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El ruido y la furia

La degeneración progesiva de lo que Sing en un momento no podía ver más como una familia feliz y estable hace que comience a cuestionarse si no sólo la gente como Yut Lung y Ash eran un pozo infinito de secretos, sino; que Eiji también podía serlo, aún si a él siempre le había gustado verle como un lienzo en blanco. Por otro lado, la cordura de Ash parece danzar entre la delgada línea que dibuja su amor por Eiji, y su odio a sí mismo. Al final del día, como decía Faulkner, «La vida no es más que una sombra... Una historia narrada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa.»

—Esas serían todas las especificaciones de los pacientes que vendrán el día de hoy—habló el doctor Meredith, mientras señalaba una larga lista con nombres y apellidos—Son conocidos, sólo vienen por un chequeo de rutina, y sus prescripciones mensuales.

Su asistente, un médico que hacía apenas un par de años se había unido a su –precario- negocio, asintió con parsimonía, mientras parecía memorizar sus indicaciones.

—¿Hoy no se quedará con nosotros? —preguntó finalmente, mientras se acomodaba en el escritorio, y comenzaba a sortear entre el gran número de historias clínicas que habían acumulado para esa mañana.

El beta negó con la cabeza, mientras dejaba su bata en la percha que estaba acomodada muy escuetamente detrás del estante de medicamentos.

—No. Hoy tengo algunos asuntos de los cuales ocuparme—aseguró, mientras tomaba un pequeño maletín y procedía a llenarlo de viales y agujas—Pero llegaré para las citas de la tarde, así que no te preocupes por eso.

Su compañero sonrió.

—¿Visita domiciliaria?

El galeno se elevó de hombros, mientras se colocaba el abrigo.

—Sí. Creo que puedes llamarlo así.

Aseguró, antes de soltar una despedida protocolar; y comenzar su camino hacia una parte mucho más alejada de la ciudad.

Uno podía llegar hasta ese complejo de apartamentos en auto, o tomando el tren y caminando un poco. Y, si bien la primera opción era mucho más cómoda; el beta ya había trabajado suficiente en esa clase de ambiente como para saber que uno no dejaba su vehículo sin supervisión durante mucho tiempo en esa clase de vecindarios.

La estación no estaba muy lejos, y aprovechó el tiempo en el tren para revisar los últimos exámenes que hubiera tomado.

Los valores eran altos. Muy altos. Y, aún así, podía notar una leve mejoría con los iniciales que hubiera tomado.

Chasqueó la lengua, en el momento exacto que el tren se detenía en su estación. Bajó junto a un gran cúmulo de personas, y sacó la mascarilla que tenía guardada en un lado de la gabardina. Se la colocó con cuidado, y emprendió el camino de nueva cuenta.

El edificio que le saludó era viejo, probablemente ya necesitaba ser demolido. Sin embargo, por la clase de vecindario que era, dudaba que fuera algo que fuera a ocurrir pronto. Se aventuró a entrar, mientras ignoraba los pares de ojos que parecían seguirlo de refilón a través del pasillo, nada más que unos cuantos alfas y betas que parecían mucho más cautelosos que tu típido habitante de vecindad.

No era para menos, pensó, ya que a pesar de ser técnicamente el dueño de uno de esos cuartos, rara vez se pasaba por el lugar, al menos no desde que sus ganancias le permitieran darse una vivienda mucho más digna, prefieirendo dejar ese pequeño cuarto para cuando tuviera pacientes con- necesidades especiales.

Aún si era la primera vez que se enfrentaba a un caso así.

Sus pasos lo llevaron hasta el fondo del pasillo, y tras buscar la llave en su gabardina, entró sin pedir permiso.

—Ash.

Dijo, tan pronto abrió la puerta. Haciéndose notar.

La otra figura en la habitación, no pareció reaccionar. Sentado como estaba, a un lado de la cama, el único indicador de que no se había quedado dormido, fue el pequeño movimiento que hizo con la cabeza; que casí parecía perderse con el continuo temblor de sus hombros.

El galeno suspiro, mientras presionaba con más fuerza la mascarilla contra su nariz.

—Ash.

Volvió a llamar, acercándose finalmente, mientras el aroma poniente de alfa llegaba directo contra él. Ya habían pasado tres días. Y, a pesar de los cambios en los nivels de hormona en sangre, esto no parecía verse reflejado en la clínica de su ahora paciente.

—Tengo que inyectarte esto—señaló, como lo había estado haciendo durante todos esos días, mientras abría su maletín y comenzaba a preparar el vial, recabando la sustancia grasosa en su aguja—No vayas a ponerte loco conmigo, ¿está bien?—Ash respondió con un ligero gruñido, el galeno contó mentalmente hasta diez—Sabes que si algo así pasara, tendría que llamar a las autoridades—recordó, mientras se acomodaba a su lado, mientras preparaba la vía de acceso para la inyección—Y sabes que no quiero hacer eso.

Ash se acomodó, casi sin ofrecer resistencia. Sin embargo, una leve risa no tardó en abandonar sus labios.

—Si quisieras lo habrías hecho tan pronto me aparecí en tu consultorio—razonó—¿Porqué no lo hiciste? ¿No se supone que a los médicos les enseñan a cuidar de ellos mismos?

El doctor ahogó un sonido que parecía intentar ser jocoso.

—A saber—se excusó, mientras se elevaba de hombros—¿Confidencialidad médico paciente? O alguna de esas estupideces que me enseñaron en la escuela de medicina, de seguro.

Dijo, mientras dejaba expuesta la piel de Ash, y se calzaba los guantes.

"o porque te conozco ya de demasiados años, y aún me siento un poco culpable por lo de Griffin"

Fue lo que no pudo agregar en voz alta.

La piel de Ash quemaba. De una manera tal que, aún con la cubierta de latex, era fácil de percibir.

Aquello no era muy buena señal.

—¿Has estado tomando las pastillas que te dejé?

El mentado asintió, y el galeno solo pudo maldecir mentalmente

—La consistencia de esto es muy aceiotosa—recordó, mientras limpiaba el área—Va a doler.

Ash tembló por la nueva risa que invadió su cuerpo.

—Siempre dices lo mismo...

La aguja rompió su piel, y la mano del doctor presionó el émbolo de la jeringa, con la mayor delicadeza que podía.

—Es porque nunca sé si la persona con la que estaré hablando será Ash o un hombre dispuesto a atacarme. —Explicó, mientras veía cómo lentamente la sustancia se iba vaciando—Tú mejor que nadie debería saber lo que pasa con la cabeza de un alfa en crisis—le recordó—porque dudo que un geniecillo como tú no lo haya investigado.

Ash se revolvió ligeramente en su lugar, una vez la aguja hubiera sido retirada; regresando a su lugar a un lado de la cama, observándole por fin.

Tenía el rostro por completo demacrado.

Y, si el doctor no le hubiera conocido mejor, podría haber jurado que no era otro sino alguno de los muchos drogadictos que se paseaban por su clínica de vez en cuando, buscando comprarle un poco de los opiáceos que allí guardaba.

Lucía como un fantasma del hombre que hubiera visto hacía tan sólo unos meses atrás.

—Claro que lo sé.

Musitó Ash, con tono claramente cansino.

El doctor apretó los labios.

—Entonces también debes saber que esta no es la mejor manera de tratar esto.

Al menos, no para un alfa casado –como lo era Ash. No para un alfa que ya parecía haber creadi un vínculo hormonal con alguien, así lo hubiera querido, o no.

Ash, por su parte, no respondió, hundiéndose más en su lugar, mientras sus manos parecían presionarse la una con la otra.

El doctor sintió que comenzaba a perder la paciencia.

—Ash.

Volvió a llamar.

—¡Sí! —gritó entones el mentado—¡Claro que lo sé! —espetó, mientras se giraba en su dirección, observándole con los ojos inyectados en sangre, clara señal de su falta de descanso. La boca deformada en un rictus de ira, y los plieges de la nariz doblados en una expresión que parecía decir: Si sigues presionando mis botones, voy a atacarte.

Sin embargo, el galeno no se amilanó.

—¿Entonces? —cuestionó, mientras se cruzaba de brazos—Esto sólo hará el proceso más lento y más tortuoso, Ash—Explicó, quizá por quinta vez en sólo esos tres días—No te tomaba como un masoquista.

Ash pareció balbucear algo bajo su aliento.

El doctor Meredith había tenido suficiente.

—¿Qué?

Ash, al parecer, también.

—¡Dije que no me importa!

El galeno había conocido a mucha gente durante su vida. Muchos pacientes, muchos amigos, con diferentes personalidades y diferentes grados de dificultad al momento de tratarles. Y, creía que, era la primera vez que un individuo que cayera tan perfectamente en la intersección de las dos primeras categorías, también se llevara el premio al ser uno de los más insufribles.

—Ash, escúchame; por favor—pidió, con quizá los años que venían de conocer tanto a una persona, viéndole pasar de un adolescente a un adulto hecho y derecho sirviéndole como motor—Lo único que tú necesitas son las hormonas de tu omega.

Explicó con lentitud, casi como si hablara con un niño, y no con una de las personas más inteligentes que hubiera conocido.

Sin embargo, de la mano de la inteligencia solía venir la tozudez, y él lo podía comprobar en ese mismo instante.

—No.

Fue lo único que Ash le respondió.

El galeno abrió la boca, en un perfecto agape, lleno de incredulidad.

—Ash—volvió a pedir—Sea quien fuere esta persona, dudo que sea tan cruel como para dejarten en abstinencia de esta manera...

Sin embargo, Ash no lo dejó terminar.

—¡No! —gritó, con una inflección en la voz que no le había escuchado hasta ese momento, haciendo que el médico retrocediera, al menos un par de centímetros—No entiendes nada...—Continuó, esta vez con un tono de voz más ahogado—El problema no es él...

El doctor negó levemente con la cabeza, confundido.

—¿Entonces?

Ash pareció quedarse mudo nuevamente, mientras el temblor de su cuerpo incrementaba nuevamente.

—No quiero que me vea así...—Dijo entonces, ignorando su pregunta—No él... no de nuevo...

Musitó, antes de dejarse caer en la cama, mientras cubría su rostro con las frazadas y sus manos, su voz rompiéndose de una manera tal, que por un momento, el doctor imaginó a un niño en su lugar.

—Por favor... sólo no él...

El galeno suspiró de nueva cuenta.

—No insistiré—Dijo entonces, dando por zanjado el tema, aún en contra de su mejor juicio—Volveré en la noche—continuó—Traeré más botellas de agua, y algo de comida.

Guardó sus cosas en silencio, mientras trataba de ignorar la figura de Ash junto a él.

—Todo esto irá a tu cuenta, no lo olvides.

Dijo finalmente, antes de salir. Y, para su propio alivió, pudo jurar que escuchó un leve asentimiento, antes de que cerrara la puerta.

Sing revisó la lista que Max le había dado nuevamente, tomó un lápiz de dentro de su chaqueta y comenzó a tachar todos los ítems que ya hubiera colocado dentro del carrito, mientras tomaba los que aún faltaban de los anaqueles.

—Leche...—Murmuró para sí mismo, al tiempo que sus ojos paseaban a través de la multitud de cartones que le saludaban, todos en una larguísima línea recta—Creo que eso es todo.

Finalizó, mientras tomaba el que siempre compraba para sí mismo, esperando que a Eiji le gustara.

Se encaminó hacia la caja entonces, haciendo fila en la que tuviera más personas de manera voluntaria, si es que de esa manera podía asegurarse un par de minutos extra fuera de su propia casa. El sonido de la música de fondo, acompañado del continuo vibrar de una caja registradora como sus únicos acompañantes.

Sus dedos tamborilearon el mango del carro del supermecardo, mientras la espera parecía hacerse eterna.

Ha, incluso sus propias decisiones parecían irse en su contra, de vez en cuando.

Incapaz de aguantar el silencio, tomó su teléfono celular, para intentar distraer su mente. Sin embargo, y como últimamente pasaba, el mundo parecía tener otros planes para él.

Pues, lo que saludó a Sing, fue una pantalla llena de mensajes.

Mensajes para Ash.

Claro que, desde hacía un tiempo, era una conversación unidereccional. Ya que estos ni siquiera se marcaban como entregados.

Su dedo se deslizó por la pantalla, mientras intentaba actualizar la aplicación, sin ningún cambio aparente en la imagen que esta le devolvía.

"¿Ash? ¿Dónde estas?"

Decía el primero.

"Eiji está muy preocupado, ¿cómo es que ni siquiera respondes sus llamadas?"

Seguido de una lista de cinco llamadas por parte de Sing, que; claramente, ni siquiera habían conectado.

"Ash"

"Ash"

"Responde, maldita sea"

Una nueva retahíla del nombre del alfa, mezclada con más pintorescos insultos, y una que otra petición.

Para finalmente llegar al que hubiera enviado esa mañana.

"Ash... ¿de verdad le vas a hacer esto a Eiji?"

Ya se habían cumplido cinco días desde la última vez que alguien hubiera visto a Ash.

Sus dedos bailaron sobre la pantalla táctil, mientras su cerebro parecía correr a mil kilómetros por hora.

Sin embargo, ya no pudo escribir nada más.

Sus pensamientos deteniéndose nuevamente en la última pregunta que le hubiera hecho, incapaz de encontrar respuesta, o buscar palabras que encontraran una mejor manera de expresar lo que sentía.

La voz de la cajera lo despertó de su ensoñación, indicándole que ya era su turno.

Sing se disculpó, con escuetas palabras, mientras colocaba sus artículos en la línea. La dependienta le regaló una sonrisa despreocupada, y comenzó a cobrar. Los ojos de Sing se pasearon por los objetos, mientras sus manos los guardaban en sendas bolsas de papel, el repetir continuo de una lista ayudándolo a dejar atrás –aún si era sólo por un momento- la desolación que parecía haberle embargado hacía tan sólo unos minutos atrás.

La cuenta brilló, con tonos neones, en la pantalla negra de la cajera, y tras confirmar que eso era todo, Sing sacó su tarjeta, listo para pagar.

Aún con las quejas de Eiji, no se había sentido cómodo tomando su dinero, aún si las compras eran para él.

Después de todo, desde el día que Ash hubiera desaparecido; Eiji no había regresado al trabajo. Es más, ese día, Sing había tenido que obligarle a ir al médico, pues nunca había visto a su amigo sucumbir ante el estrés de aquella manera.

Eiji se había negado en un inicio, tan terco como siempre, y Sing había comenzado a sopesar seriamente la opción de simplemente usar su ventaja en fuerza física para obligarle. Empero, no había sido necesario, pues un atisbo de lucidez parecería haberlos golpeado a ambos, cuando Sing hubiera traido a colación la salud del bebé que aún estaba dentro de Eiji.

Quien, cuando hubieran llegado al consultorio, en un pesado silencio que parecía intentar esconder la tensión que danzaba debajo de cada uno, hubiera confesado ante la mirada preocupada de su ginecólogo, que su pequeño había estado mucho menos activo esos días.

Sing no podía considerarse un experto en embarazos, pero si la expresión de Eiji y el doctor –y los libros que había leído- podían decirle algo; es que aquello no era una buena señal.

Habían terminado gastando una buena cantidad de horas en el consultorio, mientras el médico colocaba una larga banda alrededor del vientre de Eiji, que a su vez estaba conectada a un monitor; que al parecer- podría captar el latido del corazón del bebé.

Y, una vez pasado el susto inicial, y con los ánimos mucho más calmados, Sing había notado la mirada penetrante del galeno sobre su persona, quien con una ceja en alto; parecía preguntarle quién era. Recordaba haber dado un par de explicaciones a medias, antes de disculparse y salir de la habitación, de pronto sintiéndose incómodo con el nivel de atención que recibia.

Optando en cambio por acercarse a una ventana, para tomar el aire que sentía que le faltaba, antes de buscar su teléfono y llamar a Max. Quien, tras un par de explicaciones que habían estado mezcladas con gritos y maldiciones, no había tardado más de media hora en llegar hasta la clínica, acompañado de su esposa.

Sing había tenido que responder un larguísimo y tendido interrogatorio cuando hubiera tenido al matrimonio frente a él.

Una lástima que no tuviera las respuestas que ellos esperaban.

Jessica se había adelantado, pidiendo ver a Eiji, y siendo dejada pasar por el médico, que no le dedicó la misma mirada que a Sing.

Privilegios de suegra, suponía; había pensado, antes de que fuera traido de regreso a la caótica realidad, de mano de las manos de Max, que le tomaron por los hombros, mientras le miraba con una expresión que parecía mezclar perfectamente la duda y la desesperación.

—¿Qué pasó? ¿Porqué Eiji estaba tan alterado?

Le había preuntado, mientras Sing apretaba la mandíbula.

—Se fue.

Respondió con simpleza. Max parpadeó, confundido.

—¿Quién?

El rostro de Max se convirtió en un poema. Uno que cambiaba de la confusión a la gracia, con una risa que no terminaba de serlo.

Espera—Le había pedido, mientras agitaba la cabeza de un lado a otro—Creo que no te estoy siguiendo, Sing. Necesito que me expliques esto calamadamente...

Sing, en restrospectiva, quizá no había manejado la situación de la mejor de las maneras. Pues, mientras se cruzaba de brazos, sólo había vuelto a repetir.

Se fue— había soltado, con tono serio—De su casa, quiero decir—Se había apresurado a clarificar—Eiji no sabe dónde está, y tampoco está contestando el teléfono.

Y, así como había hecho Sing al enterarse, y como de seguro también había hecho Eiji, Max comenzó con el hilo sin fin de llamadas, que no eran capaces de conectar.

Estas habían continuado por todo el tiempo que Eiji hubiera estado en consulta, deteniéndose únicamente cuando el médico los llamara a ambos al interior, dispuesto a explicarles qué era lo que había pasado.

El galeno había sacado una larguísima tira de papel cuadriculado, en la cual se dibujaban picos que subían y bajaban. Sing recordaba haber visto algunos así antes, más pequeños, cuando le hacían exámenes del corazón.

El médico señaló los valles, mientras Jessica ayudaba a Eiji a colocarse la ropa, explicando que el latido del bebé parecía haber bajado por momentos. Motivo por el cual, había dedicido comprobar la salud del bebé con una ecografía, donde todo parecía estar aparentemente en orden.

Sin embargo, y a pesar de sus palabras, había sugerido que Eiji evitara el estrés, del trabajo o de cualquiera fuera la fuente que pareciera estarselo causando.

Max, quien Sing agradecía había tomado el silente puesto de líder en su pequeño grupo, asintió, asegurándole que se encargaría de que su nuero descansara.

Y, tomando las riendas del asunto, sin importarle las fútiles quejas de Eiji, se había encargado él mismo de llamar a su trabajo, para posteriormente hacer lo mismo con el de Ash. Sing, agradeciendo el apoyo de la pareja, se había ofrecido a ser él quien llevara a Eiji a casa.

El camino había sido incómodo, por ponerlo de manera amable.

Sing había visto a Eiji desanimado antes, muchas veces. Reconocía el tono de su voz, y también sus expresiones. Lo recordaba con vivida pena, igual que cuando su amistad se había reforzado, a través de múltiples llamadas, cuando Ash estaba hospitalziado.

Sin embargo, a diferencia de Eiji, quien siempre parecía tener algo listo para decirle, Sing se encontró a sí mismo en blanco. Lo hizo durante el camino a casa. Lo hizo cuando lo ayudó a bajar del coche; y, su cerebro aún no había llegado a construir nada que pudiera decirle, cuando se despidió de él, después de ayudarle a acomodarse en su alcoba.

Se encontró como un lienzo en blanco, incluso, cuando ya estuviera descansando en cama, y su celular comenzara a sonar, mostrando en el identificador de llamadas, el nombre de Max lobo.

Sing nunca había estado más agradecido con una llamada de teléfono. Incapaz de seguir lidiando con el silencio, externo e interno, que parecía acosarle.

—¿Qué pasó?

Fue lo primero que pregunto, ingnorando los saludos protocolares que esa clase de comunicación sólia pedir.

Del otro lado de la línea, Max suspiró angustiosamente.

Eiji me explicó un poco de todo lo que pasó—Le dijo, mientras Sing escuchaba un par de cosas moverse de fondo, probablemente Max, dejándose caer en el sofá—Está...alterado.

Sing ahogó un bufido.

Me parece una manera suave de ponerlo—Masculló, mientras rascaba su nuca—Si es suficiente como para afectar al bebé.

La conversación había continuado de manera escueta, entonces, con Max sonando más y más cansado con los minutos circulantes. Y, aun si al parecer había intentado sacarle un poco más de información a Eiji sobre dónde podía creer que Ash estuviera, se había encontrado con la misma pared de silencio que Sing.

Él no había podido evitar chasquear la lengua, antes de ofrecerse a buscar por su cuenta, lamentado la pérdida de su red de información, al no poder usarla para rastrear a alguien que –se suponía- ya estaba muerto.

Seré discreto—Había promedito finalmente.

Max, tras un minuto de silencio, sólalmente había podido murmurar:

Gracias, Sing.

El mentado había sonreído un poco.

No hay de qué, sólo...cuiden bien de Eiji, por favor.

Y así había comenzado su búsqueda. Búsqueda que se había alargado más de lo que quisiera, él; o cualquiera de los involucrados.

Y ahora, bueno, no era únicamente él quien se encarga. Max se había unido a él tan pronto como hubiera podido, y Sing –intentando quitarle un poco de la carga de los hombros- también se había ofrecido a apoyar con el cuidado de Eiji, aún si una pequeña voz en su cabeza le recalcaba, que no podía llamar ayudar a escapar de sus propios problemas, intentando hundirse en otros.

Sing era rápido callando esa voz, memorizando en cambio las nuevas órfenes del médico, que entre otras cosas, encargaban reposo relativo. Y oh, de seguro esa era la razón por la cual Eiji no ponía más batalla con el hecho de ser dejado de lado en la búsqueda de su propio esposo. Ya que, Sing estaba más que seguro de que, de no ser porque podría comprometer la salud del bebé; Eiji ya estaría en las calles, cargando con un vientre de casi ocho meses o no.

El sonido del elevador lo despertó de sus cavilaciones, indicándole que ya estaba en el piso de Eiji.

Se sorprendió por lo rápido que había llegado, pensando en que disociar, quizá no estaba tan mal, si le ayudaba a lidiar con las tareas más mundanas de su día a día.

Tomó la llave que le habían dado, y antes de que pudiera girar la cerradura; un nuevo pensamiento asaltó su mente.

—Oh... lo olvidé.

El cepillo de dientes nuevo que debía comprar.

Bueno, pensó, siempre podía salir de nuevo

Max escuchó la puerta abrirse e instintivamente se puso de pie. Eiji, a su lado, intentó imitarle, haciendo que este le detuviera, mientras agitaba su dedo índice de un lado a otro.

—Ah, no, nada de eso—le recordó—El doctor dijo que nada de tareas extenuantes.

Eiji le dedicó una mirada incrédula.

—Ordenar las compras no es extenuante—se quejó—Por favor, Max. De verdad... estoy bien

Él, por su parte, se cruzó de brazos, mientras le miraba con un rictus que claramente era incrédulo.

—Tú—estiró la mano—Cama. Ahora.—señaló, mientras apuntaba con el índice.

Eiji le dedicó una mirada incrédula, pero después de una batalla en silenció, bufó, derrotado.

Max, sólo entonces, suavizó su semblante.

—Hazlo por Griffin, Eiji...—pidió entonces, mientras ayudaba a que el omega se acomodara en la cama.

Los hombros de Eiji se tensaron un momento, mientras se hundía en la cama.

—Lo hago...—aseguró—No quiero que nada malo le pase...

Max le dedicó una mirada cándida.

—Nada malo le pasará, te lo prometo—aseguró, presionando sus manos, para después alcanzar a Sing en la puerta; quien parecía batallar con las múltiples bosas que hab ía comprado.

—¿Necesitas una mano, chico duro?—Bromeó, cuando al fin estuviera lo suficientemente cerca.

Sing le dedicó una sonrisa a medias.

—Olvidé el cepillo—explicó, mientras le entregaba una de las bolsas a Max, y cargaba las otras dos que antes hubieran estado en el suelo—Voy a tener que regresar.

Pues, y después de mucho discutirlo, él, Jessica y el mismo Sing habían decidido que alguien necesitaba quedarse con Eiji, de manera permanente. El susto del bebé, sumado a que estaban más y más cerca del último mes de embarazo del omega, cayendo sobre sus hombros como un silente recordatorio de que; alguien necesitaba tomar las tareas de Ash, aún si nadie se había animado a utilizar esas palabras.

Max y Jessica tenían trabajos demandantes, y aunque él mismo se había ofrecido a quedarse con su querido yerno el tiempo que fuera necesario, ya que podía mover su oficina como mejor le pareciera, si argumentaba una emergencia familiar; Sing había sido raudo al decirle que no se preocupara, que él podía tomar su lugar, ya que en ese momento se encontraba desempleado, y de vacaciones.

Max había tardado un par de segundos en parpadear, antes de preguntar qué quería decir. Sing, muy quitado de la pena; se había limitado a elevarse de hombro, argumentando que era una historia muy larga; y que podían discutirla otro día.

Max, usualmente, habría insistido más. Sin embargo, y dada la situación, asintió derrotado, agradeciéndole.

—No te preocupes por eso—le aseguró—Eiji tiene unos nuevos en el baño.

Sing sonrió entonces, aunque no parecía haber sido una gran preocupación en primer lugar.

—Está bien, una cosa menos en la lista—argumentó, mientras tomaba las bolsas en brazos—guardemos esto.

Max asintió, dirigiéndose junto al otro alfa a la cocina.

El tiempo pareció enlentecerse entonces, acompañado del silencio y el mecánico sonido de las latas y cajas siendo acomodadas en diferentes lugares. Max analizó cada uno de los ítems, mientras intentaba alejar su mente del problema que les acaecía.

Sin embargo, así como con todas las viscisitudes de su vida; no había podido hacerse de oídos sordos por mucho tiempo.

Pues Sing, después de lo que parecieron horas, finalmente preguntó.

—¿Ash tampoco te responde a ti?

Max sintió su mano detenerse entonces, mientras las yemas de sus dedos acariciaban la lata de conservas. Un pesado velo de cansancio cayendo por detrás de sus ojos, recordándole que desde el día de la desaparición de su hijo, no había sido capaz de conciliar el sueño. Su cerebro intentando entender, con toda la energía que pudiera robarle a su cuerpo, qué podría estar pasando por la cabeza de Ash; para hacer algo como eso.

Y, siendo que el secretismo de Eiji no ayudaba, se encontraba sólo, con sus cavilaciones, y su miedo constante.

No los mejores acompañantes para una noche de sueño.

—No...

Musitó finalmente, mientras soltaba el aire que guardaba en sus pulmones.

Sing soltó un bufido, colérico, mientras parecía desquitarse con la caja de cereales que acababa de tomar.

—Ese idiota...

Max sonrió con pena, mientras se acercaba a él, y le tomaba del hombro.

—Lo vamos a encontrar.

Se apresuró a asegurar, no sólo a Sing, quién entre la angustia y la cólera, parecía guardar una tristeza que Max no se sentía con derecho a desenterrar.

Prometiéndole que no descansaría hasta hallar al idiota lince. No sólo a Sing, sino también a sí mismo.

Encontraría a su hijo.

Aún si era lo último que hacía.

Sing pareció sopesarlo un momento, antes de asentir con algo más de calma.

Max se quedó un par de horas más en la casa, asegurándose de dejar una comida hecha, aún si estaba seguro de que su sazón –curtida por sus rondas en la cocina del campamento- no se acercaban a la de Eiji.

Se despidió, recordándole a ambos que podían llamarlo cuando lo necesitaran, para emprender camino a su propio hogar, donde una diferente batalla le esperaba.

Si no era su hijo mayor, y sus ya para este punto continuos actos de desaparición. Era su hijo menor, con un torbellino de preguntas, que venían acompañadas de la mirada apologética de Jessica, quien parecía decirle que no había podido calmar la curiosidad de Michael.

Él mismo no era capaz de acallar las dudas de su hijo, y aunque Michael parecía aceptarlo, se encontraría lo que quedaba de día con una clara mueca de fastidio en el rostro, mientras miraba de manera preocupada la ventana; como si Ash fuera a aparecer por la calle, caminando como cualquier otro ciudadano.

—¿Todo bien, campeón?—Preguntó entonces Max, acercándose a su hijo, mientras acariciaba sus cabellos con suavidad.

Michael se revolvió en su lugar, mientras hundía el rostro entre sus brazos, que se doblaban sobre el alfehizar de la ventana.

—Estoy preocupado por mi hermano...—masculló— y por Eiji, y por mi sobrino.

Una sonrisa triste se dibujó en los labios de Max, quien besó la cabeza de su pequeño, como cuando fuera un cachoro.

—Yo también...

—Quisiera ir a verlos...—Dijo entonces Michael—Debe sentirse... realmente solo.

—¿Eiji?

Preguntó con dulzura.

Michael asintió.

—Griffin también.

Max rió suavemente, bajo su aliento.

—Sing está con ellos, cariño.

Michael pareció mascullar algo, antes de hundir su rostro entre sus brazos.

—Sí, lo sé—profirió, con su voz siendo apagada por los pliegues de ropa—Pero Sing no es su papá... ni su tío.

Max no pudo evitar reir.

—Créeme, es algo así como su tío—aseguró, mientras sus brazos se enredaban alrededor del cuerpo de su ya no tan pequeño cachorro, frotando su mejilla contra su cabeza, como solía hacer cuando Michael apenas iba al jardín de infantes, y le pedía que –por favor- hiciera lo mismo que mamá hacía con él, aún si Max le aseguraba que él no era un omega, y su aroma no era tan lindo como el de mamá—Pero iremos el fin de semana, ¿sí?

Optó por conceder entonces, deciendo por completo ante la imagen acongojada de su hijo menor.

Aquello trajo la luz de vuelta a los ojos de Michael, quien; después de elevarse de su posición; observó a su padre con la sonrisa más brillante que le hubiera regalado esa semana.

—¿De verdad?

Max sintió su rostro rasgarse en una sonrisa igual de brillante.

—De verdad. Así que sólo concéntrate en la escuela, ¿está bien?

Michael elevó los brazos al aire, en señal de victoria, y tras dejar un beso en la mejilla de Max, corrió de regreso a su habitación, mientras decía en voz alta que se dedicaría a estudiar.

Max observó el camino de su pequeño, perdiéndose en el segundo piso, y tras acomodarse en el sofá, dejó que su risa muriera junto con su imagen.

Ojalá paternar fuera tan fácil, como sólo compartir buenos momentos.

Ojalá entender a Ash, fuera igual de fácil.

Hundió su rostro entre sus manos, mientras sus índices masajeaban el puente de su nariz, sintiendo una creciente e inminente migraña llegar a él, como un oleaje indomable.

Sin embargo, una pequeña mano lo trajo de regreso a la realidad.

Era Jessica, quien acariciaba su cabello con cariño.

—Supongo que Sing tampoco ha encontrado nada

Le dijo, mientras le sonreía levemente.

Max intentó devolverle la sonrisa, mientras estiraba los brazos, buscando su contancto.

Jessica lo envolvió en sus brazos, mientras dejaba que su rostro se hundiera en su pecho.

—No...—Musitó, impregándose del aroma de su esposa, intentando calmarse—Hablé con sus compañeros de trabajo, y les dije que había tenido problemas familiares—lo cual no había sido nada fácil, pues había tenido que inventar más miembros de una falsa familia biológica, además del padre que ya se le había muerto—Su jefe sonaba realmente preocupado, creía que era eso lo que Ash le había estado ocultando, y por eso había comenzado a pedir tanto trabajo extra....

Max suspiró, mientras hundía su rostro más en el pecho de Jessica.

—Jess... yo no tenía idea de que se estaba hundiendo en el trabajo.

Así como no sabía de la aparente tensión que se había construido entre Ash y Eiji.

O de las molestias que Eiji había estado sintiendo en su propio trabajo, que habían llegado a él en forma de escuetas llamadas de atención, de parte del jefe del propio Eiji, cuando hubiera llamado informado de su embarazo de riesgo.

Al parecer, había mucho que Max no sabía.

Rió con frustración.

—No sé porqué ese niño es así...—masculló—Tan...—pareció buscar una palabra—Arisco... ¿Por qué no nos dijo nada...?

Las manos de Jessica viajaron hasta su cabello entonces, acariciándolo con delicadeza.

—Creo que hay cosas que Ash, quizá... no se sente del todo listo para decir—razonó, mientras sus dedos recorrían los cortos mechones de Max—Ni a nosotros—mantuvo silencio un sengundo, para luego acotar— ni a Eiji...

Max apretó los labios.

—Ni a Eiji...

Repitió, incapaz de comprender.

Aquello sonaba como un oxímoron.

—Si es algo que Ash no puede decirle a él...—musitó entonces—Comienzo a temer que sea algo realmente grave...

El sonido de un arma ser disparado llenó el ambiente, seguido por el silencio sepulcral que sólo una bala impactando contra carne podía causar.

Ash observó un hilo de sangre caer, y el goteo de la misma resonó en sus oídos.

Frente a él, uno de sus hombres, le miraba con un temblor imposible de controlar.

Sus ojos abiertos de par en par, reflejando terror, al tiempo que su boca no paraba de intentar articular algo.

Ash... Ash... por favor—el sonido finalmente logró escapar, mientras las manos del hombre frente a él subían, en un fútil intentto de defenderse—Por favor no...

Ash pudo sentir un sin número de miradas clavadas en su nuca. Preocupación. Desasociego. Miedo.

Sin embargo, no se inmutó.

Repítelo—espetó, con voz solemne. Mientras su dedo jugaba con el gatillo, lo suficiente como para que el tambor de su revolver girara, haciendo que el sonido de una nueva bala al ser cargada, causara un nuevo ataque de escalofríos en la persona frente a él—Quiero escucharlo de nuevo.

Los ojos del otro hombre se cerraron, mostrando las pequeñas lágrimas que ya se estaban formando, y parecían pelear por no salir.

Jefe...

Ash no le dejó terminar.

Quiero que vuelvas a decirme porqué estabas con los hombres de Dino.

Sentenció, sin cambiar su semblante.

Su contraparte cayó de rodillas, el sonido de sus rodillas al golpear contra el concreto resonando en los oídos de Ash, y su figura, enseñando en cuello en señal de sumisión grabándose en su retina.

La imagen clára de los ruegos por piedad.

No, por favor... le juro que no sabía qué hacía, sólo seguía órdenes...

Ash buscó en los ojos del otro un atisbo de duda. Una mínima señal de que pudiera estarle mintiendo.

No encontró nada.

Y, aún así, su mano tiró del gatillo.

Un nuevo retumbrar llenó el callejón, y el rostro del Ash se tiñó de rojo, al tiempo que el cráneo de su antiguo compañero caía al sueño, completamente destrozado.

Ash sintió su mano más pesada, dejando que esta cayera, junto a su pistola.

Detrás de él, un coro de vítores estalló, acompañado de aplausos.

Ash se sobresaltó, sólo un momento, pero antes de que pudiera girar, una gran y pesada mano descansó sobre su hombro, al tiempo que una voz demasiado conocida; le susurraba en el oído.

Excelente tiro, cariño.

Ash sintió el frío invadirle la espina, girándose con violencia, y perdiendo su arma en el acto.

El rostro de Dino le saludó, con la misma sonrisa socarrona que siempre le hubiera conocido, mientras sus manos aplaudían, con una lentitud que parecía ser dedicada únicamente para las burlas.

Sabía que esto—Dijo entonces, mientras miraba alrededor, con expresión de disgusto—No era más que una fase.

¿Qué...?

Preguntó, mientras su cuerpo daba un paso para atrás, antes de chocar con una pared de ladrillos, que podía jurar; antes, no había estado allí. Así como el resto de la habitación, que había pasado de ser uno de los muchos callejones que hubiera utilizado como zona de castigo, al calabozo de Dino.

Ash ahogó un jadeo, mientras intentaba correr. Sin embargo, y ante su primer paso, algo duro detuvo su andar.

Era un cuerpo.

Ash no pudo evitar quedarse inmóvil.

Pues, quien los ojos sin vida que le devolvían la mirada; no eran los de un miembro de su pandilla.

Eran los ojos de Eiji.

Era el rostro de su esposo.

Que, ahora, tenía un gran agujero de bala, decorándola la mitad de su frente.

Ash sintió su mandíbula desencajarse.

Oh, Ash...—La voz de Dino volvió a sonar en su oído, al tiempo que su cintura era tomada por las grandes manos del otro alfa—Sabía que esa obseción por ese omega tuyo era sólo una fase, querido hijo.

.

El cuarto maltrecho en el que Ash estaba, se llenó del sonido de su grito.

Sing empujó el colchón que habían conseguido gracias a Max hacia el centro de la sala, mientras le recalcaba a Eiji que ni se le ocurriera ir por frazadas; que él ya lo haría una vez terminara con lo más básico para la rústica cama que pensaba armar.

Eiji, desde su lugar, se removió con nervisosismo; mientras parecía pensar con detenimiento sus siguientes palabras.

—Así que de verdad te quedarás conmigo...—musitó, como si a pesar de que habían estado hablando del asunto desde hacía dos días, la idea apenas se simentara en su mente.

Sing, por su parte, murmuró un quedo asentimiento.

Eiji rió por lo bajo.

—¿Max en serio no confía en que pueda cuidarme sólo?

Preguntó, haciendo que Sing le mirara con duda.

Detuvo su accionar, mientras se sentía en el desnudo colchón, y elevaba una ceja con clara confusión.

—Creo que es más bien que no confía en que no vayas corriendo a buscar a Ash—explicó—No sería la primera vez.

El rostro de Eiji pareció deformarse entonces, haciendo que Sing se arrepientiera de lo que acababa de abandonar sus labios.

—No lo haré...—aseguró entonces, mientras una de sus manos descansaba sobre su vientre, de manera protectora; y Sing deseó que se lo tragara la tierra—Sé que debo quedarme en casa... lo sé.

Sing se apresuró a negar con la mano.

—Eh...eso era sólo una broma, Eiji—aseguró, presuroso, mientras dejaba su lugar, acercándose al sofá donde el omega estaba sentado—Max está preocupado, eso es todo...—aseguró—Todos lo estamos...

Terminó por agregar, bajando una octava el tono de su voz.

Eiji suspiró quedamente, antes de regalarle una tímida sonrisa.

—Eso también lo sé.

Le aseguró, mientras volvía a enfocar la mirada en su vientre.

Sing se llevó una mano a la nuca, frotándola con nerviosismo.

Está bien.

Pensó.

Empezamos con el pie izquierdo.

Tomó aire un momento, y decidió cambiar de tema.

—Por cierto, Eiji...—intentó entonces, mientras le dedicaba una sonrisa que intentaba ser conciliadora, y rascaba su mejilla—¿Crees que alguien piense que esto es... raro?

El mentado parpadeó ante la pregunta, aparanto su mirada de su vientre, para finalmente enfocarla en Sing.

—¿Raro?

Preguntó, haciendo que el alfa se sonrojara un poco, mientras reía con nerviosismo.

Bueno, al menos había logrado que Eiji le volviera a prestar atención.

—Que me vean aquí, ya sabes....—intentó explicarse—Con Ash fuera y todo eso—las palabras parecieron trastabillar—Después de todo, yo no soy tu esposo...

Explicó, mientras su voz parecía morir en las últimas sílabas.

Eiji pareció tardar un par de segundos en entender esa retahíla de palabras, para luego simplemente reir, de manera limpia y clara.

—¿Te ponen nervioso los cuchicheos de amas de casa desocupadas? —preguntó, al tiempo que Sing se elevaba de hombros. Aún si su mente le intentaba recordar que, una persona con mucho tiempo libre, podía inventar las historias más locas. Lo había vivido antes, con las habladurías que su llegada había causado en su pequeño barrio de infancia, y con la manera en la que otros padres y madres le observaban—No te preocupes. Es más, hoy vino una de ellas, trayendo una cacerola—Explicó, mientras se llevaba las manos a la cintura e imitaba un tono particularmente pomposo—según ella, muy preocupada por el –y cito: repentino viaje de negocios de mi marido.

Sing rió ante la imitación, y Eiji le sonrió en respuesta.

—Pero Max se encargó de la situación, explicándole que un primo mío se quedaría a cuidarme; y como ya te han visto por aquí antes...

Sing pareció unir uno más uno.

—Bueno—ofreció entonces—Eso es verdad, eh...

Dijo, dejando que la última muriera en sus labios, para luego ser nuevamente imbuhídos por el silencio. Uno que no era para nada parecido a los que solía compartir con Eiji, que parecían estar rodeados de puro entendimiento. Este, en cambio, parecía desbordar de incomodidad, y de intenciones no desarrolladas.

Sing tamborileó sus dedos sobre su muslo, incapaz de aguantar la incomodidad que el ambiente le causaba.

Contó hasta tres, y, cuando se giró para volver a entablar conversación con Eiji, se encontró con que el omega; al parecer, también había pensado lo mismo:

—Eiji-

—Sing-

Sus voces chocaron, haciendo que ambos se sobresaltaran, para luego reír con gracia.

—Tú primero—Pidió entonces Sing, mientras le señalaba con su palma.

Eiji negó, con lentitud.

—Tú primero, por favor.

Pidió.

El alfa no pudo hacer sino apretar los labios.

Su mirada viajó al colchón, que ahora descansaba abandonado frente a ellos, pieza que; aunque Eiji había asegurado era innecesaria –pues, Sing podía dormir en un saco de dormir en su habitación, ya que la cama era inmensa. Recordando que él mismo se había negado, mientras aseguraba que ese era el espacio de Ash.

Y, que por muy imbécil que fuera, merecía que fuera respetado.

Sing no se sentía capaz de irrumpir en ese pequeño santuario.

El que era de Ash y Eiji.

—Este lugar...—dijo entonces, mientras dejaba que su cuello descansara en el espaldar del sofá—Es realmente silencioso...

Eiji parpadeó, confundido.

Sing se apresuró a elaborar.

—Aquí—Dijo, señalando la sala—A esta hora en mi departamento puedo escuchar perfectamente el sonido de los autos al pasar por la avenida—Explicó—Pero aquí... apenas puedo escuchar algo...

Eiji le dedicó una sonrisa, mientras se acomodaba en su lugar.

—Eso fue idea de Ash—le comentó—Le agradó este vecindario, porque así podíamos hacer un estudio donde pudiera trabajar sin ser interrumpido.

Sing sintió sus comisuras alzarse, formando una sonrisa.

—Típido de él.

Eiji se elevó levemente de hombros.

—Siempre ha valorado su tranquilidad.

Sing asintió, mientras sentía la tensión de hacía unos minutos desaparecer de sus hombros.

—Está bien—razonó—tu turno, entonces.

Eiji se mantuvo en silencio un momento, mientras sus ojos; ya llenos de calma, parecían examinarlo.

Finalmente, y con tranquilidad, le preguntó:

—¿Por qué tienes esa casa?

Sing tuvo la osadía de lucir ofendido.

—Nací con esta cara, Eiji—explicó con simpleza, mientras alzaba una ceja.

Eiji le dedicó una mirada escrutiñadora.

—Sabes que no me refiero a eso...—Dijo, mientras una de sus manos subía hasta su mejilla, rozándola con los dedos. Sing sintió que el tiempo se detenía—Sing... ¿Qué es lo que te está molestando?

Él abrió los labios, pero antes de que pudiera decir algo, Eiji continuó.

—Y sé...sé que no es lo que está pasando con Ash...

Sing apretó los labios, mientras bajaba ligeramente la mirada.

—No quiero hablar de eso...—musitó, mientras sentía el toque tibio de Eiji descansar sobre su piel—Al menos, aún no....

Eiji le observó con algo que parecía rozar la preocupación.

—Pero...

El índice de Sing descansó sobre los labios de Eiji, en un fútil intento de pedir silencio.

—Eiji...—pidió, con suavidad, para luego llevar esa misma mano a descansar sobre la del omega, que aún estaba puesta en su rostro—tú aún no quieras hablarme de qué ocurrión con Ash—razonó, mientras sonreíra—Y lo entiendo...yo... aún no me siento listo para hablar de lo que me ocurre...—Al menos, no contigo; pensó. O, quizá, agregó su cerebro no mucho después; no con nadie—Sólo dame tiempo, ¿Sí?

Eiji pareció dubitativo un momeno, para finalmente suspirar, y asentir.

—Está bien...

Sing se sintió complacido, mientras soltaba finalmente la mano de Eiji.

—Sin embargo, sí hay algo que lo que quisiera hablar.

Eiji pareció animarse ante ese prospecto.

—¿Sí? ¿De qué?

Sing intentó hacerse el interesante, mientras una de sus manos golpeaba su mentón.

—De ti.

Respondió con simpleza.

Eiji parpadeó, confundido.

Sing le regaló una gran sonrisa, mientras asentía.

En sonido de la estridente risa de Sing llenó el ambiente, mientras su cuerpo se convulsionaba; e intentaba mantener la taza de té caliente en su mano, sin que esta se derramase.

—¿Qué él hizo qué?

Logró preguntar, entre los espasmos que aún invadían su cuerpo.

Eiji, a su lado, y acomodado en el sofá, asintió sin pena.

—Así como lo oyes—aseguró Eiji, mientras imitaba los movimientos de un cazador—Cazó a esas gallinas con sus propios dientes. ¡Yo tampoco me lo podía creer! —exclamó—Pero lo vi traer uno con mis propios ojos.

Sing tomó un poco del té que tenía entre las manos, intentando calmar su garganta seca, mientras con la mirada; le pedía a Eiji continuar.

El omega, ni lento ni perezoso, siguió relatando su experiencia, durante lo que había parecido ser el viaje en carretera más accidentado del que Sing alguna vez hubiera escuchado.

—Ash también venía detrás de él, con un ar igual; pero definitivamente era Shorter quien se llevaba el premio con semejante imagen—explicó—Aún hoy me da gracia recordar el rostro de Ibe-san, parecía que sus ojos iban a salirse de sus cuencas.

Explicó, mientras dejaba su propia taza, y llevaba sus manos a las caderas.

—Se colocó justo así, frente a mí; como un lobo orgulloso que llegaba con su presa—Sing podía hacerse la imagen mental—"Para ti" me dijo, como única explicación.

Sing elevó una ceja.

—¿Ash hizo lo mismo?

Eiji negó, mientras movía una de sus manos de un lado a otro.

—Para nada—aseguró—Es más. Él golpeó a Shorter en el hombro, reclamándole si así tenía cara para decir que era él quien no sabía tratar a los omegas—Sing encontraba la imagen mental demasiado jocosa—y Shorter, con la mejor expresión de incredulidad le respondió: "Ash, a los omegas se les alimenta; ¿Qué acaso no sabes lo básico del sistema de castas? Sé que no terminaste la primaria, pero por favor"

Sing tuvo que cubrirse los labios, intentando acallar su nueva carcajada.

—He escuchado de esos rituales de cortejo y convivencia—dijo, cuando al fin pudo calmarse, recordando que él mismo los había hecho, entregándole comida tanto a Eiji como a Yut Lung, en diferentes momentos de su vida—Pero nunca creí que Shorter lo llevara a ese extremo.

Eiji, simplemente, se elevó de hombros.

—En su momento, admitiré, que pensaba que era un poco de extravagancia americana—aseguró—pero, al mismo tiempo, me sentí increíblemente halagado. Nadie me había tratado así antes, además de mi madre.

Sing parpadeó un par de veces, y antes de que su cerebro pudiera sobreanalizar lo que estaba a punto de decir, su boca soltó:

—Eiji, eso suena triste.

El mentado omega se sonrojó, antes de darle un golpe en el hombro.

—Cállate—bufó, con una expresión que, aunque intentaba parecer amenazante; resultaba adorable—Yo no era popular—Espetó, mientras giraba el rostro—Y Japón no es como aquí, no tenemos esa tan balante...—una de sus manos se movió de un lado a otro, como si intentara encontrar la palabra correcta—cultura de coqueteo.

Sing le miró con extrañeza, al tiempo que dejaba su cuerpo recostarse más contra el sofá.

—Me parece increíble pensar que nadie te hubiera coqueteado antes—afirmó—no lo creo.

Eiji infló una de sus mejillas, y Sing fue capaz de recordar; porqué la gente siempre parecía pensar que era varios años menor.

—Es verdad.

Sing rodó los ojos, intentando optar por otra ruta.

—Entonces dime, ¿Ash cómo lo tomó?

Eiji le miró con extrañeza.

—¿Ash?

Sing asintió.

—Que Shorter te estuviera coqueteando.

Eiji bufó, exasperado.

—Shorter no estaba-

Sing no le dejó terminar.

—Eiji, por favor—pidió, mientras bufaba—Yo conocía a Shorter mejor que la palma de mi mano, eso era coqueteo—afirmó—Totalmente.

Un nuevo sonrojo se pintó en el rostro de Eiji, mientras su figura intentaba achicarse en el sofá.

—No dijo nada—confesó, finalmente—Sólo que Shorter se estaba comportando como un bárbaro.

Sing no pudo evitar enarcar una ceja, mientras le dedicaba una nueva mirada incrédula.

Eiji, desde su lugar, volvió a reir, mientras se aproximaba un poco más a él.

—En serio, no sé qué es lo que piensan todos ustedes...—afirmó, mientras su índice golpeaba suavemene la frente de Sing—pero Ash y yo sólo eramos amigos en un inicio.

Sing rodó los ojos.

—Ahá...

Eiji ahogó un gemido.

—¡Lo digo en serio! —Afirmó mientras ponía su propia taza, ya vacía, a un lado—Ash siempre fue... amable, pero mantenía sus distancias—le aseguró, mirándolo con rostro calmo—Era yo quien intentaba acercarse, pero cada que daba un paso hacia adelante; Ash parecía intentar dar dos hacia atrás.

Sing dejó que su mentón descansara sobre su palma, mientras fingía tener una expresión de escrutinio.

—Oh sí—aseguró, mientras asentía—Eso se escucha muy veraz.

Eiji ahogó un pequeño suspiro.

—Lo digo en serio, Sing—volvió a repetir, mientras sus dedos tamborileaban en su regazo—Incluso...

Musitó, mientras su mente parecía irse a un lugar diferente de donde estaban en ese instante.

Sing intentó regresarlo al presente.

—¿Incluso?

Eiji pareció pensarlo un momento.

—En una ocasión, me pidió que regresara a Japón—dijo—La primera vez. Porque dijo que sería una carga.

Sing sintió cualquier clase de atisbo de burla dejar su cara en un instante.

—¿Qué Ash dijo qué...?

Pero Eiji, en cambio, parecía haber regresado a su semblante de siempre. La sonrisa cándida y tranquila nuevamente dibujada en sus labios.

—Ibe-san me dijo que había dicho aquello, como un modo de convencerme definitivamente de regresar—explicó—Pero ¿sabes? Creo que no puedo culparlo... ni siquiera ahora—murmuró, mientras sus dedos peinaban las largas ebras de que cabello, que caía sin cuidado por sus hombros—Es decir, piénsalo. Un omega que no sabe defenderse, que no puede tomar un arma, que tiembla cuando debe jalar del gatillo...—Su tono parecía apagarse con cada palabra—Que cierra los ojos cuando alguien le apunta... es peso muerto, veas por donde lo veas.

Sing frunció el ceño.

—¿Qué...? Pero qué dices, Eiji...

El mentado negó, ignorando sus palabras.

—De cualquier manera, Ash pudo haber sido algo duro en un inicio—razonó—Pero eso no quiere decir que no tuviera razón.

Sing apretó los labios.

—Pero eso...cambió...

Eiji parpadeó. Sing, reformuló sus palabras.

—Es que...—Movió las manos, como si intentara encontrar las palabras correctas—El Ash que yo conocí—señaló—Me habría cortado la lengua, si tan solo me atrevía a decir una palabra así sobre ti—Explicó, mientras sonreía levemente—¿Cómo pasas del señor idiota, al señor "si tocas a mi hombre mueres? ¿Magia?

Aquello pareció divertir a Eiji, pues nuevamente, le regaló una sonrisa.

—No... no magia—sopesó—Quizá... una pesadilla.

Sing frunció el ceño.

—¿Eh?

Eiji tomó aire, antes de confesar:

—Es que eso pasó, después de la muerte de Shorter...

Sing se quedó en silencio.

Eiji le había contado, de manera somera, la verdad detrás de esa tragedia. Incluso, diciendo, que había sido su culpa. Sin embargo...

—Por Banana Fish.

Fue todo lo que pudo decir.

—Por Banana Fish.

Repitió Eiji, mientras su mirada se perdía en el vacío, como si buscara algo en un rincón de la habitación.

—Creo que...debo ir por comida—musitó, mientras se ponía de pie. Sin embargo, Sing no le dejó dar un paso lejos, tomando su mano con suavidad, y tirando de ella.

—Eiji.... Está bien—le aseguró con suavidad—Puedes decirme...

La mirada de Eiji se enfocó en su rostro, y Sing pudo ver atisbos de duda. En respuesta, suavizó su expresión.

—Sólo soy yo...—prometió—puedes decirme.

Eiji pareció dubitativo.

—¿Por qué...?

Sing no tuvo que pensarlo.

—Porque a veces cargar con lo que tenemos dentro, puede ser un trabajo muy duro si lo hacemos solos—Dijo, mientras su agarre en su mano se hacía un poco más fuerte—¿No lo recuerdas? Eso fue lo que tú me enseñaste...

Eiji le regaló una pequeña sonrisa, mientras se sentaba a su lado.

Sing, finalmente, pudo soltar su mano.

—Sing...—empezó—Sé que en un inicio culpabas a Ash por la muerte de Shorter, pero creo que ya te lo había dicho antes... que si había alguien a quien deberías culpar, ese alguien era yo...

Sing negó vehementemente.

—¿A qué viene eso? —preguntó—Te lo dije en ese momento, y lo repito ahora. El único culpable fue el maldito de Dino, ¡Casi te mata!

Eiji negó, reticente.

—Tardé un poco en poner uno y dos juntos, ¿sabes? Pero con el tiempo, pude entenderlo mejor...—Explicó, mientras una de sus manos descansaba sobre su vientre, quizá de manera automática—Shorter nos traicionó. Eso fue lo que me dijo Arthur, cuando recobré la conciencia en la mansión de Dino. Pero yo nunca lo creí.

—Porque Shorter jamás haría algo así de manera voluntaria. —Intervino Sing entonces—Ash era su amigo. Tú también...

Eiji asintió, levemente.

—Lo pusieron contra la espada y la pared... debió ser muy duro—musitó, aunque Sing creía que estaba hablando más para sí mismo—Pero... ¿sabes? Dino... Dino no quería a Shorter. Él... él me quería a mí...—Explicó, al fin levantando la mirada, y enfocando sus ojos en los de Sing—Por que, así como tú, tenía este extraño pensamiento de que al tocarme...al lastimarme... podía hacerle daño directamente a Ash...—Su voz se cortó un momento, y Sing tuvo el deseo de pedirle que se detuviera, si no quería continuar. Sin embargo, Eiji volvió a hablar—Pero Shorter... él pudo alejarse, si cedía ante los Lee... quizá podría haberlo hecho.

—Shorter jamás los abandonaría—repuso Sing—No había manera de que él hiciera eso.

Eiji bajó la mirada, mientras asentía.

—Pero más que eso... fue conmigo...—murmuró—Fue conmigo, para protegerme... Me lo dijo... fue lo último que logró decirme, Sing... "Voy a salvarte" ...y después....

Los ojos de Eiji se enjugaron en lágrimas, que no tardaron en caer.

—A veces aún puedo escucharlo, Sing...

—Eiji...

—Su voz, en el fondo de mi cabeza...—Sus hombros temblaron ligeramente—Pero luego su voz se convierte en gritos... los gritos que profería con solo ver mi rostro...—la mano de Eiji viajó a sus labios, como si intentara detener la verborrea que ahora parecía incapaz de detenerse—Él no tendría que haber estado allí, Sing... no él...

Sing estiró sus brazos en dirección a Eiji, mientras tomaba sus hombros con delicadeza.

—Pero él quería protegerte...—repuso—Si él no hubiera estado allí...

Habrias sido tú.

Completó por él su mente. Sing no se atrevió a dejar que esas palabras salieran de sus labios. Sin embargo, Eiji hizo ese trabajo por él, pues, con la voz más contrita que le hubiera escuchado, musitó:

—Habría sido yo...—Su expresión se endureció—A veces...pienso si de verdad no debí haber sido yo...

Confesó, mientras el temblor de su cuerpo se incrementaba, y las lágrimas caían con más fuerza.

Sing sólo pudo abrazarle con fuerza a su pecho.

—No digas eso...—le pidió, mientras sentía su corazón agrietarse—Nunca digas eso....—Repitió, mientras sentía sus propios ojos arder—No hagas de menos el deseo y sacrificio de Shorter, por favor...

Pidió, mientras se separaba apenas, para tomar su rostro entre sus manos.

—El de nadie... el de nadie a quien tengamos que darle las gracias, por poder estar aquí el día de hoy.

Musitó finalmente, antes de volver a envolverle en sus brazos, en un nuevo abrazo.

Ash giró de un lado a otro de la cama, mientras una serie de jadeos invadían su garganta. Su cuerpo entero parecía gritar, sin manera aparente de acallarlo.

Se sentó como pudo al borde de la cama, mientras estiraba la mano, listo para tomar la botella de agua que el doctor hubiera dejado para él, abriendo el blíster de pastillas que también descansaba allí, y engulléndolas sin miramiento alguno.

La agrura posterior le trajo una arcada, que intentó apaciguar con respiraciones profundas. Junto a la botella, también había un poco de comida; empero- la sóla idea de intentar ingerir algo en ese momento, era imposible de procesar.

Tomó lo que quedaba dentro de la botella, como si de un naufrago se tratara, dejando que su cuerpo cayera –todo lo largo que era- sobre el colchón.

La fiebre era incontrolable.

El sudor le era molesto, y su cabeza parecía lista para partirse en dos.

Se puso de pie como pudo, y dejó que sus pies lo llevaran hacia el estrecho baño del destartalado departamento. Abrió el agua fría, y sin pensarlo dos veces, se metió debajo del chorro.

Poco a poco.

Se dijo.

Poco a poco. Todo esto va a pasar.

Lo estás haciendo bien.

Se animó.

Sólo debes resistir, un poco más.

Dejó que su espalda se recargara sobre el frío mármol de la regadera, mientras sus piernas parecían finalmente darse por vencidas a la idea de sostenerle en su lugar, dejando que se deslizara hacia el frío suelo del baño.

Sus manos temblaron, y Ash aprovechó el momento para frotarlas, con desesperación, pues tras parpadear; pudo jurar que destellos rojos las manchaban.

Destellos que emulaban la sangre.

Destellos que le recordaban el sueño que acababa de tener.

Uno donde nuevamente terminaba lleno de la sangre de Eiji, aún si esta vez; lo que lo causaba no era exactamente su arma.

Uno donde lo único que acompañaba el silencio creado por su mente, mezclado con el sonido de sus propios gemidos, era el llanto de Eiji.

Se sentía asqueroso.

—Si no es matar, es sexo, vaya—El sonido de una voz le llegó, desde su lado derecho—¿De verdad? Tu cerebro no parece dar para algo que no sea eso, ¿no? Justo como cuando eras más pequeño.

Ash giró el rostro con lentitud, mientras a través del agua, intentaba enfocar a la persona que le hablaba.

Era la voz de Shorter.

—Haha...—Rió, mientras la imagen difusa de su difunto amigo parecía saludarle, aún si no había nada de gracia reflejada en su voz.

Y él que creía que las alucinaciones causadas por la fiebre eran sólo cosa de niños.

—No eres real...

Se digo, mientras usaba ambas palmas para golpear su rostro, en un fútil intento de asirse a la realidad.

La imagen de Shorter ni se inmutó, ignorándole por completo.

—Sabes cómo te llamábamos en la correccional, ¿no?

Dijo en cambio, con algo que parecía diversión destilando de cada sílaba.

Ash presionó sus ojidos, mientras intentaba concentrarse en el sonido del agua chocando contra las baldosas.

—Y también lo hacíamos en las calles.

—Cállate—gruñó.

Empero, la voz de Shorter siguió sonando, mucho más fuerte.

—Si no eras una ramera, entonces eras un asesino.

Ash sintió sus dientes rechinar.

—Y ¿sabes? —esta vez, la voz se escuchó como un susurro en su oído—Comienzo a creer que sí eres un poco de los dos.

La mano de Ash tomó lo primero que estuvo a su alcance. Una botella de shampoo, lanzándolo a través de la habitación.

Y, como era de esperarse, el impacto no encontró a nadie.

Sing sintió que los minutos pasaban mucho más lentos, mientras la respiración de Eiji se hacía acompasada.

Acomodó mejor su postura, dejando que el omega utilizara su pecho como soporte, mientras una pequeña voz en su mente le preguntaba si no debería sentirse, al menos, un poco culpable. Culpable, por hacer llorar a su amigo, y; culpable, por tenerle que reconfortar de aquella manera. Por, de algún modo, dar validez a las palabras que Yut Lung le hubiera soltado, al tiempo que- sin querer- parecía dar un verdadero motivo a las miradas llenas de amenazas silentes que Ash a veces parecía lanzarle.

Sin embargo, y – mientras sentía la respiración de Eiji calmarse, la mente de Sing sólo era capaz de pensar una cosa:

Ah.

Se decía.

Se siente bien.

El estar. El simplemente estar. Para una persona que, a cambio, siempre había estado allí para él.

El estar para un amigo.

Yut Lung de verdad es un idiota.

Fue lo segundo que pensó, con una risa amarga. Pues, si la situación fuera inversa, probablemente; la manera que habría escogido para calmarle; habría sido a través de un beso.

Uno que tuviera sabor de confort y cariño.

No de una extraña y alargada guerra, entre su persona y alguien que intentaba ser.

Uno que fuera únicamente de él y de Sing.

Sin embargo, no pudo pasar más tiempo dentro de sus cavilaciones, pues la voz de Eiji rompió el silencio, mientras su cuerpo se encogía, sin apartarse del de Sing.

—Perdón...—le escuchó musitar—por soltar todo eso de repente... no sé qué me pasó...

Sing no pudo evitar sonreir, mientras asía más el pequeño toque que tenía sobre su hombro.

—Yo sí—Dijo—Estrés, ¿no?—Explicó—Estas embarazado, y el idiota de tu esposo no está—Listó—Creo que es algo que estresaría a cualquiera, incluso a alguien como tú; Eiji.

El mentado sólo pareció reir, mientras giraba el rostro, para poder verle mejor.

—¿Alguien como yo? ¿Qué hay de diferente conmigo?

Preguntó, confundido.

Sing abrió la boca, en un perfecto agape.

—¿Bromeas? —preguntó—Aún recuerdo cuando apenas te conocí. ¿Qué hacía un omega sin pandilla en medio de la cárcel? —preguntó, a nadie en específico—Ni siquiera pestañeaste cuando Yut Lung te metió en el auto. Recuerdo que pensé que era más inteligente rogar por tu vida que intentar enfrentarle.

Eiji parpadeó.

—¿Me estás llamando tonto?

Sing elevó su mano libre al cielo.

—Te estoy llamando valiente—Espetó, mientras golpeaba su frente con el dedo índice, delicadamente—Y terco, también. Quizá más lo segundo que lo primero—Rió—Pero también te llamo perseverante, y alguien increíblemente confiable, y dedicado...—murmuró—En ese momento... ¿no había nada más detrás de esa cabeza tuya, no? Nada que no fuera Ash. Ni siquiera tu propia seguridad.

El rostro de Eiji se sonrojó como única respuesta.

—Es algo que admiro de ti—Admitió Sing—Pero...—Murmuró, al tiempo que las palabras de Yut Lung llegaban nuevamente a su mente—Quizá también deberías pensar en ti mismo, para variar...

Eiji pareció sopesarlo.

—Recuerdo... que muchos me llamaban el punto débil de Ash—Dijo, en cambio, mientras una de sus manos viajaba a su cuello, acariciándolo, un gesto que Eiji había estado repitiendo durante toda la noche—¿Lo sabías?

Sing rió suavemente, quitado de la pena.

—Sí—confirmó—Creo que incluso yo usé esa frase alguna vez, lo lamento.

Eiji negó con una sonrisa, mientras acariciaba su vientre.

—Está bien. Pero, ¿sabes? Nunca me creí un punto débil, porque... sentía que Ash me necesitaba—confesó—Un poco vanidoso de mi parte, ¿no? Creer eso...

Sing negó.

—Para nada. Creo que sólo estabas muy conciente de la realidad, aunque no lo dijeras en voz alta.

Eiji se elevó de hombros.

—En todo caso...no podía creer que mi cariño fuera una debilidad. El cariño no tendría porque serlo, y... creo que aún pienso así, pero...

Eiji se quedó en silencio, Sing intentó ayudarle.

—¿Pero...?

Eiji le dedicó una sonrisa, que despedía cansancio.

—A veces, también, pensaba si no era mi culpa el hacer la vida de Ash un poco más difícil de lo que debería ser...

Sing enarcó una ceja.

—¿Qué quieres decir?

Eiji se removió.

—Ash sacrificó muchas cosas para poder cuidarme... se llenó de secretos, de luchas solitarias... cosas que nunca me dijo, pero que siempre noté...—musitó—Todas las mentiras y sacrificios que tuvo que cargar...

Sing presionó más su agarre en su hombro.

—Es porque eras su tesoro más grande, Eiji—Dijo, aprentado los labios, sintiendo de pronto que, no debería ser él quien dijera esas palabras, aún si en el fondo de su corazón, sabía que eran ciertas—Lo eres.

Eiji rió un poco.

—¿Pero es realmente justo, Sing?—preguntó, dejándole en silencio—Siento que... Ash tiene que aguantar muchas cosas por mi causa...no sólo entonces....

Sing sintió su rostro deformarse, mientras se apartaba un poco de Eiji, para mirarle con incredulidad.

—¿Aguantar? —preguntó—¿Qué se supone que este hombre debería aguantar estando contigo, Eiji?—sus brazos se abrieron, señalando la totalidad de la sala—Este lugar es un paraíso—rectificó—Así que perdóname, pero no veo nada; absolutamente nada, de lo que Ash pudiera quejarse.

Espetó finalmente, sintiendo que algo de ira se había colado en su última declaración.

Eiji, por su parte, sólo se quedó en silencio, mientras le dedicaba una larga mirada.

Sing esperó pacientemente una respuesta, pero Eiji, en cambio, sólo apartó su cabello; mostrándole su cuello.

Los ojos de Sing se abrieron de par en par.

—Eso es....

—Una mordida.

Completó Eiji.

Sing sintió su mente quedarse en blanco.

Eiji nunca había tenido una antes, aún si Sing nunca se había detido a preguntarle porqué. Aún si en un inicio había sido una de las más grandes dudas que llegaran a su mente cuando pensaba en la relación de Ash y Eiji, con el paso del tiempo, se había hecho sólo una particularidad más.

Otra afirmación a la larga lista que era la descripción de sus amigos:

Ash ama a Eiji.

Eiji ama a Ash.

Ash y Eiji están casados.

Ash no muerde a Eiji.

Una verdad absoluta que, a este punto, ya no tenía sentido cuestionar.

—¿Eso... lo hizo Ash?—la pregunta salió antes de que Sing pensara si era adecuado hacerla o no.

Eiji no pareció ofendido. En cambio, asintió con parsimonia.

—Pero no entiendo... cómo es que algo así puede ser ma...

Eiji no le dejó terminar.

—Esta es una de las cosas que prometimos nunca necesitar.

Explicó, mientras cubría su cuello, como si le diera vergüenza.

Sin parpadeó, confundido.

—Una de las pocas cosas que sentía que podía darle a Ash...El no... necesitar esto, el no tenerlo, y aún así poder ser felices...

La voz de Eiji se hizo más suave, casi conviertiéndose en un susurro. Sing le tomó la mano, pidiendo su atención.

—Perdón si no puedo ser muy claro, pero... es algo entre Ash y yo—Explicó—Y sólo... quería poder darle esto, ¿sabes?... a cambio de todo lo que él ya había sacrificado por mi... evitarle tener que hacerlo... pero parece que no pude...

Sing tragó duro.

—...¿Es por eso que se fue?

Se aventuró a preguntar.

Eiji llevó sus brazos a su alrededor, abrazándose a sí mismo.

—No lo sé...—confesó—Pero...siento que tiene mucho que ver.

Sing no estaba seguro de qué decir.

Llevó las manos a su regazo, mientras apretaba sus puños.

Después de unos segundos, se animó a soltar:

—No creo que sea tu culpa.

Eiji le miró, desconcertado.

—No estoy seguro de qué es todo esto—aseguró—Y no preguntaré. Entiendo lo que privacidad significa—Puntuó—Pero repito, no creo que sea tu culpa.

Eiji pareció dubitativo, así que Sing continuó.

—Y aunque crea que Ash es un idiota, y que probablemente esa sea la principal razón por la cual está haciendo todo esto...—Dijo, mientras asía el cuerpo de Eiji contra el suyo, envolviéndole en un abrazo—está bien.... Está bien si te causa pesar....

—¿Eh...?

El cuerpo de Eiji tembló ante su toque.

Sing continuó.

—Dijiste que querías poder darle eso a Ash, pero Eiji...—musitó, mientras pegaba más el cuerpo de su amigo al propio, en un fútil intento de brindarle la misma calidez que él le hubiera dado hacía tantos años atrás, cuando apenas era un niño—Creo que tú ya le has dado todo...—aseguró—Es hora de darte unpoco a ti también. Aún si sólo es la potestad de sentirte triste o enojado...

Pidió, mientras se apartaba ligeramente, enfocando su mirada con la del omega.

—No te quites esa libertad, ¿sí?—pidió, mientras le sonreía—Al menos eso es lo que me dijiste a mí, ¿recuerdas?

Cuando él apenas era un cachorro, y la muerte de su hermano se cirniera sobre sus hombros, como una manta de pesadez.

Cuando él estaba sólo, y no tenía un hombro en el cual llorar.

Eiji le había enseñado la importancia de la tristeza.

Sing no podía creer que casi la hubiera olvidado.

La cama sin Ash se sentía fría. Extremadamente fría.

Su aroma, entre las sábanas, aún era perceptible.

Eiji, como las otras noches, se acurrucó en estas, intentando buscarlo.

En su vientre, Griffin se revolvió; presionando su diafragma y quitándole el aire un momento, sin embargo, se quedó quieto al momento siguiente.

Su pequeño parecía desganado, como había estado esos últimos días. Pateando únicamente encontadas ocasiones, y; aun si el constante movimiento resultaba doloroso; Eiji se encontró extrañándolo.

—¿Esta es tu manera de presentar tus quejas? —Preguntó entonces, mientras sus manos acariciaban su vientre, intentando que su cachorro respondiera a los estímulos auditivos, como siempre hacía cuando su papá le leía.

No hubo mucha respuesta.

Eiji cerró los ojos, dándose por vencido, e intentando dormir.

Sin embargo, y como si de una broma se tratase, cuando el sueño parecía al fin tocar a su puerta algo llegó a su nariz.

En la almohada, el aroma de Ash. Griffin se revolvió en su lugar.

Eiji sintió sus ojos arder, y los cerró con fuerza, intentando alejar las lágrimas que pugnaban por formarse detrás de ellos.

Estaba cansado.

Necesitaba dormir.

Se cubrió el rostro por entero, mientras sentía algo de ardor subirle por la garganta.

Presionó sus ojos, intentando contar hasta diez.

Y, poco a poco, la oscuridad comenzó a llenarle.

Lentamente, la conciencia abandonó su cuerpo.

.

.

Cuando volvió a abrir los ojos, ya no estaba en casa.

Las paredes habían desaparecido, así como el cielo nocturno.

Giró sobre su eje, mientras la luz de la tarde lo cegaba.

A su alrededor, un campo de centeno se alzaba, vibrante y amplio, con las doradas espigas alzándose hasta donde alcanzase la vista.

Parpadeó un par de veces, mientras se hacía más conciente de sí mismo.

Su cuerpo.

Su cuerpo era más ligero.

Sus manos viajaron hacia su vientre entonces, notándolo plano.

—Mi bebé...

Musitó, al tiempo que el terror y la desesperación lo llenaban,

—¡¿Dónde... dónde esta mi bebé?!—Gritó, mientras comenzaba a mirar en todas direcciones, intentando hallar algo que pudiera darle una respuesta.

Su mirada se detuvo, sólo cuando por el rabillo del ojo, pudo captar una silueta.

Un hombre le daba la espalda, mientras lo dorado de su cabello parecía fundirse con los rayos del sol.

Eiji sintió su garganta cerrarse.

—Ash...

Murmuró.

Ash, desde su lugar, se giró con lentitud. Su rostro, que parecía sonreir con tristeza, se deformó tan pronto le vio.

Sus ojos se hicieron fríos, pasando por la pena, y terminando en el rechazo.

Le miraban con asco.

—¡Ash!

Volvió a llamar, sin resultado alguno.

El alfa comenzó a andar, alejándose.

—¡Ash! ¡Espera, regresa!—pidió, mientras intentaba correr a través del campo.

—¡Por favor!

Volvió a pedir, comenzando a sentir el pesar en sus piernas.

—Por favor... tienes que estar a salvo.

Balbuceó, al tiempo que sentía cómo las plantas parecían enredarse en sus piernas, deteniendo su avanzar.

—Por favor...—la vegetación comenzó a crecer, envolviéndole—Ash...

Rogó.

Tienes que volver.

Intentó decir, antes de ser tragado por la oscuridad.

.

.

Misma oscuridad que le recibió, cuando volvió a abrir los ojos.

Su mano viajó hasta su rostro, frotándolo con suavidad.

Una pesadilla.

Sólo había sido una pesadilla.

Suspiró, con cansancio.

Observó el reloj. Las cuatro de la mañana.

Intentó volver a acomodarse, listo para aprovechar las pocas horas de sueño que aún tenia; cuando algo nuevamente captó su atención.

Era un ruido.

Algo acababa de caer en la sala.

Instintivamente se sentó, afinando sus sentidos.

Esperó por que algo se repitiera, y; tras unos segundos, lo escuchó de nuevo.

Eran quejidos.

Prendió la lámpara que tenía a un lado de la cama, poniéndose de pie, y avanzando hacia la sala, con su teléfono en la mano.

—¿Sing...?

Preguntó, sin obtener respuesta.

Avanzó un poco más, hasta que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad.

En medio de la sala, en la rústica cama de colchón, Sing se removía con incomodidad.

—¿Sing?

Volvió a preguntar, acercándose a él. Sin embargo, antes de que pudiera tocarlo, un grito ahogado abandonó los labios del muchacho, quien parecía haber despertado al fin.

—Sing-

Volvió a hablar Eiji, pero fue silenciado por los fuertes brazos del muchacho. Quien, tras girar rápidamente a verle, lo había presionado contra su pecho, en un movimiento que no era del todo delicado.

Su cuerpo temblaba, y Eiji tuvo que tomarse un par de segundos para entender que estaba pasando.

Eiji no era ajeno a las pesadillas.

A las suyas, o a las de Ash.

Sin embargo, cuando su esposo despertaba, era usualmente su abrazo lo que buscaba. Acurrucarse en el pecho de Eiji, mientras él le aseguraba que todo estaba bien. Que todo había acabado.

Sing, por su parte, parecía ser la otra cara de la moneda.

Parecía tener la necesidad de asegurarse de que, quien estuviera bien, fuera él.

—Está bien...—Musitó—Está bien, Sing. No pasa nada...

Aseguró, mientras le devolvía el gesto; y acariciaba su espalda.

La voz de Sing tembló.

—Yo... perdón... perdón.

Eiji negó suavemente.

—Está bien. Todo está bien.

Se mantuvieron un largo rato en silencio, con la luz principal encendida, y un par de tazas de té caliente en las manos.

Sing se había sentido culpable, por despertar a Eiji, y por obligarle a acompañarle en un momento así.

Sin embargo, y ante la reticencia del omega a regresar a la cama, ambos parecían haber llegado a un mudo acuerdo de que, en lo que quedaba de madrugada, ninguno de ellos dormiría.

El reloj de pared marcó las cinco, cuando Sing finalmente se animó a hablar.

—A veces... me pasa...

Dijo, como si intentara excusarse.

Eiji le observó.

—¿Las pesadillas?

Sing asintió.

Eiji le acarició la mano, en un signo de fraternidad.

—Lo entiendo...

Sing ahogó un suspiro.

—Tú... ¿también las tienes?

Preguntó, con un atisbo de timidez.

Eiji le regaló una expresión complicada, antes de responder.

—A veces...algunas...

Replicó, con una voz que le decía a Sing que mentía. No era sólo a veces, y; definitivamente, eran muchas más que algunas.

Sing conocía de eso. No eran constantes, pero estaban, de alguna manera; siempre presentes.

Tenían sus épocas para aparecer. Cuando estaba estresado, cuando algo malo pasaba, o cuando pensaba de más.

Esa época en su vida, parecía ser una curiosa unión de esos tres escenarios.

Los protagonistas usuales de sus sueños solían repetirse, como películas en una cartelera. Si no eran protagonizadas por Lao, lo eran por Ash. Y, estando en su casa; como un vil intruso, parecía casi justicia poética, que fuera el lince el encargado de darle pie a sus desvelos.

Pero, si pensaba en Eiji...

—¿Sobre Shorter?

Intentó, recordando su conversación anterior.

Eiji le dedicó una media sonrisa.

—A veces.

Concedió.

—¿Y las otras?

Eiji apretó los labios.

—...Ash.

Sing no tuvo que tardar mucho para poder atar los cabos.

Era demasiado obvio.

Sintió sus hombros caer.

—Perdón...

Eiji le miró confundido.

—¿Por qué?

Sing le dedicó una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Porque... eso fue mi culpa. Lo sabes, ¿no?

Eiji pareció genuinamente confundido.

—¿Qué cosa?

Sing suspiró.

—Que Ash casi muriera...

Aún si Eiji había sido el primero el traer a colación a Lao, cuando el incidente se hubiera dado, Sing nunca se había atrevido a volver a discutir el incidente. Y, Eiji tampoco había intentado volver a traerlo a colación.

Así estaba bien, pensaba Sing.

Lao era su fantasma, su recuerdo por revisitar.

Su cruz para cargar.

Sing estaba bien llevando esa pequeña grieta en su corazón en soledad.

Sin embargo, había algo que ciertamente, no podía obviar.

Las acciones de su hermano habían tenido consecuencias.

Y no sólo para con él.

Eiji se apresuró a negar.

—Eso no fue tu culpa, Sing.

Él simplemente lo calló.

—Nunca te conté lo que pasó por entero, ¿verdad? La historia completa... dudo que Ash lo hiciera, tampoco.

Dijo, mientras estiraba la mano, roznado apenas por sobre la ropa, el lugar donde sabía descansaba la cicatriz de Eiji.

La que había comenzado el camino a la desgracia.

—Porque esto...también es mi culpa.

Culpa de su falta de entereza. De su debilidad al momento de guiar a sus hombres.

De su credulidad, al no notar las claras banderas de alerta que se habían estado levanando entre sus tropas.

De su falta de experiencia.

—¿Sing?—preguntó Eiji, con duda.

Sing tomó aire.

—¿No sabes lo que estaban buscando los hombres de Yut Lung ese día, verdad?—preguntó, mientras se acomodaba—Lao me lo contó, después de que te llevaran al hospital. Y, mientras Ash descansaba—lo sopesó, al tiempo que la imponente figura de Blanca llegaba a su retina—O, mas bien; mientras lo obligaban a descansar.

Sing aún podía recordarlo, como si de una mórbida memoria viva se tratase.

El sonido de las desesperadas súplicas de Ash resonando en sus oídos, las luces rojas de la abmulancia perdiéndose en el horizonte, y la frágil mente de Sing intentando hacer sentido a cómo, en un abrir y cerrar de ojos, su alianza y última esperanza para rescatar a sus hombres, parecía esfumarse justo frente a él.

—La víctima de ese ataque siempre fuiste tú...—explicó—y fue mi propia incompetencia lo que le dio a Yut Lung las armpas para poder llegar hasta nosotros...—musitó, mientras miraba al suelo, incapaz de enfrentar la mirada de Eiji—Ni siquiera lo noté... aunque ellos eran mis amigos, mis camaradas...

No había podido notar los cambios en su comportamiento.

O, quizá, y haciéndolo peor aún; sí lo había notado.

Pero, había atribuido el extraño cambio en sus hombres al estrés de estar en una guerra contra la mafia. Que, en retrospectiva, quizá bien podía esconder el estrés de saberse un traidor.

—No es como si lo hubiera pedido... ser su líder...—continuó—Yo admiraba a Shorter, pero no quería tomar su lugar... sólo pasó y luego...—el aire pareció abandonar sus pulmones—luego todo... se hizo más complicado.

Eiji tomó su mano, peor Sing no se detuvo.

—Quería que Lao hiciera algo por su vida...él no servía para esas cosas, ¿sabes? —le confesó, mientras el ardor llegaba a sus ojos—Y en cierto punto, él mismo quizo librarse de todo eso. Maldiciendo mi nombre, y dejando de reconocerme como su líder...

Jadeó.

Eiji sólo presionó su agarre.

—Él no entendía porqué aún quería seguir colaborando con Ash... de verdad, creo que no lo entendía... pero yo...—sus labios temblaron—Yo admiraba a Ash. Muchisimo...—confesó—Aún cuando sólo era una figura que se paseaba junto a Shorter, sin mirar al resto. Yo sabía que él era rudo, cuando portaba un arma o cuando no...Y lo había podido comprobar, porque peleamos juntos, sangramos juntos...

Explicó.

—Pero cuando todo acabó... cuando lo tuve frente a mí ese día, frente a la bilioteca...y aún cuando me gruñía enseñándome las mandíbulas... no le tenía miedo.

Sing sintió una pequeña sonrisa expandirse por sus labios.

—¿Sabes porqué, Eiji?

El mentado negó suavemente, y Sing sólo pudo sonreir con suavidad.

—Porque mi era era mayor.... Porque... sabía que su respuesta te iba a destrozar.

Eiji parpadeó, sin llegar a entender.

—Estaba frustrado. Todo el mundo sabía lo que ustedes tenían. Eran muy obvios... y yo... yo no quería decirte que él no quería verte... por cualquiera fuera la excusa tonta que hubiera pensado en esta ocasión—admitió, mientras reía con pena—Porque yo te quería mucho... y no quería verte triste.

—¿Sing...?

Él solo pudo volver a reir.

—Hey, no seas muy duro conmigo—pidió—en ese momento no lo sabía. No concientemente. ¿Sí? Eras el primer omega que veía tan de cerca, y el primero que pensé que era lindo, aún si tenías una cara bastante normal.

Admitió.

—Sólo me tomó un par de semanas más entender que, aunque no supiera nada de gusto o amor...al menos sabía que te prefería a ti, antes que a cualquier otro omega que estuviera revoloteando alrededor de la pandilla.

El rostro de Eiji se tiñó de rosa, y Sing no pudo evitar reir.

—Pero más que eso... es porque eras tú. En nuestro mundo, incluso mis hombres sabían que nadie podía meterese contigo—explicó—La tenacidad de Ash era una leyenda, por eso... que se rindiera...justamente contigo, no me parecía correcto. Por eso volví...

Admitió.

—Porque quería gritarle un poco más.

Sing tomó la mano de Eiji.

—Además yo... leí tu carta, porque cuando la ambulancia se llevó a Ash, esta se quedó tirada...—confesó, con algo que parecía culpa, destilando por cada palabra—Cubierta por la sangre de Ash, y por sus lágrimas...

Jadeó.

—Fue una mezcla falta de cosas, ¿no? —Preguntó—Lao, yo.... Que le diera la carta fuera de la biblioteca y luego sólo me marchara... Dios, que él se distrajera...—Golpeó su frente—En retrospectiva, debí saber que algo así estaría en la carta...

El rostro de Eiji pareció teñirse de vergüenza.

—Debí quedarme hasta que la terminara...

Eiji intentó negar, pero Sing no quería escucharlo.

—...Y si no hubiese regresado... o si hubiera tardado sólo un momento más...—su rostro enfocó el rostro de su amigo, que ahora le veía con preocupación—Pude haberte destrozado la vida, Eiji... y esa idea me asusta...

—Sing...—Las manos de Eiji tomaron su rostro, acariciándolo con cuidado—No lo hiciste...

Los ojos de Sing ardieron más, y la imagen de Eiji se hizo borrosa, a causa de las lágrimas.

—Pensar en eso no me gusta...—confesó, con la culpa haciéndose un nudo en su garganta—No es algo que me guste cargar... no quiero.... No quiero- sentirme responsable de la vida o muerte de nadie...

—Y esa no es tu responsabilidad.

—Pero-

Eiji se puso de pie, abrazándolo con fuerza, haciendo que las palabras murieran en su garganta.

—Pero no pasó, Sing...—le surruró—Y aún si las cosas hubieran sido diferentes... las cosas que hace tu hermano, que hace Yut Lung... o, dioses, incluso las que hace Ash...—enlistó, mientras su agarre se fortalecía—Ninguna de ellas es tu responsabilidad.

Sing cerró los ojos, sintiendo sus hombros relajarse lentamente.

—Las personas somos complicadas—explicó Eiji—nuestras decisiones tienen ramificaciones, y a veces... a veces es imposible no sentirnos directamente responsables de algo, aún si sólo fuimos un actor colateral de un hecho...

Su voz era suave, y sus dedos delicados contra su piel.

—Y si bien nunca te culparía por ese incidente...sí hay algo que nunca me cansaré de decirte—le susurró—Gracias por salvar a Ash...

Sing pudo sentir sus labios, descansando sobre su coronilla.

Depositando un suave beso.

—Por favor... no te culpes más...no sabes el bien que nos has hecho. No sólo a Ash, sino también a mí..

Sing intentó separarse.

—Pero Eiji...

El mentado no le dejó continuar.

—Lo digo muy en serio—le aseguró, mientras enfocaba su rostro, con una sonrisa que parecía más Eiji que cualquiera que le hubiera dedicado en esos desastrosos días—¿Sabes? Cuando llegué aquí, hace tantos años atrás, me sentía un fallo. En la escuela, en el deporte, creo que... en la vida, en general—le confesó—incluso al irme... creía que había hecho todo mal. Que no había hecho suficiente. Que una parte mía siempre me reclamaría eso.

Sing pudo notar que la mirada de Eiji se tiñó de tristeza.

—Y... aún lo siendo. A veces...En situaciones como estas, creo que sigo siendo una carga para Ash—confesó—y para ustedes también. Teniendo que tratarme con delicadeza, cambiando sus vidas sólo para intentar ayudarme... no suena muy justo.

Sing negó con vehemencia, pero Eiji no lo dejó proferir palabra, apartando sus cuerpos lentamente, y sonriéndole con mucha más calma.

Sus ojos se encontraron, y después de mucho tiempo, Sing apenas pudo ver un poco de la verdadera edad de Eiji reflejada en sus orbes. Era un cansancio que no parecía propio de su condición física, sino de un entramado de experiencias, que habían calado profundamente.

Pérdidas.

Dolores.

Muertes.

Si había algo que Sing creía de Eiji, es que había parecido conservar su pureza, aún en medio del baño de sangre. Sin embargo, quizá había algo en lo que Sing se había equivocado. Aún no era la palabra correcta.

A pesar de.

Eiji se había logrado conservar puro de corazón, a pesar de la clase de vida a la que había sido lanzado.

—Por eso me puse tan feliz cuando me contactaste...—Dijo Eiji—Los chicos de la pandilla, Alex, Kong, Bones... creo que tenían mucho miedo, al pensar en cómo podría reaccionar—explicó, mientras le seguía mirando—Incluso Ibe-san, no podía decirme directamente lo que había ocurrido con Ash, siempre de puntillas... como si yo fuera una bomba de tiempo. Creo que todos pensaban, en ese momento, que de verdad era mejor tenerme lejos... Todos, menos tú, Sing...

La sonrisa de Eiji se amplió. Brillante. Sincera.

—Tú seguiste hablando conmigo, incluso cuando Ash ya no quería hacerlo...—rió, entre las palabras—Era un poco refrescante, sentir que... aún era bienvenido aquí.

—Eiji...

Sus manos volvieron a encontrarse.

—Así que por favor... no digas eso. No me arruinaste la vida, Sing—le aseguró—Nunca podrías. No sabes lo mucho que me alegro de haberte conocido, de habernos hecho amigos, de... haber venido aquí.

Una pequeña sonrisa nació en los labios de Sing.

El pecho henchido de orgullo, y de algo muy parecido a la paz.

El peso de los secretos y arrepentimientos, de pronto, elevándose, descansando en las palabras, que ahora ya estaban dichas.

—Puede que yo no haya arruinado tu vida...Pero Eiji—le dijo—Aún creo que Ash si está arruinando la suya.

La expresión de Eiji se tornó triste, pero Sing fue raudo en reafirmarle la confianza que acababa de brindarle.

—Pero no te preocupes. No voy a dejar que lo haga—le aseguró—No me lo hubiera perdonado en ese entonces, y creo que tampoco podría perdonármelo ahora.

La primera vez que hubieran tocado el tema de tener hijos, había sido la noche de su luna de miel.

Aún si nadie además de ellos dos podría llamar a esa pequeña escapada romántica de esa manera. El matrimonio entre alfas era ilegal en Rusia, y por muchas leniencias que sus empleadores le dieran; Sergei estaba seguro que un matrimonio religioso; o tan sólo el firmar un par de papeles en un ayuntamiento- estaban fuera de la ecuación.

Natalia había llegado a una solución para su dilema, de una manera quizá poco ortodoxa, considerando la gigantesca burocracia que siempre estaba presente en la madre patria. Se había presentado frente a él, luego de al menos un mes de aparentes "horas extra" en la escuela, con un brillante y nuevo cartón, donde en lugar de Natalia Karsavina, ahora rezaba Natalia Varishikova.

—... ¿te cambiaste el apellido?

Había preguntado él, mitad incrédulo, y mitad embelezado.

Si Sergei creía que no podía amar más a esa mujer, claramente estaba equivocado.

La única respuesta de su nueva y flamante esposa había sido en la forma de un beso, y una invitación para desaparecer durante todo un fin de semana, a una pequeña villa en la zona rural, fuera de la capital.

Sergei no tenía forma de negarse a eso.

Su luna de miel no había sido pomposa, ni cara. Sólo ellos dos, escondidos en medio de las montañas, con licor barato, y una celebración entre las sábanas que parecía no querer llegar a su fin.

Había sido allí cuando Natalia había hecho la pregunta.

Algo que, en su momento, Sergei había calificado como extraño. Después de todo, y desde hacía mucho, creía que ambos ya se habían mentalizado en que no podrían tener hijos.

Sin embargo, Natalia era alguien soñadora. Alguien que no dejaba que las limitaciones de su propio cuerpo, sociedad, o vida; le impidieran imbuirse en las fantasías, y más de una vez- Sergei la había encontrado perdida en el reino de las posiblidades.

Sergei la encontraba encantadora.

Y nunca le cortaría las alas.

Por eso, cuando la pregunta hubiera abandonado sus labios, él sólo había podido parpadear.

—¿Crees que tendríamos un niño, o una niña?

—¿Perdona?

Natalia había reido, mientras sus brazos se enredaban en su cuello.

—Niño o niña, Sergei. ¿Qué te gustaría?

Sergei había tardado un segundo de más en entender del todo. Y, cuando su mente finalmente hubiera podido enredarse en la idea, sólo se había limitado a reir, mientras le besaba la frente.

No lo sé...—Había dicho, mientras acariciaba el rostro de su esposa—Creo que me gustaría un niño.

La sonrisa de Natalia se había ampliado, mientras un fugaz beso le era arrebatado de los labios.

Algo me lo decía.

Sergei había elevado una ceja, mientras sonreía.

¿Ah, sí?

Natalia, la viva imagen de la seguridad, se había limtiado a asentir.

Uhum. Una- corazonada...—había murmurado, mientras buscaba el calor de su piel—Un pequeño niño...

Rubio.

¿Rubio?

Sergeí sonreía, mientras sus dedos jugueteaban con los cabellos de su compañera. Dejándose llevar por la fantasía.

Rubio—Había asegurado—Con tus bonitos ojos verdes...

Aún podía recordad la cándida risa de Natalia, llenando sus oídos.

Eh... ¿por qué no puede tener tus ojos azules?

Él se habría limitado a negar, mientras una sonrisa vehemente se pintaba en sus labios.

Muy tarde, cariño. El pequeño ya nació, y no se pueden pedir cambios de bebé.

Natalia habría fruncido la nariz, para segundos después, atacarlo a mordidas.

Auch, auch.

Se habría quejado Sergei, al tiempo que un silencioso "Tramposo" se hundía en su cuello, siendo murmurado por una risueña Natalia.

Sergeí se sentía en el cielo.

Acostúmbrate, de seguro nuestro hijo sería igual.

Natalia le había dedicado una mirada incrédula, apartándose sólo lo suficiente como para enfocar su rostro.

—¿Ah, sí?

Sergeí asintió, quitado de la pena.

Uhum, teniéndonos como padres, es normal que vaya a ser así—Explicó, mientras su mano acariciaba el rostro de Natalia—Un pequeño pillo.

La respuesta llegó en forma de un golpe contra su brazo.

¡Sergei! ¡No llames así a mi hijo!

El mentado sólo dejó que sus manos viajaran hacia el sur del cuerpo de su esposa, afirmando su agarre en su cintura, mientras ignoraba sus quejas.

Pero es lo que será, un pequeño vándalo. Muy hábil, así que no lo subestimes—Exclamó—Fiel a sus ideales. Y, capaz de decirle al mundo: "Hey, no me vas a dominar"

El rostro de Natalia se suavizó, y una sonrisa decoró sus labios.

No me vas a dominar, eh...

Musitó, mientras unía sus frentes.

Sería un niño precioso, ¿no lo crees?

Preguntó él, mientras depositaba un suave beso en sus labios.

Natalia, a su lado, suspiró encantada.

Lo sería...—aseguró—Así que, Sergei... prométeme que lo vas a cuidar bien...

.

.

Blanca tamborileó sus dedos, desde el asiento del conductor, mientras observababa la entada del edificio que había estado monitoreando desde hacía un día.

Cuando una figura envuelta en una gabardina gruesa salió, supo que era su señal.

—Creo que no te he estado cumpliendo del todo bien, Natalia...—murmuró—Con ninguna de mis promesas.

Notas finales:

Yo sólo una vez llegué a tener algo que podrían calificarse como alucinaciones a causa de la fiebre, y era exponencialmente menor que Ash, claro. No son bonitas, aunque las mías estaban plagadas de otra clase de demonios, mucho menos metafóricos.

Recuerdo escribir los borradores de muchas de estas partes en enero, todavía. En ese momento creía que nunca llegaría a estos capítulos, me sorprende que de alguna manera sí llegara a pensar qué iría al medio de todo esto :')

No sé si lo mencioné aquí, pero en un inicio, uno de mis protagonistas iba a ser Eiji. Ash terminó robándole mucho de la cámara, y es que este hombre tiene demasiada tela que cortar. Aún así, y si Eiji intenta mostrarse fuerte ante todas las cosas que le pasan, es una persona que también ha pasdo por demasiadas cosas. Demasiado trauma empaquetado en un nada cómodo paquete, que si mal no recuerdo, nunca es correctamente señalado en el canon (siendo lo más cercano GOL, donde vemos a un Eiji mucho más cansado y su aparente desapego de las personas que fueron parte de una antigua etapa de su vida, me hace pensar que no era capaz de estar cerca de ellos sin tener malos recuerdos) Hay cosas que Eiji nunca habló propiamente con nadie, y me habría gustado que lo hiciera.

Veamos si un par de golpes más hacen que al fin admita que, no siempre podrá ser todo lo fuerte que Ash necesita. Y que eso no está mal. Que él, como cualquier otra persona, también necesita alguien que pueda estar.

Si llegaron hasta aquí, ¡gracias por leer!

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