Islas a la deriva
El insoportable peso de la soledad surca como salvajes corrientes, alejando a las personas. La ansiedad y el dolor que esta trae, aun cuando uno ya lo ha aceptado con la edad, hace que Blanca intente no rendirse con Yut Lung, aún si quizá, sus ojos también deberían estar puestos en Ash.
Eiji se quedó sentado en la cama, mientras el tiempo parecía detenerse a su alrededor.
Sus brazos se habían enredado en el cuerpo de Ash, y los de su esposo, le habían devuelto el gesto un par de segundos después.
El dolor que ahora azoraba su cuello era algo nuevo. Pequeñas y continuas punzadas que golpeaban sus sentidos cada cierto tiempo, como un silencioso recordatorio de lo que acababa de ocurrir.
Ash lo había mordido.
Dolía, ciertamente. Pero el dolor no podía ni siquiera equipararse al alivio que ahora le llenaba lentamente.
Las molestias que hubieran estado atormentándolo parecían haber decidido que suficiente era suficiente, el calor de su cuerpo disminuyendo con premura, y el dolor de cabeza que amenazaba con romperlo en dos, convirtiéndose en pequeños piquetes, que no podían llevarle la talla- ni siquiera a las leves cefaleas que a veces lo molestaban cuando tenía mucho trabajo.
Quedando cómo único recordatorio de su reciente ataque, la leve película de sudor que decoraba su frente.
Ash, sin embargo, se mantuvo en silencios; presionando su cuerpo contra el de Eiji en silencio, mientras sus brazos parecían negarse a disminuir la fuerza con la cual se asían a su figura. Eiji casi había perdido la noción del tiempo, cuando Ash finalmente se movió.
—Te traeré agua—Musitó con delicadeza, mientras se separaba casi con temor de su lado, antes de depositar un cándido beso en su frente.
Eiji intentó decir algo, sin embargo, encontró que sólo podía abrir los labios; ya que ningún sonido parecía dispuesto a emerger de ellos.
Asintió entonces, derrotado, mientras sus manos viajaban a su abultado vientre; acariciándolo con cariño. Griffin parecía profundamente dormido.
Sus ojos viajaron al reloj de la mesa de noche, donde el número cinco; seguido de dos ceros, brillaba con fosforescente luz verde.
Extraño, pensó. Su cachorro era madrugador.
Sin embargo, Eiji no tuvo mucho tiempo para intentar entender ese hecho, pues Ash no tardó en regresar, con la misma expresión parca con la que hubiera dejado la habitación.
Se acercó con parsimonia a su lado, mientras que con una mano; intentaba palpar si su piel seguía caliente, dejando que su mano descansara en la frente de Eiji.
—¿Estás bien? —Preguntó, al tiempo que llevaba el vaso de agua a sus labios—¿Cómo te sientes? ¿Puedes beber un poco?
—Ah...—Jadeó Eiji, mientras recibía el agua con la boca, sorbiendo con lentitud—Sí, estoy bien...
Musitó, al terminar.
Ash, por su parte, asintió un par de veces, mientras dejaba el vaso a un lado y se sentaba junto a él.
El silencio volvió a reinar entonces, rodeándolos como una fina capa de incomodidad.
Eiji sentía que lo asfixiaban, metafóricamente.
Intentó aclararse la garganta, pues, aunque pensara en algo para decir, su mente le devolvía un lienzo en blanco; incapaz de formular palabras adecuadas para lo que acababa de pasar.
Sus ojos viajaron al rostro de Ash, tímidamente.
Su esposo parecía la perfecta imagen de la calma y la compostura.
Y, aquello; era aterrador.
Después de todo, Eiji podía no saber qué era lo que estaba pensando; pero sí se hacía una muy buena idea.
Una larga retahíla de cavilaciones, que empezaban con un insulto, y terminaban con un castigo.
—Y tú...—intentó finalmente, cuando su preocupación por Ash hubiera superado su propio nerviosismo—¿Estás bien?
El mentado sólo giró su rostro ligeramente, enlazando sus ojos con los suyos, mientras le regalaba una sonrisa suave.
Es falsa.
No pudo evitar pensar Eiji.
—Lo estoy—aseguró, con tono parco.
Eiji cerró los ojos, al tiempo que unía sus frentes con delicadeza.
—No me mientas...—pidió, en su susurro quedo, haciendo que Ash cerrara los ojos, y suspirara—Por favor...
Los brazos del alfa lo rodearon entonces, haciendo que sus figuras se unieran en un abrazo.
—...Lo estaré—aseguró Ash entonces, con un tono que para Eiji sonaba mucho más añorante que seguro—Lo prometo.
El silencio que hubiera reinado en la habitación se alargó por un par de horas más. Y, durante la primera, Ash sintió que su mente parecía vagar entre una espesa bruma, que no le dejaba conectarse por entero con sus propios pensamientos.
Eiji intentó hacer que dijera algo, observándole con sus grandes ojos castaños, que parecían ocultar mil y un incógnitas, así como otro centenar de disculpas.
Sin embargo, Ash acalló todas y cada una de estas antes de que si quiera pudieran nacer, usando únicamente su propia sonrisa, tranquila como en pocas ocasiones.
Durante la segunda, su voz ya había regresado; queda y contrita.
—Perdón...—Dijo primero, mientras sus ojos viajaban nuevamente a la nueva marca que decoraba la usualmente blanca piel de Eiji, y sus dedos acariciaban la zona con extremada delicadeza—¿Duele?
Eiji relajó su semblante, mientras una pequeña y tímida sonrisa se pintaba en sus labios. Sus ojos cansados cerrándose, sólo un poco, antes de negar con vehemencia.
—No—aseguró con suavidad—Sólo un poco...
Una nueva disculpa pugnó por nacer de sus labios, sin embargo, le fue imposible.
En cambio, sus brazos acomodaron mejor el cuerpo de su esposo, dejando que Eiji se relajara en el calor que provenía de su cuerpo; aún si para ese momento, ya debería estar pensando en alistarse para trabajar.
Ash sintió su garganta cerrarse, su cerebro corriendo a mil revoluciones, ideando un sinfín de cosas que quisiera decirle a Eiji, a Griffin; a ambos.
Una excusa.
Una disculpa.
Una súplica.
Sin embargo, parecía que su cuerpo no estaba para nada dispuesto a cooperar con él, al menos no en ese momento.
Su respiración se hizo más pesada, mientras el aroma de Eiji parecía envolverle, instándole a regresar a ese espacio en su cuello que ya había visitado.
Estoy aquí.
Parecía decirle.
Listo para que me tomes.
Ash apretó los ojos, intentando regresar a la oscuridad de la bruma.
.
.
La mansión de Dino lucía exactamente igual que la última vez que la hubiera visitado. El mismo tapiz sin gracia, los mismos muebles sin gracia, y el mismo aroma hediondo que Ash ya se había acostumbrado a inhalar.
—Escuché que tuviste un problema con los policías.
Habló el otro alfa, mientras; desde su lugar, le miraba con una sonrisa socarrona. Sus brazos descansando en la pulcra madera, y su mentón chocando elegantemente contra la palma de su mano.
Ash frunció el ceño.
Ah.
Pensó.
¿De verdad me trajeron aquí sólo para esto?
—¿Acaso has tenido problemas para mantener a tus hombres a raya?— preguntó, mientras elevaba una ceja.
Ash rodó los ojos.
—Pareciera que la gente gusta de hacer escándalo por lo que sea—Ofreció en cambio, mientras desviaba la mirada de Dino, observando por una de sus amplias ventanas, mientras dejaba parte de su cuello a la vista.
Lo que, en una situación normal, podría ser leído como un acto de sumisión; ofrecido por Ash parecía más uno de burla.
Los hombres de Dino parecieron captar su intención, pues Ash pudo escuchar sendos gruñidos ahogados.
Sonrió, dándose por bien servido.
—Oh—Masculló Dino, con sorpresa mal fingida—¿Es así?
Ash devolvió el gesto, mientras se elevaba de hombros.
El disturbio había sido una pelea.
Cosa común, realmente; en el mundo de las pandillas; encontrarte con una pelea entre miembros –de un mimbro grupo, o entre bandas rivales- solía ser pan de cada día. Fuera un encuentro realmente serio –usualmente por territorios, o ajustes de cuentas. O, por algo mucho más mundano, como un gesto que alguien particularmente orgulloso hubiera podido tomar como falta de respeto.
Ese día había caído en la segunda categoría. Ash no conocía del todo bien a esos muchachos, pues eran nuevos miembros que habían llegado a formar parte de su pandilla extendida, y que de seguro sólo habían terminado enrolándose en su grupo; por la cantidad de fama que comenzaba a recibir.
A Ash no le había molestado, claro estaba. Usualmente no le tomaba más de unas semanas el poner en orden a cualquier melindroso que se uniera creyendo que podía llegar a desestabilizar la clara jerarquía que ya se había construido.
Doctrina del miedo, le llamaban los otros jefes.
Disciplina, le decía Ash.
Sin embargo, y a pesar de que él siempre había sido muy claro con la manera en la que le gustaba que se llevasen las cosas entre sus hombres; uno no puede controlar a la gente que tiene debajo.
Ni la clase de cosas que pueden hacer que un hombre, decida, que es un buen día para intentar matar a otro.
Aunque Ash también creía que aquello había sido una tontería. Demasiado alcohol, quizá. Y un ambiente demasiado pequeño, también. Donde tanto el humo de cigarrillo y olor de alfas mezclado con cerveza hubiera hecho que el aire se sintiera particularmente pesado.
Había habido un omega.
Ash le conocía, al menos de vista. Ya era la tercera vez que aparecía en uno de sus lugares habituales de descanso, sólo para insinuarle de manera nada sutil, que sería una buena idea invitarle una bebida. Ash reconocía esa clase de tácticas de seducción, tan directas y atrevidas.
Omegas de nivel alto.
Él no le había hecho ningún caso, despreciando a la clase de personas que le buscaban con esas intenciones. Empero, el muchacho no se había rendido, optando en cambio por la segunda táctica que le conocía a los omegas.
Escalar posiciones.
Coquetear con miembros de su pandilla, con la esperanza de así; hacerse más cercano al jefe.
No era el primero que lo intentaba, y no iba a ser el primero en fallar tampoco.
Empero, quizá el muchacho había tentado demasiado su suerte, pues a diferencia de Ash, quien siempre se manejaba con un aire distante y desinteresado; no todos sus compañeros eran así.
Mucho menos si había un omega intentando llamar su atención.
Ash no había escuchado toda la pelea, notándola cuando las voces se hubieran elevado más alto que la música, y el muchacho hubiera dado un grito de pánico.
Entendible, también.
Pues no todos los días veías a un alfa mordiendo a otro alfa.
No había sido una herida fatal, y aún si muchos otros –amigos de los involucrados, Ash pensaba- habían intentado interferir, el asunto había sido rápidamente disipado por el sonido de patrullas llegar a lo lejos.
Alguien había llamado a la policía. Y, esos dos habían terminado siendo escoltados a la comisaría, dejando de tras sendos charcos de sangre seca.
Ash suspiró.
—Los perros serán siempre perros, Dino; aun los que intentan fingir que no lo son—Explicó, mientras reía—Creí que tú ya lo sabías.
El mentado le regaló una sonrisa.
—Supongo que por algo es gente de la calle—Pareció razonar, mientras finalmente dejaba su lugar en el impoluto escritorio, avanzando a paso lento hacia la dirección de Ash—¿Y qué me dices de ti, Ash? —Preguntó entonces, cuando finalmente hubiera llegado hasta su lugar, mientras le observaba desde su posición privilegiada; varios centímetros por encima de su rostro—¿Eres el rey de esos perros, acaso?
Ash apretó una sonrisa a medias, y Dino estiró su mano, mientras su rostro y torso descendían a la par.
—Eres muy popular, Ash—Dijo, mientras respiraba abiertamente, intentando captar la esencia que Ash nunca dejaba al descubierto—Aun no entiendo por qué no aceptas a esos omegas que se lanzan hacia ti—Preguntó, con un tono que no hacía gran trabajo al momento de esconder la burla que se deslizaba entre las sílabas, al tiempo que una de sus manos viajaba al mentón de Ash, elevándolo sólo lo suficiente como para que sus rostros estuvieran uno frente al otro—O es que quizá...—Su mano hizo presión—Realmente te he entrenado bien, para que comiences a disfrutar de otra clase de placeres.
El aroma de Dino llenó el ambiente entonces, haciendo que el cuarto entero se sintiera pesado, despidiendo hormonas alfa como si de un aromatizante barato se tratase.
Ash apartó la mano de Dino sin cuidado, logrando que un seco sonido invadiera el ambiente; al tiempo que una sonrisa se plasmaba en su rostro.
—Me confundes, Dino—Espetó, mientras se ponía de pie, sin abandonar un solo momento la pose desafiante que sólo se veía atenuada por la sonrisa despreocupada que decoraba sus labios—No creas que todos los que compartimos casta, somos de la misma calaña.
Se apresuró a asegurar, antes de comenzar a andar con paso lento hacia la salida, sólo por el placer de llevarle la contraria a Dino.
Aún si sabía que mentía.
Pues, Ash estaba seguro de que lo era. Definitivamente, todos lo eran.
—Humm—Masculló Dino, mientras le observaba desde su lugar—¿Es así? —preguntó—Entonces, quizá sí debería sentirme orgulloso—Razonó—De haber criado a un muchacho tan delicado y con tan buenos modales.
Soltó, con el mismo tono que utilizaba cuando le hubiera obligado a compartir lecho con él. Ese dulzón que siempre le causaba nauseas, por la condescendencia que parecía repartir.
Ese que siempre usaba cuando intentaba burlarse de Ash.
Ash, por su parte; sólo había podido reír, deteniendo su andar en la puerta; antes de girarse y mirarle con la expresión más jocosa que se sabía. Haciendo que su pulgar e índice derecho formaran la silueta de un arma, apuntándose a sí mismo en la cabeza; y haciendo el además de disparar.
—Claro que sí, viejo.
Terminó, casi escupiéndole; antes de salir hacia la calle, donde su motocicleta le esperaba.
Ignoró las miradas de los guardias, y las insinuaciones del cerdo de Marvin, encendiendo su motor tan pronto hubiera sentido el cuero de las manillas, y conduciendo sin mirar atrás.
Deteniéndose en un callejón, oculto entre las calles de Nueva York, y doblándose sobre sí mismo, mientras utilizaba un bote de basura para devolver todo lo que hubiera tenido en su estómago, mientras daba sendas bocanadas de aire, intentando hacer que la sensación de asco escapara de su cuerpo.
El olor de Dino, sin embargo, parecía ser peor que una plaga, incapaz de abandonar por entero su nariz.
Esa clase de situaciones eran las que le recordaban que Dino era un alfa de nivel alto, y que le encantaba pavonearse de ese hecho.
Cuando se ponía particularmente dominante.
Cuando intentaba llenar cualquier ambiente donde estuviera presente con su aroma.
Cuando volvía de verlo y los chicos de la pandilla tenían que fingir que no les causaba rechazo el aroma de ese cerdo alrededor de su jefe.
Ash apretó los dientes, mientras terminaba de vaciar su estómago, y limpiaba su boca de los residuos de bilis y saliva que parecía haber comenzado a producir en cantidades industriales.
Ash también era familiar a esa reacción.
Era su cuerpo, pidiéndole pelea. Pelea contra el otro alfa que osaba acercarse a su espacio personal. Su instinto más primitivo listo para defenderse, ya fuera de Dino, o de cualquier otro.
Ash cubrió su boca, mientras jadeaba lentamente.
Sintió sus propios caninos, mucho más filosos de lo que pudiera recordar.
Chasqueó la lengua, recordando el incidente que lo había llevado allí en primer lugar.
Los ojos de esos muchachos, y el aroma con el que habían apestado el ambiente.
Uno que de seguro él mismo podría estar liberando ahora mismo, si no supiera como controlarlo.
Uno que con facilidad podía ahuyentar a la gente, pues indicaba que uno no tenía reparos en matar.
Como una inmunda bestia, que te mira con los ojos de un depredador.
Con la misma expresión que el cristal roto le había devuelto, luego de que le hubiera disparado a su entrenador.
—No soy como ustedes...
Jadeó, mientras se limpiaba la boca con fuerza.
Su mente viajó entonces a la expresión de Dino, y de los otros hombres que hubiera conocido, mientras maldecía el sabor de su propia saliva, recordando los besos que le hubieran robado una infinidad de veces, y el hedor cargado de lujuria que parecían traer en este. Mostrando con claridad sus deseos de marcar a alguien.
—Y tampoco soy como tú...
.
.
Cuando Ash abrió los ojos, sentía que todo su cuerpo temblaba, como sólo lo hubiera hecho después de una fiebre alta; usualmente causada por un disparo.
Se sentó de golpe, mientras intentaba enfocar sus manos, y lo que le saludó fue el fino movimiento de sus dedos, que parecía ser incapaz de detenerse.
Su boca se sentía húmeda, por toda la saliva que hubiera estado produciendo.
Se giró de manera instintiva, hacia la fuente de los estímulos.
Era Eiji.
Era su amora.
Los ojos de Ash viajaron a su cuello, descubierto y desprotegido.
Completamente a su merced.
El temblor en su cuerpo se hizo más fuerte, y su mente sólo pudo pensar en una cosa.
Invitante.
Su respiración se volvió errática, mientras su cuerpo se movió sin su permiso; acercándose a Eiji.
Su nariz rozó la piel de su cuello, y un suspiro profundo abandonó sus labios.
Su boca se abrió un poco, y sus dientes pudieron sentir la calidez de su piel; sólo por un segundo.
Pues, así como su conciencia pareció haberle abandonado por un momento, regresó con la misma rapidez; haciendo que Ash se abalanzara hacia atrás, saliendo de la cama, con dirección al baño.
Abrió la llave de agua, dejando que esta cayera con toda la presión que tenía, mientras colocaba la cabeza directamente bajo el chorro, peleando por provocarse a sí mismo arcadas.
Ash se mantuvo en la misma posición durante largos minutos, mientras sentía que sus sentidos volvían a ser suyos, y que su pulso bajaba. Su respiración regresando a la cadencia usual, mientras lo helado del agua hacía que su rostro se sintiera casi anestesiado.
Cerró la llave entonces, mientras elevaba el rostro y enfocaba su imagen en el espejo, intentando reconocerse en esta.
Fallando mirserablemente.
—Sí...
Musitó entonces, mientras los recuerdos de su sueño parecían asentarse por completo en su mente. Al tiempo que un par de lágrimas rebeldes caían por sus mejillas.
—Sí lo soy...
Blanca suspiró, mientras se acomodaba en su habitación de hotel. El sol se había puesto hacía unas horas, y ahora la única iluminación que le acompañaba, era la de una pequeña lámpara en la mesa de noche.
Su mano viajó hacia el puente de su nariz, donde aplicó un poco de presión, mientras masajeaba la piel; intentando alejar la tensión.
La juventud era realmente complicada.
Lo decían los libros, y también lo decía la experiencia. Los peores años de la gente; junto a la adolescencia; definitivamente tenían que ser los veintes. Era, después de todo, cuando uno más perdido se sentía, creyendo que para ese punto de sus vidas- ya deberían tener todas las respuestas, temiendo al inminente futuro, y a una realidad que se les hacía desconocida, cuando generaciones pasabas les hubieran demostrado; que así no debía ser.
—¿En qué piensas? —Preguntó entonces su acompañante, mientras giraba la cabeza ligeramente, enfocando su mirada en la de Blanca.
Era una mujer, parte del personal del hotel, que había estado encargada de mantener limpia su habitación durante las últimas semanas; y a quien Blanca había comenzado a cortejar, de maneras sutiles y no tan sutiles, desde hacía unos días.
Su rostro trémulo demostraba nerviosismo, así como la manera en la que sus labios temblaban al hacer la pregunta.
Entendible, pensó.
Después de todo, él había estado intentando que aceptara su invitación a pasar la noche a su lado desde hacía dos días; y la joven finalmente parecía haberse aventurado a dar ese paso.
Era una muchachita, que a primera vista no debía superar los veinte cuatro años; y que si su nariz no le fallaba; debía transitar en el espectro de una beta de nivel bajo. Sin embargo, utilizaba perfume; de esos caros que se habían puesto de moda en la última década, que lograban imitar con mucha facilidad al aroma que tendría un omega, de niveles bajos.
Coquetería, pensaba Blanca.
Aunque en esa muchacha en particular, parecía tener otra clase de raíz; pues su rostro se habría arrebolado, y habría terminado aceptando su invitación tan pronto él hubiera mencionado que prefería su aroma natural, antes que ese artificial que solía ponerse encima.
Como en ese momento. Donde había acudido a su reunión sin el perfume.
Blanca se acercó un poco más a ella, haciendo que su rostro se coloreara como un fruto maduro. Una de sus manos jugueteó con sus cabellos, y Blanca aspiró con profundidad, mientras dejaba que el aroma de la muchacha le llenara por entero.
Sin embargo, aún si Blanca podría calificarlo como encantador- no era lo suficientemente fuerte.
No como para borrar el de Yut Lung, que aún seguía grabado en sus sentidos.
.
.
—¿De verdad piensas eso?
Le había preguntado él, ante la repentina conclusión con la que Yut Lung le hubiera asaltado; dejando de lado los miramientos y las consideraciones que hubiera podido tener antes, y sintiendo que –de nueva cuenta- se encontraba frente al muchacho de dieciséis años, que, con su pasado como única arma, le pedía que fuera su guardaespaldas.
Blanca se arrodilló frente al omega, dejando el espacio suficiente como para que su abultado vientre no chocara contra él, mientras su mirada se enfocaba en la de su contra parte, desde un ángulo inferior.
Yut Lung le devolvió la mirada, sus ojos brillando con candidez, luciendo vulnerables.
No se parecía nada al muchacho que conoció hacía tantos años atrás, pensó entonces Blanca; pues el antiguo Yut Lung parecía siempre querer ocultar cualquier atisbo de fragilidad tan pronto como osara aparecer en su facie.
Empero, tampoco se parecía en nada al omega que llegó; como salido de la nada, a intentar seducirlo.
Lucía, en cambio, como la imagen que Blanca había construido de él; el día que le había confiado la historia de su madre.
Lucía casi como un niño.
—Sólo estoy diciendo la verdad...
Musitó el omega. Blanca negó con la cabeza.
—No me refiero a ser Ash, o a ser Eiji...—Explicó, mientras u mano viajaba a la de Yut Lung; presionando con suavidad. Su toque no fue rechazado, y Blanca se permitió sonreír por eso. Aún si al segundo siguiente, y teniendo el voluminoso vientre del muchacho tan cerca de él, no pudo evitar cuestionarse si no era un tipo especial de desgraciado, al no poder sentir nada por los niños que allí crecían, siendo que- existía la mínima posibilidad de que fueran suyos; más allá de sólo un poco de lástima, al pensar en el tipo de destino que podría acaecer sobre ellos, al nacer en un mundo como el de su madre. Al nacer bajo la misma estrella que Yut Lung Lee—Sino a que, si de verdad crees que necesitas ser uno de ellos dos; para merecer ser feliz.
Yut Lung acarició su mano.
—Es lo que la vida me ha enseñado...
Blanca sintió su corazón encogerse.
Tomó el dorso de la mano de Yut Lung, y lo llevó a sus labios; imitando el mismo sello que hubiera colocado sobre su primer contrato.
—Tal vez necesitas nuevas experiencias...
Los ojos de Blanca buscaron los de Yut Lung, empero; este sólo pudo dedicarle una sonrisa maltrecha.
—Tal vez sólo necesito dejar de tratar—musitó, mientras su mano descansaba sobre su vientre—Y concentrarme en algo más.
Blanca no pudo evitar apretar los labios, mientras se ponía de pie con delicadeza; dejando que sus ojos intentaran observar en lo profundo del alma del omega.
—No te rindas tan fácilmente, Yut Lung—pidió, con un tono parco—No cuando ni siquiera has luchado por ello.
La risa del mentado llenó la habitación entonces, álgida y reverberante.
Sus ojos le devolvieron una mirada llena de algo que Blanca conocía bastante bien.
Ira mal camuflada.
—Creo que ya he luchado suficiente...—Empezó—Estoy vivo, ¿no es así? —Razonó—¿Acaso no es muestra de que lo he hecho? —Preguntó—De que he luchado. ¡Y no sólo eso! Sino de que he vencido.
Blanca suspiró quedamente, mientras negaba.
—Sabes que no me refiero a eso...
Yut Lung bufó
—¿Entonces?
Blanca lo pensó por un momento, antes de estirar su mano y colocarla sobre el pecho de Yut Lung, sintiéndolo temblar levemente bajo su toque.
—Me refiero a contra lo que vive aquí...—Dijo—Y lo que te hace creer que no eres digno de ser amado.
Yut Lung se hizo para atrás entonces, adentrándose más en su asiento, mientras reía con sorna.
—He perdido la cuenta de cuanta gente me "ha amado".
Espetó, mientras rodaba los ojos.
—Acostarse con alguien no es sinónimo de amar. Y tú lo sabes.
Volvió a intentar, mientras ahogaba otro suspiro, intentando que Yut Lung no rehuyera más del tema.
Empero, el omega le regaló una sonrisa socarrona, mientras se acomodaba en su silla.
—¿Lo dices por experiencia?
Blanca no picó el anzuelo. Sonriendo levemente.
—Sí.
Yut Lung jadeó, mientras se acomodaba como podía.
—No me gustan las palabras vacías, Blanca...—Empezó, mientras su tono bajaba una octava—Son dignas de libros de autoayuda, pero caen en saco roto; si uno sólo las fice para intentar que alguien se sienta mejor—Dijo, mientras fruncía la nariz—Son incluso peor que las mentiras.
Blanca amplió más su sonrisa.
—¿Por qué crees que estoy mintiendo?
El semblante de Yut Lung se mantuvo calmo, mientras le observaba profundamente.
—¿Acaso no lo haces? —cuestionó, con falsa inocencia.
Blanca volvió a negar. Yut Lung pareció sopesar sus siguientes palabras, para finalmente decir:
—Entonces dime porqué...—Blanca le alentó, con un movimiento de mano—¿Por qué a pesar de los consejos que intentas darme... tú no pareces seguirlos?
Blanca se detuvo entonces, con expresión patidifusa; mientras parpadeaba un par de veces.
Yut Lung continuó.
—Ella murió hace muchos años, Blanca...—musitó—Demasiados.
Él sólo pudo sentir como su rictus se tensaba.
—¿Y eso?
Preguntó, haciéndose el desentendido.
Yut Lung ahogó un suspiro.
—Hablas de que debería luchar por amor. De que—sus manos se movieron, señalándose a sí mismo; y después a ambos—esto físico no lo es—Y Blanca sabía que ambos estaban muy conscientes de ellos—Me instas a buscarlo. Pero tú...—puntuó—Tú no pareces interesado en buscar amor, de ninguna clase. Todo lo contrario...—Razonó, mientras una nueva sonrisa decoraba su rostro—¿Por qué?
Blanca no tuvo que pensarlo mucho.
—Yo ya estoy lleno de amor, Yut Lung—Se apresuró a aclarar—El que mi esposa me dejó. Es mi tesoro.
El mentado sólo pudo ampliar su sonrisa.
—¿Y acostándote con todo lo que tenga piernas es tu manera de honrarlo?—Preguntó, enmarcando aún más su sonrisa—¿O escondiendo tu pasado? Es más, ¿quiénes saben de ella, además de ti y de mí?, ya que no podemos contar al putrefacto cadáver de Dino.
Blanca apretó los dientes, su expresión tornándose más seria.
Aquello pareció ser suficiente como para que Yut Lung considerase que había ganado.
—Que gran manera de honrar el amor-
—Basta—Interrumpió entonces él, poniéndose por completo de pie, y dejando que su altura fungiera como una torre frente al omega—Hay temas que ni siquiera a usted le permitiría tocar. Por mucho afecto que pueda tenerle.
Espetó, dejando que la dureza descansara en sus palabras, acentuándose en cada sílaba. Yut Lung pareció lucir maravillado, mientras se ponía de pie. Blanca no se amilanó, manteniendo su lugar de dominancia.
Los ojos del omega se posaron en los propios, mientras su expresión parecía danzar aún más hacia el deleite.
—Ah... allí está—Dijo entonces, mientras una de sus manos intentaba tocar su mentón, siendo rápidamente apartada por la palma de Blanca—Esa es la mirada. La mirada de Ash.
Dictó, haciendo que Blanca frunciera el ceño.
—Tú le enseñaste todo lo que sabe, ¿no es así?—Preguntó, aún si ya sabía la respuesta—Aunque creo que terminó aprendiendo un poco más de lo que esperabas...
Dijo, poniéndose de pie.
Blanca dio un paso hacia atrás, dándole el suficiente espacio como para que pudiera maniobrar.
Yut Lung rio con gracia ante la acción, mientras se cruzaba de brazos.
—Puede que lo odie, y que nunca entienda las idioteces que hace—Explicó, y Blanca supo que se refería a Ash—Y puede que me odie a mí mismo, y me arrepienta de la mitad de las cosas que hago—Continuó—Pero hay algo en lo que ambos si nos parecemos—Espetó, hablando particularmente lento, como si quisiera incrementar el impacto de cada una de sus palabras—Y es en que ambos somos mejores que tú... porque puede que ninguno de nosotros vaya por la vida predicando la estupidez de que todos merecemos, amor, pero al menos no somos sólo palabras; Blanca.
Puntuó, dando un paso hacia adelante, logrando que los ojos de Blanca se abrieran de par en par.
—Porque, al menos yo—Cuasi gruñó Yut Lung— si hago las cosas.
.
.
Blanca enredó un poco más uno de los mechones de la muchacha, mientras las últimas palabras de Yut Lung resonaban en su cabeza.
Los ojos de su acompañante le miraron con duda, mientras Blanca intentaba regalarle una sonrisa conciliadora.
Cierto.
En qué piensas, le había preguntado.
—En nada...
Respondió, suavemente. Sin embargo, y luego de un segundo; se apartó con lentitud.
—Lo lamento—Dijo, mientras coronaba la disculpa con una protocolar sonrisa—Creo que voy a tener que pedirle que se vaya.
La voz de Sting se escuchó, alto y claro a través de los parlantes que decoraban las paredes del local; en un crescendo al que Sing ya estaba acostumbrado; desde que hubiera decidido ampliar su repertorio musical.
Su rostro dibujó una mueca de disgusto, mientras fruncía el ceño, observando su vaso de licor medio lleno.
Al menos un tercio del primer sueldo que le hubieran entregado se había ido sólo en un poco de alcohol; de esos cuyos nombres parecían impronunciables a veces, y de los que en su momento sólo podía ver en comerciales particularmente producidos; llenos de hombres y mujeres que lucían altivos y poderosos, mientras estaban rodeados de tímidos y coquetos omega, que funcionaban más como atractivo visual, que otra cosa.
Cultura de consumo, suponía Sing.
Pues el sabor era asqueroso.
—Esta era la marca que siempre decías que querías probar, Shorter—Murmuró a la nada, mientras jugaba con su vaso, e intentaba enfocar su mirada en algún punto perdido en el largo estante de botellas de licor.
Sing pudo notar los ojos del bartender puestos sobre su persona, mientras discretamente se alejaba del lugar a seguir atendiendo. E, incluso, podría haber jurado escuchar el débil murmullo de "alfas..." antes de que emprendiera su muy sutil huida.
Frunció la nariz.
—Sabe terrible—Continuó entonces, con su conversación con el vacío—Es demasiado fuerte. Así que no te preocupes, no te perdiste de mucho...
Terminó de articular, antes de dejar que su cabeza cayera sobre la barra, siendo amortiguada únicamente por su brazo libre.
Se mantuvo así un par de segundos más, mientras intentaba recobrar un poco de fuerza y tino para actuar.
Finalmente, se levantó con lentitud, llevando el vaso a sus labios, y ahogando todo su contenido de un solo sorbo.
Gruñó con molestia al terminar, mientras el ardor de la bebida hacía su camino hasta su estómago.
Apretó los ojos y se aclaró la garganta.
—Disculpa—llamó entonces, dirigiéndose hacia el bartender; quien dio un pequeño salto en su lugar, sobresaltado—Quiero comprar la botella completa de esta cosa—Completó, mientras señalaba su ahora vaso vacío.
El hombre frente a él intentó guardar la compostura, mientras coloca su mejor cara de beta amable, y le explicaba con tortuosa lentitud que no tenían permitido vender las botellas completas.
Sing frunció el ceño, mientras sacaba su billetera.
Un par de negociaciones después, y la promesa de dinero en efectivo, lograron hacer que Sing pudiera abandonar ese lugar con su botín envuelto en una bolsa de papel.
Suficientemente bueno, pensó.
Al llegar al exterior el frio golpeó su rostro, haciendo que tuviera que arreglarse el abrigo. Si su reloj interno no le fallaba, ya debía de pasar de la media noche.
Había decidido dejar su motocicleta en casa, teniendo –al menos- aún el tino de saber que no sería una buena idea intentar conducir, tanto por su estado de ánimo, así por como a los lugares a donde quería ir.
En cambio, tomó su teléfono; ordenando un taxi que pudiera recogerlo, ya que no tenía la energía para pelear por un vehículo con algún otro transeúnte.
El vehículo tardó al menos unos diez minutos en llegar, tiempo en el cual Sing sólo se mantuvo solemne, parado como estaba frente a la puerta del local; ganándose un par de miradas curiosas –y otras tantas asustadas- del resto de posibles clientes.
La señal de que su transporte había llegado fue un bocinazo, que atravesó la noche sin problema alguno. El hombre, desde el asiento del conductor, movió la mano. Sing devolvió el gesto con un asentimiento de cabeza; y luego de corroborar sus datos, confirmó la dirección hacia donde quería dirigirse.
Justo en el límite del puente de Brooklyn.
El viaje fue silencioso, siendo acompañados únicamente por las letras melancólicas de alguna cantante indie del momento; que Sing ya había escuchado- pero de quien cuyo nombre no se había molestado en aprender.
El conductor volteó su rostro un par de veces, intentando captar la mirada de Sing.
El alfa pudo notarlo, desde el rabillo de su ojo, como si quisiera buscar algo.
Sin embargo, cuando hubieran llegado a su destino; pareció ser sólo una búsqueda infructuosa.
O, al menos, hasta que llegó la hora de pagar.
Sing entregó un par de billetes, asegurando que podía quedarse con el cambio; sin embargo- el rostro del muchacho no pareció lucir feliz. En cambio, si la nariz de Sing no le mentía; ese era el aroma de un beta preocupado.
—¿Está seguro que aquí es la dirección, señor?
Preguntó entonces el muchacho, como último fútil intento.
Sing sonrió con franqueza.
—Sí, seguro.
El taxista pareció dudar, mientras sus manos se presionaban con fuerza al cuerpo del timón. Sin embargo, y luego de unos minutos de silencio y aparente deliberación interna; se dio por vencido, mientras suspiraba.
—Tenga un camino seguro a casa.
Soltó finalmente, antes de arrancar.
Sing unió el dedo índice y medio de su mano derecha, pegándolos a su frente, para luego hacerlos a un lado; como símbolo de despedida, mientras se preguntaba qué clase de suerte le había tocado tener; como para que pareciera tocarle el único taxista con empatía y tiempo suficiente como para quedarse y preguntar por el bienestar de uno de los miles de clientes que, de seguro tendría esa semana.
Llevó su mano libre a sus labios, soltando un poco de vaho para intentar calentarse, y después- emprendió camino hacia el borde del puente.
Se aseguró de ser cuidadoso mientras andaba, pisando donde debía y evitando los posibles resbalos que el material pudiera causarle. No quería caer desde esa altura. No por nada, esa zona tenía una tasa tan alta de suicidios.
Sin embargo, Sing era un experto ya surcando ese camino. Terminando sentado en el borde, como si fuera lo más natural del mundo.
Se acomodó mejor, mientras sus ojos enfocaban lo oscuro del agua debajo de él, y sus manos se deshacían de la bolsa que cubría la botella.
—A nosotros siempre nos gustó este lugar, ¿no? —preguntó al aire luego de unos minutos—Hacía que todo lo demás se viera tan minúsculo...
Las penas.
Los problemas.
A Sing siempre le había gustado observar el mundo desde el borde de un puente así de grande.
Recordaba que Lao había tenido una larga temporada donde siempre intentaba ponerse firme, afirmando que Sing no podía ir allí. Empero, Shorter era el maestro del convencimiento; y siempre terminaba ganándose el favor de su hermano; aún si Lao terminaba murmurando un par de barbaridades en todas las ocasiones.
Tampoco es como si pudieran ir muy seguido. Después de todo, el costo del transporte no era para nada barato. Sin embargo, desde que Shorter hubiera conseguido una bicicleta de las grandes; de alguna manera siempre encontraba la manera de acomodarlos a los tres. A Sing, por insistencia; y a Lao, porque Sing no tendría permiso de ir si él no estaba allí para cuidarle.
Posteriormente, cuando Shorter y Lao hubieran cimentado sus lugares en la pandilla; y las motocicletas hubieran entrado a su vida, el llegar allí ya habría sido una tarea mucho más sencilla.
—A ti—Continuó entonces Sing, mientras hablaba con el vacío, pero imaginaba la silueta de su hermano—Siempre te parecía que era muy peligroso, no creas que no notaba la manera en la que querías sostenerme cada vez que intentaba subirme aquí.
Dijo, mientras su mano libre golpeaba el dintel donde ahora descansaba, con una seguridad que de seguro no tenía cuando era más pequeño.
—Y tú—Continuó, mientras se giraba al otro lado; donde usualmente se sentaba Shorter, con un movimiento un poco más fuerte de lo esperado; pues tuvo que recobrar el equilibrio, mientras ahogaba una risa que no era del todo voluntaria—Decías que, si me caía, sólo tenías que lanzarte- y que nadarías conmigo hasta la orilla...—musitó—Así que no había motivo por el cual estar asustado...
Sus palabras murieron en su garganta entonces.
El calor que el alcohol hubiera producido en su sistema escapando de repente, y siendo remplazado únicamente por las tormentosas corrientes, que golpeaban su rostro sin parar.
—La orilla...
Musitó, mientras sus ojos se perdían en el horizonte, intentando encontrar ese pequeño pedazo de tierra que significaba salvación. Sin embargo, lo único que lo saludó fue lo oscuro del mar, perdido en la noche.
—Me pregunto si habría alguien que intentaría saltar por mí si cayera ahora...
La última sílaba apenas había abandonado sus labios, cuando una nueva corriente le golpeó. Y, quizá era el alcohol, o el ambiente; pero Sing la sintió como una bofetada.
No pudo evitar reír en respuesta.
—No, no...—se apresuró a aclarar, aún si no había nadie allí que le escuchara—No estoy pensando en cosas raras...—aseguró, mientras miraba al cielo—¿Era su intento de llamarme la atención? Shorter, Lao... Creí que eran más fuertes que eso...
Soltó, con tono que intentaba ser burlón, aún si fallaba a mitad de camino.
—Sólo quería recordar un poco...—advirtió, mientras sus ojos volvían a enfocarse en el lejano horizonte—Que, ante la inmensidad del mundo, mis problemas realmente no son grandes...—masculló—Era por eso que nos traías aquí, ¿Verdad, Shorter...?
Preguntó, aun si sabía que no iba a obtener una respuesta.
Presionó la botella con más fuerza, mientras estiraba su brazo delante de su cuerpo.
—Además, quería compartir un minuto con ustedes...y, no lo sé, brindar...—aseguró, de la manera más solemne que podía, al tiempo que dejaba que el chorro de licor cayera al agua, hasta que la botella estuviera vacía—Aún si no puedo verlos...
Apretó los labios, antes de confesar.
—Porque realmente los necesito...
Cuando Eiji tenía ocho años, fue la primera vez que vio a su padre besar a su madre.
Él lo recordaba con sorprendente claridad, pues había sido una experiencia bastante nueva; pero también reveladora.
Recordaba que era particularmente temprano, y él se había levantado para buscar un poco de agua.
Usualmente, todos desayunaban juntos, temprano en la mañana. Sin embargo, esa semana la empresa en la que su padre trabajaba parecía estar pasando por momento difíciles, y a todos los trabajadores se les requería mucho más temprano, haciendo que cuando Eiji abriera los ojos a las seis de la mañana; su padre ya no estuviera.
Durante esos días los desayunos eran mucho más silenciosos, y la figura de su madre sería la de alguien que veía con añoranza el pasillo, donde estaba la puerta principal. Al menos, hasta que notara la mirada inquisidora de Eiji, y se apresurara a ofrecerle un poco más de sopa y arroz.
Esa mañana, el reloj marcaba las cinco.
Y, por el ruido y la luz; Eiji pudo saber que había gente despierta, aún sin haberlos visto.
Caminó entonces, por el camino que ya se sabía de memoria, mientras su pequeño puño restregaba uno de sus ojos, en un vago intento por alejar la modorra de estar apenas levantado. Deteniéndose en seco, cuando su oído captó la voz de su madre.
—Cariño...
Susurraba, con una congoja que Eiji no le conocía. Intrigado, se acercó al borde de la puerta, y como si se tratara de un intruso, acercó su cabeza con cuidado, intentando ver qué pasaba en el pasillo.
Su padre, ya cerca de la puerta, le sonrió a su madre.
—Tranquila, esto sólo durará un par de días más.
Su madre pareció sopesarlo, sólo un segundo, antes de suspirar quedamente.
—Está bien...
Su padre pareció ligeramente contrariado. Empero, en lugar de salir como usualmente lo hacía; estiró una de sus manos, tomando el rostro de la madre de Eiji y dejando un suave beso en sus labios.
—Te lo prometo.
Eiji se había quedado petrificado.
Su madre, producto de la vergüenza, había girado el rostro hacia atrás; intentando ocultar el sonrojo que se expandía hasta su cuello. Y, cuando sus miradas se hubieran cruzado, se había apresurado a preguntar qué hacía despierto a esas horas, intentando disminuir el impacto de la escena.
Ese había sido el primer beso que Eiji había visto, en la vida real.
Las películas o los animes no contaban.
Y, había pasado muchos años antes de que pudiera ver otro.
El segundo habría sido cuando tenía catorce años, después de las prácticas; cuando regresando a casa de las prácticas del club; se hubiera encontrado con una pareja, que parecía lista para montarse uno sobre el otro.
Eran Hiroki, un superior que estaba un año más adelante que él, y que estaba en el club de atletismo. Era un omega que tenía fama de ser muy popular, por la manera en la que se desenvolvía con sus compañeros, y por el aroma que tenía. Y, quien le devoraba la boca como si fuera la última gota de agua en el desierto; era un compañero suyo. Un alfa de su mismo club.
Se besaban de una manera descarada, tan distinta al primer casto beso que hubiera presenciado; que Eiji se había quedado petrificado en su lugar. Empero, cuando las manos del alfa se hubieran perdido entre los pliegues de la ropa del otro muchacho, el cuerpo de Eiji finalmente reaccionó; ayudándolo a huir de allí con paso raudo, asegurándose de no hacer mucho ruido.
Las muestras de cariño público, o el cariño en general; no eran realmente comunes en su país. Aún si los medios intentaban mostrar otra cosa, con los productos audiovisuales que sacaban.
Eiji siempre había pensado en ellas de la mano de sonrojos, ya fuera el de su madre al saberse descubierta; o el suyo al encontrar el cariño de pareja algo tan vergonzoso.
No era algo que quisiera, en su momento; tampoco que buscara, y mucho menor algo que intentara entender.
O, al menos, así había sido hasta que conoció a Ash.
Ellos, a pesar de todo, se habían vuelto rápidamente asiduos al contacto físico. Ya fuera Ash, buscando sus brazos en sueños, o recibiendo sus abrazos en silencio después de una pesadilla; buscando y no rehuyendo a su contacto, cuando más vulnerable se sentía.
O Eiji, tomando su mano, acariciando su rostro, o presionando su cuerpo contra el suyo en un cándido abrazo; necesitando tenerlo físicamente cerca; sólo para saber que estaba bien.
Había sido lo mismo con los besos.
Ash lo había besado primero, una tarde en prisión. Sin embargo, siempre parecía ligeramente consiente de sí mismo, cuando su rostro se acercaba demasiado al de Eiji. Así que el segundo beso, había sido impulsado por él mismo, poco después de poder ponerle nombre a lo que compartían.
Ash parecía haber entendido el mensaje con aquello.
Estoy bien con que me beses.
De hecho, quiero que me beses.
Y, a partir de ese momento, todo había sido muy natural. Ya fuera en su día a día, o incluso en los agonizantes periodos de celo, donde Ash siempre se encargaba de cuidarle de manera excepcional.
Por eso... es que ahora esto se sentía tan difícil.
—Ash...
Llamó Eiji, desde la puerta de la habitación. El cansancio golpeaba sus párpados, haciéndole saber que querían cerrarse. Sin embargo, y aunque el reloj marcara las once de la noche; Ash parecía completamente inmerso en el trabajo que tenía frente a él, tecleando frenéticamente en el computador.
Esa misma rutina ya se había repetido por al menos cuatro días.
—¿Uhm?
Preguntó su esposo, sin apartar la mirada de la pantalla.
Eiji se removió levemente en su lugar.
—¿No vas a venir a la cama?
Ash pareció meditarlo, mientras acomodaba mejor sus lentes en el puente de la nariz.
—Sólo una hora más, pero tú puedes adelantarte; Eiji.
El mentado sintió su garganta cerrarse, mientras un caudal de pensamientos invadía su cabeza. Sin embargo, no dijo nada; apretando los labios y asintiendo lentamente.
—Está bien...
Ash había estado distante.
Lo había estado desde el día de la mordida.
Eiji llegó a su cama, notando que el lado que Ash siempre ocupaba estaba frío. Ya tendría que acostumbrarse. Se acomodó con cuidado, y mientras descansaba la espalda contra el respaldo de la cama, acarició su cuello.
Esperó un largo rato, pero tanto la ausencia de Ash, como la preocupación; parecían hacer que el sueño se volviera un compañero esquivo.
Intentó acurrucarse en la cama, para que el propio calor que su cuerpo generaba lo arrullara al sueño, aún si el peso de su vientre hacía la tarea algo completamente difícil.
Pero no podía evitarlo, se sentía superado.
Ya que no solo era la distancia física.
Sino también, la emocional.
Ash ya no quería tocarle.
No sólo para cosas como besos, o cariños.
Ya ni siquiera le tomaba de la mano.
Eiji ya estaba acostumbrado a desear el contacto de Ash y no poder recibirlo; fuera por una razón o por otra.
Pero eso era en sus temporadas de celo. El sentirse rechazado en esos momentos dolía; porque sus instintos de omega le lloraban que buscara a su alfa; le exigían que se disculpara, y que le prometiera resarcir cualquiera fuera el fallo que hubiera cometido, para ganarse su desprecio.
Claro, esa era la parte no racional de su cerebro hablando.
Sin embargo; ahora- sin el celo nublando su juicio, sólo quedaba su propia voz.
Su propia voz, diciéndole que quizá; intentar arreglar lo que había pasado iba a ser mucho más difícil de lo que imaginaba.
En su vientre, Griffin dio un mal movimiento, golpeándolo con más fuerza de la necesaria.
Eiji ahogó un gemido, mientras apretaba sus ojos; que habían comenzado a arder, limpiándolos rápidamente.
—Está bien, Griffin—Aseguró, mientras sus manos acariciaban la zona donde había sentido a su cachorro—Tu papá es fuerte...
Le aseguró.
—Todo va a estar bien.
La voz al otro lado del teléfono sonó dudosa.
Ash, desde su lado, sólo se acomodó en su lugar, mientras su pie tamborileaba contra el suelo.
—¿Estás seguro de que quieres esto, Chris? —Preguntó su jefe de nueva cuenta, asegurándose de hacerlo muy lentamente; como si hablara con un niño—¿No estás ocupado acaso con las cosas del bebé?
Ash tuvo que contar mentalmente hasta tres, mientras modulaba su voz a la más falsa que se conocía, la que siempre utilizaba cuando era Christopher.
—Sí. Seguro—replicó—Quiero quitarme todo el trabajo que tenga pendiente de encima lo más rápido posible—explicó—Justamente, por el bebé.
Ash sabía que su lógica tenía demasiados agujeros, y por el tono de voz de su jefe; también sabía que no se estaban comprando su historia del todo.
Sin embargo, la única manera en la que Ash siempre había combatido el estrés y los pensamientos intrusivos; era ocupando su mente con algo.
Con lo que fuera.
Era sencillo cuando estaba en la calle, pues el sólo hecho de sobrevivir ya era una tarea titánica; y el nivel de atención que Ash debía poner a cualquier posible estímulo que atravesar su periferia, era más que suficiente para mantener su cerebro ocupado.
Como si se encontrara en un perpetuo campo de batalla.
Sin embargo, uno pierde la destreza con las armas si no practica con una mucho tiempo.
Y, para Ash, su cuerpo era su mejor arma.
Y ahora estaba oxidado.
Su cerebro se había vuelto lento, mientras el resto de él parecía haber aceptado la nueva y ganada monotonía.
Quizá, un precio a pagar por la paz.
Una que claramente se había visto interrumpida, por su propia estupidez.
Así que allí estaba de nuevo, en medio de un campo de guerra; sin ninguna clase de arma.
Aun si el único enemigo que parecía tener, era su propia conciencia; que no paraba de apuntarle con reclamos y culpas.
Y Ash sabía, por experiencia propia, que cuando Ash Lynx quería atrapar a alguien, siempre lo lograba. Nadie podía escapar.
Ni siquiera el mismo.
—Vamos—Aseguró Ash, tras un incesante silencio—Todo está bien.
Prometió. Su jefe, tras lanzar un suspiro, finalmente accedió.
—De acuerdo—puntuó—Te enviaré las asignaciones a tu correo institucional.
Ash soltó la afirmación y el agradecimiento más falsos que hubiera dado alguna vez en su vida. Intercambiaron un par de despedidas protocolares, y finalmente colgó.
Se dejó caer en el asiento frente a su escritorio, y observó de refilón la computadora.
Ya tenía cuatro columnas, listas y revisadas. Se suponía que eran todo el trabajo que haría en lo que le quedaba de mes. Y los había terminado en el plazo de cuatro días.
No era extraño, pensó; después de todo había estado despierto hasta altas horas de la madrugada, todos los días. Regresando sólo a su habitación cuando el frío de la madrugada se sintiera como cal contra sus huesos, y el brillo de la pantalla amenazara con quemarle los ojos.
Abriendo la puerta de la habitación, sólo para encontrarse con el cuerpo de su esposo acurrucado lo más pequeño que pudiera, a un lado de la cama.
Eiji siempre se quedaba esperando por él, lo sabía.
Sin embargo, Ash no podía llevarse a sí mismo a estar a su lado. No en ese momento.
Pues, cada vez que lo miraba; o se acercaba; sentía que su aroma lo enloquecía.
Ni siquiera sentía que pudiera estar en el mismo espacio que él, pues cada vez que observaba si quiera un pedazo de piel en su cuello, comenzaba a salivar; como adolescente hormonado.
Había terminado durmiendo en el sofá en todas esas oportunidades, o al menos, cerrando los ojos un par de minutos, antes de que su propia ansiedad lo llevara a levantarse; y fingir que había despertado temprano para preparar el desayuno, mientras intentaba acallar el coro de voces que parecía haber tomado el control de su cerebro.
Un coro que sonaba extrañamente como Dino, como Marvin, como Foxx; e incluso- como él mismo.
Suspiró cansinamente, mientras hundía la frente entre sus dos manos.
El sonido de un correo nuevo llenó la sala.
—Necesito concentrarme...—Se dijo, mientras respiraba profundamente—Necesito estar bien.
Por Eiji.
Y por Griffin.
Cuando Sing abrió los ojos, lo hizo por el sonido de un claxon demasiado cerca de él.
Lo primero que sintió fue el dolor que invadía su cuello, y gran parte de su espalda. Lo segundo, el dolor de cabeza que sólo era preludio para la gran jaqueca que, de seguro, lo azotaría después.
No era raro, pensó; se había quedado dormido dentro de su auto, a un lado de la carretera.
Se estiró como pudo, aun si no había mucho espacio, mientras todo su cuerpo parecía gritar por la horrenda posición que le había obligado a mantener por tanto tiempo.
Ya habían pasado aproximadamente siete días.
Le sorprendía, cómo era que el tiempo podía pasar tan rápido, y tan lento a la vez.
Cómo las horas parecían no ser nada compasivas, como recordándole que esa era su realidad ahora.
Una donde parecía no poder sentirse cómodo en ningún lugar, ya fuera el exterior, o dentro de su propio hogar.
Siendo la única manera de mitigar levemente el desasosiego, el conducir horas de horas, intentando alejarse por completo de los terrenos de los Lee; sólo para terminar llevando su vehículo por una de las calles adyacentes; desde donde Sing sabía perfectamente se podía ver a cualquiera que intentara prestarles una visita.
Pasaba sus horas allí, observando a los autos, mientras se intentaba convencer de que realmente; no estaba esperando nada. O a nadie.
Pero la verdad, era que no podía evitar ponerse ansioso; cada vez que un taxi, o cualquier clase de auto; pasara cerca de la avenida; mientras sus ojos seguían silentemente el camino que recorriera el vehículo, y su respiración se aceleraba; hasta que estuviera seguro de que la persona dentro del mismo no fuera Blanca.
—Parezco un maníaco, haha...—Rio, sin gracia, mientras posaba ambas manos sobre el timón, y dejaba que su cabeza chocara contra este, en un signo de derrota.
"Eres un estúpido."
Se recordó.
"Es normal que él vaya a venir de nuevo, tarde o temprano."
El peso en su estómago incrementó, aún si no había cenado ni desayunado.
"Después de todo, son sus cachorros"
Una punzada golpeó su corazón.
"Aun si el malnacido no se ha aparecido nunca antes"
Golpeó el timón, haciendo que la bocina sonara, causando una gran cacofonía.
No, se recordó, claro que había aparecido antes.
Sólo que no se había molestado en quedarse.
"Porque estabas tú, Sing" Dijo entonces la voz de Yut Lung en su cabeza "Juagando a ser papá"
Su puño impartió otro golpe.
—Maldita sea...—Gruñó, mientras dejaba que su frente descansara contra su puño—Siento que me voy a volver loco...
Musitó, mientras apretaba los dientes.
Necesitaba hacer algo.
Y, necesitaba hacerlo ya.
Ash tenía un amplio conocimiento sobre la biología de los Alfa.
O, al menos, todo lo amplio que alguien con su capacidad intelectual y no educación médica pudiera tener. Especialmente, siendo parte de esa casta.
Y, sólo un poco, de las del resto.
Ash, después de todo, era una persona curiosa. Lo había sido desde que su nombre hubiera sido Aslan, y lo era ahora también, cuando su nombre se hubiera vuelto Christopher.
Y, durante todas sus lecturas; había podido rescatar varios puntos interesantes.
El primero, era, que a la gente le gustaba encasillar a las tres castas existentes en diferentes arquetipos. Facilidad, quizá, o también; una manera más rentable de venderlas al mundo.
El alfa, el líder, protector de la manada. El beta, el negociante y estabilizador, la piedra angular de la estabilidad familiar. Y finalmente, el omega, el encargado de dar vida, cuidados, y nutrir al resto.
Sin embargo, y como ocurrían con la mayoría de las cosas, la práctica le había dado una visión un poco más amplia y certera del asunto.
La verdad era que los omegas podían llegar a ser una especia muy manipuladora. Centrados demasiado en su propio beneficio, y posiblemente; en la de su progenie. Demasiado ensimismados en escalar posiciones, y codearse con alguien que pudiera cuidar de ellos, como para preocuparse por cuidar de alguien más. Y, por eso, Ash sabía que los omegas eran los más propensos al individualismo.
Por otro lado, los beta, con esa aparente falta de espina que muchos tenían; podían terminar siendo bastante pusilánimes, cediendo ante cualquier clase de orden, aun si la razón les podía decir que su líder –o cabeza de manada- estaba tomando una decisión equivocada. Una oveja más en el rebaño, sin opinión propia.
Y los alfa, bueno.
Los alfa eran animales, en todo el sentido de la palabra.
Animales que parecían sólo poder entender a través de la violencia y la dominancia. Personas capaces de transformarse, si se daban las condiciones correctas. Que, cuando se trataba de Alfas; eran realmente muchas.
Es más. Incluso, había un término que describía perfectamente ese estado, lo habían descrito en una publicación hecha por la revista científica New England, hacía muchos años; y con el que Ash se había topado casi por casualidad; mientras revisaba las publicaciones de un viejo médico de Reino Unido.
Feral.
Salvaje.
Una etiqueta que, en su publicación, podía ser aplicado para alfas y omegas por igual. Sin embargo, las características, y el diagnóstico; eran muy distintas. Si se hablaban de definiciones operacionales.
Un omega salvaje podía ser considerado como; cualquier omega –mujer o varón- que, sujeto a suficiente estrés, cediera a sus instintos más básico; volviéndose violento. En el artículo se citaban muchos ejemplos, pero el que más había calado en Ash era el de un muchacho omega –de apenas diecisiete años, descrito como de contextura delgada, y que tenía apenas un par de meses de haber parido, que- intentando salvar a su cachorro de un asaltante que los tenía acorralados en su departamento, había estrangulado a su atacante con sus propias manos.
La mayoría de casos eran así.
Omegas defendiéndose a ellos, o defendiendo a sus niños.
Convirtiéndose en animales territoriales que no dejarían que nadie se acercase a su lugar seguro, ya que no siempre se trataba de un nido, sin dar pelea antes.
Siempre era necesario la presencia de personal médico para calmar esos escenarios, y una larga terapia psicológica, para lidiar con las secuelas que esa clase de estrés podría provocar en una persona.
Pero con los alfa era distinto.
Los omega solían ser víctimas, que respondían al abuso.
Los alfas, en cambio, solían ser los victimarios.
Ash recordaba que la mayoría de casos de alfas salvajes eran, empezando, en mayor porcentaje- alfas de alto nivel. Los que mayor carga hormonal llevaban en su sistema. Los más inestables. Los que eran como él.
Las circunstancias precedentes eran distintas, pero el estudio lo hacía sencillo, dividiendo las situaciones en sólo dos posibles variantes.
Violencia o sexo.
A veces, incluso, podrías encontrar a las dos juntas.
Claro, también habían factores concomitantes; como el pasado del alfa, el estilo de vida, o incluso el ser un consumidor habitual de sustancias; que sólo podía actuar como un pequeño porcentaje extra de posibilidad de que el sujeto terminara en esa situación.
Como los alfas que habían perdido por completo la cabeza por una aparente discusión doméstica.
Alfas que habían sido afectados por el celo de un omega cercano.
No eran como los casos de intentos –o, de la consumación- de abuso que se escuchaban de vez en cuando en las noticias, y que eran tan duramente castigados.
Eran algo mucho peor.
Pues, con un alfa en estado salvaje no se podía dialogar, ni siquiera se podía intentar. Uno así no temería a la policía. No huiría al escuchar las sirenas, ni se detendría al tener un arma apuntándole. Por ende, era entendible, saber que tampoco escucharían razones.
Ash podía agradecer nunca haber llegado a ver a una persona así frente a él, aún si muchos altercados entre las pandillas –e, incluso, dentro de la suya propia- parecían rozar peligrosamente esa pequeña línea que dividía los niveles de agresividad. Especialmente cuando había colmillos y sangre en la ecuación.
Ya que, en este último, un truco que nunca fallaba en calmar los ánimos era el sonido de los disparos al aire. Fueran suyos, o de los policías.
Ash había estado realmente agradecido. Al menos, hasta ese momento.
Pues ahora, no sabía cómo lidiar con el problema que tenía en manos.
Los omega se volvían salvajes en un acto desesperado de salvamento. Y se les veía como lo que eran, víctimas.
Los alfa no.
Los alfa tenían un nada cuidadoso, pero aparentemente largo proceso de padecimiento; donde sus cuerpos parecían producir mucha más hormona alfa de la esperada, mezclada con testosterona y otros andrógenos. Casi como si la cascada hormonal que sus cerebros tendrían que controlar, se saliera de control, lanzando un flujo continuo de hormonas de estrés.
Una reacción que jugaba con su cuerpo, y también con su mente.
Ash sintió la agrura incrementar, antes de tomar un largo trago de agua; enjuagarse y lanzar los restos al lavamanos delante de él.
Se sentía enfermo.
Ese día ni siquiera había podido comer.
Sintió sus hombros temblar, y su cuerpo sufrió un nuevo par de arcadas.
Ash elevó su mirada, mientras intentaba enfocar su semblante en el espejo. Sus dedos alaron de la piel de su mejilla, intentando darle una mejor vista de sus ojos.
Sus pupilas estaban dilatadas. Su respiración errática.
Su cuerpo gritaba
Le pedía alivio.
Le pedía un omega
Le pedía a su esposo.
—¡Que no! —Gritó, para sí mismo, mientras su puño golpeaba el espejo del baño, rompiéndolo y astillándose en el proceso.
Las gotas tibias de sangre cayeron por su mano, manchando el blanco impoluto del mármol que Eiji había escogido, mientras el cuerpo de Ash seguía temblando, y sus ojos peleaban por volver a enfocar su reflejo, luchando por encontrarse en la sombra en la que se había convertido.
—Que no...
Volvió a repetir, hundiéndose en su propia miseria.
Mientras su mente le regresaba a ese artículo, que en su juventud sólo hubiera tomado como otra prueba fehaciente de lo podrido de su casta; mientras recordaba lo que el médico prescribía como único tratamiento, y práctica común con los alfas que sucumbían a esa clase de instintos.
Una larga estancia bajo supervisión médica y policial, alejados de todos.
Una visión nada agradable, para nadie.
Mucho menos para un falso Christopher Winston, quien ahora más que nunca, batallaba para esconder al hombre de nombre Ash Lynx.
—¿De qué color crees que sea la tristeza, Sing?
Sing escuchó la pregunta de Lao, levantando la mirada del pequeño insecto al que intentaba tomar en su mano.
—¿Color?
Preguntó, mientras alzaba una ceja. El insecto abrió sus alas y voló lejos, Sing murmuró una maldición.
Lao se rio por lo bajo, mientras asentía.
—Aha—Afirmó—¿De qué color?
Sing bufó, derrotado.
—No sé, ¿azul?
Intentó, sin pensarlo demasiado.
Lao dedicó una mirada aburrida al libro que traía en sus manos, mientras imitaba su suspiro.
—Azul, eh. Supongo que tienes razón.
Dijo, mientras dejaba el libro a un lado y se estiraba, dejándose caer todo lo largo que era en el césped del parque al que hubieran ido a pasar la tarde, intentando huir de las responsabilidades de la casa; como lavar los platos.
Sing elevó una ceja, confundido.
—¿Qué se supone que haces, de cualquier manera? —Cuestionó, mientras su mirada viajaba al viejo libro que traía entre manos, reconociéndolo casi al instante.
Era un viejo libro de poesía, y era del padre de Lao.
—Es tarea de la escuela—Explicó, y Sing no pudo evitar ahogar un pequeño gemido de asombro, siendo que casi nunca veía a Lao haciendo las asignaciones que le dejaran—Se supone que debemos llevar un poema y explicar que significa—Dijo, mientras agitaba el libro en su mano, de manera despreocupada—Estos son cortos, y creía que eso lo haría más sencillo. Pero parece que no.
Se quejó, mientras dejaba caer el libro, olvidado ahora en el suelo.
Sing recordaba haber leído un par de poemas del libro, sólo porque su nuevo padre decía que debía practicar el lenguaje de su tierra natal, aún si sólo tenía la mitad de la sangre china. Sing no había entendido qué tenía que ver eso en ese momento, pero tampoco había impuesto muchas quejas; optando por escoger el que lucía más corto, y después de mucho batallar, había entendido algo sobre un árbol de bambú, sobre el viento, y cómo una rama se había perdido por una de sus corrientes.
Algo que, por lo que entendía, no le había gustado al autor.
Y a Sing tampoco.
—¿Por qué estabas buscando allí?—Preguntó—Esos sólo son confusos y desagradables. Ni siquiera riman.
Lao ahogó una pequeña risa, pero rápidamente se giró hacia él, observándolo con una expresión que Sing suponía intentaba lucir dura.
—No digas eso, o papá se enojará.
Sing se había limitado a simplemente estirar sus brazos, dejándolos detrás de su cabeza.
—Él siempre se enoja, de cualquier manera.
Ambos vivían con el padre de Lao, y la madre de ambos; en una pequeña casa en el barrio chino. La otra madre de Sing era una beta, que venía de una familia interracial, y con quien la madre alfa de Sing se había acostado en una ocasión, después de una especialmente acalorada discusión con el padre de Lao, el omega que era su esposo.
Que una mujer beta pudiera embarazarse era extraño, pero había pasado. Y, al parecer, ni la familia de la muchacha, ni ella; parecían muy interesados en hacerse cargo de Sing. Ergo, así era como Sing había terminado en casa de Lao, cuando apenas tuviera cuatro meses de nacido, y con una madre que aseguraba que no tenía con qué, ni quería mantenerlo.
La recepción del pequeño había sido bastante mixta.
Lao, quien desde hace tiempo parecía pedir un hermano; había sido particularmente feliz. Su padre, por otro lado, no tanto. Especialmente cuando él había sido el encargado de abrir la puerta, mientras tenía a su propio cachorro de cuatro años, escondido detrás de sus piernas.
Sin embargo, y a pesar de las discusiones entre la pareja; Sing había terminado haciendo su camino a la familia.
Con una única condición.
Que no llevara el apellido familiar.
Pero no importaba, Sing estaba bien con eso.
Había aprendido a vivir con esa diferencia.
Así como había aprendido a vivir con el hecho de que, el cariño y la manera tan particular que tenían los omegas de marcar a sus niños, dejando que se acurrucaran en su cuello, mientras lo llenaban de su aroma; eran algo exclusivamente reservado para su hermano, y no para él.
Y, como también, había aprendido que llorar para conseguir la atención de su padre, quien tan sólo lo toleraba en casa, no era la mejor de las ideas.
Lao, frente a él, lució ligeramente consternado.
—Sing... sabes que, si le hicieras un poco más de caso, quizá te trataría mejor; ¿no? —Preguntó, mientras lo halaba hacia él.
Sing simplemente berreó bajo su aliento, ofuscado.
—No necesito que me trate bien.
Aseguró, pero Lao lo apretó en su abrazo, de cualquier manera.
—Creo que yo me pondría triste....
Dijo entonces, más suavemente.
Sing alzó una ceja.
—¿Triste?
Preguntó.
—Ya sabes, azul—Explicó Lao—Si mamá no fuera cariñosa conmigo.
Sing no pudo evitar rodar los ojos.
—Ese eres tú. Yo soy yo, Lao.
Su hermano no pudo evitar reír.
—Cierto—Pareció notar—Tú eres mucho más fuerte que yo, Sing—Exclamó, mientras lo soltaba de su agarre, y le desordenaba el cabello de manera cariñosa—Y más listo, también. Por eso haces los mejores planes para robar dulces.
Sing lo golpeó en las costillas, mientras hacia un puchero.
—¡Oye! ¡Que eso es un secreto!
Lao rio, quitado de la culpa.
—¡Lo sé, lo sé! —Se apresuró a asegurar, mientras calmaba su respiración—Aunque creo que podrías usar esa mente tuya para algo mejor.
Sing le miró dudoso.
—¿Algo mejor?
Lao asintió.
—¡Sí! Incluso podrías llegar a ser como Shorter. O mejor, incluso.
Sing frunció la nariz, contrariado.
Por algún motivo, aquello no le había gustado.
—A mí me gusta seguir a Shorter—Aclaró, mientras fruncía el ceño—Es a él a quien no le gusta que lo siga—Explicó—Sigue diciendo que soy muy pequeño.
Lao bufó, mientras agitaba su mano.
—Otra vez con eso, Sing... ¿De verdad prefieres seguir a otras personas?
Sing se cruzó de brazos.
—No a otras personas, Lao—Explicó—A Shorter. Hay una gran diferencia.
Su hermano le miró, con una expresión incrédula.
—Ah, ¿sí? ¿Cuál es?
Sing se cruzó de brazos, con una expresión triunfal.
—Porque a él lo sigo porque quiero.
Lao lo miró por un segundo, en completo silencio; y Sing fue testigo de cómo su expresión parecía cambiar, a una mucho más seria; mientras se acomodaba en el pasto, observándole fijamente.
—¿Eso es de verdad lo que quieres? —preguntó—Yo sigo pensando que bien podrías hacer algo por ti mismo, ¡yo sería el primero en seguirte!
Sing apretó aún más sus labios.
Shorter tenía sólo un año más que Lao, pero ya se había hecho de un nombre en las calles; y poco a poco comenzaba a ganar adeptos. Sing, por su parte, podía jactarse de que él había sido el primero, incluso antes de que el resto le conociera, y siempre que veía al otro muchacho, lo hacía con metafóricas estrellas en los ojos.
Si le permitieran seguirlo toda la vida; Sing creía que no lo dejaría por nada del mundo.
—Claro—Aseguró, con la confianza que sólo podía dar la juventud—No hay nada más genial que eso.
Sin embargo, Lao esta vez no respondió.
Sus ojos, dubitativos, se hicieron más profundos de repente, cambiando lo que parecía la reticencia por genuina preocupación.
Sing pudo ver como las facciones de su hermano mutaban entonces, envejeciendo su rostro. Cambiando sus facciones por unas mucho más maduras, mientras sus manos tomaban el rostro de Sing, acercándolo a él.
Sing sintió sus labios temblar, haciendo que su sonrisa se perdiera, mientras él notaba que su propio cuerpo había crecido.
Ya no eran niños.
Y ya no estaban en el parque cercano a su casa, con césped artificial. Si no, en cambio, en un frío túnel, junto a la línea de metro abandonada de Nueva York.
—Sing...—Preguntó Lao, con la voz más profunda—¿De verdad es esto lo que quieres?
Sing no pudo evitar quedarse boquiabierto.
Sus manos avanzaron lentamente, con un ligero temblor, dispuestas a tocar el rostro de su hermano.
Sin embargo, cuando llegaron a su rango de visión; pudo notar algo nuevo.
Eran de color rojo.
Sangre.
Era sangre.
Sangre que caía copiosamente por ellas.
—¿Ah...?
Lao, frente a él, pareció no inmutarse.
—¿Quieres seguir con esto, Sing?
Volvió a preguntar Lao, antes de que el sonido un disparo se dejara escuchar en la habitación.
Y Sing sintiera que algo acababa de atravesarle la cabeza.
.
.
Cuando Sing se levantó, lo primero que hizo fue buscar un lugar para vomitar.
Sus pies llevándolo hacia el baño, donde se dobló sobre el lavamanos, mientras abría la llave, y tomaba copiosos tragos de agua.
Esa sería otra noche sin dormir.
Eiji podía sentir las miradas de todos sus compañeros puestas sobre él.
Si en algún momento había creído que los americanos no eran sutiles en ningún aspecto de su vida, esto sólo se lo confirmaba.
Además, que había sido así desde que hubiera puesto un pie en el trabajo.
Uno creería que ya se habría acostumbrado, dado que eran varios días de la misma actitud; pero no era el caso.
Y, si bien no es como si las miradas fueran capaces de causarle molestias físicas, vaya que eran una molestia cuando intentaba concentrarse.
Ya que su mente no podía evitar viajar hacia Ash, y la actitud que había estado teniendo durante estos días. La lejanía, las sonrisas falsas.
Y por sobre todo, su aroma.
Eiji era un omega de nivel intermedio; y si bien nunca había tenido muchos atributos que lo hicieran resaltar dentro de su propia casta, podía decir que su sentido del olfato estaba particularmente bien desarrollado.
Puede que no al nivel de un omega de nivel alto, sin embargo; quizá algo de él mismo le ayudaba en ese aspecto. No algo biológico; sino algo netamente Eiji. Pues, siempre había sido muy bueno para captar los cambios en las personas.
A veces Eiji creía que podía ser algo invasivo, ser capaz de detectar las emociones de esa manera.
Y, aunque nadie parecía tomarle importancia, Eiji intentaba no prestarles mucha atención a los aromas de los demás.
Al menos, hasta que hubiera conocido a Ash.
Ya que, durante su primer encuentro; además del aura que Ash siempre parecía emanas, había algo más que había llamado su atención.
El muchacho parecía no tener ninguna clase de aroma particular.
Eiji lo recordaba, inmerso en el asfixiante coloso de aroma de alfas, mezclado con alcohol y cigarro.
Ash parecía un ser salido de otro mundo, acoplándose con practicada simpleza en medio de su grupo de amigos. No tenía un aroma atemorizante, ni mucho menos. Además, su lenguaje corporal lo hacía lucir tranquilo, sin contar que la sonrisa que tenía pintada en los labios, lucía realmente genuina.
Eiji no había sido capaz de apartar la vista.
No se parecía para nada al resto de muchachos que hubiera conocido, alfas, betas, u omegas.
Era incapaz de guiarse por los cambios en su aroma, así que Eiji había tenido que aprender a guiarse enteramente en sus movimientos corporales, en la cadencia de su voz, y en la manera en la que sus gestos cambiaban. Además de su actitud, claro está. Ash era un mundo maravilloso que parecía expresarse en mil y un formas distintas, y Eiji quería conocerlas todas. Las buenas, las malas, e incluso las que parecían contradecirse una con otra.
Aun si Ash nunca parecía perder la oportunidad para rodarle los ojos, y asegurarle que él era demasiado obvio y abierto con sus propios sentimientos, y que eso podía ser contraproducente.
Como aquella vez en el camión, de camino a Los Ángeles.
Ash había estado particularmente silencioso durante el viaje, desde que Ibe hubiera tomado su lugar en el asiento junto a Max. Se suponía que el cambio se había hecho para que Ash pudiera conciliar un poco de sueño, pero el mentado ni siquiera había cerrado los ojos.
Finalmente, y luego de una tortuosa hora en silencio, acompañados por el rítmico tarareo de Shorter, Ash finalmente se habría animado a hablar, mientras fruncía la nariz
—Eiji—Le hubiera dicho, mientras le miraba con una expresión difícil de leer—Hueles... muy dulce.
Eiji habría podido jurar que su rostro se había coloreado de rojo, en menos de una fracción de segundo.
—Lo lamento—Se habría apresurado a disculpar, mientras la expresión de Ash se hubiera tornado confundida—¿Eso es malo?
Ash se habría apresurado a negar, mientras se acomodaba en su lugar, al parecer decidiendo que el sueño estaba tachado de sus actividades para esa tarde.
—No necesariamente—Le explicó, sin nada de tacto—Pero es la primera vez que huevo a un omega como tú tan de cerca.
Eiji parpadeó en confusión, haciendo reír a Shorter.
—Es que los omegas que se acercan a Ash suelen ser mucho más...—el alfa movió sus manos, mientras señalaba a Eiji por entero—Vistosos. Sin ofender, Eiji.
Él sólo había podido reír, aún si no entendía del todo a qué se referían.
—No hay problema.
Aseguró, haciendo que Ash bufara, con aparente hartazgo.
—Los aromas de esos omegas son enfermizos—Rezongó—Sólo basta con que entren a una habitación para hacerla apestar a ellos.
Shorter le había mirado entonces, mientras se acomodaba.
—Qué cosa más extraña para decir—Comentó, mientras arreglaba sus lentes, y Eiji podría haber jurado que vio un brillo de picardía en esos ojos marrones—Conozco al menos a un puñado de alfas que matarían por estar en tu situación.
Ash se habría limitado a lanzar una risa socarrona, mientras lanzaba sus brazos detrás de su cabeza, cruzándolos en una rústica forma de almohada.
—Preséntamelos, y diles que gustosamente les cedería a todos esos omegas, cuando ellos quisieran.
Ambos muchachos continuaron envueltos en su pequeña charla, acompañada por ahogadas risas, y uno que otro comentario cortante. Sin embargo, Eiji se habría quedado en su lugar, removiéndose ligeramente.
Hasta que, finalmente, las palabras hubieran abandonado sus labios.
—Sí... si de verdad mi aroma molesta mucho...
Ni siquiera tuvo que terminar la oración, para notar que algo había cambiado en el ambiente. La expresión jocosa de Shorter cambiando al instante, por una mucho más apologética, mientras movía las manos de un lado a otro.
—Ah, ah... no, no. No es nada de eso.
Se apresuró a explicar, sorprendiendo a Eiji.
Ash, por su parte, sólo pareció meditarlo.
—No—Respondió con simpleza—No lo dije porque molestara—Terminó admitiendo, mientras apartaba su mirada de Eiji—Es... agradable. Sólo que un poco extraño. Pero me gusta como hueles, Eiji.
Un nuevo sonrojo invadió las mejillas de Eiji. Mucho más calmo.
—Oh...
Musito, antes de que un pequeño grito de Shorter se dejara escuchar en la cabina.
—¡Ash! ¡Eso no se le dice a un omega!
Ash sólo le había dedicado una mirada confundida.
—No es sólo un omega, Shorter. Es Eiji, duh—Explicó Ash, como si fuera la cosa más obvia del mundo—No creo que se ofenda por ese comentario.
Shorter sólo atinó a golpearse la frente, mientras negaba una y otra vez.
—Una cosa no invalida la otra, Ash—Exclamó, mientras bufaba—Tú realmente necesitas clases de etiqueta, hermano.
En aquella ocasión, Eiji sólo había podido reír, asegurándole a los dos alfas que no se había ofendido.
Sin embargo, el paso del tiempo parecía solo haber probado que, realmente; Ash parecía no odiar su aroma.
Todo lo contrario.
—Siendo que no puedo estar tranquilo, si el cuarto en el que estoy quedándome no huele a ti—Le habría confesado Ash un día, mientras se intentaba acurrucar sobre sí mismo, y Eiji se encargaba de guardar la lata de sopa que acababa de calentar para él. Seguían escapando de los hombres de Dino, de Blanca y de Yut Lung, pero Eiji estaba mucho más preocupado por el bienestar de Ash que por las personas que pudieran estar detrás de ellos—Aún ahora, sabiendo que estamos en peligro... creo que me sentiría peor si no pudiera olerte; ¿Crees que es tonto?
Eiji se había quedado en silencio un momento, para negar al siguiente.
Ash se habría acomodado un poco más en su lugar.
—Blanca entrenó muy bien mi nariz... y usualmente, eso hace que cualquier clase de olor sea molesto, por muy leve que sea...—Explicó, mientras hundía su rostro entre la delgada frazada que ellos habían podido conseguir para cubrir a Ash—Pero el tuyo no...—Confesó, mientras Eiji acercaba su cuerpo al suyo, intentando que la cercanía incrementara el efecto de su aroma—Nunca puedo estar tranquilo, siempre debo estar pensando qué haré después... pero cuando capto tu aroma... por un momento... al menos por un momento...—Balbuceó, mientras el sueño lo llenaba—Creo que podría descansar.
Saber que su presencia siempre había sido suficiente para darle seguridad a Ash era algo que de lo que Eiji se sentía particularmente orgulloso, y que llevaba gravado al fuego vivo en el corazón, pues su mayor deseo siempre había sido el querer cuidarlo.
Y Ash, en respuesta, siempre le había mostrado sus lados más vulnerables. Confiándole cada una de sus inseguridades. Y, además, atreviéndose a explorar sus propias limitaciones junto a él.
Como la primera vez que Ash le hubiera dejado notar un poco de su aroma.
Ambos estaban acurrucados en la cama que compartían, un par de semanas después de haberse dado el sí.
—Ash...
Recordaba haber llamado Eiji, mientras descansaba junto a su flamante nuevo esposo, con sus manos rozando las de Ash, mientras los cabellos de su esposo le hacían cosquillas en la barbilla.
—¿Hum?
Había preguntado Ash, sin abandonar su posición.
Eiji había sentido mariposas en el estómago.
—Puedo olerte...
Habría confesado, con un tono que parecía imitar un murmullo.
El cuerpo de Ash se había puesto alerta de pronto, en ese momento. Sus músculos tensándose, y su rostro buscando el de Eiji con cautela.
—... ¿Eso es malo?
Le habría preguntado, casi como si temiera la respuesta.
Eiji sólo había podido sonreír, mientras tomaba su rostro con ambas manos, y depositaba un suave beso en los labios de su marido.
—Es maravilloso...
Le había dicho, logrando que las mejillas de Ash se tiñeran de un pálido rosa, y su rostro volviera a su anterior escondite, en su pecho.
—Si es muy molesto, puedes decírmelo—Habría murmurado, luego de unos segundos de silencio. Eiji simplemente habría vuelto a acariciar sus cabello, mientras sus labios dejaban un par de besos en la frente de Ash—Yo sé que el aroma de los alfas es desagradable, nada parecido a lo dulce de un omega, o a lo calmado de un beta, sabes que-
—Ash—Se habría apresurado a callar Eiji, haciendo que el mentado elevara nuevamente el rostro, observándole con duda casi infantil—Hueles como mi hogar...
Le habría asegurado, y Eiji habría podido jurar, que antes de que los brazos de Ash le apretaran con más fuerza, habría podido ver un brillo ya conocido en los ojos del alfa. El brillo que precedía a las lágrimas.
Saberse capaz de hacer que Ash dejara sus barreras, ya fuera para controlar su aroma, permitiéndole sentir sus cambios había sido una pequeña victoria para Eiji, una que llevaba como galardón colgado en el pecho.
Una que le decía que Ash estaba sanando.
Que poco a poco podría ser simplemente Ash, Aslan; y dejar atrás la charada que había construido alrededor del nombre de Ash Lynx.
Y eso había sido bueno, hasta ahora.
Porque antes dolía saber cuándo Ash le mentía por sus expresiones.
Pero ahora, también podía hacerlo por su aroma.
Los recuerdos de su esposo sólo parecieron hacer que el corazón de Eiji se apretara con más fuerza. Y, tras suspirar, e ignorar las miradas de sus compañeros, pensó con desasosiego.
Qué te está pasando, Ash...
Ash observó las letras en la pantalla de su computadora danzar, moviéndose de arriba abajo sin razón aparente, saltando de una palabra a otra. Apretó el puente de su nariz, se quitó los lentes, y restregó su puño contra sus ojos, intentando enfocarse nuevamente; pero sin resultado alguno.
Esa mañana había sido particularmente dura.
Ash ya había pasado los últimos días usando un poco de su tiempo en la mañana para ir al gimnasio, intentando quemar toda la energía que su cuerpo parecía estar produciendo; luchando constantemente para enfocarla en algo que no fuera pensar en las cosas que quería hacerle a su esposo; pero terminando por desistir tras notar las miradas que la gente le dedicaba.
Había intentado hacer lo mismo en casa, pero no era igual. Y, definitivamente, no servía.
Porque aun cuando Eiji no estaba, todo el lugar olía como él.
Aun saliendo al balcón, o intentando llenar todo el lugar con ambientadores. El aroma de Eiji era imposible de rehuir.
Probablemente porque su cuerpo, realmente, no quería escapar de el.
Ash jadeó, dándose por vencido con la computadora, y caminando hacia el baño, mientras cubría su boca con ambas manos.
Esta vez, lo único que tenía para regresar era bilis, que, mezclada con los rezagos de saliva alfa, le hicieron extrañar el sabor de sus propios jugos gástricos.
Un zumbido impactó contra sus oídos, mientras sus sentidos parecían entrar en un estado de híper alerta. Observó la ducha, y antes de poder pensarlo mejor, abrió una de las manijas, dejando que un chorro de agua helada cayera, posicionándose debajo de este, esperando que de alguna manera, su respiración lograra calmarse, como había hecho en días pasados.
Como respuesta, pudo sentir el ladito de su corazón en sus oídos.
No estaba funcionando.
No esta vez.
Necesitaba ayuda.
No iba a ceder.
Cerró la ducha como pudo, sin importarle que su ropa estuviera chorreando copiosamente.
Tomó su abrigo como pudo, al igual que las llaves del auto, y salió corriendo con dirección al ascensor, cruzándose con un par de vecinas a quienes, si sus oídos no le fallaban, hacía hecho gritar del susto.
El viaje hasta el sótano fue endemoniadamente tortuoso, sin embargo, tan pronto las puertas de metal se hubieran abierto, Ash no lo pensó dos veces antes de saltar al asiento del conductor.
Su pie presionó el acelerador sin miramiento alguno, y su memoria muscular lo ayudó a conducirse por lugares donde, posiblemente, no debería estar conduciendo un vehículo tan vistoso.
Probablemente se había pasado un par de semáforos en rojo, y otro par de señales de alto; pero en ese momento, a Ash no podría importarle menos.
No cuando sólo tenía un destino en mente.
Ash sintió sus manos temblar, y su capacidad para discernir la profundidad fallarle un par de veces. Sin embargo, cuando un edificio que ya le era conocido entró en su rango de visión, un poco de la presión que amedrentaba su corazón pareció residir.
Su pie presionó el freno de golpe, haciendo que saltara en su lugar, saliendo despedido del auto tan pronto pudiera abrir la puerta.
Corrió escaleras arriba, haciendo que la persona que acababa de bajar del consultorio diera un grito por la sorpresa. Una puerta blanca le saludó, y cuando Ash la abrió; lo que le recibió fue la mirada sorprendido del doctor Meredith.
—... ¿Ash?
Preguntó el galeno, mientras se ponía de pie.
Ash se limitó a dibujar una media sonrisa, que intentaba contrarrestar la expresión que de seguro debía tener.
—Necesito ayuda...
Fue lo único que atinó a decir, antes de caer desplomado sobre el suelo.
Sing se encontró a sí mismo detenido en un lugar que ya para ese momento conocía muy bien.
Era el bar que había estado visitando con frecuencia en esa última semana. Ya fuera para tomar alcohol, o para tener un lugar en el cual sentarse por horas, mientras agitaba su vaso medio lleno, y perdía su mirada en el infinito.
Había gente que podía ahogar sus penas en alcohol. Sing, por su parte, había descubierto que este sólo le hacía tener sueños desagradables. Eso, y dolor de cabeza.
Sin embargo, también había descubierto que ya no podía estar en casa, y tampoco fuera de ella; sin ser asaltado por la misma clase de pensamientos.
Al menos, en el bar, tenía un lugar donde sentarse; sin tener a algún policía tocar en su ventana, para preguntar si todo estaba bien.
—Señor... no puede quedarse aquí si no va a consumir...
El nuevo cantinero se acercó, listo para romperle la burbuja de comodidad. Era un muchacho, que parecía mucho más nervioso de estar allí, que muchos hombres con los que Sing hubiera peleado.
Sing bufó.
Ese día no tenía ganas de discutir, y por el momento; tampoco de beber.
—Está bien.
Dijo simplemente, buscando un puñado de billetes en su pantalón, y dejándolos sobre la barra.
Era más de lo que había consumido, pero tampoco iba a esperar por el cambio.
Se puso de pie entonces, emprendiendo su camino de salida; y pudo escuchar levemente, como el muchacho parecía soltar un suspiro de alivio.
Se subió a su motocicleta sin miramientos, después de todo; ni siquiera había terminado el primer vaso que hubiera pedido, aún si las miradas de los transeúntes que circulaban por el área parecían juzgarlo en silencio.
Aceleró entonces, conduciendo sin rumbo, como si la velocidad pudiera ayudarlo a escapar de sus ideas, y el viento le ayudara a borrar cualquier rastro de sus problemas.
Se mantuvo así por lo que parecieron horas, hasta que finalmente; algo captó su atención.
El tanque estaba casi por completo vacío.
Sing chasqueó la lengua, deteniéndose a un lado de la vía, mientras intentaba reconocer los alrededores.
No pudo evitar soltar un pequeño gemido de sorpresa, al notar donde estaba. Sing conocía esas avenidas. Siempre le parecieron muy seguras, llena de vecindarios igual de seguros. De esos a los que uno apuntaba cuando quería hacer una familia.
Sing no pudo evitar reír por la ironía.
—Que haya terminado aquí...—musitó—De seguro lo haría enojar.
Sin embargo, y dada la situación en la que se encontraba; no tenía otra opción.
Tomó los manubrios de la motocicleta, y avanzó por el camino que ya conocía, hacia la casa de Ash y Eiji.
Pues, aun si las palabras de Yut Lung parecían regresar, atormentándolo como fantasmas perennes en su mente; y logrando que su estómago se atara en nudos sobre sí mismo; Sing necesitaba un amigo.
Y no había tenido uno mejor que Eiji.
Dejó su motocicleta en el espacio que estaba destinado para el auto de la familia Winston, que siempre estaba vacío, y se dirigió hacia el ascensor.
En el camino, no pudo evitar reírse de sí mismo, notando lo surreal de la situación.
Eiji estaba embarazado, y Sing mejor que nadie debería saber que, llegar con malas noticias o con situaciones estresantes; no son la clase de cosas que le haces a una persona embarazada.
Ha, ni siquiera había llevado algo para él.
La puerta del ascensor se abrió, y Sing ahogó un suspiro.
Ya no había vuelta para atrás.
Sabía que estaba siendo inoportuno.
Lo supo, también; cuando al tocar la puerta; lo que le recibió fue el sonido de frenéticos pasos corriendo en dirección a la puerta.
Pero, había otra cosa graciosa, que Sing no pudo evitar recordar; de sus tiernos años de infancia. Cuando su madre, le hubiera estado enseñando refranes.
Las malas noticias, suelen llegar en grupos de a dos.
Y lo supo, de nuevo, cuando al abrir la puerta; lo que lo saludó fue el rostro frenético y desencajado de Eiji, quien, sin pensarlo dos veces, le gritó.
—¡¿Ash?!
—... ¿Eh?
Fue su nada elocuente respuesta, y; como si se tratara de cámara lenta, pudo ver cómo la poca esperanza que se pintaba en el rostro de Eiji, parecía desaparecer.
—Sing...—Lo escuchó musitar, mientras sus hombros caían, y él tenía que abalanzarse a sostenerlo, evitando que se fuera contra el suelo.
Definitivamente, las malas noticias parecían venir en grupos de a dos.
Y Sing lo comprobó, cuando lo único que pudo tomar del aroma de Eiji, era el dolor de la tristeza y desesperación.
Porque, como se enteraría después; Ash parecía haber desaparecido.
Notas finales:
Primero que nada, perdón por la larga espera. Estuve peleando con varios papeles, no sabía que inscribirse a una maestría era tan difícil.
Creo que estos capítulos serán un poco más cortos, porque ya regresamos al mismo "ritmo acelerado" que había antes de "Tender is the nigth". ¿Se nota que Ash es mi personaje favorito? Siempre me gusta meterme con él, es divertido.
Por otro lado, y más importante; quería dedicarle este capítulo a mi querida Andi ♥ estas semanas estuve recordando qué fue lo que me inspiró a retomar esta historia, cuando después de tantos años incluso yo me había olvidado que la había escrito para empezar. Sus comentarios me llenaron de dicha, y me animaron a darle una leída a este trabajo –a pesar de haber perdido mis borradores al menos en dos oportunidades diferentes- Querida, muchísimas gracias por tu cariño ;v; no sabes lo feliz que me pone.
¡Muchas gracias por leer!
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