Padres e hijos
Mientras los vientos helados de Cape Cod son como cuchillas en el alma de Ash y su mente intenta dilucidar la figura de su padre en medio del mar de recuerdos a medio hacer y decepciones infantiles, Yut Lung encuentra el último rezago de su infancia, y de la persona que durante tanto tiempo le protegió desde las sombras.
Eran las seis de la mañana, y el camino apenas comenzaba a hacérsele familiar. Las perpetuas colinas verdes, y los frondosos árboles ya asemejaban un patrón que Ash había visto muchísimas veces de pequeño, y que aún con los años venideros nunca habían llegado a desaparecer completamente de su memoria.
El sonido del motor de la camioneta resonaba en sus oídos, y Ash se recordó –no por primera vez ese año- que sería bueno llevarla con un mecánico, aún si Max se jactaba una y otra vez de saber reparar aquel viejo vehículo, cosas como estas le recordaban que no era del todo cierto.
Giró su rostro de la ventana, optando en cambio por enfocar su mirada en el camino que tenían al frente. Hacía aproximadamente media hora había sido el relevo de conductor y, ahora sin la sensación de cuero del volante y el conocimiento de lo poco cuidado que era el camino principal hacia su ciudad natal, la mente de Ash no tenía mucho con lo que distraerse.
Cerró los ojos con fuerza, y masajeó el puente de su nariz, intentando no pensar en la última vez que se encontraba de camino a su antiguo hogar, con la muerte de lo poco que le quedaba de familia sobre sus hombros.
Aún si la situación era muy similar.
Sólo que, en esta oportunidad, no estaba Shorter y sus continuos chistes para intentar aliviar el ambiente, sino Michael y Jessica, quienes tenían más tino que la mitad de los presentes a la hora de prepararse para un viaje.
Que Max escogiera ese preciso instante para cantar, era algo que Ash no sabía si agradecer, o lamentar.
—Oh my Darling, oh my Darling. Oh my darling, Clementine.
Ash giró los ojos, y le dedicó una mirada afilada.
—¿En serio? —Cuestionó. Max, muy pagado de sí mismo, continuó la tonada.
— You are lost and gone forever. Dreadful sorrow, Clementine
La expresión de Ash se suavizó un poco entonces, con una lánguida sonrisa decorando su rostro.
—¿Ahora sí te sabes la letra completa?
Preguntó con suavidad, y Max le dedicó una sonrisa parecida.
—¿Qué puedo decir? Estuve practicando.
Ash habría podido reír, sin estar seguro de que tan irónico fuera que esa específicamente fuera la canción que Max relacionaba con el lugar al que se dirigían.
La muerte era algo que siempre lo había rondado, aun si intentaba no pensar en ello la mayor parte del tiempo, regresaba como una vieja conocida, lista para compartir una taza de té y, como regalo de bienvenida, traía de la mano a sus pesadillas. Y si bien no era la primera vez que hubiera recibido la noticia de la muerte de alguien, sí era la primera vez que no había sabido qué sentir exactamente al momento.
Pues, había sido al menos un minuto en el cual, tras escuchar la voz de Max en el celular en plena madrugada, se había quedado en completo silencio.
—¿Ash?
Había tenido que volver a preguntar Max, quizá pensando que la línea se había cortado, o algo así. Él, por su parte, sólo había soltado el aire que no sabía que estaba guardando.
—¿Y? — Respondió él, claramente falto de la elocuencia que supuestamente tenía al ser escritor—¿Qué debo hacer ahora?
El carraspeo de Max llenó la línea.
—Quieren que vayamos a ver algunas cosas del restaurante.
Aquello dejó a Ash, si es que se podía, aún más patidifuso. En su primera visita a Cape Cod después de su boda con Eiji, habían arreglado el comprar la casa de su infancia, haciendo que los papeles ahora estuvieran a su nombre. El de Christopher, claro. Pues legalmente, Aslan Callenreese ya estaba muerto. Y, si bien muchas veces se había dicho que no quería regresar, había una fuerza más grande que él que lo hacía extrañar su hogar de infancia. Nostalgia, lo llamaban algunos. Griffin, le decía él, pues el más grande protagonista de sus recuerdos tenía nombre y apellido.
Sin embargo, el restaurante era otro asunto.
—Creía que estaba al nombre del viejo. Se supone que él ya no tiene herederos.
Max le explicó que se había comunicado con los abogados, y Ash no tuvo que preguntar por qué se había tomado tantas molestias por algo que le había caído encima casi por equivocación. Pues, Ash conocía a Max, y sabía que sus expresiones de añoranza y culpabilidad, también tenían nombre propio.
Sólo era una casualidad que, también fueran los de Griffin Callenreese.
Al parecer, durante sus últimos años de vida, aún si Jim no se había molestado en intentar contactar con él, había cambiado su testamento.
—¿Qué?
Preguntó Ash, aún sin poder entender del todo qué había empujado a su padre a hacer eso, o cómo es que había recordado el nombre con el cual había firmado el contrato.
Pues recordaba vívidamente cómo es que Jim había firmado sin siquiera leer lo que ponían las largas formas que habían llevado en aquella oportunidad.
—Cuando estemos allí veremos que hacer, ¿sí? —intervino Max, de seguro notando cómo es que su tono se mantenía igual que al contestar—Pero el abogado nos requiere para la lectura del testamento. Pasaré por ustedes en unas horas.
Ash recordaba que sólo había murmurado un par de palabras, las primeras de aceptación, y las segundas de agradecimiento, para dejar caer su cuerpo sobre la cama, donde Eiji aún dormía plácidamente.
Aún si no mucho después había interrumpido su sueño, para decirle que tenía que viajar.
Eiji, quien ahora parecía tener más problemas para seguir ese horario tan madrugador que él mismo se había impuesto, probablemente por el embarazo, sólo se había restregado el rostro con una expresión de confusión, como queriendo apartar cualquier rastro de duermevela que aún intentara arrastrarlo al reino de los sueños.
—¿viajar? ¿a dónde?
Ash había intentado lucir lo más compuesto y desinteresado que podía al momento de decirle las noticias.
—Mi padre tuvo un ataque al corazón. Y el abogado de su testamento, quiere que me presente para la lectura.
Cualquier rastro de confusión en el rostro de Eiji había mutado en ese momento a preocupación inmediata.
—Llamaré al trabajo para pedir unos días.
Y, a pesar de que Ash le había recalcado a Eiji que no había necesidad de que lo acompañara, y es más, de hecho prefería que se quedara en casa ya que no sabía que tan bueno sería un largo viaje en carretera para él o el bebé, Eiji simplemente hizo oídos sordos a sus preocupaciones.
Pues cuando a Eiji se le metía algo en la cabeza, ni siquiera él era capaz de disuadirlo.
.
Max continuó con su canción, y Ash solo negó parsimoniosamente, antes de estirar su cuerpo y dar una mirada a los asientos traseros.
—Eiji, ¿te sientes bien?
Cuestionó, como había estado haciendo cada dos horas desde que partieran. El omega estaba sentado, con un pequeño termo que tenía el remedio casero de Jessica para las náuseas. E, Ibe a su lado, lo cubría con una manta por los hombros mientras le decía unas palabras en japonés.
A Ash usualmente le gustaba que Eiji tuviera a alguien con quien poder hablar su lengua materna, pues, aunque ellos practicaban lo más básico del idioma, aun había muchas cosas que Ash no había sido capaz de dominar.
Junto a ellos, Jessica y Michael dormitaban, envueltos también en otra manta, y con sus cabezas acurrucadas.
—Sí, sí lo estoy—Le aseguró su esposo, mientras sus dedos tamborileaban delicadamente sobre el termo—Sólo me maree un poco por el camino.
Y, como para hacer más clara su observación, la camioneta dio un pequeño salto, pues habían pasado por un bache.
Max soltó una risa con tono de culpa.
—¡Haha!, ¡perdón, perdón, culpa mía! Intentaré conducir mejor, por el bienestar de mi pobre nieto.
Ash pudo sentir el calor subir desde sus mejillas hasta sus orejas. Y, por acto reflejo, le dio un golpe con el codo al idiota de Max, ganándose solo una nueva risotada que logró despertar a los otros dos pasajeros del vehículo.
—¿Papá? —Preguntó Michael, con una voz amodorrada, mientras bostezaba audiblemente—¿Ya llegamos?
—Falta poco, miren. ¡Es allí!
Ofreció Max, señalando un punto que no podía estar a más de quince minutos de distancia. Ash enfocó la mirada, y lo reconoció.
Cape Cod era un pueblo pequeño, sin mucho que ofrecer a menos que fueras un turista buscando una buena vista, o un lugar apartado para alejarse del bullicio de la ciudad. Y, aun así, parecía el destino que las personas escogían cuando querían olvidarse un poco del mundo, e imbuirse en la inmensidad de sus praderas.
Había sido idea de Eiji el que se quedaran con la casa, aún si la idea original era repararla y ponerla en venta.
—Por si algún día queremos venir a pasar las vacaciones—Había sido su razonamiento—O, cuando nos retiremos. ¿No te gustaría? Lejos de la ciudad.
Ash nunca había pensado en eso, realmente. Ni en la idea de tener una casa para él, o de tener la posibilidad de un retiro. Sin embargo, cuando Eiji lo había dicho, su corazón se había sentido particularmente cálido, y una sonrisa se había pintado en sus labios.
—Sí...—Le había susurrado, mientras le besaba las manos—Cuando nos retiremos...
Cuando no tuvieran mayor responsabilidad de ver los días pasar mientras leían algún libro, sacaban a pasear al perro que de seguro Eiji querría que tuvieran, o simplemente mientras disfrutaran de la compañía del otro.
Porque hablar del futuro, le aseguraba a Ash –quien siempre vivía con el fantasma del tal vez sobre sus hombros- que Eiji quería una vida con él, una que los tuviera juntos hasta la vejez.
—Llegamos.
Anunció Max después de un trecho más.
Ash bajó de la camioneta sin mucha ceremonia, para abrir una de las puertas traseras y ayudar a bajar a su marido, quien le dijo que no tenía que ser tan cuidadoso con él, ganándose una mala mirada en respuesta.
—Déjame cuidar de mi esposo y cachorro, Eiji.
Las mejillas de Eiji se sonrojaron, y Ash tomó eso como una victoria.
La mañana apenas empezaba, cuando Yut Lung se aventuró a revisar uno de los cuartos que menos tocaba en esa casa.
Últimamente sentía que su energía era constantemente drenada –por un par de inoportunos compañeros de cuerpo- y, aunque eso le habría dado paso libre para dormir un par de merecidas horas extra en la mañana, los mismos inoportunos compañeros al parecer, eran los causantes de que las náuseas matutinas hicieran casi imposible esa tarea.
Bueno, al diablo con su descanso, entonces.
Ya que estaba despierto, podría comenzar con sus planes de remodelación.
Las puertas de la vieja oficina de su hermano mayor no estaban cerradas con llave, pero por la manera en la que todo el mundo la evitaba de manera silente y categórica, bien podría haberlo estado.
Cuando empujó las puertas de par en par, notó la fina capa de polvo cubriendo todo y frunció la nariz. Bueno, no importaba, tenía que empezar. Buscó algo que pudiera servirle en el interior, optando por una caja que tenía muchos papeles ahora inservibles, y decidió que sería un buen basurero provisional.
De esa manera, comenzó a buscar por todo el lugar, lanzando a un lado las cosas que pensaba que ya no servían, ni siquiera para fundirse.
Gracias al ruido, un par de sus trabajadores, que ya habían empezado sus labores de limpieza, llegaron al lugar.
En sus rostros la confusión era visible, al igual que el nerviosismo, y ni mencionar el cambio en su aroma que ahora Yut Lung podía leer como si de un libro se tratase. Hum, beneficios de ser un omega de nivel alto embarazo, pensó. Quizá habría sido útil en sus años infiltrándose con las cabecillas de la mafia.
Los mentados se quedaron en la puerta, compartiendo miradas entre sí, hasta que uno finalmente se atrevió a preguntar.
—Mi señor... ¿qué hace?
—Necesito este espacio, así que pensaba limpiarlo un poco.
Respondió con simpleza, sin dejar de revisar la gran cantidad de pertenencias que hubieran quedado allí abandonadas, a la merced del tiempo.
Su interlocutor, un beta que por la intensidad de su aroma, de seguro estaba en la categoría baja, pareció removerse en su lugar.
—Mi señor, si necesita que la habitación esté limpia, podemos hacerlo-
Pero Yut Lung no le dejó terminar, sonriéndole con tranquilidad poco usual para él, especialmente en esos últimos meses.
—No es necesario—afirmó, mientras sus dedos recorrían las carpetas que acababa de sacar del cajón superior del escritorio—Quiero hacerlo yo.
El beta pareció aun dudar, la expresión dubitativa en su rostro creciendo con cada segundo que pasaba.
Yut Lung se limitó a suspirar. Más allá de ser personal contratado para obedecer a todas sus demandas, suponía que era casi antinatural para alguien de su dinámica el dejarle "a su suerte" en un estado vulnerable como lo era el embarazo.
Se suponía que los humanos eran animales desarrollados, pero Yut Lung veía diariamente a la gente ceder a sus instintos, incluso en maneras tan inocentes como aquella.
Era casi irrisorio. Todos parecían ser esclavos de ellos mismos.
—Prometo llamar si me fatigo, retírense.
Aquello pareció ser suficiente para traer una expresión más calmada al rostro del hombre quien, tras una reverencia, dejó el lugar junto a su compañero.
La mirada de Yut Lung se permitió permanecer unos segundos más de lo necesario en la puerta ahora vacía, y al comprobar que realmente nadie iba a aparecer a perturbar su silencio, continuó.
Esa habitación era una de las mejores de toda la casa, no por nada su hermano la había elegido de oficina, ya que, si no estaba descansando, pasaría la mayor parte del tiempo allí.
No era ni frio, ni demasiado caliente. Las paredes aislaban el ruido de fuera, y las ventanas eran amplias, para cuando uno quería dejar entrar algo de aire fresco.
Parecía el lugar perfecto para el cuarto de los bebés.
Una vez se deshiciera de todos los rastros de las serpientes en ese lugar, claro está.
Terminó con una pila de documentos, y abrió otro cajón.
Ese escritorio parecía una máquina del tiempo, repleto de memorias, y glorias pasadas, como un pequeño memorial a primer hijo de los Lee, y como tal había recibido el trato que merecía. Completo olvido.
Encontró cartas viejas, del puño y letra de Hua Lung. También, una navaja y un encendedor, como no, con la insignia familiar marcada a un lado de los mismos.
De muy mal gusto, si le preguntaban.
Y, en la base, una foto.
Yut Lung la tomó entre sus dedos y analizó con cuidad. Era una foto familiar, desde la cual sus hermanos, mucho más jóvenes, le saludaban con sendas sonrisas.
Casi podrían pasar por una familia normal.
Casi.
La giró con delicadeza, y sintió que su ceja dio un pequeño salto.
Había sido tomado sólo una semana después de su cumpleaños número seis.
Ha, Hua Lung de verdad tenía una imaginación retorcida, a la hora de guardar mementos. Dejó la foto reposar entre sus dedos, y con la mano libre, tomó el encendedor. Después de un par de intentos, una pequeña llama le saludó. Era más que suficiente.
Aún si el alcohol dentro del mismo alcanzaba a penas para que unas pintas rojas y azules se elevaran, tras exponer una esquina de la fotografía, esta comenzó a arder.
Yut lung la mantuvo entre sus dedos, observando con parsimonia total cómo es que las llamas se expandían, lentas y sinuosas. Cómo las figuras de sus hermanos, se iban deformando al mismo tiempo que el papel, y como cada pedazo de la misma, cada uno de los integrantes, se desvanecía en un poco de ceniza.
Hasta que no quedo nada entre sus dedos, más que la sensación de leve ardor gracias al fuego.
Sus ojos viajaron a la mesa, donde un pequeño montículo de cenizas le saludaba. Y, sin miramiento alguno, las dispersó, con sólo un poco de su aliento.
Y, se dijo, así era como terminaba la dinastía Lee.
No con un alarido, sino con un suspiro.
Dejó que el silencio fuera su único acompañante por un momento, mientras sus ojos se perdían en el vacío de la habitación, y sólo cuando el sonido de pasos en el piso inferior se hizo presente, la capacidad de moverse regresó a su cuerpo.
Acarició su rostro, notando que sus manos se habían enfriado.
Abrió el último cajón que le faltaba revisar, y entonces la vio.
Una caja.
Una que él, también tenía.
El servicio funerario era pequeño. Un salón comunal donde se realizaban algunos eventos para el pueblo había sido decorado con algunas coronas de flores, y varios apellidos que Ash recordaba vagamente venían escritos en las cintas inferiores de los mismo.
Amigos de Jim. O al menos, eso rezaban las tarjetas.
El servicio funerario había durado un par de días, y al parecer, habían sido los amigos de su padre quienes se habían encargado de firmar desde el acta de levantamiento de cadáver, como todo lo necesario en el hospital.
Hasta habían organizado el evento.
No había nadie en primera línea para que recibiera las condolencias, y notar aquello hacía que el estómago de Ash se atara sobre sí mismo, en una sensación a la cual aún no podía ponerle nombre.
Eiji, a su lado, no había querido soltar su mano en ningún momento. Excepto cuando era tiempo de dejar los respetos al difunto, pues él mismo le había pedido que quería ir solo.
Regresó a su lugar, donde Eiji ya lo esperaba, con una mirada que claramente tenía la preocupación grabada en la pupila. Ash le sonrió con suavidad, y lo abrazó un poco, al tiempo que el padre hacía acto de presencia en el estrado, listo para iniciar la misa.
Ash se separó con lentitud de Eiji, y la mano de su esposo buscó la suya de manera rauda, Ash la recibió con un apretón suave.
Las palabras del padre eran lentas y algo arrastradas, quizá por la edad, o por el cambio de clima que traían esos meses.
Sus ojos se perdieron entre las figuras de la biblia que llevaba en la mano, la imagen de Dios regresándole la mirada, y Ash no pudo evitar recordar que, de pequeño, había llorado mientras abrazaba ese libro.
Como si dios pudiera salir de allí, para ayudarlo.
Cuando el servicio terminó, la mano de Eiji aún no soltaba la de Ash quien, usando su pulgar, acariciaba el borde de la misma, como si ese simple movimiento lo ayudara a calmarse.
Lo cual era contradictorio. Pues no había sentimientos arremolinándose en su interior, ni un gran oleaje golpeaba su espíritu.
En cambio, la mano de Eiji servía como salvavidas, en el mar de vacío que parecía estar inundando su cuerpo.
Pues, a diferencia de algunos otros asistentes, cuyas facciones reflejaban tristeza, y en quienes incluso había visto un par de traicioneras lágrimas asomar por la esquina de sus ojos.
Ash no sentía nada.
El servicio terminó al medio día, y tras un par de despedidas protocolares, ellos también se retiraron. Ash pudo sentir un par de miradas sobre él cuando hacía su camino hacia la puerta, pero no le dio mucha importancia.
Cuando llegaron a casa, Ash escuchó el alarido de asombro que abandonó los labios de Max.
—¡Wow! En serio hicieron un gran trabajo con este lugar.
No es como si la antigua decoración y fachada de su hogar no fuera bonita, pero se notaba que había estado detenida en el tiempo por demasiados años.
—Todo gracias a Eiji—Dijo, presionando la mano de su esposo, y notando que sus dedos se habían entumecido—Él escogió la decoración personalmente.
Eiji le dio un beso en la mejilla en respuesta
—Pero Ash hizo todas las reparaciones.
Max sólo les regaló una expresión burlona, ante sus continuas muestras de cariño, susurrando un: Domaron al lince. Para ganarse una mirada asesina de parte de Ash y una risa nerviosa de parte de Eiji.
Aunque su pequeña charla fue interrumpida por Ibe, quien le pedía a Eiji que le ayudara con unas cosas en la cocina.
—Ah, el almuerzo—Recordó su esposo. Tenían que hacer compras.
Ash estaba listo para ofrecerse a ir él mismo, cuando la voz de Michael se hizo presente desde el piso de arriba.
—¡Wow! ¡Es un campo de baseball! ¿Podemos ir?
Sus pasos bajaron a trompicones, y la sonrisa brillante que les dedicó, logró que Ash parpadeara un par de veces.
—Claro—Dijo, ante la sorpresa de todos—Vamos, yo te llevo.
—Ash...
Replicó Eiji, dando un paso hacia adelante, con la mano estirada ligeramente. Sus ojos parecían preocupados, pero Ash le dedicó una sonrisa.
—No te preocupes, volveremos antes del almuerzo. ¿sí?
—Entonces yo también voy—Dijo Max, con los brazos en la cadera, ganándose una mirada afilada de Jessica, quien de seguro quería pedirle que ayudara con las bolsas.
Ash bufó.
—Auto invitándote a una salida de hermanos sólo porque no quieres trabajar en la cocina, típico de ti.
Max lanzó un par de improperios detrás de él, pero Ash ya no pudo escucharlos, pues había tomado a Michael del hombro, y ya caminaba con él en dirección al campo de entrenamiento.
El campo estaba abierto para el público en general, había sido así desde sus años de infancia, siendo solamente separada los días en los cuales la selección infantil jugaba o entrenaba.
Pero eso solía ser durante el verano.
El guardia del campo los recibió sin mucha algarabía, y tras dejar un par de dólares, podían alquilar unos cuantos bates y guantes.
—¡Practiquemos las bateadas, por favor!
Pidió su hermano menor, con la misma expresión infantil y risueña que había puesto en la casa. Ash sabía que Michael ya estaba en secundaria, y que en un par de años sería un universitario. Pero profundamente, deseaba que esa inocencia nunca dejara su rostro.
—¿Sí? Está bien.
El mentado lanzó un golpe al aire, corriendo hacia la posición, mientras Ash se posicionaba en el montículo. Max, desde un lado, los observaba.
Ash le dedicó una mirada de refilón, sonriendo con sorna.
—¿Qué? ¿Viniste sólo a ver? Si es así regresa a la cocina, viejo.
Ash juraría que podía ver el metafórico humo saliendo de las orejas de Max, antes de que lanzara su chaqueta a un lado, arremangara su camisa y corriera hacia el jardín derecho.
La tarde pasó entre prácticas, lanzamientos, y varios vítores cuando Michael casi logra un Home Run.
Entrada la tarde, los tres alfas se encontraban descansando en el suelo arenoso del campo, respirando pesadamente. Ash entre padre e hijo, con sus brazos cubriendo su rostro.
Michael tenía mejor control del bate de lo que Ash recordaba, no había logrado hacer que perdiera ninguno de sus lanzamientos. Al parecer el pequeño había estado practicando mucho esos últimos meses, pues quería quedar seleccionado en el equipo de su escuela; y de ser posible, continuar hasta la universidad.
—Creo que estoy algo oxidado—Dijo riendo un poco, mientras limpiaba el sudor de su frente, y trataba de no burlarse del semblante de Max, quien parecía luchar por recuperar el oxígeno.
—Ash, ¿te gusta mucho el baseball? —Preguntó Michael a su lado, girando el rostro ligeramente. Ash enfocó los ojos en los de su hermano, y aún si no podía ver a Max, sabía que él también había girado a verle, pues sentía su mirada fija en su nuca.
Los labios de Ash se estiraron un poco, formando una sonrisa lánguida.
—Sí—Respondió con tranquilidad—Me gustaba mucho, desde pequeño.
Michael se sentó entonces, la expresión de vivaz alegría aún presente en su rostro. Ash imitó el movimiento, mucho más lento, y Max los siguió a los pocos segundos.
—Este es el campo en el que entrenaste, ¿verdad? —Sus ojos brillaban, como los de alguien que habla de una estrella, y Ash tuvo que afianzar más su sonrisa, mientras su mente le susurraba que Skipper también había tenido esos mismos ojos—Debe estar lleno de historias, ¡Quiero saberlas todas!
Ash abrió la boca, pero Max fue más rápido que él.
—Michael, no molestes a Ash—Dijo, con una expresión que, aunque intentaba lucir parca, sólo era una mascarada para la culpabilidad y tristeza. Ash la conocía bien, era la misma con la que le había hablado en su primera visita a Cape Cod—Hoy es un día pesado para él...
La expresión de Michael cambió entonces, como si de pronto recordara para qué estaban allí, y no sólo viera el trajín como un divertido viaje en familia.
Pero Ash negó vehementemente, primero con las manos, y luego con la cabeza.
—Tonterías—Dijo, mientras se ponía de pie y estiraba una mano para ayudar a Michael—Te las contaré todas, tenemos todo el día.
Sintió la mirada de Max seguirle, y aún si no había dicho nada, sabía exactamente cómo lucían esos ojos.
Y no quería verlos.
En cambio, giró, para regalarle una sonrisa pagada de sí misma, la misma que le había ganado el apodo de mocoso insoportable en sus primeros días juntos en la prisión.
—Tenemos que sacarle algo bueno a este viaje, ¿no?
Después de todo, Michael sabía que él y su padre biológico no tenían una buena relación. Lo había sabido desde que Max hubiera anunciado completamente ebrio en el cumpleaños número diecinueve de Ash, que a partir de ahora todos debían llamarlo su hijo, y Michael había sido el primero en correr a sus piernas y abrazarlo llamándolo hermano.
Gesto que Ash le había devuelto incontables veces hasta ahora.
Michael ya sabía que había algunas cosas malas en su vida, pero eso no quería decir que tenía que saber las demás.
Yut Lung aún tenía en sus manos la pequeña caja que había encontrado, cuando Sing apareció por la puerta. El joven alfa había hecho de su residencia, su lugar de descanso permanente, aun cuando él no había escatimado en lanzar una que otra puya, intentando hacer que se fuera.
Sing era así de resiliente.
—¿Qué haces?—Preguntó, elevando una ceja con curiosidad y avanzando hacia él.
Yut Lung acarició la pequeña caja en sus manos, y aquella pregunta fue suficiente como para que la abriera, mostrando su contenido.
Un dragón de jade.
Una pequeña joya, finamente tallada, sobre una montura de madera.
Pudo escuchar el silbido de sorpresa de Sing, y si antes esa reacción lo habría hecho rodar los ojos, ahora le parecía hasta encantadora.
—Fue un regalo de mi padre—musitó, antes de dejar la caja sobre el escritorio—Claro que este es de Hua Lung.
—¿Eh?
—Era una tradición... le regalaba uno a cada uno de sus hijos, cuando cumplían el año de edad—Comentó con una pequeña risa—O eso me dijo mi madre, por supuesto que no recuerdo haberlo recibido, más que siempre tenerlo entre mis posesiones. No le veía mucho valor, y no era un juguete interesante tampoco, así que usualmente, sólo olvidaba que estaba allí.
Admitió. Claro, cuando tuvo edad suficiente para entender un poco mejor lo que le rodeaba, Yut Lung no tenía interés alguno en piedras brillantes, pues prefería las muñecas que su madre siempre le traía.
Sing pareció poner una mirada contrita, y sin pedir permiso, se sentó a su lado en el suelo.
—¿Recuerdas como era el viejo Hong Lung?
Preguntó, y Yut Lung le dedicó una mirada profunda. Los ojos de Sing nunca tenían malicia, ni siquiera ahora, al preguntar por una de las cabezas más grande y sanguinarias de la mafia.
Pero aquello ya no debería sorprenderlo.
Sing era tan trasparente como un estanque de Koi.
—Sólo un poco...—admitió—Lo vi un par de veces, aunque mi madre me dijo que, cuando nací; le gustaba tenerme en sus brazos.
Sing giró un poco su rostro, con la curiosidad aun vibrante en sus ojos.
Yut Lung presionó sus labios, y continuó.
—Sabías que era alfa, ¿verdad? Pero tenía un aroma muy distinto otros que conocía antes...y eso fue lo primero que noté, su aroma; parecía una extraña combinación de hiervas, y nunca eran las mismas—Al crecer, incluso, había tratado de hallar algo que se asemejara a alguno de esos aromas mientras revisaba sus clases de herbolaria, pero nunca había tenido éxito—De pequeño, realmente no me gustaba su olor... no era dulce, como el de mamá. Fruncía la nariz, y cuando ya me sentía muy fastidiado, estiraba las manos para que mi madre me llevara de regreso.
Apretó los labios un poco. Y el cuerpo de Sing se acercó al suyo, recostándose hacia adelante.
—Lo segundo que recuerdo, es que era muy viejo... tanto como un abuelo. Pero mi madre me decía que debía llamarlo padre—Sus manos tamborilearon en el escritorio, y sus ojos repasaron las formas del dragón, de pequeño no era capaz de apreciar la hermosura de aquella gema, y ahora, era incapaz de relacionar alguna cosa que tuviera su apellido con algo que no fuera rechazo—Jugó conmigo un par de veces, aunque no podía hacer mucho, como entenderás, a esa edad lo último que uno quiere es correr detrás de un cachorro.
Yut Lung recordaba esa ocasión con mucha claridad.
Los jardines de la mansión en Hon Kong eran preciosos, y a él siempre le había gustado correr –como podía- entre las plantas, mientras aguantaba la risa, y salir huyendo cuando escuchara la voz de su madre mientras lo buscaba.
Ella siempre reía mientras lo perseguía, aún si le pedía que la esperara. Y, cuando finalmente lo atrapaba, lo enredaba en sus brazos y atacaba a besos, para luego dejar que él se acurrucara bajo su mentón, llenándose de su aroma en el proceso.
Esa mañana habían estado haciendo exactamente lo mismo, y mientras Yut Lung había acelerado, para escapar de las manos y cosquillas de su madre, había dado un giro en uno de los arbustos más grandes que habían allí; sólo para chocar contra un hombre.
Las primeras impresiones lo eran todo en esta vida. Y, la primera impresión de Hong Lung, no había sido poca cosa.
Recordaba que había caído sobre sus bruces, y el repentino incidente casi lo había hecho llorar. Sin embargo, antes de que pudiera soltar quejidos quedos, unas manos largas lo habían levantado.
—Tranquilo, pequeño—Le había dicho, mientras acariciaba su cabeza—Lamento haberte hecho caer.
Él sólo había sorbido por la nariz, el deseo de llorar suprimido por un instante, antes de que la voz de su madre resonara en sus oídos.
—¡Escóndeme!
Le había dicho, con el mismo tono que usaba para cualquier persona que se acercara a él. Y, aunque ese hombre no usaba los uniformes que Yut Lung conocía tan bien, sólo le había sonreído, levantando sus largas túnicas, y dejando que se escabullera allí.
Y después... después la voz de su madre, que venía detrás de él, se había silenciado. Sólo por unos segundos.
Yut Lung no había pensado mucho en eso, al menos en ese momento, demasiado feliz por su nuevo escondite, y haber ganado el juego.
No había podido imaginar que aquel hombre, que para él solo había tenido un par de palmadas en la cabeza y una sonrisa, utilizaba las mismas manos y la misma boca para hacerle cosas horribles a su madre.
—Así que... realmente no es una gran información, nada muy interesante, me temo—Concluyó, y sus ojos viajaron a los de Sing, donde pudo dilucidar aún el brillo de la curiosidad — Sólo que...—Continuó con su retahíla, entonces, si nadie lo iba a detener—Creo que yo realmente lo quería...
Y aquella declaración, hizo que el joven alfa diera un pequeño brinco en su lugar.
La sonrisa de Yut Lung se amplió, aún si no era una de felicidad.
—Antes de saber quién era a ciencia cierta, o qué había hecho con mi madre... creo que sí le quería. Es decir, cada que aparecía, era para jugar. Y siempre traía cosas deliciosas. —Bufó, como si aquello fuera lo más divertido del mundo—Hasta me atrevería a decir que, esperaba con ansias su llegada. —La mirada de Sing se deformó un momento y, por algún motivo, Yut Lung ensanchó su sonrisa. Esa era la mirada a la que él estaba acostumbrado. Su terreno seguro. El rechazo—Retorcido de mi parte, ¿no?
La mirada de Sing solo se agravió más, y poniéndose de pie, le replicó.
—¡Eso no es tu culpa! ¡Eras sólo un niño!
Los hombros de Yut Lung temblaron, efecto de la risa contenida.
—Pero ella también lo era, y tuvo que verme en los brazos de ese hombre tantas veces...—Se mordió los labios, con un poco más de fuerza de la necesaria—Era muy egoísta, ¿no? Aunque se supone que los niños son así... incapaces de ver más allá de lo que tienen en frente, ansiosos por cualquiera que les de algo de cariño, o protección...
Sing dio unos pasos hacia él, sus manos estaban alzadas, y parecía que querían tocarlo, pero Yut Lung no se movió.
—Al menos yo, no noté qué ocurría en realidad, sino hasta mucho después... que el hombre de las sonrisas y el aroma extraño, era el demonio que había condenado a mi madre a esa vida, al igual que a otro sin número de personas... Que mi madre también era otra niña, una que a veces jugaba con las mismas muñecas que me daba luego de intentar hacerme dormir la siesta...
—Yut Lung...
—Un demonio sin corazón...—Terminó de murmurar, en algún punto sus ojos habían regresado al dragón. El profundo verde cambiaba de color, tiñéndose de rojo. El mismo rojo que había manchado las manos de su padre, y el mismo rojo que recordaba caer del pecho de su madre, mientras agonizaba. El mismo rojo, que también manchaba las suyas. Manos que llevó a su vientre, en un fútil intento de sentir esas dos pequeñas existencias que, al parecer, habían tenido la desdicha de terminar como hijos suyos—Me pregunto si ellos pensarán así de mi algún día también...
Sus ojos se sintieron pesados un momento, y su visión se tornó borrosa.
¿Qué era eso?
¿Lágrimas?
Las hormonas eran algo increíble, sin lugar a duda.
Podría haberse reído.
Pero fue interrumpido, por un par de fuertes brazos, y un pecho cálido donde presionaban su rostro.
Sintió sus labios temblar.
—Por supuesto que no...—Murmuró Sing, su voz sonaba trémula, y sus manos temblaban un poco, ¿o era Yut Lung quien temblaba? —No lo harán... te lo prometo.
"No seas tonto"
Habría querido decirle.
"¿Cómo puedes prometerme algo así?"
También.
Pero cuando Yut Lung abrió los labios, lo único que los abandonó, fue un quejido profundo y angustioso, así como una corriente de lágrimas que se negaba a parar.
En cambio, se encontró a su mismo enredando sus brazos en el cuerpo de Sing, deseando por un momento, que lo que él decía, fuera verdad.
Estaban sentados en medio del campo, con Ash terminando una de sus historias, cuando Ibe llegó, la comida ya estaba lista.
Michael fue el primero en levantarse, estirando los brazos.
—¡Ah! ¡Ya tengo mucha hambre!
Ash y Max le imitaron, con el alfa más joven limpiando sin prisa el polvo que se le había quedado en la ropa.
—¿Quizá mañana podamos jugar un poco más? Esta vez con mamá y con tío Shunichi.
Ash amplió la sonrisa y tras estirar sus músculos, repuso.
—Claro, sería divertido.
Michael celebro para sí mismo, antes de emprender el camino hacia la casa. Ash rio quedamente, preguntándose cómo es que tanta energía podía caber dentro de un solo niño.
La espalda de Michael ya estaba un par de metros lejos, cuando la voz de Max resonó en su espalda.
—Ash...
El mentado se detuvo, la sonrisa que había tenido en sus labios desapareciendo en menos de un segundo.
—Ahora no...
Fue todo lo que dijo, y Max pareció entenderlo. Ya que el camino que recorrieron hasta la vieja casa Callenreese, sólo fue acompañado por el sonido de sus pasos.
La comida había estado deliciosa, Eiji siempre había tenido buena sazón, cuando no estaba intentando hacerle probar nuevos platos japoneses. Jessica e Ibe amenizaron la tarde, con un sinfín de historias sobre el trabajo, nuevos proyectos, y chismes de oficina.
Todo parecía tan normal, que Ash casi había olvidado qué día era.
Casi.
Pues cuando los primeros colores carmesí comenzaron a pintar el cielo, el desgaste físico que venía de la mano con un largo viaje por carretera, pareció finalmente golpearlos a todos.
Era hora de descansar.
Jessica y Max les desearon buenas noches, antes de dirigirse al segundo piso. Ash y Michael acomodaron una pequeña cama inflable junto a la cama que sería para Ibe, de un tamaño suficiente para que el más joven del grupo pudiera descansar. Y, finalmente, Ash y Eiji entraron a su propio cuarto.
La cantidad de ropa que tenían allí no era mucha, un par de mudas que habían podido dejar sin temor a extrañarlas en casa, y ropa de verano, la mejor temporada para visitar Cape Cod.
Eiji fue el primero en terminar de cambiarse, la ropa que antes le hubiera quedado holgada ahora parecía ceñirse con un poco más de intensidad a sus caderas, o quizá sólo era la imaginación de Ash.
—¿Vienes?
Le preguntó, abriendo las cobijas y acariciando el lado opuesto de la cama.
Ash, quien terminaba de colocarse el suéter, asintió con suavidad.
Se deslizó al interior de la cama, siendo recibido por los cálidos brazos de Eiji quien después de unos momentos, ya respiraba acompasadamente.
Se había quedado dormido.
Ash no había podido evitar sonreír ante la vista. Aún si Eiji intentaba mostrarse duro, los estragos de crear una nueva vida en su interior ya comenzaban a mostrarse.
Su marido giró un par de veces, como si tratara de acomodarse, y Ash le dejó hacer como quisiera, terminando con la espalda de Eiji unida a su pecho.
Al lado, pudo escuchar un par de pasos, suponía que todos ya estaban preparándose para descansar.
Aún si a él el sueño parecía rehuirle, a pesar de que su cuerpo claramente le decía que estaba cansado.
Intentando distraer su mente, fijó su mirada en la habitación.
Era casi irreconocible.
La casa contaba con tres habitaciones que se habían hecho habitables después de la reforma. La que hubiera sido de su padre, la de su hermano, y la suya propia. Cuando reformaban la primera, Ash había sentido un curioso rechazo por cualquier pertenencia de su padre, mezclado con claro desconocimiento. Nunca había pasado mucho tiempo de ese cuarto, ni siquiera cuando era niño. Sus mayores recuerdos eran una puerta permanentemente cerrada, y la dulce voz de Griffin diciéndole que los niños buenos no entraban allí. Y si bien no habían conservado nada de lo que Jim hubiera visto por conveniente dejar allí, Eiji había tenido la idea de dejar todas esas pertenencias en una caja en el ático, por si algún día a Jim se le ocurría pedírselas.
Claramente ese día no había llegado, y tampoco lo haría.
El viejo cuarto de Griffin, en cambio, lo llenaba de nostalgia y una profunda pena. Recordaba que, de pequeño, y cada vez que algo lo asustaba, hacía su camino desde su propia habitación hacia la de su hermano quien, sin una sola pizca de enfado, lo recibía en sus brazos. Ash creía, sin equivocarse, que había pasado más de su vida allí que en su propio espacio. Cuando la hubieran estado limpiando, Ash no había podido evitar detenerse al tomar cada pequeño objeto que aún quedara allí, abandonado a su suerte.
Intentando aferrarse a recuerdos entrecortados, que poco a poco parecían perder nitidez, como el del papel fotográfico expuesto a la llama del tiempo.
A diferencia de las cosas de Jim, las de Griffin eran más escasas, y la gran mayoría había terminado en el estudio del departamento de Ash y Eiji.
Y la última...
La última era una historia completamente diferente, pues era la suya propia.
Ash la había dejado adrede para el final, como si retrasar lo inevitable pudiera hacer del golpe algo más soportable. Pero no lo había sido.
Pues Eiji se detenía a cada momento, cada que encontraba algo que le recordara mínimamente que Ash había sido un niño pequeño, como prendas de bebé, o algún juguete particularmente bien conservado. Y si bien Ash había amado ver la felicidad en el rostro de su esposo, mientras pedía saber más de él, no tardó mucho en mutar esa expresión por una de profunda pena.
"Esta fue el último regalo de Griffin, antes de partir a la guerra"
"Este me lo dio Jim, cuando comencé a jugar baseball"
"Y ese era un regalo del entrenador para todo el equipo..."
Las respuestas de Ash, resultaba, que nunca eran muy buenas si se trataba de su infancia.
Eiji había terminado por guardar la mayoría de sus pertenencias en un lugar especial, todas excepto esa última, que había sido utilizada para una agradable fogata, la noche antes de regresar a Nueva York.
Y aunque después de ese momento, Eiji sólo había tenido sonrisas para regalarle, Ash no había podido evitar sentir que le había robado un momento que podría haber sido precioso a su esposo, sólo por ser él.
Sus manos se afianzaron al cuerpo de Eiji, entonces, sólo por un momento. Deseando por un segundo poder regresar a ese momento, y mantener la boca cerrada. O, intentar mentir, con la mejor de sus caras. Aun sabiendo que aquello habría sido inútil, pues Eiji lo habría notado tan pronto esas palabras abandonaran sus labios, aun si no se lo dijera directamente.
Se mantuvo en esa posición por al menos una hora, simplemente sintiendo la calidez del cuerpo de su esposo, su respiración acompasada, y su aroma tranquilo. Había cerrado los ojos, intentando abandonarse al sueño y al cansancio, pero parecía que ese día, particularmente, no iba a tener suerte.
Alejó sus manos con delicadeza, pues no quería despertar a Eiji, y tras observarlo un poco más, sentado a su lado en la cama, se puso de pie.
Tomó el abrigo que había dejado en el perchero del primer piso, y se aventuró en la noche, hacia la colina donde alguna vez hubiera hecho prácticas de tiro.
Se sentó sin mucho cuidado, observando la inmensidad del cielo, al tiempo que sentía las múltiples corrientes de viento golpeando su rostro. La temperatura había bajado, muchísimo.
Recordó vagamente las palabras de Eiji, quien le había preguntado si aquello le gustaba, o era algo que odiaba sobre su lugar de nacimiento. Ash, realmente, nunca lo había pensado. Pero si era franco, nunca se había puesto a pensar detenidamente en ello.
Cerró los ojos un momento, y sintió el viento golpear su rostro, como un par de manos que le instaban a despertar del trance.
Inspiró con fuerza. Olía a hierva, a la frescura de un aire sin el constante smog que plagaba Nueva York y a-
También olía a Eiji.
Sus labios se curvaron un poco, y sin molestarse en girar el rostro, enfocó la mirada en la barda que estaba al frente.
—¿Te desperté?
Preguntó, aunque la respuesta era más que obvia.
Eiji, quien había llegado con un par de mantas, se sentó a su lado. Pudo verlo negar con suavidad desde el rabillo del ojo.
—No deberías estar aquí...—Le susurró, esta vez sí dedicándole una mirada, con tintes de preocupación—El frío podría ser malo para el bebé...
Eiji sólo elevó un poco la comisura de su sonrisa, colocando las mantas que había traído sobre ambos.
—No iba a estar tranquilo, dejándote aquí solo...
Ash frunció los labios, bajando la mirada.
—Lo siento...
Musitó, pero Eiji lo detuvo, antes de que pudiera continuar.
—No te disculpes—Le susurró, al tiempo que acomodaba su cuerpo entre sus brazos, siendo recibido por un abrazo delicado de parte de Ash—Sólo déjame estar a tu lado.
Ash apretó los labios, ignorando el repentino tremor que los invadió. Optando por presionar más a Eiji entre sus brazos, inundándose de su esencia.
Ash no estaba seguro de cuánto tiempo había pasado, hasta que encontró su propia voz para hablar.
—Sabes... Algunos me reconocieron, en el servicio.
Eiji, que aún estaba acurrucado en su pecho, se separó apenas un poco, para poder verle a los ojos.
Eran trémulos y calmados.
—¿Sí?
Ash asintió. En un lugar tan pequeño, dudaba que conocieran de él más allá de los cotilleos de su infancia, pero al parecer había dejado la suficiente huella, como que para que su imagen aún pudiera ser relacionada a su nombre, aún tantos años después.
—Cuando pasábamos a dar los respetos. Me preguntaron si no quería dar una eulogía.
Eiji parpadeó.
—¿Una qué?
El rostro de Ash se deformó en una pequeña sonrisa. A pesar de todo el tiempo que Eiji ya había pasado en estados unidos, aún había algunas palabras o conceptos que lo evadían. Ash lo encontraba encantador, y de hecho reconfortante. Especialmente si se trataba de esa palabra.
—Son palabras que se dicen en una misa, para honrar a un difunto.
—Oh—La boca de Eiji delineó un perfecto círculo, y acercó su cabeza a la de Ash, en un vago intento por unir sus frentes. Ash sonrió con tranquilidad, devolviéndole el movimiento, antes de continuar.
—Cuando me lo propusieron, estaba sorprendido. No porque me reconocieran, sino porque quisieran hablarme, o porque pensaran que esa era una buena idea...
Tragó en seco y Eiji buscó su mano entre la maraña de mantas que los cubría.
—No pude responderle... y creo que, por mi silencio, entendió que yo no era el mejor para hacerlo—Los dedos de Eiji recorrían los suyos, pero Ash no se sintió capaz de devolver el gesto, no en ese momento—Pero es algo que ha estado dando vueltas por mi mente.
Sus ojos viajaron a los de Eiji, toda la atención del omega estaba en él. Podría continuar.
—Sabes... Hay una novela, que Blanca me prestó hace tiempo, que hablaba sobre un padre y su hijo, conduciendo de camino a una pequeña ciudad—Ash recordaba haber visto ese pequeño tomo con incredulidad, algo ofendido por que Blanca hubiera pasado de recomendarle un libro de tapa gruesa, a algo que poco o más podía ser comparado con un cuento—Durante el viaje, el protagonista, habla sobre su propio padre quien ha muerto hace poco; dice que era un hombre nervioso, cruel, abusivo, pero bastante sentimental. Adjetivos que definitivamente no hacen a una buena persona, ¿no?, pero quizá sí a una buena historia... Y, aunque quisiera poder plasmarlos en papel, para sacarlos de su sistema, mientras más se acercan a su destino, se da cuenta que no puede...
—¿Ash...?
Preguntó Eiji, pero el mentado parecía no haberle escuchado.
—No hay mucho por lo cual uno pueda agradecerle, más allá de unas clases de pesca y tiro. Sin contar su rigidez de mente para sus relaciones personales, que debió arruinarlo en más de una manera. Pero... mientras más lo analiza...comienza a notar que hay una infinidad de cosas pequeñas que le recuerdan a su padre. Que lo tiene bajo la constante maldición de su presencia, incapaz de escapar...y aun así.... Cada que narra algo, se puede ver los rezagos de cariño. Uno que ni él mismo es capaz de entender... uno que no debería existir... Pero que mantiene perenne, porque es suyo.
—Cariño...
—Es así como debería ser, ¿verdad? Cuando una persona cercana fallece... intentar arrancar los buenos sentimientos de las experiencias, incluso las malas... De momentos importantes, de cosas que los hayan marcado... Y, no es que quisiera ser maleducado, pero realmente... cuando me preguntaron, creí que no había nada para decir...
Eiji presionó su mano entonces, con un poco más de fuerza.
—Sabes cómo era mi padre, ¿no? —Le dijo, sonriendo con tranquilidad que no sentía—Las pocas veces que lo viste...—Su sonrisa se anchó, con sentimientos conflictuados chocando uno contra el otro. Pues si Eiji era demasiado obvio con sus cariños, lo era más aún con sus disgustos—No era la clase de hombre que te dedicara una palabra cariñosa, ni mucho menos. Quizá una palmada en la cabeza, y ya.
Ash mascó las palabras un momento, intentando darles orden antes de que salieran de su boca.
—Lo mejor que hizo por mí y por Griff fue llevarnos a pescar—Lo recordaba, casi como si hubiera sido ayer—Creo que era un buen día, pues era el cumpleaños de la madre de Griffin, aún si ella ya no estaba allí para celebrarlo. Apareció en la casa, cosa más que extraña, con un balde de carnada, y nos dijo que nos alistáramos para salir—Griffin se había visto casi tan confundido como él en ese momento, pero en lugar de cuestionar el errático comportamiento de su padre, simplemente se había limitado a llevar a Ash a su habitación y ayudarlo a escoger un poco de ropa—Y se portó... bastante bien, ni siquiera se quejó cuando Griff se detuvo para colocarme más bloqueador en el rostro...
Una pequeña risa abandonó sus labios entonces, haciendo que Eiji le mirara confundido.
—"Esas cosas son labores de omega, Griffin". Era su frase favorita, cada que lo veía haciendo cosas como esas— después de todo, era lo que siempre decía cuando captaba a su hermano con cualquier pequeño comportamiento que se desviara sólo un poco del esperado para sus castas asignadas—Pero ese día no se quejó, incluso me tomó de las manos, y me ayudó a lanzar el anzuelo... hasta me felicitó, cuando logré atrapar un pez, y no me asusté al verle los dientes.
Pero uno no puede escribir un discurso de una sola experiencia...
Y las manos de Eiji apretaron las suyas nuevamente. En un gesto que él conocía demasiado bien, uno que le decía "puedes detenerte, si es lo que quiere". Sin embargo, Ash quería continuar.
—Sabes Eiji... Mi padre sólo me ha dicho tres cosas buenas en esta vida...La primera cuando supo que era un alfa.
Aquel día inhóspito, cuando su pintoresco grupo había llegado a buscar las cartas de Griff, al darle las llaves de la casa y evitar una posible pelea entre él y Max. Recordaba que Jim se había detenido a mirarlo, y tras un par de segundos, su aroma había hecho click en la mente del viejo Jim.
—Vaya, eres un alfa.
"Como tú" Había completado Ash.
—Ya te esperaba regresando aquí preñado, o de la mano de un hijo al que no puedes cuidar. Qué bueno que me equivoqué.
—Cuando supo lo de Dino...
La segunda, cuando le deseó suerte, borrando sus huellas y sin inmutarse de más por la muerte de Jennifer, a quien Ash había llorado hasta un par de días después, sintiéndose culpable por recordar que había visto, por un momento, el destello de orgullo en los ojos de Jim. Como si eso hubiera calado más que la preocupación que le regalaban los ojos de Jennifer.
Al mismo tiempo que se sentía basura, porque en medio del luto y la pena, su cerebro parecía más interesado en buscar un atisbo de aprobación.
—Y cuando supo que me había casado contigo...
Aún si la primera impresión que Jim se había llevado de Eiji no era la mejor, cuando los ojos de Jim se hubieran posado sobre sus anillos y su nariz reconoció el aroma particular de su esposo, incluso él pudo notar como la mirada de Jim se suavizaba, aún si era sólo por unos momentos.
Y, aún si su figura no se había movido del otro lado de la barra del restaurante, que por la cantidad de alcohol que lo rodeaba, Ash sopesaba que ahora fungía más como un bar que otra cosa, incluso sus movimientos habían cambiado.
Como si una gran tensión se hubiera liberado de sus hombros.
Aquella vez sólo quería las llaves, y preguntar por la tumba de Jennifer, a quien nunca había podido llevar flores.
Cuando estaban listos para irse, tuvo que despachar primero a sus acompañantes, especialmente a Eiji, quien Ash Juraría había escuchado gruñir, como una ocurrencia que sólo pasa una vez cada luna azul.
Y fue entonces cuando Jim lo llamó, pidiendo una charla a solas.
Ese destello de suavidad que Ash hubiera creído ya había desaparecido, y Ash se preguntó vagamente si no había sido sólo producto de su imaginación. En cambio, sus ojos le regalaban una mezcla que no conocía en Jim, aunque creía haber visto una parecida en otras personas.
En los ojos de sus tutores.
En los ojos de Blanca.
Y, en los de Dino, particularmente.
—Me alegro de que encontraras un omega, Ash.
Y aquello fue todo. Acompañado de un silente reconocimiento con la cabeza, que lo dejó sintiéndose no realmente feliz. No como cuando después de su boda, los hubieran comenzado a llamar esposos.
No como cuando Eiji se llamaba a sí mismo "su omega".
¿Era una felicitación? ¿Por haber conseguido algo que él, aparentemente, siempre quiso? Cuando dejó a la madre de su hermano, una beta, por una adolescente omega. Lo que siempre le habían enseñado a querer, lo que todo alfa en ese pequeño pueblo perdido en medio de norte américa se suponía debía querer...
¿A eso se le podía llamar orgullo?
Ash no sabía la respuesta.
Y dudaba que en algún momento quisiera saberla.
—Pero no puedo hacer un discurso de un recuerdo y tres frases...
Sus ojos comenzaron a arder, al mismo tiempo que el viento comenzó a correr más fuerte, recordándoles a las pobre almas perdidas en la noche que el exterior no era lugar para ellos, cortando su piel y penetrando hasta sus huesos.
Sabía que tenía que llevar a Eiji adentro.
Pero sus piernas se sentían tan pesadas...
Al igual que su cuerpo, que sólo pudo recostarse sobre el de su marido, como si necesitara un soporte, sólo para mantenerse a flote.
—No puedo... Eiji...
Claro que no podía. No podía hablar de alguien que no era más que una figura mal dibujada en sus recuerdos, que rápidamente cambiaba de fuertes manos que palmeaban su espalda, a la de un rostro que sólo aparecía de vez en cuando, o por quien siempre lloraba teniendo que ser consolado por su hermano mayor, hasta que finalmente entendiera que ninguna cantidad de lágrimas haría que ese hombre volviera casa. Para terminar, siendo la persona que le decía que, si iba a hacer actos tan degradantes como la prostitución, lo mejor que podía hacer era pedir dinero a cambio.
Así como no podía contarle historias de su infancia a Michael sin revivir las pesadillas, o recorrer sus pertenencias de niñez con Eiji sin decir alguna cosa descorazonadora.
No podía revivir la imagen de su padre muerto, sin encontrarse con que se trataba más de un extraño, que de su padre.
Porque los muertos no regresan.
Y la muerte es el fin de todas las oportunidades.
Y así, mientras las lágrimas que había estado reteniendo durante los últimos minutos, caían imparables por su rostro, y las fuertes manos de Eiji lo aferraban a sí, como un cable salvador; Ash notó que había perdido dos padres ese día:
El primero: el que todos conocían, que ahora descansaba varios metros bajo tierra, y nunca pudo ser un verdadero padre.
Y el segundo: La esperanza de que ese mismo hombre despertara un día, decidido y listo para poder finalmente serlo.
Eiji se mantuvo quieto en su lugar, acariciando la cabeza y espalda de Ash hasta que este se hubiera quedado completamente seco, con pequeños besos en sus mejillas, y palabras tranquilizadoras, que le aseguraban que no había nada de malo en lo que sentía, ni en las acciones que él había tomado. Todas estas eran respondidas por ahogados gimoteos, rompiendo el corazón de Eiji en cada oportunidad.
—Mi amor... regresemos, ¿sí?
Ash sólo le había dedicado una mirada perdida, asintiendo con suavidad. Eiji lo había ayudado a levantarse, y lo había llevado con cuidado hasta su recámara, intentando no hacer ruido para no despertar a nadie.
Se acurrucó junto a Ash en la cama, quien no tardó más de unos minutos en quedarse profundamente dormido. Eiji lo mantuvo entre sus brazos, besando su frente infinidad de veces, y prometiéndole en susurros que todo estaría bien.
Eiji no era realmente asiduo al padre de Ash, y tampoco tenía una buena impresión de él. Las pocas veces que hubieran compartido espacio, o palabras, siempre habían terminado desencadenando en una discusión.
Aun así, con las palabras duras y la actitud que Eiji simplemente no podía entender, o atribuir a un padre que se precie, sabía que Ash lo había querido.
De una manera que Eiji no podía terminar de dilucidar, pero si intentar entender a nivel de a qué profundidad calaba en la psique de Ash: Por cómo había llorado cuando le dispararon, por su nerviosismo constante cada vez que iban a Cape Cod, y cómo observaba el restaurante cada vez que estaban allí.
El mismo Eiji le había sugerido alguna vez volver a pasar por allí, durante uno de sus muchos viajes, sólo para ser recibido con un:
—Ya no podría llamarlo restaurante, es un bar. No tenemos nada que hacer allí.
Aunque las palabras de Ash habían sido parcas, Eiji no había podido evitar notar el ligero tinte de decepción que recorrió sus ojos, aún si sólo había sido por un segundo.
Y esa había sido la razón principal, que había desencadenado lo que Eiji hizo después.
Algo que nunca le había confesado a su esposo.
Que después de una larga tarde de trabajo, en la cual Ash dormitaba plácidamente en su habitación, Eiji se había escabullido sin hacer ruido, camino al viejo local de Jim
No es que necesitara algo de ese hombre, no para él, al menos. Y tampoco es que pudiera forzarlo a visitarlos, o a darle un par de palabras extras a Ash. Pero, aquella también había sido su casa, ¿no? Quizá con un par de palabras, pudiera hacer que algo de sentido llegara a ese viejo cascarrabias.
El ambiente que le había recibido, no era uno al que Eiji estuviera acostumbrado.
Los grandes jarros de cerveza abundaban, al igual que los cigarrillos.
—Bienvenido-
El saludo quedó cortado a la mitad, y entre la multitud, pudo vislumbrar la mirada de Jim sobre él. Aquel gesto pareció llamar la atención de un par de clientes, que se encontraban charlando en la barra, pero Eiji no se amilanó. En cambio, avanzó hasta donde su suegro llenaba el vaso de un chico que parecía haber tomado demasiado para una sola noche.
—Siéntate—Le dijo sin más, y Eiji agradeció por primera vez que alguien allí pareciera no tener esa necesidad patológica de ser extremadamente amable con los omegas, pues no sabría cómo responder a gestos de buena voluntad forzados, no en ese momento.
Ocupó un taburete, mientras sus manos descansaban sobre sus rodillas. Jim lo examinó un momento, antes de regresar a sus labores, y los labios de Eiji temblaron.
Se dispuso a hablar, cuando una mano sobre su hombro lo detuvo.
—¿Estás solo esta noche, cariño? —Era un alfa, que por su aroma parecía que también había pasado su límite de copas hacía un buen rato—Te invito algo, ven.
Eiji se sintió descolocado un momento, al tiempo que comenzaba a mover las manos en clara señal de nerviosismo, mientras agradecía su amabilidad, y repetía que ya estaba casado.
Antes de que un ahogado gruñido llegara desde la barra, proveniente de Jim.
—Richard—Musitó el hombre, hablando con una de las personas que estaba sentada en la barra. Un beta—Creo que tu hijo ya bebió suficiente por hoy.
Aquellas palabras parecieron un encantamiento, pues inmediatamente, el otro hombre ya estaba de pie y ayudaba al joven alfa a salir del lugar, mientras le repetía palabras que a oídos de Eiji, sonaban como un regaño.
—No te sorprendas, los alfas aquí ven un omega y enloquecen.
Dijo, mientras sus ojos viajaban entre el tarro vacío que limpiaba, y el rostro de Eiji.
Directo a su cuello.
Su mano viajó inmediatamente a su anillo, en un ritual que él mismo había desarrollado para mantenerse calmado, ya que la idea que había estado dando vueltas en su mente, parecía haberse hecho borrosa gracias a la interrupción.
Después de unos segundos, es que pareció volver a encontrar su voz nuevamente.
—Me gustaría que-
Pero Jim no le permitió continuar.
—¿De verdad están casados? —Cuestionó. Sus ojos fijos, sin vergüenza alguna, nada parecido a las miradas robadas que algunos de sus compañeros le regalaban cuando notaban el anillo en su dedo. Un par de dagas que parecían querer enterrarse en lo más profundo del alma de Eiji. Su mano subió a cubrir la falta de marca, casi por acto reflejo, y Eiji se maldijo por ceder tan fácilmente.
—Por supuesto que sí—Respondió, con tono firme, dejando que su mano cayera, y estirando el cuello ligeramente, casi como si fuera una postura desafiante.
Aquella no era la primera vez que alguien se lo preguntaba, pero sí era la primera vez que alguien era tan descarado al hacerlo, ya que la pregunta usual, era si Eiji estaba viudo, o en proceso de separarse.
Jim bufó burlonamente, claramente nada impresionado. Aún si después de unos minutos de silencio, les comunicó a sus comensales que cerraría temprano. Eiji pudo escuchar un variopinto coro de quejas, tarros siendo vaciados, seguido por el sonido de varios pasos aproximarse a la puerta, para perderse en la noche.
Un par de miradas se habían detenido en él, probablemente de los betas allí presentes, pues su figura se había mantenido inamovible en la butaca. Claro que, luego de un par de minutos de no moverse, ellos también habían terminado saliendo.
Jim se giró un momento, sirviendo algo en un vaso mucho más pequeño, antes de dejarlo frente a él en un movimiento nada grácil.
—Esto es lo que los omegas suelen tomar, ¿no?
Eiji no dijo nada, aceptando en silencio la cortesía, antes de hundir un poco del líquido sin miramientos.
Era ron con coca cola.
Jim analizó su accionar, y continuó.
—¿Es que acaso quieres quedarte en el país y no conseguías una visa?
Jim realmente no era un hombre que se anduviera con rodeos.
El vaso de Eiji impacto con fuerza contra la mesa, y hasta él se sorprendió de que no se hubiera roto allí mismo.
—¡Por supuesto que no!
Su expresión era de completa cólera, pero Jim seguía tan aparentemente poco interesado como siempre.
—Ja—Rio secamente, antes de servirse a sí mismo un copioso tarro de cerveza—Los omega creen que son merecedores de todo lo que se les antoja—dijo, dando un largo sorbo—que los alfa les deben cosas sólo por existir, o que sólo con querer algo, lo tendrán. Porque son omegas, y el mundo no gira sin ellos, vaya bazofia— el vaso de Jim golpeó la madera, y los ojos de Eiji se mantuvieron firmes en el hombre, como si la idea de moverse un centímetro, fuera un indicador de que le daba la razón en silencio—Muchos buenos alfa caen en los encantos y promesas vacías de gente como tú—Espetó—Pero Aslan... Aslan es un buen hombre, si quieres algo así, búscate a cualquier otro. O aprende a fingir mejor.
Eiji ya no quería escuchar más.
Se puso de pie, dejando el vaso aun medio lleno, su mirada vibrante con cólera sostenida, imitaba la de Jim, que no había cedido ni un centímetro.
Los instintos de Eiji instándolo a mostrar el cuello, en señal de sumisión, ante el claro alfa que intentaba imponerse a él peleaban una batalla campal con su propia conciencia, que gritaba que cómo se atrevía ese hombre a poner en duda su relación con Ash.
—Los conozco bien, a los de tu clase. Llegan, y te prometen todo, esperando que cambies tu vida por ellos. Y uno les cree, y cae. —Siseó, la mezcla de aroma a alcohol y feromonas de un alfa claramente enfadado le llegaba directamente al rostro. Eiji apretó sus puños, dispuesto a defender su postura.—Y cuando ya lo tienen, te dejan. Como si no valieras nada...
Y, Eiji creyó entonces, que no estaba hablando de él.
Jim elevó los labios, mostrándole los dientes por un momento. Una práctica tan arcaica, que Eiji sólo había aprendido de ella en clases de salud, como uno de los grandes "no" al momento de interactuar con cualquier persona.
Ya que antes, era usado para someter, de maneras muy violentas, a la gente como él.
Ya que cuando la voz de mando no funcionaba, lo siguiente mejor era usar los dientes.
—Y si eres como ella, aléjate de una vez—Coronó su discurso, recuperando un poco de su autocontrol, dando un paso detrás, y reduciendo la clara aura que lo rodeaba, que gritaba a todas luces "te voy a lastimar"—Aslan no merece tener dos omegas así en su vida.
Eiji lo observó, comenzando a girar, con clara intención de irse, y el aire que había estado guardando en sus pulmones se liberó.
—No—Respondió, con un tono mucho más alto de lo que se hubiera creído capaz en una situación así. La mirad de Jim regresó a su persona, casi como la de un animal salvaje al que acababan de retar a un duelo, pero Eiji no se detuvo—Lamento que tuviera que vivir algo así, pero no tiene derecho a explicaciones—espetó, maldiciéndose internamente porque lo primero que saliera de su boca fueran disculpas, o palabras de consuelo—Tampoco a hacer asunciones sobre mi vida de casado. Y mucho menos—puntuó, poniendo un pie al frente, intentando imitar la postura amenazante que ese hombre hubiera tomado con él solo hace unos segundos—De mi amor por Ash.
Y con esa última frase, se dio media vuelta, abandonando el lugar, dispuesto a no volver a mirar atrás.
O al menos eso había intentado, ya que sus piernas le habían fallado a medio camino, obligándolo a detenerse y ahogar un par de arcadas, producto del potente aroma que aún se concentraba en sus fosas nasales.
Presionó su palma contra sus labios, con el manto de la noche como único acompañante de su cruzada por mantener el contenido de su estómago dentro, prohibiéndose a sí mismo mostrar debilidad ante un hombre como ese.
Respiró un par de veces, hasta que su respiración hubiera regresado a la normalidad. Se mantuvo allí un momento, intentando analizar lo que acababa de pasar, antes de regresar con Ash, rezando que no se hubiera despertado.
Al parecer sus plegarias fueron escuchadas, pues cuando deslizó su cuerpo a la cama, Ash no se había movido un solo centímetro. En cambio, al sentir el calor ya conocido, pareció buscarlo entre sueños, enredando sus brazos en el cuerpo de Eiji.
Esa noche, había sentido sus ojos aguarse, aún si no se había permitido llorar. Intentando convencerse de que aquella era sólo una forma de preocuparse del padre de Ash, y que, ¿no era eso lo que había estado buscando? Mientras que, la susurrante voz de su conciencia, que sonaba como Ash, le respondía que no.
Estaba equivocado.
Y, esa misma voz, se repetía ahora. Mientras los rayos de sol se aventuraban por la ventana, y los dedos de Eiji acariciaban las lágrimas secas que recorrían las mejillas de Ash, deseoso de limpiarlas con algo tibio.
Que, si se atreviera a mencionarle a su esposo, que esa había sido la última vez que Jim se había preocupado por él, probablemente sólo aunaría a su tristeza.
Prefirió callar entonces, dejando que esa memoria, al igual que muchas otras, sólo ocuparan un lugar escondido en el estante de sus recuerdos.
Se estiró un poco, hasta alcanzar la mesa de noche, tomando su teléfono. Buscó el nombre de su hermana, y con destreza ya practicada, le escribió.
"Necesito hablar contigo y con nuestros padres. ¿Crees que podríamos fijar una fecha?"
Corto y conciso. Pero Eiji sabía que así era como prefería hacer las cosas su hermana, y él también, para cualquier cosa que incumbiera a sus progenitores.
Dejó el aparato a un lado, y se deleitó con el sonido de las aves en el exterior, así como también con el semblante de su esposo dormido.
La tranquilidad de Ash, era algo que definitivamente quería proteger.
Sonrió con cariño, dejando un beso en su frente, mientras susurraba.
—Eres muy amado, Aslan Callenreese... por las personas correctas.
Notas finales:
Este capítulo quedó mucho más largo de lo que creía, y no estoy muy segura de cómo sentirme al respecto. Según yo ya estaba llegando a un punto de la recta final, pero tuve que mover escenas para el próximo haha. Chispas, pensar que los bebés aún no pasan de los tres meses.
Si llegaron hasta aquí, muchas gracias por leer ;v; Espero no decepcionarles. Quería plasmar un poco de las diferencias culturales que puede tener alguien como Eiji, que viene de un país como Japón, con las de un viejo americano en un pueblito olvidado en las montañas, claramente las sensibilidades y expectativas son distintas. Jim bien podría ser el abuelito retrógrado que se escandaliza al ver a dos chicos tomados de la mano, en una versión omegaverse, claro lol.
Que, si bien olvidé mencionar en las notas del anterior capítulo, a las personas que se les llama homosexuales aquí, son a cualquier alfa u omega que mantenga relaciones con alguien de su misma casta, sin importar si son varones o mujeres.
Además... curioso, que una misma escena pueda ser tan distinta a ojos de Max y a ojos de Ash, hablando del encuentro con Jim.
No me explayo más, ¡Gracias por leer!
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro