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En nuestro tiempo

Cuando Eiji era pequeño, y su madre apenas había dado a luz a su hermana menor; la vida parecía realmente simple.

Su madre era una beta de rango medio, y su padre un alfa de rango bajo. Una conformación familiar que comenzaba a verse más y más tradicional con el paso del tiempo.

Japón, así como la mayor parte de Asia, tenía una cantidad relativamente más alta de omegas; y aún así el número de nacimiento de alfas solía duplicarlos. Los betas, al incluso hacer más que triplicarlos; eran la casta predominante en el mundo. Y, si bien; era más que esperable que un alfa y un omega se encontraran y formaran un vínculo y la subsecuente familia, los números dejaban en claro que no todos podrían optar por dicha opción.

La tasa de natalidad de mujeres beta era bastante baja comparada a la de cualquier omega promedio, así que cualquier embarazo exitoso era gran motivo de celebración. Eiji recordaba, aún si era con un filtro sepia en la mente, a todos sus abuelos reunidos en casa para la llegada de su hermanita. Los cuchicheos de sus abuelas y los movimientos apreciativos de cabeza de los abuelos.

—Noriko-chan tiene tanta suerte de haber encontrado a un alfa como Okumura-san.

Su abuela materna, sabía ahora; era realmente buena con los halagos. Especialmente cuando se trataba de su yerno, un alfa con un trabajo estable y que parecía saber mantener en orden todo en su hogar. Un hombre pragmático y reservado que no fallaba en proveer para su familia.

—Oh no, no. ¡Qué dice! Si mi hijo fue el afortunado de encontrar a alguien tan dulce como Noriko-san. Vaya, que yo misma sé que no todos aguantarían su carácter.

Y no es que su padre fuera alguien particularmente severo, pero la suavidad del carácter de su madre; tal que a veces rozaba la pasividad, ayudaba a traer al hogar un sentido aún más grande de armonía.

—Ei-chan—Le dirían luego a él, sonriéndole y modulando con dulzura—Cuando crezcas debes ser como mamá o papá, ¿está bien?

Era únicamente natural, tal petición. Un alfa centrado y protector como su padre, o un beta preocupado y conciliador como su madre.

Esa fue la idea que Eiji tuvo sobre sí mismo por un largo tiempo. O, al menos; hasta que la pubertad golpeó a su puerta.

Eiji ya había estado acostumbrado al cambio en las esencias de sus compañeros el año que cumplió 13. Como es que los suaves aromas de cachorro iban mutando en sus propias marcas personales. Alfa, beta y omega.

Y, mientras todos los de su generación en el club de salto en garrocha habían terminado por regresar de las cortas vacaciones de verano con un fresco y agradable aroma que los marcaba como beta; Eiji había regresado con uno dulzón, muy diferente al del resto. El aroma de un omega.

Ser un omega en la época actual era muy diferente a haberlo sido durante los ochenta, o incluso; finales del siglo pasado. No era como si fuera a verse obligado a quedarse en casa y velar por los innumerables cachorros que esperaban que tuviera, o que su esposo o esposa fuera a tomar potestad de él como si de un niño o alguien sin voluntad se tratara. Incluso, y con el papeleo adecuado; se podía conseguir que los días de celo en los cuales se viera obligado a faltar al trabajo no fueran descontados de su paga.

Sí, el día a día actual eran mucho más amigables hacia los omegas.

Empero, no todo era así.

Y, Eiji lo descubrió de manera gradual mientras iba creciendo. Su padre, había nacido de un matrimonio beta; al igual que su madre. Resultaba, que Eiji era el primer omega dentro de la manada en muchas generaciones. No era algo raro, no. Estaba en la estadística, en los números, en los libros.

Su padre, el siempre orgulloso alfa, parecía a veces sentirse fuera de lugar con respecto a él. No como la caricaturización de padres cuidando de sus virginales hijos omega que traía el cine extranjero a las pantallas, ni mucho menos como esos padres exageradamente apegados a sus hijos omegas a tal punto de resultar cómico como en la animación de su propio país. Era algo más sutil, más arraigado, más profundo.

Lo notaba en las miradas que le dedicaba al salir particularmente temprano de práctica, en las preguntas extra sobre no solo su desempeño en el deporte; si no en aquellos que eran parte del club. En sus mutismos ligeramente más largos cuando tardaba un tanto más en llegar a casa. En la dureza de sus palabras cuando creía que Eiji había hecho algo mal. Su padre era un hombre duro, y él lo sabía. Su madre se lo recordaba dando ligeros golpecitos en su espalda y pidiéndole que lo entendiera.

Palabras que Eiji recibía con una sonrisa, porque las entendía. De verdad que sí. La preocupación de su madre mientras más años se le sumaran, así como la actitud de su padre. El deseo de proteger a un omega podía manifestarse de maneras diferentes, y para alguien que no era ducho en la materia... Eiji creía que intentar volverte lo más fuerte posible, era tan buena manera como cualquier otra.

Y lo fue, por un tiempo. Al menos hasta que Eiji comenzara a buscar universidades para estudiar. Su hermana apenas se había presentado como beta cuando ocurrió. Su padre cayó enfermo.

Enfermedad que lo mantenía en el hospital largas temporadas, y que limitaba mucho de lo que antes había podido hacer. Y, en ese momento; Eiji se encontró extrañando la dureza con la que su padre usualmente lo trataba. Porque nada podía ser peor que ver a tu progenitor destrozado, culpándose por no ser capaz de cuidar de uno como debería.

Aun con las palabras de Eiji, de que todo estaba bien, de que realmente no lo necesitaba como cuando era un niño. Le había educado perfectamente, y ¡Vamos! Que dentro de poco sería un adulto, incluso. Ya tenía dieciocho después de todo.

—No lo entiendes. Eres mi hijo. Eres un omega, Eiji.

Y, aunque Eiji estaba seguro de que había más que completara esa frase; lo único que le siguió fue amargo silencio y una mueca en el rostro de su padre que parecía imitar el dolor y el coraje; en una mezcla para nada agradable de ver.

Claro que sí.

Eiji era un omega. Lo había sabido desde que al cumplir los trece; un celo nada agradable lo hubiera tomado desprevenido la temporada de vacaciones.

Sus padres lo habían sabido también, pues su madre se había encargado de pasarle paños húmedos por el rostro y darle de beber supresores de muy baja carga hormonal junto con cuantiosas cantidades de agua durante esos dos días de aislamiento en su cuarto.

Y aquello nunca antes le había hecho sentir impedido de ninguna manera. Era molesto, claro; llevar un calendario bimensual sobre qué par de días (si es que no eran tres) se encontraría indispuesto, y encargarse de hacer la lavandería después de un celo podía ser la cosa más incómoda del mundo para un adolescente. Pero, Eiji siempre había encontrado que su casta no era algo más que otra etiqueta. Algo más que era. Solo otra parte de la persona que era Eiji Okumura.

Eiji nunca se sintió en la necesidad de demostrarse algo, ni a él ni a nadie. No hasta ese momento. Solo cuando vio aquella sombra que solo podía ser descrita como culpabilidad mal asentada en los ojos de su padre. Quería demostrar que era capaz de muchas cosas, académicamente, en el deporte, en su vida. Que, con esfuerzo, y la dedicación que siempre había puesto en todo lo que hacía; podría lograr lo que fuera. Que no había motivo para su propia naturaleza fuera una carga para la familia. Que, con el simple poder de sus manos y la garrocha siempre firme en estas, podía volar. Y no sólo durante unos segundos.

Su esfuerzo y la práctica dieron frutos. Por un tiempo.

Le trajeron reconocimiento y éxito; como una beca universitaria, así como un par de nuevos conocidos, como aquel fotógrafo en una de sus competencias; Shunichi Ibe. Y, aunque la gente creyera que lo decía sólo por ser educado; Eiji de verdad estaba feliz por haber podido servirle de inspiración al hombre; aun si aquella foto había terminado siendo un recuerdo amargo; al ser una de las últimas tomadas antes de su lesión.

La depresión no era algo ajeno a Eiji. Había escuchado esa palabra dicha un montón de veces, en clases de salud durante las horas que los tutores dedicaban únicamente a los omegas de la escuela. La había visto en algún que otro foro de internet, y dando vueltas en el lado angloparlante de las redes sociales.

Sí, Eiji estaba familiarizado con el término.

Aún así, no esperaba que fuera a él justamente a quien le tocara vivir un episodio de esta, de acuerdo con lo que los cuchicheos en su familia decían.

Las palabras de todos en casa se volvieron un amasijo sin forma ni sentido en su cabeza, sonidos chocando unos con otros e ideas dispersas por aquí y por allá. El nivel fue tal, que a pesar de las constantes charlas con Ibe-san y sus algo descabelladas ideas de un viaje más allá del océano, Eiji no fue capaz de entender la magnitud de lo que se le estaba ofreciendo sino hasta que el boleto de avión hacia los Estados Unidos hubiera estado entre sus manos.

—Vamos, Ei-chan. Un cambio de aire te hará muy bien.

Eiji no sabía si quería preguntar todos los niveles, o todas las cosas que Ibe-san había tenido que hacer para conseguir la autorización de sus padres para llevarlo al extranjero. Pues, bien sabía él; que aun y estando cerca de la mayoría de edad, aún era necesario que se presentara el consentimiento de ambos progenitores para poder dejar el país.

Los poderes de convencimiento y mediación de los beta, bromearía Ibe-san posteriormente, en el largo vuelo desde su hogar hasta la gran manzana.

La despedida con sus padres no fue muy larga, consejos y miradas silenciosas que cargaban significados que Eiji no quería analizar en ese momento, un suministro de pastillas recetados por su médico de familia para inhibir el celo y un bobo amuleto para el romance, cortesía de su boba hermana menor.

Solo medidas básicas para cualquier emergencia que pudiera presentarse; aun si Eiji creía que era una exageración, ya que no había previsto permanecer allí ni siquiera un mes.

Y, no es que fuera realmente alguien exigente o dado a quejarse cada cinco segundos, pero esto ya parecía estarse convirtiendo en un extraño patrón en su vida. Que todo terminaba saliendo, extremadamente diferente de cómo él esperaba que saliera. Ya que Eiji había tenido muchas expectativas sobre el viaje: Ver un poco el paisaje, intentar distraer su mente aprendido técnicas de fotografía con alguien tan experimentado como Ibe-san. Bañarse en la cultura de la gran manzana, y quizá comprar un par de recuerdos feos para su hermana en casa; como pago por el bobo amuleto. En cambio, no esperaba que los paisajes tuviesen que apreciarlos mientras iban de encubierto en una camioneta a través de caminos tortuosos desde New York hasta Los Ángeles, o que las únicas fotos que se hubiera visto capaz de tomar por largas semanas sólo fueran malos intentos de retratos de un montón de personas apiñadas en la parte trasera de dicha camioneta. Que la cultura que había sido lanzada a su rostro como una bofetada fuera aquella de los barrios bajos y pandillas callejeras. Y, bueno, no había tenido la oportunidad de comprar ningún souvenir de mal gusto para su hermana, pero a que sí le habría parecido interesante la historia de cómo conoció al alfa más particular del mundo entero.

Ash Lynx era un universo hecho persona. Un mundo lleno de misterios escondido detrás de un par de bonitos ojos jade. Alguien que Eiji simplemente no podía terminar de describir, pues creía que sus palabras no le hacían justicia.

A su lado, y aún cara a cara con el peligro, Eiji se encontraba incapaz de temer. Como si todo aquel coraje del que alguna vez hubiera gozado regresara, al menos por un momento.

Estar junto a Ash... Eiji sólo podía recordar contadas ocasiones, donde el miedo se hubiera hecho presente. Subiendo y asentándose en su estómago con tortuosa parsimonia. La primera vez, en casa de Jessica Randy, mientras escuchaba la pelea entre los ex esposo la ya común sensación de querer alejarse del grupo, el picor en las manos que lo incitaba a cambiar las cosas de lugar, a hacer todo más acogedor. Esos pequeños signos que para algunos podrían ser nada, y que para él gritaban que su celo estaba a punto de llegar.

Porque al parecer el cuerpo de las personas, y particularmente de los omega; funciona diferente al ser expuestos a semejantes cantidades de estrés. Ah, no podían culpar a Eiji; nunca le habían dicho que hacer si se encontraba atrapado en medio de una balacera en alguna clase de salud.

La única razón por la cual eso no había terminado como un recuerdo desagradable, es porque Jessica; muy amablemente, le había proporcionado unas inyecciones de emergencia que al parecer nunca faltaban en el botiquín de su hogar.

Ella, había sido muy amable con él, le había explicado usando la voz de la experiencia e incluso le había hecho un par de bromas que distaban mucho de la imagen de fiera madre soltera desprecia alfas que había estado mostrando hasta ese momento.

Quizá en parte porque entendía que Eiji ya estaba lo suficientemente afectado por la situación como para necesitar un sermón en ese momento. Y, lo más probable, fuera que su nariz mucho más sensible que la del resto le estuviera diciendo que Eiji parecía a un paso de entrar en un colapso nervioso...

—¿Señor Winston?

Justo como ahora.

La pregunta del doctor White le había traído de regreso a la realidad. Realidad donde sus manos se sentía frías y donde seguramente, su rostro parecía muchísimo más pálido. Respiró profundamente, intentando alejar el sentimiento de profundo vacío que se había instaurado en la base de su vientre y en la boca de su estómago.

Por la mirada que le dedicaba el galeno, era obvio para Eiji que lo había notado.

Sí, era más que obvio que estaba asustado.

—Oh, sí—Respondió con tono quedo, estirando ambas manos para recibir la hoja de exámenes que el beta hubiera estado revisando hasta hace unos instantes. Eran un conjunto de letras que formaban abreviaciones que no terminaba de entender, podía notar que el doctor estaba explicándole algo. Hormonas, tiempos, marcadores, y una larga sarta de jerga médica que Eiji no parecía realmente listo para captar en el momento. Aún si su mente parecía solo gritar la conclusión de toda aquella cháchara en diferentes tonos y con diferentes entonaciones.

Bebé.

Bebé.

Vas a tener un bebé.

—Señor Winston—Habló nuevamente el galeno, y el apellido falso que Ash aun usaba nunca se había sentido tan erróneo en los oídos de Eiji—No es mi intensión ser intrusivo, o violar su privacidad...

Su tono era profundo, y la manera en la que cruzaba sus manos delante de él le decía a Eiji que el doctor hablaba en serio. Su aroma no delataba nada, aunque Eiji suponía que los profesionales de la salud se entrenaban toda la vida para demostrar lo menos posible una vez estuvieran frente a sus pacientes. Empero, aún si no era su esencia lo que traicionaba al doctor Jhonathan, sus ojos si lo hacían. Pues, no había que tener particular tino para notar que su mirada había escapado hacia el cuello de Eiji.

Llevó una de sus manos a cubrir la ausencia de marca de unión casi como acto reflejo, el chasqueo de su lengua probablemente había sido escuchado hasta el mismo Japón. Empero, Eiji no era realmente partidario de compartir su historia de vida con nadie. Ni siquiera con su médico de cabecera.

—Tengo que hablar con mi esposo...

La mueca en el rostro del médico no pasó desapercibida.

—Christopher, ¿cierto? —El tono ligeramente acusatorito le llegó como una punzada, tragó en seco—Ustedes, ¿estaban buscando un bebé?

Una pregunta directa. Sencilla y cortante.

No.

Una pregunta realmente fácil de responder.

No.

Por supuesto que no.

Y Eiji sabía por qué lo pregunta. Entendía el porqué. Por la falta de marca en su cuello, por la ausencia de la tal llamada prueba física de compromiso entre alfa y omega. Porque Ash nunca ha querido morderlo durante un celo -o en cualquier momento-, tampoco tocarlo más que para limpiar su frente y ayudarlo a bebes agua incluso en los picos más altos de su ciclo. Y, es algo que Eiji entendía, algo que no podía cuestionarle, porque lo conocía.

Y por que Eiji entiendía esos límites autoimpuestos y silenciosos, porque los respetaba y porque respetaba a Ash, es por lo que nunca insistió con ello.

Es por lo que debía recordarse una y mil veces después de cada celo que no debía sentirse rechazado, que Ash lo amaba con locura y que aquello era un asunto completamente diferente.

Y, era un sistema que les había funcionado.

Excepto por aquella vez.

Aquella vez, el día en el cual el celo de Eiji terminaba.

Aquella vez en la cual sus avances habían sido demasiados. Aquella en la que el cuerpo de Ash había respondido, aun si tan solo un poco, y entre besos y caricias repitiéndole que sólo sería una vez, que estaría bien. Que no debía de temer, Ash había accedido y le había tomado con semejante cariño y amor que Eiji no había estado seguro de cómo calificar en ese momento. Si devoción eterna, por la manera tan entregada que tenía Ash para adorar su cuerpo. O como tortura refinada, porque aún había un pequeño lago de hormonas dentro de él que le pedían ser tomado con más fuerza, que le gritaban que quería sexo y no necesariamente hacer el amor.

—La verdad, es que no.

Y no era mentira.

—Entiendo, señor Winston.

El silencio que siguió a aquella afirmación era tan denso que podría haber sido cortado por un cuchillo. Eiji habría querido ser capaz de decir algo más, pero se encontró con que las palabras morían antes de ser formadas en sus labios.

Lo único pronunciado en esa habitación después, fue la fecha de su siguiente control.

La residencia Lee tenía una decoración espantosa. Yut-Lung, particularmente, siempre había encontrado la terrible fascinación de sus hermanos con el tatuaje de dragón de su familia como algo de mal gusto. Es por eso, que posteriormente a su muerte, había mandado a cambiar todo el papel tapiz de las habitaciones.

Debía admitir que observar intrincados patrones, tratando de hallarles sentido; era una actividad mucho más estimulante que lanzarle dagas metafóricas con los ojos a un dragón.

Especialmente ahora, que su mente intentaba entender lo irrisorio de la situación.

—Dilo otra vez.

Habría dicho "por favor" pero realmente, no se encontraba de ánimos. Sus ojos ni siquiera habían hecho contacto con los del médico, pero su tono dejaba muy en claro que no estaba jugando.

Aquellos seis años desde que se hubiera convertido en la cabeza oficial de la familia Lee habían hecho maravillas con su apariencia. Si bien no había crecido prácticamente nada, su rostro se había perfilado un poco más, así como su figura. Su cabello oscuro como la noche brillaba de manera encantadora bajo la luz, y su piel blanca ahora tenía un poco de color, apenas notorio; que mostraba salud.

O algo de base. Dependía del día, y de la cantidad de vasos de alcohol que Yut-Lung hubiera ingerido.

A todos los ojos, era un omega joven y sano.

Así que, bajo esa lógica; la afirmación de uno de los médicos personales de los Lee no podía estar equivocada. Ni debería ser tratada como una extrañeza o novedad.

—Tiene tres semanas de embarazo, mi señor Yut-Lung.

Hu.

Vaya.

El vaso de champagne que descansaba en su mano cayó al suelo alfombrado, derramando lo que quedaban de este y haciendo un desastre que probablemente alguien después odiaría mucho limpiar.

Así que había escuchado bien la primera vez.

Notas. Ah, este capítulo fue algo recopilatorio y para terminar de sentar unos cuantos puntos más de esta historia. No es tan largo como hubiera querido, pero espero hacer cosas un poco más trabajadas para los siguientes. El borrador ya va tomando forma en mi cabeza. ¡Muchas gracias por llegar hasta aquí!

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