Introducción
Inició como una molestia cualquiera. Y, no es que Eiji fuera la clase de persona que enfermara con frecuencia; ni nada similar. Empero, y desde que hubiera puesto un pie en Estados Unidos, la comida no había sido exactamente su mejor amiga. Los americanos tenían esa mala costumbre de hacer todo demasiado grande, y demasiado condimentado. La mostaza de la que Ash tanto gustaba aún dejaba un desagradable sabor en su lengua y le hacía lagrimear, además de que las porciones que veía siendo promocionadas en televisión siempre le parecían exageradamente grandes.
Así que no era extraño creer que, y por alguna de esas ocasiones en las cuales él no se veía capaz de cocinar en casa, esa fuera la causa de su malestar actual.
—Es un virus, nada más.
Eiji creía conocer su cuerpo como sólo los años de cuidadoso entrenamiento atlético le habían casi obligado a hacerlo. Quería creer que era capaz de notar la diferencia entre un resfriado estacional, una infección que realmente lo llevaría a estar en cama y con una compresa fría en la cabeza por días por poner un ejemplo y los rara vez comunes dolores pre celo que llegaran a molestarle; por poner un ejemplo.
Un par de nauseas y dolores de cabeza no eran nada del otro mundo, y mucho menos algo por lo cual hacer un escándalo.
—Un virus que está tomándose su dulce tiempo en irse, me supongo.
Y Ash, por su parte, aun para ser alguien que había sufrido impactos de bala más veces de las que alguien posiblemente fuera capaz de llevar la cuenta, pecaba de exagerado. Aún ahora, las cosas más simples eran capaces de despertar sus alarmas y hacer que llenara el pequeño apartamento que compartían de descontroladas feromonas que gritaban su preocupación a los cuatro vientos, aún si su rostro intentaba permanecer impasible.
¿Dónde se supone que había quedado el Ash Lynx, que era capaz de ser tan letal, que muchos juraban ni siquiera tenía aroma?
Una pregunta retórica, de la cual Eiji hacía su broma personal y silenciosa.
Fuera como fuere, y aun con los más lógicos argumentos que Eiji pudiera tener a mano, se encontró cediendo ante la preocupación de su compañero.
Las clínicas americanas, no eran de su agrado.
Sin contar con el hecho de que el sistema que se encargaba de regular únicamente a los omegas, parecía de largo mucho más estricto que el de las otras dinámicas; siempre había preguntas incómodas que los médicos americanos parecían soltar como si fueran cualquier cosa.
"Es tu sensibilidad japonesa, cariño; pero si es lo más normal del mundo"
Eiji sabía perfectamente que Ash nunca decía eso con mala intención, y sólo como otra de las tantas formas de hacer desaparecer la tensión que siempre traía en él esas visitas semestrales.
"Pues disculpa, los torpes japoneses como nosotros tenemos más modales que los delicados americanos; al parecer"
Respondería revoleándole los ojos y ganándose una risa despreocupada. Una almohada como proyectil contra la cara de Ash era usualmente el procedimiento que tomar cuando eso ocurría, o la protocolar elevación del dedo medio; como cuando eran más jóvenes.
—Señor Winston, es su turno.
Llamó la enfermera desde el pequeño y pulcro escritorio de la clínica, dedicándole apenas una sonrisa queda y siguiendo con el papeleo no mucho después. Eiji solo hizo una pequeña reverencia con la cabeza, gesto que parecía no querer quitársele ni ahora ni nunca; antes de entrar al consultorio.
Jonathan White era el doctor que había visitado durante esos ya cinco años en Estados Unidos, y aún si el galeno ya era familiar con su caso y con su historia; al igual que Eiji era familiar con el protocolo que tenían allí para sus inspecciones, las preguntas nunca paraban de dejarle un sabor de boca no del todo agradable.
Podía repetirlas casi como si de un poema se tratase.
>> ¿Cuándo fue su último celo?
>> ¿Qué clase de medida contraceptiva es la que utiliza?
>> ¿Lleva acaso una vida sexual activa?
Y sus consecuentes respuestas, que nunca fallaban en levantar la ceja derecha del médico, como quien tiene deseos de tocar un tema, pero no encuentra la manera adecuada de abordarlo.
>> Sabe que aquí también hay apoyo psicológico, ¿verdad? señor Winston.
Solía ser un agregado, que dependiendo de -vaya a saber Eiji qué- era dicha o no.
Probablemente de qué tan obvio fuera en la consulta, que a pesar de aparecer como un omega casado con un alfa en el registro civil, Eiji no contara con una marca de unión en el cuello. No de la clase permanente que ostentaban como signo casi tan o más valioso que el anillo de su unión, tampoco como las marcas que las parejas comprometidas parecían presumir como los brillos de sus diamantes en el dedo, y mucho menos como las grandes y poco estéticas que los adolescentes en tórridos romances tenían posterior a sus celos.
Eiji sabía que había muchas clases de personas en el mundo, muchas clases de omegas, alfas y betas. Por eso mismo, había muchas clases de matrimonios también. Estaba seguro de que el doctor White había visto su justa dosis de ellos durante su tiempo de trabajo, y que esa última pregunta la hacía con toda la buena intención del mundo. Recordando, de seguro, la imagen de alguna mujer u hombre omega con niños en brazos; una marca ausente – y, por ende, un compañero ausente también.
Aun si la realidad no podría estar más alejada de la realidad.
—Muy buenos días, señor Winston—le saludó el beta, haciendo un gesto al asiento frente a él en lugar de darle la mano, y tomando uno de los sobres que tenía en la mesa con su nombre impreso en grandes y gruesas letras negras detrás.
Exámenes auxiliares previa consulta, Eiji también ya se había acostumbrado a hacérselos antes de cada revisión. Más protocolo.
Una corta plática sin trasfondo, y las tres preguntas del poema.
Un par de trazos con pluma sobre el papel blanco de su nueva consulta, y el dibujo de un par de círculos en su hoja de resultados.
La mirada del doctor White elevándose sobre sus gruesas gafas de montura, y una sonrisa que Eiji no sabría describir si podía entrar en algún canon antes visto por él en aquel hombre.
Un respiro, y una afirmación nueva.
No hubo cuarta pregunta.
—Felicitaciones, señor Winston.
Notas: Hacía mucho que no me dignaba a escribir nada, lo lamento. La universidad ha estado particularmente asquerosa este año, pero ya logré quitarme algo del peso de encima. Banana Fish es un manga que leí hace un tiempo, y el animé una adaptación que me tomó por sorpresa; pero que disfruté en su totalidad. Esta historia es un poco enrevesada y de momento su norte es un poco incierto. La verdad, era que sólo quería escribir para distraerme un poco.
¡Gracias por llegar hasta aquí!
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