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El jardín del Eden

Resumen: La exploración de las relaciones entre castas, además de las ideas arraigadas en los roles de género, lo que para la mayoría de la población no es más que un agregado en su carnet de identidad, para Ash siempre se ha sentido como otro grillete agregado en una larga cadena de condena. Mientras que Yut Lung, por primera vez, comienza a creer que su nueva encontrada libertad sexual no es tan liberadora como creía en un inicio.

Cuando Ash era pequeño, y el mundo aún lo conocía como Aslan, asistía a una escuela dominical.

No era exactamente igual a la pequeña escuela donde asistía de lunes a viernes, y donde sus maestros le enseñaban sobre matemática, lenguaje, geografía, y un corto abanico de temas que siempre repetían le servirían para la vida. Esta estaba ubicada en uno de los salones de la iglesia protestante más grande del pueblo y durante los fines de semana, la ministra –una mujer beta que debía estar rozando los cuarenta años- daba clases a los niños, y a los jóvenes que se preparaban para cumplir los sacramentos. Aslan no estaba realmente obligado a escuchar las clases, o eso le había dicho el esposo de la mujer, otro beta que también debía estar cerca de su cuarta década.

Aslan agradecía eso, pues a esa edad estaba mucho más entretenido en jugar con los bloques de madera, dinosaurios de plástico o cualquier otro juguete donado que amablemente le prestaran para la mañana.

Sin embargo, esa mañana; la ministra daba una clase con tal fervor y emoción, que por un momento pareció mucho más interesante que su pequeño juego de fantasía, donde un diplodocus arrasaba Manhattan de cubos.

Había varios dibujos en la vieja pizarra de tiza, las manos de la mujer estaban cubiertas de polvillo, al igual que los protectores que utilizaba para sus muñecas.

—El mundo está cimentado en tres grandes pilares: Los alfa, los beta, y los omega.

Así era como había empezado su clase, Aslan antes no había puesto mucho interés en eso, al menos no hasta que usaran una de esas palabras para referirse a Griffin, sólo entonces toda aquella cháchara sobre castas y niveles parecía haber ganado algún tipo de interés en su mente.

Los alfa son los más fuertes de nuestra sociedad, y antes eran los encargados de cuidar de la familia, traer comida a la mesa, y asegurarse de que nadie pusiera en peligro al pueblo.

Aslan recordaba eso, como rondas que se alternaban en sus horas de vigilancia, especialmente en la época de la colonia. O, al menos, eso era lo que veía en las fotos de las pinturas que decoraban sus libros de texto.

—Ellos nos prestan su fuerza y entereza, además de su decisión, pueden hacer grandes líderes y aún más grandes protectores. Así, que, pequeños, no duden en siempre hacerles caso cuando estén en casa, ¿está bien?

Un coro de afirmaciones en diferentes y agudos tonos llenó el ambiente, y Aslan finalmente dejó su lugar, para acercarse al cúmulo de pequeñas sillas de madera que se alineaban en un semicírculo alrededor de la pizarra, sentándose en la más alejada del grupo, y observando con interés la explicación.

—Los beta, en cambio, somos necesarios para mantener la paz y la armonía en la familia—Puntuó, mientras le dedicaba una mirada cariñosa a su esposo—siempre dispuestos a brindar una mano a quien lo necesite, y a cuidar de todos por igual. Cuando algo no funciona, los betas estamos allí para arreglarlo.

La mitad de las personas adultas que Aslan conocía eran betas, y aquella descripción bien podría calzar bien a la mitad de ellas.

Los omega por otro lado—Dijo, mientras hacía un pequeño círculo en el tercer dibujo en la pizarra—Son un caso muy especial. Dios los creó para poder caminar el sendero de la vida de la mano de un alfa, y que en compañía de los beta cuidemos de los frutos de esa unión.

Cachorros, suponía Aslan, estaban hablando de cachorros.

¿Qué esa era la función de los omega? ¿Era eso lo que había querido decir?

Algo pareció resonar en su cabeza, y de no ser porque la lección continuaba, estaba seguro de que hubiera levantado la mano para preguntarlo.

El mundo nos necesita a las tres casas, todas trabajando en armonía, para poder mantener la armonía. Así que, pequeños, cuando regresen a casa no olviden mostrar gratitud a cada miembro de su familia, sea de la casta que sea.

Un par de palmadas, y el sonido de una pequeña campana. La clase había terminado. Aslan frunció ligeramente el ceño, pero sus preguntas tendrían que esperar hasta que terminara de guardar los juguetes, pues Griffin siempre le recordaba que tenía que hacerlo, y agradecer apropiadamente a la pareja que le dejaba quedarse allí.

Después de todo, ni él ni su hermano eran realmente miembros de esa iglesia, o de alguna otra. No asistían a los servicios, ni eran partícipes de las actividades semanales. Pero los fines de semana eran los días donde Griffin tenía las mañanas ataviadas de pequeños trabajos aquí y allá, y aunque él se lo pidiera, realmente no podía llevarlo.

Aslan había tardado casi una semana entera en entender eso, y Ash se preguntaba cómo es que su hermano había podido lidiar con sus continuos llantos y pataletas, cada vez que salían de su hogar.

La ministra y su esposo también eran muy pacientes, dándole un pañuelo cada vez que el llanto iniciaba de nuevo al ver a Griffin alejarse por la colina. En otras ocasiones, incluso le daban un poco de leche caliente, y pan que no estaba duro ni seco.

Incluso, recordaba ahora Ash, que en algunas ocasiones había visto al esposo de la ministra dejar una cacerola que luego su hermano calentaría para la cena.

Un caso de caridad, eso era lo que eran, había sido otra cosa que ahora también podía notar.

No es que fuera a sentirse ofendido por ello, ni mucho menos, un adolescente que se había presentado hacía no mucho y no podía buscar un trabajo decente y continuo y un cachorro cuya madre ha abandonado, y cuyo padre parece preferir fingir que no existe la mayor parte del tiempo; no habría una mejor manera de describirlos.

Tampoco era algo que al pequeño Aslan le hubiera importado, más feliz por tener algo que llenara su estómago que por las posibles etiquetas o miradas que le dieran un par de religiosos.

Acababa de guardar el ultimo cubo, cuando la voz de su hermano se dejó escuchar en la habitación.

—Buenos días, reverenda; ¿Aslan ya está listo?

Cualquier rastro de preguntas se había desvanecido de su mente en ese momento, corriendo lo más rápido que sus pies pudieran llevarlo, y saltando a los brazos de su hermano.

¡Griffin!

El mentado apenas tuvo tiempo de reaccionar, antes de que la pequeña bola de energía que era su hermano menor impactara directamente contra sus brazos. Aslan pudo escuchar la apagada risa de los otros dos adultos que quedaban en el lugar, pero no le importaba ¡su hermano ya había regresado!

Aslan—Le saludó, y él se apartó sólo un poco, observando a Griffin con una amplia sonrisa—¿te portaste bien?

Griffin le sonreía con cariño, su sonrisa acompañada de algunas escuetas manchas de polvo, que combinaban con la tierra que ahora manchaba su ropa.

¡Claro que sí!—Aseguró, y pudo escuchar un par de asentimientos que iban a juego con su declaración.

La sonrisa de Griffin se amplió y, mientras acariciaba su cabeza con cuidado, le pidió que agradeciera a los muy amables adultos que lo habían dejado pasar la mañana allí. Él hizo lo que Griffin le pedía, ganándose un pequeño cariño de parte del esposo de la reverenda en la mejilla, y la promesa de que la próxima vez que viniera a clases, le prepararían un poco de leche de cabra y galletas de mantequilla.

Griffin murmuró un nuevo par de agradecimientos, y lo tomó en brazos, dejando que se sentara en sus hombros, mientras emprendían el camino a casa.

Ash ahora podía notar que el mismo Griffin aún era demasiado pequeño y delgado para aguantar su peso tanto tiempo, pero los fines de semana de seguro se sentía en deuda con él, permitiéndole ese pequeño capricho.

Griffin rara vez tenía dinero extra, ya que todo lo que ganaba se utilizaba para la despensa extra, o para alguna cosa que él necesitara en la escuela. Empero, Ash recordaba con extremo detalle que aquella vez, su hermano le había traído una paleta. Aún seguía en su empaque, y cuando la sacó del bolsillo de su pantalón, estaba un poco pegajoso y derretido, pero para el pequeño Aslan ese solo podía ser descrito como un manjar.

Aun no terminaba la mitad de su paleta, una nueva duda hubiera llegado a su cabeza. Ni lento ni perezoso, preguntó.

Griff, ¿te gusta ser un beta?

Su hermano pareció detenerse un segundo, lo suficientemente delicado como para que él no perdiera el equilibrio.

¿Uhm?

Cuestionó, como si no hubiera escuchado. Él volvió a preguntar.

¿Te gusta ser un beta?

Las manos de Griffin se habían sentido un poco más duras en sus piernas, pero Aslan no había prestado atención a ese pequeño detalle en ese momento.

Pues... creo que sí, Aslan.

Le había dicho, con el mismo tono suave y cariñoso que siempre hacía cuando él preguntaba algo.

¿Por qué?

Al día de hoy, Ash realmente se preguntaba cómo es que su hermano había aguantado la incalculable cantidad de por qués con los que lo había llenado durante toda su infancia, siendo que Aslan parecía nunca haber dejado esa etapa de los "terribles dos años" en los cuales los cachorros parecen querer encontrarse sentido hasta, incluso, el color del cielo.

Griff sólo había tomado un segundo extra para tomar aire, antes de continuar.

Pues... mi nariz no es tan sensible a los aromas, así que no hay lugar donde me sienta particularmente incómodo al momento de trabajar—Le habrían tomado al menos otro par de años entender que su hermano se refería al abono que se usaba para los campos de cultivo, o limpiar las jaulas de los animales—Las personas confían en mí, así que es más sencillo que me quieran dar trabajo—Puntuó, pero eso también se podría extrapolar hacia los vecinos, o los maestros de la escuela, que siempre parecían un poco más lenientes con su situación de lo que quizá deberían—Además, así no necesito pedir permisos en el trabajo.

Ash entendería, años después, que se refería a las temporadas de celo.

Es una buena casta...—Dijo, antes de que pareciera notar la connotación de sus palabras. Aslan no podría culparlo, en esa época, había escuchado más de una vez y de la boca de más de una persona que, de seguro, al presentarse lo haría como un omega. —¡Como todas las demás! ¡claro! No hay una casta mejor que otra...

Intentó corregir, aunque Aslan sólo había respondido con un pequeño murmullo de contemplación, y una mueva mordida a su golosina.

Griffin, aún nervioso, prefirió continuar con la conversación.

Y a ti, Aslan. ¿Qué casta te gustaría tener?

Ash no recordaba exactamente qué había pasado por su mente en ese momento. Después de todo, las memorias de su época como Aslan ahora eran más un amasijo de formas y sentires más que figuras con forma propia. Quizá había sido que la idea de una vida como omega, con más de seis niños detrás de ti como las que veía en casa de sus vecinos no parecía muy agradable; con todo eso de la maternidad y la eterna devoción a los cachorros; o que aún no era capaz de decir esa palabra sin inmediatamente seguirle con la clásica pregunta de cuándo volvería su madre.

Quizá había sido que la explicación de esa mañana de lo que debía ser un alfa no parecía encajar en lo más mínimo con la figura de su padre, tan ajeno y distante, que Aslan nunca podría terminar de evidenciarlo como una figura de autoridad, sino como un constructo difuso del cual buscaba su constante aprobación.

O quizá, sólo había sido que, al pequeño Aslan realmente le gustaba su hermano.

—Creo que... me gustaría ser un beta, ¡Justo como tú, Griff!

Griffin rio con gracia, antes de mover los hombros, haciendo reír a su hermano menor.

¡Eso sería genial!

Ciertamente, uno de los sueños de infancia de Ash, había sido ser un beta. Y si bien la idea había nacido de un infantil deseo de parecerse un poco más a su adorado hermano mayor, la verdad era que si se hubiera cumplido, probablemente se habría ahorrado muchos problemas.

Incluso en la actualidad, Ash seguía creyendo que esa era la mejor casta de todas. No por nada, el grueso de su pandilla, había tenido el mayor número de betas que cualquier otra en la zona.

—Si quieres un grupo exitoso, deberías tener al menos unos cuatro o cinco por cada alfa, Alex—Recordaba que le hubiera dicho a su segundo al mando una vez, mientras compartían una cerveza y hablaban sobre los próximos movimientos que harían para reafirmar su territorio—O se volarán las cabezas entre ellos.

Alex le había dedicado una mirada contrariada, como si no pudiera terminar de entender lo que le decía. Ash había sido lo suficientemente amable como para no reír.

No siempre se está de acuerdo en todo, y si estamos en problemas, no siempre estaré allí para poner orden—Explicó, mientras daba otro largo sorbo a la botella. ¿esa era la segunda, o tercera de la tarde? Realmente no estaba llevando cuentas. —No debes esperar mucho cuando tratas con perros salvajes, Alex.

Si aquel comentario lo había ofendido, Alex no lo había demostrado. Quizá ya más que acostumbrado a que Ash hiciera de menos la casta que compartían, o a cualquier desgraciado que hubiera tenido la mala fortuna de nacer con la misma.

Sí, aún si Ash nunca se lo había dicho directamente; estaba casi seguro de que al menos podía inferir que él no estaba realmente contento con la casta que le había tocado.

Después de todo, ni al mundo ni a la biología realmente le importan los deseos de las personas; y, desde los trece años, Ash Lynx había tenido que acostumbrarse a vivir como un alfa.

Aunque ahora, era un poco más fácil.

—Eiji...

Susurró, mientras sus labios se apartaban apenas de los de su esposo. Eiji elevó su cuerpo, utilizando sus brazos como soporte, dejándolos a ambos lados de su rostro. Ash podía ver el ligero rubor viajar desde las mejillas de su marido hasta sus orejas, su cabello; otro par de centímetros más largo, caía por los lados, quizá pronto sería mejor si comenzaba a atárselo.

El mentado le regaló una sonrisa, mientras que su parte inferior descansaba sobre la pelvis de Ash, comenzaba a realizar movimientos acompasados, presionando con fuerza.

Ash jadeó, ganándose una pequeña risa por parte de Eiji.

El segundo trimestre del embarazo, realmente había sido todo un cambio.

El cansancio de Eiji había comenzado a desvanecerse de a pocos, siendo en cambio remplazado por- una lluvia de hormonas.

Si es que había una manera más delicada de llamarlo.

Ash sintió su propio rostro colorearse de carmín, al tiempo que sus manos viajaban para presionar con fuerza la cintura de Eiji.

—Ash...

Él solo pudo reír, un par de tonos más bajo de lo normal, elevando su torso, para encontrarse con los labios de Eiji.

—Hoy, de hecho, sí tengo que salir a trabajar...—Se medio quejó, antes de atrapar los labios de su marido en un beso profundo—Y tú también...

La respuesta de Eiji llegó en la forma de un nuevo movimiento de cadera, que ganó que un gemido profundo naciera desde el fondo de su garganta.

Ash se mordió los labios, respirando con pesadez, mientras intentaba controlarse. Sus dedos hundiéndose en la cintura de Eiji, notando que ya no era tan estrecha como antes.

—Eiji...

Intentó nuevamente, sin real intención en la voz. Los ojos brillantes de Eiji, deseos y necesitados le devolvieron la mirada.

—Por favor...

Le escuchó susurrar. Ash no necesitó más, pues volvió a atrapar los labios de su marido, haciendo que un concierto de gemidos abandonara los labios del omega, antes de cambiar sus posiciones, presionándolo con fuerza contra la cama.

El pequeño bulto que comenzaba a formarse en su vientre golpeó contra lo plano del suyo, haciendo que una nueva ola de calor viajara hasta su ingle.

—Lo que quiera mi esposo...

Para sorpresa de nadie, había llegado tarde.

Exactamente, media hora tarde.

Ash se aseguró de arreglar su gabardina, y revisar que ningún mechón estuviera fuera de lugar antes de entrar a la oficina de su jefe. Esta estaba ubicada en el último piso de la editorial, y el tedioso viaje en ascensor le ayudó a repasar su historia, al tiempo que suavizaba su expresión.

Christopher, después de todo, era un santurrón. Alguien que no llegaría tarde a una reunión por tener sexo con su esposo embarazado.

Las puertas del elevador se abrieron, y Ash caminó con parsimonia por el pasillo, saludando a los colegas con los que se encontraba. Finalmente, golpeó un par de veces la puerta de su jefe; y cuando este le abrió tenía una mirada que claramente decía "Si no fueras tan bueno en tu trabajo, ahora mismo te ganarías una buena reprimenda"

Ash se limitó a llevar su mano derecha detrás de su cabeza, sonreír con un poco de vergüenza que no sentía, y disculparse.

—Lamento la tardanza—Explicó—Mi esposo despertó algo enfermo esta mañana, no me sentía tranquilo dejándolo sólo.

Explicó, mientras arreglaba sus lentes, que aún ahora a veces resbalaban por el puente de su nariz; intentando mantener la expresión de un perfecto marido preocupado.

Su jefe frunció el ceño un momento, como si buscara alguna falla en su fachada. Después de unos segundos, se rindió.

—No—suspiró—Está bien. Estas cosas vienen primero, si lo sabré yo.

El nombre de su jefe era Eden; un alfa de nivel bajo que apenas estaba llegando a los cuarenta años, Max le había dicho que había tomado las riendas de la empresa después de la temprana muerte de su padre. Y, si mal no recordaba, tenía un esposo, y tres niños.

Ash sonrió, con la mejor actitud de Christopher que pudo imitar, al tiempo que sacaba una carpeta de archivos. Citas médicas, y una copia de cada ecografía que Eiji hubiera tenido.

Todo lo necesario para solicitar un futuro descanso de paternidad.

Eji le había preguntado si no era aún demasiado pronto para presentar todo aquello, y puede que tuviera razón; pero Ash trabajaba constantemente con fechas límite para la entrega de columnas, ensayos y artículos. Quizá sólo era esa vieja costumbre, que le pedía estar siempre un paso delante de todos, pero prefería tener todas sus fechas en orden y quizá, si era posible, incluso tener algo de trabajo adelantado, para así poder prepararse un poco antes para la llegada del bebé.

Su jefe tomó la carpeta, revisando cada documento minuciosamente.

—Oh—Dijo entonces, con una expresión de sorpresa—Nacerá a mediados de año.

Ash sonrió con tranquilidad, asintiendo suavemente.

—Si todo sale como esperamos, sí.

La sonrisa del oro alfa se suavizó entonces, mientras asentía con parsimonia y guardaba todos los documentos con cuidado, dentro del folio que le hubiera entregado.

—Está bien, me doy cuenta de que eres un hombre responsable, y no únicamente en el trabajo; Christopher—Ash dejó que sus facciones se suavizaran más, mientras acomodaba un poco el cuello de su gabardina y daba un pequeño asentimiento.

—Sólo quiero lo mejor para mi esposo, señor. Y para mi cachorro, también.

Los labios de su jefe se fruncieron en un rictus que parecía intentar pelear una sonrisa más amplia, antes de que estirara la mano, pidiendo la suya.

Ash hizo caso al gesto, con un firme apretón de manos.

—Me encargaré de revisar todo, y solicitar los permisos necesarios para estas fechas.

Le dijo, y Ash sólo pudo asentir un par de veces más.

—Muchas gracias—Musitó.

El mentado negó levemente.

—No hay nada que agradecer—Comentó el hombre, mientras guardaba los papeles en su escritorio—Aunque sé que vamos a extrañar tus trabajos por varias semanas. Son los que mejor recepción tienen con el público.

Ash no pudo evitar ampliar su sonrisa ante el halago, más por costumbre que por sentirse realmente honrado con las palabras.

—Si tocaras temas un poco más polémicos, creo que serías un fuerte candidato para un Pulitzer.

Ash tuvo que ahogar una pequeña risa entonces. No era la primera vez que alguien le dijera eso. Pero, después del cúmulo de incidentes que habían llevado a su casi muerte hacía tantos años tras, creía que a veces estaba mejor sólo un poco alejado de cualquier clase de escándalo.

Además, mientras Christopher era un hombre que gustaba de tener bajo perfil; Ash Lynx era uno que se veía obligado a tenerlo.

No sería buena idea si alguien tomara interés en él porque había comenzado a buscar información que alguien con dinero no quería que fuera pública.

Uno tenía que escoger cuáles eran las batallas que quería tomar, y Ash había escogido hacía muchos años atrás.

—Qué dice—negó un par de veces con la cabeza, elevando ambas manos—Está siendo demasiado amable.

Ambos intercambiaron un par de despedidas protocolares, y Ash se despidió con la promesa de enviar los borradores de su última columna, esa misma tarde.

Llevó sus pasos hacia el ascensor, asegurándose de regalar sendas sonrisas a cualquiera que estuviera pasando por allí. Y, cuando las puertas se cerraron, finalmente se permitió suspirar con tranquilidad. Se quitó los lentes, frotando su adolorido puente de la nariz, y desordenó su cabello, prefiriendo ese estilo al extremadamente peinado que su persona laboral estaba acostumbrado a utilizar.

Ciertamente, sus columnas y editoriales habían sido un fuerte factor en el éxito de varios números de la revista en esos últimos años, y tanto su jefe como los directivos no eran tímidos al momento de admitir que su ayuda era parte primordial de la popularidad de sus publicaciones, así que podía entender que su repentina ausencia –aun si fuera a ser corta- causara un poco de preocupación.

Después de todo, no había habido un número desde su contrata, que estuviera exento de al menos una pieza de su autoría.

Después de todo, los alfa; a diferencia de los omega, no tenían un ciclo de celo incapacitante. Algo que Ash agradecía de sobremanera. Empero, había muchas ocasiones que uno podía calificar como los mismos.

Por un lado, los picos de testosterona y otras hormonas que parecían tener un repunte en cualquiera que compartiera su casta, que ocurrían al menos una vez cada mes. Ash era más que familiar con ellos, era esa temporada cuando despertaba con una dura erección en la mañana que tendría que apartar sólo con la ayuda de su mano; o si tenía suerte y su esposo aún no se había levantado de la cama, Eiji lo ayudaría. Se había encontrado diversos estudios que parecían mostrar que, en las parejas que convivían, estos ciclos mensuales podían terminar encajando con los días de celo de los omega.

Claro, tenía sentido; ya que el fin último del celo era la reproducción.

El hacer bebés, o el querer hacérselos a alguien.

Habría sido la manera menos delicada de explicarlo.

Sin embargo, esos cambios eran ínfimos, comparados por los que pasaba la mal llamada casta más débil. Quizá un par de vergüenzas en la mañana, y un par de viajes a la lavandería durante la madrugada, pero nada que uno no pudiera controlar sin mucho problema.

El segundo tipo, en cambio, era algo que parecía tener mucho más sentido en la mente de Ash.

Mientras los omega entraban en un estado vulnerable, donde sus instintos los hacían presa fácil para algún posible degenerado, el consenso popular era tomar el celo omega como una etapa dulce y esperada, después de todo; era gracias a este que nacían el mayor número de bebés en el mundo. La clase de evento que se ganaba un espacio en clases de salud, y en panfletos en las clínicas.

Los de los alfa, estaban en panfletos que llenaban las comisarías.

Los humanos eran, después de todo, seres hormonales. Lo único que los diferenciaba era la cantidad de cuales llenaran su sangre.

El exceso de testosterona era algo peligroso, especialmente en los alfa de alto nivel, hacían que las personas perdieran el control, y los volvía animales violentos, listos para irse encima de la primera presa que tuvieran delante, sin importar quién fuera.

Ash había visto su justa dosis de casos así. Y, al vivir constantemente en la calle, nadie debería sorprenderse de aquello.

Especialmente en las peleas, donde dos personas parecían dejar su humanidad de lado, transformándose en bestias feroces. Recordaba con tétrica nitidez cómo dos compañeros de una banda rival se habían citado para un duelo, lo que ahora era borroso era el motivo del asunto, aunque Ash había pensado que era una estupidez; y si había ido a presenciar el espectáculo cubriendo su identidad, había sido más por un sentido profundo de deber que real morbo. Entender cómo funcionaba el intrincado sistema de lealtades en las pandillas del centro era una necesidad, si querías sobrevivir.

Ash recordaba haber visto puños al aire. Después de todo, sólo era una disputa entre amigos, y no un duelo a muerte entre jefes. Un par de ganchos, el sonido de un par de huesos rotos, y un gran ojo morado es lo que usualmente se esperaban de esas cosas. Y así habría sido, de no ser porque algo cambió. Ash no estaba seguro de en qué momento había pasado, demasiado entretenido en observar a quienes estaban en qué esquina más que en los protagonistas de la contienda, y lo único que había logrado cambiar el foco de su atención había sido el grito apagado de una de las pocas chicas que estaba allí presente.

Entonces lo vio.

Eran colmillos.

Lo siguiente fue un concierto de gruñidos guturales, encías que se mostraban, cómo es que los puñetazos habían pasado a las mordidas, y cómo es que los vítores por uno o por otro a gritos de "¡suéltalo! ¡lo vas a matar!"

Ash había visto a un pobre hombre ser empujado contra el suelo, y tener su yugular casi arrancada por un par de caninos que eran más afilados de lo que uno pudiera imaginar.

No estaba seguro de qué había pasado con ese hombre, pues el sonido de sirenas no tardó en llegar, siendo que de seguro los vecinos ya los habían escuchado.

Claro que el estar envuelto en violencia no era el único posible gatillante de una reacción así. Lo más común, de acuerdo a la estadística, y fuera de los alfa que llevaban activamente una vida criminal como él, o sus allegados, era debido a las hormonas de omega.

Durante mucho tiempo, los alfa desequilibrados –es decir, los de alto nivel- habían utilizado ese mismo argumento para justificar los incontables asaltos sexuales que se llevaban en contra de omegas que estaban cerca de sus fechas de celo, o lejos de ellas también. Ash había leído incontables artículos, con larguísimas listas de omegas sin rostro, cuyo único pecado había sido escoger un vecindario con poca seguridad, o tener un alfa de vecino.

Los ochenta habían estado llenos de mierdas así, con casos que ni siquiera alcanzaban la corte penal, siendo cerrados en un vergonzoso acuerdo en la corte civil; usualmente con una pequeña compensación monetaria, o en los casos más enervantes, el matrimonio con la parte agresora.

"Está en su instinto, no es como si hubiera podido evitarse"

Actualmente el número había disminuido, de la mano con comenzar a restarle importancia a la casta en la ecuación, y el comenzar a tratar a los alfa como personas pensantes, que podían y debían hacerse responsables por sus acciones; pero eso no quería decir que hubieran desaparecido por completo. Ya que, de vez en cuando, los noticieros los golpearían con la noticia de algún alfa que se propasó con su omega, lastimándolo de verdad. O la de un desconocido entrando en el hogar de un omega soltero, haciendo cosas que no se podían describir realmente en un programa de noticias de lunes por la mañana.

Sin ir muy lejos, también saldrían los esporádicos reportajes de algún deportista famoso, capturado en cámara siendo particularmente violento. Algún cantante golpeando a su novio de turno. O un común y silvestre jefe de manada, lastimando a su cachorro que, ya en la adolescencia, se niega a seguir recibiendo abusos verbales o físico.

El abanico de posibilidades era enorme, realmente. Al final del día, los instintos eran algo que todos tenía. Y parecía que, mientras los betas habían sido bendecidos con el don del sosiego y la serenidad, y los omegas con el de ser una figura de cuidado y amparo; ellos lo habían sido con el don de la violencia el dominio.

Aún si trataban de esconder tales impulsos detrás de fachadas de bonachonería y fanfarronería sobre la protección y el liderazgo de la manada.

Los animales seguían siendo animales.

"Justo como yo" Completó el cerebro de Ash, y él mismo tuvo que acallar esa molesta voz que sonaba demasiado como su versión de dieciocho años.

Después de todo, él sólo había tenido que vivir eso una vez en todo lo que llevaba de su vida adulta- Ya que las anteriores, quedaban como imágenes dilapidadas en su cerebro, y su figura era tan pequeña y delgada que a veces ni siquiera parecía tratarse de un adolescente.

Debería agradecer a Blanca por eso, ya que parte de su continuo entrenamiento había sido sobre cómo controlar esa parte de él, para poder ser un mejor asesino. Alguien en ese campo de trabajo, no podía dejarse influenciar por un arrebato del momento, o lo más probable es que perdiera la vida.

Después de todo, los colmillos no son rivales para una bala.

Había sido durante su pelea final con Arthur. Con el sonido del metal del cuchillo chocando contra otro idéntico, el clamor de los vítores en la parte inferior de las vías del tren retumbando en sus oídos, su boca se sentía agria; además del metálico sabor de la sangre que ya se había asentado allí hacía buen rato. Los gruñidos que habían comenzado a nacer de su garganta, al tiempo que la sangre fluía, continua y caliente por su hombro.

Había visto rojo por un momento, y estaba seguro de que habría atacado la yugular de Arthur en ese mismo momento, de no haber sido por la voz de Eiji.

Eso le había ganado un segundo extra de lucidez, y una nueva cicatriz en el abdomen.

Pero Ash agradecía eso ahora, pues el sonido de su voz y la imagen distorsionada del rostro de Eiji había servido como una cubeta de agua fría.

Esa había sido la primera vez que Eiji lo había visto en su elemento, sin la imagen que la ilusión de la cotidianidad pudiera haberle generado. Había visto al asesino.

Al animal.

Al alfa.

Y aun así... había querido permanecer a su lado.

Sabiendo perfectamente que compartía habitación con alguien que tenía el poder para oprimirlo y usarlo como quisiera, que muchas veces sólo era cuestión de saber cuándo, y no llegaría a pasar.

Ash no diría que lo llegaba a entender del todo, pero agradecía ese gesto de confianza, lo agradecía con la vida.

Y quería retribuir de la misma manera.

Que mientras estuviera a su lado, Ash nunca volvería a mostrarle ese lado suyo. Que él era distinto.

Que nunca volvería a ser presa de sus instintos.

Sólo necesitaba, un poco de ayuda externa.

Sing no estaba seguro de qué era más molesto; si los viajes interestatales y los cambios horarios que a veces uno tenía que hacer aún dentro del mismo país, o el increíble jet lag que solía experimentar luego de hacerlo muy seguido.

Dejó caer su cuerpo sobre la cama, antes de pensarlo mejor, y decidir que no podría descansar a menos que tomara un par de aspirinas primero. Las negociaciones eran tediosas, realmente tediosas, mantener una careta de falsa amigabilidad mientras las realizaba, lo era más. Aún si con el tiempo Sing ya había desarrollado cierto nivel de confianza al momento de negociar.

De pequeño, nunca se habría visto a sí mismo como un negociante, mucho menos como un intento de empresario. Pero allí estaba, con una recién ganada especialidad en negocios, y habiendo estado ejerciéndola desde tiempo antes de que el cartón estuviera en sus manos.

Él venía de una familia bastante humilde, y nunca le había gustado aceptar favores de ningún tipo, pues cuando estos venían de la mano de los que más tenían, usualmente estaban intrínsecamente anudadas a un silencioso contrato que te pondría a su disposición tarde o temprano. Después de todo, no era igual un préstamo de dinero, a la mano amable de Nadia que les invitaba la cena cada que lograba sacar un poco de comida extra de las cocinas del Chang Dai.

Y Sing era demasiado apegado a su vida libre, donde no tuviera que dar explicaciones a nadie. Ni siquiera a compañeros chinos, que parecían haberle dado la espalda a su gente, y ahora los veían también como ciudadanos de segunda categoría.

Para cuando Sing tenía quince años, y después de que el fiasco de Banana fish hubiera terminado finalmente, había medianamente mentalizado que viviría y moriría en las calles. Y, si llegaba a tener algo de suerte, quizá conseguiría un trabajo que le pudiera ofrecer el sueldo mínimo, cosa que ya era mucho pedir para alguien que no había terminado la secundaria.

Aun así, había comenzado a asistir a clases nocturnas; no tanto así por las constantes reprimendas de sus padres –que se habían convertido en amargos silencios, después de la muerte de su hermano – sino, quizá, más por el recordatorio que su fría tumba le traía cada que iba a visitarle.

Él, a su manera, siempre había querido lo mejor para Sing. Aún si eso no era lo que Sing quería la mayor parte del tiempo.

No era muy pesado, y a veces no se sentía realmente como la escuela, sin los horarios tan estrictos, o los intransigentes maestros. Sing también había buscado un par de trabajos, cualquier cosa que le permitiera ahorrar unos cuantos dólares que luego podría utilizar en pagar los gastos de una universidad comunitaria. Sí, en su momento, ese parecía un buen plan. Al menos, hasta que Eiji se hubiera comunicado con él, citándolo para una cena en el departamento que ahora compartía con Ash.

Sing tenía un mínimo de conocimiento de lo intrincada y retorcida que había sido la relación entre Ash y el viejo Golzine, con la manera en la que el primero parecía odiarle al mismo tiempo que respondía paulatinamente a sus llamados, y la manera en la que el segundo parecía esgrimir una obsesión mal para con el joven alfa, culminando en un proceso de adopción que a Sing, particularmente, le había parecido un mal chiste.

Así que, cuando Ash y Eiji le habían dicho que tenían dinero –que antiguamente hubiera estado en las arcas del viejo- Sing había estado en ambos niveles, sorprendido y extasiado. Si había alguien que merecía sacar algo de ese hombre, definitivamente era Ash.

Quiero darle un buen uso.

Le había dicho esa tarde, mientras compartían un poco de té verde y bolas de arroz que Eiji había preparado para merendar.

Sing había fruncido ligeramente el ceño. Sabía que habían comprado este nuevo departamento no mucho después de vender el anterior, movimiento que Sing no había terminado de entender hasta que se había enterado que habían tenido que remplazar un par de vidrios que tenían agujeros de bala en ellos.

Suponía que Ash nunca podía ser demasiado precavido, especialmente si mantenerse encubierto ahora no era únicamente por su seguridad, sino también por la de Eiji.

Sabía que otra parte de ese dinero había ido en los gastos de la escuela de Eiji, en su material de trabajo y que el mismo Ash había financiado personalmente algunos proyectos de los chicos de su pandilla, pequeños negocios, o incluso la compra de viejos depósitos donde poder abrirlos.

Pero Sing aún fallaba en ver dónde se suponía que encajaba él en esa ecuación.

Recuerdo que me dijiste que querías ir a la universidad.

Dijo Ash, reencaminando la conversación. Su mirada era algo esquiva, con un tinte ajeno que, si bien aún no podía terminar de describir, Sing no dejaba de notar desde que lo llamara "grandísimo imbécil" mientras Ash aún estaba convaleciente en la cama de una clínica, y se negaba a hablar con Eiji.

Si bien todos juraban que el aura de incomodidad que ese incidente parecía haber sembrado entre ellos había desaparecido con el pasar de los meses, y más aún después de la boda, Sing juraba que aún era capaz de sentirla, especialmente en las largas miradas que a veces le dedicaba Ash.

Aha...

Había dicho él, Ash continuó.

Y lo complicado que es manejar tus horarios mientras estudias y trabajas

Eh...

Fue su elocuente respuesta. Al lado de Ash, Eiji parecía listo para mandarlos a un par de clases de comunicación. Pues, tomando la mano de su esposo, le observó con una sonrisa y tomó la palabra.

Lo que Ash quería decir, es que; si nos lo permites, nos gustaría ayudarte pagando la colegiatura, para que no tengas que tomar préstamos estudiantiles, o seguir con los trabajos de medio tiempo.

Sing habría podido jurar que sus ojos casi se salieron de sus cuencas.

¿Qué? ¡no, no! ¡No es necesario!

Se había apresurado a responder, mientras movía frenéticamente las manos frente a sí. ¡No había manera de que aceptara eso! Incluso Yut Lung alguna vez había sugerido algo similar, aunque él había alejado la idea rápidamente, diciéndole que si iban a trabajar juntos iba a ser como iguales, y no con él debiéndole algo.

Ash había arqueado una ceja, el rictus de su rostro mostrando molestia.

¿Qué pasa? —Le había preguntado, mientras la comisura de su labio se elevaba en una sonrisa sardónica—¿muy orgulloso para aceptar ayuda?

Irónico, que esa frase saliera de los labios de alguien como Ash Lynx.

Pero Eiji lo había callado con presteza, dándole un golpe en las costillas.

Ash.

Y si Sing no hubiera estado ya bastante nervioso, de seguro eso le habría arrancado al menos una carcajada.

No es eso...—optó por decir.

En ese momento Sing rozaba esa delgada línea entre los 16 y 17 años, cuando la gente comenzaba a dejar de verlo como un niño, pero tampoco podría calificar realmente como un adulto. Y si bien desde hacía años siempre le había molestado que lo intentaran tratar como si aún fuera un cachorro, con sus nuevos centímetros extra tanto en altura como en robustez, y que su aroma parecía haberse acentuado, se sentía aun peor

Aún falta un tiempo para que deba pensar en la universidad...

Intentó en cambio, queriendo cambiar el tema. Eiji le dedicó una mirada contrariada, y Sing intentó no sentirse demasiado culpable por ser el causante de esa expresión. En cambio, Ash no se amilanó.

Sabes que el tiempo pasa volando—Dijo, con la misma expresión que sus maestros y el consejero de la escuela nocturna utilizaban cada que el tema de educación superior salía a relucir en la vida de Sing.

Aquello le ganó una nueva mirada en forma de reprimenda de parte de Eiji.

Ash...—Volvió a reprimir, antes de estirar su mano, y tomar la de Sing con delicadeza; haciendo que sus mejillas se colorearan y sintiera como es que la temperatura subía por su cuerpo.

Algo nuevo a lo que Sing también había tenido que acostumbrarse en esa época –y que no era tan sencillo de ocultar como cuando aún todos lo veían como un niño pequeño-, al mismo tiempo que se recordaba que no eran sentimientos que se suponía uno pudiera o debiera tener, ni por los amigos, ni por alguien que ya estaba casado.

No queremos presionarte, Sing—Le había dicho, con una sonrisa calmada, y ternura rebosante en cada palabra—Pero al menos piénsatelo, ¿sí?

Sing no había podido hacer más que mantenerse en silencio, mientras asentía lentamente. La preocupación de Eiji era genuina, y él había sido espectador principal de la misma durante todo ese tiempo, mientras aún intentaba balancear su vida dentro y fuera de la pandilla, terminando más veces que las que no regresando a las redes de las pandillas que aún daban vueltas en el barrio chino.

Aún si el lugar era casi irreconocible, gracias a eso.

Sing se estaba esforzando, para hacer lo que creía correcto, y lo que sabía era necesario.

Aún si nuevamente, no siempre era lo que Sing quería.

Se despidió, sin mucho ánimo, intentando no notar que la mirada triste de Eiji le había seguido un par de metros más allá de la puerta del comedor. Y, cuando estaba listo para tomar el ascensor, Ash apareció detrás de él.

Has hecho un gran trabajo.

Fue lo que dijo, con los brazos cruzados, mientras fijaba su mirada en su espalda. Sing tragó duro.

Que alguien como Ash Lynx diera esa clase de cumplidos era todo un hito, uno que aún hacía que el corazón del pequeño Sing, que aún era demasiado escuálido para la mayoría de su ropa, saltara de la emoción. Aún si el Sing actual preferiría sacudirlo un par de veces, antes de estrecharle la mano.

Querer algo más en la vida, no hará que todo lo que lograste hacer en el barrio chino pierda valor—Continuó. Directo como solo Ash sabía serlo—Piensa en ti también, Sing.

Terminó, antes de darle una fuerte palmada en la espalda, y regresar a su hogar.

Le había tomado un par de meses, pero Sing había terminado aceptando su propuesta.

La cara de sorpresa con la que Yut Lung lo había recibido posterior a eso, casi había hecho que se arrepintiera de tardar tanto en aceptar.

—¿Negocios? ¿En serio?

Le había preguntado, mientras se cruzaba de piernas y movía la copa en sus manos de un lado a otro.

Tú no puedes ir a todas las juntas, ¿no? Y necesitarás a alguien que te ayude en el momento de las negociaciones.

Ambas cejas del omega se habían elevado, la confusión claramente pintada en su rostro.

¿Por qué quieres ayudarme?

Sing simplemente se había levantado de hombros, mientras le miraba con una sonrisa.

¿Por qué no lo haría? Te lo dije, ¿no? Que mejoraríamos este lugar juntos.

En ese momento, Yut Lung le había regalado una expresión complicada, una que no parecía exactamente la de la serpiente en la que se hubiera convertido unos años antes, pero tampoco la de un chico destruido que caía al piso y lloraba tras algo tan simple como una bofetada.

—Está bien...

Así era como había empezado la clase de relación que tenían ahora.

Era un recuerdo agradable.

Al parecer, lo suficiente, como para alejar un poco el renuente dolor de cabeza que quería venir a azotarlo.

Se estiró en su cama, ayudando a sus castigados músculos, y agradeciendo silenciosamente que tuviera que ser Yut Lung –especialmente en su condición- el que tuviera que estar presente allí en su lugar.

Tomó su teléfono y marcó, esperando todo el tiempo que la línea se mantuvo conectada, pero no hubo respuesta.

—¿Uhm?

Preguntó, a nadie en particular, mientras observaba la pantalla e intentaba hacer cálculos mentales.

¿Acaso estaría dormido?

Intentó dos, tres, y cuatro veces. Con el mismo resultado.

Quizá estaba descansando. Si algo malo hubiera ocurrido, los hombres de la mansión ya lo hubieran llamado, o eso fue lo que Sing se dijo, mientras intentaba apartar la leve sensación de preocupación que ahora se asentaba en la base de su estómago.

En cambio, optó por cambiar el receptor de su llamada, mientras el nombre de Eiji brillaba en la pantalla.

Su amigo, contestó antes de la tercera timbrada.

—¡Sing! —Le dijo—¿Cómo estás?

Él no pudo evitar dibujar una sonrisa.

—Apenas terminaba el trabajo.

Escuchó a Eiji hablar con alguien, parecía en encargado del metro.

—Yo también, ¿quieres pasarte por casa? Compré algo especial para cenar.

Sing no pudo evitar reír levemente, Eiji siempre había sido un anfitrión muy dedicado.

—Creo que estoy unos cientos de kilómetros muy lejos para poder acompañarlos, Eiji.

—Oh...—El tono de Eiji decayó un poco—¿Es que estás de viaje de nuevo?

—Uhum—Asintió con simpleza, mientras estiraba su cuerpo lo largo que era en la cama del hotel—Llamaba para preguntar cómo está todo, no pude verte después de que tu esposo casi me echara a patadas de la casa.

La risa que Eiji le regaló fue genuina.

—Bien, prometo que Ash de verdad lamenta su comportamiento aquella vez.

Sing asintió un par de veces, aún si Eiji no podía verlo, y aún si él sabía que Ash realmente no lamentaba nada de lo que le había dicho.

—Me alegro, ¿y cómo está el bebé?

Si sus cálculos no fallaban, Eiji ya debía estar rondando el tercer o cuarto mes de embarazo.

—Creo que todo está en orden, o eso dice el médico—Hizo una pequeña pausa, antes de suspirar—Aunque ahora soy yo quien tiene problemas, nada de mi ropa me queda bien.

Sing tuvo que cubrir sus labios para no reír.

—Te llevaré algo cuando regrese.

Eiji se exaltó.

—¿Eh? ¡No es necesario, Sing! Iré de compras la semana que viene.

Pero el mentado no iba a aceptar eso como una respuesta válida.

—Pero quiero hacerlo, no me gustaría que mi sobrino pasase frío.

Y Sing habría jurado, que casi había podido visualizar el rostro de Eiji sonrojándose por un par de segundos, para que terminara aceptando con un simple murmullo.

—Está bien...

Sing aun quería muchísimo a Eiji. Por la calidez que siempre trasmitía de manera natural, y el hecho de que hubiera sido uno de los que desde que se hubieran conocido, hubiera estado pendiente de él y su bienestar. Nunca dejándolo fuera de su radar más de un tiempo, y recordándole constantemente lo mucho que agradecía que fueran amigos.

Eiji era una persona que durante los años se había mantenido tal cual Sing le había conocido, simple y sin mayor misterio. Pero también, había logrado ganarse un pedazo de su corazón.

Y, agradecía que los sentimientos que profesaba por su amigo, esta vez si pudieran calificarse como eso, el cariño que cualquiera pudiera tener por un amigo.

Yut Lung no esperaba que, cuando sus subordinados le informaron de un visitante esperando en la puerta, este se tratase de Blanca. Creía, realmente, que ya no tenían nada más de lo que hablar.

—Mi señor.

Volvió a instar uno de sus hombres, mientras parecía no saber si dejarle con sus cavilaciones, o volver a atender al hombre que esperaba abajo.

—Entiendo—Dijo Yut Lung, mientras sus dedos jugueteaban con sus largas hebras de cabello. Ahora que al fin podía haberse quitado la vía, moverla ya no era doloroso. En ese punto, ya había pasado del tratamiento endovenoso, a pastillas, mucho menos engorrosas. Si todo seguía así, pronto ya no necesitaría de ninguna clase de fármaco—Déjenlo pasar.

Lo recibieron sendas reverencias, y poco después, Blanca ya hacía acto de presencia en su estudio. Aún traía el abrigo puesto, lo cual no debería ser una sorpresa, si su visita no estaba pensada para ser larga.

—Señor Yut Lung—Saludó, con esa sonrisa bonachona que siempre parecía tener, a pesar de la clase de trabajo que realizaba—Puedo preguntar, ¿por qué tanto alboroto?

Los pasillos estaban llenos de trabajadores, que subían y bajaban constantemente, trayendo y llevando diferentes cajas de una habitación a otra.

Yut Lung sonrió, mientras volvía a juguetear con su cabello.

—Hago remodelaciones.

Declaró, antes de que su mano viajara un poco más al sur, descansando sobre su vientre; en un gesto que tenía más un aire desafiante que de dulzura, como solían hacerlo otros omega en espera.

Después de todo, aún recordaba con vivida claridad la opinión que tenía Blanca sobre esos niños.

El mentado sólo amplió un poco más su sonrisa, suavizando su mirada, y acomodándose los lentes.

—Entiendo.

Le dijo, sin moverse un solo centímetro. Yut Lung le devolvió el gesto, antes de señalar con cuidado una de las sillas que estaba libre frente a él.

—Adelante, siéntate—pidió, y sólo después de que su inesperado invitado hubiera tomado asiento frente a él, continuó—Y, ¿qué te trae por aquí?

Blanca cambió su rictus por uno más pensativo, como si intentara darles orden a sus ideas. Yut Lung rio con suavidad.

—Después de todo, dejaste el hotel hace más de semana y media. —Puntuó, como si hablara del clima—Uno creería que ya habrías regresado a Centro américa.

Y no es como si Yut Lung estuviera siguiéndole el paso, o monitoreando sus movimientos, ni nada parecido. Pero, sus empleados estaban perfectamente instruidos al momento de manejar la información. Cuando algún cliente de interés aparecía en su radar, se encargaban de que todas sus idas y venidas llegaran directamente a sus oídos.

Él confiaba plenamente en el tino de esos subordinados, y hasta ahora; ninguno le había fallado.

Blanca se elevó de hombros, como si la afirmación no le hubiera parecido extraña.

—Se lo dije, —puntuó—Estoy de vacaciones.

La mirada del omega se afiló.

—¿Haciendo qué? —Era la misma pregunta que la ocasión anterior, y; como en aquella vez, la única respuesta que pudo obtener de Blanca fue una risa.

Una risa y un sobre, que sacó de su gabardina con practicada maestría.

Yut Lung no pudo evitar elevar una ceja, con curiosidad marcada en el rostro.

Tan pronto el sobre estuvo sobre la mesa, cualquier rastro de sonrisa desapareció del rostro de Blanca.

—Revíselos, por favor.

Le pidió, mientras sus manos entrecruzaban sus dedos, y su rostro bajaba un poco.

Yut Lung apretó los labios, mientras abría el sobre. Eran nombres, fotografías, y varios datos en una corridilla de información.

—Parece que aún tiene muchos enemigos, señor Yut Lung.

Dijo Blanca, y él, no pudo evitar que una sonrisa liviana se pintara en sus labios.

Aún si había intentado apartarse del camino de las drogas ilegales y las intrincadas conexiones que su familia tenía en los diferentes caminos de contrabando, resultaba que, era mucho más complicado llegar a convencer a múltiples capos de la mafia de que realmente te alejarás de un mundo en el cual, sigues ostentando el puesto del mejor competidor.

Yut Lung sabía que Hong Kong se había vuelto una jungla salvaje después de la muerte de su padre, y con la decisión de sus hermanos de tomar el país de la libertad como nueva base de operaciones, el apellido Lee había comenzado a perder fuerza en su tierra natal.

Los peces grandes de allí, y sus pequeñas operaciones en américa; al parecer, comenzaban a creer que él tenía deseos de regresar a su tierra madre, mientras apartaba sus líneas del lugar que ellos ocupaban ahora.

Un plan que, quizá, habría considerado si la situación fuera otra.

Aún si ir contra el gobierno Chino parecía casi un suicidio, no parecía algo muy alejado de las ambiciones de alguien como él.

—No a muchos les gusta la idea de un omega a la cabeza, verás.

Empezó, mientras revisaba la lista de nombres. Todos eran cabezas de familia que habían puesto los ojos sobre los caminos de comercio que antes hubieran estado enteramente bajo el control de los Lee. Y, parecía que tenían en mente, que, para poder ser realmente dueños de los mismos, tenían que acabar con él, o unirse a él.

Y, si bien Yut Lung había mantenido el dominio sobre los mismos por un tiempo, su fin último siempre había sido el poder alejarse de esa clase de negocios, de una vez y para siempre, centrando todos sus esfuerzos en la estabilidad del barrio chino, y los negocios que allí pudieran tener.

Claro, eso era más fácil decirlo que hacerlo.

Él ya había tenido su justo número de encuentros con todos los de esa lista. A veces para charlar, y otras tantas para fingir que realmente escuchaba sus propuestas, fingiendo que no entendía las implicancias ocultas en estas. O, las miradas que le lanzaban, cuando creían que él no estaba mirando.

Y, si alguno se sentía particularmente envalentonado esa noche, escuchar un par de propuestas subidas de tono.

Yut Lung sabía que sólo había dos maneras de calificar a un omega. La primera; con la imagen de una virgen inmaculada, a la que nadie debería tocar pues podría terminar siendo manchada. Ha, hilarante que, ante tal pensamiento, la primera imagen que llegara a su mente fuera la del idiota de Eiji Okumura, y la casi obsesión que tenía la mitad de personas que él conocía por protegerlo.

Y, la segunda, como prostitutas. Incluso tenían un lindo nombre para ello: perras. Objetos de placer, que, si bien son altamente codiciados, podían ser fácilmente degradados a la hora de tenerlos en la habitación, y especialmente, a la mañana siguiente.

Hilarante, también, que la primera imagen que su cerebro relacionara con ese concepto, fuera la de él mismo.

Yut Lung sabía lo que esperaban de él: O una perra, o una damisela en aprietos.

Empero, él no les iba a dar a ninguno de los dos.

Él siempre había gozado de una manera de expresarse elocuente, y una habilidad de cambiar su actitud acorde a lo que fuera necesario, pudiendo ser cándido un momento, y seductor al siguiente. Ese constante balance en su personalidad, servía para mantener a los hombres en vilo, logrando que mostraran sus verdaderos colores cuando creían que él rogaba por entrar en sus camas, sólo para dedicarles miradas decepcionadas, cuando resultaba que no era el caso.

Los más chabacanos, incluso, le habían gruñido levemente alguna vez, aunque Yut Lung no se había amilanado.

Lo que más disfrutaba era ver la reacción de cólera, que rozaba casi en lo ofendido, cuando notaban que tenía una nueva marca en el cuello durante alguna nueva reunión. Demostrando así que, Yut Lung sí que estaba dispuesto a dejar que las personas se deslizaran en su cama, sólo que ninguno de los afortunados era ellos.

Después de todo, quien daba pie a que alguien pudiera entrar en su lecho; era él. Y no al revés.

En su momento Yut Lung había sentido aquello como un acto liberador. Tomar el control de un aspecto de su vida que anteriormente hubiera sido utilizado para esclavizarlo, y convertirlo en su carta de presentación. Su propia forma de dominancia.

Aunque con el paso del tiempo, la idea había comenzado a perder el encanto.

Y, al parecer, había sólo un cierto número de intentos que cualquier hombre estuviera listo a tolerar, antes de que decidir que un omega no valía la pena.

Terminó de revisar los folios, y continuó.

—O, una cabeza que no sea la suya, en general.

Puntuó. Con el nada escaso número de tres intentos de asesinato durante sus años como cabeza oficial de todo el estado Lee.

Sing había estado furioso la última vez que eso hubiera pasado, repitiendo mil veces que debería estar a su lado, y no en alguna oficina; discutiendo con viejos que tenían más cabellos en los oídos que en la cabeza.

Yut Lung había desmerecido el asunto, aun con la venda en el lugar donde había recibido el disparo.

Aquello había sido sólo un par de meses antes de su viaje no programado al Caribe; en las noches con mucha lluvia, podía sentir el dolor recalcitrante en sus huesos, aún si la herida ya había cicatrizado hacía mucho.

Blanca le dio una mirada complicada, sus pobladas cejas frunciéndose un poco más de lo necesario.

—Señor...

Pero él no le permitió terminar, en cambio, colocando sus manos sobre sus rodillas, y observándole con lo que esperaba, fuera frialdad.

—¿Por qué me das esto?

Blanca frunció los labios.

—Creía que los Lee ya estaban retirándose del mundo del comercio ilegal.

Vaya, si los rumores eran capaces de llegar a la tierra de la arena dorada y el mar tropical, sí debía estar en boca de todos.

—Bueno—ofreció él, mientras reclinaba la cabeza para atrás, como si el asunto le pareciera de lo más hilarante—Creo que tú mejor que nadie sabes que, la veracidad sobre el retiro de alguien, no es algo que cale de la misma manera en todos.

La mirada de Blanca pareció volverse más dura por un momento.

Touché.

Pensó.

Aunque también podía atribuir el nuevo interés de Blanca en su perpetua necesidad de estar informado, ya que; aún si Sergei era la clase de hombre que podía alejarse físicamente del campo de batalla, parecía que su mente nunca descansaría realmente. No mientras tuviera vida.

—Lo sé—Reafirmó entonces, con su cuerpo moviéndose ligeramente hacia adelante—Créame, lo sé muy bien.

Yut Lung bufó suavemente, por un segundo deseando que esa mirada no estuviera fija en él.

—Pero, mi señor; tiene a personas realmente peligrosas detrás de usted.

Aquello lo habría hecho reír, como si fuera una noticia nueva.

—¿Y?—Preguntó en cambio, dejando que su palma sirviera como descanso para su mejilla—¿Qué? ¿Te preocupo, acaso; Sergei?

La expresión de Blanca titubeó, al menos por un segundo, con algo muy parecido a lo que le había mostrado el día que le había llamado por su nombre real, mientras esparcía sin reparo alguno sus más recónditos secretos.

—Lo hace.

Aseguró.

Esta vez, Yut Lung no pudo pelear contra la risa.

—¿Y?—Instó de nueva cuenta—¿Acaso harás algo al respecto?

Preguntó mientras la sonrisa que ya portaba se ampliaba en su rostro.

La expresión de Blanca tuvo el descaro de lucir herida.

—Sabe que no puedo protegerlo de esto.

—Entonces no te importa mucho.

Yut Lung sabía que Blanca hablaba en serio, pues su expresión era exactamente la misma que hubiera portado cuando expedía su renuncia verbal, dejando detrás a un amasijo desastroso de llanto y alcohol. Empero, a él no podría importarle menos la sinceridad en un momento así. No cuando la ausencia de Sing hacía que quisiera comportarse particularmente hiriente, especialmente con Blanca.

La sonrisa en su rostro decayó un poco.

—Aún tiene palabras muy crueles para quienes están a su alrededor, mi seño.

Declaró, con un tono parco y casi meditabundo. Yut Lung se cruzó de brazos, girando el rostro.

—Acabas de entrar en el nido de una serpiente—Puntuó, mientras le miraba de refilón—No te sorprendas si sales con un par de mordidas.

Blanca se mantuvo en silencio, como si analizara sus palabras. Finalmente, habló.

—Espero que esa amenaza no aplique para el joven Sing también.

Yut Lung juraba que, si las miradas pudieran matar, Blanca habría tenido una daga clavada en su yugular en ese mismo momento.

El mentado sólo había sonreído, antes de asentir levemente con la cabeza, en una reverencia nada profunda.

—De cualquier manera, nos veremos pronto, mi señor.

Dijo, antes de levantarse y empezar su camino hacia la puerta. Yut Lung aún tenía su mirada fija en su espalda, cuando el alfa se detuvo.

—Tenga mucho cuidado, señor.

Murmuró.

Yut Lung tuvo ganas de chasquear la lengua.

—Siempre lo tengo.

Hacía mucho que Ash no rondaba esa clase de zonas en la ciudad. Había pasado tanto tiempo, que algunos de los viejos edificios habían sido pintados, dejando atrás los viejos grafitis por brillantes colores ocre y marfil. Sin embargo, la ciudad seguía siendo la misma; y Ash aún podía jactarse de conocer el camino en lo que hubiera sido alguna vez, su patio de juegos.

Aunque ahora, agradecía poder haber cambiado las viejas casas destartaladas, por el más cómodo y acogedor departamento de Alex. Quien, con una expresión que variaba entre la duda y la preocupación, no paraba de observarle.

—Ash... ¿Qué haces?

Preguntó, después de que le hubiera visto cambiar su traje usual por uno que parecía mucho más acorde con sus viejos años en la pandilla, pantalones rasgados, y una camiseta plana sin diseño reconocible.

Dobló su ropa con cuidado, dejándola en el sofá.

—Necesito conseguir algo.

Explicó, al tiempo que tomaba la peluca que hubiera llevado consigo, de un deslustrado color marrón, y la acomodaba para cubrir su melena rubia.

Alex, a su lado, pareció farfullar un poco.

—Sabes que podrías pedírmelo a mí, ¿verdad?

Preguntó, y Ash sabía que podía confiar en su amigo, que se lo había demostrado una infinidad de veces y en múltiples ocasiones. Sin embargo, la idea de Alex regresando a los viejos círculos que frecuentaban, le dejaba un mal sabor de boca; especialmente si era por algo que era enteramente responsabilidad de Ash.

—Lo sé—respondió con tono conciliador, al tiempo que cambiaba sus lentes de trabajo por un par de gruesos lentes oscuros, y giraba hacia su antiguo compañero, abriendo los brazos—¿Cómo me veo?

Cuestionó, y Alex le dedicó una mirada larga, mientras lo analizaba de arriba abajo.

—No como Ash.

Terminó por concluir.

Con eso era suficiente, decidió.

—Perfecto.

Alex lo acompañó hasta la salida, y aun sí su expresión vacilaba constantemente entre la duda y la preocupación, los ojos de Alex estuvieron bañados en todo momento por la confianza, algo que Ash había aprendido a notar en todos sus hombres, quienes seguían ciegamente sus órdenes, por más descabelladas que fueran.

—Volveré pronto.

Ash había sido realmente afortunado, por haber tenido una manada tan leal como aquella.

La dinámica de grupos en las manadas callejeras, era algo curioso. Cuando uno comenzaba a pasar tanto tiempo junto a las mismas personas, era imposible que no se desarrollara alguna clase de vínculo. Es decir, incluso los niños pequeños parecían imitar el funcionamiento de una manada en sus escuelas, a un nivel mucho más sencillo; claro estaba.

Ash, por su parte, sólo se había permitido hacer lazos de esa manera con dos personas. El primero, Alex. El segundo alfa de su grupo, y a quien inmediatamente acudirían por órdenes y guía de llegar a faltar Ash. El segundo, había sido Skipper. Quien se había unido a ellos desde cachorro, y quien nunca había dejado de serlo.

Cuando una manada se disolvía, o pasaba por tribulaciones, los miembros lo sentían. A un nivel que, por muchos textos científicos existieran para justificar, nunca podía ser del todo descrito. Como si algo, muy profundo, comenzara a romperse. Llevando la vida que ellos tenían, acostumbrarse a la presencia de alguien podía ser un gran error; pues, quizá en una semana, un mes, un año, o incluso un día, podrían arrebatártela de las manos. Dejando atrás nada más que un cadáver, y múltiples agujeros de bala, o cortadas de navaja.

Claro que decirlo era mucho más fácil que hacerlo, para algunas personas. Como Kong y Bones, que desde el primer día que los hubiera convocado juntos para hacer un trabajo, no había sido capaz de lograr que se separan.

Otros, como Arthur, parecían en cambio completamente disociados de cualquier clase de afinidad, o de lo que implicaba poder vivir como grupo. Era la clase de persona que cambiaba lealtades con rapidez, sin arrepentimientos, sin segundas opiniones.

Esa clase de gente era la más peligrosa. Ash lo sabía bien.

Logró hacer su camino entre el laberinto de calles, moviéndose entre oscuros callejones y saltando una cerca de alambre. Y supo que su memoria no le había fallado, cuando se topó con un muy conocido vecindario, y un edificio que ya había visitado un par de veces con anterioridad.

Y, por si necesitara una mayor prueba, no pasaron más de cinco segundos antes de que una persona abandonara el recinto, mientras pegaba a su pecho una bolsa de papel que despedía un aroma antiséptico.

Subió una larga escalera y, en el tercer piso, golpeó un par de veces.

La figura del doctor Meretith le saludó, tenía el cabello y la barba igual de desordenados que siempre, con un par de mechones blancos que parecían luchar activamente para abrirse camino entre sus congéneres castaños. Tenía la bata desaliñada, y los lentes sobre la cabeza.

El hombre frunció la nariz, mientras sus ojos mostraban clara confusión.

—Hola—saludó él, haciendo que el galeno retrocediera un paso.

—No recuerdo tener una cita para esta hora.

Las manos del doctor viajaron, lentamente, hacia el pomo de la puerta; y Ash estaba casi seguro de que planeaba cerrarle la puerta en la cara. Ash ahogó una risa leve, al tiempo que una de sus manos apartaba la peluca con rapidez, y la otra, quitaba sus lentes.

—Qué rápido olvidas a tus viejos amigos, doctor.

Los movimientos del galeno se detuvieron en ese instante, sus ojos detenidos en una expresión de completa incredulidad.

—¡¿Ash?!

Ash se acomodó en una de las sillas del consultorio, mientras observaba al viejo galeno maniobrar su camino por las muchas repisas que llenaban el lugar.

—De verdad...—Lo escuchó farfullar, mientras tomaba un largo contenedor, que parecía un pequeño congelador—Tú nunca escoges un momento oportuno para aparecer, ¿no es así, Ash?

Preguntó, finalmente girándose para dedicarle una mirada que tenía el cansancio que sólo años de trabajar en un lugar como ese podía traer.

—Y de nuevo, ni siquiera me dejas examinar al omega para el que estás llevando esto.

Terminó de decir, mientras colocaba el contenedor frente a Ash y lo habría.

Su interior estaba repleto de pequeñas ampollas, cayendo una sobre otra, de una manera que a Ash le hacía creer podrían romperse con el mínimo movimiento brusco.

Ash se puso de pie y tomó uno entre sus dedos, leyendo el nombre, la presentación, y las pequeñas letras que detallaban el nombre genérico del producto.

—No requieren cadena de frío—Lo que quería decir que no perderían efectividad si los sacaba de esa pequeña prisión helada—Pero se desnaturalizarán si los expones mucho al calor, así que recomendaría que los mantengas en un refrigerador.

Concluyó, mientras daba un paso atrás y se cruzaba de brazos, su mirada inquisitiva parecía analizar a Ash, como si de un espejismo se tratase.

Cuando el joven alfa se sintió satisfecho, dejó el pequeño frasco en la mesa.

—Está bien, lo tendré en cuenta.

Respondió, con una mirada seria.

La facie del doctor se desfiguró, una risa profunda llenó el ambiente, como si alguien le hubiera contando un gran chiste. Una vez se hubiera calmado, tomó aire.

—¿Acaso esos son para ese omega, al que estabas "intentando no embarazar"?

Ash le miró con duda por unos momentos, antes de que su mente regresara a la conversación que habían mantenido en ese mismo lugar, tantos años atrás.

—Quizá.

Respondió con simpleza, mientras el doctor tomaba una buena cantidad de ampollas, y las guardaba en una bolsa para él.

—Ja— espetó el doctor, antes de chasquear la lengua—Creo que se enfadaría si sabe que lo llamaste así y no- ¿esposa? ¿Esposo?

La mirada de Ash volvió a turbarse, al tiempo que su ceño se fruncía.

—¿Qué?—Cuestionó.

El doctor hizo un movimiento con las cejas, señalando su mano.

Oh.

Su anillo.

No se lo había quitado.

—El lince está dejando que sus garras se vuelvan romas, parece.

Dijo, mientras sellaba la bolsa con cuidado.

Ash había tenido el tino de no lucir muy ofendido, optando en cambio por buscar los billetes que traía escondidos en la chaqueta, antes de dejarlos sobre la mesa, con un movimiento un poco más duro de lo realmente necesario.

—Como sea—Respondió, claramente a la defensiva—Volveré por más, si lo necesito.

El hombre dio un asentimiento, y Ash ya se había vuelto a colocar la peluca, cuando una pregunta rompió el silencio.

—Oye, Ash...—empezó el galeno, ganándose una mirada curiosa por parte de Ash. Los labios del hombre estaban apretados en una fina línea, mientras las arrugas de su frente se marcaban con fuerza—¿Por qué haces esto?

Ash detuvo su accionar, girándose por completo a encarar al otro hombre.

—¿Qué?

El doctor elevó la mirada, enfocando sus ojos en los contrarios.

—Lo que llevas allí—indico, señalando sin miramientos la bolsa que descansaba a un lado de su cuerpo—Eso...—parecía que el hombre no se terminaba de decidir sobre qué palabras utilizar. Apartó sus lentes con una expresión de cansancio, y mientras Ash le observaba frotar el puente de su nariz con practicada maestría, pudo notar que el aroma de beta que llenaba el consultorio había incrementado sólo un poco más de lo usual. Al menos, lo suficiente como para hacerse espacio entre los ponientes aromas de alcohol metílico, desinfectante, y medicina—Lo que llevas es usualmente usado en casos extremos. No de manera constante—instó, y Ash ya estaba acostumbrado a ver la preocupación en los ojos de las personas, así que podía entender perfectamente qué era lo que el doctor estaba pensando—No conozco a ningún omega que haya tenido que utilizar más de cuatro, a lo largo de todos sus años fértiles.

Y Ash acababa de comprar al menos una docena.

—Pues ahora tiene un caso que puede documentar como el primero—respondió, sin dejar que algo más que tranquilidad se filtrara por su voz.

La mira de Ash era impoluta, sin una pizca de duda.

El hombre pareció incapaz de alejar la zozobra de su semblante, y Ash casi le había tenido lástima. En todos sus años como médico del bajo mundo, de seguro que se había encontrado con un centenar de casos extraños, o descorazonadores. Y, si bien uno aprendía a compartimentalizar, suponía que algo del instinto del viejo beta aún peleaba por surgir, entre las capas de certeza médica y apatía profesional.

Las hormonas, después de todo, no es que fueran distintas a cualquier otro medicamento.

—Ash... ¿qué es lo que estás haciendo?

Preguntó, pero Ash no era la clase de personas que ofreciera explicaciones. No cuando ya había pensado en el asunto tan detalladamente.

—Lo que tenga que hacer.

Para poder ayudar a Eiji, y asegurarle un embarazo seguro y cómodo. Y, para poder alejar al animal que tenía dentro.

Después de todo, se juró que nunca dejaría que nadie lo lastimara nuevamente, y eso lo incluía a él también.

Especialmente a él.

El doctor suspiró, y Ash tomó su bolsa, mientras se acomodaba los lentes.

—Espero que sepas lo que haces, Ash.

Yut Lung sentía que la ansiedad crepitaba por su cuerpo, empezando en la base de su estómago, y terminando en la punta de sus dedos. Como una sensación fantasma que buscaba infectarlo, como la misma peste.

No estaba seguro si se debía a la inesperada visita de Blanca, o a que el tiempo que Sing pasaría en su viaje de negocios se había alargado.

Quizá era un poco de ambos, fungiendo como un cruel recordatorio del mundo en el que de verdad vivía, y no la pequeña burbuja de seguridad que el no salir de la mansión, y la continua presencia del alfa parecían haber creado a su alrededor.

La vida de Yut Lung no era perfecta, y ya era momento de que lo recordara.

Que el mundo real es difícil. Su mundo, es difícil, y que antes de tener a alguien listo para defenderte, lo más probable es que encuentres que, la siguiente persona en cruzarse en tu camino, será tu victimario, o tu vergudo.

Tal como había pasado con sus hermanos.

Y, aún si la intensidad de la violencia que los hubiera rodeado en esa época era exponencialmente mayor a la actual, Yut Lung era lo suficientemente inteligente para saber que aquello no era una tregua permanente. Pues las bestias salvajes siempre se escondían en la oscuridad, expectantes, listas para cuando su olfato percibiera el olor de la sangre.

Sus dedos tamborilearon sobre la carpeta que Blanca le había dado, indeciso sobre la información que allí se encontraba. Quizá en otro momento se habría permitido sonreír, dándose un par de palmadas mentales, mientras se regocijaba en el hecho de que Sergei se había dado el trabajo de investigar a esas personas.

Quizá, incluso, se habría permitido sentirse feliz, por una muestra de interés como esa.

Empero, cuando uno era inteligente, la felicidad parecía mucho más esquiva.

—Nunca haces las cosas comprometiéndote al cien por ciento, ¿eh?

Murmuró, para nadie en particular.

Debía ser genial poder vivir así, estirando la mano, y apartándola tan pronto alguien pareciera dispuesto a querer aferrarse a ella.

Sus labios se fruncieron.

Yut Lung no podía darse esa clase de lujos.

"Tienes demasiados enemigos para alguien de tu edad"

Habían sido las palabras con las que Blanca había iniciado su antiguo contrato, y Yut Lung había tenido un poco de dificultad para terminar de entender, que si bien Blanca había sido sincero con su deseo de protegerle, este nunca sería capaz de equipararse al deseo de no perder a Ash.

Y, a su vez, ese deseo no podía hacerle frente al de simplemente dejarlos a todos atrás.

Los años habían pasado, y aquella afirmación no había cambiado. Y, Yut Lung, estaba seguro de que la prioridad de los deseos de Blanca tampoco lo habían hecho.

Su mano bajó a su vientre, descansando con cuidado. El pequeño bulto que ya podía sentirse a través de la ropa, hizo bien su trabajo, recordándole que, de hecho; si había algo que había cambiado.

—Y pareciera que yo tampoco puedo comprometerme...

Murmuró. La noticia de su embarazo y la presencia de Sing, tan constante en su vida, parecían haberle distraído de lo que él juraba era su objetivo. De la realidad que le rodeaba, y que, en el mundo, había mucho más ocurriendo que sólo un par de vidas creciendo dentro de él.

Dejó la carpeta a un lado, bufando con exaspero. No serviría de nada pensar en eso en ese momento, y ahora mismo podía sentir la presión bullir bajo su piel, como si algo lo instara a liberar todo el estrés que había estado acumulando esos días, y que no había hecho más que elevarse exponencialmente en esas últimas horas.

Tomó su teléfono, olvidado en un lado de su estudio, y no pudo evitar sorprenderse ante la cantidad de llamadas perdidas.

Todas de Sing.

Sus labios se fruncieron en un rictus de molestia, sintiendo ahora a la cólera acompañar a su ya de por su inestable maremoto de emociones.

Incapaz de aceptar, que ver aquello, lo hacía inmensamente feliz.

Se sentía un idiota. Y, aquello sólo se reforzaba, por sus incontrolables deseos de devolver la llamada.

Decidiendo que no tenía salud cabal para lidiar con lo tormentoso de su aún no clara relación con Sing, optó por abrir un viejo hilo de mensajes, algo con lo que ya estaba familiarizado, algo que Yut Lung sí entendía.

Era con uno de los hombres con los cuales solía acostarse.

Sus conversaciones eran escuetas, y nunca muy profundas. Usualmente, Yut Lung sólo se comunicaba con esa clase de personas cuando quería hacer algo.

Y, en ese momento, necesitaba quemar un poco de su energía- de alguna manera. O estallaría.

Él había comenzado a tener una vida sexual activa varios meses después de su asenso oficial como cabeza de la familia Lee. No había sido difícil encontrar a personas que estuvieran dispuestas a compartir lecho con él. Alfas, beta, sin distinción de nivel.

Incluso, había visto a algún omega fijar la mirada –sólo un poco más de lo que cualquiera encontraría necesario- en su figura, y en la manera en la que sus prendas se abrazaban a esta. Empero, ninguno había sido lo suficientemente valiente como para aceptar que querían experimentar.

Aún si había escuchado, en más de una boca, que dos omegas juntos eran la cosa más caliente del mundo. Especialmente si él era uno de ellos.

Yut Lung se había limitado a reír, como lo hacía cada vez que alguien le daba un cumplido.

Se sentía bien saberse deseado. Deseado, e intocable.

A diferencia de la vida de prostituta y objeto de contratos, su nueva vida le daba poder sobre las personas. Personas que se someterían, con tan solo la promesa de poder tocar tu piel. Todo aquello era uno, una sensación de control que Yut Lung creía no estaba listo para dejar ir aún.

Puede que todo aquello se alejara mucho del ideal omega, quienes buscaban someterse antes de someter; pero Yut Lung se enorgullecía en su personalidad desviada antes que intentar esconderla.

Quizá era eso lo que necesitaba.

Un recordatorio de lo que sentía estar en control.

Aún si era por unos cuantos momentos.

Sus dedos se deslizaron por la pantalla, mientras escribía sin miramiento alguno.

Los mensajes solían ir así: Un saludo, una hora y un lugar.

Sin embargo, ni siquiera había terminado de escribir el momento del día en el cual se encontraba libre, cuando una sensación extraña le invadió.

Confundido, dejó el teléfono a un lado.

Yut Lung nunca había sentido culpa después de acostarse con alguien que él mismo eligiera. Regocijándose en cambio, cada vez que era capaz de notar las miradas de añoranza en sus esporádicos compañeros.

Entonces...

Entonces, qué era esa extraña pesadez que se había sentado en la base de su estómago. Se recostó en el sofá, tomando aire con profundidad.

El peso extra en su abdomen se hizo más notorio.

Oh.

Habría podido reír.

—No creo que le guste si nota que ustedes están allí, ¿eh? —Preguntó, mientras sus dedos recorrían su vientre. Sólo para desear haberse mordido la lengua en segundo después.

Déjenle a Yut Lung que, una de las primeras cosas que les dijera directamente a sus cachorros, fuera confesarles sus deseos de poder coger con alguien.

Bueno, parecía que esa idea acababa de ser descartada. Y ahora tenía que pensar en una nueva manera de lidiar con sus emociones.

"Aún tienes su ropa en tu habitación"

Clamó una voz, que sonaba demasiado como la suya propia; tentándolo.

Y, aunque escapar de la realidad parecía tentador, el omega se forzó a apretar la mandíbula, rechazando el escapismo que su abandonado nido pudiera traerle.

En cambio, volvió a tomar el teléfono, optando por seleccionar la llamada perdida.

El sonido de la línea de espera no había terminado de dar el segundo tono, cuando le contestaron.

—¡Yut Lung!—la voz de Sing sonaba ligeramente amodorrada, probablemente le había despertado—No me contestaste antes, me preocupé. ¿Acaso pasó algo?

Cuestionó, y el mentado no pudo evitar rodar los ojos, aún si Sing no podía verlo.

"Alarmista"

Pensó

—Hum...—Empezó, mientras se acomodaba de mejor manera en el mueble—Creo que no, aún si te sorprende, he sido capaz de mantenerme vivo estos días que has estado lejos, Sing.

Escuchó al alfa refunfuñar al otro lado de la línea.

—Bueno, de cualquiera manera podrías haberme contestado.

Una sonrisa se plasmó en el rostro de Yut Lung, su respiración acompasándose, y el latido de su corazón descendiendo.

Aquello también le daba un sentido de satisfacción del cual no estaba listo para desprenderse. Aún si no se parecía en nada a los que hubiera conocido anteriormente.

—...Sing—Se mantuvo en silencio un momento, antes de continuar—Gracias, por preocuparte...

La línea se llenó con el sonido de un bufido cariñoso, y aún si él no podía verlo, estaba seguro de que Sing estaba sonriendo.

—Sabes que siempre lo hago.

Yut Lung pudo sentir el calor acumularse en sus mejillas.

—Lo sé...

Admitió, al tiempo que la tumultuosa vorágine de sentimientos y ansiedades que hubieran estado atacándole parecieran haber decidido en un ataque conjunto, justo en el centro de su pecho; sólo para un segundo después, convertirse en un mar calmo, dejándolo sólo a él para intentar hacer sentido de las piezas que su desastre hubiera dejado.

—Lo sé—Volvió a repetir, y agradeció que estuvieran comunicándose a través de un teléfono, pues pudo notar como sus ojos se cristalizaron.

De pronto... realmente ya no tenía deseos de comunicarse con ningún otro alfa.

Era mitad de semana, cuando Eiji llegó a casa, y se encontró con Ash sentado en la mesa del comedor, apagando su computador. Las manos de su esposo jugueteaban con su pluma, mientras dedicaba una larga mirada a sus apuntes.

Eiji se permitió sonreír con ternura, mientras dejaba sus zapatos en la entrada y anunciaba su llegada. Ash giró en su lugar, su expresión mutando inmediatamente.

Como un interruptor.

—¿Trabajando duro?

Preguntó, mientras se acercaba a su marido, estirando los brazos.

La expresión de Ash se suavizó, al tiempo que imitaba el accionar de Eiji, antes de que ambos encontraran refugio en el abrazo del otro.

—Uhum—afirmó, mientras sus brazos se aferraban con fuerza al cuerpo de Eiji—Sí, estoy un poco atrasado con algunas cosas; y quería ponerme al día.

Eiji elevó una ceja, en señal de confusión, mientras sentía el rostro de su esposo sobarse con cuidado contra su pecho.

—¿Atrasado? —preguntó, incrédulo—¿Y eso?

En todos los años de trabajo y publicación, era la primera vez que Eiji escuchase algo similar saliendo de la boca de su marido.

Un bufido escapó de la boca de Ash, al tiempo que sus brazos se aferraban con más fuerza a la cintura de Eiji.

—Pues alguien ha estado tomando mucho más de mi tiempo últimamente.

Oh.

Oh.

Eiji pudo sentir un sonrojo esparciéndose por su rosto, y llegando hasta sus oídos.

—Yo...—Empezó, la expresión languideciendo levemente en su cara—lamento eso.

Susurró, mientras acariciaba las doradas hebras de Ash. El mentado se removió un poco, levantando el rostro y observando a Eiji con una mirada seria.

—Eiji, no me pidas perdón por cosas como esas—Aseguró, sus dedos presionando los lados del cuerpo de Eiji, mientras su mentón presionaba con un poco de fuerza contra su vientre—Sólo estaba bromeando.

La sonrisa de Eiji se amplió, mientras descendía su rostro para depositar un beso suave en la frente de Ash.

Su esposo respondió volviendo a hundir su rostro en su cuerpo, como si quisiera delinear los nuevos cambios en su silueta.

—Lo sé—Respondió con cariño. Y Ash se tomó un par de segundos para reafirmar su agarre, antes de continuar la conversación.

—¿Cómo te fue hoy en el trabajo?

Le preguntó, y Eiji sintió su humor decaer tan pronto el tema fue puesto sobre la mesa.

—Bien...—musitó, antes de que su nariz se frunciera, en un claro signo de molestia—Aunque hay algo que me ha estado fastidiando—Terminó por confesar.

Sintió a Ash removerse, liberando el abrazo en el cual habían estado entramados.

—¿Qué quieres decir? —Preguntó, y Eiji tuvo que aguantar las ganas de reír, ya que el continuo movimiento contra su ropa había hecho que los mechones de su esposo se esponjaran, y ahora miraban en todas direcciones—¿Te volviste a sentir enfermo?

Cuestionó Ash, con la preocupación clara en la mirada.

Eiji se llevó una mano al mentón, mientras intentaba pensar en la mejor manera de ponerlo.

—La temperatura...—Apenas estaban dejando los meses de invierno, y hacía no más de una semana aún había anuncios de nevada en los canales del clima, pero había momentos donde Eiji sentía que el muy moderado sistema de calefacción en su oficina convertía su espacio de trabajo en una selva tropical— A veces, siento que me sofoco. Aunque nadie me cree, hasta intentaron prestarme un sueter, pero realmente no es como si necesitara ropa extra en ese momento.

—Hmm—instó Ash, mientras apretaba los labios—¿Y pasó algo más?

Los ojos de Ash se quedaron fijos en su figura, calmos y calculadores, como si intentara encontrar algún pequeño atisbo de duda.

Eiji golpeó su frente con suavidad con el dedo índice, mientras sonreía.

—No, nada más.

Aseguró, aunque entendía la preocupación de su esposo. Los cambios hormonales durante el embarazo eran comunes, y hasta esperables. Especialmente en omegas primerizos como él, donde se presentaban con particular fuerza.

Incluso su doctor se lo había mencionado, una y otra vez, en cada cita que tuvieran.

Parte de las hormonas que se secretaban para el correcto desarrollo y mantención del cachorro, eran las mismas que se secretaban durante el celo, aún si la cantidad era exponencialmente menor. Y, por ende, los efectos también lo eran.

Eiji ya estaba comenzando a sentir los cambios en su cuerpo. Por ejemplo, ya ni siquiera podía ponerse una camisa, sin sentir que la tela lastimaba sus pezones.

Tendría que buscar algo para eso pronto.

Los ojos de Ash siguieron fijos en los suyos, y Eiji era extremadamente familiar con esa expresión.

Ash estaba haciendo números en su cabeza, de seguro, ya había pensado en al menos un centenar de posibles escenarios para lo que ocurría con él.

Finalmente, lo escuchó suspirar, antes de tomarlo nuevamente en un abrazo, que lo sorprendió un poco.

—Está bien...

Susurró quedamente, antes de acercar su boca al vientre cubierto de Eiji, dejando un largo y cálido beso.

—Papá se encargará de todo...

Eran las seis de la tarde cuando el vuelo de Sing aterrizó en el aeropuerto. Todos los vuelos se habían retrasado por una nevada repentina, la que esperaban fuera la última de la temporada; y por lo mismo, su equipaje aún no llegaba.

Incluso las pistas del JFK tenían problemas para la movilización.

Chasqueó la lengua, descansando contra una de las columnas de la sala de desembarques. Nada podía hacerse, más que esperar.

Junto a él, en una de las gigantescas pantallas del lugar, un noticiero sonaba de fondo.

Robos, accidentes, y una que otra nota para elevar el espíritu. Sing conocía perfectamente el catálogo de los acontecimientos en Nueva York como para que algo lo sorprendiera de verdad. Al menos, hasta que escuchó la palabra omega ser pronunciada por la presentadora.

Se giró levemente, observando la pantalla de refilón.

Al parecer había un joven omega que había desaparecido. No tenía más de diecinueve años, y ahora había media red de policías locales buscándolo de arriba a abajo por las calles del centro. Sing frunció el ceño, en el momento justo cuando su padre salía en cámara, con los ojos enjugados en lágrimas.

Esas historias nunca solían tener finales felices.

Fue una suerte que justo en ese momento, la cinta giratoria de su vuelo comenzara a moverse. Las maletas habían llegado. No tuvo que esperar mucho antes de reconocer su equipaje, lo levantó sin problema y entabló su camino a la salida, con el sonido de aquel padre y la reportera perdiéndose entre los diferentes sonidos que dejaba el aeropuerto.

En la salida principal, había un auto esperándolo. Sing agradeció al conductor, si había algo que odiaba, eso era conducir después de un largo vuelo.

Lanzó sin cuidado sus cosas en el maletero del auto, antes de pasar a acomodarse en el asiento trasero. Se desacomodó la cortaba, y cuando por fin dejaron las inmediaciones del JFK, se sintió lo suficientemente cómodo como para preguntar.

—¿Y Yut Lung?

No es como si esperase que él fuera a recogerlo, especialmente en su estado actual, pero creía que era extraño que ni siquiera le hubiera llamado.

Si el conductor se sintió incómodo por la falta de cortesía al momento de dirigirse al jefe de ambos, no lo mostró en su semblante, ni en su aroma.

—El señor Yut Lung tenía una reunión—Respondió con simpleza, mientras tomaba una entrada que los llevaría a la avenida principal.

Sing dio un salto en su asiento.

—¡¿Qué?!

Cuestionó. Él conocía bien la agenda del omega, y no recordaba una reunión durante lo que quedara del mes, él había tomado todas, después de todo.

El conductor se removió en su asiento, un poco nervioso por el repentino arrebato.

—Fue algo de última hora, él nos pidió que no le informáramos, que podía encargarse solo.

Respondió en corridilla, casi como si hubiera estado practicándolo en su mente antes de enfrentarse a Sing.

Él, se limitó a chasquear la lengua, mientras frotaba su frente cansinamente.

—¿A qué hora fue eso?

El hombre a su lado presionó con un poco más de fuerza el timón.

—Aproximadamente a las dos de la tarde—Dijo—Ya debería haber regresado.

El ceño de Sing se frunción.

—Acelera.

Fue todo lo que dijo; y su compañero, no se molestó en replicar.

El resto del camino lo recorrieron en silencio, y Sing no esperó a que el auto se estacionara correctamente, antes de salir del vehículo y emprender camino hacia el interior de la mansión.

Allí, estaban ayudando a Yut Lung a desprenderse de su abrigo. Acababa de llegar.

Su ceño se frunció más.

—¿A dónde fuiste? —Preguntó, ganándose una mirada confundida por parte del omega. Sing se aclaró la garganta, antes de cambiar su tono—¿Está bien que salgas?

El traja de Yut Lung era holgado, lo suficiente como para ocultar la nueva protuberancia que comenzaba a notarse en su abdomen, pero Sing nunca había sido particularmente sutil cuando algo captaba su atención, así que la risa ahogada de su jefe no le sorprendió.

—Hola a ti también, Sing—Replicó, mientras agradecía a sus trabajadores, y comenzaba a adentrarse en la mansión. Sing le siguió—Y, muy bien, gracias por preguntar. —Puntó—Sabes que yo también tengo asuntos que atender, ¿verdad? No puedo quedarme encerrado aquí como una damisela en apuros.

Sing sintió una punzada en la base de su estómago, aunque debía admitir que eso era verdad. Respiró, intentando calmarse.

—Lo sé—admitió—Pero apenas estás terminando tu tratamiento...

Yut Lung se elevó de hombros, con mucha delicadeza.

—Sí—Dijo, con el tono aterciopelado que siempre tenía—Dudo que a nuestros competidores les importe mucho.

La expresión de Sing se volvió agria, antes de que su nariz captara un aroma extraño.

—... ¿Por qué hueles así?

Cuestionó.

Yut Lung se giró, encarándolo con una sonrisa sardónica.

Sing era familiar con el uso de perfumes que cambiaban la esencia. O, mejor dicho, imitaban otra. Colonias que eran capaces de hacer que uno pudiera oler como un alfa, omega, o beta, al menos por un periodo de tiempo. Así como otras, que se utilizaban para ocultar tu aroma por completo.

La primera vez que hubiera visto a Ash, había creído que él utilizaba de esas últimas, sólo para sorprenderse al enterarse que era algo que había aprendido a hacer de manera natural.

Yut Lung, por su parte, era mucho más afín a cambiar su olor, para desconcertar a la gente.

Sólo que Sing ya se había acostumbrado al particular aroma dulzón que había estado rodeando a Yut Lung los últimos meses.

—No quisiera que esas personas notaran esto, Sing.

Comentó, mientras su mano presionaba la tela suelta de su traje, logrando que su vientre fuera visible.

La verdad, es que Sing tampoco querría eso.

Finalmente, llegaron al estudio, donde Yut Lung se dejó caer en el sofá.

Su rostro parecía cansado y Sing le ofreció traerle un vaso de agua, al que el joven omega se negó categóricamente.

—Estoy bien—Dijo, aunque su expresión cambió al minuto siguiente—Pero creo que necesitaré llamar al médico de nuevo.

Sing elevó una ceja, dubitativo.

—¿Y eso?

Yut Lung lo miró, con ojos que parecían no querer dar a entender más de lo meramente superficial.

—Una corazonada...

Eran más de las ocho y media de la mañana, cuando Ash finalmente decidió que era tan buen momento como cualquier otro para una tercera taza de café. Eiji siempre le reprochaba su consumo desmedido de cafeína, pero Ash realmente la necesitaba.

Frotó sus ojos sin cuidado, pensando que quizá sí debía reducir el tiempo que pasaba frente a la computadora, al menos por un par de días. Quizá podría utilizar esos días para avanzar las correcciones de las tesis que habían llegado para esa temporada, y utilizar el fin de semana para seguir avanzando su trabajo para la editorial.

Prendió la televisión, deseando ahogar sus pensamientos en un poco de ruido blanco por unos minutos, cuando una imagen terrorífica le saludó.

Era la noticia sobre el joven omega que había desaparecido hacía una semana. Sólo que ahora, su estatus había cambiado a fallecido.

El estómago de Ash se contrajo, y estaba seguro de que no se debía al café.

La comentarista hablaba con tono solemne, mientras explicaba que su cuerpo había sido encontrado en un callejón del centro, cubierto por un montón de cajas y periódicos viejos. Ash reconocía ese lugar, había pasado por allí infinidad de veces en su época de juventud.

Mencionaban, además, que el cuerpo presentaba signos de violencia sexual, y que un posterior examen supervisado por los peritos asignados al caso, había demostrado que el joven se encontraba en cinta al momento de perder la vida.

Ash tuvo que apagar el televisor, el cansancio ahora remplazado por un naciente dolor de cabeza.

El café ahora le sabía agrio, y había agradecido que Eiji no estuviera ya en casa para tener que escuchar esas cosas.

Uno podía salir de las calles, e ignorar la violencia que diariamente se vivía en ellas, pero esta nunca desaparecería. No pro completo.

Sin importar cuántos hombres cayeran, siempre habría algún otro listo para tomar su lugar.

Ese omega parecía ser alguien de buena familia. Lo suficientemente buena como para que salieran diariamente en los medios, y pidieran el apoyo de la comunidad en la búsqueda de su hijo. Lo suficientemente buenos como para convencer a la gente de hacer rondas vecinales que protestaban fervientemente, escandalizados por la clase de violencia que llegaba hasta sus hogares. Hasta sus omegas.

Ash no quería ser cínico, menos ante una muestra tan flagrante de empatía.

Pero para él, esas no eran noticias nuevas. Omegas morían diariamente en las calles, con sus cadáveres siendo expedidos en fosas comunes, o terminando en bolsas en la comisaría, sin nadie que se molestara en reclamarlos.

Sólo pasaba, que esta vez había sido alguien lo suficientemente importante como para que sus padres quisieran elevar la voz.

Era un verdadero milagro cómo Ash había logrado mantener a Eiji a salvo durante su época en la pandilla, especialmente con todo lo que ocurría a su alrededor.

Ese era el consenso popular entre los miembros de su pandilla, quienes decían eso con un extraño sentido de orgullo en la tenacidad de su jefe, y Ash entendía de dónde venía el sentimiento. Así como entendía la constante preocupación de Ibe y las miradas de frustración que le había dedicado a Eiji cada vez que este le desobedeciera, así como la silenciosa aceptación de sus compañeros, cuando se ponía especialmente paranoico al momento de asegurar la seguridad de Eiji.

Ya que, si no era Dino, era Yut Lung, y cuando no había sido él, había sido el turno de Blanca. Y, si no hubiera sido ninguno de ellos, incluso algún otro pobre diablo que compartiera edificio con ellos. Ash recordaba vagamente que Kong le había dicho, como quien no quería la cosa, que había un jovencito que parecía estar particularmente interesado en Eiji, durante su pequeña época de falda tranquilidad doméstica frente a las oficinas de Dino.

Ash lo había resuelto inmediatamente. Con toques estratégicos, que, si bien para Eiji no parecían ser más que el accionar común de Ash, y su manía de tomarlo de los hombros cada que caminaban juntos; para el mundo claramente era una declaración.

"Este hombre es mío"

Posteriormente, los hombres de Caín y de Sing, entendían y sabían que nada bueno saldría de meterse con el omega de Ash, como habían comenzado a llamar a Eiji. En su momento, esa clase de epíteto le molestaría mucho, como si redujeran a Eiji a una mera posesión. Empero, si ayudaba a que ningún desubicado intentara nada con su amigo, Ash estaba dispuesto a aceptarlo.

Su estómago gruñó, y bueno, aquello era señal de que necesitaba llenarlo con algo más que no fuera sólo un montón de café –ya frio.

Dejó su taza en la mesada, antes de buscar algo en el refrigerador. Si mal no recordaba, Eiji había guardado los restos del desayuno justo para un momento así.

Ash buscó, sin éxito alguno, el par de onigiris que sabía habían quedado del desayuno. Elevó una ceja, confundido, y se dispuso a abrir el horno. Tampoco.

Se llevó la mano al mentón, antes de intentar en el congelador.

Bingo.

Se dijo, mientras apartaba el plato de allí con cuidado. Estaba húmedo, gracias al hielo que se formaba en las paredes del congelador. El arroz ahora estaba húmedo, chicloso y casi deshaciéndose.

Ash evaluó la posibilidad de comerlo, y recordando que durante una temporada no había tenido nada más en sus manos que una vieja lata de sopa, decidió que un par de minutos en el microondas harían el truco.

Mientras esperaba, dirigió sus pasos hacia la lavandería, donde la tanda de ropa que Eiji había dejado antes de ir a trabajar, ya debería estar lista para entrar en la secadora.

Sólo que- cuando pudo tener entre sus brazos una de sus camisetas favoritas, está ya no era blanca, sino rosa. Al igual que mucho de su ropa interior.

Ash suspiró, mientras separaba la gabardina roja que había sido la causante de semejante atropello a su pobre guardarropa

Las palabras que habían estado impresas en el panfleto que el doctor de Eiji le hubiera dado hacía varios meses atrás llegaron a su cabeza como un duro recordatorio. Aún si Eiji aseguraba que no le pasaba nada.

Se suponía que esa clase de olvidos no deberían ocurrir sino hasta finales del segundo trimestre.

Dejó la ropa en su lugar, pensando que bien podría surtirse de nueva ropa blanca la próxima vez que fueran a comprar ropa de maternidad para Eiji, llevando sus pasos de regreso a la cocina e ignorando el pitido molesto del microondas, que le decía que su bocadillo ya estaba listo.

Abrió la refrigeradora, buscando la bolsa que Ash le había dicho a Eiji que no había necesidad de tocar. Pensando que, quizá ya era hora de utilizarlas.

Yut Lung observó el bamboleo constante de Sing, ya había estado así unos minutos, cuando finalmente se decidió a hablar.

—¿Estás seguro de que eso es bueno para ti?

Soltó al fin, y el omega habría agradecido que ya no lo tenía en continua zozobra.

—¿Hum? —Cuestionó, mientras el doctor lo llevaba detrás de un biombo que había instalado cuidadosamente en su habitación, antes de sacar una pequeña inyección que había preparado con anticipación, e inyectársela después de retirar un poco de su ropa. No sin antes pedir disculpas por el atrevimiento—¿Qué quieres decir?

Ya no podía ver a Sing, pero lo escuchó moverse en la habitación, acercándose hacia el biombo.

—El recibir las hormonas así...

Musitó, como si no estuviera seguro de lo que estaba diciendo. Yut Lung esperó a que el doctor terminara lo que estaba haciendo, para acomodarse la ropa y encarar a Sing.

La duda que estaba impresa en su rostro le pareció adorable.

Sing había sido el primero en insistir tanto en la disminución de su antiguo tratamiento anticonceptivo, y sin siquiera estar al tanto de la cantidad de cosas que sus hermanos habían estado colocando dentro de su sistema por años.

—Sí—Aseguró—No creo que haya problema, ¿no es lo mismo, acaso, tener a alguien que te muerda constantemente?

Expresó, aunque la expresión de Sing terminó tornándose complicada.

Yut Lung no lo culpaba. Se suponía que la imagen de un omega embarazado venía de la mano a la de un alfa que, con dulzura, se encargara de su cuidado, mientras mordía delicadamente su cuello.

Suponía, entonces, que la de un omega soltero que tenía que recurrir a opciones sintéticas, no sentaba realmente bien con ese estándar.

—Bueno, sí, pero...

Yut Lung tuvo que rodar los ojos.

—¿Qué? —Preguntó—¿Acaso crees que sería mejor si le pido a un alfa cualquiera que venga a morder mi cuello? Porque esa es la única otra manera de obtener las hormonas que necesito.

Eso, o bueno, que se acostaran con él.

Así también se podía transferir hormonas.

Aunque la idea de compartir lecho con alguien hacía que el estómago de Yut Lung se contorsionara en maneras que no eran anda agradables.

Sing casi dio un salto en su lugar.

—¡Claro que no!

Y Yut Lung trató de no sentir algo de satisfacción con que Sing fuera tan vocal al momento de mostrar su negativa ante semejante escenario hipotético.

—Entonces, esta es la siguiente mejor opción.

La expresión de Sing no cambió mucho.

—¿Aún si no es del todo natural?

Terminó por preguntar.

Aquello sí logró que una risa escapara de los labios de Yut Lung.

—Bueno—Explicó— Sirven para lo mismo. Aún si uno está hecho en un laboratorio. No le dirías a una persona que no puede producir insulina que está mal el querer inyectarse un poco cada que su cuerpo lo necesitase, ¿no?

La expresión de Sing cambió entonces, suavizándose un poco, luciendo culpable.

Y bueno, sí, quizá no era del todo comparar la situación de una persona con una condición médica como la diabetes, depresión, o una larga lista de patologías que hacían físicamente la dependencia de fármacos algo inevitable, a un caso como el suyo.

Algo que debería ser tan natural e íntimo como la mordida a un omega embarazado.

La imagen dulce que solía aparecer en los comerciales de maternidad, con una pareja feliz en la dulce espera de la llegada de un cachorro, siendo deformada por la de una fría jeringa y los guantes estériles de un doctor.

Pero la realidad, rara vez es tan bonita como la pintan los medios.

Sing se removió en su lugar, sus manos apretando y soltando el aire.

—Eso es verdad—Terminó aceptando, pero su rictus aún parecía nervioso—Pero...Yo podría...

Susurró.

Yut Lung elevó una ceja.

Sing dejó que su expresión cayera, sólo por un segundo. Tomó aire, y negó lentamente.

—No, nada. Está bien.

Musitó. Yut Lung tendría que darle alguna clase de compensación a su doctor, agradeciendo que fuera tan bueno al solo fingir que no estaba allí, presenciando esa discusión.

Musitó sólo la fecha de su próxima inyección, y dejó el cuarto.

Aún no sabía cómo es que el galeno hacía el cálculo hormonal, pero viendo que todo lo que había hecho con él hasta el momento había funcionado, le podía tener confianza.

Sing observó el camino que el doctor dejó una vez abandonara la habitación, para susurrar.

—Solo... quiero que estés seguro...

Y, Yut se preguntó, qué significaba esa frase. O, porqué, Sing no se había atrevido a continuar con su idea.

Eiji realmente estaba sintiendo que el trabajo comenzaba a complicársele, sólo un poco.

Aún podía mover su indumentaria sin problema, aunque nunca faltaran los compañeros preocupados que le seguían ofreciéndose a llevar sus cosas, pero era en los pequeños detalles donde sus problemas comenzaban a notarse.

Olvidaba continuamente dónde ponía las cosas, o no recordaba alguna tarea que se le acababa de asignar, sin contar que más veces que las que no, terminaba sin escuchar del todo cuando alguien en la oficina le hablaba.

Haciendo que, en un solo día, Eiji terminara disculpándose más veces de las que le gustaría.

Su compañero Astor rio cuando Eiji le comentó su problema, justo después de haberse disculpado por olvidar que le había pedido que hiciera copias de unos papeles para él.

—No hay problema—le dijo, mientras movía la mano de un lado a otro, como si le intentara restar importancia—Es el cerebro de embarazo, seguro—puntuó, y Eiji tuvo que fruncir la nariz ligeramente; pues no era la primera vez que escuchaba ese término—A mi novio le pasaba eso, ¡todo el tiempo! Una vez, incluso olvidó las compras en el auto, tuve que llegar yo a sacarlas en la noche, la carne estaba echada a perder.

E hizo una mueca con la nariz, haciendo que Eiji hiciera una mueca que intentaba aparentar una sonrisa.

—¿Y no era cansado? ¿tener que lidiar con eso?

Preguntó, aunque se arrepintió al segundo siguiente, pues no parecía algo amable para preguntar.

Astor negó entusiasta.

—No, claro que no. No era yo quien estaba haciendo un bebé, —aseguró—Sólo me preocupaba que en algún momento olvidara algo realmente importante.

Eiji asintió, mientras su mente viajaba rápidamente a la figura de su esposo, quien de seguro pensaba exactamente igual.

Ash se convertía en el hombre más paciente del mundo cuando se trataba de Eiji, después de todo.

—Aunque...—Continuó Astor. Con una de sus manos acariciando su mentón—A él le pasó mucho después. Quizá sólo es distinto en cada omega.

Eiji elevó una ceja, mientras sus labios se estiraban.

—Y, ¿qué hacías cuando eso pasaba? ¿Había alguna manera de solucionarlo?

Cuestionó.

—Bueno, no solucionarlo—ofreció—Pero le ayudaba un poco que lo mordiera, eso era lo que siempre decía.

La boca de Eiji se abrió, formando una perfecta "o" mientras sus ojos se enfocaban directamente en los contrarios y, parecía que esa había sido la señal que Astor había necesitado para entender que había dicho algo que no debía.

Eiji recobró la compostura, y tras aclararse la garganta, intentó ignorar la disculpa que Astor parecía querer dedicarle. En cambio, agradeció su comprensión, y regresó a su oficina.

El resto del día, no fue mejor.

Empezando porque desde ese pequeño incidente, Eiji parecía en extremo más consciente de lo que le rodeaba. De las constantes miradas, como si esperasen que cometiera algún error.

Siguiendo con que las cosas dentro de su oficina, parecían haber cambiado de lugar misteriosamente.

Pasando por los diferentes aromas que llenaban el lugar, la variación continua de las personas que entraban y salían comenzaban a hacerse más una cacofonía de aromas que su cuerpo comenzaba a rechazar.

Incluso el aroma de los nuevos pasantes alfa, que habían llegado la semana pasada, de pronto parecían demasiado para su nariz.

Eiji intentó ser discreto, optando por alejarse de cualquier ambiente que sintiera gatillaba esas respuestas en su cuerpo, pero al parecer no había sido lo suficientemente sutil. Pues, tres horas antes de su saluda, su jefe llegó a su oficina.

Tenía una expresión solemne en el rostro, que debajo de la serenidad parecía esconder un poco de preocupación.

Le había dicho que creía que debía ir a casa.

Aquello lo había hecho asustar, en primera instancia, y al parecer su expresión había sido demasiado fácil de leer, pues el hombre no había tardado en negar un poco, rectificando lo que había querido decir.

—Luces cansado, creo que sería mejor si vas a casa a descansar, Eiji.

Eiji no había podido evitar fruncir el ceño.

—¿Por qué? —quizá su tono había sido un octavo más alto de lo que realmente hubiera querido, pero por algún motivo, en ese momento se sentía particularmente confrontacional—Yo aún puedo trabajar...

Musitó, pasando de la ira a la tristeza.

¿Qué rayos le pasaba?

Su jefe pareció notar el cambio en su actitud, pues rápidamente su temple cambió, por uno mucho más suave.

—Sólo por hoy, ¿sí? —Le instó, con un tono que Eiji estaba seguro sólo se debía utilizar con los cachorros—Si quieres, puedo llamar a tu esposo para que venga por ti.

Y, ahora; parecía que no sólo merecía el tono, sino también el trato de los cachorros.

Ya que, al parecer, ni siquiera lo creían capaz de realizar una llamada.

Eiji apretó sus puños, antes de Omar un poco de aire.

—No—musitó, mientras intentaba formar una sonrisa—Está bien, lo llamaré yo. Chritopher debe estar trabajando, pero muchas gracias por la preocupación.

El rostro del hombre se deformó en un rictus de incertidumbre.

—¿Seguro? —Volvió a tantear—¿No sería mejor si viene por ti?

Eiji volvió a negar, logrando que esta vez la fachada de tranquilidad estuviera mejor cimentada en su rostro.

—Tiene mucho trabajo acumulado—Aquella era una mentira blanca—Le pediré que me espere en la estación.

Su jefe intentó un par de veces más, cambiando posteriormente su estrategia a la de ofrecerle llamar a un taxi; pero Eiji negó, diciendo que el viaje en metro era mucho más económico. Sin contar que, a esa hora, las líneas solían estar vacías.

Eiji no estaba del todo seguro si su jefe se había rendido al final, pues aun así había enviado a uno de sus compañeros a que lo escoltara hasta la salida.

No fuera a ser que algo le pasara en ese largo trecho de seis metros, desde el ascensor hasta la puerta. Ni siquiera en su etapa de estudiante de primaria en Japón se había sentido tan inútil.

—Cuídate mucho, ¿sí?

Le había dicho su compañero, y la mirada tan sincera de preocupación que le había dedicado, había hecho que Eiji se sintiera un poco culpable por sus anteriores pensamientos.

—Lo haré, nos vemos mañana.

Se despidió, agradeciendo con una sonrisa.

Y si bien, en un inicio realmente pensaba ir a cara, aún si solo fuera para poder acurrucarse en el pecho de Ash, pidiéndole que le dejara olfatearlo por un largo momento. U optar por usar algo de su ropa si es que su esposo había salido, algo captó rápidamente su atención.

Un aroma.

Eiji ya estaba acostumbrado a la agudeza de su olfato, pero aquello era diferente.

Era irresistible.

Siguió el delicioso aroma, que lo llevó a un pequeño puesto callejero...

—¿Perros calientes? ¿en serio? —Preguntó, bajando la mirada y enfocándola en su vientre. Su bebé aún era muy pequeño como para poder responderle, empero, en cambio su estómago decidió tomar la batuta, sonando levemente.

Bueno, el pequeño había hablado.

Se acercó a la línea, donde había varios jóvenes que charlaban entre ellos, e intentó no sentirse consiente de sí mismo cuando uno de ellos le ofreció su lugar en la fila.

Algo que usualmente le habría parecido vergonzoso, pero en ese momento, agradecía la cordialidad excesiva de los americanos por las personas de su casta.

El vendedor le saludó con una sonrisa, y tras preparar su orden, le preguntó si quería colocarle alguna crema encima. Los ojos de Eiji escanearon el carrito, deteniéndose en su vieja enemiga.

Mostaza americana.

—Mostaza extra.

Oh sí, definitivamente el cachorro que cargaba era hijo de Ash.

Tomó su comida con cuidado, y tras agradecer al vendedor, buscó un lugar para poder comer tranquilo. O eso había intentado, hasta que escuchó una voz llamando su nombre a la lejanía.

—¡Eiji!

Era Sing. y lo llamaba desde la ventana de un auto, que acababa de estacionar calle abajo.

Él sonrió, acercándose con cuidado.

—¿Qué haces por aquí?

—Terminaba unos encargos—Sing le regaló una sonrisa, mientras señalaba la puerta del copiloto, como pidiéndole que entrara. Eiji hizo caso, acomodándose en el asiento del vehículo. —¿Y tú? ¿No deberías estar en el trabajo ahora mismo?

Eiji se sonrojó, intentando olvidar el incidente en la oficina. En cambio, dio una mordida a su comida, ignorando la pequeña risa que Sing ahogó al verlo así.

—Bueno... digamos que hoy podía salir algo temprano.

El semblante de su amigo cambió.

—¿Y eso? ¿acaso te sentías mal?

Eiji negó, con calma y parsimonia.

—No, pero mi jefe creía que sí.

Sing pareció tomar unos segundos para entender lo que él le acababa de decir, finalmente asintiendo y apartando unos mechones rebeldes que se habían pegado a su frente.

—Bueno, es bueno escuchar eso.... Aunque...—Y su mirada bajó a las manos de Eiji, donde el perro caliente aún descansaba—Creía que no eras fanático de la comida rápida.

El calor volvió a expandirse por sus mejillas.

—Antojos...

Musitó levemente, sin ofrecer mayor explicación.

El rostro de Sing pareció iluminarse, antes de que ahogara lo que Eiji estaba seguro era una carcajada

—¡Qué dices! ¡Eso es muy tierno! —Vociferó, incrementado si era posible, la vergüenza de Eiji—¡Entonces acompáñame! Ya casi termino este encargo, y después, prometo llevarte al mejor restaurante de comida rápida de todo Nueva York.

Eiji se llevó el traicionero plato a la boca, mientras analizaba la propuesta. Usualmente, habría preferido regresar a casa, sin embargo, el sonido que hizo su estómago, y la manera en la que su deseo por la comida creció de un momento a otro, hacía parecer que su bebé tenía otros planes.

—¿sabes, Sing?—decidió, mientras terminaba el perro caliente en un par de mordidas—Vamos.

Sing lanzó un silbido de apreciación.

—Vamos, pues.

Ciertamente, el viaje no había sido largo. Y, cuando Sing hubiera aparcado el auto frente a lo que él llamaba el mejor lugar de comida rápida de toda la gran manzana, Eiji no había podido evitar poner los ojos en blanco.

—Cuando me invitaste a comer...—Dijo, mientras Sin le abría la puerta del auto—No esperaba que te refirieras a este lugar.

Admitió, mientras el joven alfa se llevaba los brazos detrás de la cabeza.

Era un pequeño restaurante junto a la biblioteca, y Eiji lo conocía perfectamente. La primera vez que hubiera probado su comida, no era más que un gran camión que preparaba sus salchichas en una vieja parrilla, que no había tenido mayor relevancia para Eiji, además de ser el lugar favorito de salchichas de Ash.

Al parecer, el tiempo le había traído algo de fama, y con ello, un local mucho más amplio.

Sing se había limitado a elevarse de hombros, mientras le abría la puerta.

Eiji había hecho un puchero, que sólo se había ensanchado cuando también le hubiera movido la silla, dándole espacio para sentarse.

—Sing...

Se quejó Eiji.

Sing solo se elevó de hombros.

—Hey, sólo son un caballero—Se excusó, al tiempo que la mesera llegaba a pedir sus órdenes.

Dejó que Sing ordenara por ambos, al tiempo que dejaba que su mirada se desplazara hasta los grandes leones que flanqueaban la puerta de la biblioteca nacional. Durante una buena cantidad de meses, Eiji no se había encontrado capaz de regresar a ese lugar. Es más, ni siquiera se creía capaz de acercarse a algún lugar desde donde la biblioteca fuera visible. El recuerdo de lo que podría haber sido aún demasiado fresco en su memoria como para tentar a la suerte.

Con el paso del tiempo eso había cambiado, y Eiji estaba feliz con ese desenlace. Después de todo, seguía siendo el lugar favorito de Ash.

"El segundo favorito" Le corrigió una voz en su cabeza, la de Ash "El primero es casa, Eiji"

—Sé que no es la comida más saludable del mundo—Dijo Sing, mientras la mesera terminaba de anotar su pedido. Después de todo, el mismo Eiji sabía que Sing prefería la comida China o Japonesa antes que la americana—Pero a veces uno tiene antojos de una buena hamburguesa grasienta, así que entiendo al lince en miniatura.

Eiji sintió su rostro volver a calentarse, y la mesera no fue capaz de ocultar la gran sonrisa que se había esparcido por su rostro.

Bueno, una dosis de vergüenza de ese tipo era mejor que lo que estaba viviendo en su trabajo en ese momento.

Apenas habían dado las cuatro de la tarde, cuando Sing estacionó su auto en el garaje de la manción de Yut Lung. Saludó a los miembros del personal de seguridad, antes de dirigirse a la planta superior.

Para ese punto ya nadie parecía encontrar su constante presencia allí extraña.

Le recibieron con un par de asentimientos de cabeza.

Encontró a Yut Lung en el comedor, una humeante taza de té frente a él, y un par de pasteles que antes hubiera calificado como malos para la figura.

Sus miradas se cruzaron tan pronto puso un pie en el cuarto, y la manera en la que los ojos del omega parecieron brillar de la sorpresa, llevaron una sonrisa a su rostro.

—Hey—Saludó.

—Hola—le respondió, mientras dejaba que sus manos descansaran sobre el mantel de la mesa—Volviste temprano.

Sing se acercó, observando la comida en la mesa.

—Qué puedo decir, soy eficiente—Se jactó—¿No es muy temprano para la cena?

El rostro de Yut Lung se coloreó.

—Es sólo un... antojo—sentenció—Pero la cena estará servida en una hora más—Puntuó—Comer más tarde no me sienta bien, una de las partes nada glamorosas del embarazo, supongo.

Sing ahogó una risa ante el comentario, recordando que lo primero que Yut Lung hubiera hecho frente a él después de enterarse de la noticia, había sido vaciar el contenido de su estómago en el inodoro.

—¿Acaso has tenido un momento que pueda contarse como glamoroso? —Preguntó, y fue recibido por un par de dagas de color ocre en forma de los ojos del omega.

—Si tuviera una copa aquí mismo, Sing—Empezó Yut Lung—Créeme que tu cabeza sería un blanco móvil.

El mentado se limitó a elevar las manos, en señal disculpa.

—Bueno, bueno, no te enfades—Pidió—¿Puedo sentarme a tu lado?

Yut Lung le examinó con la mirada.

—¿Acaso tienes hambre?

Instó, y Sing negó categóricamente.

—Sólo quiero hacerte compañía.

Los ojos de Yut Lung se suavizaron un momento, antes de que sus labios se fruncieran en un pequeño puchero.

—... Está bien.

Terminó por conceder.

Sing se apresuró a la silla junto al omega, acomodándose y comenzando a charlarle sobre su día, y cómo es que sus encargos habían ido. Había estado atento a la mirada de Yut Lung desde que entrara en la habitación, así que no había sido difícil notar que, mientras más avanzaba su conversación, los ojos del otro joven comenzaban a tornarse... extraños.

Como si una extraña nievla comenzara a cubrirlos.

Al igual que sus respuestas, que cada vez se acortaban más. Al tiempo que su atención parecía haberse ido a otro lugar.

Uno de los empleados de la mansión llegó, para llevarse la taza y el plato vacío de la mesa, y cuando su figura se hubiera perdido a través de la puerta del comedor, Yut Lung se decidió a hablar.

—Sing—Dijo, con una inflexión extraña en su voz—¿De verdad estabas trabajando?

La pregunta lo dejó descolocado. Tuvo que pestañear un par de veces, antes de asentir.

—Claro, yo esta-

Pero Yut Lung no le dejó terminar. Sus ojos fijos en los de Sing, y portando una expresión que Sing no le recordaba desde que el heredero Lee tuviera dieciséis años.

—Entonces, ¿por qué hueles como Eiji Okumura?

La respuesta a esa pregunta debía ser simple.

Yut Lung sabía que ellos eran amigos, aún si había expresado continuamente lo banal y tonta que le parecía esa relación. Empero, en ese momento, y con la mirada que el joven omega le dedicaba, algo en el interior de Sing de pronto, le hizo sentir como si acabara de cometer la más grande de las traiciones.

Ash volvió a ponerse de pie, mientas se movía de un lado a otro en la sala de su departamento. Había pasado aproximadamente una hora desde que le hubieran llamado del trabajo de eiji para informarle que su esposo había salido antes del trabajo, queriendo revisar si había llegado con bien a casa.

Ash habría tenido que agradecer a sus años de práctica en el arte de la mentira para que su voz no hubiera salido como un aullido de preocupación en ese momento, en cambio como un susurro de agradecimiento, que le aseguraba que Eiji estaba en buenas manos, descansando en su habitación.

No había tenido que esperar ni siquiera un segundo después de intercambiar protocolares despedidas con el empleador de su marido, antes de que Ash estuviera marcando eufóricamente al omega.

Pero la línea estaba muerta.

Una nueva ola de preocupación había azotado su cuerpo entonces, con mil escenarios ocurriendo en su cabeza al mismo tiempo. Él conocía el camino que Eiji recorría desde la estación hasta casa, así que en un impulso, se colocó la gabardina y recorrió los caminos que ya estaban grabados en su memoria.

Revisó una, dos, y tres veces, pero no había rastro de Eiji.

La adrenalina recorría su cuerpo, haciendo que jadeara mientras miraba de un lado a otro en la estación, el latido de su corazón tan fuerte en su pecho que era capaz de sentirse en sus tímpanos.

Sus dedos temblaron con impaciencia, y antes de que marcara el número de Max, o el de Alex, tuvo que recordarse que, esta vez no había nadie que activamente estuviera detrás de él, o de Eiji.

Decidió que no debía tomar decisiones apresuradas. En cambio, regresó al departamento y, cuando abrió la puerta, lo que le saludó, fue la imagen de Eiji, dejando su abrigo en el perchero.

—Ash-

Escuchó que le saludaba, pero su lengua había sido más rápida que su cerebro.

—¡¿Dónde estabas?!

Fue lo primero que pudo decir, ganándose una mirada sorprendida.

—Eh...—Masculló Eiji—Sing me invitó a comer...

Ash sintió que su ceja dio un salto.

—¿Sing?—Preguntó, elevando un poco la voz—No contestabas tu teléfono.

Y sólo entonces Eiji pareció buscar entre sus bolsillos, tomando el aparato. Que, para sorpresa del omega, estaba completamente muerto.

—Se apagó...—Lo escuchó murmurar, quizá más para sí mismo—Lo lamento, no me di cuenta...

Ash se frotó el entrecejo.

—No sería la primera cosa que no notas hoy—Espetó, sintiéndose como una basura tan pronto las palabras abandonaron sus labios. Sentimiento que solo fue incrementado por la manera en la que los ojos de Eiji parecieron reaccionar ante sus palabras.

—Lo lamento...

Se disculpó su esposo, y Ash sólo pudo desviar la mirada, llevando su cuerpo hasta el sofá y dejándose caer en él, pasando de largo a Eiji. Llevó sus manos a su rostro, dejando que este se hundiera, mientras respiraba un par de veces.

—Sabes lo peligrosa que puede ser la ciudad, Eiji...

En ese momento ya parecía casi ridículo el recordárselo. A Eiji, o a él. Pues Ash sabía que Eiji estaba más que al tanto de la creatividad y malicia que era capaz de residir en las personas. Y, la clase de cosas que esas mismas eran capaces de hacer con cualquiera que tuviera la mala suerte de caer entre sus manos.

Aunque el largo abanico de posibilidades sólo se hacía aún más gris y nauseabundo en la mente de Ash, cuando un omega embarazado entraba en la ecuación.

—Ash...—Eiji había avanzado hasta donde él estaba, sentándose a su lado. El mentado giró su rostro, observando su rostro con cuidado. Sus cejas estaban caídas, y sus labios formaban una sonrisa triste, que Ash odiaba haber puesto en su rostro—Lo lamento... seré más cuidadoso...

El rictus del rostro de Ash se endureció un momento. Quizá realmente sólo estaba un poco paranoico.

La vida que ambos llevaban ahora, no era la misma de hace tantos años.

—Ash...

Volvió a intentar Eiji, ante su falta de respuesta.

Él, por su parte, sólo se limitó a estirar la mano, mientras con cuidado acariciaba el rostro de Eiji.

Hasta que su nariz captó algo.

—Hueles a Sing...

Masculló.

Eiji pareció hacerse más pequeño en su lugar.

—Es normal, estuvimos juntos hasta hace un rato...

Aquella respuesta no le satisfizo, en cambio, Ash estiró los brazos, halando el cuerpo de Eiji hacia sí, mientras comenzaba a frotar su mejilla contra la de su marido, en un fútil intento por alejar cualquier aroma extraño de su compañero.

—¡Ash!

—No tendrían por qué—Se quejó—Saliste porque estabas enfermo, no para que pasearas. Sing es un descuidado.

Pudo sentir a Eiji removerse de su abrazo, como si quisiera alejarlo.

—Ash, no hables de él como si me hubiera obligado—apartó su rostro, notando la molestia que se dibujaba en el ceño del omega—Yo quería ir.

Ash sintió una extraña punzada asaltar su estómago.

—Ahora mismo no sabes que quieres...

Dijo, arrepintiéndose al instante. Aquello no había sonado como quería.

El rostro de Eiji se enfadó más.

—No hables de mí como si no pudiera decidir.

Ash apretó los labios.

—No me refería a eso...

Eiji se cruzó de brazos.

—¿Entonces? —Tentó Eiji, mientras su mirada se mantenía fija en Ash.

Él, por su parte, intentó darle un orden a las palabras que parecían aparecer a mil por hora en su mente.

—Es que Eiji... tú...

—¿Yo qué? —instó.

Ash sólo suspiró.

—Ya te está haciendo efecto...—Sentenció. Haciendo que la expresión de Eiji cambiara en un instante, su ceño se relajó, y la ira parecía haber nunca estado allí, siendo remplazada por la zozobra.

—Aún no—murmuró—Aún estoy bien.

Ash negó lentamente.

—Claro que no. Estás olvidando cosas, y confundes indicaciones. Ni siquiera te diste cuenta que tu celular no tenía batería...

—Claro que no—intentó interrumpir Eiji, y Ash comenzaba a frustrarse.

—No lo niegues, Eiji. Hasta tu jefe lo mencionó en el teléfono.

Aquello pareció silenciar a Eiji, aún si fue sólo por unos segundos.

—Bueno—Terminó por aceptar—Sí, ¿y? No importa, no es nada grave.

Ash se quedó completamente congelado.

—¿Cómo puedes decir que no, Eiji? ¡Podrías lastimarte!

El mentado suspiró.

—Estás haciendo de esto un asunto mucho más grande de lo que de verdad es, Ash.

Intentó razonar. Ash podría sentir cómo los ánimos se caldeaban, cuando usualmente él no era prono a discutir con Eiji, ni Eiji a responder de aquella manera.

—Eiji, entiende, por favor—Empezó, y podía notar cómo es que el ceño de su esposo se fruncía de nueva cuenta. Al mismo tiempo que la imagen de las ampollas que descansaban en un lado del refrigerador llegaba a su mente.

No esperaba tener que usarlas tan pronto. Pero si la situación lo requería...

—No—dijo Eiji—Entiéndeme tú a-

No fue capaz de terminar la frase.

—¡Ash!—Gritó, al tiempo que daba un salto en su lugar.

El mentado se asustó.

—¡¿Qué?! ¡¿Qué pasa?!

Eiji fue más rápido que él, tomando sus manos y llevándolas a su vientre, para luego quedarse inmóvil.

—¡Se movió! —Exclamó.

Los ojos de Ash habrían sido capaces de salirse de sus órbitas.

—¡¿El bebé?!

Las manos de Ash se movieron de un lugar a otro, con delicadeza, intentando captar el movimiento del que Eiji hablaba.

Él, por su parte, tomó la mano derecha de Ash, dejando que descansara sobre el lado derecho de su vientre.

—Aquí, ¿lo sientes? —Preguntó, con cualquier rastro de enfado desapareciendo de su rostro. Ash se concentró, intentando percibir los ínfimos movimientos del cachorro.

Empero, después de unos minutos, tuvo que negar.

—No, aún no puedo sentirlo—Confesó con tristeza, y pudo ver el momento exacto en el cual las metafóricas orejas de Eiji caían al suelo, como si de un conejo triste se tratase.

—Oh...—Musitó.

Aquello no era extraño, aunque Ash no podía evitar sentirse ligeramente decepcionado. El bebé era aún muy pequeño, y Eiji sería el primero en poder sentirlo, antes que el resto.

Ash no apartó sus manos del vientre de Eiji, en cambio, optó por enredarlas en el cuerpo de su esposo, pegándolo a su pecho. El rostro de Eiji se hundió en su cuello, y Ash se permitió disfrutar de la cercanía.

El silencio fue su único compañero por unos segundos, hasta que Eiji volvió a hablar.

—Creo que al bebé no le gusta que discutamos...—Musitó, hundiendo su rostro más. Ash sentía los largos mechones del cabello de Eiji rozar contra su piel, causándole cosquillas.

—A mí tampoco...—Admitió, mientras sus manos acariciaban con cuidado la espalda de su esposo—Perdóname, por gritarte u reaccionar así.

Eiji asintió levemente.

—Y tú perdóname a mí, sé que sólo te estás preocupando por mí...

Ash pudo sentir las manos de Eiji aferrarse con más fuerza a su cuerpo, e imitó la acción, como si del tesoro más valioso del mundo se tratase.

—Siempre...

Se permitieron permanecer allí, por Ash no sabía cuánto tiempo, disfrutando de la cercanía y el aroma del otro. Sólo fue cuando el sol hubiera terminado de ponerse, que Ash, oculto por la falta de luz en la habitación, se sintió lo suficientemente valiente como para hablar.

—Eiji...—Murmuró con dulzura, dejando que sus labios rozaran el lóbulo de la oreja de su amado—Tengo algo que quiero probar.

Notas finales:

Esto, nuevamente, resulto ser más largo de lo que creí. Wow. Es por eso que tardé más de lo que pensaba, también. Debo comenzar a preocuparme cuando mis resúmenes de capítulo alcanzan lo que sería un capítulo usual, haha ;;

Este capítulo fue difícil de escribir, más que nada porque toda la semana me interrumpían con trámites y otras cosas del mundo adulto que no me gustan nada, haha. Agradezco a mar de copas por ayudarme a concentrarme mientras esperaba en consultorios, y renegaba con las noticias.

Continuamos con la tendencia de Ash odie que esto sea un omegaverse, y no creo que se detenga pronto; nuevamente- ¿quién lo manda a ser mi favorito? (¿?) El pequeño tema de la mordida ya se estaba alargando mucho, pero en serio, este pobre hombre no da una, siempre hay cosas que termina odiando de su vida –ya sea que es forzado a serlas, o nace con ellas- lastimosamente, su adn es algo con lo que no puede pelear; aunque siendo Ash, no va dejar de intentarlo. Que en algún punto tiene que llegar a reconciliarse con su parte alfa, que es tan él como cualquier otra parte de su personalidad.

¡Gracias por leer!

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