El guardián entre el centeno
El dolor y la insensibilidad, la diferencia entre el amor y el sexo. Aunque suene ridículo viniendo de los labios de alguien como Blanca, podría decir sin miedo a equivocarse, que una de las más grandes debilidades de Ash siempre fue el que no podía desligarse lo suficiente de sus sentimientos como para que dejaran de importarle las personas. Ya que, a la vez, le era imposible no pensar que todo lo que amara llegaría a terminar deteriorándose con el tiempo, ya fuera bajo su mano o la del resto del mundo. La pérdida de la inocencia, y la constante comparación de la falsedad y la autenticidad. Yut Lung había pagado un precio mucho más caro por la inocencia que por la madurez, pensaría él, no solo tras la muerte de su madre. Si no también, con cada abandono que hubiera sufrido en su vida. Siendo él partícipe de uno de ellos, también.
Ash dejó que su espalda descansara contra la pared fría del hospital, mientras su respiración parecía acompasarse –sin quererlo realmente- con el de la máquina de signos vitales que estaba conectada al brazo de Eiji.
Él ya había vivido una situación así en el pasado, se dijo, mientras dejaba que su mirada analizara el semblante dormido de su esposo. Una donde la figura de Eiji se perdía entre los mantos blancos de una gran cama de hospital, con la piel tan pálida que Ash apenas podía creer que aún hubiera un poco de sangre suficiente para colorearle las mejillas. Fundiendose de manera inconexa en un manchón de colores pálidos, difuminados por el propio efecto de sus lágrimas, incapaces de detenerse ante la idea de que, por su culpa, Eiji se encontrara en una situación así.
Esa había sido una de las experiencias más dolorosas de las que Ash tuviera memoria, antes o después. Al menos hasta ese momento.
El dolor y él eran estrechos conocidos, después de todo. Ash podía rastrear los primeros rezagos de sus andanzas hasta su más tierna infancia, de una manera tal, que era casi imposible recordar un momento en el que este no hubiera estado presente, fuera de una manera u otra.
Él había intentado condicionarse muchas veces, haciendo caso a las palabras vacías que alguna vez hubiera leído en alguno de los muchos libros que descansaban en la biblioteca de Dino, a su completa merced. Condicionarse a dejar de sentir, como lo hacía cuando un arma descansaba en sus manos, con la vaga esperanza de que, así como el hielo de su espíritu pareciese congelar su corazón, lo hiciera de la misma manera con sus penas. Creando un refugio infranqueable para los golpes de la vida, para las incontables perdidas que no hacían más que crecer con cada día que pasara.
Un último salto al vacío, en espera de salvar lo que quedara de su corazón.
Decir que su intento no había sido exitoso sería ser demasiado amable.
Aún con las que el creía eran murallas construidas con palabras ácidad y actitudes hoscas, capaces de alejar a cualquiera que tuviera el mínimo de tino y apreciación por su propio bienestar... Ninguna había parecido suponer mayor problema para Eiji. Ash se había jurado a sí mismo que nunca más dejaría que nadie se acercara a su corazón. Se lo había grabado con fuego el día que la primera chica que alguna vez hubiera querido hubiera aparecido muerta, asesinada en un vacuo intento de intimidarlo. De castigarlo. De romperlo.
Se lo había jurado cuando los ojos de Griffin hubieran comenzado a perder más el calor y el brillo, al tiempo que sus labios temblorosos y resecos se limitaran a tartamudear un par de sílabas ininteligibles de lo que Ash luego entendería era una mala repetición de Banana Fish.
Lo había hecho también cuando el calor del cuerpo del pequeño Skipper hubiera comenzado a perderse bajo sus dedos, con sus brillantes ojos café completamente desenfocados y un par de gruesas lágrimas cayendo por sus mejillas.
Sin embargo, ninguna promesa había podido mantenerse en pie tras un par de semanas junto a Eiji.
Eiji, quien sin miedo alguno se había acercado a él para hacer algo tan ridículamente inesperado como pedirle sostener su arma.
Eiji, quien con sinceridad que Ash no terminaba de entender, parecía culparse y sufrir ante los pesares de un delincuente que acababa de conocer.
Eiji, quien con seguridad indiscutible le había prometido que se quedaría a su lado, aún si el resto del mundo se ponía en su contra.
Eiji, quien a pesar de los múltiples desplantes que Ash le hubiera generado durante todo el tiempo que se hubieran conocido, nunca pareciera haberse retractado de una promesa hecha en un momento de debilidad, a un Ash que se aferraba a él como si fuera lo único en el mundo capaz de mantenerlo a flote.
Eiji, quien se había hecho camino directo hacia su corazón sin pedir permiso alguno. Casi como si hubiera nacido teniendo la llave.
Ash había intentando alejar a Eiji una infinidad de veces con anterioridad. Había pensado en mil y un razones y excusas que se alinearan con la idea de que Eiji estaría a salvo y mucho más feliz lejos de él. Había dicho cosas que no creía, había planeado, mentido, ejecutado. Y, sin embargo, cada vez que su plan pareciera listo para tener éxito, no podía evitar sentir un gran manto de pena cubrirle, eclipsando por completo la calma que le hubiera podido llenar.
Pues, al parecer, aún en una persona como Ash todavía podían quedar resquisios de sinceridad descarada, dispuestos a gritar abiertamente que no soportarían tener a Eiji lejos. Que la idea de él alejándose era simplemente demasiado dolorosa como para procesarla. Que el perderlo sería, probablemente, lo único que Ash no sería capaz de soportar.
Y aún así, aún al haber podido aceptar una verdad que parecía ser tan clara a ojos de tantos; Ash parecía encontrar maneras para tentar su suerte. Apretó los labios entonces, intentando que las imágenes de todos los posibles escenarios que hubieran podido llevar a su esposo y bebé a esa situación, y sus aún más catastróficos desenlaces queradan aislados en lo más profundo de su mente, donde no pudieran obstaculizar su visión del aquí y el ahora.
Un ahora donde Eiji aún estaba con él.
Donde el calor no había abandonado su cuerpo.
Donde su corazón aún latía en su pecho.
Tomó aire con lentamente, mientras avanzaba con cuidado a través de la habitación. Llegó hasta el borde de la cama, sintiendo que sus rodillas flaqueaban al intentar mantenerlo en una posición más alta, cediendo después de sólo un par de segundos, chocando contra el frío piso del hospital.
Estiró uno de sus brazos entonces, tímidamente, dejando que sus yemas buscaran la mano de Eiji, de la misma manera en la que había buscado el contacto con su pequeño hacía tan sólo una hora atrás.
Estaba tibia.
Ash sintió su corazón detenerse.
—Eiji...—llamó en un susurro, mientras sus dedos envolvían la palma del omega, y sus ojos seguían el movimiento cadencioso de su pecho que subía y bajaba—Perdóname...
Pidió con la voz contrita, dejando que la última sílaba se rompiera antes de que pudiera abandonar su garganta.
Besó su mano con vehemencia, para luego descansar su frente contra el dorso, cerrando sus ojos con fuerza, mientras esperaba.
No tuvo que hacerlo por mucho.
Pues, casi como si de un acto reflejo se tratase, un pequeño movimiento llamó su atención.
Eran los dedos de Eiji.
Su mano se movía levemente, y cuando Ash se apartó, pudo ver el momento exacto en el cual los ojos de su esposo finalmente comenzaban a abrirse.
—¿Ash...?
La voz de Eiji llegó hasta sus oídos, como un murmullo quedo, envuelto en el silencio de la noche.
—Eiji...—repitió él, con el poco aire que le quedaba en los pulmones. Avanzando su cuerpo con premura, dejando que su mano libre descansara sobre el pecho de su esposo, asiéndolo a su lugar en la calma—Tranquilo... no hagas esfuerzos...
Pidió entonces, mientras hacía el esfuerzo de que su voz se mantuviera en tono.
Los ojos de Eiji parecieron tardar un par de segundos extra en acoplarse a la oscuridad de la madrugada. Sin embargo, y aún con la mínima luz que los alumbraba, Ash pudo distinguir el particular brillo que nació de las orbes de su marido.
La de la genuina sorpresa.
—Ash...—Volvió a repetir Eiji entonces, su rictus bailando entre la felicidad y la duda, incapaz de decidirse por uno solo—Volviste...
Musitó con incredulidad.
Ash sintió que algo parecía clavarse en su pecho. Había algo particularmente doloroso en escuchar esa clase de tono de los labios de Eiji. Uno que parecía decirle que el miedo de que Ash no pudiera volver siempre había estado presente. Que había barajeado esa posibilidad.
No es que pudiera culparlo.
Ash le había jurado que lo cuidaría, más veces de las que podía recordar. Y, aunque cada una de esas palabras habían sido dichas con total sinceridad, Ash también ya había olvidado la cantidad de veces que había faltado a su palabra.
—Lo hice...—fue lo único que pudo responder, una vez su voz pareciera haber encontrado el camino de regreso hacia su garganta.
El rostro de Eiji se había convertido en un poema.
Uno que en menos de un segundo había logrado trasnsitar todo el espectro de emociones que Ash le conocía. El asombro, la sosobra, la desconfianza y el dolor. Sólo para poder terminar con una que Ash nunca había visto reflejada en las facciones de Eiji. Al menos, no de esa manera: la ira.
Siendo su gran acto de presentación, la sensación de algo pesado golpeando de lleno contra su mejilla.
Había sido la mano de Eiji, quien, con un fluido movimiento, lo había abofeteado.
Ash sintió el tiempo detenerse. Sus ojos abiertos de par en par enfocando el rostro desencajado de Eiji, quien tenía un par de lagrimas luchando por escapar de sus ojos.
—Eres un imbécil...—le escuchó murmurar, con sus labios temblando al igual que sus dedos. Ash llevó su propia mano hacia su mejilla adolorida como acto reflejo, pero no fue capaz de quejarse, se lo tenía bien merecido; y lo sabía. Especialmente cuando las siguientes palabras de Eiji abandonaron sus labios, desprendiendo dolor de cada una de las sílabas—¿Cómo pudiste...? —jadeó—Estaba tan asustado... No sabía a dónde habías ido...
La cadencia de Eiji flaqueó, haciendo que el corazón de Ash se sintiera contrito. Empero, sus labios se mantuvieron sellados, mientras su vista bajaba hacia el suelo, incapaz de mantenerle la mirada a su esposo. Se sentía avergonzado.
Eiji continuó, con un susurro que, a demás de sentirse dolido, parecía a punto de romperse.
—Siempre haces lo mismo...—dijo, con cada palabra clavándose en el pecho de Ash como metafóricas dagas, que no podía negar—Casi pareciera... que no te importara-
—¡No! —El grito que escapó de la garganta de Ash rompió el falso silencio que los rodeaba, haciendo que los hombros de Eiji temblaran ligeramente. Incapaz de permitirse que Eiji creyera eso, ni siquiera por un minuto—¡No es así! —volvió a repetir, más conciente de su tono, dejando que bajara apenas unas octavas. Sus manos tomando las de Eiji en un desesperado intento de mantenerlo a su lado, en una plegaria silente que le pedía no irse—Sólo soy un idiota...—musitó—el más grande que existe... sé que no te merezco, pero... por favor...—rogó, mientras fijaba sus ojos en los de su esposo—No creas que no me importas...
La figura de Eiji se hizo pequeña frente a él, y Ash se atrevió a elevar una de las manos que tenía atrapadas entre las propias, dejando que su piel chocara contra su mejilla, desesperado por sentir su calor.
—Por favor...—Volvió a pedir, presionando el contacto—Eres la persona más maravillosa que conozco...—musitó con lentitud, sintiendo que su alma se congelaba ante el repentino mutismo de Eiji—aunque sé que sólo te he traído pesares...
Dejó que su mano bajara, con sus ojos acariciando la piel herida de Eiji, llena de marcas de agujas.
Una risa apagada escapó de sus labios, desprovista de vida.
—He hecho que aguantes más que nadie... No te estoy pagando bien, ¿verdad? —preguntó finalmente, con una lánguida sonrisa que no llegaba a sus ojos—Aún si sabía que estabas pasándola mal... aún si podía verlo... aún si creía que estaba haciendo lo mejor para ti, para mantenerte seguro...—apretó los labios, mientras sus dedos acariciaban las cicatrices—Siempre termino lastimándote...
Su garganta se cerró entonces, las palabras luchando para poder escapar. Su mente y su corazón gritando al unísono, imbuidos en la misma emoción.
El completo desasociego.
—No quiereo que dejes de amarme...—confesó, mientras dejaba que su frente chocara contra la cama, incapaz de sostenerle la mirada a Eiji por más tiempo—Pero no sé porqué deberías seguir haciéndolo...
El silencio que siguió a su declaración hizo que el miedo se instalara en el estómago de Ash.
Sin embargo, luego de un par de segundos, su respuesta llegó.
En la forma de los largos dedos de Eiji, acariciándole la cabeza con cariño.
—Porque sabía que volverías...—respondió con suavidad. Con el mismo tono que Ash le había escuchado muchas otras veces, el mismo que siempre utilizaba cuando le hacía promesas.
Un tono que Ash creía sólo podía pertenecerles a los ángeles.
Elevó su rostro entonces, observándole directamente a los ojos, su figura distorsionaba levemente por las lágrimas que ya se habían agolpado en sus ojos. Eiji continuó, respirando pausadamente, como si él mismo intentara calmarse.
—Porque nos prometimos para siempre... ¿no es así? —su mano viajó hasta las de Ash, rozando el anillo que él mismo había tardado tanto en escoger—Sin importar lo que pasara... dijiste que eras mío, así como yo era tuyo...
Ash recordaba el día de su boda, lo nervioso que había estado, el constante re escribir de sus votos, todo para llegar a una conclusión que ya sabía desde mucho antes de poner en palabras sus sentimientos por Eiji.
—Lo recuerdo...
Respondió con una voz extremadamente baja, que de ser escuchada por cualquier otra persona, quizá hasta podría haberse calificado de patética.
Empero, Eiji solo rió levemente.
—No quiero que pongas en duda mi amor...—confesó—y tampoco quiero dudar del tuyo... pero por favor...tienes que dejar de alejarme...—La expresión de Eiji se tornó seria, sus labios tratando de esconder el leve temblor que parecía querer invadirlos—Ya no quiero que me dejes fuera... tienes que hablarme... por que yo... por que yo...—y aunque Eiji era la persona más fuerte que Ash hubiera conocido, las lagrimas parecían ser una carga demasiado pesada como para seguir ocultándolas detrás de sus ojos—Ya no puedo aguantar que me sigas ignorando así...
Ash sintió la calidez de sus propias lágrimas caer por sus mejillas, en una corriente imparable. Olvidado estaba en algún lugar inalcanzable de su espíritu la capacidad de control, sus manos temblorosas presionando con fuerza las de Eiji, mientras que con la mirada llena de congoja le pedía perdón una y otra vez.
—Perdóname...
Su voz contrita se atoró en su garganta, al tiempo que sentía los brazos de Eiji alándolo en su dirección, encerrándolo en sus brazos en un apretado abrazo.
Sin embargo, y a pesar de los susurrantes cariños de Eiji, sus lágrimas no podían detenerse.
Se sentía como un verdadero idiota.
No había nada más en el mundo que Ash deseara que cumplir con las promesas que había hecho. El poder ser un buen hombre, un buen esposo, un buen padre e incluso- un buen alfa, si es que ese concepto alguna vez pudiera existir para alguien como él.
Y por mucho tiempo había pensado que, aún si esto nunca se cumplía, al menos tenía el derecho de poder soñarlo.
Sin embargo, ya estaba arto de que todo en su vida se quedara en sueños.
De que todo pareciera escapársele como arena entre sus manos, fuera por obra suya, o de alguien más.
—Quiero ser tu para siempre...
Terminó confensando, mientras sus brazos finalmente se afirmaban al cuerpo de su esposo, agradeciendo el calor que este le devolvía.
Eiji pareció dejar finalmente la tensión que lo había estado recorriendo, separándose ligeramente de su cuerpo, observándole con dulzura cuando sus miradas se volvieran a encontrar.
Limpió sus lágrimas con delicadeza, besándolas como si de un niño se tratase.
—Veo que no olvidaste tus votos...
Ash sintió su cuerpo temblar.
—Cómo podría...—musitó, siendo interrumpido levemente por un delicado beso en los labios. Uno casi dado con timidez—son la promesa más importante que he hecho...—una que sin importar qué quería cumplir, aún si en el pasado se había visto obligado a romper tantas que ya había perdido la cuenta—la que nunca quiero romper...
Eiji le sonrió con dulzura, intentándole consolar, como en tantas otras ocasiones.
Aún cuando el verdaderamente herido no era él.
Ash habría podido reir. Notando la ironía del asunto, la amplitud de sus propias falencias, y aún así encontrándose que aquello era lo que más necesitaba en ese momento.
La seguridad de que había alguien que siempre esperaría por él. La fidelidad y la entereza de una persona que deseaba apoyarlo más que nada en el mundo.
Una capacidad que él quería poder imitar.
—Sabes...—dijo entonces, mientras intentaba recuperar la fuerza—De verdad hay parejas que se divorciarían por esto.
Aún si de momento lo único que podía intentar era volver a traer una sonrisa a los labios de la persona que amaba.
Eiji rodó los ojos, mientras ahogaba una queda risa, y sus manos golpeaban su rostro con extrema suavidad, una y dos veces.
—Cierra la boca, mocoso.
Y Ash no creía que cuatro palabras pudieran sonar tan dulces en la boca de nadie.
Explicarle a Eiji sobre los malabares que había tenido que realizar para entrar al hospital había sido la parte fácil, así como lo había sido el convencerle de pasar la noche a su lado; prometiéndole que no dejaría que nadie se diera cuenta de su presencia allí, y que ya tenía experiencia en el arte de pasar desapercibido. Pidiendo en cambio que le explicara que había pasado, intentando –no muy exitosamente- de esconder el miedo que le causaba saber la verdad. O cómo es que con cada acontecimiento que Eiji le relataba su temple parecía hacerse más pequeño, entendiendo mejor qué había llevado a Eiji y a su pequeño a ser separados sólo a las horas de haber dormido.
Lo había abrazado con fuerza entonces, mientras volvía a repetir sus disculpas, una y otra vez.
Eiji se había quedado dormido con relativa facilidad después de aquello, abrazando su cuerpo con cuidado mientras Ash cuidaba de no lastimar la entrada de la intravenosa que aún descansaba en la flexión de su brazo, aún si no estaba conectada a nada. Él no había podido cerrar los ojos por más de un par de minutos, dejando que su mano acariciara el rostro cansado de su esposo, bajando por su cuello y llegando hasta su pecho; deteniéndose únicamente cuando llegara a su vientre, sosteniéndolo como lo hubiera hecho cuando su pequeño aún hubiera estado dentro de él. Incapaz de apartarse de su posición, incluso cuando los primeros rayos de luz se comenzaran a colar por la ventana de la habitación, y el continuo repiquetear de zapatos contra las baldosas le indicara que el personal ya estaba listo para revisar a los pacientes en el turno matutino.
Había sido allí cuando había empezado la parte difícil.
No el esquivar a las obtetrices, o hacer su camino hacia la escalera de incendios. Sino el tener que alejarse de Eiji, y el saber que no podría regresar a ver a Griffin sino muchas horas después, pues el hospital parecía haber regresado a la vida, aún si su reloj interno le decía que no podían pasar de las cinco de la mañana.
Llevó sus pasos junto a las de otras almas en pena que parecían perderse en el primer piso del lugar, familiares de personas internadas seguramente, quienes parecían hacer una larga fila junto a una vieja máquina de café instantáneo, en un vago intento por mantenerse despiertos.
Ash sentía su estómago vacío, recordando sólo entonces que había pasado más de un día desde la última vez que se hubiera llevado algo a la boca. Sin embargo, no fue la promesa de comida lo que hizo que sus pasos le dirigieran a la máquina.
No.
Lo había sido una cabellera que él conocía perfectamente. Un castaño oscuro que desde hacía un par de años ya podía discernir un par de canas escondiéndose entre sus hebras.
Era Max.
Max, quien parecía más dormido que despierto, cubría sus labios de lo que parecía ser un amplio bostezo, mientras Ash aún podía ver cómo es los rastros incipientes de una barba descuidada aún podían notarse cerca de sus patillas.
—Papá...
Murmuró antes de darse cuenta, lo suficientemente alto como para que Max pudiera escucharle. El mentado giró el rostro en un momento, reconociéndole al instante.
Ash ni siquiera pudo procesar el abanico de emociones que parecieron invadir a Max en ese momento, pues –y quizá gracias a los reflejos que había desarrollado gracias a sus años en la milicia- lo único que fue capaz de notar antes de que el derechazo que le había propinado golpeara contra su estómago, fue mucha ira contenida. Seguido de un arrebato colectivo, mezclado con miedo.
Ash sostuvo su estómago con uno de sus brazos, mientras con el otro hacía gestos que intentaban aliviar la situación, repitiendo una y otra vez que no pasaba nada, aun cuando un par de desconocidos se acercaron a ellos, intentando discipar la aparente trifulca.
Ash jadeó profundamente, mientras su mirada se clavaba en los ojos de Max, quien ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor le miraba con ojos heridos, que desentonaban completamente con el rictus en el cual se habían quedado sus cejas y sus labios.
Eso era justo también, pensó Ash entonces.
Ya que al parecer Eiji no era la única persona que lo amaba a quien había puesto en una posición difícil.
—Tú y yo. Afuera.
Fue todo lo que Max dijo, y aun si su tono pareció encender las alarmas de los otros presentes, Ash fue mucho más rápido al seguirle, sin levantar ninguna clase de objeción.
El frío de la madrugada golpeó el rostro de Ash sin cuidado alguno una vez hubieran alcanzado la parte externa de la fachada del hospital, esa que sólo estaba destinada para el ingreso de las ambulancias y vehículos que llegaran trayendo pacientes.
Ash hundió sus manos en los bolsillos de su chaqueta, mientras sus hombros parecían contraerse haciéndolo más pequeño, aunque no estaba seguro de si era para intentar mantener un poco del calor que amenazaba con abandonarle o porque realmente se sentía avergonzado.
Quizá era un poco de ambas.
Max se giró entonces, luego de un largo momento de silencio. Sus ojos azules enfocándole con un cansancio que Ash nunca antes había visto reflejado en el hombre antes, aún si siempre gustaba de recalcarle su edad de alguna mala manera.
Max lucía increíblemente mayor.
Como si los años, el cansancio, el miedo, las pérdidas y las malas decisiones se hubieran agolpado de repente en un par de noches, arrebatándole de golpe y zopetón toda la vitalidad y jovialidad que usualmente le caracterizaba.
Ash sintió su pecho apretarse con fuerza, bajando la mirada.
Abrio la boca un momento, intentando que la fuerza que hubiera estado acumulada allí hacía tan solo unos momentos no lo abandonara.
—Yo...
Intentó, haciendo un esfuerzo porque su mente lograra dar con las palabras correctas para explicar su ofensa. Para elaborar una disculpa. Para lo que fuera.
Sin embargo, nada nació de estas.
—Yo...—volvió a repetir, mientras su respiración se hacía más lenta—de verdad lo lamento...
Dijo, siendo cortado por los fuertes brazos de Max alrededor de su cuerpo. El aroma fuerte y penetrante que era tan característico de los alfa de pronto llegando de golpe a la nariz de Ash. Sirviendo, por primera vez, más como una señal de cariño y protección que como una amenaza. Recordandole a tardes en familia y larguísimos sermones, a fiestas familiares ridículas y cenas incómodas.
Recordándole a lo que ahora era su familia.
—Eres un grandísimo imbécil—musmuró entonces Max, hundiendo más el rostro de Ash contra el espacio de su cuello, como si en lugar del adulto hecho y derecho que se suponía era, estuviera tratando con un cachorro que no entiende la inmensidad de las cosas. Como si tratara con un niño. Uno al que quería alejar del mundo, aun si era sólo por unos momentos—El más grande que he conocido...—El corazón de Ash se hizo pequeño un momento, volviendo a latir únicamente cuando la siguiente frase salió de los labios de su padre—Por favor... ya deja de asustarme así...
Sólo entonces Ash se permitió devolver el abrazo, escondiendo su rostro en el pecho de Max, dejando que las lágrimas que creía ya se habían secado volvieran a nacer.
—Perdón...—repitió, sin saber cuántas veces ya lo había dicho esa noche—Perdóname... por favor.
Escuchar los informes médicos no era una tarea fácil.
Ash usualmente siempre solía estar del otro lado de la puerta, recostado en la cama de un hospital o de una clínica, mientras veía la silueta del galeno hablar con quien fuera el encargado de limpiar sus desastres o responder por él. Usualmente usaría ese tiempo para analizar su situación, maquinar sus siguientes pasos, y comenzar a pensar en una manera de escapar. O, en las últimas ocasiones, simplemente maldecir la lentitud con la que su cuerpo parecía sanar. Aún si era recordado constantemente que era todo lo contrario, y que Ash sólo era demasiado impaciente y descuidado con su propia salud.
Ash no era particular creyente del karma. Sin embargo, en ese momento, creía que debía estar pagando todas y cada una de las veces que había hecho pasar por esa clase de pena y angustia a todas las personas que alguna vez se hubieran preocupado por él.
Las miradas de los doctores y sus silenres reproches por su ausencia durante los primeros días de hospitalización de su esposo no pasaron desapercibidos, así como tampoco las multiples palabras complejas que tanto el ginecólogo como el neonatólgo tenían para el durante los informes médicos. Habiendo relevado finalmente a Max de la larga tarea de acompañar tanto a Eiji como a Griffin durante su tiempo en el hospital, Ash se encontró a si mismo intercambiando pabellones y acompañando a su marido durante las tomas de pecho de su cachorro, observando desde otro ambiente –junto a otros padres y madres- cómo es que sus respectivas parejas parecían encargarse de sus pequeños hospitalizados, al mismo tiempo que su mirada se alejaba instintivamente del cuarto más alejado de todos, ese donde no había ningún adulto permitido, y donde la cantidad ingente de máquinas y respiradores soltaba un titilante rechineo que helaba el alma de Ash, mientras agradecía a cualquier deidad existente en el cielo por permitir que su pequeño no estuviera allí, aislado de todos.
Ash prefería esas horas, aún si su papel se limitaba a únicamente quedarse parado, observando con anhelo la figura de las dos personas más importantes en su mundo. Ya que, cuando no era el caso, se encontraría sólo, entre las altísimas paredes del hospital, pues las horas de visita ya habían terminado.
La ciactriz de Eiji parecía sanar con normalidad, manteniéndole en el centro únicamente por los niveles de sangre, que parecían tardar en nivelarse y la tarea de encontrar donantes que devolvieran las unidades utilizadas. Griffin, por otro lado, aún necesitaba del oxígeno que una máquina le proveía, que, si bien cada vez era menor, le habían dicho que ningún doctor se atrevería a darle el alta hasta que no pasara, por lo menos, un día entero sin la molesta cánula que tenía pegada a su rostro.
En cambio, cuando las visitas terminaban y el personal se encargaba de sacar a todos los familiares de los cuartos, Ash se encontraba deambulando por los pasillos; sentado junto a la máquina de café, u observando la larga cola de pacientes que entraban y salían.
Su padre le había sugerido el regresar a casa, para al menos tomar una ducha o descansar bien la cabeza, pero Ash se había apresurado a negar ante la idea. Incapaz de dejar, aún si fuera por un minuto, la cercanía de su familia.
En cambio, y cuando ya hubiera caído la noche, se encontró a sí mismo frente a un pequeño ambiente que no había notado antes. Una especie de habitación oscura y escondida entre los largos pasillos del recinto, de donde un par de personas salían. Dos mujeres mayores, que por el aroma que despedían, parecían betas que habían pasado demasiado tiempo junto al fuego.
Ash frunció la nariz levemente, siguiendo el camino, notando que a diferencia del resto del hospital, aquel cuarto se sentía caliente.
Probablemente por el tamaño reducido de sus cuatro paredes y por la gran cantidad de velas que lo rodeaba.
Era una capilla.
Ash había nacido en el ceno de una familia y comunidad cristiana. O, al menos, así era como le habían criado. Con múltiples imágenes de cristo crucificado en las paredes, con escuelas dominicales y, con varios fragmentos de la biblia siendo recitados por algunos hombres y mujeres viejos en el pueblo. Incluso, recordaba, que Griffin había intentado enseñarle a rezar cuando ambos eran pequeños. Rindiendose finalmente cuando Ash, en lugar de concentrarse en silencio, le llenara de preguntas que ni siquiera la paciencia aparentemente eterna de su hermano había aguantado.
Ya que, aún a tan tierna edad, el concepto de un ser omnipotente y omnipresente que era incapaz de responder cuestionamientos como el paradero de su madre, o el por qué su padre no parecía querer pasar tiempo con ellos, no parecía terminar de cuadrar dentro de la mente del pequeño Aslan Jade.
Rezar nunca había sido una necesidad para el pequeño Aslan. Aún si el no aprender correctamente se había vuelto más un arrepentimiento un par de años después, cuando se encontrara solo en la oscuridad de su habitación, juntando sus manos y tratando de detener las lágrimas que peleaban por dejar sus ojos ante la idea de que su hermano no regresara del campo de batalla. Rogandole a cualquiera que pudiera escucharle que, por favor, no le quitaran a su única familia.
Luego se había vuelto un recuerdo vago, un grito al vacío, cuando se diera cuenta que sus alaridos y ruegos mientras era sometido por su entrenador parecían caer en oídos sordos.
Para luego mutar en una súplica silente, cargada de añoranza y deseo, mientras le pedía a Dios que se lo llevara a él, antes que a Eiji.
Dejó caer su peso en una de las bancas, notano su soledad.
Sus peticiones nunca habían sido escuchadas. Al menos, no de la manera en la que el Ash del momento las hubiera hecho. Como si de alguna extraña clase broma divina se tratara.
Y, aún cuando nunca se había sentido particularmente conectado con esa parte de su vida, volvió a encontrarse en la misma situación. Recitando sus deseos más profundos al vacío, esperando encontrar alguna clase de respuesta.
—No sé si realmente me puedas escuchar...
Le dijo a la nada, mientras cerraba los ojos; y en el silencio pedía por la salud de Eiji y la de su pequeño, incapaz de detenerse a sí mismo.
Ash no sabía si Dios existía. El concepto siempre bailando entre la sensación de confort y desasociego que su infancia y adolescencia habían labrado a través de sus experiencias. Sin embargo, en se momento, acompañado de la soledad y recordando la manera delicada en la que su hermano mayor unía sus manos mientras le decía que él siempre pedía por Aslan, o la de sus propias manos aferrándose al cristal sucio de un destartalado edificio, mientras los rayos matutinos cubrían su figura; se permitió pedir.
Fuera escuchado o no.
Prometiendose a sí mismo, que esta vez sus acciones no se quedarían en simples deseos.
No ahora que sí podía hacer algo para mantener su realidad.
Ash no sabía en que momento se había quedado dormido, siendo levantado únicamente cuando muchas de las velas que hubieran estado prendidas durante la noche hubieran muerto y nuevas corrientes de viento corrieran por los pasillos.
Se puso de pie con trabajo, dispuesto a iniciar un nuevo día de cuidados.
Sin embargo, lo que no esperaba, era que esa misma tarde; le dijeran que ya podían llevarse a su bebé.
La noticia del alta de Eiji y Griffin había corrió con rapidez admirable. No había tomado más de un par de minutos después de la necesaria llamada a su padre para que el celular de Ash se llenara de notificaciones. Mensajes y llamadas, todos preocupados por la salud de su esposo y su bebé.
Eiji había reído con dulzura ante la escena, mientras le aseguraba que cuando llegaran a casa podrían responderles a todos, al tiempo que trataba de ocultar el propio cansancio que parecía llevar encima.
Ash tomó una decisión ejecutiva entonces. Escribiendole un par de escuetas palabras a Alex, encargándole que, si alguien de la antigua pandilla preguntaba, se comunicaran con él, apagando el aparato sin miramiento alguno un momento después.
Eiji puso los ojos en blanco, pero su falta de quejas le pareció prueba suficiente de que también apoyaba su decisión.
El guardia del edificio los recibió con alegría, ayudándoles a llevar las multiples bolsas hacia el asensor, mientras Ash no apartaba uno de sus brazos del cuerpo de Eiji, quien con cuidado llevaba a su bebé en brazos, oculto entre muchísimas mantas.
Ash agradeció la ayuda mientras las puertas se cerraban, y cuando ambos se encontraran en su piso, se apartó de mala gana del cuerpo de su marido, abriendo la puerta primero. Agradeciendo internamente que el olor de sangre y las multiples manchas que antes hubieran decorado el piso, ya hubieran sido quitadas gracias a la amabilidad de su padre, quien se había negado a dejar que su nieto regresara a una casa que tuviera el aroma de la sangre de uno de sus padres en ella. Sin embargo, al mismo tiempo, frunció ligeramente la nariz.
El aroma de Sing aún parecía permanecer en el ambiente.
Y, aún si no había motivo para enfadarse, algo en lo profundo del estómago de Ash pareció punzar.
Eiji, por su parte, le dio un pequeño golpe en el costado, mientras maniobraba al pequeño Griffin con habilidad que parecía natural, aún si su pequeño ni siquiera tenía una semana de edad.
—Pero si no dije nada.
Se quejó entonces Ash, dejando las bolsas en el sofá.
Eiji rió con gracia.
—Puedo escucharte pensar mal de Sing desde aquí— Aclaró, mientras hacía su camino hacia la habitación, siendo seguido de cerca por Ash—Estuvo conmigo cuando más lo necesitaba...
Él abrió la puerta de la habitación principal, inspirando profundamente, relajándose cuando finalmente notó que allí sólo quedaba el aroma de Eiji y, mucho más tenue, el suyo propio. Una sonrisa suave decorando sus labios.
—Lo sé...
Aseguró de manera queda, mientras ayudaba a su esposo a sentarse en la cama.
Eiji le dedicó una sonrisa entonces, delicada y dulce, mientras golpeaba ligeramente el colchón a su lado, invitándole a acompañarle.
Ash no tardó en acompañarle, sentándose a su lado y dejando que sus brazos abrazaran su cintura, permitiendo que la espalda de Eiji descansara contra su pecho.
—No nos dejes de nuevo... ¿sí?
Musitó quedamente, al tiempo que Ash depositaba un beso en su coronilla.
—Nunca...
Juró Ash, mientras sus manos maniobraban su camino hasta las mantas que cubrían el cuerpo de Grifin, retirándolas con cuidado.
Los grandes ojos cafes del bebé los saludaron, sus pequeñas manos removiendo las mantas más delgadas que le cubrían, luchando por encontrar libertad.
Un par de gorgojeos escaparon su garganta, y Eiji rió con gracia. Su pequeño era demandante, sin lugar a duda. Ash no pudo evitar imitarlo.
—No llora...—musitó, mientras estiraba uno de sus dedos, intentando hacer que Griffin lo sostuviera.
—¿Hmm? —Preguntó Eiji, mientras giraba ligeramente el rostro y se abría la camiseta, liberando su pecho
Ash sintió su sonrisa alargarse un poco más.
—Es que Griffin no llora cuando intento tocarlo...—Explicó, y casi como si de una confirmación se tratase, su pequeño tomó su dedo, mientras sus pequeñas piernas se removían con lo que parecía emoción—Aún cuando mi aroma no es dulce como el tuyo... él... no me tiene miedo...—dijo, como si de una revelación se tratase—Justo como tú...—Jadeó, mientras su frente chocaba contra el hombro de Eiji, dejando que el rabillo de su ojo chocara conra la marca de la mordida que le había dado, que poco a poco ya comenzaba a desaparecer, un peso invisible sentándose en el fondo de su estómago tan pronto la imagen se grabara en sus pupilas—¿Por qué es que no me tienes miedo, Eiji...?
Su esposo parció suavizar su tono entonces.
—¿Por qué debería temerte, mi amor? —Preguntó—Te lo dije cuando me preguntaste lo mismo en la mansión de Dino, ¿lo recuerdas?—Cómo pode rolvidarlo. Ash aún podía recordar el peso de las armas de guerra en sus hombros, el roma de la polvora y la sangre, así como la desesperación que había sentido al no poder encontrar a Eiji—Te lo dije en ese momento, y lo repito ahora. No te tengo miedo. Ni un poco.
Ash sonrió amargamente, mientras apartaba casi con dolor su mano del toque de Griffin, quien soltó un gemido de queja, que fue acallado con un mar de mecidas por parte de Eiji.
Los dedos de Ash recorrieron el cuello de su esposo, dibujando los colores rosa violáceos.
—Sólo los animales hacen estas cosas, Eiji...—Confesó con pena—Sólo aquellos que quieren atarte, que quieren someterte...—explicó—podría hacerte dependiente a mí... —se cortó a sí mismo, recordando que, de hecho, el embarazo le había demostrado que ya lo estaba haciendo—aún más de lo que ya eras... ¿Cómo es que eso no te da miedo...?
Eiji se quedó en silencio, como si sopesara su respuesta.
—¿Sabes Ash?—empezó, con una suavidad tal que Ash no sabía si era porque la charla era dirigida a él, o porque Griffin seguía en sus brazos—Para vivir necesito de mi olfato. Me ayuda a saber cuando las personas están tristes, enojadas, felices. Y, también, cuando mi pequeñito necesita algo—puntuó, mientras sus labios descansaban sobre la frente de Griffin—Tú también, ¿verdad?... lo necesitabas para poder vivir... cuando todo el mundo te perseguía...
Ash respiró profundamente.
—Lo hacía... mi olfato, mi gruñido, mis colmillos...—enlistó, mientras recordaba la incontable cantidad de gente que alguna vez se hubiera levantado en su contra, aún si Ash había intentado nunca lastimarlos con algo que no fueran sus propios puños o su arma, la gran alegoría de dominio alfa quedándose detrás de sus mismas habilidades como asesino—Pero siempre odié la idea de someter a la gente... nunca quise hacerlo... ni siquiera cuando...—sus palabras flaquearon—cuando tuve a Arthur frente a mí.
Confesó, deando que el aire escapara de sus pulmones.
—Por eso tampoco quise eso para ti... aún con las habladurías de toda la gente que nos rodeaba—con los comentarios cizañosos que no hacían más que suponer la clase de cosas por las que alguien como Ash mantenía a un omega tan cerca, y cómo es que su sóla existencia parecía afectar las decisiones que tomara o no—Yo realmente quería cuidarte...—confesó, recordando la ira que siempre se construía en la base de su estómago cuando las palabras instinto y alfa se unían en la misma oración junto a su nombre y al de Eiji. Como si la única razón por la que él lo tuviera a su lado fuera porque en algún momento pensara aprovecharse de él. Porque era imposible que un alfa pudiera resistirse a un omega, aún uno tan particular como Ash—No era porque fueras un omega... era algo que yo de verdad quería...
Masculló, mientras sus brazos regresaban a la cintura de Eiji, haciendo presión y abrazándolo con vehemencia.
—Y aún quiero hacerlo...
Eiji se relajó, mientras pegaba la pequeña boca de su bebé a su pecho, quien atrapaba el pezón con maestría que nadie le había enseñado.
—Me gusta que lo hagas...—Le susurró, acomodando al bebé—Así como yo quiero cuidar de ti también...
Ash acomodó su cabeza nuevamente contra Eiji, su mirada fija en la succión del pequeño, quien completamente ajeno a las dudas que azotaban la mente de su padre, descansaba con tranquilidad en los brazos de Eiji.
—Me sentí morir...—Dijo entonces, sobresaltando ligeramente a Eiji. Por lo cual, se apresuró a elaborar—Cuando estabas lejos de ti... de ustedes... ¿recuerdas lo que me dijiste aquella vez? —Preguntó entonces, sus dedos atreviéndose a acariciar los pequeños mechones de cabello que decoraban la pequeña cabeza de su cachorro—Que te volverías loco si no regresaba...pude entenderlo perfectamente en esa semana...
La voz de Ash se volvió más queda, mientas sus ojos buscaban los de su esposo, aún con lo incómodo de la posición.
—Esta imperiosa necesidad de estar contigo... ¿también es eso? ¿Sólo instinto?
Eiji pareció sorprendido por su declaración. Empero, tras unos segundos de silencio, le regaló una sonrisa.
—Pues... nunca me enseñaron de eso en la escuela...—Dijo, haciendo que Ash parpadeara lánguidamente—A diferencia de los bebés... cuando crecemos, parece que todo lo que tenemos instaurado con anterioridad en nuestro cerebro desaparece...—sus ojos delinearon la silueta del rostro de Griffin, mientras se suavizaban— así que a mi tuvieron que explicarme de las uniones. De las hormonas, y de los lazos. Pero en papel todo sonaba tan... vacío y frío... casi como un contrato—explicó, sus ojos parecían perderse en un punto vacío en la habitación, que le recordaba a Ash cada una de las oportunidades donde Eiji le hubiera contado algo de su experiencia siendo un omega en Japón—pero lo que siento por ti... la manera en la que mi cuerpo te busca, en la que te quiero, en la que te necesito... ya lo hacía antes de que incluso aceptaras que querías volver a besarme—confesó, mientras ahogaba una risa—No es porque seas un alfa y yo un omega, es porque eres tú...—le aseguró, mientras se acurrucaba más a su pecho—y porque yo soy yo...
Ash sintió su pecho calentarse, mientras sus manos presionaban con más fuerza. Eiji continuó.
—Nuestra unión, todo lo que tenemos... es parte de nuestro lazo—explicó con simpleza—va más allá de nuestra biología, mi amor...
Aseguró, mientras estiraba su cuello para dejar un pequeño beso en espacio de la frente de Ash que era capaz de alcanzar.
—Si no quieres volver a morderme, lo entenderé—le aseguró, con una voz tan clara que Ash sabía que no mentía—Pero no quiero que algo que compartamos te atormente...Y si ese es el caso, trabajaremos en ello. Como con el celo, mi amor...—le prometió—porque no hay nada más importante que tu bienestar—declaró, para luego sopesarlo un poco mejor—El nuestro...
Ash se permitió suspirar.
Su bienestar.
El de ambos.
—No podemos lograr eso si no somos honestos... ¿no? —musitó, haciendo que Eiji riera levemente, mientras negaba con la cabeza.
—No...prometo no guardarme tanto las cosas tampoco...—completó entonces, mientras acomodaba la cabeza de su cachorro—Eso tampoco es justo para ninguno de los dos...
Ash apretó los labios, para después suspirar. Estirando el cuello lentamente, dejando que sus labios rozaran el lugar donde había mordido a Eiji, besándolo con delicadeza.
Para después confesar algo que ni él mismo se había permidito terminar de asimilar.
—Sí me gustó morderte...
Masculló, cerrando los ojos.
—¿Lo vez? —rió Eiji, el ligero temblor de su cuerpo moviendo a Ash en el proceso—No ocurre nada malo.
Su boca se abrió apenas, mientras tentaba el camino.
La piel de Eiji se sentía cálida bajo sus labios; y la humedad que llenó su boca le hizo notar que su cuerpo estaba reaccionando ante la sola idea de poder morder a su esposo.
Dejó que el calor lo invadiera un momento, mientras una de las manos de Eiji abandonaba el cuerpo de Griffin, haciendo que su rostro se pegara más a su cuello, en un mudo intento de aliento.
Ash delineó la piel con sus dientes, dispuesto a presionar.
Sin embargo, después de unos segundos, desistió.
Optando por besarle en cambio.
—Dame tiempo...
Terminó pos susurrar, mientras Eiji giraba el rostro, depositando un beso donde podía alcanzar.
—Todo el que necesites.
Ash escogió el momento del cambio de pañal de Griffin para soltarle la nocitia a Eiji. Y, su respuesta, fue exactamente la que estaba esperando.
La incredulidad de su rostro pasando por la sorpresa y el desespero, para terminar en un perfecto ceño fruncido que demostraba furia.
—¡¿Pero en qué pensabas, Ash?!
Le gritó, haciendo que él se apresurara a llevar uno de sus índices a sus labios, en una señal universal de silencio.
—Shh, cariño. Tu voz—reprendió, mientras fijaba las tiras adehesivas del pañal, y Griffin parecía salir de su momentánea sorpresa, para después lanzar un pequeño chillido, pidiendo ser alzado.
Ash no dudó un momento en cumplirle el deseo a su pequeño, meciéndolo de lado a lado, mientras lo sostenía con cuidado.
Eiji, frente a él, le regaló una expresión de completa molestia, mientras parecía pelear con los tiraleche que se pegaban a su pecho, guardando así reservas para sus turnos intercalados de atender a Griffin durante la noche.
—Tienes que disculparte con Sing.
Espetó entonces, mientras guardaba las pequeñas bolsas llenas de leche y fulminaba a Ash con la mirada.
El mentado sólo pudo sonreír lánguidamente, mientras intentaba controlar los movimientos erráticos de las pequeñas piernas y brazos de su cachorro.
—Supongo que sí debo hacerlo, ¿verdad?
Terminó suspirando, mientras intentaba olvidar las últimas palabras que le hubiera dicho a Sing. Esas que sonaban más como una despedida que una explicación.
Pensó que podría guardar fuerzas antes de la inevitable confrontación. Sin embargo, y como en muchas otras ocasiones en su vida, el universo parecía tener otra idea sobre lo que debía o no debía hacer. Pues, al momento en el que Eiji le volví a pedir a Griffin, el timbre de su apartamento sonó.
Ash no necesitaba ser un adivino para saber quien era.
Ni siquiera se molestó en dejar que Eiji hiciera el además de ponerse de pie para abrir la puerta, pues aunque acabara de dar a luz, parecía seguir empecinado con completar tareas mundanas dentro del hogar. En cambio, besó su frente con cariño, antes de murmurar:
—Voy yo.
Así como tampoco se molestó en mostrar sorpresa, cuando al abrir la puerta, fue el rostro desencajado de Sing lo que le saludó.
—Supongo que también te enteraste de lo que pasó.
La respiración de Sing aun no se había terminado de acompasar, cuando sus ojos se clavaron en los de Ash, rebosando en ira.
—Eres un...
Ash no le permitió terminar.
—Lo lamento, Sing—Ash ya conocía el valor de las palabras. Especialmente cuando una frase tan corta era capaz de cambiar la expresión de otro hombre con tanta rapidez—¿Quieres pasar a ver a Eiji?
La duda se hizo presente en el semblante del otro alfa, mientras parecía analizarle de arriba abajo.
Ash se elevó de hombros con facilidad, mientras se hacía a un lado a modo de silenciosa invitación, antes de adentrarse el interior de su hogar.
Sing no tardó en seguirle.
Ash aun podía sentir el remanente dolor de los golpes propinados por Sing en su cuerpo. Y, por la manera en la que el rostro de Sing parecía hincarse, sabía que él también pasaba por lo mismo.
Se sentó en el sofá entonces, ofreciéndole con la mirada el asiento de en frente.
Sing elevó una ceja, dubitativo. Sin embargo, al notar la falta de Eiji en el salón, tomó la posición que se le era ofrecida, manteniendo una mirada que parecía intentar analizar las intenciones de Ash.
El mentado habría podido reir ante lo cómico de la situación. Sin embargo, decidió hablar.
—De verdad lo lamento, Sing.
Repitió, manteniendo su tono parsimonioso.
El otro alfa simplemente se cruzó de brazos.
—Eso ya me lo habías dicho.
Espetó, claramente no sorprendido.
Ash le devolvió una sonrisa pagada de sí misma.
—No me disculpo por lo que dije—aseguró entonces, haciendo que el mentado rodara los ojos—pero sí por golpearte.
Sing ahogó una risa.
—Sí..—terminó jadeando, luego de un largo momento en silencio, mientras el dorso de su mano acariciaba una de sus mejillas lastimadas—No me disculpo por haberte buscado—dijo también, haciendo que Ash se preguntara por un segundo a dónde había ido a parar ese cachorro de catorce años, que parecía ser demasiado pequeño para la chaqueta que llevaba, y cuyas amenazas no hacían más que sonar como gruñidos de animal herido. Pues, la persona que estaba frente a él en ese momento, parecía gozar de una seguridad que Ash habría envidiado en sus días de juventud—Pero pude haber sido más amable con tu rostro
Terminó agregando, antes de dedicarle una expresión burlona.
Oh.
Pensó entonces.
Allí estaba. El viejo Sing.
—Pues en ese momento parecías realmente fascinado con apuntarme directamente allí.
Recalcó, elevando una ceja,
Sing no trató de ocultar la sonrisa que se dibujó en sus labios.
—¿Puedes culparme, chico bonito?—Dijo, en tono burlón—Te lo merecías. Eiji es demasiado buena persona como para que un cabeza hueca como tú lo convierta en padre soltero.
Ash sintió la presión crecer a un lado de su cabeza.
—Eres un hijo de...
—¡Lenguaje!
La voz de Eiji interrumpió su frase, haciendo que Ash rodara los ojos, mientras los de Sing parecían iluminarse tan pronto Eiji hiciera acto de presencia en la habitación, llevando al pequeño Griffin en brazos.
En otra ocasión, quizá, Ash se habría permitido murmurar un quedo gruñido ante tan flagrante muestra de cariño. Sin embargo, esta vez no podía culpar a Sing.
Él sabía perfectamente lo que era temer por la vida de un ser querido.
—Eiji...
Murmuró el otro alfa, mientras el mentado le regalaba una sonrisa dulce. Ash se puso de pie entonces, ayudando a su esposo a sentarse en su lugar, mientras veía que Sing hacía lo mismo, acercándose para poder ver mejor al pequeño.
Eiji estiró sus brazos en dirección a Sing, como ofreciéndole una vista directa de su pequeño cachorro, y Ash fue capaz de notar cómo la duda de pronto parecía cubrir al otro muchacho, sus dedos temblando apenas antes de apartar la cobija que cubría al bebé.
Solo para que cuando lo hiciera, y sus ojos se encontraran con los de su hijo, algo parecíera cambiar en la mirada de Sing.
Algo que Ash conocía perfectamente.
El alivio.
Pues sus facciones parecieron suavizarse al instante, de una manera tal, que incluso para Ash era difícil apartar la mirada.
—Mira, Griff—murmuró Eiji mientras mecía el cúmulo de mantas—Es tu tío, Sing.
Y la sonrisa que se formó en los labios de Sing fue suficiente como para que Ash sintiera su corazón detenerse. Porque era una expresión que él ya conocía.
Lo había visto en los ojos de Max, cuando miraba a Michael a lo lejos. Pero también los había visto en los de Griffin, cuando lo miraba a él.
—Por algún motivo siento que debo disculparme contigo también, pequeñito...
Le escuchó murmurar, mientras estiraba una de sus manos, tomando la del cachorro con suavidad.
Las palabras escaparon de la boca de Ash antes de que pudiera pensarlas realmente.
—No lo hagas—sentenció entonces, llamando la atención de todos los presentes. Sin embargo, antes de que alguno pudiera preguntar, se apresuró a agregar—En todo caso... lo que merecerías sería un agradecimiento—Explicó, mientras con su propia mano acariciaba la regordeta mejilla de su hijo—por haber cuidado de él cuando el idiota de su padre no lo hacía...—aseguró, mientras dejaba que la suavidad de la piel de su pequeño contra su tacto llevara una nueva sonrisa a su rostro—Pero como él no puede hablar, déjame hacerlo a mí.
Declaró, antes de dedicarle una honesta sonrisa al otro hombre.
—Gracias, Sing—dijo, con lentitud—Por no rendirte con mi familia... ni conmigo.
La expresión de sorpresa que decoró la cara de Sing, pensó Ash, era digna de ser enmarcada en un museo.
Ahogó una pequeña risa entonces, silencosamente orgulloso de ser aún capaz de dejar a las personas sin palabras.
—Prepararé algo de té, ¿está bien?
Dijo, para adentrarse en la cocina antes de que alguno pudiera decir algo más, aunque estaba seguro de que la expresión de sorpresa no había desaparecido del rostro de Sing aún. ¿Cómo culparle? Ash siempre se había mostrado particularmente reticente ante la cercanía que parecía tener con su esposo. Sin embargo, en ese momento, cualquier atisbo de inseguridad o duda parecía haber desaparecido por completo. Inmerso en una sensación de imperturbable paz.
Tardó un poco más de lo necesario en preparar el agua y las infusiones, así como al momento de preparar la bandeja y las tazas. Así como en su camino de regreso, ya que desde la cocina aún podía escuchar, apgado y hundido; los murmullos de Sing que parecían desprender preocupación y culpa, mientras rogaban por perdón. Así como los más calmos de Eiji, esos que Ash conocía tan bien, esos que siempre le aseguraban a la otra persona que no había hecho nada mal.
Sus pasos se volvieron pesados, deslizándose por el piso del departamento, deteniéndose aún en el umbral de la puerta que lo conectaba con la sala, logrando escuchar únicamente lo último que Sing le intentara susurrar a su esposo, con un deje de secretismo tal que, Ash no se había sentido en derecho a intervenir.
—Eiji... Hay algo que quiero contarte...
Yut Lung estaba acomodado en la cama, con sus ojos fijos en un informe, cuando sintió la puerta de su habitación abrirse, sin siquiera tocar. No tuvo que molestarse si quiera en levantar la mirada para saber de quién se trataba.
En cambio, sonrió con tranquilidad, mientras giraba la página con delicadeza casi practicada.
—¿Ya te sientes más tranquilo?
Preguntó, escuchando como el sonido de los pesados pasos de Sing llegaban desde la puerta hacia un lado de su cama y, el mentado, terminaba desplomándose a su lado, observándole con algo de pena. La misma que parecía estar impregnada en su aroma.
Yut Lung dejó lo que tenía en las manos entonces, mirándolo apropiadamente. Estiró los brazos de manera invitante y dejó que Sing se enredara en su cuerpo, cuidando de no lastimar su prominente vientre. Acunándolo a su pecho, como si fuera un niño pequeño.
A veces, y gracias a su gran altura, era difícil recordar que Sing, de hecho, sí era menor que él. Aún si podía notarlo en momentos como esos, donde parecía seguir siendo un cachorro que requería de confort.
—Nunca entenderé ese sentido de responsabilidad que parecer llevar...—murmuró, mientras sus dedos se enredaban en las ebras de cabello, peinándole con dulzura. Él mismo se había retractado muchas veces de sus decisiones en el pasado, cuando el mante de la culpa se hacía demasiado pesado sobre sus hombros. Lo había hecho al momento de ver caer el cuerpo de inerte de Shorter tras el disparo impoluto de Ash, aunado a las risas maniáticas de Arthur. E, incluso, lo había hecho cuando las palabras de Blanca parecieran haber causado desmanes en su cerebro, confensando el lugar donde estaban Ash –oculto junto a Okumura- listos para ser emboscados. Empero, la culpa solía venir acompañada de una lucha interna. De una batalla constante entre sus deseos más viserales y la voz en su cabeza, que en momentos así, solía sonar como su propia voz, perdida en los infinitos jardines de la casa de su niñez—¿No hace que vivir sea más pesado?
En cambio, Sing parecía siempre escoger ese camino.
Ya que, si bien no era posible que Sing hubiera podido saber que –como con muchas otras cosas en su vida- Eiji Okumura fuera a llegar para interrumpirle; el destino solía ser gracioso de esa manera. Especialmente cuando uno por coalición propia decidía mantenerse tan cercano a las personas. Y, se lo había vuelto a demostrar a Yut Lung, cuando a la mañana siguiente de su declaración; Sing hubiera comenzado a revisar su celular, sólo para encontrarse con un sinnúmero de llamadas perdidas de dicho omega.
Saltando inmediatamente de la cama, maldiciendo en voz alta cuando la llamada pareciera no entrar, sólo para cambiar entonces su objetivo a llamar a Max Lobo, quien parecía tener una larga historia para contarle.
Yut Lung no recordaba haber visto el rostro de Sing deformarse con tantas expresiones de horror antes.
Era una imagen que no quería volver a ver.
El mentado, por su parte, sólo pudo bufar levemente, mientras hundía su rostro en el pecho de Yut Lung.
—¿Por qué piensas eso? —preguntó quedamente, mientras Yut Lung continuaba con su trabajo, pasando sus dedos a través de su cabello—Es normal preocuparte por un amigo...
Yut Lung dejó que la sonrisa en sus labios se ampliara.
—Supongo...—masculló—Aunque no es algo que yo elegiría.
Sing se apartó ligeramente entonces, enfocando su mirada en la del omega.
—¿Lo de preocuparte? —preguntó, mientras tomaba su mano y la besaba con delicadeza—¿O lo de tener amigas?
Yut Lung no se molestó en ocultar su risa, mientras sus mejillas se coloreaban ante la muestra de afecto
—Quizá ambas...—confesó—No es como si hubiera tenido opción por ninguna de ellas antes, ¿sabes? —Explicó. Pues en la fortaleza donde había nacido, sólo habían diso su madre y él. Allí, donde no existían niños con los cuales crecer. Sólo la sombra del padre que nunca había terminado de conocer, y la de los hermanos que hubiera deseado nunca tener—Y cuando pude ver lo que la amistad hacía con la gente... la posición en la que esta los ponía...—masculló, dejando que su mente se llenara de los recuerdos distorcionados de las suplicas de Shorter hacia Ash por ponerle fin a su vida, así como la de las lagrimas cristalinas que caían por el inconciente rostro de Ash mientras él dejaba que sus dedos recorrieran las heridas de su rostro—tamposo es que me sintiera muy animado por la idea...
Los ojos de Sing brillaron levemente, con algo que Yut Lung temió calificar como pena.
Tragó en seco, antes de continuar.
—Hacerme un adulto significó que entendía que no podía darme el lujo de tener ninguna de esas dos cosas... así que en algún punto...—dejó que el aire que guardaba en sus pulmones escapara—simplemente dejé de buscarlas. No fue difícil.
Sing apretó los labios, antes de volver a besarle la mano, con vehemencia que parecía rozar en la adoración.
Yut Lung sintió su pecho calentarse.
—O eso era lo que yo creía...—continuó, dejando que sus ojos danzaran en el rostro de Sing, quien le observababa con los párpados levemente caídos—porque resulta que me preocupo muchísimo por ti—confesó, mientras hacia un esfuerzo por estirar su cuerpo, dejando que las frentes de ambos se rozaran—Y resulta que tambien... creo que desde hace mucho que ya te veo como mi amigo...
La risa de Sing fue suave, como un susurro en el viento.
—¿Es por eso que me dejaste ir...?
Preguntó, haciendo que Yut Lung sonriera con diversión.
—Como si puiera detenerte...—masculló, al tiempo que Sing dejaba que sus labios se unieran en un cándido beso—Nadie podría hacer eso... ¿verdad?
Sing asintió, sin miramiento alguno.
Yut Lung continuó, con la voz un poco más queda.
—Además...
Sing hizo eco.
—¿Además?
El omega tomó la mano del otro muchacho, dejando que esta descansara sobre su vientre.
—Sabía que terminarías volviendo... aunque te fueras por un momento... me seguirías eligiendo a mí, ¿verdad?
Yut Lung habría deseado tener una cámara consigo en ese momento. Pues, la sonrisa que Sing le regaló, podría ser sólo comparada con la del brillo del sol.
—Una y mil veces.
Sin embargo, tendría que conformarse con guardarla escondida, grabada en lo más profundo de su corazón.
Ash estaba acostumbrado a las multitudes.
No es que le gustaran del todo, ya que usualmente si se encontraba en medio de una, era para asumir alguna clase de rol. Ya fuera como el objeto de entretención de la noche, o como la figura de autoridad a la que todos esos ojos parecían seguir.
—Oh Dios mío...—la voz de Bones llegó hasta sus oídos, ahogada con un ligero tono agudo—Es tan hermoso que podría morir. Eiji. ¿Cómo es que un niño puede ser tan lindo?
—¡No hables tan fuerte! —Retó entonces Kong, haciendo caso omiso de su propio consejo, pero logrando que los hombros de Bones temblaran—¿No vez que está dormido?
Eiji rió con suavidad.
—De hecho, Griffin tiene el sueño muy profundo—Explicó, regresando algo de tranquilidad a sus amigos, mientras con sus manos peinaba delicadamente el cabello del bebé—Incluso cuando es su hora de comer, despertarlo es realmente complicado.
Alex rió ante la explicación.
—Definitivamente es hijo de Ash.
Él, por su parte y desde el dintel de la puerta de la sala, fingió soltar un gemido que parecía ser de sorpresa e indignación por partes iguales.
—¿Qué? —espetó—¿Eso acaso estaba en duda?
Ash observó con deleite como el color desaparecía del rostro de sus amigos, al mismo tiempo que la mueca de Eiji se trasnformaba en una de reproche.
—¡No! ¡No! ¡Por su puesto que no!
Clamó Alex, mientras agitaba sus manos de un lado a otro.
—Ash...
Empezó Eiji, con un claro retintín que le aseguraba que lo que seguiría sería un regaño.
Claro, de no ser porque el sonido del timbre llenó la habitación, haciendo Ash se elevara de hombros y Alex pudiera respirar con tranquilidad nuevamente.
Eiji le regaló una sonrisa complice, y antes de que pudiera decirle algo, Ash asintió varioas veces, asegurando que él se encargaría de atender la puerta. No sin antes llevar su índice y medio hacia sus ojos, señalándolos un par de segundos, antes de estirarlos y señalar los de Alex, haciendo que los hombros del otro muchacho temblaran aún si fuera sólo por un segundo.
Con una sonrisa pagada de si misma Ash llegó hasta la puerta, donde tras abrirla, fue recibido por la luminosa sonrisa de Michael, quien traía un sinfín de paquetes en los brazos. A su lado, Max y Jessica imitaban su expresión, mientras agitaban las manos.
—Hola, hijo.
Sí. Ash estaba acostumbrado a las multitudes.
Pero, era sólo ahora que podía decir que de verdad estaban comenzando a gustarle.
—Biendenivos. Papá, mamá—Saludó, incapaz de evitar que su propia mueca mutara en una aún más amplia sonrisa—y tú también, pequeño hermano.
Completó, dejando que sus dedos desordenaran los perfectos rizos de Michael.
Ash los guió al interior de su hogar, siendo Max y Michael los primeros en acercarse a Eiji. Con su hermano menor deteniendo sus pasos frente a su esposo, jugueteando con nerviosismo con los regalos que había parecido llevarle, para –y entre tartamudeos- intentar explicar qué era lo que le había llevado. Explicación de la cual Ash sólo pudo captar que era comida, y que las madres primerizas, necesitaban alimentarse bien.
Eiji sólo le había mirado con confusión y cariño en partes iguales, mientras su sonrisa se estiraba hasta sus ojos, agradeciendo sinceramente la preocupación.
Max, en cambio, se había detenido un par de pasos más atrás. Ash siguió su mirada, que parecía completamente fija en el pequeño bulto en brazos de Eiji, quien aún intentaba calmar a Michael mientras le agradecía el detalle.
Ash se cruzó de brazos, bufando levemente. Jessica, junto a él, le dio un pequeño golpe con el codo, como alentándole a hablar.
Ash suspiró.
—Puedes preguntar, ¿sabes? —Dijo, con el tono de mocoso pagado de sí mismo que tanto parecía irritar a Max.
El mentado saltó en su lugar, girando el rostro con premura, protando una expresión que parecía decir perfectamente lo que Ash pensaba.
Había sido atrapado.
—Puedes hacerlo—repitió entonces, usando una voz mucho más genuina. Dejando que sus ojos viajaran hasta Griffin, quien comenzaba a removerse levemente en brazos de Eiji—Si es lo que quieres.
Eiji pareció entender al instante. No era, después de todo, ningún secreto el esfuerzo y el cariño que Max había puesto en su familia. En permitirles tenerla.
—¿No te gustaría cargarlo? —Preguntó Eiji, mientas estiraba los brazos en su dirección—Estoy seguro de que Griff estaría más que contento de conocer a su abuelo.
Ash pudo notar el ligero temblor en las manos de Max. Sin embargo, no hubo duda alguna al tiempo de tomar el pequeño cuerpo que se le era entregado, sosteniéndolo con maestría que sólo podía venir de la práctica. Como si se tratara de la cosa más delicada del mundo.
—Hola, Griff...—Dijo, logrando que la pequeña nariz de su cachorro se frunciera, antes de que sus ojos se abieran y un gran bostezo se formara en sus labios. Ash pudo escuchar pequeños jadeos de sorpresa, probablemente listos para el llanto. Sin embargo, Max no se inmutó. En cambio, acomodó mejor al pequeño, mesiéndolo con suavidad, logrando que la leve expresión de enojo que parecía estar queriendo formarse en el rostro del bebé, se desvaneciera—Haha, ¿Qué pasó, pequeñin? —Murmuró—¿Me reconociste?
Ash sintió su garganta picar.
—¿Cómo no lo haría? —se apresuró a conestar—¿Quién más podría tener una voz tan estridente si no su abuelo?
Max le dedicó un ceño fruncido, pero su accionar no perdió dulzura. En cambio, sus dedos acariciaron el rostro del cachorro, quien ahora parecía luchar para liberarse de la prisión de mantas en la cual lo habían envuelto.
—¿Escuchaste eso, pequeño? —Dijo entre risas—No hay manera de negarlo, soy tu abuelo.
Susurró con voz dulce, mientras su mirada se suavizaba, de la misma manera en la que lo había hecho cuando Ash lo hubiera descubierto observándolos a él y a Michael, haciendo algo tan mundano como resolver ejercicios de cálculo, hacía tantos meses atrás.
La sonrisa que decoró los labios de Ash se suavizó también. Una que fue incapaz de borrarse, ni siquiera cuando los pequeños llantos de hambre del pequeño bebé terminaron llenando la habitación, haciendo que Max se apresurara a devolver al cachorro a los brazos de Eiji. Tampoco cuando los antiguos miembros de su pandilla giraran el rostro todos al mismo tiempo, en el momento exacto en el cual Eji comenzaba a descubrirse para alimentar al bebé, más por respeto a Eiji y su propio pudor que por alguna clase de miedo que pudieran tener por Ash. Una que sólo se había acentuado más cuando Jess fuera por una pequeña manta a su habitación, ofreciéndosela a Eiji en silencio, ayudándole a cubrirse con cuidado y delicadeza.
Ash sabía que había muchas maneras de demostrar amor.
Pero era la primera vez que veía tantas juntas en una sola habitación.
Cuando Blanca era pequeño, tuvo un par de problemas al momento de aceptar su propia casta.
Esto no vino de la mano de los cambios físicos que asaltaban su cuerpo. Él no tenía problemas con el repentino creimiento de su cuerpo, al encontrarse incapaz de poder controlar sus extremidades como hubiera hecho antes. Tampoco con el repentino incremento en la intensidad de los aromas, que ahoa parecían agradarle o repelerle con mayor intensidad que antes. Mucho menos había tenido que preocuparse por regresar abochornado luego de unos días de descanso por el celo, ni había tenido que fingir no sentir algo de tristeza o decepcion cuando su aroma no hubiera mutado a algo más llamativo que el de un beta. Es más, ni siquiera había vocalizado lo desagradable que sí había resultado despertar un día y notar que el desagradable sabor que ahora recorría su boca era producido por su mismo cuerpo, en forma de un par de glándulas salivales accesorias, que parecían haber decidido simplemente no dejar de salivar.
Blanca siempre se había sentido dueño de su cuerpo, y sabía que lo que fuera que la naturaleza le arrojara, él haría lo mejor de ello.
Sin embargo, sí había tenido problemas intentando comprender qué era lo que el mundo esperaba de él, una vez se hubiera presentado.
Los alfas eran potectores y también líderes. Blanca, en cambio, nunca se había considerado ninguno de los dos.
No cuando tuviera una familia a la cual llamar manada, ni después tampoco. Blanca, después de todo, gustaba demasiado de su soledad. De la libertad que esta le otorgaba, una donde nadie dependía de él y viceversa. De su potestad para hacer lo que quisiera sin la preocupación de tener que tomar a alguien de la mano.
Por eso era que adoraba el trabajo que había conseguido como franco tirador. Al igual que en cualquier posición del ejército, existía una cadena de mando. Había superiores y cuantiosos títulos tanto por encima, como por debajo de él. Sin embargo, y durante el fragor de la batalla, existían sólo él y su arma. Completamente sólo. Cada hombre por su lado, con el fantasma de la orden de matanza dada por su superior como único compañero de campo.
Y, la única vez que eso hubiera cambiado en su vida, habia sido durante sus escasos años de relación y matrimonio.
Blanca había aprendido un par de cosas en esos años.
La primera, era que el deseo de proteger no era algo que pudiera simplemente imponérsele a alguien, fuera por su título o por su casta.
Era solo algo que nacía de manera espontanea y que era fácilmente reconocible.
Lo supo cuando en la oscuridad de la noche, y mientras veía la piel desnuda de su esposa reflejar los rayos de luna mientras su sonrisa apenas visible decoraba su rostro, le juró lealtad eterna. Lealtad para cuidar de ella, para proteger esa expresión, aun si ella no podía oírlo.
Lo supo también cuando años después, y con el corazón más curtido, vio a Marvin listo para aprovecharse de Ash, el niño que se le había encargado cuidar, ese que se parecía tanto a su difunta esposa y su primera respuesta fue romperle el brazo, mientras susurraba practicadas amenazas en su oído.
Y, lo supo también, cuando tras tocar la puerta de Ash en la noche lo primero que lo recibió fue una sonrisa amable, acompañada de una pose que Blanca conocía bastante bien, pues él mismo se la había enseñado. Era una que le decía que ese era su territorio, y que no lo dejaría entrar con libertad. Pose que sólo cambió cuando él elevara las manos, en una señal universal de rendimiento, mientras su rostro intentaba reflejar una sonrisa bonachona, libre de cualquier clase de doble intención.
Ash simplemente había suspirado, mientras se hacía a un lado y decía:
—No seas ruidoso, Griffin y Eiji están dormidos.
Blanca fingió sentirse ofendido.
—No te preocupes. Nunca molestaría a una madre y a su pequeño—aseguró, mientras se sentaba frente a Ash en un sofá. Sus ojos delinearon las facciones del otro alfa, notando las ojeras comenzando a construirse bajo sus ojos, así como las líneas de expresión asentuadas en su piel, el cabello desordenado y falto de brillo.
Claras señales de cansancio.
Sin embargo, Ash estaba sonriendo.
Blanca era familiar con las expresiones de derrota, así como lo era con las d ecansancio. Pero rara vez las veía acompañanadas de una sonrisa.
—¿Qué tanto me vez? —preguntó finalmente Ash, mientras se acomodana un poc mejor, rascando la parte trasera de su cabeza.
Blanca sintió sus comisuras rasgarse.
—Solo pensaba en algo.
Ash rodó los ojos.
—¿Te importaría elaborar?
Blanca habría podido reír.
—Es algo que ya había pensado antes—se apresuró a decir, antes de ponerse de pie y sentarse al lado de Ash, arreglándole el cabello, logrando que diera un pequeño salto de sorpresa—Y es que ahora realmente tienes una gran cantidad de nuevas expresiones, ¿eh? —Expresiones que ya no rozaban únicamente la ira, el desprecio, el odio, ni el dolor—Te queda muy bien.
Ash pareció tardar un par de segundos en entender lo que acababa de pasar.
—¿Qué cosa...?
Peguntó.
Blanca rió con suavidad, mientras señalaba descaradamente las ojeras, las arrugas y la ropa desordenada.
—El ser papá—respondió, enorgulleciéndose apenas del leve rubor que logró sacarle a su antiguo alumno—aunque quizá una ducha no te vendría mal. Pareciera que tu cabello fue remplazado por las cerdas de una escoba vieja, Ash.
La única respuesta que obtuvo fue el de una patada en su espinilla.
—Cierra la boca—rezongó, mientras se estiraba—Griffin pasó de no querer despertar a elegir las peores horas del dia para hacerlo—comentó, mientras reía—Ayer en la noche casi entro en pánico creyendo que había desaparecido. Solo resulta que estaba meciendo un montón de mantas vacías. Griffin estaba en brazos de Eiji, ya se había dormido dándole de comer—se lamentó, mientras dejaba caer su cabeza—¿Cómo es que la gente hace esto con más de uno? No me lo puedo explicar.
Blanca rió de manerea ahogada.
—¿Te arrepientes?
Ash sólo le dedicó una corta mirada, antes de golpearle en el hombro.
—Ni por un segundo.
Blanca amplió aun más su expresión.
—¿Sabes, Ash? —preguntó—Me alegra escuchar eso.
Porque lo segundo que había aprendido Blanca, era que la casta no era suficiente para alimentar los deseos. Que sólo las personas con una gran convicción y sentido de si mismos podían cumplir las promesas que le hacían a otros, y que se hacían a sí mismos.
Lo había entendido al darse cuenta que en algun punto había perdido el norte de las muchas palabras que le habia dicho a Natalia, dejando que su sombra fuera sólo unrecuerdo guardado en su corazón, en un lugar tan alejado, que su influencia nunca había llegado a hacer eco en su vida.
Lo pudo volver a vivir cuando se dio cuenta de la facilidad con la que dejó a Ash, haciéndose oídos sordos y ojos ciegos ante el ruego silencioso que se había dibujado en la faz del niño cuando se hubiera enterado que se iría, mientras perdia toda la esencia que le habia dado en ese tiempo, volviendo a ser solo un niño indefenso que ni siquiera rozaba los diesciseis años. El mismo que habia ignorado cuando, lastimado después de su pelea en el almacé, le hubiera rogado que le prometiera que no lastimaría a Eiji.
Y lo hacía tambien ahora, reafirmándole que se necesitaba de una convicción gigante para manetener su palabra. Una que podía ver reflejada en el rostro de Ash, quien se mantenía sereno.
—¿Y lo seguirás haciendo? ¿Aún si da miedo? —preguntó—Porque tú y yo sabemos que cierta persona pareciera tener la necesidad patológica de huir cuando se encuentra frente a esta clase de problemas—recalcó, mientras Ash le dedicaba una expresión fastidiada. Blanca ahogó una risilla, al tiempo que golpeaba su frente con el dedo índice—Y mira que puedo diagnosticarte eso sin siquiera cobrarte.
Ash ahogó una risa que era claramente falsa, mientras apartaba su mano de un pequeño golpe.
—Me alegra que dejaras el campo de la psiquiatría. Morirías de hambre si hablaras con tus pacientes como hablas conmigo—espetó, recobrando su sonrisa, aún si su mirada se había fijado en un punto perdido en el suelo—No importa si da miedo...—terminó susurrando, luego de un largo rato en silencio—Yo... creo que siempre lo tendré. Aún si es un poco ¿sabes? —confesó con un suspiro quedo, antes de estirar uno de sus brazos y tomar un pequeño juguete que parecía ser una sonaja—¿Cómo no tenerno?... es una vida... una que puedo ayudar a moldear—masculló, antes de que su mano presionara con más fuerza el pequeño sonajero—o a destruir...
Blanca asintió lentamente.
—Pero...
Animó, ganándose una pequeña risa de labios de Ash.
—Pero es una para la cual quiero estar—terminó sentenciando—No sólo por Griff o por Eiji... sino también por mí...
Blanca se atrevió a fingir sorpresa.
—Oh—Jadeó, cubriendo su boca con una mano—¿Es acaso que Ash al fin se atreve a desear algo para sí mismo?, debí traer mi cámara.
El mentaro solo se elevó de hombros, negándose a seguirle el juego.
—Creo que... me lo merezco—confesó, con coz queda—¿Recuerdas lo que te dije? La última vez que hablamos antes del incidente... que al menos merecía poder pensar en Eiji como mi amigo—Blanca asintió. ¿cómo podría olvidarlo? Recordaba perfectamente como las palabras de Ash en ese momento parecían distar por completo de la sonrisa parsimoniosa que traía. No era una realización reconfortante, ni un regalo. Era una clara muestra de derrota. Ash se estaba rindiendo, y Blanca había creído que él no viviría para ver semejante día—Ahora... ahora quiero más... y—Ash pareció aguantar la respiración—Creo que me merezco el poder ser mi mejor versión para mi familia, aún si me toma mil intentos más.
Blanca no pudo evitar sonreír.
Él conocía de primera mano los sentimientos de codicia y deseo, sin embargo, era la primera vez que le alegraba verlos reflejados en los ojos de alguien más.
—Eso siempre me gustó de ti, ¿sabes?
Dijo entonces, ganándose una expresión de duda, acompañado de un pequeño ¿eh? Proveniente de los labios de Ash.
Blanca no tardó en elaborar.
—Esa seguridad que a veces pareces tener—explicó, mientras se ponía de pie—Es envidiable. Aún si hay cosas que te la pueden quitar en segundos.
Ash frunció el ceño.
—¿Estás intentando halagarme o insultarme? —preguntó, mientras negaba levemente—Contigo nunca puedo saber.
Blanca rió.
—Intento decirte que estoy orgulloso de ti, Ash.
Declaró con simpleza, logrando que el otro alfa le mirase con incredulidad, mientras se quedaba en silencio.
—Además, intento decirte que lo siento...por no haber sido el apoyo que necesitabas cuando nos conocimos.
Ash se apresuró a mover una de sus manos de lado a lado, restándole importancia al asunto.
—Esa no era tu responsabilidad, ¿no? —espetó, mientras sus ojos se enfocaban en los de Blanca—Eras el trabajador de Dino y yo sólo un niño más que no conocías de nada.
Blanca le sostuvo la mirada por un momento, dejando que el verde de sus ojos y lo rubio de su cabello se confundieran con todos que le eran más conocidos, de otro tiempo; de otra vida.
De una que no había podido vivir, pero con la que sí había podido soñar.
—Eras un pequeño que necesitaba protección...y yo un adulto que debió pensar mejor las cosas que hacía.
Espetó, logrando que los ojos de Ash le enfocaran, repletos de duda.
—¿Por qué me dices esas cosas...?
Preguntó, la duda reverberante en su voz, con un tono casi infantil.
Blanca sontió levemente.
—Porque sentí que debía hacerlo... aún si no puedo cambiar el pasado.
Ash pareció intentar recobrar la compostura, riendo ahogadamente.
—¿Acaso vas a morir o algo así, viejo? —preguntó—Es un intento de ganarte el cielo con cariño, ¿o qué?
Blanca ahogó una pequeña risotada, divertido ante los claros intentos de defensa de Ash, mientras negaba.
—Creo que aún tengo unos largos años de vida delante de mi, Ash—aseguró—pero gracias por la preocupación—el mentado bufó, rodando los ojos—Sólo estoy intentando ser más honesto.
—¿Con quién?
Blanca no dudó al responder.
—Conmigo mismo—aseguró, mientras le miraba directamente—Es algo que también aprendí de ti.
Ash pareció tardar un momento en procesar lo que Blanca acababa de decirle, pues, sólo después de unos segundos, finalmente se permitió reir, mientras una de sus manos sostenía su propia frente.
—No sé si es la falta de sueño o qué... pero por un segundo...—masculló, mientras miraba hacia otro lado—Creo que tuve ganas de llorar.
Blanca solo pudo cerras los ojos, mientras inhalaba.
—No es muy honorable dispararle a alguien cuando está de espaldas, ni aprovecharse de alguien cuando claramente está tan cansado como tú—repuso, mientras se acercaba y dejaba que su gran mano acariciara la cabeza de Ash—¿Qué tal si dejamos la conversación para cuando estés más en tus cinco sentidos?
Ash negó, mientras bufaba.
—¿Cuándo has sido tú un hombre honorable?
Preguntó, haciendo que Blanca se elevara de hombros.
—Estoy intentando ser lo que alguien que me amaba creía que era—repuso, recuperando su sonrisa—Y creo que me gusta ser así.
Ash pareció dubitativo entonces, observándole apenas aún desde su posición. Sin embargo, terminó negando levemente mientras se ponía de pie y se ofrecía a acompañarlo hasta la puerta.
Blanca agradeció la cortesía, mientras categóricamente fingía no escuchar los sonidos de bostezos que abandonaban los labios de Ash.
Aun si no pudo evitar sonreir con un poco de sorna, cuando finalmente estuviera más allá del dintel, y sus ojos captaran el momento en el cual Ash parecía pelear con un par de traicioneras lagrimillas que querían escapar de sus ojos, producto del cansancio.
—Esto también te queda muy bien, Ash.
El mentado le regaló una mirada en blanco.
—¿Qué cosa? ¿El no dormir?
Blanca sonrió con gusto.
—El ser feliz.
Yut Lung no sabía exactamente qué esperaba cuando el sonido tímidio de golpeteos en su puerta llegó muy tarde en la noche. A su lado, Sing dormía pacíficamente, luego de una larga tarde de revisar contratos y mercadería. Y, aunque la misma clase de cansancio ya se cernía sobre los hombros de Yut Lung, el prominente vientre que cargaba le evitaba el poder dormir.
No podía esperar para que las siguientes dos semanas pasaran con rapidez. La fecha programada de su cesarea nunca antes había lucido tan lejana. Aún si había sido él mismo quien había solicitado que esperaran todo lo necesario para que ambos bebés estuvieran lo suficientemente desarrollados como para no tener problemas después del nacimiento, aunado a que la posición en la que estaban, uno de cabeza y otro de pies, haría imposible que pudiera dar a luz de la manera habitual.
Eso no debería ser una sorpresa, con lo mucho que les gustaba moverse.
Suspiró entonces, mientras dejaba un pequeño cariño entre los cabellos de Sing, moviéndose fuera de la cama con cuidado y caminando con lentitud hacia la puerta. La abrió con lentitud, notando que la persona al otro lado parecía activamente no mirar al interior, como si temiera encontrarse con una escena que no se suponía estaba hecha para sus ojos.
—Mi señor—le saludaron, con una leve reverencia.
Yut Lung acomodó su bata de noche, notand que ya no cubría su vientre por completo.
—¿Qué pasa?
Su interlocutor pareció dudar un momento, antes de explicarse.
—Ha llegado alguien a verlo.
Yut Lung se permitió lucir sorprendido un momento, sólo para que un par de segundos después, su mente pareciera iluminarse.
A esas horas, sólo podía tratarse de una persona.
Despidió a la muchacha con un asentimiento de cabeza, agradeciéndole con sobriedad. Y, tardó otro minuto en asegurarle que no necesitaba que dejaran entrar a esa persona, ni mucho menos escoltarle a él para poder charlar.
Se acomodó mejor la ropa, sosteniéndose de los largos barandales mientras hacía su camino a la planta baja, tiendo que repetir la misma rutina de explicarse a los guardias en la puerta, cuando les asegurara que prefería salir al jardín, antes de recibir a su invitado en el interior.
Invitado que, por cierto, parecía haber pensado exactamente lo mismo que él.
Pues, cuando finalmente llegó a verle, estaba completamente absorto, viendo lo brillante de la luna.
Blanca giró su rostro en el momento en el cual Yut Lung puso un pie junto a los muy trabajados arbustos, traía una sonrisa calmada, que parecía siempre venir de la mano con su comportamiento habitual.
—No debería salir con este clima, Señor Yut Lung—dijo a manera de saludo, mientras caminaba hacia su dirección, quitándose el abrigo.
El omega elevó una ceja, mientras le sonreía.
—Buenas noches a ti también, Blanca.
Respondió, al tiempo que veía como el alfa comenzaba a colocar su abrigo sobre sus hombros, con lentitud y delicadeza, casi como si esperar que él pudiera apartarse, si decidía que se sentía incómodo.
—Me sorprende que accediera a venir a verme—completó, cuando la prenda hubiera estado por completo sobre su persona. Las grandes manos de Blanca acomodando los lados de la misma para que la embergadura entera de su cuerpo pudiera estar caliente—O que acepte algo de mí.
Yut Lung bufó quedamente, mientras rodaba los ojos.
—A diferencia de lo que puedas creer de mi, Blanca. No es como si te guardara alguna clase de rencor—aseguró, mientras se acomodaba bajo la gruesa capa de tela, agradeciendo la protección contra el frío—Sólo te dije las cosas que creía de ti. Nada mas, nada menos.
Blana le regaló una nueva sonrisa.
—Lo sé—aseguró, mientras asentía—Y creo que realmente no me gustó escuchar nada de eso.
Yut Lung sólo le miró largamente.
—¿Por qué?
Preguntó.
Blanca no tardó en responder.
—Porque sé que es verdad.
Yut Lung solo ahogó una pequeña risa.
—Eso suela pasar...—aseguró, mientras andaba un par de pasos más, sentándose en una de las bancas del jardín—No nos gusta escuchas las cosas desagradables de nosotros, creo que nos hace dar cuenta de lo realmente indeseables que podemos llegar a ser.
Blanca imitó sus pasos, sentándose a su lado.
—¿Lo dices por mí?
Yut Lung frunció la nariz.
—Creo que lo digo por ambos—aseveró, mientras sus brazos se enrollaban alrededos de su figura, intentando mantener aún más el calor—Hay una razón por la cual puedo llevarme tan bien contigo... y es porque sé exactamente la clase de hombre que eres.
Explicó, con sobriedad. Blanca no respondió. En cambio, le dedicó una larga mirada, esperando que continuara.
—Ya sé que debo esperar—puntuó—así que tus apariciones y desapariciones no dolerán. Pues no es como si esperara algo distinto.
Blanca ahogó una pequeña risilla.
—Auch—musitó—Creo que eso me lo he ganado a pulso, ¿no?
Yut Lung se elevó de hombros.
—No te veo negándolo.
Blanca le dedicó una mirada sabida.
—Es porque no me gusta mentir—recalcó—No he sido el mejor acompañanante en ninguna de las etapas de tu vida eh, Yut Lung.
Él sólo pudo volver a elevarse de hombros.
—No—concedió—Pero tampoco has sido el peor. Y durante un tiempo de verdad desee que quisieras estar a mi lado... me sentí realmente feliz cuando accediste a cuidarme...—confesó, con un tono más bajo del que le hubiera gustado—Creo que cuando te busqué aun tenía esa pequeña espina enterrada en mi corazón... Quería tomar cosas tuyas y luego irme. Sin sentir nada. Como quien cierra un ciclo...
—¿Y funcionó?
Yut Lung rió.
—No lo creo—confesó, con un ligero tono de angustia decorando sus palabras—No sirve de nada si mi partida no te rompe el corazón...—aseveró—Tú no eres como yo, Blanca. Tú nunca deseaste que me quedara, y tampoco lo necesitabas... tú no te abriste sobre ninguna clase de secreto, fui yo quien tuvo que escarbar hasta encontrar algo con lo que poder intentar chantajearte...—soltó, como retahíla, encontrándolo exageradamente tragicómico—Nunca fue una relación muy justa, ¿eh? Debí haberlo visto venir.
Blanca pareció pensárselo un momento, sólo para estirar su mano al momento siguiente, acariciando sus cabellos con suavidad.
—Alguien de tu edad no tendría porqué haber estado intentando descifrar las maniobras enrevesadas de la mente de un asesino, Yut Lung.
Él sólo apretó los labios, apartando la mano de Blanca con algo de violencia.
—Pero lo hacía. Y aún ahora lo sigo haciendo...—jadeó—o al menos, intentándolo. Así que Blanca, dame luces. ¿Por qué viniste hasta aquí esta vez?
Preguntó, mientras intentaba endurecer la mirada.
El alfa se quedó en su lugar un largo minuto, sólo para después, y como hubiera hecho hacía tantos años atrás, hincara la rodilla frente a él, observándole con suavidad.
—Creo que sólo quería verte.
Yut Lung sintió su ceño fruncirse.
—¿Por qué...?
Preguntó con un hilo de voz.
—Porque quería ver si habías seguido escogiendo la soledad—se explicó—aún si aquello de lo que te hable hace tantos años finalmente estaba tocando a tu puerta.
Yut Lung y la soledad eran amigos de épodas de antaño. Y, aunque sabía que sus sentimientos de soledad habían sido más fuertes que los de cualquier niño o adolescente de su edad, e intentara huir de ellos llenando su mente de pensamientos y planificaciones necesarias para vengar la muerte de su madre; había una pequeña parte suya que parecía siempre querer aferrarse a esta. A ese dolor que le traía, como prueba irrefutable de que seguía estando vivo. Que, en el gran mar de falsedad y estándares ajenos al cual lo habían intentando moldear, al menos uno de sus sentimientos era real.
Aún cuando durante un tiempo hubiera intentado buscar compañía. Eso que al resto del mundo parecía casi otorgársele regalado, siempre encontraba una manera de terminar saboteándolo. Lo había hecho en su juventud, tomando el camino que sus hermanos hubieran recorrido, aún si ya todos ellos estaban muertos. Y también lo había hecho ahora, mientras sus dedos bloqueaban el número de Sing, ignorando las innumerables llamadas que le hubiera hecho.
O cuando se encargara de hundir en lo más profundo sus sinceros deseos de pedirle que se quedara, optando en cambio por soltar retahílas llenas de doble significado, que estaban hechas más para confundir que cualquier otra cosa.
Con Sing queriendo explicarle sus emociones, y con él simplemente callándolo, optando por soltar todo lo hiriente que pudiera estar en su mente. Como siempre lo hacía. Deseando que, si iba a abandonarlo, lo hiciera de una vez.
Alejar a las personas alimetnaba su soledad.
Y, durante mucho tiempo, esa era la única manera en la que sabía relacionarse con otras personas. Porque prefería la soledad autoimpuesta, al intolerable vacío que se generaba cuando perdías a otra persona. Esa que había sentido cuando le quitaron a su madre. No quería volver a pasar por eso. No quería volver a sentir su corazón destrozarse otra vez. La sola idea era aterradora.
Sin embargo...
Parecía que había una fuerza aún mayor que la del miedo.
Y esa era la de los desoes.
—Bueno...—Musitó entonces, mientras su mirada viajaba del rostro de Blanca hacia una ventana del segundo piso, donde estaba su habitación. La luz de la lámpara de mesa de pronto iluminando el lugar, revelándole que Sing acababa de despertar—Creo que eso debe responder a tu pregunta.
Y, aun si no lo veía, Yut Lung sabía que Blanca estaba sonriendo.
—Creo que sí lo hace.
Ash dejó que su mirada descansara en la ventana un largo rato, mientras se aseguraba que todo estuviera cerrado, asegurándose de que el calor no escapara, mientras lo que quedaba del llanto de Griffin resonaba aún en sus oídos.
Ahogó un bostezo, girando sobre sus talones. En la cama de la habitación, Eiji terminaba de acomodar a su pequeño, quien aún dormido, parecía pelear con las mantas que Eiji colocaba sobre su pequeño cuerpo.
—No sé para qué compramos la cuna—Dijo, mientras avanzaba hacia su lugar—no la ha utilizado ni una sola vez.
Rió, mientras dejaba que su peso hundiera el colchón, acomodándose para terminar de flanquar al bebé.
Eiji hizo un pequeño puchero, mientras un suspiro quedo dejaba la boca de Griffin.
—No me siento tranquilo con él lejos de mis brazos...
Explicó con simpleza, dejando un cándido beso en la frente del cachorro.
Ash sintió su mirada suavizarse.
—Creo que yo tampoco lo estaría—Confesó, mientras dejaba que su mano descansara sobre la cálida barriguita del bebé. Sus ojos enfocados en el rostro de su esposo, quien, así como él, tenía prominentes ojeras y el cabello desordenado—Luces tan cansado mi amor... ¿de verdad no peferías tomar una siesta mientras yo me encargaba de preparar las cosas para mañana?
Eiji frunció los labios, acentuando aún más su puchero.
—Extrañana dormir a tu lado... puedo aguantar unas horas más despierto—aseguró—además, así evito cortar mi sueño para cuando sea hora de amamantar a Griffin durante la noche—explicó, frunciendo la nariz al momento siguiente—¿O qué?—cuestionó, observándole con duda—¿Luzco muy mal?
Ash negó, mientras se estiraba para dejar sendos besos en el rostro de su esposo.
—Luces tan hermoso como siempre—le aseguró, abrazándolo contra su pecho. Griffin lanzó un largo y profundo suspiro, haciendo que Ash se sobresaltara, sólo por un momento—No me olvido de ti... también eres perfecto. —Aseguró, separándose de su marido, para acariciar la mano de su cachorro, quien, ante el estímulo, tomó su mano con fuerza—Tiene un agarre muy fuerte para alguien tan pequeño...
Eiji rió con gracia, acariciando la frente del bebé.
—Es porque sabe que quiere...—aseguró, mientras besaba su temple con dulzura—y no va a dejar que nadie se lo quite, ¿verdad mi amor?
Replicó, endulzando aún más su voz para hablar con su pequeño, aún si este no podía escucharlo.
Ash rió con gracia, mientras negaba.
—Wow, tan pequeño y ya lo sabe, me das envidia, pequeño Griff—remarcó, mientras hacía el ademán de intentar quitarle su mano, sin resultado alguno.
Eiji rodó los ojos.
—No digas esas cosas frente al bebé—masculló, mientras se acurrucaba en la almohada y Ash le imitaba—Está en la mejor edad para existir... libre de prejuicios, de miedos infundados, de preocupaciones impuestas por otros... quisiera que Griffin siempre pudiera vivir así...—soltó, con el tono quedo y contrito—No quiero que nada ni nadie lo limite nunca... no quiero que sienta...
—Lo que alguna vez sentiste tú.
Dijo Ash entonces, interrumpiéndolo.
Los ojos de Eiji se abrieron ligeramente, mirándole con duda.
Ash sólo le regaló una sonrisa sabida, mientras asentía.
—Eres muy transparanete a veces, mi amor.
Eiji suspiró, derrotado.
—Tienes razón...
Ash se estiró un poco, besando sus labios con ternura.
—Yo tampoco quiero que sienta las cosas que yo he sentido...—confesó entonces Ash, mientras sus ojos descansaban sobre la unión de la mano de su hijo y la suya. Maravillándose con la seguridad con la que era dujetado—No quiero que duda que esta mano estará aquí para él, pase el tiempo que pase...suceda lo que suceda—murmuró, dejando que sus ojos viajaran desde Griffin hasta Eiji, quien lo miraba fijamente—Y no sólo para él...—le recordó, haciéndole sonreír—En cuerpo, alma y corazón.
Esiji le sonrió con cariño.
—Oh, Ash...—Musitó, mientras se estiraba, para darle un beso mucho más largo—Yo sé que es así...
Sin embargo, y aunque Eiji le seguía sonriendo, Ash no pudo evitar sentir una ligera presión que intentaba escalar por su estómago.
Tomó aire, intentando darse valor.
—Es que yo...—empezó, intentando no trabarse con las palabras—Quiero que sea algo más que sólo palabras...
Eiji parpadeó, notablemente confundido.
—¿Ash...?
Preguntó, logrando que él ahogara un respiro.
—Eiji...—musitó, alentado por el silencio y oscuridad de la noche. Por el acompasado sonido de la respiración de su recién nacido, por el calor –dulce y reconfortante- que parecía escapar de los cuerpos de las dos personas más importantes en su vida—Quiero... intentarlo...
Confesó, mientras su miradaba viajaba hasta el cuello del muchacho.
Eiji abrió sus labios levemente.
—¿De verdad? —cuestionó—No es algo que tengas que hacer sólo por mí...
Ash sintió su mirada suavizarse, mientras asentía levemente.
—Eso lo sé...—afirmó, mientras se acercaba levemente, dejando que su cuerpo se elevara por sobre el de Eiji, quien casi como reflejo, parecía estirar su cuello, dándole una visión mucho más clara del trozo de piel que Ash estaba buscando. Donde estaba su glándula omega—Pero de verdad quiero intentarlo.... Por favor...
Pidió, con timidez casi infantil.
La sonrisa de Eiji no flaqueó ni por un segundo.
Uno de sus brazos estirándose en su dirección, tomándolo de la espalda, acercándole hacia él.
—Ven aquí...—le dijo entonces, mientras Ash descendia, dejando que sus labios acariciaran la cálida piel del cuello de su esposo—Adelánte...
Ash tragó duro, sintiendo el agrio sabor de su propia saliva.
Respiró profundo, mientras abría la boca con cuidado.
Sus dientes rozaron la piel de Eiji, sintiendo lo suave y cálido que era, debajo de él.
Respiró profundamente, contando metalmente desde el tres. Y, cuando finalmente llegó a uno, presionó con algo de fuerza, desgarrando la piel. Mordiendo a Eiji.
El cuerpo de Eiji tembló ligeramente, un quejo jadeo naciendo y muriendo en sus labios, mientras que el resto de sus músculos parecían tensarse un segundo, para relajarse por entero al siguiente.
Su aroma se alzó, llegando a un pico tal, que Ash podría jurar era capaz de perfumar toda la habitación.
Eso sólo ocurría cuando Eiji estaba feliz.
Su corazón latió con fuerza contra su caja toráxica, y su respiración perdió el compás. La agrura que hubiera estado presente en su boca hacía unos minutos siendo remplazada por la dulzura inconfundible que era el sabor a Eiji. Ese mismo que lo llenaba cuando su aroma característico llegaba a sus fosas nasales.
Podía sentir la escencia de su esposo, viajando desde su cuerpo hasta el propio.
Y, así como la primera vez, notó que era casi como tocar el cielo.
Cuando se separó, sus labios temblaban, así como sus ojos.
Eiji, desde su posición, le observaba con ojos límpidos y sinceros.
—Y...—musitó, con el tono de voz más relajado que le hubiera escuchado en esa semana—¿Cómo se sintió...?
Preguntó, lo suficientemente bajo como para que Ash casi no fuera capaz de captar el ligero tono de miedo en sus palabras.
Miedo a volver a lastimarlo.
Ash apretó los labios, mientras descendía nuevamente, plantando un larguísimo beso en la zona que ahora comenzaba a teñirse de lila.
—Creo que... quiero hacerlo otra vez
Notas finales:
Para mi querida Kitty, porque sus palabras y entendimiento de los personajes me llenan de felicidad.
Podría quejarme una vida entera sobre el final de banana fish –y la gente que ha tenido la mala suerte de escucharme o leerme por chats sabe que lo hago- pero los dos principales factores que nunca terminarán cerrándome es que parece un terrible cierre para el personaje de Ash, alguien que durante toda la obra nos dice que no tiene deseos de morir, pero que tampoco parece haber encontrado aún qué quiere hacer con su vida, más allá de que desearía poder llevar una vida más normal (cosa que a veces ni él mismo cree que sea posible). Capítulos antes reafirma su convicción en no dejar que el mundo lo separe de Eiji, al tiempo que recalca sus deseos de vivir. Su decisión final atenta por completo con todo lo que nos habían construido con anterioridad, dejándome con un sentimiento de vacio que no se termina de ir (luego de llorarle por lo menos una semana) Y, por otro lado quedarse a sólo dejar que la vida se le vaya de las manos nunca me pareció algo poético ni mucho menos, realmente, me pareció increíblemente trágico; ya que tuve la oportunidad de leer por aquí y por allá que era el único final donde Ash podría ser feliz, ya fuera porque siempre viviría perseguido por alguien (real, como la mafia o las pandillas; o metafórico, en forma de sus propios traumas) pero a diferencia de Yut Lung, quien parecía buscar la muerte al no tener un norte en su vida, Ash siempre lo tuvo. Siempre demostró ser alguien resiliente que buscaba algo de felicidad en su vida, a su propia manera. Aunque la parte "racional" de su cabeza le decía que debía alejarse, su corazón siempre lo hacía regresar.
Ash siempre me pareció alguien con muchos deseos de vivir. Me destrozaba por entero que muchos creyeran que la única libertad disponible para él era la de la inexistencia de la muerte.
Y, creo que –al menos para mí- esta frase resume perfectamente lo que pude entender del Ash que logré ver, un hombre que, a pesar de todas las dificultades y vejaciones, siempre encontraba la manera de ponerse de pie. Que, frente a la posibilidad de poder tener la vida que siempre quizo, aún con miedo y con inseguridades, aun con todo el peso de su pasado encima de sus hombros, cuando la posibilidad se le presentase- representado perfectamente con su último intento de correr hacia el aeropuerto- respondería con un: Quiero intentar.
Ah, me puse sentimental, amo mucho esta serie.
Muchisimas gracias por acompañarme en este viaje que ya pronto se acaba, a todos los que hayan llegado hasta aquí, de verdad. Los adoro con todo el corazón ♥
Capítulo final: Por quién doblan las campanas.
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