteniéndose con su brazo en el colchón, y dejando un beso en el oído de su marido—Se veía muy interesado susurrándote al oído...

Masculló, antes de morder con suavidad.

El cuerpo de Eiji tembló.

—¡Ash!

Le escuchó quejarse. Ash rió entonces, sintiendo que eso era una victoria.

—¿Qué?—preguntó, falsamente ofendido—¿él puede hacero y yo no?

Cuestionó, con una sonrisa socarrona dibujada en su rostro.

Eiji pareció pelear con sus palabras.

—Sa-sabes que él no hizo eso.

Intentó explicarse, mientras su rostro se teñía aún más de rojo, siendo únicamente separado de ese trance por el sonido de ahogados quejidos que provenían de la boca de su cachorro.

—Creo que ya está lleno—Comentó Ash, mientras observaba como su pequeño parecía pelear por alejarse del pecho de Eiji, removiéndose un lado a otro, con su pequeña nariz fruncida.

—Tan rápido...—murmuró Eiji, con un tono que parecía rozar con la preocupación—Mi pecho aún está lleno...

Ash sonrió con suavidad.

—El doctor dijo que Griffin podría regular su propio apetito—recordó, después del gran susto que hubiera sido el nacimiento de su pequeño, habrían regresado a su usual centro de atención, donde habían tenido que lidiar con las miradas del doctor White así como con una larga charla de la importancia de los cuidados post parto que tanto Eiji como su bebé tendrían que tener, dentro de los cuales estaba el correcto almacenamiento de la leche—Y ahora eres tú quien está cambiando de tema.

Agregó, sólo porque aún ahora, molestar a su esposo siempre había sido divertido.

Eiji negó, mientras se cubría y besaba el rostro de Griffin, mientras frotaba su pequeño estómago, intentando eliminar cualquier residuo de gas que hubiera podido quedar allí.

—Eres terrible...—musitó, antes de volver a colocar a Griffin sobre su pecho, en una posición que al pequeño parecía encantarle. Probablemente porque así podía escuchar su corazón—Me contó algo que estuve preguntándole todo el tiempo que estuvo aquí...

Ash frunció su expresión, recordándose que no podía culpar al otro alfa por dar un paso adelante, cuando Eiji necestaba ayuda. Sin importar qué tanto aquello pareciera retorcer un instinto muy profundo.

—¿Y eso sería?

Preguntó.

Eiji sonrió con secretismo, mientras una de sus manos aferraba a Griffin en su pecho, quien ya parecía listo para dormir. Su otra mano libre usada para llamarle, haciendo que se acercara para contarle un secreto, dejando que su propia oreja ahora rozara con los labios de Eiji.

Cuando las primeras palabras comenzaron a salir, en un tenue susurro, Ash pensó que aquello tenía que ser una broma.

Sing se encontraba guardando la ropa nueva que habían comprado para los bebés en una gran bolsa de maternidad cuando su teléfono sonó. Yut Lung le había dicho que estaba exagerando, preparándose con casi tres días de antelación para su cesarea programada; pero Sing necesitaba sentir que tenía alguna clase de control durante el proceso. Y, prepararse para la llegadade sus cachorros, ayudaba en ese aspecto.

Yut Lung dormía profundamente en la cama, luego de haber girado durante un largo rato, incapaz de encontrar una posición que pareciera hacérsele cómoda, dando con una luego de muchas horas. Sing no quería interrumpir el de por si corto sueño de su novio, y más aún, tras ver el nombre que le saludaba desde el otro lado de la pantalla, supuso que lo mejor que podía hacer era contestar desde otra habitación.

Sintió algo pesado descender a su estómago, intentando alejar la idea de que algo malo hubiera pasado, mientras se dirigía al balcón, cerrando la puerta detrás de sí.

Y no es que Sing fuera realmente alarmista, pero después de la montaña rusa que habían vivido en ese último mes, nadie podría culparlo por sentirse aún alarmado.

—¿Hola?

Dijo, como saluda. Del otro lado de la línea, la voz cortante de Ash le respondió.

—Explícate.

Pidió, sin ninguna clase de miramiento.

Sing parpadeó.

—¿Perdón?

Ash soltó un suspiro, antes de comenzar con su retahíla de palabras.

—Sí, te perdono por tener mal gusto—aseguró, dejando a Sing completamente silente, incapaz de articular palabra—Pero eso no expluca porqué un humano aparentemente bien ajustado a la sociedad como tú escogió salir con alguien como Yut Lung.

Sing parpadeó un par de veces, mientras la información parecía finalmente hacer su camino dentro de su cabeza. Después de unos segundos de silencio, lo único que pudo hacer fue estallar en carcajadas.

—De verdad...—farfulló, mientras estiraba su cuerpo hacia la barra del balcón, descansando su peso en esta. Sing había pasado muchos años viviendo y conviviendo junto a Yut Lung como para entender que esa clase de comentarios saliendo de labios de personas como Yue o como Ash, quienes parecían reconocer sus similaridades de las peores maneras, señalándolas en el otro—tú y él dicen las mismas cosas—aseguró, gangandose un sonido de disgusto del otro lado de la línea—Si no fueran tan necios, quizá podrían llegar a ser amigos y todo.

Ash bufó.

—Algo me dice que a tu novio no le gustaría que dijeras cosas así.

Sing sintió su sonrisa ampliarse ante el uso de la palabra novio.

Hacía de su situación mucho más real, saliendo de los labios de otra persona.

—No. Para nada—aseguró, mientras golpeteaba el suelo con la punta de su zapato—Probablemente me lanzaría algo a la cabeza, luego de maldecirte, claro—aseguró, porque la escena era capaz de reproducirse con exactitud casi cinematográfica en su mente—Tiene un léxio muy florido, ¿sabes?

Agregó, mientras elevaba una ceja, aún si nadie podía verlo. De la misma manera en la que casi podía ver los ojos de Ash rodar hasta la parte trasera de su cráneo.

—No me digas—farfulló—¿Es una de las cosas que amas de él?

Preguntó, con el sarcasmo deslizándose por cada una de las sílabas que pronunciara.

—Claro que no—aseguró, dejando que su rostro de deslizara un poco más hacia el teléfono—pero si quieres una lista, podría decírtelo. Ahora mismo.

Aseguró, antes de ahogar un pequeño bostezo, recordándole que no había dormido mucho en esos últimos días.

Ash no tardó en responder.

—Ilústrame.

Y Sing sabía que la vida de padre primerizo no era tan amable con la gente como para dar tiempo de realizar llamadas casuales. Así que, y haciendo honor a la aparente preocupación de Ash, se apresuró a contestar, con toda honestidad.

—¿Sonaría muy cliché si digo que su forma de ser?—preguntó, mientras una pequeña risa nacía e sus labios—Porque de verdad es así.

Un pequeño silencio reinó en la línea, antesde que Ash respondiera.

—Sing...—Dijo, resaltando su nombre como si de una palabra desconocida se tratase—Digo esto completamente conciente de que alguna vez estuviste atraído por Eiji, ya que no eres para nada un buen actor—soltó de golpe, haciendo que el rostro del mentado se coloreara ligeramente, al tiempo que un quedo ¡Oye! Escapaba de sus labios, aún si ninguna de las dos reacciones pareció ser suficiente para detener la verborrea de Ash—Pero, ¿qué clase de pésimos gustos tienes?

Sing bufó. Porque al parecer la falta de sueño y descanso tan naturales después de convertirse en papá, también servían como un catalizador para no tener filtro.

—Cierra la boca—murmuró, chasqueando la lengua—tú no conoces a Yut Lung como yo lo conozco, Ash—aseguró, escuchando un murmullo apreciativo del otro lado de la línea—Es una persona apasionada, y muy valiente además—puntuó, recordando la manera en la que la mirada de Yut Lung parecía intentar endurecerse cada que recordaba algún detalle particularmente duro de su pasado, luchando porque la tristeza que estos siempre le causaban no lo deboraran por entero—Guarda muchísimas cosas dentro de sí y sé que poder llegar a ver sus verdaderos colores es difícil, pero..cuando lo consigues...—su propio tono se hizo añorante, rememorando la manera en la que el rostro del omega cambiaba a uno mucho más suave y brillante cuando Sing intentaba cuidar de él, y cómo su propio corazón estallaba cuando Yut Lung accedía—dioses.. haha no encontrarás a nadie más divertido e infantil—que fuera capaz de burlarse de ti con inteligencia y elocuencia dignas sólo de un artista, al tiempo que parecía perder los papeles por el mínimo inconveniente—... que al mismo tiempo puede llegar a ser de las personas más dulces que existen, cuando logras tocar sus fibras sensibles—Así como cuando logras pasar la dura coraza que Yut Lung había construido a su alrededor durante todo ese tiempo, intentando mantenerse a salvo—Yut Lung está lleno de facetas, Ash... sólo tienes que ser realmente privilegiado para conocerlas todas.

Finalizó, sintiendo como sus mejillas se habían coloreado, así como su corazón alivianado.

Ash, en cambio, se mantuvo en silencio.

Respondiendo sólo luego de un largo minuto.

—Tú de verdad...

Le escuchó mascullar, antes de detenerse.

Sing decidió que podía ayudarlo a encontrar las palabras.

—¿Yo?

Cuestionó, sonriendo.

—Suenas... muy enamorado.

Fue toda la respuesta de Ash.

Sing amplió aún más su expresión.

—Es porque estoy enamorado.

Se apresuró a asegurar, sólo para que una nueva frase -pronunciada por el mismo tono de incredulidad, abandonara los labios de Ash.

—Aún no entiendo qué ve la gente como ustedes en personas como nosotros.

Dijo, con un tono tan suave que Sing había pensado que, quizá, era algo que Ash no había intentado decir en voz alta.

Sin embargo, tampoco tuvo problemas para responder.

—Oh—dijo, en un falso tono de sorpresa—Pero si eso es muy simple...—aseguró—Los vemos a ustedes, Ash.

La vida y la muerte eran una dualidad que había estado tan presente en la vida de Sing desde que este tuviera memoria, que aún ahora le parecía ligeramente increíble que no pudiera acostumbrarse a ella. Especialmente con sus años más prolíficos en el negocio, si podía llamarlo de alguna manera.

Aunque, por otro lado, dudaba que alguien pudiera estar realmente en paz con el concepto de la muerte en un mundo como el suyo, donde el último suspiro sólía venir acompañado del sonido de una bala, o de un bramido de exasperación pura.

Sin embargo, intentó recordarse, que ese no era el caso del predicamento que lo invadía en ese momento. Se lo recordó mientras veía su reloj en la madrugada, contando mentalmente las horas que faltaban para su viaje a la clínica, con el calor del cuerpo de Yut Lung acurrucado a su lado, sirviendo como única ancla a la realidad.

Tatró de mantenerse fuerte también cuando el despertador finalmente sonara, indicándole que el momento había llegado. Cuando se hubiera ofrecido a ayudar a Yut Lung a cambiarse, subir a su vehículo y conducir hasta la clínica que les habían indicado. Lo había hecho también, cuando uno de los trabajadores le hubiera pedido que sólo Yut Lung podía pasar hacia la sala de operaciones primero, pues necesitaban prepararle.

Sin embargo, parecía que Sing no era realmente ducho en el arte de las apariencias, pues antes de que Yut Lung fuera llevado al interior de la sala en una silla de ruedas, estiró la mano, tomando la de Sing con cariño.

—Oye—le dijo, sonriendo de lado—Luces más nervioso que yo.

Aseguró, mientras presionaba su agarre.

Sing apretó los labios, mientas se elevaba de hombros.

—Creo que lo estoy...—Confesó suavemente, mientras dejaba que sus ojos se suavizaran.

Yut Lung solo se limitó a darle un apretón de manos, como un intento de trasnmitirse seguridad, que desapareció tan pronto vio su figura alejarse con dirección al quirófano. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para intentar lidiar con los miedos que ya comenzaban a cocinarse en lo más profundo de su mente, pues él también tenía que prepararse. Se colocó la ropa que le proporcionaron, gracias a que era el acompañante designado de la madre en espera. Respiró hondo intentando mantener su ritmo cardiaco controlado mientras se ataba los atavíos con un poco más de fuerza de la necesaria, así como también lo hizo mientras avanzaba hacia la sala operatoria, donde Yut Lung ya estaba preparado.

Le permitieron tomar su mano cuando le colocaron la epidural, y no pudo evitar admirar la tranquilidad con la que su novio parecía tomar todo el procedimiento, solo cerrando levemente los ojos cuando la gruesa aguja perforara su espina.

—Tranquilo—Volvió a pedir entonces el omega, mientras presionaba su mano—todo va a salir bien.

Sing se permitió temblar ligeramente.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?—cuestionó, incapaz de poder dejar de pensar que en ese último tiempo, todo lo que podía ir mal, de alguna manera, lo hacía.

Yut Lung le regaló una mirada sabida, mientras tomaba aire y dejaba que lo recostaran en la camilla.

—Porque estás aquí.

Aseguró, dejando a Sing de una pieza.

Muchos habían confiado antes en su capacidad, incluso más que él mismo. Sus muchachos, cuando ninguno de ellos había dudado en darle el cargo que antes hubiera sido de Shorter, confiando por completo en su capacidad de liderarlos. Su hermano, cuando parecía vislumbrar un futuro mucho más grande para Sing del que él mismo pudiera diluscidar, o si quiera querer.

Sing siempre había intentado estar a la altura de semejantes expectativas, enterrando cualquier pequeño atisbo de miedo que pudiera nacer en su pecho, así como silencioando a la voz -que sonaba curiosamente como la suya- que parecía disfrutar recordándole que no podía. Que se había deleitado en recordárselo cuando su pandilla hubiera comenzado a caer, como piezas de dominó, frente a la mirada de todos. Incapaz de mantenerse con tan endeble líder, quien sólo había podido optar a dar manotazos de ahogado en modo de un reto hacia Ash, ofreciendo su vida como ofrenda.

Sin embargo, esta vez, su deseo de que esa frase fuera verdad parecía ser más fuerte que cualquier clase de voz que pudiera tomar el miedo que siempre había parecido vivir en su cabeza.

—Tienes razón...

Ofreció finalmente, dejando que un poco del peso que se había construido sobre sus hombros escapara, al tiempo que sus ojos viajaban al vientre de Yut Lung, antes de que una cortina se levantara entre ellos.

Sing quería mantenerse firme.

Y lo hizo.

Lo hizo cuando el sueño que parecía estar invadiendo a Yut Lung gracias a la epidural comenzara a hacer efecto, haciendo que la imagen de sus órganos siendo manipulados en su interior para llegar a su útero amenazaran con hacerle creer que era la vida lo que se escapaba de los dedos de su omega. Lo fue también cuando pudo notar la cantidad de sangre que era drenada de su abdomen, cantidades ingentes que Sing aún no podía creer del todo que fueran normales, así como también lo hizo cuando el primer llanto llenó el ambiente.

Era alto, y sonaba saludable.

Su primer bebé acababa de nacer.

Otro de los galenos presentes, el que no estaba pegado a la mesa, tomó al pequeño en brazos, y luego de secarlo y que los ojos de Yut Lung se encontraran con los de Sing, como intentando preguntar en medio de la neblina de confusión que le causaba la anestesia qué era lo que habían hecho con su hijo, lo acercó a ellos, mostrándoles a un pequeño varón.

—Saluda a bebé, mamá.

Le dijo, mientras se doblaba sobre sí mismo, dejando que Yut Lung besara el pequeño rostro arrugado por el llanto de su niño, quien aún no paraba de llorar.

Sing sintió su corazón detenerse un segundo, incapaz de creer lo que estaba viendo.

Al menos, hasta que el segundo llanto llenó la habitación.

Sonaba igual de fuerte que el primero.

Sin embargo, esta vez, le entregaron al cachorro a él.

Era una niña.

—Y tú dile hola a papá.

Dijo entonces el personal, quien se apresuro a acomodar a la pequeña en sus brazos, al parecer completamente ignorante del temblor que parecía acababar de invadir todo el cuerpo de Sing.

Un gran par de ojos de color claro le devolvían la mirada. Su llanto aplacado por la cercanía del calor humano de Sing.

Del calor de su padre.

Sing sintió la garganta cerrársele un momento.

—Hola, mi amor—saludó, antes de dejar un beso en la frente de la pequeña, doblando su espalda al momento siguiente para acercarla al rostro de Yut Lung, quien a pesar de luchar con el sueño quería besar a su bebé también.

—Mis amores...

Lo escuchó murmurar, con las sílabas resbalando de sus labios, como en todas las ocasines en las que Sing lo había encontrado ebrio.

No pudo evitar reir un poco, sosteniendo a ambos bebés, uno en cada brazo, y pegándolos a su pecho, en una señal protectora.

—Estamos aquí—Aseguró Sing entonces—Los tres.

Y, por un segundo, antes de que Yut Lung cerrara los ojos, Sing pudo jurar que vio su mirada brillar.

Sin embargo, su momento fue interrumpido por una enfermera, quien le indicaba que llevarían a la madre a la sala de recuperación, al tiempo que hacía un además para pedirle a los pequeños, ya que tenía que acomodarlos en la incubadora, para que fueran llevados a su propia ala de recuperación de la mano del neonatólogo, asegurándole que podría pasar a verlos después de un par de horas.

Sing sintió un pequeño golpe en la base del estómago ante la idea de separarse de los cachorros. Sin embargo, y después de suspirar un momento, los presionó una ultima vez más contra su pecho, depositando sendos besos en su frente.

—Tranquilos...—les susurró, ganándose un par de gemidos ahogados, que ahora estarían grabados con fuego en su corazón—Papá estará con ustedes muy pronto...

Les prometió, antes de dejarlos en manos de la enfermera, sólo para ver cómo las tres personas más importantes en su vida eran llevadas por uniformados a diferentes lugares de la clínica.

Sing intentó que el sentimiento de vacío que le llenara al encontrarse sólo en el anteriormente lleno quirófano no trajera pequeñas lágrimas hasta sus ojos.

En cambio, preguntó si podía acompañar a su pareja en la sala de recuperación, donde después de un par de ruegos y expresiones exageradas, le dieron el visto bueno.

Sing agradeció, honestamente, mientras se adentraba en la pulcra sala, buscando la camilla donde el cuerpo de Yut Lung descansaba. Se quedó a su lado entonces, tomando su mano con la suya, y negándose a soltarle hasta que abriera los ojos.

Sing no sabía cuánto tiempo había pasado, sin embargo, sus piernas ya comenzaban a hormiguear cuando el omega comenzó a mostrar los primeros signos de que la conciencia había regresado a él.

Sing no pudo evitar sonreír.

—Hola, tú...—musitó, doblando su cuerpo para estar más cerca del cuerpo de su novio, observando como lo oscuro de su mirada parecía aparecer ente sus tupidas pestañas.

—Hola...—respondió Yut Lung, con un tono contrito—¿Los bebés?

Sing le acarició el rostro con cariño.

—Están bien, cariño—aseguró—descansando.

La poca tención que había estado construyéndose en los hombros de Yut Lung pareció comenzar a relajarse ante la respuesta, y Sing sintió su corazón henchirse de gozo ante semejante imagen.

Nunca había visto una sonrisa más sincera en el rostro de Yut Lung.

—Lo hiciste excelente...

La sonrisa de Yut Lung se alargó.

—Lo sé...

Sing, sin poder evitarlo, besó su mano.

—¿No tuviste miedo...?—preguntó entonces, con un hilo de voz—¿No... tenes miedo?

Articuló, sintiendo el peso de las agujas que traía en uno de sus bolsillos triplicarse.

Yut Lung, por su parte, sólo rió.

—¿Cómo podría? —le cuestionó, en un susurro—Sé que te tengo a ti...—le dijo, haciendo que el aliento se quedara atrapado en la garganta de Sing—Sólo... prométeme que... cuando despierte, los tres estarán allí.

Sing apretó los labios, mientras su mano hacía lo propio con la del omega.

Sing había matado antes. Sin embargo, y aún con sus años de juventud teñidos de algo de animosidad, nunca creyó que realmente tendría que hacerlo con Yut Lung.

—Lo prometo...

Murmuró entonces, mientras sacaba discimuladamente las agujas que Yut Lung le hubiera dado más temprano ese día, llevándolas a los puntos que el omega le había enseñado con tanta diligencia tiempo antes, presionando con fuerza ya practicada, al mismo tiempo que intentaba no gritar cuando pudiera ver los indicadores del motinor de su novio comenzar a descender, pasando a lanzar llamadas de alerta, que lograron que más de un personal corriera en pos de ayudar.

Así como también tuvo que ignorar las llamadas de Eiji quien, con desespero, intentaba ponerse en contacto con él tras escuchar las noticias en los noticieros de esa noche.

Yut Lung apenas fue capaz de abrir los ojos, sintiendo como la pesadez parecía pelear directamente con sus esfuerzos por retomar conciencia. Cuando su mirada se hubiera acostumbrado a la luz, no fue capaz de reconocer el lugar donde se encontraba.

Tenía paredes coloreadas de color perla, decoradas por diferentes fotografías. Sin embargo, no tuvo más tiempo para intentar analizar el panorama, pues el rostro de alguien entró en su campo de visión.

El rostro de alguien a quien no podía esperar a ver.

Era Sing.

Tenía ojeras pronunciadas, y sus escleras estaban coloreadas de rojo. Parecía que no había dormido en varios días.

—Buenos días, dormilón...—le saludó, mientras Yut Lung podía notar que una de sus manos descansaba entre las de él, al mismo tiempo que su mirada finalmente se concentraba en la persona que estaba detrás de Sing. Allí, distraido en sus pensamientos, también estaba Blanca.

—Sing...—llamó, sorprendiéndose ante el sonido rasposo que abandonaba su garganta—Mis bebés...

Dijo, intentando articular. Intentó impulsarse con su mano libre, elevándose ligeramente, siendo detenido por Sing, quien se apresuró a besar sus labios con suavidad, regalándole una sonrisa tranquilizadora.

—Ya los traigo.

Le aseguró, antes de ponerse de pie y dejar la habitación.

Yut Lung sintió la falta del toque de Sing, al mismo tiempo que un mareó atacaba su cuerpo.

Blanca, sin embargo, fue mucho más rápido. Sosteniéndole con cuidado y asiéndolo a su lugar.

—Lento, mi señor—le pidió, acomodándose a su lado mientras se sentaba—¿Cómo se siente?

Yut Lung ahogó un gemido que parecía fungirse con un gruñido bajo su aliento.

—Como si un camión me hubiera pasado por encima.

Confesó, mientras llevaba una mano a su frente, presionando con algo de fuerza. Sentía que la habitación giraba a su alrededor. Y, si hubiera tenido algo en el estómago, probablemente habría devuelto todo lo que tenía en el interior. Además, apenas lo notaba, un fuerte dolor de vientre lo asaltaba, golpeándole como una lluvia de agujas que no parecía tener piedad.

En el lugar de su cicatriz, suponía.

—No es para menos.

Le aseguró, mientras reía suavemente.

Yut Lung suspiró con parsimonía, dejando que su cabeza descansara sobre el pecho de Blanca, quien le acarició ligeramente los cabellos que cubrían su frente.

Convencer a Blanca de que les ayudara con su plan no había sido realmente difícil. Ni siquiera había sido realmente incómodo, teniendo en cuenta la clase de acercamientos que él y Blanca habían tenido a lo largo de su vida. De hecho, incluso, se había sentido casi nostálgico, como si regresara a ver una época antigua de su vida, vista con otra clase de lentes. Una donde lo único que quería era que los ojos de ese hombre se fijaran en su persona, que le demostraran que se preocupaba por él, así fuera un poco.

—Mis bebés...

Musitó nuevamente.

Blanca le regaló una pequeña sonrisa.

—Su papá los estuvo cuidando—Le aseguró, mientras lo acomodaba en su lugar—Sing se hizo cargo como todo un campeón—dijo, con el orgullo claramente impreso en su voz—No lo vi pegar un ojo en estos días. Entre cuidar a los bebes y cuidar de ti, tenía mucho en sus manos.

Le aseguró, sonando extrañamente tranquilo.

Si el cansancio no hubiera estado pesándole en los hombros, Yut Lung habría podido hasta reír.

—Y supongo que no lo ayudaste.

Dijo, con falso tono de gracia.

Blanca rió, quitado de la pena.

—No soy la clase de persona que guste de la honrosa profesión de ser niñero—Aseguró, como si eso pudiera explicar todo. Sin embargo, unos segundos después, agregó—Además... sentía que no estaría muy feliz de dejar que justamente yo me encargase de tu cuidado—explicó, con un tono mucho más suave—Un alfa puede ser muy territorial si intentas tocar a su omega.

Yut Lung sintió su corazón detenerse ante esas palabras.

Su omega.

Sing lo consideraba su omega.

Se aclaró la garganta escuetamente, mientras tomaba una gran bocanada de aire.

—Y—preguntó, tratando de hacer de menos el constante golpeteo de su corazón contra su pecho—¿Qué más ocurrió?

Blanca hizo un largo sonido apreciativo.

—Todo lo que esperarías—aseguró—Un gran escándalo mediático, varias declaraciones médicas...

Yut Lung negó suavemente.

—No hablo de eso...

Masculló, frunciendo levemente el ceño.

Blanca asintió, antes de continuar.

—Eso también fue un gran revuelo—le aseguró, mientras ayudaba a que se sentara, esta vez, logrando su cometido—Es difícil que oculten que tu ausencia los pone felices—le explicó, con una cadencia que parecía no cortarse al momento de mostrar su disgusto por las personas de las que hablaba—Aunque los informes oficiales salieron hace apenas un día, hablando de una madre y cachorros muertos, escuché que muchos ya decían sospechar que algo así se cocinaba en la casa Lee—Explicó, como si de un extraño hablara—Con la falta de vida social que habías estado exhibiendo en este tiempo, muchas de las cabezas más importantes de los círculos de la mafia aquí ya sabían que intentaban esconder algo. Y, siendo un omega, un embarazo era la respuesta obvia—puntuó, antes de fruncir la nariz—Sus palabras, no mías.

—No debería sorprenderme...

Yut Lung sentía una fuerte migraña lista para nacer en la parte lateral de su cabeza.

Blanca, por su parte, colocó una de sus manos sobre su hombro.

—Deja que ellos se preocupen por la guerra que les viene encima—le dijo, intentando hacer de menos la ráfaga de comentarios que de seguro había escuchado al momento de obtener información de los otros cabezas de la mafia que durante todo ese tiempo habían estado detrás de él, ya fuera para buscar algo de su persona, o para arrebatarle lo que había sido suyo por derecho hasta ese momento—El médico se quedará callado, al parecer el dinero aún es capaz de comprar el silencio de ciertas personas.

Yut Lung rió suavemente, al tiempo que el sonido de pasos comenzaba a escucharse a través del largo pasillo.

La expectación creció en su pecho.

—Gracias...—murmuró quedamente, entonces, incapaz de detener sus sentimientos—Por acceder a ayudarme, a pesar de todo.

Aún si Sing había inentado covencerlo de que fingir su muerte era algo que podía salir mal en cualquiera de los puntos del camino, Blanca había sido mucho más raudo en aceptar la propuesta.

Quizá porque él mismo le había dado muerte a Sergei Varishikov para poder vivir como Blanca.

A veces, uno tenía que morir, para poder realmente comenzar a vivir.

La sonrisa de Blanca se volvió mucho más suave, de una manera que Yut Lung sólo podría calificar como- natural.

—No tienes que agradecerme—le aseguró, en el momento exacto en el que Sing llegaba a la habitación. Cargando en sus brazos un par de sendas mantas blancas, de las cuales, un par de rostros pequeños y durmientes resaltaban.

Sus pequeños. Sus cachorros...

—Mis bebés...

Jadeó Yut Lung, estirando los brazos en su dirección en un acto reflejo. Sing le regaló una sonrisa que logró arrugar los lados de sus ojos, antes de sentarse junto a él, ofreciéndole a los mellizos.

Su pequeño y su pequeña.

—Son bebés realmente exigentes—Dijo Sing, sonando enteramente encantado—Especialmente el pequeñito. Es todo un príncipe—aseguró, mientras le acariciaba las regordetas mejillas.

Yut Lung sintió su pecho oprimirse, de una manera que era igualmente dolorosa y maravillosa.

—Lo sé—Dijo, de alguna manera, reconociendo con facilidad de cuál de los bebés se trataba, aunque eso no pareciera posible—Su hermana es mucho más tranquila, ¿no es así?

Sing asintió, destapando a los pequeños, dejando que Yut Lung los acunara a su pecho, haciendo que el sentimiento de malestar que lo había acompañado desde que hubiera despertado del coma inducido por su acupuntura, desapareciera lentamente.

El aroma de sus cachorros recién nacidos mezclados con el de Sing, recordándole porqué es que había tomado semejante decisión.

Recordándole que él también tenía que buscar sus propias razones para vivir.

Los primeros meses de paternidad eran duros.

Eso era lo que Ash había leído en los múltiples libros de preparación pre natal que había logrado conseguir durante el primer y segundo trimestre de Eiji, cuando las dudas eran mucho más teóricas que preocupaciones fácticas golpeando a su puerta. Y, a pesar de que en primer momento había estado más que de acuerdo con esa afirmación, simplemente instruyéndose en las miles de necesidades que parecían tener los pequeños cachorros, la realidad era mucho más demandante de lo que cualquier autor pudiera ilustar.

Pero, al mismo tiempo, la gratificación que se asentaba en su pecho cada vez que veía a su hijo, también era un sentimiento que era imposible de describir sólo con palabras.

Era increíble como un pequeño, que entraba perfectamente entre sus manos, pudiera traerle tanta felicidad, al mismo tiempo que era capaz de llenarlo de tantas dudas y miedos, comparables sólo a cuando realmente se hubiera cuestionado si su mera existencia parecía actuar como una metafórica arma, lista para acabar con la vida de todos los que alguna vez le hubieran importado.

A Eiji le gustaba decía que veía cosas en Griffin que también veía en Ash. Especialmente en lo especial que era en sus horas de comer, incapaz de vaciar los pechos de Eiji por completo, y teniendo que recurrir a diferentes estrategias y juegos para que el pequeño pudiera terminar la cantidad de onzas de leche materna que el neonatólogo les había recomendado, o que siempre fruncía su pequeña nariz cada vez que el aroma del natto que Eiji había regresado a preparar para el desayuno llegaba hasta su nariz. También, que -de acuerdo a las palabras de Eiji- Griffin era increíblemente delicado. Rompería en llanto tan pronto la molestia de los gases que se formaban después de lactar comenzara a sentirse, o también lo haría si algún ruido fuerte sonaba en las cercanías, o cuando el aroma de alguien que no fuera un miembro de su familia se hiciera presente dentro de su espacio personal.

Sin contar que, al parecer, el aroma de Eiji era lo que más le gustaba en el mundo.

Está obsecionado con Eiji. ¡Es idéntico a Ash!

Recordaba que habían sido las exactas palabras de su padre, cuando hubiera visto el comportamiento de su cachorro durante una de sus sesiones de escritura, ganándose una pequeña patada en la espinilla, sólo porque negar lo evidente no era realmente el estilo de Ash.

Aún si una pequeña parte suya sentía un claro e inconfundible punzón cada que alguien puntuaba alguna similitud entre él y su cachorro, como deseando de manera silenciosa que esta nunca se tornara de alguna clase de connotación negativa.

La mera existencia de Griffin era un suceso demasiado maravilloco como para verlo manchado por su genética y su pasado. El milagro de la vida representado en cada uno de sus movimientos, en cada pequeño sonido, en la manera en la que ya podía girar sobre si mismo, o en cómo su voz estallaba en gozo cuando veía algo que le gustaba, que usualmente siempre solía ser su figura o la de Eiji, cada vez que uno entraba en la habitación.

Cuidar de Griffin había sido maravilloso.

Al menos, hasta que el descanso materno de Eiji hubiera terminado.

La idea de él solo con su pequeño aún se le hacía algo aterradora, mientras la ansiedad se construía en la parte inferior de su vientre con el pasar de los minutos, sabiendo que la hora de lactancia de Eiji se terminaría, dejándoles únicamente a los dos en el departamento.

El jefe de Ash había sido especialmente considerado con él y con sus excusas mal armadas de una repentina emergencia con su antigua familia, que Max parecía haber armado en el momento, asegurándole que mientras cumpliera con entregar sus artículos a tiempo podía ser más leniente con sus horarios de oficina, así como con la frecuencia con la cual se comunicaban con él, ya que estaban más que concientes que los últimos meses de su vida habían sido una montaña rusa de emociones.

Sin embargo, y a pesar del apoyo silente y prescencial que las diversas personas en su vida le habían brindado, al encontrarse sólo con Griffin en el departamento, Ash no había podido evitar sentirse cohibido.

Al menos, hasta que su cachorro hubiera comenzado a moverse, girando sobre si mismo, mientras repetía pequeños balbuceos que de seguro estaban dirigidos a llamar su atención.

Ash se apresuró a tomarlo en brazos, incapaz aún de imitar la naturalidad con la que Eiji era capaz de manejarse, pero mejoranco con cada vez que lo intentaba. Acariciando el rostro de su cachorro y sonriendo levemente al ecuchar sus balbuceos, que tan pronto le hubiera reconocido, parecerían haber incrementado en número y volumen.

Su pequeño, también, parecía muy hablador. Aún si Ash no era capaz todavía de distinguir exactamente qué parecía significar cada pequeño gorgeo que naciera de esos pequeños labios, a diferencia de Eiji, quien a todas luces parecía ya haber dominado el lenguaje de los recien nacidos, distinguiendo con habilidad envidiable cuando su hijo lloraba de hambre, sueño, frío o sólo por pedir un poco de atención.

"Es sólo un bebé, Ash" Le diría, al notar su semblante, que al parecer era capaz de mantenerse sereno durante uan balacera, pero se encontraba completamente expuesto ante la incertidumbre del llanto de un infante "Llorar es la única manera que tienen para comunicarse. No debes tener miedo"

Comunicarse, decía Eiji.

Y, aunque Ash sabía que quizá no era justo colocarse en la misma escala que su marido -quien, de algua manera, parecía haber nacido con el don natural de ser capaz de entender a las personas- decidió que al menos podía intentarlo.

—Lamento no ser papi, cariño—Le dijo a Griffin, mientras sus grandes ojos marrones se enfocaban en los suyos—Pero volverá con nosotros pronto, ¿está bien? —razonó, ganándose un sonoro ¡Wah! Cómo única respuesta, haciendole reír levemente—Así que... aprendamos a entendermos mutuamente, ¿sí, mi amor?

Un nuevo gorgeo abandonó los labios de su cachorro. Y, aun si Ash aún no sabía cómo poder diferenciar los sonidos de su pequeño, decidió que ese -para él, y desde ese momento en más- podría ser lo mismo que una afirmación.

Sing sabía de las viscisitudes de la paternidad. Claro, no de primera mano, pero Nadia había sido muy clara y tajante con él tan pronto se hubiera sincerado acerca de sus intenciones, y la clase de vida familiar que ahora mismo llevaba.

Su prima, haciendo gala de su claro instinto maternal, que había tenido desde muy corta edad, no había dudado ni siquiera un segundo en lanzarle un larguísima diatriva, primero regañándolo por tomar decisiones tan peligrosas y presipitadas, para luego simplemente abrazarlo, agradeciendo a todos los dioses que conocían porque -a pesar de todo- las cosas hubieran parecido salir a su favor.

Después de todo, Nadia escuchaba las noticias, así como todos los que le conocían.

Y, después de la llamada de Eiji, preocupado por lo que acababa de escuchar y una larguísima explicación que había venido acompañada de la mirada cansada de Yut Lung quien batallaba por alimentar a los gemelos, había seguido la de Nadia, quien parecía no tener palabras, más allá de un par de contritas sílabas que juntas parecían preguntar cómo estás.

Al parecer, Sing siempre había sido muy trasnparente con sus sentimientos.

Para todo el mundo, menos para Yut Lung.

De cualquier manera, ella había sido la primera en intentar prepararlo para todas las dificultades que se encontraría en el camino. Y, hasta ese momento, sus consejos no habían fallado. El despertar a cada hora para las rondas vespertinas y madrugadoras de comida, el cambiar pañales en piloto automático, el temblar ante el mínimo sonido extraño que abandonara los labios de los cachorros. Hasta el deseo casi irracional de llamar a un médico por una nueva mancha que no hubiera estado allí el día anterior.

Sí, Sing estaba sufriendo como todo un padre primerizo.

Yut Lung, por su parte, parecía estar llevando la experiencia con gracia que parecía casi impropia de alguien tan emotivo como solía ser él. Encontrando maravillas en las cosas que a Sing parecían asustarle, asombrándose con cada cosa nueva que hicieran sus cachorros.

Como si apenas pudiera darse cuenta de lo maravilloso que era ver a un ser vivo desarrollarse frente a él.

Sing amaba como sus ojos cambiaban en esos momentos. Brillaban, de la misma manera en la que lo habían hecho cuando le había prometido quedarse a su lado.

Como si le hubieran dado el mejor regalo del mundo.

Un pequeño pedazo de felicidad.

Sin embargo, no estaba preparado para la pregunta que le soltó su novio esa noche, después de que hubiera acostado a los gemelos en la gran cuna que descansaba justo a lado derecho de la cama que ambos compartían. Sing había insistió en ser él quien se encargara de acostar a los bebés, pues Yut Lung usaría esos momentos para dejar leche guardada para las rondas nocturnas, aún si al ritmo que iban quizá pronto comenzaran a necesitar de fórmula láctea.

Sing ya había enrollado sus brazos alrededor del cuerpo de Yut Lung, dispuesto a cerrar los ojos y dejarse vencer por el sueño, cuando los labios del omega parecieron buscar los suyos. Solo que, en lugar del beso al que solía estar acostumbrado, el sonido de un susurro llegó hasta sus oídos.

—¿Cómo deberíamos llamarlos?

Fue todo lo que dijo, como si en lugar de una pregunta repentina, se tratase de una línea de conversación que hubieran estado siguiendo antes.

—¿Perdón?

Preguntó, antes de que su cerebro pudiera filtrar la información que ahora parecía recorrer su mente.

Yut Lung sonrió con gracia en medio de la oscuridad, aún con las bolsas que descansaban bajo sus ojos, parecía realmente divertido.

—A los bebés...—Murmuró, mientras dejaba que su cabeza descansara bajo el mentón de Sing, como si buscara su calor. Las manos del alfa se apresuraron a aferrarse con más fuerza a su cuerpo, acomodando el cuerpo de su novio con cuidado al suyo—Aún no tienen nombres...

Una pequeña risa abandonó los labios de Sing.

Cierto.

Era algo que él mismo le había cuestionado a Yut Lung, quien, aún encandilado por la belleza de sus cachorros recién nacidos, no le había dado mucha más importancia al asunto.

Pero los bebés pronto ya tendrían un mes. Ya era hora de elegir.

—No puedo creer que hayamos pasado tanto tiempo sin pensar en algo...

Masculló, con la gracia claramente derramándose de sus palabras.

Yut Lung gruñó levemente en medio del abrazo, antes de morderlo en un pezado de piel que estaba a su alcance.

—No quería que fuera algo del momento... tienen que significar algo...

Sing ahogó un falso gemido de dolor, mientras acurrucaba más el cuerpo de Yut Lung al suyo.

—Está bien, está bien—accedió, antes de dejar un suave beso en su temple—¿Qué se te ocurrió?

Pues, de no tener alguna idea ya, Sing sabía que el omega no habría traído el tema a colación si quiera.

Y, el suave brillo que resaltó en la mirada de Yut Lung, aún en la oscuridad, le dijo que había estado en lo correcto.

Sing nunca había estado realmente muy en sintonía con la tradición de buscar nombres con significado, especialmente tras entender cuál era el que venía atado al suyo. Sin estar completamente seguro si aquello sólo era falta de cuidado por parte de sus progenitores, o alguna clase de extraño mensaje nada sutil con el cual hubieran querido pavimentar su futura vida.

Sin embargo, la emoción y cuidado que parecía haber puesto Yut Lung pensando en el nombre de sus hijos, se le hizo simplemente encantadora.

Yulan.

Yulan, fue el primer nombre que le susurró, con ese acento tan refinado que parecía tener al momento de pronunciar su lengua materna.

Magnolia, significaba. Yut Lung era un amante de la herbolaria, y Sing sabía que no sería capaz de encontrar a nadie que supiera más de las plantas que él. Especialmente cuando, ante su rostro de confusión, su novio no dudara en relatarle una vieja tradición de su tierra natal. Las magnolias se utilizaban como un regalo para la nobleza, así como del respeto y el amor.

Sing no pudo evitar sentir su corazón latir un poco más fuerte ante tal declaración.

¿Y para la pequeña?

Preguntó entonces, después de besar quedamente los labios de Yut Lung, en una silente muestra de apoyo ante la decisión.

Fai Lung, fue el siguiente.

Una combinación de caracteres que, unidos, rezaban gran emperatriz.

Sing no había podido evitar la risa que invadió sus labios tras esas palabras. Ganándose, como no, un golpe en la espinilla, a través de las sábanas.

Sin embargo, no podría haber rebatido.

Aún con su corto tiempo de existencia en este mundo, si algo habían heredado sus pequeños de su madre, era ese aire señorial que siempre parecía rodearlos. Exigiendo que sus caprichos fueran cumplidos, aún si apenas podían articular un par de sonidos más allá de balbuceos infantiles.

—Fai Lung, entonces—Concedió, después de que su risa hubiera cedido, intentando apartar el puchero de fastidio que se había dibujado en los labios del omega a punta de besos—También es un nombre hermoso...

Yut Lung se dejó consentir un momento y, cuando la modorra hubiera regresado al cuerpo de Sing, soltó su golpe final.

—Dilo completo...—Pidio, casi en un susurro— Fai Lung y Yulan Ling...

Sing sintió, no por primera vez en ese mes, su corazón detenerse.

Uno pierde la noción del tiempo mientras vive.

Ash recordaba haber leído esa frase en algún lugar. No recordaba si había sido en un folleto, en una pancarta, o en uno de los muchos libros que terminaba devorando para dejar posteriormente guardar polvo en lo más profundo de su cabeza.

Sin embargo, nunca había podido terminar de darle una forma concreta a esa idea. No con el constante pesar de la vida que había llevado en su juventud, donde cada segundo se sentía como una eterna condena, y cada movimiento debía ser planeado si uno quería seguir teniendo un futuro.

Ash no podía perder la noción del tiempo.

Aslan, por otro lado, parecía que sí. Christopher, también.

Pues, cuando menos lo hubiera notado, Griffin ya habría estado a puertas de cumplir diez meses y, el libro que él y Max hubieran estado escribiendo ya habría estado listo.

Esa tarde, y luego de una exitosa visita al pediatra, donde tras varias felicitaciones les hubieran asegurao que su cachorro cumplía con todos los hitos del desarrollo que se esperaban para su edad -mientras Ash asentía sin parar ante la mención de ponerse de pie al sostenerse de algo, elaborar palabras de dos sílabas, además de mejorar la coordinación mano ojo ejemplificado claramente en las múltiples manchas de comida que ahora decoraban el mural de su cocina gracias a las prácticas de tiro de Griffin con la papilla matutina, al tiempo que Eiji simplemente se dedicaba a meser a su pequeño, quien demostraba la facilidad de los bebes a encontrar incluso una visita al doctor como un paseo placentero si tenían el aroma de sus padres cerca- Max los había estado esperando en la puerta del departamento, con una gran sonrisa en los labios y un grueso volumen debajo del brazo.

Ash había tardado un momento en reconocer de qué se trataba. En cambio, Eiji, quien había estado siguiendo el trabajo de ambos desde que hubieran empezado, fue mucho más rápido en ahogar un jadeo de felicidad, mientras acomodaba el pequeño cuerpo de su bebé en el pecho.

—¡¿Ya salió el primer borrador?!

Era su libro.

El que había escrito junto a su padre.

Max dio un alarido ants de abrazarlos a los tres, ignorando sus quejidos reclamando que tuviera cuidado pues Griffin estaba sujeto al pecho de Eiji.

Max, con la bonachonería que le caracterizaba, simplemente se limitó a reir con gracia, mientras depositaba sendos besos en la cabeza de su durmiente pequeño, disculpándose por ser un abuelo descuidado.

Ash se limitó a bufar, al tiempo que Eiji intentaba calmarle.

Finalmente, y luego de la conmoción inicial, pasaron al interior de su hogar, dejando que Eiji fuera a acostar a su pequeño mientras Max le mostraba cómo es que había quedado el primer borrador que la editorial les había enviado.

Ambos sentados en la mesa del comedor, con los largos dedos de Ash repasando cada una de las páginas y sus ojos recorriendo las largas oraciones que habían nacido de su pluma en conjunto. Los ojos de su padre, cansados por las claras horas de trabajo extra que había puesto en su proyecto le miraban con orgullo imposible de discimular.

Ash sentía que se había quedado sin palabras.

—¿Y? —Preguntó entonces Max, una vez Ash hubiera cerrado el volumen, dejándolo sobre la mesa. En la parte inferior, su nombre junto al de Max figuraban.

Max Gleenreed y Christopher Winston.

Ese no era su nombre real, y tampoco era el mismo apellido que le hubiera gustado compartir con Max.

Y, aún así, de alguna manera, se sentía más suyo que cualquier cosa que alguna vez hubiera escrito.

—No sé que decir...

Terminó confesando, luego de un alargado silencio.

Su padre le regaló una sonrisa entonces, llena de entendimiento.

—Creéme, Ash, yo estaba igual cuando lo vi por primera vez—aseguró, poniendose de pie y dejando su mano sobre su hombro, haciendo que Ash se inclinara sin poder evitarlo en su dirección, como buscando un poco de contacto—Tomate el tiempo que necesites para revisarlo.

Le pidió, antes de desordenar su cabello en un movimiento que, en otro momento, habría calificado de molesto, por lo infantil que le hacía sentir.

Sin embargo, entonces sólo pudo agradecer con un silente asentimiento.

Max no tardó en reir, despidiéndose de él con un par de sonoras palmadas en la espalda, buscando a Eiji para darle un abrazo y un recado de Jessica, y dejar una larga cadena de besos en el durmiente rostro de Griffin.

Ash, por su parte, se permitió quejarse de que arruinaría el horario de dormir de su cachorro con tanta algarabía, gangandose una expresión que claramente decía "derechos de abuelo, intenta detenerme, mocoso" Antes de salir por la puerta, en dirección a su propia casa.

Ash frunció la nariz, como si de un pequeño animal enfadado se tratase, o al menos así lo había descrito Eiji, tras llenarle el rostro de besos, intentando alejar la expresión que había colocado en ese momento, al tiempo que preguntaba qué había pensado del libro.

Empero, así como no había tenido palabras para Max, parecía tampoco tenerlas para Eiji.

—Creo que aún no lo siento del todo real...

Había terminado confesándole, mientras se recostaba junto a su esposo, aprovechando las pocas horas de descanso de Griffin para que ambos también pudieran reponerse luego de un largo día de labores.

Eiji le regaló una sonrisa entonces.

—Tomate todo el tiempo que necesistes—le aseguró, antes de acurrucarse en su pecho, y ceder ante el sueño.

Ash agracedió en silencio, mientras se recocijaba ante el calor que desprendía el cuerpo de Eiji, mezclado con la dulzura natural de su aroma.

Una vez la respiración de su esposo se hubiera acompasado, tomó el libro entre sus manos, y comenzó a repasar nuevamente el texto que estaba escrito allí.

"La guerra es un negocio, así como una promesa"

Rezaba.

"Un negocio donde se mueven incontables cantidades de dinero, y una promesa que se le hace a los jóvenes que, envueltos en la ignorancia que trae la falta de edad, creen que corren hacia un mejor futuro. Uno donde las carencias de una vida que no han escogido puedan ser absueltas. Uno donde se ven a sí mismos protegiendo a las personas que dejaron atrás, en casa. Uno donde creen que, al regresar, el mundo será el mismo que dejaron una vez. Que ellos serán los mismos que se entregaron al momento del servicio"

"Este es un libro dedicado a todas esas personas que cayeron victimas de una u otra condición.

Para aquellos que creyeron en las palabras y promesas. Para aquellos que no tuvieron opción al momento de enlistarse.

Para todos aquellos que partieron, pero no regresaron.

Para aquellos que, si lo hicieron, pero sienten que aún viven en ese campo de batalla.

Para que el mundo no olvide sus historias"

—Para que el mundo no olvide...

Repitió entonces Ash, recordando que él había sido el encargado de escribir esa pequeña dedicatoria.

Tomó aire, poniendose de pie, mientras su mirada viajaba entre el cuerpo durmiente de Eiji y el de su bebé, junto a ellos.

Se arrodilló un momento, intentando no hacer ruido, mientras su mano libre acariciaba los pequeños mechones de cabello de Griffin, quien se removió sólo un poco ante su toque.

—No te preocupes, Griff...—prometió—que yo tampoco te he olvidado—murmuró, llevando esa misma mano sobre su corazón, sintiendo lo lento de su latir—Sígues aquí... y yo también sigo aquí.

<<Epílogo: El mundo es un buen lugar, donde merece la pena vivir.>>

Griffin tenía tres años de edad la primera vez que sus padres parecieron sentirse lo suficientemente seguros como para dejarlo quedarse a dormir en una casa que no era suya. O, al menos, eso era lo que su pequeña mente de infante había logrado tomar de la larguísima -y quizá algo complicada- explicación que su papá le había recitado mientras preparaba su desayuno en la mañana.

—¿Dónde está papi?

Había preguntado él, después de fruncir ligeramente el ceño ante el mal cortado emparedado con forma de oso que usualmente siempre desayunaba, notando que los trozos de fruta tampoco habían sido desprovistos de la cáscara, ni mucho menos troceados. Su papá no solía ser particularmente ducho en la cocina -algo que no había cambiado realmente con los años- pero usualmente hacía un mejor trabajo que eso. Sin contar, que tampoco había jugo ni avena para acompañar la comida.

Sin embargo, Griffin recordaría que ese día lucía particularmente distraído, dando un pequeño salto de sorpresa ante la repentina pregunta de su pequeño, quien le miraba acusatoriamente con un amplio y notiro puchero decorando sus labios.

Su padre, aparentemente regresando a la realidad, se había apresurado a sentarse junto a él en la mesa, mientras acomodaba sus libros, pijama y útiles de aseo en su mochila favorita, esa de nori nori que la tía Yume le había enviado en su último cumpleaños.

Está descansando, Griff. ¿Recuerdas? — Le había respondido su padre, mientas le regalaba una sonrisa que, en la actualidad, Griffin podía reconocer como la de alguien que intenta calmarse a sí mismo antes que a los demás. Empero, y con la cortina de la inocencia y -algo de egoismo- que traía la infancia, Griffin recordaba que simplemente había fruncido más el ceño, mientras se cruzaba de brazos y ampliaha su mohín, listo para iniciar una pataleta.

Y no es como si hubiera olvidado tan rápido una explicación. Pero era papi quien siempre se encargaba de su cuidado en las mañanas, y la hipotética situación que papá le había planteado la noche pasada, mientras lo ayudaba a ponerse el pijama y le leía un cuento, había sonado mucho menos catastrófica que su realidad del día siguiente.

¿Y por qué tiene que hacerlo...? —recordaba haber berreado, mientras apretaba más sus brazos sobre su pecho, extrañando de pronto el aroma que papi Eiji solía tener para él cada que se sentía de mal humor, así como sus brazos abiertos y la suavidad de su cuello, donde a Griffin le gustaba frotarse—Hoy ni siquiera tengo escuela...

Lo siguiente siempre cumplía con hacerse un pequeño amasijo de recuerdos borrosos en la mente de Griffin, como en todas las ocasiones en las que se había sentido mal de pequeño, recordando con mucha nitidiez el dolor de barriga y la garganta cerrada más que sus propios llantos y reclamos -que, francamente, ahora le daban un poco de vergüenza. Sin embargo, lo que sí recordaba, eran los fuertes brazos de su padre, quien nunca fallaba en levantarlo con cuidado de la silla alta que aún conservaban en casa -por las memorias, diría su papi- para luego acunarlo a su pecho, mientras limpiaba su rostro con paciencia, musitando palabras dulces que Griffin ahora sabía eran parte de una vieja nana de origen irlandés.

No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado de esa manera, pero había sido lo suficiente como para que una nueva ola de modorra le invadiera, pues sus parpados se habían sentido increiblemene pesados y sus mejillas calientes para el tiempo que el timbre de su departamento hubiera sonado. Y, sólo había logrado despertar completamente, cuando la voz de su abuelo hubiera llenado la sala, con un tono exagerado que siempre usaba para intentar levantarle el ánimo, incluso ahora que ya no se consideraba a sí mismo un niño.

Bien, bien—Recordaba haberle escuchado decir, mientras fruncía el ceño y se llevaba las manos a la cadera—¿Quién hizo llorar a mi pequeño nieto?

Griffin sólo había atinado a estirar sus pequeños brazos, sorbiendo por la nariz, para enredarse al cuello de su abuelo, dejando que su padre suspirara e intercambiara un par de palabras con él. Charlas de adultos, que el Griffin de esa edad realmente nunca había considerado mucho.

La voz de su padre había sido contrita, y la de su abuelo conciliadora, mientras su amplia mano acariciaba su espalda con cariño.

Posteriormente su padre los había despedido a ambos, bajando con ellos hasta el estacionamiento y dejando sendos besos en su rostro, antes de asegurarlo bien a su pequeña silla de seguridad del coche y enviarlo a casa del abuelo Max. Donde había sido recibido con la misma clase de entusiasmo por su abuela como por su tío, quiens habían sido raudos en abrazarlo, mientras pasaban sus manos por sus cabellos y le repetían lo grande que estaba.

Aquello había servido como un bálsamo para Griffin, alejando su mal humor y pena por lo que quedara de mañana, al menos hasta que su tío Michael tuviera que partir a clases, y su abuela a trabajar, quedándose únicamente junto a su abuelo, quien tecleaba rápidamente en el computador -como solía hacer su padre- mientras le observaba de rato en rato jugar con uno de los múltiples peluches que su padre había guardado para él en la mochila.

Griffin podía jurar, si le preguntaban, que él no había sido realmente un niño difícil. Al menos, de acuerdo a las múltiples anécdotas que a sus padres les gustaba contar en las reuniones familiares, logrando que su rostro ardiera, cuando se les escapaba algún detalle particularmente vergonzoso. Sin embargo, y si lo que su abuelo contaba, ese día se había comportado particularmente especial.

No sería de extrañar. Los cachorros no la pasaban bien lejos de sus padres o madres omega. Y, aquella vez era la primera vez que Griffin había estado lejos de Eiji.

Un pequeño gemido de pena abandonó sus labios, mientras el animal de peluche era presionado con más fuerza contra su pecho.

Oh, campeón...—Recordaba que le había llamado el abuelo, mientras dejaba lo que fuera que estaba haciendo y le tomaba en brazos—¿Qué ocurre?

Había otro consenso familiar en el que al parecer Griffin, por mucho que hubiera heredado muchas de las facciones de su papá, había algo que simplemente no lo podía desligar de su padre: Su personalidad.

Papá decía que ambos tenían corazones muy delicados, y que esa era una de las cosas que habían hecho que él se enamorase de su padre en primer lugar, así que no tenía porqué sentirse avergonzado por eso.

Quizá esa había sido la razón principal por la cual Griffin nunca había podido realmente odiar esa parte de sí mismo, aún si durante sus primeros años en la escuela su natural timidez parecía haberle ganado un par de sobrenombres que había tenido problemas en ignorar.

Extraño a papi...

Recordaba haber murmurado, mientras ocultaba su rostro bajo el cuello de su abuelo, en un fútil intento de imitar el confort que esa misma acción traía cuando la realizaba Eiji. Su abuelo no era un omega, y si bien su aroma era mucho más poniente y alejado del dulzor que a Griffin le encantaba, lo hacía sentirse seguro y querido en la misma medida.

Max, por su parte, sólo le había abrazado con más fuerza, mientas dejaba un beso en su cabeza. Prometiéndole que le mostraría algo que podría ponerlo de mejor humor.

Griffin sólo había asentido, como quien no quería la cosa, mientras su abuelo lo llevaba al pequeño cuarto que habían preparado para él, acomodándolo en una maraña de mantas suaves y de aroma floral, mientras él iba a la sala por un par de libros.

Griffin apenas estaba aprendido a diferenciar las palabras que aparecían frente a sus ojos, pero su padre había hecho que adorase cuando alguien le contaba historias, más aún si tenían dibujos que los acompañaran.

Los libros de su abuelo no eran cuentos -al menos, no los de esa ocasión- eran mucho mejor aún. Era un libro de fotografías de sus padres y él. Un álbum de fotos.

¡Ese es papi junto a papá! —Recordaba haber chillado, tan pronto su abuelo se hubiera sentado a su lado, abriendo una de las gruesas páginas del álbum. Ambos estaban parados junto a un paisaje que Griffin no conocía, todo lleno de tupidos árboles, una gran escalera de piedra detrás de ellos, y apenas, en la cima- podía diluscidarse un par de grandes columnas rojas.

Su padre sonreía con tranquilidad, mientras su brazo se enredaba en la cintura de papi, quien tenía en sus brazos una promiente manta, apretada con vehemencia a su pecho. Su sonrisa sólo podía compararse con la del sol.

Max había reído con gracia, mientras le acariciaba la cabeza con dulzura.

Y tú también estás allí—Aseguró su abuelo entonces, mientras estiraba una de sus manos y señalaba el bulto de mantas—Aunque eras muy pequeño para recordarlo. Fue cuando tus padres viajaron a Japón.

Griffin recordaba haber parpadeado, muy interesado.

¿Japón?

Esa era la tierra donde había nacido su papá. Griffin no conocía mucho del lugar, más allá de un par de menciones de la infancia de papá Eiji, o de las postales que llegaban en el correo, junto los regalos de tía Yume, y a veces, los de sus abuelos.

—Sí—Aseguró su abuelo, mientras pasaba las páginas y mostraba más imágenes. Papá siempre lo llevaba en brazos, y pudo distinguir su propio rostro oculto entre las mantas, mientras sus padres se acercaban a lo que ahora entendía era un santuario—Sé que eras muy pequeño para siquiera recordar ese viaje, no tenías ni siquiera un año, pero tu padre siempre quizo ir a conocer ese lugar. Me alegré muchísimo de que pudieran viajar.

Griffin lo sabía. Al menos, ahora lo hacía. Más allá de la mirada nostálgica que a veces ponía papá mientras le contaba alguna historia de infancia, de una tierra que Griffin aún tenía problemas imaginando, también estaba la mirada añorante de su padre, quien parecía perderse profundamente en las historias de papá, como si deseara haber estado presente durante esos momentos. Era la misma mirada que tenía su padre en la mayoría de vistas, donde parecía ignorar el paisaje o las construcciones, observando a su papá en cambio.

Griffin sabía que su padre sólo tenía ojos para papá, pero aquello le daba un nuevo significado a esa frase.

Oh, mira—Había dicho entonces su abuelo, llegando a una imagen que distaba completamente de la vibrante naturaleza que antes había rodeado el escenario—Aquí estás junto a tus abuelos. ¿Los recuerdas?

Griffin había fruncido la nariz, mientras analizaba la fotografía. En ese momento sólo había sido capaz de reconocer a sus padres y a tía Yume, quienes lo sostenían con cuidado, su rostro redondo y sonrojado saludándose desde la fotografía. A los lados, flanqueándole, estaban dos personas mayores. Los padres de papá.

Ellos nunca habían sido realmente cercanos, ni siquiera ahora, más allá de un par de llamadas escuetas que podían durar desde unos cuantos minutos hasta casi una hora, donde usualmente él siempre se aceracaba a saludar, pero se sentía demasiado cohibido como para intentar hablar en japonés, aun si su abuela le aseguraba que la pondría muy feliz que lo intentara. Y, en esa época, lo más que Griffin sabía era que le enviaban un regalo de navidad sin falta cada año, con una tarjeta llena de letras que él no entendía, pero que su papá guardaba como si fuera el tesoro más grande del mundo.

Negó moviendo la cabeza, tocaba el rostro de sus padres en la fotografía.

No—Respondió con simpleza, mientras giraba ligeramente el rostro, ignorando el tema tan pronto hubiera sido traído a colación, haciendo que su abuelo riera con gracia—¡Pero mis papás se ven felices!

—¿Verdad que sí? —Recordaba que su abuelo había preguntado, con un tono que actualmente podía relacionar con dulzura—Ambos estaban muy felices...

Griffin sabía que había mucha más historia detrás de esas palabras. Podía suponerlo ahora, con esa delicadeza poco típica de su padre, que siempre utilizaba cuando había una llamada de sus abuelos, o la manera en la que el rictus de papá cambiaba cuando mencionaba a su familia, más allá del mar, con promesas de que en algún momento podrían ir a visitarlos, llenando el ambiente tanto de nerviosismo como de emoción.

Sin embargo, en ese momento, no podría haber estado menos interesado. Sin embargo, el tiempo pareció pasar mucho más rápido desde ese momento, logrando que un poco de su tristeza por la aparente ausencia de papá Eiji en esos días desapareciera, al menos por unas horas, hasta que el sueño lo llevara a dormir en brazos de su abuelo, despertando sólo varias horas después, gracias al aroma de los panqueques especiales de la abuela, que siempre le ofrecían cuando iban a visitarle.

Eso, de la mano con el espectáculo de títeres que tío Michael parecía haber preparado para él, habían hecho que su primera noche lejos de casa fuera inolvidable.

Claro, solo la primera.

Pues, la segunda -y aunque a él aún le diera mucha vergüenza admitirlo- había sido un desastre lleno de llantos y berrinches.

"Eras solo un bebé" Le aseguraban actualmente sus abuelos y tío, cada vez que alguien lo traía a colación "Y extrañabas a tus padres"

Como si esa fuera razón suficiente para el concierto de agudos gritos al que los había sometido la segunda noche, mientras el abuelo Max intentaba explicarle con lentitud el por qué no podía regresar a casa.

Griffin tenía tres años la primera vez que había pasado una noche lejos de casa.

Y, también, había sido la primera vez que había escuchado la plabra "celo" dicha directamente hacia él. En un tono que parecía estar ligeramente avergonzado, mientras su abuela asentía con lentitud, y su abuelo se rascaba la mejilla. Tío Michael había hecho una huída estratégica, y ahora podía usar ese hecho como pequeña puya cada que le recordaban que él había estado asustado de los gigantescos recortes de cartón de dinosaurios en el cine cuando tenía siete, asegurándole que al menos él no se asustaba de una función biológica propia de los omegas.

Sin embargo, en ese momento, y mientras sus pequeños puños batallaban por frotar sus ojos enjugados en lágrimas, Griffin sólo había sido capaz de preguntar, completamente confundido:

—¿Ce-celo?

Su abuela había asentido, al parecer, decidiendo que allí no había nadie mejor para tomar el control de la conversación que ella.

Decisión que Griffin le agradecería años más tarde.

Ya que dudaba que su abuelo o su tío hubieran sido capaces de explicarle el asunto de manera menos complicada.

Griffin sabía que tenía un padre alfa y un papá omega. Lo sabía porque se lo habían repetido varias veces, ya fuera en la guardería, o en casa, cada que alguno de esos términos resonaba en la televisión o en sus videos infantiles. Sin embargo, el mayor entendimiento que podía sacar del mismo era que papá Ash tenía un aroma fuerte, que a veces le hacía fruncir la nariz, y que cuando algo lo enojaba mucho podía llegar a gruñir de una manera muy graciosa, como cuando había defendido a Griffin de una paloma que le había picado la mano mientras intentaba ofrecerle granos en el parque.

Al mismo tiempo y, en cambio, papá Eiji tenía un aroma mucho más dulce, uno que le recordaba a Griffin el de las sábanas recién lavadas y el de las flores del jardín que tanto le gustaba visitar. Sus brazos y su cuerpo eran suaves, además de que tenía el mejor lugar del mundo para descansar, justo debajo de su cuello, donde papi olía más como papi. Además, que antes, lo había llevado cargando en el vientre. Aunque nadie había sido capaz de responderle -más allá de reírse- cuando él hubiera preguntado si había hecho algo malo para que papá Eiji hubiera decidido comérselo cuando era más pequeño.

Sus padres nunca se habían separado de su lado desde que Griffin pudiera recordar, así que, que este famoso celo los obligara a ambos a pasar tres días enteros lejos de su lado, se le hacía una idea inconcebible. Al menos, hasta que su abuela hubiera puntuado que era algo que no podían evitar, y que su padre necesitaba de toda su energía y concentración para cuidar de papi, para que así ambos pudieran cuidar de él cuando pudiera regresar a casa.

Griffin recordaba no haber estado muy de acuerdo con todo ese asunto. Sin embargo, su tristeza había sido remplazada rápidamente por nuevas pintadas de alegría, cuando su abuela le hubiera ofrecido llevarlo al trabajo con ella al día siguiente. También podía recordar el suspiro de alivio de su abuelo cuando luego de pensarlo un rato, Griffin hubiera parecido estar de acuerdo con ese trato.

"Siempre fuiste un niño bastante sencillo de tratar"

Era como le decían.

Y, estaba seguro de que agradecían ese hecho, pues las visitas a dormir de su nieto se habían convertido en una ocurrencia bimensual, que no tenía fecha pronta de término. Sin embargo, sus padres parecían haber tenido una larga charla con su abuelo, pues días previos a la partida del cachorro siempre se encargaban de darle el doble de cariño, y comenzaron a tener la costumbre de enviarle a casa de sus abuelos con -además de sus propias prendas- ropa que les perteneciera a ellos, para ayudarle a calmarse.

Griffin agradecía que su familia siempre hubiera parecido tenerle tanta paciencia, especialmente porque con el paso de los años, había podido entender lo complicado del proceso del celo y el impacto que este tenía en el cuerpo de su papá.

La educación pública en los estados unidos no era una maravilla, y eso no era secreto para nadie. Sin embargo, podía decir, que al menos cumplían con el mínimo de enseñarles sobre los ciclos biológicos de las distintas castas en las clases de educación sexual que tanto habían luchado por implementar.

Por eso, cuando Griffin tenía diez años, había decidido comenzar a ayudar con el pre celo de su papá. Ya era capaz de notar los sutiles cambios en su dinámica familiar. Lo particularmente nervisoso que papá parecía ponerse, limpiando lugares que a ojos de Griffin estaban perfectamente ordenados, cocinando más de la cuenta, o acicalándolo con suaves roces de su mejilla contra el rostro de Griffin, aún si él creía que ya no podía seguir considerándose un cachorro por la edad que tenía. Su padre, por otro lado, parecía actuar como si su papá se trasnformara en una criatura mucho más delicada. Evitaba que llevara cosas pesadas, se ofrecía a hacer la cena por él -aunque su sazón nunca terminara de sentar bien en la lengua de ninguno de los tres- o a llevarle y traerle del trabajo, cuando usualmente papá era completamente capaz de conducir por él sólo.

Sus aportes claramente no eran grandes gestos; pues sabía que cada omega tenía su propio ritual de anidación, pero intentaba ser mucho más servicial con sus tareas domésticas, haciendo más de lo que le pedían usualmente, aún si sus dos padres siempre le recordaban que no tenía porqué hacerlo.

Pero a Griffin le gustaba sentirse de ayuda. Le gustaba creer que podía hacer un poco más fácil la vida de sus padres.

Especialmente cuando podía notar el cansancio dibujarse bajo los ojos de ambos cuando él regresaba a casa, llegando incluso a preguntar si no podía quedarse uno o dos días más en casa de sus abuelos -si ellos accedían- y darles algo más de tiempo para descansar. Sin embargo, la negativa de sus padres era adamante, recalcando que lo extrañarían demasiado si estuviera más tiempo lejos de su hogar.

Aquello nunca fallaba en pintar las mejillas de Griffin, llenándolo su rostro y vientre de un calor que no era para nada desagradable.

Le gustaba sentirse querido. Y sus padres nunca habían fallado en hacérselo saber.

La tradición continuó hasta que Griffin cumplió los nueve años. Pues, durante ese verano, y cuando Griffin ya había comenzado a preparar su mochila con los libros y juguetes que quisiera llevar para pasar los días con sus abuelos, algo pareció cambiar en su papá.

Ninguno de los síntomas usuales parecía haberse hecho presente.

Griffin recordaba las miradas dudosas de sus padres durante la cena de esa noche, observándose como si ambos compartieran un secreto que no tenían permitido decirle a nadie más. Griffin aún no podía llegar al suelo cuando se sentaba en la mesa del comedor, y el nerviosismo que parecía rodear la habitación le hizo bambolear las piernas en señal de expectativa.

Abrió la boca, mitad para preguntar si algo pasaba y mitad para probar una nueva cucharada de puré de patatas, cuando la voz de su padre llenó el ambiente.

Griff—Le dijo, con el mismo tono que solía utilizar cuando no sabía cómo tocar un tema. El mismo que había usado cuando Griffin le hubiera preguntado de dónde venían los bebés, o el por qué los pequeños pájaros del nido que estaba junto a la ventana de su apartamento ya no piaban después de una noche de tormenta—Tenemos algo que decirte.

Griffin recordaba haber sentido un extraño nudo en su estómago, muy parecido al que le atacaba cada vez que comía más de los dulces de Halloween de los que tenía permitidos, haciendo que papá tuviera que sobar su estómago y darle bebida caliente hasta que se sintiera mejor.

¿Es algo malo...?

Recordaba haber preguntado con timidez, dejando de lado su tenedor, mientras se encogía en su asiento casi por acto reflejo, recordando cuál había sido la respuesta a la segunda interrogante que había tenido, y por qué había comenzado a odiar las tormentas.

Sin embargo, y a diferencia de aquella vez, no fue tristeza lo que rondó el rostro de su padre.

Era una sonrisa.

Una que Griffin no recordaba haberle visto antes.

Y, además, papá portaba una idéntica.

Claro que no, campeón—Le aseguró, haciendo que la tensión en sus hombros desapareciera. Le gustaba cuando papá utilizaba esa palabra—Es una muy buena noticia, de hecho.

Aseguró, mientras las manos de sus padres se enredaban una con otra sobre la mesa.

Griff...—Dijo entonces su papá, con una sonrisa que hacía que sus ojos se arrugaran—Estoy esperando un bebé... vas a tener un hermanito.

Griffin aún recordaba el haber sentido su mandíbula entera caer ante semejante revelación.

Recordando años más tarde reírse de su padre por las evasivas que siempre le había dado sobre la pregunta del origen de los bebés, ya que lo único que había atinado a decir había sido un alto.

¡¿Te comiste otro bebé?!

Antes de que el comedor entero se llenara de la risa melodiosa de su papá, y de un suspiro avergonzado de su padre.

La primera vez que Yulan recordara ver a Griffin, fue en una reunión familiar. Una que había venido de la mano con una larga conferencia a la que su madre tenía que asistir, una de esas de las que ni él ni su hermana tenían permitido realmente preguntar pues recibirían respuestas escuetas tales como: "Mamá está ayudando a otras personas a salir de situaciones difíciles"

¿Difíciles? ¿cómo? Se preguntaría Yulan, con no más de cinco años sobre los hombros. Claro, a esa edad, algo difícil bien podía ser no entender porqué la luna parecía seguirle cada vez que salía de la casa, o porqué a pesar de que siempre lo pedía, mamá no le dejaba tener una mascota.

Años más tarde entendería que, hablar sobre personas en situaciones de abuso, madres solteras en extrema pobreza y victimas de abuso sexual, no es realmente un tema que puedas traer a colación a la hora de hablar con tus hijos. Aún si todo el mundo parecía admirar el trabajo que su madre hacía comenzado a hacer en esa organización benéfica que también había fundado.

Hay cosas del trabajo que uno no quiere llevar a casa. Y, Yulan, estaba seguro de que todas esas estaban en la tácita lista de esas cosas.

En aquella ocasión su madre había tenido que emprender un larguísimo viaje, casi eterno -para los estándares de un infante, pues aún podía recordar los llantos en coro a los que habían sometido a su padre tanto él como su hermana al enterarse que su madre estaría lejos de casa una semana entera. Eso quería decir que no podría llevarlos a la escuela en la mañana y tampoco podría acompañarlos a su semanal salida al parque, inaudito- y su padre, en un último intento por animarlos, les había propuesto asistir a la reunión familiar de uno de sus amigos. Habría niños allí, había prometido. Niños, juegos y mucha comida deliciosa.

Fai Lung había sido la primera en aceptar, haciendo gala de lo fácil que era convencerla cuando uno mencionaba juegos y comida. Yulan, por su parte, había intentado poner algo más de resistencia, aunque al parecer su inquebrantable fachada había sido rápidamente desmantelada por el ojo clínico de su padre, quien, tras un par de cariños en la cabeza, le había dicho que no tenía que fingir que jugar con otros niños no lo emocionaba, que podía extrañar a mamá y querer divertirse también.

Yulan era bastante terco, sin embargo, ante la dulzura de las palabras de su padre simplemente había terminado accediendo, y tomándolo de la mano, dirigiéndose a la casa de ese tío que hasta ese momento no conocía.

Eiji Okumura, actualmente Winston, un nombre que aún parecía traer ciertos escalofríos a su madre, era un omega que lucía bastante amable. Era él quien los había recibido en la puerta, agachándose ligeramente hasta estar a su nivel, mientras les saludaba con una de las sonrisas más bonitas que Yulan alguna vez hubiera visto. Recordaba, incluso, con algo de vergüenza, que tanto él como su hermana habían terminado escondiéndose detrás de las piernas de su padre, quien tras un par de risas despreocupadas había explicado que sus pequeños simplemente eran muy vergonzosos, y que era algo que habían sacado de mamá.

El señor Winston se había limitado a reir don dulzura, asegurándoles que no había problema y en cambio, invitándoles a pasar a su sala, donde su propio hijo jugaba en la habitación.

Yulan había conocido a muchos niños antes. Los pequeños que vivían en el mismo edifico que él, con quienes a veces su papá se encargaba de armarle citas de juegos, así como todos sus compañeros de clase, que siempre tenían problemas al momento de pronunciar su nombre.

Sin embargo, era la primera vez que veía a un niño así de...lindo.

Por falta de mejor palabra.

Griffin era pequeño, incluso más pequeño que él, aún si tenían la misma edad. Estaba sentado en medio de una gran cantidad de peluches, mientras intentaba leerle lo que parecía un libro infantil a la inerte audiencia.

Los grandes ojos castaños dejaron lo que estaban haciendo para dedicarle una mirada entonces, y Yulan sintió algo a lo que no sabría ponerle nombre sino hasta muchos más años en el futuro.

Aún si en ese momento se había traducido a empujar a su hermana a un lado para ser el primero en presentarse.

Ya de regreso en casa Fai Lung pasaría todo lo que quedara de noche enfadándose con él y acusándolo con papá, pero ninguna clase de regaño por parte de su progenitor podría haber quitado el pequeño sentimiento de victoria que eso le había causado.

Las primeras memorias, o memorias formativas, tenían diferentes tiempos para aparecer en la vida de un infante. O, al menos, era algo así lo que Griffin recordaba haber escuchado alguna vez, mientras uno de sus maestros hablaba en una de las larguísimas clases de biología. O ciencias naturales, no estaba del todo seguro.

Sin embargo, sí recordaba que su maestro les había pedido hacer un ensayo -realidad con la que ya había llegado a estar en paz. Pasar del tercer curso significaba que todo lo que implicara trabajos en clase, vendrían de la mano con un larguísimo papel escrito de palabras que en algún momento terminarían haciéndose un amasijo ante los ojos de Griffin.

El tema: Un recuerdo importante.

Griffin recordaba haber parpadeado, ligeramente confundido. A su alrededor, un sendo coro de cuchicheos se había disparado, con sus compañeros sopesando entre sus amigos de curso de qué escribir. Mascotas, cuando perdí un diente, ¡mi cumpleaños!

Eran algunas de las palabras que él había sido capaz de escuchar, mientras con delciadeza, golpeaba la parte trasera de su lapiz contra su mentón. Un mar de ideas dando vueltas en su mente, desde la noticia del embarazo de papá, cuando tío Sing lo había llevado a dar un paseo en motocicleta y había visto el rostro de su padre tan desencajado que casi lo había podido comparar al de una caricatura de domingo por la mañana, o a la visita de su tía desde la lejana tierra del sol naciente, como le gustaba llamarlo a ella. Incluso había pensado en el nacimiento de su hermano, y cómo su padre parecía haber caminado como un pequeño gato encerrado, moviendo su imaginaria cola de un lado a otro, incapz de quedarse quieto y en un solo lugar, aún si el abuelo Max no paraba de replicarle que dejara de ponerlo nervioso, mientras él solo movía sus pequeñas piernas en el regazo del tio Michael, quien le preguntaba cuál de los mamelucos quería regalarle a su nuevo hermanito.

Sin embargo, y luego de una larguísima diatriba interna, finalmente pareció llegar a una conclusión.

De el primer viaje familiar que recordaba.

Griffin tenía seis años en ese entonces, y lo más lejos que había viajado había sido a Coney Island, durante una de esas larguísimas semanas donde debía quedarse en la casa de sus abuelos; y tío Michael estaba de vacaciones del trabajo. Lo había subido a un gigantesco barco -Ferri, Griff, se llama ferri- y le había comenzado a contar una larguísima historia de cómo es que los franceses les habían regalado esa preciosa estatua a los americanos, junto con muchos más detalles que ahora no recordaba, pero que ante la emoción que se pintaba en los ojos de su tío, Griffin no había podido evitar aplaudir ante cada nuevo pedazo de información.

Sin embargo, en una mañana de verano, cuando las vacaciones apenas habían comenzado fue despertado por los dulces y cálidos besos de su papá, quien con cuidado apartaba el cabello de su rostro, mientras susurraba su nombre.

Griff, cariño—Le decía, mientras sus largos mechones de cabello negro rozaban sus mejillas, haciendole reir suavemene—Es hora de despertar. Tu padre y tu abuelo quieren llevarnos de viaje.

Griffin, aún amodorrado, recordaba haber preguntado a donde. Y, admiritiría años después, que aún si papá le había dado una respuesta, había sido incapaz de retener alguna clase de información, demasiado superado por el sueño, recobrando la conciencia únicamente cuando sintiera que lo pasaban de un par de brazos a otros, reconociendo el fuerte aroma de su padre y de su abuelo, frunciendo ligeramente la nariz antes de buscar cobijo en los brazos de su padre, quien se había pasado todo el tumultuoso viaje en carretera acariciando sus cabellos y preguntándole una y otra vez si no se sentía mareado.

Griffin recordaba que había tenido ganas de vomitar al menos dos veces, y que papá había tenido que hacerlo dormir para que el viaje pasara más rápido, aún ante sus protestas y el rostro preocupado de su padre y de su abuelo. Sin embargo, y tras más de un día de viaje, finalmente habían llegado.

Griffin recordaba su primera impresión del lugar.

Parecía una pradera de cuento de hadas, de esas que sólo veía ilustrada en sus libros de la escuela.

Cape Code, ponía el letrero, y a donde quiera que uno mirase, un manto verde les saludaba.

Aquí fue donde nació tu padre, Griff.

Recordaba que le había dicho papá, mientras le ayudaba a bajar de la camioneta y le quitaba la chaqueta, ya que el sol brillaba en lo alto del cielo.

Su padre le habí llamado entonces y él, ni lento ni perezoso, había corrio a sus brazos, dispuesto a recorrer el lugar de manos de su persona favorita en el mundo.

La casa era muy distinta a la que tenían en la ciudad. Los pisos y las paredes eran de madera, y hacía muchísimo calor. Griffin recordaba incluso haber escuchado el sonido de un ratón, seguido por un grito muy gracioso de su papá, antes de que su abuelo se dirigiera hacia la habitación diciendo que debían reparar esas entradas pues viviendo en el campo, era normal que los pequeños animales encontraran su camino a las habitaciones.

Griffin había querido ir a ver junto a su abuelo, pues nunca había visto a un ratón que no fuera a través de la vitrina de la tienda de mascotas, pero su padre se había apresurado a negar con la cabeza, diciendole que tenía algo mucho más importante que mostrarle.

Lo llevó al segundo piso, donde había un gran armario. Lo sentó en la cama y le acarició la cabeza, haciendole reir suavemente.

Espera aquí un momento, ¿sí, cariño?

Le había dicho, con un tono mucho más suave del que solía usar, uno más parecido al que ponía cada vez que tenía que despedirse de él para enviarlo a casa de los abuelos. Griffin había sonreído con presteza, mientras movía las piernas de un lado a otro, y el sonido de lo que parecía ser una pelea campal un par de habitaciones más allá llegaba a sus oídos.

Cuando su padre regresó, lo hizo con una gran caja entre sus manos y una sonrisa parca en los labios.

Aquí está...

Dijo entonces, antes de sentarse a su lado, desempolvando el contenido de la misma.

Eran un montón de álbumes. Griffin abrió los ojos, mientras se aproximaba mucho más hacia el borde de la misma, intentando ver en su interior.

Del otro lado, muchos rostros nuevos le saludaban, todos enfundados en uniformes verdes con manchas, como las de un dálmata que no es precisamente del color correcto.

Su padre pasó las hojas una a una, deteniéndose en una en particular.

Allí, Griffin notó, que había alguien a quien sí podía reconocer.

Había visto ese rostro antes en su propia casa. En una de las mesas que tenía prohibido tocar, pues estaban las cosas delicadas.

¡Ah! ¡Él está en nuestra casa! — No pudo evitar decir, mientras señalaba, recordando al segundo siguiente que papá le había dicho que eso no era educado.

Sin embargo, no fue un regaño lo que salió de los labios de su padre. En cambio, una suave y queda risa le acompañó, mientras sus largos dedos se enredaban en sus mechones, acariciándole con cuidado.

Entre su padre y su papá, Griffin sabía que el toque más suave siempre lo tendría papá. Empero, el a veces prefería el esfuerzo extra que parecía poner su padre al intentar ser dulce, aún si sus manos eran mucho más grandes y mucho más pesadas.

Así es, cariño—Le dijo, con suavidad cadenciosa—Él era... mi hermano.

Griffin recordaba haber fruncido ligeramente la nariz, como si algo dentro de esa oración no pareciera calzar.

Creía que tío Michael era tu hermano.

Su padre, por su parte, sólo había reído ante tal respuesta, mientras negaba con suavidad.

Una persona puede tener más de un hermano, Griff—Le dijo, mientras él asentía, como si una gran verdad del universo se hubiera revelado frente a sus ojos—Tío Michael es mi hermano menor, pero él... era mi hermano mayor.

Griffin asintió lentamente, haciendo cuentas mentales. Tenía sentido. Al menos, hasta que una nueva duda pareció saltar.

Pero si él también es tu hermano, ¿por qué nunca lo he visto?

Y, ante esas palabras, algo pareció cambiar en la mirada de su padre. Un pequeño rezago de algo que Griffin aún no conocía y de lo que no podía saber su nombre, sin embargo, con solo ese pequeño instante en la existencia, había decidido que no quería volver a verlo reflejado en la mirada de su padre nunca más.

Eso es porque él ya no está entre nosotros...—Recordaba que le había dicho, con el mismo tono que había tenido que utilizar para explicarle el asunto de los pichones en su ventana—él murió, cariño, hace muchos años...

Griffin recordaba un pequeño agujero asentarse en su estómago. Cosa extraña, pues nunca había conocido a ese tío. Sin embargo, la tristeza que se había pintado en el rostro de su padre, no había tardado en verse reflejada en su propio ánimo.

Empatía, entendería, años más tarde.

Oh...

Había sido todo lo que había respondido en ese momento, sin embargo. Incapaz de articular alguna otra palabra. Su padre, sin embargo, lo había atraído a su cuerpo en un abrazo, mientras besaba dulcemente su coronilla.

Está bien, mi niño. No tienes que poner ese rostro—Le había dicho, y Griffin no había tenido que preguntarse qué clase de cara estaba poniendo, pues ya había sentido el ligero ardor concenrarse en sus ojos, como cuando por equivocación había entrado al cuarto de sus padres mientras ellos veían una película, y el pequeño perro que acompañaba al personaje allí había salido lastimado—A tío Griffin no le gustaría que lloraramos al recordarlo.

Aquella palabra, sin embargo, hizo que cualquier clase de recuerdo desagradable abandonara su mente en un instante. Miró a su padre con ojos de asombro, mientras preguntaba.

¿Griffin? ¿Cómo yo?

Su padre sonrió nuevamente.

Sí—Le aseguró, mientras le desalineaba el cabello—Ese era el nombre de mi hermano. Griffin—Le explicó, suavizando la mirada—Tu papá escogió ese nombre para ti, porque sabía que me gustaría mucho...—La voz de su padre siempre solía sonar profunda y firme, brindaba una clase de seguridad que Griffin pocas veces había sentido. Y, sin embargo, en ese momento, él estaba casi seguro de que había podido escuchar su tono quebrarse—Y tenía razón. Es el nombre de dos de las personas que más he amado en este mundo.

Completó, antes de abrazarlo, con quizá más fuerza de la necesaria. Sin embargo, Griffin no pudo quejarse por eso. Especialmente no cuando las siguientes palabras de su padre se grabaran para siempre en su memoria, motivo por el cual recordaba ese día con tanta claridad.

—Gracias por ser mi hijo, Griffin.

Y él no había estado seguro de qué había pasado en ese momento. Pero sus ojos habían vuelto a arder, aún si nada triste hubiera acabado de pasar.

Sin embargo, y como pocas veces en la vida, aceptó las lágrimas en lugar de pelear contra ellas, hundiendo su pequeño rostro en el pecho de su padre.

Se quedaron en la misma posición por lo que se sintió como una pequeña eternidad, siendo interrumpidos únicamente por las voces de su abuelo y su papá, quienes los llamaban para probar un poco de la comida que acababan de preparar.

Ese día era uno de celebración.

Era el cumpleaños del tío que le había dado nombre, después de todo.

Griffin no lo sabía, al menos no hasta ese momento, pero se encargó de disfrutar como nunca, en nombre de una persona que acababa de conocer.

Continuaron con la celebración hasta muy entrada la noche, y su abuelo logró incluso -a punta de ruegos exagerados- hacer que papá extendiera su hora de dormir.

Si las mañanas de verano eran calurosas, las noches en Cape Code venían de la mano con vientos que traían frío y frescura. Papá no tardó en recalcar eso, mientras su abuelo se encargaba de preparar un par de vengalas, aseverando que iría al interior de la casa a buscar una chaqueta para todos. Griffin, por su parte, aprovechó el momento para acercarse a la fogata que su padre había levantado, y donde el traqueteante sonido de las llamas al arder parecían fungir como llamado de sirena, acompañado de sus brillantes colores rojos y naranjos, reflejados en los verdes orbes de su padre.

El aroma de su padre siempre había traído olas de tranquilidad a Griffin, puede que no de la misma manera que la dulzura característica de papá lo hacía, pero Griffin podía asegurar – aún a su corta edad- que ya era un experto en entender los cambios en su padre, sólo por el aroma. Y, en ese momento, casi podía jurar que estaba un poco triste, aún si lo que se dibujaba en sus labios era una sonrisa.

Ese fue el principal motivo por el cual se acercó en silencio, abrazando uno de sus brazos, aprovechando que estaba sentado en el suelo.

Su padre ni siquiera se inmutó.

—¿Qué pasa, campeón?

Le preguntó, mientras acariciaba sus cabellos. Y, aunque sus palabras eran dulces, sus ojos parecían guardar la misma clase de sentimiento que había tenido la mañana de navidad del año pasado, cuando su tío le hubiera regalado un bate de baseball, prometiéndole que lo llevaría a entrenar en sus próximas vacaciones. En sus manos, varios papeles descansaban. Griffin no había podido verlos bien, pero parecían escritos con letra desprolija, como los que él hacía antes de que hubiera podido aprender a escribir dentro de las líneas.

Estás triste...—Había dicho, casi sin poder detenerse, mientras sus brazos se enredaban más al cuerpo de su padre, quien en ese momento pareció dedicarle una mirada sorprendida, como si no hubiera esperado esa respuesta—¿Por qué?

Su padre se mantuvo en silencio un largo momento, mientras sus ojos parecían viajar desde sus manos hacia el fuego y después, hacia él. Sopesó un poco más, y- cuando podía escuchar ya el sonido de los pasos de su papá saliendo por la puerta de la casa, finalmente le habló.

Griff, ¿qué pasa cuando peleas con algún compañero en la escuela? Si están judando y de pronto le haces daño.

Griffin no pudo evitar abrir los labios ante tal pregunta. Su mente viajando a aquella ocasión, donde sin querer, había terminado halando del cabello de Yulan mientras jugaban en el parque, y que aún si el otro niño le había asegurado que no pasaba nada, él había tenido ganas de llorar.

Me siento mal...—Dijo primero, mientras fruncía los labios—Y pido perdón...

Su padre pareció complacido con la respuesta, acercando su rostro al suyo, dejando un pequeño beso en su frente, mientras murmuraba que él era un buen niño.

—Bueno, papá también está pidiendo perdón...

Confesó finalmente, mientras presionaba con fuerza las hojas entre sus dedos, para luego lanzarlas al fuego, donde fueron consumidas en un abrir y cerrar de ojos.

Griffin vio los colores cambiar en las flamas, antes de que el viento se llevara los pequeños retazos de papel quemado.

¿Y a quien lastimaste?

No pudo evitar preguntar.

Su padre, esta vez, no tardó en responder.

—A mí mismo.

Si le hubieran preguntado a Yulan cual era la peor parte de tener una hermana gemela -melliza, corregiría antes de que cualquiera pudiera terminar de elaborar la pregunta- era que, desde pequeño, había sentido una particular falta de identidad propia que muchos no considerarían era propia de alguien de su edad.

¿Cómo lo sabía?

Pues cada vez que lo traía a colación, parecía ganarse miradas contrariadas de cualquiera fuera el desdichado adulto que terminara escuchando sus caviolaciones.

De pequeño, sus dudas y molestias habían parecido manifestarse con pequeños comentarios, como el:

Papá, en esta foto, ¿cuál de los dos soy yo?

Su padre, quien parecía tener una paciencia particularmente gigante para cualquiera fuera su cuestionamiento del momento, siempre se acercaría con dulzura, al tiempo que preguntaría.

—¿Dónde, Yulan?

Y él, con una mueca de molestia, no tardaría en señalar la fotografía de graduación de su padre. Estaba en el estrado, cargando un diploma con una mano, y con dos pequeños que llevaban exactamente la misma ropa y el mismo corte aferrados a sus brazos, en unos cargadores infantiles que de seguro se habían llevado un par de miradas extrañadas en medio de un evento formal.

Aquí.

Puntuaría él, mientras su pequeño ceño se frunciría más, intentando hallar alguna diferencia entre los dos infantes, incapaz de notarla.

Su padre simplemente reiría, acariciándole la cabeza.

Eres el de aquí. El de la derecha.

Yulan no se comparía una respuesta tan simple.

¿Cómo puedes saberlo?

Preguntaría.

Y, papá, como casi siempre que él hacía una pregunta complicada, se elevaría de hombros.

Un padre siempre sabe, cariño.

Esa no era suficiente respuesta para él.

Sus cavilaciones también habían terminado tomando forma frente a su madre, a quien, aprovechando las horas libres que tuviera después de regresar del trabajo, intentaría acorralar para utilizar de colchón, acurrucándose en su regazo.

De pequeño, Yulan siempre había creído que tenía un talento particular para acorralar a su madre, orgulloso de su capacidad de emboscada. Ahora, y con los años que llevaba encima, era capaz de notar que mamá simplemente se dejaba atrapar, y que incluso lo ayudaba a acomodarse en sus piernas, acariciando su cabeza y escuchando todo lo que tuviera que decir.

Aún si su respuesta era muy similar a la de papá.

No podría confundirlos nunca—Le aseguraría—Yo sabía quien era quién, incluso cuando aún crecían en mi interior.

Yulan, nuevamente, preguntaría poco convencido.

¿Cómo?

Mamá simplemente sonreiría, uniendo su nariz con la de él, mientras las hebras cortas de su negro cabello rozaban sus mejillas, y él intentaba no reir, para no quitarle la seriedad a tan importante cuestionamiento.

Porque los comencé a conocer desde que tenían el tamaño de una habichuela—Explicaría—Y siempre han sido diferentes.

Fai Lung, por su parte, nunca había parecido tener esa clase de problema.

Luciendo más contrariada que dolida cuando él hubiera exigido que comenzaran a vestirlos de manera distinta, aceptando su petición con un simple movimiento de hombros, antes de pedirle a su padre que ya no le pusiera vestidos largos, que quería usar pantalones, como los otros niños que había visto correr por la cuadra.

Yulan había agradecido que al menos, en cuanto a sentido de la moda, él hubiera terminado llevándose todo el que tenía su madre, al parecer.

Así como también había agradecido que su hermana, al crecer, comenzara a preferir llevar el cabello corto, mientras a él le gustaba tenerlo mucho más largo.

Aquello había ayudado bastante.

Ver reflejado en su realidad cosas que sus padres parecían repetirle constantemente.

—Lo pensabas demasiado.

Le habría dicho Fai Lung, en alguna de sus conversaciones, cuando finalmente se hubiera sincerado con ella, al tiempo que reía, como si no fuera la gran cosa.

Cállate—Le habría replicado él, mientras acomodaba su cabello—Era importante para mí...

Su hermana habría parpadeado en respuesta, mientras giraba lentamente el rostro hacia un lado.

¿Y eso por qué?

Él, en ese momento, sólo habría podido fruncir la nariz levemente.

No estoy seguro.

Yulan habría tardado un de años extra en notar, y otro más en admitir, que mucho había tenido que ver que la primera vez que hubieran conocido a su primo, él hubiera sido incapaz de distinguir a uno del otro. Aún si con los años, Griffin había aprendido a hacerlo, igual que sus padres lo hacían.

Después de todo, quizá era, que quería ser visto.

Por una vez.

Sólo como él.

A Fai Lung siempre le había gustado conocer un poco más de la vida de sus padres antes de su matrimonio. Podrían haberla llamado una romántica empedernida y ella lo habría aceptado por completo. Sin embargo, y siguiendo una tradición que parecía estar siempre vigente en casa, mientras su papá era tan abierto como un libro en una biblioteca, su mamá se mantenía siempre entre las sombras, como una caja musical de la cual uno ha olvidado la contraseña, y; aunque quisiera poder escuchar la preciosa melodía que sabía saldría de la misma, tenía que simplemente conformarse con ver la bella escultura de fuera.

Siendo lo más cercano a un respiro de la historia de su madre, un largo viaje que hubieran realizado, cuando ella y su hermano no cumplían ni siquiera los siete años. Tomando un avión hacia un lugar que casi parecía el otro lado del mundo, dejando de lado los gigantescos edificios y el estridente tráfico de Nueva York, llegando hasta una pequeña villa donde todo era verde hasta donde cubría la vista, y los bamboo se elevaban hacia el cielo como sólo los había visto hacer en las películas.

Era una pequeña ciudad perdida en las afueras de Hong Kong.

Según había entendído, era el lugar donde su madre había nacido.

Sin embargo, no había nadie allí esperando por ellos.

No como el abuelo de Griffin que siempre estaba listo para llevarlos a todos a hacer alguna actividad divertida cuando su papá o su tío la organizaban, y tampoco como la vieja casa vacía donde alguna vez había vivido su papá.

Era sólo un montón de nada.

Y, aún así, Fai Lung sabía que era un lugar importante.

Lo sabía por la manera en la que los ojos de su madre parecían encandilarse con cada nuevo paisaje, con cada nuevo sonido, con cada nuevo sabor.

Era casi como si estuviera viviendo un sueño.

Y, si bien había podido compartir la felicidad de su madre, también había sido capaz de notar algo más. Algo oculto en lo más profundo de su mirada.

Algo que era muy parecido a lo que ella sentía a veces.

Una profunda tristeza.

Aquello sólo había hecho que su curiosidad creciera más.

Ahora era mucho más que sólo el deseo juvenil de conocer un poco de la vida de su madre antes de su padre, llegando incluso a preguntar a sus tíos, quienes tenían las mismas respuestas esquivas y evasivas que el resto de su familia.

Con el tiempo, había optado por simplemente dejar de preguntar. Especialmente después de que, una tarde regresando de la escuela, y mientras ella no paraba de quejarse del asunto con su hermano, él le hubiera dicho que a veces la gente tiene cajas de pandora internas, que deben permanecer así por un motivo u otro.

Fai Lung se había enfadado ante semejante respuesta. Mitad porque Yulan sabía que a ella no le gustaba la mitología, y las referencias que a veces él hacía solían pasarle por encima de la cabeza. Y, segundo, porque le había dolido imaginar que sus preguntas podrían lastimar de alguna manera a su madre.

Sin embargo, y aún si sus palabras se habían detenido, eso no quería decir que la duda se hubiera discipado.

Serendipia.

Así era como se le llamaba a la casualidad de encontrar algo que no se buscaba, o al menos, era eso lo que había escuchado a Yulan leer una de las noches donde repasaba para la clase de inglés.

Fai Lung había pensado que era una palabra algo ridícula para describir algo tan simple como un golpe de suerte. Sin embargo, se encontró recordándola una tarde, donde y gracias a un fuerte golpe con el balón de futbol, había sido enviada antes a casa.

Recordaba haberle marcado a su madre, ya que su padre estaba en un viaje de negocios, sin éxito alguno. La cara le dolía, pero el sangrado ya se había detenido y la enfermera había asegurado que su nariz no estaba rota. Así que, y aún adolorida, había simplemente optado por tomar un bus que sabía la llevaba a casa.

Su madre pasaría por ella rozando las siete de la noche, sin embargo, eran a penas las cuatro cuando llegó a casa. Y, lo que se encontró en la puerta, era eso. Serendipia.

Frente a ella, una gran figura se alzaba. Fai Lung no era muy buena adivinando alturas, pero al menos podía inferir que le sacaba un par de centímetros a su padre. Su aroma era imperceptible, pero por la manera en la que su cuerpo estaba construido, Fai Lung podía suponer que se trataba de un alfa.

Su penetrante mirada azulada se dirigió hacia ella entonces, justo en la puerta de su departamento.

—Hola—le dijo, con una voz profunda que parecía intentar sonar amigable. Fai Lung, sin embargo, sólo podía seguir pensando en lo increíblemente alta que era esta persona—Tú eres... oh—interrumpió su propio discuros, descendiendo hasta su nivel, al tiempo que tomaba su rostro con una mano—Te lastimaste...

La pequeña tropezó con sus palabras, antes de que la puerta se abriera, revelando la imagen de su madre, quien traía una expresión calmada, que se devaneció tan pronto la notó allí.

—Se... ¿Fai Lung? ¡¿Qué te pasó en el rostro?!

Una larga y algo incómoda explicación más tarde y ya tení a las manos de su madre revisando su rostro con profesionalidad casi médica, mientras le podía notar dedicar un par de palabras nada amables contra la compañera que le hubiera causado eso, al tiempo que el extraño, les miraba con una expresión complicada.

—Ire por un poco de té, tengo algo que bajará el dolor—Había dicho su madre entonces, apartándose un poco de su lado, al tiempo que miraba a su aparente invitado—¿Podrías cuidarla...? —preguntó, con algo muy parecido a la duda y el miedo mezclado en su tono. Fai Lung no sabía si era porque ese feo golpe que ya comenzaba a sentir hinchaba su cara realmente se veía muy mal, o por otro motivo—Sólo será un momento.

El hombre frente a ella relajó la expresión entonces, sonriendo con cadenciosa parsimonía.

—Por su puesto.

Declaró, y tras unos segundos de aparente duda, su madre emprendió camino a la tienda que había abierto sólo un par de metros calle abajo. Recordaba que su padre le había dicho que esa clase de locales no tenían realmente éxito fuera del barrio chino, pero su madre le había demostrado que estaba equivocado.

Muchas personas llegaban a comprar sus preparados de plantas.

El silencio reinó después de que la puerta se cerrara, con Fai Lung tamborileando con sus dedos sobre sus rodillas, mientras movía sus piernas de un lado a otro, como una niña nerviosa.

El hombre frente a ella pareció notar el cambio en su sentir, pues tras unos segundos, se acercó, sentándose junto a ella en el sofá.

—Tu nombre es Fai Lung, ¿verdad? —preguntó, aún si ya sabía la respuesta. Ella, educada como era, asintió, mientras su mirada parecía viajar entre el vacío de la habitación y el refilón de la silueta ajena. Una amplia sonrisa se dibujó en el hombre junto a ella, mientras uno de sus largos mechones castaños caía por un lado de su cara—Un gusto, mi nombre es Sergei Varishnikov—explicó, dejando que su mirada se suavizara y las arrugas propias de la edad se hicieran más notorias—Un viejo amigo de tu mamá.

Y, poco sabía Fai Lung, todo el significado que ese nombre traía detrás.

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Solsten tenía un par de bonitas historias detrás de su nacimiento.

La mayoría de ellas narradas por su abuelo, quien parecía disfrutar de sacarle un sonrojo a su padre y un par de risas divertidas a su papá.

Aunque la historia del nacimiento de su hermano mayor nunca era contada del todo, ni con todos los detalles, por motivos que su abuelo decía no ser aptos para menores, ganándose un golpe de parte de su padre, quien diría que- había sido muy peligroso, tanto para su hermano como para su papá. Él no intentaba profundizar mucho más en ello, pues podía notar ese pequeño destello de tristeza y culpabilidad en los ojos de su padre.

En cambio, cuando se trataba de él, lo que usualmente pasaba era que esta desencadenaba una larga cadena de risas.

—Dios, ¡Debería haberlo filmado! —Le gustaba decir a su abuelo, mientras su padre se sonrojaba y papá le daba un par de palmaditas en la espalda, intentando calmarle—Tu padre parecía animal enjaulado desde dos semanas antes de que si quiera nacieras, aún con tu papá repitiéndole mil veces que estaba bien—dijo, bufando—Ya no recuerdo cuántas veces me llamó en la madrugada, diciéndome que Eiji había entrado en trabajo de parto, para decubrir que solo eran...—Decía, mientras movía la mano de un lado a otro—Cómo se llamaban...

Contracciones de Braxton Hicks.

Diría su padre, con una expresión cansada.

¡Esas, esas! ¡dios santo! Los de la clínica ya estaban hartos de vernos allí todas las noches.

Papá...

Intentaría intervenir su padre, pero su abuelo, como siempre, no le haría caso.

¡Pero nada de nada! ¡cada vez era sólo una falsa alarma! Tu abuela y yo ya estábamos pensando en pedir que dejaran a Griffin con nosotros para que no lo hicieran levantarse tan tarde en la noche.

Pa-pá.

Volvería a repetir su padre, pero Solsten estaba demasiado interesado en escuchar cómo seguía la historia como para hacerle caso a la clara molestia en la voz de su padre.

Pero oh, el día que ibas a nacer, cariño. ¡Ese día! El único donde decidieron no hacer caso a los dolores de tu papá...—tentó, ganándose un par de miradas asesinas de parte de su progenitor—¡Boom! Tu papá rompe fuente a las dos de la mañana. Te lo juro, Sol, nunca había escuchado la voz de tu viejo tan desesperada como en ese momento.

Lo que había seguido Solsten lo recordaba como una acalorada discusión donde su padre no paraba de reclamarle a su abuelo que siempre contara esa historia, mientras papá reía, y el abuelo simplemente terminaría haciendo de menos los reclamos, preguntándole si ahora quería saber cómo es que habían escogido su nombre.

A Solsten esa historia también le gustaba mucho, aún si la explicación parecía no ser tan complicada como el nombre de su hermano mayor.

Solsten se pronunciaba somo Sunset, y que su papá no había podido evitar pensar en uno al ver sus cabellos dorados brillando con el sol de la madrugada, después de al menos tres horas de no parar de pujar.

Su nombre significaba amanecer, también. O, más bien, brillo de sol.

Aun si le hubiera tomado un largo par de años más, y mucho valor, el preguntarle a su padre porqué era tan importante que su nombre significara aquello. Solo para que, con una sonrisa calma, él le respondiera.

Porque alguna vez... tu papá me dijo que... alguien había escogido ese nombre con mucho amor en su corazón.

Le había dicho, mientras besaba su frente.

Y creo que sólo... era su manera de recordármelo, sol. Gracias por ser nuestro amanecer.

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Cuando Solsten tenía cinco años y comenzó a acudir a la guardería, también comenzó una fase donde el pequeño parecía tener preguntas diarias tanto para él como para sus padres.

A Griffin le gustaba la curiosidad de su hermano, quien parecía ser incapaz de separarse de sus libros, hundiendo su nariz en las grandes palabras y coloridos dibujos, señalando y preguntando cualquier cosa que pudiera pasar por su mente.

Un día era: Hermano, ¿por qué crees que las vacas sólo comen pasto? Otro sería Hermano, ¿crees que en otros planetas también tengan gatos? E incluso alguna vez Creo que la luna me sigue, ¡¿Crees que quiera robarme?!

Esa semana, sin embargo, había sido algo un poco nuevo.

Griff, ¿qué casta te gustaría ser cuando crezcas?

Griffin nunca había pensado mucho en cuál podría ser su casta, incapaz de entender realmente cuál era el escándalo que muchos de sus compañeros hacían mientras más años tenían. Le gustaban los omega, como su papá y abuela, que siempre parecían tener palabras dulces para decirle al resto. Que de delicados no tenían nada, pues Griffin había visto incontables veces las viejas cintas de salto alto de su papá, encantado cada vez que podía verlo elevarse al cielo, como si fuera dueño del mismo, ignorando la existencia de la gravedad.

También le gutaban los beta, que como el abuelo Shunnichi y la tía Yume, parecían tener una vida un poco más simple, sin la necesidad de coordinar las fechas de su calendario, y siendo recibidos con brazos abiertos en cualquier lugar donde pisaran, pues la mayor parte de la población era como ellos.

Y, también le gustaban los alfa, como su padre, su abuelo y sus dos tíos. La presencia que parecían imponer sin importar el lugar donde intentaran encajar. La fuerza que exibían cuando alguien que querían estaba en peligro, y lo confiable que Griffin siempre los había sentido.

Sin embargo, todo suena bien visto en papel. Y todo parece agradable para un espectador externo.

Pues, un par de días después de su doceavo cumpleaños, algo pareció cambiar en el cuerpo de Griffin. Inició como una pequeña fiebre, acompañada de una incipiente sensación de comezón que le rodeaba el cuerpo.

Recordaba que su padre había lucido preocupado susurrando que en las clases de cachorros los virus siempre se esparcían como si de una plaga se tratase, asegurando que sólo los irresponsables enviaban a sus hijos a la escuela sintiéndose enfermos, haciendo que además contagiaran a sus compañeros, mientras tomaba en brazos a Solsten y revisaba que él no estuviera pasando por algo similar.

Al mismo tiempo, papá se ocupaba de colocarle un termómetro, tocando su frente con su palma, como si intentara adivinar su temperatura de esa manera.

Papá lo había enviado a dormir temprano ese día, asegurándole que no tenía que preocuparse por sus tareas estando enfermo, acomodándolo con un par de frazadas extra cuando la fiebre hubiera pasado a ser un ataque de escalofríos.

Su padre había traído muchas toallas húmedas, así como bolsas de agua caliente, mientras que papá se había acostado a su lado, acunándolo a su pecho porque Griffin, de pronto, había sentido que no podía ni quería dormir sólo esa noche.

Había estado asustado.

No recordaba que ningún resfriado se hubiera sentido de esa manera.

Y, la respuesta del porqué llegó a él sólo un par de horas después, cuando un nuevo ambiente hubiera comenzado a llenar su habitación sin previo aviso.

Era dulzón, extremadamente dulzón, y a Griffin no le gustaba para nada.

Recordaba haber gruñido por lo bajo, frotando su nariz con fuerza contra el pecho de papá, tratando de huir de ese nuevo y disruptivo aroma, mientras los brazos de papá se aferraban con fuerza a su cuerpo, y un ruido de sorpresa escapaba de los labios de su padre.

Griff.... Tú...

Recordaba haberle escuchado decir a su padre, con una falta de elocuencia que no era típica de él.

Duele...

Había sido toda su respuesta, pues lo segundo que hubiera sucedido luego del insoportable aroma, había sido una aún más insoportable ola de dolor golpeando su vientre bajo. Como si mil agujas se clavaran contra su cuerpo, todas al mismo tiempo.

Los brazos de su papá se habían asido mucho más a él, mientras depositaba sendos besos contra su frente, y le susurraba con suavidad que no se preocupara, que todo estaría bien, y que él se encargaría de cuidarle.

Griffin no estaba seguro de qué era lo que había ocurrido en ese momento, pero simplemente se había limitado a asentir varias veces, mientras luchaba con el gemido de dolor que peleaba por escapar de su garganta, así como de las pequeñas lágrimas que ya rodaban por las comisuras de sus ojos, mientras la voz asustada de su hermano menor se colaba desde el otro lado de la puerta, haciendo que su padre saliera con presteza intentando calmar al más pequeño de sus retoños, quien parecía estar al borde del llanto, al no saber qué había ocurrido con su hermano mayor.

Resultaba que, los celos parecían mucho más tolerables en papel. O, quizá, era sólo que Griffin había tenido uno de los peores primeros celos de la historia.

Para ese punto, habría admitido que quizá era una mezcla de ambos.

Su papá no se había apartado de su lado en ningún momento, durante sus horas conciente. Su padre se había encargado de traer numerosas botellas de agua fresca, junto con supresores de baja carga hormonal, y analgésicos que siempre parecía guardar para los celos de su papá. Hacer que pudiera tomar agua, o que comiera cualquier cosa había sido una tarea titánica; pero su papá siempre había sido un hombre paciente, y se había encargado de asegurarse de que se mantuviera a salvo durante esos insoportables siete días.

Una semana.

Los celos de papá nunca eran tan largos.

Pero dejen que Griffin Winston no ser sólo el primer niño de su clase en presentarse, sino que también, al parecer, hacerlo como una casta de nivel alto.

Un omega, para más inri.

Griffin nunca había puesto mucho interés en la casta de las personas, o en la suya propia. Al menos, no hasta que él mismo se hubiera presentado.

De pronto, ya no era tan divertido como sólo imaginar las posibilidades.

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—Mamá...—le llamó Yulan una mañana, usando un tono que parecía extremadamente dubitativo, justo después de que Sing hubiera salido en el auto junto a Fai Lung, quien todas las mañanas tenía práctica de soccer en la escuela. Yut Lung no había podido evitar fruncir ligeramente la nariz ante la elección de deporte de su hija, pero no había sido capaz de negarse ante la mirada de emoción de su pequeña.

Yulan, a diferencia de su hermana, quien tras la pubertad parecía haberse convertido en una pequeña mariposa social, encajando casi con la delicadeza de una bailarina en su casta de beta, rara vez tenía deseos de convivir con otras personas, llegando incluso a convertirse en un pequeño misterio para sus padres, quienes habían comenzado a intentar utilizar muchas diferentes técnicas para que su pequeño les dejara ser un poco más parte de su mundo interno.

Así que, ante una tan flagrante muestra de interés por entrablar una conversación, no pudo sino dejar todo lo que estuviera haciendo, centrando su atención en su ya no tan pequeño hijo.

—Dime, cariño.

La expresión de su hijo pareció tornarse un poco dubitativa entonces, recordándole a Yut Lung la misma manera en la que la nariz de Sing se doblaba cuando ocurría algo que no terminaba de entender, haciéndole sonreír por dentro.

Sus pequeños habían parecido recoger muchas manías de ambos. Más de su padre que de él mismo.

Yut Lung en su juventud había maldecido los genes, así como la crianza. Odiando las similitudes que Hua Lung parecía siempre puntuar entre él y su madre, comenzando a odiar cómo es que lucía. Así como había aprendido a odiar cada vez que notaba comportamientos en su accionar que imitaban los de sus hermanos mayores, sus manerismos reptando a través de su piel como si de un tumor cancérigeno se tratase, invadiéndole por completo.

Sin embargo, ahora, había encontrado que cualquier pequeño acto, gesto, o modo que sus pequeños hicieran y que le recordara a él o a su esposo, era casi un deleite.

Era como una pequeña muestra de que habían estado allí, para ellos.

De que sí habían podido ser sus padres.

Quizá, pensó entonces Yut Lung, sólo entonces no tendría porqué maldecir el pensar que su linaje estaba continuando, aún si ya el apellido Lee había quedado escondido entre una montaña de desastrosas historias y nombres malditos, en los anaqueles de algunas de las personas más ruínes de la historia.

Hm...

Musitó su pequeño, al tiempo que la nariz de Yut Lung podía captar un poco de vergüenza en su aroma. Yulan era un alfa, justo como Sing, y aún si aún se había presentado hacía relativamente poco, una nariz como la suya era capaz de captar por completo todos los cambios en su estado de ánimo.

¿Uhum?

Animó entonces, mientras adelantaba su cuerpo ligeramente.

—Los alfa y los omega siempre terminan estando juntos, ¿no es así? —Preguntó Yulan, intentando ocultar el claro interés que parecía dibujarse en sus ojos—Justo como papá y tú.

Yut Lung apretó los labios, intentando ocultar la sonrisa.

—Bueno...—dijo, mientras giraba su mano—Usualmente. Pero no siempre es así, cariño.

Yulan frunció ligeramente el ceño, confundido.

—¿Qué quieres decir?

Yut Lung tomó aire, antes de elaborar.

—Nuestros gustos pueden ir más allá de la dualidad alfa – omega, Yulan—explicó—La gente debe gustarnos por como son, no por lo que son—agregó—Creo que me habría enamorado de tu padre fuera cual fuera su casta, siempre y cuando siguiera siendo él.

Confesó, soltando algo que había pensado hacía muchísimo tiempo, pero que nunca se había dado el tiempo de articular.

Sing era la persona que había estado a su lado, eligiéndolo por sobre todo. Y nada, ni siquiera la biología, podría superar ese simple hecho.

Sin embargo, Yulan pareció encontrar esa simple afirmación como una revelación.

—Mamá... ¿acaso también te gustan los omegas?

Y, aunque Yut Lung habría adorado poder tener una charla abierta sobre la sexualidad con su hijo, se encontró a sí mismo ahogando un par de palabras en una nada discimulada tos.

—Eso es... contenido para otra conversación—aseguró, mientras se acomodaba en la mesa—Ahora... dime qué me querías decir—pidió nuevamente, con un par de ideas ya en el tintero de su mente.

Sin embargo, y aunque Yut Lung estaba listo para una confesión sentida de que su pequeño había caído rendido por algún otro niño o niña alfa como él, y toda la confusión que algo así podría traer, había algo que definitivamente no estaba preparado para afrontar.

Y, eso era qué, al parecer los lazos del destino eran tan vengativos y pendencieros que encontraban divertido incluso el mantenerle atado a las mismas personas aún con el paso de las generaciones.

Pues, lo que salió de los labios de su hijo, era algo que sólo hubiera imaginado en sus más ridículos -y algo perturbadores sueños.

—Es que ayer le robé un beso a Griffin, el dijo de tío Eiji y tío Ash—explicó, mientras se llevaba un poco del arroz del desayuno a la boca, al parecer ya bastante convencido de que Ash, era una buena manera de llamar a Christopher, aún si en un primer momento los había llenado de reproches tanto a él como a Sing de que ambos nombres no rimaban, y no había manera de que fueran diminutivos—Pero no estoy seguro de si le gustó. Porque luego sólo se fue corriendo.

Oh, sí. Yut Lung no sabía que clase de dios en el firmamento encontraba su vida una comedia, pues casi podía escuchar las carcajadas en el fondo de su cabeza.

Carcajadas que no harían otra cosa sino materializarse, una vez le contara lo ocurrido a Sing, quien sin ninguna clase de pena le dijera que era sólo cuestión de tiempo, viendo cómo es que su hijo miraba a su pequeño amigo -pues Yut Lung siempre se negaría a llamarles primos- mientras sólo decía que ahora entendía las miradas casi asesinas que Ash le había dedicado cuando habían coincidido al momento de recoger a los niños de la escuela.

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Ash despertó una manaña de invierno sintiendo algo curioso en el pecho.

Se parecía, casi por asomo, a lo que algunas mañanas de juventud lo despertaba en la madrugada, instándolo a revisar los alrededores del refugio en el que estuviera durmiendo esa mañana.

Ansiedad. Creía que esa era la manera más correcta de llamarle. Un viejo amigo que a pesar de los años parecía incapaz de dejarle.

Se sentó en la cama entonces, empujando ligeramente el cuerpo de su esposo, quien aún dormía plácidamente a su lado, indicándole que aún ni siquiera rozaban las seis de la mañana.

Ash tomó aire, dejando que la mezcla de su aroma y el de Eiji lo calmara un poco. Se puso de pie, y aún si sabía que era casi imposible que algo hubiera entrado a su casa, revisó cada una de las habitaciones. Pasó primero por la de Solsten, quien dormía con tres libros distintos dispersos sobre sus sabanas, todos abiertos y con lápices de colores redondeando palabras que de seguro su pequeño aún no conocía bien. Ash sonrió con dulzura, mientras cerraba cada uno de los volúmenes y los guardaba a un lado.

Extrañaba el aroma infantil de su pequeño, y aunque su padre le repitiera que la presentación de Solsten como beta había hecho casi nada de cambios en su escencia, Ash siempre aseguraría que la nariz de un padre podía notar eso con tan solo una olfateada. Su pequeño creía.

Parecía tan solo ayer que lo recibía de manos del doctor, y ya tenía once años.

El tiempo realmente no parecía esperar a nadie.

Continuó con su travesía entonces, avanzando por el pasillo, llegando al cuarto de Griffin.

Rió levemente ante el pequeño carte que colgaba de un gancho pegado rústicamente a la puerta, donde claramente intentaba decir "no molestar".

Ash recordaba lo increíblemente destrozado que se habái sentido al notar la señal en la puerta de su primogénito, así como con la petición -extremadamente formal- de por favor, tocar su puerta antes de entrar. Eiji simplemente se había limitado a darle un par de palmaditas en la espalda, para luego tomar su rostro y llenarle de besos, diciendole que era normal que un adolescente quisiera algo de privacidad. Especialmente uno que pronto cumpliría la mayoría de edad.

Ash tocó ligeramente la puerta, recordando la petición de su cachorro -quien, tuviera la edad que tuviera, siempre lo sería a sus ojos- el silencio le respondió, y tras girar la perilla, pudo ver la figura durmiente de Griffin, quien era un ovillo en sus sábanas.

No era para menos, era la semana previa a su celo, si sus cálculos mentales no le fallaban. Siempre lucía particularmente cansado la semana previa, y los días posteriores también.

Se quedó en el dinter de la puerta unos largos minutos, mientras su mente lo llevaba al pasado, donde cada vez que abriera la puerta su pequeño saltaría de la cama, corriendo hacia sus brazos exigiendo ser elevado al aire.

Una sensación cálida invadió la base de su estómago, y tras acercarse a la cama de su hijo, dejó un beso entre sus cabellos. El aroma del hijo de Sing y Yut Lung resaltó, como un aroma fantasma entre el dulce y suave aroma de Griffin, pero por primera vez, Ash ni siquiera pudo sentirse enfadado ante tal fragrante prueba de que su pequeño hubiera terminado enrollado con uno de esos gemelos.

—Descansa, hijito.

Murmuró aun si no podía escucharle, antes de seguir con su búsqueda casi automatizada. Pasó por la cocina, luego por la sala y finalmente, también el estudio.

Como había sospechado, no había nada.

Parte de él ya lo sabía, pero no habría estado tranquilo a menos de que lo hiciera.

Los viejos hábitos mueren difícilmente, y la sensación de estar siendo perseguido por algo era una de la que Ash aún no podía despedirse. Aún si sus fantasmas cada vez parecían más y más lejanos, no quería decir que no estuvieran allí.

Regresó a la habitación entonces, rascando ligeramente su mentón, donde rastros de una incipiente barba nacía. Había peleado durante muchos años contra lo extraño que era ver bello corporal sobre su rostro, siendo que desde que tuviera memoria, le habían obligado a afeitarse constantemente.

Pero a Eiji le gustaba, reía cada vez que su pequeña barba rozaba su mentón, como si de cosquillas se tratasen. Y, si Ash se veía detenidamente en el espejo, creía que también comenzaba a gustarle.

Abrió la puerta lentamente y, para sorpresa de nadie, Eiji ya lo esperaba despierto, con las sábanas abierta y una expresión que parecía pedirle regresar al calor de su nido compartido.

Ash sintió sus facciones suavizarse, con el corazón en la boca del estómago, como cuando apenas fuera un adolescente, intentando descifrar qué era eso que parecía llenarlo cada vez que al regresar al departamento supiera que Eiji iba a estar allí esperándole.

Sabiendo que tenía un hogar al cual regresar.

—Ash...

Le llamó, él no tuvo que escuchar más.

—Perdón—musitó, mientras se acomodaba a su lado, enredando sus brazos alrededor del cuerpo de su espos, sintiendo como se fundía perfectamente contra el suyo—¿Te desperté?

Eiji negó levemente, besando sus cabellos con dulzura.

—No... pero abri los ojos y no te vi, así que decidí esperarte—le musitó, mientras continuaba con su ritual de cariño matutino—¿Algo te tenía intranquilo?

Cuestionó, haciendo que Ash lo sopesara un momento.

Su nariz viajó a través de los pliegues de la ropa de su marido, buscando su cuello, donde una bonita marca de color morado pálido descansaba. Sus largos cabellos rozaron su rostro, dándole cosquillas, y los primeros rayos de sol ya comenzaban a entrar por su ventana, iluminando la habitación.

Ash se apartó ligeramente, observando el rostro de Eiji.

Las pequeñas arrugas junto a sus ojos le saludaron, señal de los años que habían vivido juntos. Las de sus comisuras labiales también, señal de las muchas sonrisas que le había regalado, de las que él había sido causante.

Sus ojos, tan castaños como el día que le hubiera conocido, brillando con el sol del amanecer.

—No...—musitó Ash entonces, incapaz de detener la sonrisa que se plasmó en sus labios. Así como el peso que le había levantado esa mañana se desvanecía lentamente de su pecho, dejando espacio únicamente para la ligereza que le traía recordar dónde estaba. En casa—De hecho... Creo que nunca había estado mejor.

"Es la cosa más importante que puede sucederle a un ser humano. Habrá siempre gentes que digan que eso no existe, porque no han podido conseguirlo. Pero yo te digo que existe y que has tenido suerte, aunque mueras mañana" - E.H

Notas finales:

Vaya, al final tuve algunos problemas viendo el orden de este capítulo porque la historia de Eiji y sus padres, así como de Yut Lung y su nueva identidad bien podrían ser historias por si mismas haha. Y esta historia era más bien sobre Ash reconciliándose con quien es y con su idea de formar una familia y seguir avanzando en la vida. Después de todo, la vida es un ciclo interminable, retratarla entera, sería casi imposible. Por eso finalmente opté por un par de viñetas, alternando puntos de vista.

Curioso. Tenía más de 10k palabras escritas hace más de medio mes, pero la vida, la muerte y el trabajo se me vino encima como una nada bonita avalancha. Ahora que las cosas se han calmado, espero poder regresar a actualizar un poquito más seguido las cosas que me gustan.

Hace años, cuando comenzaba a escribir -y lo hacía aun peor de lo que hago ahora- recuerdo que pasaba por un mal momento: Familiar, escolar, sentimental. Bueno, una vorágine de malos sentires que se concentraban en una muy fea masa de emociones que no sabía cómo expresar. Después de muchos intentos, nació una historia. Ha pasado mucho y ya no la recuerdo del todo, pero me ayudó a procesar mis propios sentires y de alguna manera, a comenzar a superarlo. Siempre me ha gustado tomar mi tristeza y volverla palabras, y fue algo que terminé haciendo con esta historia también.

Le dedico este capítulo a todas las personas que estuvieron conmigo mientras escribía este pequeño desastre. Andi (MrGako), que sin ti ni siquiera me hubiera animado a darle una oportunidad a seguir un trabajo abandonado por tanto tiempo, siempre me ha gustado escribir para mí pero a la vez, pensaba, que mientras hubiera al menos una persona que leyera, tendría más motivos para continuar haciendo lo que hago. Kitty (Tsundere_Kitty) , que poder leer tus trabajos me recordó el amor que sentía por estos muchachos, lo mucho que su relación me llena, y la esperanza que siempre sentía al imaginarles un final feliz. Además de una mención especial porque es su cumpleaños. Preciosa, se te adora muchisimo. Dia (DianaBuendaBarbosa), porque la casualidad de volver a ver banana fish y escoger llorar en navidad tiene que ser la coincidencia más bonita que me pasó en el 2022, me permitió conocer más de la belleza de su arte y la profundidad de su espíritu. Finalmente, a mi michi, que tiene que calarse mis repentinos rants y cóleras por destinos cortados, gracias por aguantarme tanto, y por enseñarme a darle nuevas formas al amor.

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