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De la muerte a la mañana

En medio del caos, del bullicio y de los llantos; Eiji y Ash son capaces de dejar la tempestad que pareció golpearlos sin miramiento alguno. Sin embargo, a veces, lo más aterrador no es la tormenta. Si no el silencio que sigue de esta. Especialmente, si lo que uno esperaba escuchar, era el llanto de un bebé.

Advertencias: Hay menciones sobre partos complicados, bebes que no nacen saludables, y en general muchas cosas que pueden considerarse desagradables para personas que tengan esto como tema delicado. Sé que hay muchas personas que pueden ser sensibles a estos temas médicos, así que, procedan con cuidado por favor.

Max aún podía escucharlo. Resonando como un cadencioso eco en el fondo de sus oídos. Los gritos desesperadamente controlados, si és que eso tenía algún sentido, y no era sólo un tipo de oxímoron con el cual su cerebro había salido intentando darle sentido a lo que acababa de pasar, de los médicos mientras ordenaban al cuantioso personal de la clínica. Fundiéndose a su vez con el sonido del roto llanto de Eiji, quien aún si parecía intentar mantenerse firme en esa situación, no podía hacer otra cosa que no fuera ahogar profundos jadeos y lágrimas copiosas mientras Max lo ayudaba a andar hacia la puerta del departamento, rindiéndose con esa idea tan pronto notara las extensas manchas de sangre que dejaban a su paso.

Max no era un hombre pequeño, bajo ninguna definición de la palabra. Sus años en el ejército le habían curtido lo suficiente como para cargar con pesada municón, con sacos de arena, e incluso –de ser necesario- con el cuerpo de un camarada herido, mientras corría por el campo de batalla, intentando que la vida no se le escapara al compañero herido que llevara a cuestas.

—Adrenalina

Le habría explicado alguna vez uno de los compañeros que –aleatoriamente- había sido elegido como el médico del escuadron, sin más preparación que un par de clases de primeros auxíliso, un botiquín del tamaño de una cartuchera, un par de epinefrinas y anestésicos ocultos en el uniforme y una cruz roja estampada en un fondo blanco pegada en el brazo derecho.

Es la adrenalina lo que hace que puedas hacer eso.

Le había dicho, mientras encendía un cigarrillo que probablemente no debería estar fumando, pero Max dudaba que aún portando el falso título de médico de guerra alguien esperara que un montón de hombros llenos de estrés hasta la coronilla no buscar alguna manera para sacarlo. Para no volverse locos.

Eso es bueno, podrías salvarle la vida a alguien algún día.

Max no había vuelto a sentir esa clase de sensación durante años después de su servicio. No hasta ese momento. En el cual su mente hubiera parecido hacer la conección entre el constante movimiento de Eiji con el aumento del flujo de la sangre que abandonaba su cuerpo.

Max aún podía verlo con claridad, cada que cerraba los ojos.

La mirada de Eiji.

Una tan desesperada y rota, que Max había sentido el alma escapar de su cuerpo durante un par de segundos, siendo replazada por la el vacío y el terror que no recordaba sentir desde sus días en el ejército, o ese corto tiempo encerrado en el hospital para enfermedades mentales que Foxx y sus hombres habían convertido en una cárcel.

Especialmente cuando Eiji, en medio del desastre de lágrimas y jadeas, había podido vocalizar:

Max...—Musitó, mientras su tono temblaba y sus ojos se llenaban de lágrimas nuevamente—Griffin... Griffin ya no se mueve...

La fuerza salió de un lugar que Max aún no podía explicar.

Tomando a Eiji en brazos con una facilidad que, por un momento, Max sintió que su cuerpo no era más pesado que una pluma. Sus pasos fueron larguísimos, maniobrándose a través del departamento y cerrando la puerta como pudiera. Ni siquiera estaba del todo seguro de cómo es que había llegado al asensor. Sólo que, de seguro, había causado un trauma permanente en las personas que allí esperaban, y en las que habían estado dentro del aparato cuando finalmente abriera sus puertas en el piso de Eiji.

Max habría vociferado que tenía una emergencia, mientras escuchaba de fondo a alguien llamando a la ambulancia en medio de gritos desaforados, y agradecía mentalmente pues no tenía manos libres para alcanzar su teléfono celular, que de cualquier manera ya estaba muerto. Max también podía recordar la cara de los vecinos, que le conocían de un saludo como el afable padre del Christopher, el alfa del sexto piso, quienes parecían estar viendo una pesadilla desenvolverse frente a sus ojos.

Bueno. Max la estaba viviendo.

Cuando llegó al primer piso el hombre encargado de la portería parecía ya estar esperando por él. ¿Alguien le habría avisado? Max no tenía tiempo para pensar en ello. En cambio, dejó que el hombre le ayudara, quien parecía hacer gala extrema de esas habilidades casi mágicas de los beta, que siempre parecían saber qué decir y qué hacer en las situaciones más complicadas de la vida. Pues le ayudó a desplazarse hacia afuera, mientras la sirena de la ambulancia podía escucharse hasta afuera. Max recordaba haber murmurado un par de palabras que empezaban con un celular y terminaban con batería, y aún con la inteligible verborrea que le hubiera asaltado en ese momento, su interlocutor parecía haber entendido la idea perfectamente. Pues, mientras él se encargaba de sostener a Eiji con fuerza en sus brazos, mientras le aseguraba entre murmuros que todo iba a estar bien, había sentido algo ser deslizado a su bolsillo, y luego un par de palmadas en su hombro, junto a una voz que le decía que la ambulancia ya estaba en la entrada.

Los paramédicos habían bajado casi como en una secuencia de película. Con movimientos que parecían casi practicados, desarmando la camilla, mientras entre ellos se lanzaban jerga médica que Max no podía entender del todo, para luego mirar en su dirección, pidiéndole que dejara al omega en la camilla.

El corazón de Max había perdido un latido, la parte racional de su cerebro apagándose por lo que parecía un segundo, mientras sus brazos se aferraban al cuerpo de Eiji, que no paraba de tiritar.

Sin embargo, y tan pronto como hubiera ocurrido, la parte más racional de su cerebro; la que le gritaba, con el mismo tono que alguna vez usaran sus comandantes, que Eiji y Griffin estaban en peligro y que esas personas no estaban allí para lastimarlos, le ayudó a regresar a la realidad. Colocó el cuerpo de Eiji con cuidado en la camilla, mientras observaba como era despojado de los brazos de su camiseta, para ser unido a diferentes máquinas y agujas conectadas a diferentes frascos con numeraciones romanas.

Él se había subido a la ambulancia con rapidez después de eso, acomodándose como podía en el reducido espacio, mientras intentaba ignorar los suaves tonos que parecían maldiciones escapar de los labios de los paramédicos.

Si las cosas estaban yendo por mal camino, Max no quería saberlo.

Eso habría hecho que mentirle a Eiji fuera más difícil.

Especialmente luego de que buscara su mirada con la propia, y con la voz tan suave y contrita como el rezo de un penitente, susurrase su nombre.

Max...

Max aún podí escucharlo. Aún con el continuo ruido del mundo a su alrededor.

Su voz.

Su voz suplicante.

Tranquilo, Eiji—Le había dicho él, mientras buscaba su mano y la presionaba con fuerza, intentando trasnmitirle la seguridad que él mismo no sentía—Todo estará bien.

Había dicho, aún si una parte de su mente, una que sonaba demasiado como Ash le decía que era un mentiroso.

No había soltado la mano de Eiji. No lo había hecho hasta que llegaran a la clínica, a una velocidad que Max estaba casi seguro debía calificar como ilegal, por la manera en la que los multiples instrumentos dentro del pequeño espacio que fungía como tópico de emergencia se movían. Su llegada había sido tan intempestuosa como su salida del complejo de departamentos.

Max aún recordaba como habían bajado a Eiji de la ambulancia, con la camilla haciendo demasiado ruido, y con un grupo de gente de blanco corriendo a recibir la emergencia a la puerta, y con al menos una decena de ojos curiosos puestos en ellos. Ojos que reflejaban pena y temor en cantidades iguales.

Max no había podido seguir mucho más allá de ese punto.

Había corrido detrás de ellos, dando los datos que recordaba de Eiji a las enfermeras, quienes le habían pedido ser más exacto. Max agradecería infinitamente haber estado tan pendiente de Griffin entonces, pues hasta antes del incidente no paraba de incordiar a Ash con anuncios del bebé, y que no podía evitar contar los días antes de la semana del terror donde el pequeño pudiera nacer en cualquier momento.

Parecía que con la edad gestacional y el número de controles era suficiente, de momento, aún si le habían pedido, con una voz demasiado tranquila para la situación, que consiguiera todos los papeles que su yerno hubiera tenido de sus consultas previas, ya que ese no era la clínica donde Eiji solía atenderse. Sino un hospital.

La enfermera dio un último asentimiento, antes de cerrar la amplia puerta de la sala de operaciones, dejando sólo a Max en medio de un largo pasillo con un par de bancos y una máquina expendedora.

No habia tardado mucho en buscar el pequeño objeto que el guarda hubiera dejado en su bolsillo, agradeciendo al hombre al notar que era un cargador. Buscó un tomacorriente y lo conectó a su celular, esperando a que la pantalla de encendido le saludara, y una avalancha de llamadas perdidas de Eiji llegaran, junto al sentimiento de culpa más avasallador que alguna vez hubiera sentido, después de enterarse de lo que de verdad había acontecido con Griffin.

No puede ser....

Sintió su estómago doblarse sobre si mismo y una sensación nauseosa le invadió por entero.

Max recordaba haber apretado los labios, en un fútil intento de calmar sus ansias, mientras buscaba el nombre de Jessica y presionaba el botón de llamar.

Él ultimo timbrado estaba a punto de morir, llevándole a buzón de voz, cuando Jessica respondió. Ella sonaba apologética, y parecía estar a punto de decirle algo, pero Max fue más rápido.

No recordaba del todo qué había dicho, con la adrenalina aún danzando en sus venas, haciendo que su boca soltara palabras a una velocidad mayor a la que su mente tenía para producirlas, pero al menos recordaba haber mencionado el hospital donde estaban, los papeles que requerían, dónde estaban, y la condición de Eiji.

Incierta.

Era le mejor manera de describirlo.

Jessica, bendita mujer suya, había logrado entenderle de alguna manera. Asegurándole que iría, tan pronto pudiera.

Finalmente, Max había cortado la llamada, dejando que su cuerpo cayera en una de las bancas que allí se alzaban.

Listo.

Había terminado todo lo que podía hacer.

¿Y ahora qué?

Se preguntó, notándose sólo.

Sólo.

Sólo con sus pensamientos.

Max no sabía cuánto tiempo había pasado. Pudieron haber sido sólo minutos, o un par de horas; pero para él había sido una eternidad. Sentado en la banca como estaba, con sus dedos tamborileando uno contra el otro, mientras su mirada no se alejaba de la gran puerta metálica que se alzaba frente a él.

Hasta que finalmente se había abierto. Max apenas había tenido tiempo de ponerse de pie cuando dos personas habían salido corriendo del lugar, envueltos todavía en lo que parecían trajes quirúrgicos, mientras empujaban un gran depósito de vidrio, que llevaba a un lado un gran tanque de oxígeno.

Intentó seguir su paso, pero no pudo pasar del asensor. No porque estuviera prohibido, o porque no hubiera escaleras que lo llevaran al piso de neonatología. No. Claro que no.

Fue porque su cuerpo se quedó paralizado tan pronto logró ver lo que estaba adentro.

En medio de la cantidad ingente de toallas manchadas por sangre, había un bebé.

Un pequeño bebé que tenía tonalidades azules aún, con un tubo perfectamente introducido en su boca, y algo parecido a un globo siendo presionado por la mano de uno de los doctores, en un ritmo cadencioso que parecía ir de la mano con las palabras que salían de la boca del otro galeno.

"Dos, tres, ventila. Dos, tres, ventila"

La puerta del elevador se cerró entonces, y Max sintió el calor abandonar su cuerpo, mientras las palabras que le hubiera dicho a Eiji en la ambulancia, mientras sostenía su mano con premura.

"Todo va a estar bien"

¿Dios castigaba las mentiras? se preguntó Max.

Max recordaba vagamente que sí, si lo que le habían enseñado en la escuela era verdad. Pero Max no era realmente creyente, no lo había sido desde su época en Irack, donde los rezos parecían no llegar a nadie, y donde el hombre parecía haber dejado muy en claro que, en una tierra donde el gobierne, no hay lugar para algo como Dios.

Y, sin embargo, se encontró a sí mismo regresando a la banca que hubiera ocupado momentos antes, dejando que su cuerpo cayera lo pesado que era, mientras unía sus manos en una silente oración, mientras pedía disculpas por cualquier mal que hubiera podido haber hecho hasta ese momento, por las palabras que había dicho sin pensar, por la vida de su nieto que parecía escapársele sin poder si quiera llegar a iniciar.

Se mantuvo en silencio por muchos minutos, mientras su mente corría con plegarias y promesas, con miedos y arrepentimientos. Siendo despertado del transe sólo cuando la voz de Jessica llegó desde el ot rolado del pasillo, siendo superada sólo por el tono mucho más alto de Michael, quien corría ignorando las señales que llenaban el hospital.

—¡Papá! —gritó su pequeño, haciendo que volteara a verlo, mientras las manos del menor se aferraban a su rostro con miedo, como si buscaran algo en su expresión—Papá, ¡¿Qué pasó?!

Max no pudo responder.

Sintió su expresión flaquear, mientras el rostro de su pequeño se modifícaba, regresando al pasado, convirtiéndose en el pequeño de casi cuatro kilos que había estado a un punto de distociar el parto de su madre. Llenando la sala de partos de su incesante llanto, mientras Max creía que un amor como el que sentía en ese momento, no podría ser replicado jamás.

—Michael...—fue todo lo que pudo musitar, mientras dejaba que sus brazos se envolvieran con fuerza alrededor del cuerpo de su pequeño, quien; tras unos segundos de silencio y confusión, le devolvió el gesto.

—Papá...—murmuró con cariño, apartándose apenas lo suficiente como para que sus miradas se cruzaran.

Jessica finalmente llegó, colocando sus manos una en un hombro de Max, y la otra en el de Michael, mientras les dedicaba una mirada que parecía decir mucho, aún en el silencio. Michael pareció ser el primero en entender el significado.

—Iré por algo caliente para ti, ¿si papá? —le susurró con dulzura que Max no estaba acostumbrada a escuchar de Michael—Vuelvo enseguida.

Max asintió, aún si sus manos parecían renuentes a dejar escapar el abrazo al cual tenía sujeto a su niño, observando con lánguida tristeza cuando la espalda de Michael se perdiera entre la multitud.

Finalmente, se había quedado sólo con su esposa.

Max sintió su garganta cerrarse.

Jessica se sentó junto a él, y las manos de Max no pudieron evitar viajar hasta su teléfono, sosteniéndolo y navegando en él como si fuera lo único importante en el mundo en ese momento. Buscando el número de Ash.

—Max, cariño...

Llamó Jessica entonces, usando el tono más suave que le hubiera conocido en años. Ese que sólo parecía poner cuando se susurraban secretos en la noche.

Max presionó el ícono de llamar, esperando que sonara.

Para sorpresa de nadie, fue directo a buzón de voz.

Max sintió que algo se rompía en su interior.

—Jess...—murmuró, como si su voz se hubiera perdido en algún momento durante esas tormentosas horas—Griffin... él...

Jessica no necesitó que terminara la frase, envolviendo el cuerpo de Max contra su pecho, dejando que se derritiera en su toque.

—Está bien—le aseguró, con una seguridad tal que Max se permitió creer en sus palabras, al menos un momento. Esperó a que el cuerpo de Max se relajara, y cuando finalmente pareciera haber sucedido, continuó—Cuando Michael regrese lo enviaré a casa... no creo que sea bueno que esté aquí de momento—le explicó, mientras su mano recorría su mejilla con cuidado—Tenemos que mantenernos en calma.

Y ya tenemos suficiente contigo.

Completó la mente de Max, haciendo que bajara la cabeza.

—Yo...perdón...

Murmuró.

Jessica negó categóricamente, mientras presionaba sus manos juntas.

—No pidas perdón por tener miedo.

Le susurró, mientras dejaba que sus manos se enredaran una con otras, transmitiéndole el calor que no sabía necesitaba tan desesperadamente. Dejando que el silencio fungiera como silente manto curador sobre su espíritu, hasta que se sintiera nuevamente listo para hablar.

—Era tan pequeño, Jess...—Logró decir, cuando finalmente encontró la fuerza—¿Michael era así de diminuto? No lo recuerdo—apartó su mano de la de su esposa, mientras la abría y cerraba, recordando cómo se había sentido la piel de su hijo recién nacido contra la propia—Él tenía un puño muy fuerte y no dejaba de revolverse...—rememoró—No recuerdo que Griffin se moviera.

Jessica detuvo el carril sin control de sus pensamientos con su respuesta.

—Michael nació gigantesco, Max—le recordó con dulzura—y una semana más tarde de lo esperado. La labor de parto fueron las veinte horas más largas de mi vida, creí que nunca se terminarían.

Max dibujó una sonrisa contrariada, mientras le besaba la mano.

—Fuiste tan valiente.

Jessica le besó la frente.

—Eiji también lo fue.

Max sintió que el corazón se le bajaba a la boca del estómago.

—¿Qué le vamos a decir...? —preguntó entonces, mientras su mirada regresaba el espacio que estaba destinado a la sala de operaciones, y de donde nadie más había salido.

Jessica pareció dudar.

—Aún tenemos un par de horas para pensar...

Terminó ofreciendo, mientras también fijaba su mirada en la misma puerta que Max.

Un par de horas.

Hasta que la anestesia de la cesarea de emergencia terminara de pasar.

Max pudo entender algo cuando la noche ya hubiera caído, y las amables obstetrices les hubieran dicho que ya podían pasar a hablar con su familiar, antes de que fuera hora del cambio de turno y se vieran obligados a salir del ambiente.

Y, eso era, que sin importar la cantidad de tiempo que hubieran tenido, no había manera de darle esa noticia a Eji.

Sin importar cuanto hubieran pensado, mientras él y Jessica andaban de un lado a otro observando como animales de caza la puerta de internación de neonatología, hasta que finalmente un médico hubiera salido del lugar, para con una expresión completamente seria, comenzar a reportar:

El RN Winston-

Griffin—Había cortado Max, casi por reflejo, sintiéndose ligeramente consiente de sí mismo cuando el galeno le dedicara una mirada confundida.

Sin embargo, el médico no tardó en retomar sus palabras.

Griffin—dijo, rectificándose—Está mucho más estable ahora, la intubación parece que no será necesaria.

Max había intentado hacer sentido de la explicación del galeno, realmente había intentado; así como en su momento lo había intentado hacer con el reporte del gineco obstetra que había estado a cargo de la cesarea de Eiji. Y, si en ese primer informe Max sólo había sido capaz de captar palabras dispersas entre sí que iban desde desprendimiento, hasta placenta, sumado a muchas preguntas por la última ecografía del omega, aunado a signos de alarma que Max francamente no podía ni siquiera comenzar a ennumerar, en el de su nieto sólo había podido entender hipoxia y sufrimiento fetal.

Jessica había tenido que llevarlo a un lado luego, para con palabras más simples, explicarle lo que ella misma había entendido de la situación de padre e hijo. Eiji había perdido muchísima sangre, debido a que su placenta se había comenzado a desprender, y eso –en consecuencia- había causado, que el oxígeno que era transferido a su bebé, se viera interrumpido.

Lastimosamente, no podrían ver a su pequeño nieto, no al menos hasta el día siguiente, pues la entrada a la unidad de cuidados intensivos era limitada únicamente a las visitas del medio día, cuando se diera el parte médico.

Y Eiji...

Eiji ya estaba despierto.

—Pueden pasar a verle, si quieren hacerlo.

Fue la voz de una de las obstetrices, que hacía no mucho había salido del ambiente de internamiento donde se quedaban todos los gestantes y puérperas.

Max sintió sus manos temblar, sin embargo, no dejó que la presión de la situación le amilanara. En cambio, respiró profundamente, antes de dedicarle una mirada a Jessica, quien en respuesta presionó su mano con cariño.

Entraron juntos.

Y, Max no pudo haber agradecido más el tener la mano de su esposa envuelta en la suya.

Porque la imagen que le saludó una vez hubiera entrado a la habitación, se sentía completamente alienígena. El rostro de Eiji estaba completamente pálido, y Max sospechaba que se debía a algo más que a la pérdida masiva de sangre.

Su mirada fija en el vacío no tenía brillo alguno, su respiración era acompasada, pero Max temía que se detuviera en el momento menos esperado.

—Eiji...—Llamó con suavidad, mientras veía las múltiples vías conectadas a sus brazos—¿Cómo te sientes?

Eiji no le respondió. En cambio, sólo llevó sus manos hasta su vientre; completamente plano, como si buscara algo. Sin embargo, allí ya no había nada.

—Quiero verlo...

Fue lo que salió de los labios de Eiji, después de un silencio prolongado. Su voz suave y ahogada, ligeramente rasposa sonaba ausente. Como si no estuviera hablando con ellos.

Max sintió su estómago hundirse.

—Aún no podemos, Eiji—intentó explicar, usando la voz más suave que tenía, su mano temblando ligeramente, pero deficiendo finalmente colocrla sobre el hombro de Eiji, acomodando los largos mechones que caían libres por su pecho—Las visitas no están permiditas a esta hora, ¿está bien? —preguntó con lentitud—además...—dijo, mientras su mirada viajaba a la bolsa de sangre que descansaba junto a la cama, aferrado a un soporte; goteando lentamente—Tú también tienes que descansar...

Pero Eiji no le respondió, manteniendo fija su mirada en un punto muerto en la habitación. Girando únicamente hacia su dirección después de unos momentos en pensado silencio, aun sí Max creía que no le estaba mirando a él.

—¿No puedo...?

Preguntó, casi como si él mismo fuera un niño.

Max intentó dibujar una sonrisa conciliadora.

—No hoy, cariño.

Musitó, y pudo ver cómo los labios de Eiji comenzaban a temblar, como una hoja en medio de una tormenta.

—Pero...—Jadeó mientras sus ojos comenzaban a aguarse, con una voz tan rota que Max sintió sus propios ojos comenzar a arder—Pero ni siquiera pude sostenerlo...

Las manos de Eiji temblaron, viajando a cubrir su propio rostro en un fútil intento de detener el llanto.

No fue efectivo.

Y, Max, no por primera vez ese día, sintió que su corazón se rompía.

Sing recordaba el sonido de las sirenas que traían las patrullas.

Era uno que había escuchado desde que fuera pequeño, intentando ignorar el incesante aullido con las luces rojas y azules que a veces se dejaban escuchar en la madrugada cerca de su hogar, mientras se giraba en la cama y cubría su rostro con las cobijas intentando que los potentes remanentes de luz no arruinaran su descanso.

Y, también, había sido compañero suyo durante sus años como pandillero, fungiendo como clara señal de escape. Sing era rápido, cualidad potenciada por su contextura, delgada por naturaleza. Así que, con orgullo, podía jactarse de que tenía un record casi completamente limpio de victorias contra los vehículos de la ley, habiendo sido capturado únicamente tras la batalla de Arthur y Ash, aún si él no había hecho nada.

Record que se había mantenido intacto hasta ese día.

Cuando al fin, regresando a sus sentidos, tanto él como Ash hubieran puesto atención a sus alrededores fueron alertados por el sonido de las sirenas acercándose con rapidez, tardando un segundo de más para notar que, a quienes buscaban, era probablemente a ellos- gracias al sonido de vehículos deteniéndose justo fuera del edificio.

—Mierda.

Murmuró Sing, poniéndose de pie raudamente, observando a su alrededor y tratando de encontrar una manera de salir de allí sin ser visto.

Ash, por su parte, fue mucho más rápido. Tomando sus cosas con rapidez y rompiendo la única ventana que daba hacia el exterior, saliendo de allí con una velocidad que Sing creía que ya no tenía.

Él- bueno, no tuvo tanta suerte. Pues antes de poder seguir el ejemplo del otro alfa, la puerta ya había sido abierta de un fuerte gole y al coro de altas voces que vociferaban.

¡Manos en alto, policía!

Sing suponía que la resistencia que él mismo había puesto a su arresto tenía que ver con el caldo hormonal que aún sentía bullir en sus venas. Uno que, de no tener control, le hubiera hecho gruñirles a los oficiales que se apresuraron a retenerlo. Sin embargo, Sing no era tonto. Y sabía qué pasaba con los que eran acusados de desacato a la autoridad, especialmente si eran alfas.

Su cuerpo ya había recibido suficiente castigo físico por lo que quedaba de mes.

Avanzó a paso lento, respirando profundamente y apretando los dientes mientras les aseguraba que no había hecho nada, aún si las lesiones en su rostro y apariencia en general gritaban a todas luces que acababa de salir de una pelea. Los efectivos de la ley hicieron caso omiso a sus quejas, aplicando mayor fuerza para llevarlo hacia la patrulla, observándolo con expresiones tales que Sing sintió deseos de responder a las afrentas con un buen gruñido, aún si eso le ganaba alguna clase de cargo extra.

Sonido que ya estaba naciendo desde el fondo de su garganta.

Sonido que sólo se detuvo cuando por el rabillo del ojo pudo ver que otro grupo de uniformados traían a alguien más, maniatado por esposas, justo como él.

Habían atrapado a Ash.

Pero eso no era lo que había detenido a Sing. No. Aún con todo el mistisismo construido con los años alrededor de la imagen de el Ash Lynx de Nueva York, Sing sabía que el alfa había tenido su justo tiempo de estancia en correccionales juveniles y en la cárcel. No era para nada infalible, aún si cada vez que salía de uno de estos encierros parecía mucho más curtido y lejano, como la clase de comentarios que uno escuchaba de hombres y mujeres cuando se referían a las cárceles como centros de entrenamiento y refinación para delincuentes, antes que los supuestos centros de re integración social como los que solían venderse.

No.

Lo que detuvo a Sing fue lo que vio reflejado en el rostro de Ash.

Era una expresión completamente desoladora.

Una que nunca había visto impresa en sus facciones. Una que, parecía, casi completamente alienígena al concepto de Ash que Sing alguna vez hubiera concevido en su mente.

Como si fuera una persona completamente diferente.

Como si algo fundamental, profundamente personal, se hubiera roto en su interior.

Sing dejó de forcejear.

—A... ¿Chris?

Preguntó, obligándose a sí mismo a recordar el nombre falso que ahora ostentaba.

No hubo respuesta, más que un nuevo empujón por parte de uno de los policías, haciéndole entrar al interior de la patrulla.

Sing intentó enfocar la imagen de Ash a través del vidrio, observando como le hablaban y acusaban, haciendo preguntas que él no parecía dispuesto a responder.

Sing había visto a Ash resistirse a la autoridad antes. A responder, a gruñir, a defenderse.

Pero esta vez, no había nada.

Ni siquiera una señal de reconocimiento.

Los policías parecieron haberse rendido intentando sacar alguna clase de respuesta del muchacho, optando por enviarlo al interior del vehículo, donde él también estaba.

Sing no pudo decir nada en todo el camino hacia la estación. Incapaz de poner en palabras el caudal de pensamientos que azotaba su mente en ese momento. Pero, y aunque hubiera podido, dudaba que Ash le hubiera respondido.

Después de todo, parecía casi envuelto en un transe. Uno que había durado todo el viaje, y que se había mantenido incluso cuando el comisario a cargo de del lugar les hubiera pedido sus identificaciones. Cosa que ni Ash ni Sing traían encima.

Sing siempre agradecería recordar su número de seguridad social, y que allí tuvieran el tino de preguntarla a él por el nombre de su mudo compañero, quien ni siquiera bajo la amenaza cargos añadidos parecía dispuesto a emitir sonido alguno.

Aterrador.

Pensó entonces, intentando encontrar sentido al repentino cambio de actitud, optando por imitarle y guardar silencio, haciendo gala del tan famoso tiene derecho a guardar silencio, que le habían repetido como si de un discurso grabado se tratase tanto a él como a Ash.

Los sentaron en un largo banco, mientras esperaban; y Sing pudo escuchar a uno de los guardias murmurar perros, bajo su aliento, siendo necesario el amago de toda su fuerza de voluntad para no devolver alguna clase de puya con el mismo tono.

Finalmente, llegaron dos hombres enfundados en gabardinas, que traían gruesos folios en las manos, y tras examinarlos de arriba abajo pasaron a diferentes ambientes, donde al parece; se les tomaría la declaración de los hechos.

Sing ya sentía su cabeza latir, signo inequívoco de una futura migraña.

El primero en ser llevado al interior del cuarto fue Ash, a quien Sing seguía con la mirada. Su andar era lánguido, y la manera en la que le llevaban, aun habiendo soltado sus muñecas, parecía más como si alguien manipulara a un muñeco de trapo, y no a una persona.

Sing sintió su estómago atarse sobre sí mismo.

—¡Chris!—llamó entonces, ignorando las miradas increpantes de los policías—¡Christopher!

Pero Ash ni siquiera se dio por aludido.

Una mano se tensó sobre su hombro. Uno de los hombres que acababa de llegar le regaló una sonrisa conciliadora, intentando mostrarle la mejor cara de un beta, la de la mediación.

—Señor Soo Ling—le dijo, mientras abría otra puerta, y hacía una señal con la mano—Pase, por favor.

Sing suspiró. Derrotado.

Lo sentaron en frente a una larga mesa, donde dos oficiales le flanqueaban por la espalda, liberándole de las esposas y colocando un gran grupo de formatos frente a él. Contaron todos los objetos que traía en sus bolsillos, separándolos en una caja, confirmando con él la presencia de todos ellos. Después, le leyeron una extensa introducción donde se le explicaba qué artículo del código penal había violado. Sing estaba acostumbrado a vivir bajo los estereotipos de los alfa, pero saber que un enfrentamiento callejero entre dos de su casta estaba amparado bajo la misma ley que castigaba delitos como disturbios, seguía haciendo que su mandibula quisiera caer –al menos un par de centímetros- hacia el suelo, para luego, finalmente pedirle que narrara todos los hechos acontecidos esa tarde.

Sing sintió sus labios temblar, pensando en Ash en la habitación contigua, incapaz de creer que él pudiera brindarles alguna clase de información, intentó hacer algo que había aprendido hacía mucho. Las mejores mentiras, son aquellas que tienen mucho de verdad en ellas. Ya que, y con el giro de tuerca justo, su historia sonaba más como una pelea pasional por cosa de un omega que ya tenía un crompromiso, algo lo suficientemente común como para evitarse mayores investigaciones, ya que el omega en cuestión no se había visto envuelto en ninguna clase de acto violento.

Sing podía sentir las miradas clavándose en su nuca, juzgando. Pero si podía manejar la narrativa, iba a tomar la oportunidad.

Para darle crédito al beta frente a él, ni siquiera cambió su expresión cuando Sing se pintó a sí mismo como una especie de intento de rompe hogares, asintiendo únicamente después de cada pregunta, y escribiendo con rapidez mientras más se acercaran al final del documento. Coronando la última sección de la entrevista con una pregunta de protocolo, ¿Desea usted acaso presentar cargos? Y ¿Desea pasar por la evaluación del médico legista? Sing negó categóricamente a ambas, aunque no por eso pudo escapar del protocolar examen hormonal, por el cual al parecer le hacían pasar a cualquier clase de convicto que fuera alfa.

Le indicaron, también, que deberían pasar esa noche en la comisaría; pues el fiscal de turno que debería revisar su caso se encontraba ocupado con una cuantiosa cantidad de trabajo.

Un par de formalidades más, un par de firmas y huellas digitales, y Sing ya estaba listo para ser llevado a la celda que fungiría como su habitación esa noche.

Caminó con lentitud, mientras suspiraba.

—No armen más escándalo por esta noche.

Fue lo último que sentenció el guardia, antes de cerrar los barrotes con llave. Y, sólo gracias a eso, Sing pudo saber que, junto a él, en la celda que no había llegado a ver, Ash ya se encontraba.

Sing sintió su cuerpo tensarse nuevamente. Asintiendo a nadie en particular, recibiendo un murmullo apreciativo, antes de que el guardia los dejara solos.

No había nadie más encerrado esa noche.

Sing tomó valor.

—...¿Ash?

Tentó llamándole, mientras dejaba que su cuerpo adoloriso se recostara contra una de las delgadas paredes de su celda.

Nuevamente, no hubo respuesta.

Sing ahogó un suspiro, mientras desordenaba su cabello.

Abrió los labios nuevamente, aun si no estaba del todo seguro de qué decir, cuando un suave murmullo llegó hasta sus oídos.

Era Ash.

—Lo arruiné.

Le escuchó murmurar; con un tono tan suave que Sing estaba seguro de que se quebraría en cualquier momento.

—Lo arruiné...

Volvió a repetir y aunque Sing estaba casi completamente seguro de que no estaba hablando con él, se sintió en la necesidad de consolarle.

—Oye...—le murmuró, intentando sonar conciliador—Tranquilo. Mañana podremos llamar a Max y, no sé—rascó su mejilla, con algo de pena—sé que nos dará un largo sermón, pero de seguro nos ayudará a salir de aquí rápido.

Sólo necesitaba ponerlos en contacto con algún abogado, ya que ninguno de los dos tenía tiempo para esperar el tener que lidiar con un defensor público.

Pero Ash continuó con su mutismo, manteniendo el silencio que les hubiera rodeado con anterioridad, haciendo que Sing comenzar a sentirse ansioso, mientras intentaba buscar alguna otra cosa que pudiera decirle, que lograra sacar alguna reacción del otro muchacho.

O, al menos, eso había intentado.

Hasta que un nuevo y quedo sonido llenara el ambiente.

Uno que Sing también conocía muy bien.

Uno que sonaba como llanto.

Sing sintió su garganta cerrarse, incapaz de pensar en algo más por lo que quedara de la noche y madrugada, acurrucándose sobre sí mismo en la tarima que fungía como cama, mientras intentaba acallar el sonido de los sollozos de Ash.

De alguna manera, mucho más aterrado por estar frente a ese lado del lince, despojado de cualquier clase de barrera; que del que parecía estar listo para matarlo a golpes, tan sólo un par de horas antes.

Cuando Eiji volvió a abrir los ojos, se encontró sólo en una habitación con la cama del lado vacía. El sonido continuo de las máquinas, robótico y cadencioso, le recordó vagamente a su anterior estancia hospitalaria. Su brazo dolía, su cuerpo se sentía helado, y sólo un par de rayos de luz que le decían que acababa de amanecer fungían como iluminación.

Le tomó un par de segundos para regresar en sí por completo, intentando usar sus palmas para elevarse en la cama.

Todo su cuerpo dolía. Gritaba, ardía.

Su vientre, que hasta ese momento se había sentido como un gran bloque de nada, probablemente por la anestesia que recorría su sistema, parecía ya listo para hacer notar su existencia.

El corte que le habían hecho haciéndose notar con punzantes y constantes golpes, como si mil agujas de diferentes tamaños se incrustaran contra su piel, recordándole que le acababan de arrancar algo de su interior.

Eiji recordaba vagamente que en la tarde una de las obstetras le había dicho que necesitaba intentar comenzar a caminar tan pronto pudiera, que sería bueno para su mejoría, y eliminar los últimos rastros de sangre que quedaran en su interior. Eiji, en el estado catatónico en el que se encontraba, había tomado eso como una orden. Empujándose a sí mismo fuera de la cama y poniéndose de pie casi como si de un autómata se tratase.

Esa no había sido la mejor de las acciones, entendió luego; por el juego de expresiones que los presentes en la habitación le dedicaron. Con la obstetra asegurándole que podía esperar al menos hasta el día siguiente, y con Max y Jessica apresurándose para regresarlo a su posición en la cama, mientras le cuestionaban en mil tonos diferentes si no le dolía.

¿Dolía?

Recordaba haber pensado Eiji.

¿Se supone que debe dolerme a mí?

Y, por algún motivo, esas palabras parecían no haber hecho sentido en su mente en ese momento.

No era él quien había sido arrancado de su cálido y seguro lugar de descanso, arrojado al helado mundo sin nadie a quien aferrarse. Incapaz de si quiera poder respirar por sí mismo. Sin la fuerza necesaria para poder llorar.

Sin embargo, ahora creía entenderlo.

Pues su intento de sentarse se vio detenido por el inminente dolor que le invadió, haciendo que sintiera que sus órganos podrían caer por su vientr en cualquier momento. Cualquier clase de fuerza que los hubiera mantenidos unidos a su cuerpo perdida por completo, tan endeble que hasta un fuerte respirar podría romper los puntos con los cuales lo habían unido.

Su agarre en el colchón cedió, logrando que su cuerpo se golpeara contra el colchón, haciendo que sus brazos se quejaran con fuertes punzones por la falta de cuidado que estaba teniendo.

Chasqueó la lengua suavemente, llevando sus manos hasta su pecho, masajeando con cuidado el lugar donde la vía descansaba.

Había sangre regresando.

—Eh...

Murmuró quedamente.

Cierto.

Le habían dicho que cuidara su vía.

Cuidara.

Ha.

Como si Eiji fuera capaz de eso.

Parecía que, y que como con la gran mayoría de cosas en su vida, realmente no podía cumplir con las expectativas que tenían para él, aún si intentaba convencerse de que estas no existían en primer lugar.

Y, casí como si de una señal divina se tratase, una nueva clase de dolor azotó el cuerpo de Eiji. Oculto en lo profundo de su vientre, imitando algo que él ya había sentido varias horas antes.

Contracciones.

Ahogó un jadeo profundo, mientras se doblaba sobre sí mismo.

Entonces pasó.

Lo mismo que aquella tarde.

Algo caía por entre sus piernas.

Estaba seguro de que era sangre.

De la misma manera que había ocurrido el baño, cuando las manchas de color rojo oscuros se hubieran convertido en prominentes coágulos, que no paraban de caer, uno detrás de otro, incapaces de detenerse sin importar lo que Eiji hiciera. Su vientre haciéndose completamente duro, quitándole el aire, evitándole el poder moverse, o tan siquiera respirar.

Había intentado avanzar por el piso, realmente lo había intentado. Temblando cada vez que notara que, con cada movimiento, más sangre parecía abandonar su cuerpo. Tomando su teléfono con manos temblorosas, mientras sus dedos marcaban el número de Ash casi como un acto reflejo, deteniéndose en el actó sólo cuando la parte más racional de su mente le gritaba que nadie le respondería.

Había tragado duro, apretando los labios y optando por Sing, pero su teléfono sonaba apagado. Había intentado con Max, con la misma respuesta.

Se había sentido como una pesadilla.

Como esas que a veces tenía, y de las cuales sólo despertaba tras un silencioso grito, encontrándose sudoroso y acostado en su cama, junto a su esposo.

En momento así, se recordaba que debía respirar. Respirar y tranquilizarse.

Giraba sobre sí mismo y dejaba que sus ojos enfocaran el rostro durmiente de Ash. Su esposo siempre había sido su ancla a la realidad. Su pequeño pedazo de tranquilidad en medio de la sosobra. Acunándose a su cuerpo, sólo para sentir que, aún entre sueños, los brazos de Ash le buscaban, aferrándolo a su cuerpo. Recordándole que lo que veía en sueños no eran más que imágenes falsas, y que a su lado, nada de eso ser haría realidad.

Una nueva oleada de dolor le había devuelto a la realidad en ese momento.

Recordándole que estaba despierto. Que esa era su vida ahora. Que Ash no estaba a su lado.

Que había desaparecido, sin rumbo aparente.

Sus manos se habían presionado contra las teclas, incapaz de marcar cualquier otro número, sintiendo el ardor invadir sus ojos, señal inequívoca del llanto que se avecinaba.

Eso no podía estarle pasando. No.

Los omegas estaban hechos para tener hijos, se lo habían recalcado de mil maneras diferentes. En la escuela, con sus clases de salud. En su hogar, con el cambio de mirada y trato de sus padres. Con Dino y la manera despectiva y déspota en la que lo había descrito, mientras se preguntaba si Ash había cedido finalmente a su instinto biológico para tener a un inútil como él tan queridamente a su lado.

Los omegas estaban hechos para esto.

Pero entonces-

¿Por qué él?

¿Por qué su bebé?

Eran las preguntas que resonaban en su mente cuando Max lo encontró. Y, que se siguieron repitiendo durante el viaje al hospital, cuando las manos de los médicos lo movieran de la camilla, cuando sus piernas temblantes parecieran quedarse sin fuerza suficiente como para mantenerse cerradas, cuando sus extremidades comenzaran a enfriarse, y escuchara a uno de los doctores maldecir con demasiada claridad, mientras buscaban desesperadamente en su brazo, pues al parecer había perdido tanta sangre que era difícil encontrar lugar donde canalizarle.

Habían seguido allí cuando le hubieran pedido que se doblara sobre sí mismo, ingresando una gruesa y larga aguja en su espalda, pero Eiji no tenía fuerza suficiente como para quejarse. Así como tampoco la había tenido cuando pudo sentir como manipulaban su cuerpo, alando, abriendo, retirando. Dejándole vacío.

Sus ojos estaban nublados, la mascarilla de oxígeno que en algún momento había terminado firmemente aferrada a su rostro evitando que tuviera visión completa de lo que ocurría. Pero había algo que sí había reconocer.

Era imposible no hacerlo.

Había soñado con eso infinidad de veces en esos últimos meses.

Con los pequeños pies de su bebé.

Aún si en sus sueños eran rosados, y estaban continuamente moviéndose, mientras una contagiosa risa llenaba el ambiente.

Sin embargo, así como muchas otras cosas, sus sueños rara vez imitaban a su realidad.

Pues la tonalidad azulada que recorría el cuerpo de su pequeño no era algo que hubiera podido imaginar jamás.

Así como tampoco el atroz silencio.

Eiji siempre sentía que el corazón le dolía cuando las personas que amaban lloraban. Empero, en ese momento, habría dado cualquier cosa por escuchar a su pequeño hacerlo.

Lagrimas traicioneras cayeron por uno de sus ojos. Sus labios temblaron, y con la poca fuerza que aún tenía, musitó.

—Quiero verlo...

Su quejido, quizá demasiado bajo, fue escuchado sólo por uno de los presentes en la habitación. Uno de los médicos, que lucía quizá aún demasiado joven para estar allí, pues la falta de experiencia le impedía mantenerse por completo ajena a lo que pasaba.

Eiji lo supo, porque al verle a los ojos, lo que le devolvieron fue una profunda pena. Un asentimiento leve de cabeza, y el suave tacto de una mano enguantada, que con cuidado, limpió las lágrimas que caían por su cara.

El neonatólogo debe llevárselo, ¿está bien?

Le había dicho y Eiji apenas había sido capaz de seguir el camino que otras dos personas hacían fuera del quirófano, llevándose a su hijo con ellos.

Todo va a estar bien.

Escuchó, de la misma manera en la que había escuchado a Max prometérselo hacía sólo unas horas.

Y, como en ese momento, Eiji no sabía si se lo decían a él o a ellos mismos.

El temblor de su pecho le regresó a la realidad. Donde renovadas y gruesas lágrimas caían por sus ojos, incapaces de detenerse.

Se sentía tan...vacío.

Sus labios temblaron, enviando corrientes de frío a todo su cuerpo, incapaz de detener el temblor generalizado que le invadió.

Quería regresar a ese pequeño espacio en su departamento, donde algo tan simple como un abrazo parecía ser capaz de alejar cualquier mal sentimiento que se atreviera a irrumpir en su tranquilidad.

Quería regresar a su lugar seguro, aparado del mundo.

Quería regresar a los brazos de su esposo.

Sus brazos se envolvieron a su alrededor, intentando imitar la sensación, de manera inútil.

Se sentía tan sólo.

Se sentía tan miserable.

—Griffin...

Rogó, recordando las noches que había pasado en vela, preguntándose dónde podría estar Ash, mientras se aseguraba a sí mismo al sentir los movimientos de su bebé, prometiéndole que sería fuerte por él, que sería fuerte por ambos.

Pero no pudo.

No pudo cuidarle.

—Por favor....

Pidió al vacío, rogando entre silentes sollozos que alguien lo sostuviera, que le aseguraran que nada malo iba a pasar, que todo iba a estar bien. Aún si la parte más racional de su cerebro, esa que cada vez comenzaba a sonar más como el Eiji de la escuela secundaria, que había entendido que algo definitivamente había cambiado en su vida tan pronto se hubiera presentado con la casta de omega, le asegurara que ese no iba a ser el caso.

Y que él lo sabía.

—Por favor... no me dejen...

El sonido de alguien golpeando contra los barrotes de su celda logró que Sing se despertara. En algún momento de la madrugada el sueño había podido con él, y su cuerpo gritaba pidiendo un buen lugar de descanso. Sin embargo, al parecer no iba a tener tiempo para eso.

—Salgan—fue toda la explicación que les dio el guardia, mirándolos a ambos.

Sing frotó su rostro con la base de su mano, mientras intentaba hacer sentido de dónde se encontraba, y qué acababa de pasar.

—¿Qué pasó...?

Masculló, haciendo que el guardia suspirara cansinamente.

—Parece que alguien ya hizo todo el trabajo duro por ustedes—masculló, mientras Sing sentía la mirada penetrante del policía sobre su persona—Vaya que tienen buena suerte.

Sing aún no terminaba de entender qué era lo que había ocurrido, cuando ya lo estaban escoltando hacia el exterior, junto a un Ash que parecía igual de patidifuso que él. Los llevaron a la misma habitación que el día anterior, con una persona que parecía tener casi nulos deseos de atenderle, por la lentitud con la que redactaba los documentos que al parecer necesitaba.

Sing ya no podía con la incertidumbre.

—Disculpe...—Murmuró, luego de un largo momento de silencio, haciendo que su interlocutor elevara la mirada de su escrito—¿Qué está pasando aquí?

—Oh—exclamó el oficial—Su abogado ya se encargó de todo.

Explicó con simpleza. Y, Sing agradecería mentalmente después, que el servidor público pareciera tan paciente como para detenerse a explicarle que, al parecer, un abogado había sido contactado con rapidez en su nombre –y el de Ash- encargándose de todos los ires y venires legales, que al parecer se resumían en el pago de una cuantiosa cantidad de dinero, al no haber habido algún tercero herido, y una larga amonestación.

Sing apenas había terminado de asimilar esa información, cuando al parecer todo el papelo ya estaba listo. Su mirada viajó al reloj de pared que descansaba en la habitación.

Nueve de la mañana.

Fue escoltado por los mismos guardias del día anterior, quienes ahora hacían menos para ocultar la clara expresión de rechazo que su situación les provocaba. Empero, Sing no tuvo tiempo de reparar en ese detalle mucho tiempo pues, así como le habían escoltado a la salida, también lo habían hecho con Ash. Terminando con su trabajo con una facilidad tal, que Sing casi había tenido deseos de preguntar, pasmado, si de verdad eso era todo.

Casi.

Pues su conciencia fue traída a la realidad por la presencia de Ash.

Nada de lo ominoso que le hubiera rodeado el día de ayer, mientras le esperaba en el dintel de su puerta, quedaba. Cualquier rastro de presencia siendo abandonado por una capa de incertidumbre que parecía ser incapaz de dejar sus facciones.

Estaba completamente en shock.

Era la mejor manera que Sing tenía para describirlo.

—Ash...

Intentó llamarle, cuando al fin hubiera sentido que encontraba su voz. Sin embargo, el mentado no le hizo caso. Girando sobre sus talones y comenzando a caminar con dirección desconocida.

Sing sintió la ira volver a nacer en su pecho, deseoso de gritarle que regresara a casa. Empero, y quizá sintiendo su intención, Ash se giró una última vez, dedicándole una larga mirada.

—Sing...—murmuró—Perdón.

Sing no pudo decir nada ante eso.

No luego de ver el rostro que le regalaba, uno que parecía increíblemente... vacío.

No se sintió con el derecho de hacerlo, o de que si quiera fuera una buena idea pedirle que volviera en ese estado.

En cambio, respiró hondo, estirando sus músculos y emprendiendo el camino de la derrota en la dirección contraria, donde por el rabillo del ojo, pudo notar un auto que ya conocía bien para ese punto.

Antes de que pudiera hacerlo, Blanca abrió la puerta por él, mientras le regalaba una sonrisa que parecía intentar ser conciliadora. Sing volvió a suspirar, mientras murmuraba un escueto agradecidimiento y ocupaba su lugar en el asiento del copiloto.

—¿No vas a seguirlo?

Le preguntó entonces Blanca, perfectamente acomodado en su lugar, mientras barajeaba lo que Sing sólo podía suponer eran los arreglos que habían hecho que él y Ash salieran tan rápido del lugar.

Se tomó su tiempo para contestar, mientras buscaba su teléfono en el fondo de su chaqueta.

Estaba muerto.

Era de esperarse.

—No creo que sea lo más inteligente de hacer ahora—explicó con simpleza, mientras su mirada se perdía en lo negro de la pantalla, donde su reflejo le devolvía la mirada. Lucía horrible—¿O tú lo crees?

Blanca pareció meditarlo un segundo, mientras dejaba los folios a un lado, y buscaba algo en una bolsa.

—No. No lo creo—Aseguró, como si de un hecho se tratara—Ten—Continuó entonces, ofreciéndole un parche helado que Sing tomó con premura, colocándolo contra su mejilla más adolorida.

—Gracias.

Masculló, haciendo que Blanca riera levemente.

—Estás hecho un desastre—recalcó, como si fuera necesario—Pero al menos estás entero. ¿Puedo preguntar qué pasó?

Sing rodó los ojos.

—Peleamos, a puños—explicó, con particular lentitud—¿Qué esperabas?

Blanca no tardó en responder.

—¿Francamente? Que lograras atravesar su cabeza dura con palabras que yo no creo tener—le dijo, sincerándose, mientras su sonrisa languidecía y Sing, por primera vez, parecía ser capaz de ver la mella que los años parecían haber hecho en el rostro de Blanca. La experiencia y el cansancio que venían de la mano con la edad, siendo reflejados en los pliegues que descansaban bajo sus ojos, y en las líneas de expresión que surcaban su frente—Pero los puños eran la segunda opción en mi cabeza—repuso, igual de rápido, regresando a su semblante habitual—Ash suele entender mejor si estos están metidos en la misma ecuación.

Sing no podía estar más de acuerdo. Pero Blanca tenía más para decirle.

—Pero...—razonó, mientras se acercaba un poco más a su rostro, obsevandole con cuidado casi clínico—Parece que hubo más que puños allí—comentó, mientras Sing afilaba la mirada—Y los puños de Ash no son lo que más lastima de él.

Sing ahogó un suspiro.

No había caso en ocultar la verdad.

—Dijo algo que me hizo...—ofreció, mientras su mente parecía intentar buscar la palabra correcta para describirlo—pensar.

Blanca elevó una ceja.

—¿Sí? ¿Sobre qué?

Sing asintió.

—Sobre lo que quiero....

Explicó con simpleza, para después quedarse en silencio. Blanca tardó un momento en poder continuar.

—Ash suele tener ese efecto en las personas—razonó, mientras reía—aunque dudo que sea algo que haga de manera voluntaria. Pero vaya que puede resultar útil cuando lo hace...

Sopesó, al parecer, perdido en sus propias cavilaciones.

Sing sólo asintió con suavidad.

—¿Y? —Le preguntó entonces Blanca—¿Qué fue lo que descubriste?

Sing apretó los labios, sintiendo su garganta cerrarse por un momento.

Abandonar antes de que te tacharan como alguien no deseado. Sí. Sing podía empatizar con ese concepto.

Sin embargo, había algo con lo que no podía.

Con el renunciar, especialmente si creía que esas palabras habían nacido de un deseo falso. Del miedo, antes que de la honestidad.

Sing ya había visto mucho de eso, después de todo.

—Quiero volver a ver a Yut Lung-

Sentenció entonces, con seguridad.

La sonrisa de Blanca no cambió en lo más mínimo.

—Hmm... pero estoy casi seguro de que esto ya lo sabías, ¿no es así?—preguntó, aunque su tono dejaba en claro que ya sabía la respuesta—¿O es que acaso no has estado rondando su casa últimamente?

Sing sintió su rostro colorearse, al tiempo que bufaba; haciendo de menos el comentario.

—No es sólo eso...—aseguró. Mientras parte de él se preguntaba si su cuerpo aún podría aguantar una sesión de golpes con el hombre que tenía junto a él, aún si los deseos de poder al menos conectar un derechazo contra su mejilla habían casi desaparecido—Es que Yut Lung... él me dijo...

Blanca le ayudó a salir del pequeño vache que parecía haberse encontrado.

—¿Él te dijo?

Sing dejó escapar su aliento.

—Me dijo que tú eras el padre.

El rostro de Blanca cambió entonces.

Aún si sólo fue por una fracción de segundo. La confianza que siempre parecía transmitir perdida, siendo remplazada por genuina sorpresa, y; si Sing se atrevía a adivinar, quizá algo de confusión.

—Oh...

Fue la elocuente respuesta de Blanca.

Sing rió para sus adentros.

Al menos había sido capaz de dejarle sin habla.

—Exacto...

Murmuró, recordabando ese día. Cómo es que la realidad que Sing había construido en su cabeza había caído, como si de un castillo de naipes se tratase. Con demasiada facilidad.

—Yut Lung puede ser una persona realmente hiriente—Le explicó, aunque Sing sabía eso perfectamente—Y sabe exactamente dónde golpear. No lo subestimes cuando quiere destrozar a alguien.

Sing habría podido reir, pero encontró con que no tenía fuerzas para ello. En cambio, asintió, dejando que Blanca continuara.

—Pero en honor a la verdad, no sabemos si realmente soy el padre.

Sing le dedicó una mirada incrédula.

—¿Y no debería ser algo que te interesara saber?

Cuestionó, mientras su rostro se deformaba entre la gracia mal sana y la confusión.

Blanca pareció pensarlo un momento, mientras buscaba algo en su abrigo. Era un cigarrillo. Lo prendió con lentitud, llevándolo a sus labios y dando una larga calada.

—No creo que la respuesta a esa pregunta cambie las cosas—explicó, como si fuera suficiente—creía que ya lo habías entendido.

Sing sintió una carcajada nacer y morir en su garganta.

—No, no lo hace.

Blanca le miró con curiosidad.

—Y para ti... ¿la respuesta cambiaría algo?

Sing no dudó al responder.

—Tampoco.

Eiji sentía sus ojos casandos de tanto llorar cuando alguien finalmente entró en su cuarto.

Además de las obstetrices que habían acudido para administrarle el medicamento, parecía que el resto del personal intentaba evitar su habitación. Probablemente porque sabían que Eiji estaba lleno de preguntas, y nadie tenía las respuestas.

Era una mujer, pequeña, con gruesos lentes y que lucía nerviosa. Eiji no necesitaba olfatear para saberlo. Con la manera en la que sus ojos se enfocaban en él, con el temblor de sus manos, y la manera con la que sostenía los libros que llevaba pegados al pecho se lo decían todo.

Eiji habría querido intentar sonreírle, como siempre solía hacer, pues más de una vez le habían dicho que sólo ese gesto era capaz de traer algo de paz y calma en cualquiera que lo veira. Empero, se dio cuenta que no tenía las fuerzas para hacerlo. Ni siquiera para fingirlo.

—Señor Winston—terminó llamando su visitante después de unos momentos—Buenos días.

Le dijo, para luego soltar una pequeña presentación que parecía casi ensayada, a la cual Eiji no pudo seguirle el ritmo, más allá de entender que era un interno de medicina, y que estaba allí para dejarle algo importante.

Dejó un par de cuadernos, de grandes lomos, sobre sus piernas.

Una infinidad de datos se presentaron frente a sus ojos. Nombres, direcciones, edades y fechas. La muchacha frente a él comenzó a recitar un par de cosas, que Eiji tardó un segundo de más en entender que eran sus propios datos, el nombre de su esposo y, también, la fecha de nacimiento de Griffin.

Asintió levemente, como dándole razón, aún si la mitad de su charla se había convertido en una cacofonía de sonidos en la trastienda de su mente.

—Está bien.

Le dijo entonces, mientras daba una pluma y, con una sonrisa, le pedía que firmara.

Eiji hizo caso, casi como si de un autómata se tratara. La muchacha pareció relajarse un poco, mientras le agradecía y asentía varias veces, retirando cada uno de los cuadernos en cuanto estos fueran firmados.

Para, finalmente, buscar algo dentro de las hojas de uno de estos.

Era un papel en blanco, que con cuidado, partió a la mitad para poder dárselo.

Eiji lo tomó sin pensar demasiado.

Hasta que vio lo que había en este.

Sólo entonces el ruido pareció regresar a su habitación. Las palabras parecieron volver a tomar significado. Y, Eiji, fue capaz de entender lo que le decían.

Huella.

Había dicho. Seguido de bebé.

Era la huella de su bebé.

—Qué...

Musitó, más para sí mismo que para alguien en la habitación.

La persona frente a él pareció entender su confusión, pues tras dedicarle una pequeña sonrisa, volvió a explicarle.

—Esta es la cartilla de nacido vivo—repitió con lentitud, mientras observaba el pedazo de papel que Eiji aferraba en sus manos—Todos los bebés tienen uno, y es mi labor entregárselo a las madres o los padres.

Eiji asintió, mientras sus ojos viajaban a través de la imagen de tinta azul. Era el pequeño dibujo de un pie, con líneas que apenas podían definirse.

Lo trazón con su índice, recorriendo desde el talón hacia el arco. Deteniendose a contar cada uno de los dedos.

Eran cinco.

Cinco muy pequeños.

Todo el era...

Diminuto.

Pegó la hoja a su pecho con cuidado, recordando como ese pequeño pie había estado en su interior, sus fuertes patadas de emoción al escuchar la voz de su papá. Recordando cómo soñaba con besar esos pequeños dedos, en cubrirlos con las medias tejidas que ahora, en perspectiva, parecían ser inmensas para algo así de pequeño y delicado.

Sus ojos volvieron a arder y su garganta se cerró

—¿Usted le tomó esto?

Logró articular luego de un segundo, girando su rostro levemente, enfocando así el de la muchacha, quien lució confundida y casi consternada por un momento.

—¿Perdone?

Eiji aclaró su garganta.

—¿Le tomaste esto...? ¿Lo viste...? ¿Cómo está...?

Eiji sabía que los médicos parecían entrenarse a ellos mismos para esconcer sus emociones en algun cajón invisible en lo más profundo de sus seres. Lo había comprobado con su propio doctor, quien con el paso del tiempo había aprendido a controlar sus expresiones de decepción cada que preguntaba por su marido. También lo había hecho con los especialistas que le hubieran revisado en Japón, cuando le hubieran revisado después de su disparo.

Sin embargo, suponía, era una habilidad que uno sólo llegaba a tener de la mano de la experiencia.

Pues, lo que le devolvió la mirada de la mujer, fue sólo una profunda tristeza.

—No... lo siento, yo sólo los entrego.

Dijo, excusándose.

Eiji sintió la fuerza mermar en sus manos. Notando, no por primera vez, que había algo más detrás de esas palabras. Como en muchas otras ocasiones donde alguien le hubiera hablado. Ibe, Max, e incluso Ash.

Siempre había algo detrás.

Eiji ya estaba acostumbrado a temer por lo peor cuando eso ocurría.

—Entiendo...—Masculló, observando a su interlocutora a los ojos, reflejándose en el cristal de sus anteojos. La imagen que se le regresó fue la de sus propios ojos, coloreados de un profundo negro.

Lucían huecos. Vacío.

¿Ese soy yo?

No pudo evitar preguntarse Eiji, incapaz de reconocerse en su reflejo.

La muchacha pareció volver a sentirse nerviosa entonces, sus labios abriéndose y cerrándose una y otra vez, finalmente decidiendo por quedarse en silencio. Murmuró una escueta y queda despedida, antes de volver a dejarle solo.

Eiji dejó escapar un suspiro que no sabía estaba guardando, mientras apartaba el pequeño pedazo de papel de su pecho, observándolo nuevamente.

Era era la única manifestación tangible de la vida que había llevado dentro hasta hacía un día. Toda la existencia de su pequeño, reducida sólo a una huella, en medio de un gran papel en blanco.

Un frío invernal invadió su cuerpo entonces, tan helado que casi quemaba su alma.

El informe del médico de turno fue rápido y consiso. Max no podía culparle, después de ver la cantidad de personas que parecían llegar diariamente a dar a luz. Todos portando diferentes expresiones de felicidad, ansias, expectación.

Ni siquiera quería imaginar qué es lo que Eiji habría sentido de tener que compartir cuarto con alguna de las madres o padres que podían tener a sus bebés en brazos.

Sin embargo, y para suerte o desdicha, la cantidad de sangr que había perdido, hacía que fuera necesario la presencia de equipos un poco más complejos en la habitación, lo cual podía darle, al menos, un poco de privacidad.

La segunda unidad de sangre ya acababa de ser transfundida, los apósitos que cubrían su cicatriz. Si los exámenes laboratoriales estaban todos en orden, Eiji podría regresar a casa en dos días más.

Max escuchó atentamente, al tiempo que intentaba tomar nota mental de todos los pasos extra que, en forma de recomendaciones, el médico les daba para la futura recuperación de su yerno. Sin embargo, y; aunque Max estaba seguro de que el galeno había peleado con la curiosidad innata de los humanos, al finalizar la conversación, no pudo evitar preguntar.

—¿Y el otro padre? Hay algunas cosas que quisiera poder discutir con él.

Max sintió su garganta cerrarse.

Murmuró una respuesta contrita, mientras repetí la misma historia que había contado en el trabajo de Ash, aunando un par de tintes más dramáticos que no era necesario fingir.

—Pero está muy preocupado...—agregó, sintiendo la veracidad en sus palabras, aún si Ash no estaba enterado—Puede decirme lo que sea a mí. Sé que él confiaría en mí para cuidar de su esposo...—murmuró—Soy su padre, después de todo.

La mirada del médico se suavizó un instante entonces, mientras asentía.

Le explicó entonces algo que Max ya sospechaba, mientras tomaba un folleto que guardaba dentro de su bata. Asesoría psicológica. Especializada en omegas que se encontraban en el puerperio.

—Todo lo que está pasando no es fácil—explicó, aún si no era necesario que lo dijera—y algunas personas necesitan más ayuda procesándolo que otras. Quisiera que lo tuviera en cuenta.

Max asintió, mientras presionaba el panfleto entre sus manos.

—Y espero que cuando su hijo regrese—continuó—le de la importancia que se merece. Algunos pueden vivir los duelos y pesares en silencio. Pero eso no quiere decir que no estén allí.

Max agradeció, antes de retirarse.

Avanzó con solemnindad a través de las puertas de internamiento, llegando al pasillo donde Jessica le esperaba. No pudo ni siquiera llegar hasta ella antes de dejar escapar el bramido de cólera que había estado ocultado.

—¡Agh!—gritó, incapaz de poner en palabras la frustración que le invadía—Cuando lo vea lo voy a golpear.

Sentenció, con una ira que no recordaba haber sentido desde sus días en la prisión estatal, cuando Ash se hubiera presentado ante él como un mocoso con demasiada confianza en sí mismo y una lengua viperina.

Jessica lo tomó de los hombros.

—¡Max!—pidió—Cálmate...

El mentado tuvo que respirar con profundidad. Una, dos, tres veces.

—¡Lo sé!—espetó, intentando bajar el tono de su voz—Lo sé...—volvió a repetir, dejando que la ira se convirtiera en algo que estaba mucho más acostumbrado a sentir: Tristeza—Pero... nada de esto está saliendo como debería.

Jessica acarició sus manos, obligándole a que la viera directamente a los ojos.

—Eiji no tendría que estar pasando por esto... y Griffin tampoco—jadeó, mientras sentía como el cuerpo de Jessica buscaba el suyo, fundiéndose en un abrazo—no deberían tener que estar separados así...deben sentirse realmente solos.

Jessica apretó los labios.

—Estamos con ellos, Max.

El mentado le regaló una sonrisa lánguida.

—Creo que no somos exactamente a quienes ellos necesitan ahora, Jess.

Su esposa sólo pudo imitar su expresión.

—Lo sé...—confesó—lo sé... pero podemos apoyarlos, hasta que Ash regrese.

Max intentó elevar la comisura de sus labios.

—Regresará... ¿verdad? —Jessica asintió—Él no podría alejarse mucho de Eiji. Ya lo intentó antes, ¿no? Muchas veces... pero nunca funcionó.

Ni siquiera cuando el mismismo Ash hubiera intentado convencerse de que Eiji no lo necesitaba. De que estaría mejor lejos de él.

Siempre parecía volver a sus sentidos, sin importar cuánto tardase. Siempre parecía regresar al lugar donde todos sabían él era feliz.

Donde había podido volver a ser él mismo.

Max lo sabía.

Max confiaba en que lo haría.

Y aún así-

Aún así.

No pudo evitar que un quedo quejido abandonara sus labios.

—Pero, aunque sé que en algún momento regresará, yo...—murmuró, tropezando con las palabras—yo de verdad no quería que se perdiera esto...

Confesó, mientras se aferraba más a Jessica.

—Sólo quería que puediera tener buenos recuerdos...

Como los suyos al sostener a Michael. Que su hijo pudiera experimentar, de primera mano, lo que se sentía saber que el mundo entero podía encerrarse en una sola persona. Cómo es que, con tan solo una mirada, podías sentir que ya podrías dar la vida por alguien a quien acababas de conocer.

Jessica pareció entenderle, tomando su mano con cuidado, y besándole con suavidad.

Blanca condujo su auto hasta la avenida donde Sing solía montar guardia. Reconocerla con tanta facilidad lo llenó algo muy parecido a la vergüenza. Sin embargo, y luego de todo lo que había pasado ese día, Sing podía lidiar con ello sin mayor miramiento alguno.

—¿No estamos muy lejos?

Preguntó en cambio, como quien no quería la cosa.

Blanca, sin pescar el anzuelo, le sonrió afablemente.

—Sí, bueno—se explicó—No creo que sería una buena idea que alguien te viera aquí.

Sing rió, ingorando el dolor que los más simples de los movimientos le causaran.

—Crees bien.

Aseguró, recordando que su presencia seguía siendo un tabú en la propiedad de los Lee.

—Pero eso nunca te detuvo.

Sing asintió, mientras abría la puerta.

—No—aseguró, lleno de determinación—Y no va a detenerme ahora.

Blanca no dijo más, asintiendo con calma.

Sing emprendió su travesía.

No era la primera vez que tenía que irrumpir en un lugar donde no era bienvenido. Así como tampoco era la primera vez que tenía que burlar a grupos enteros de seguridad. Y, sin la duda inicial causada por su incapacidad de entender la situación en la que se encontraba, se encontró con que era tan simple como siempre lo había sido.

Claro, si uno tenía un poco de maña e ingenio.

Podía ser que ya no contara con la ventaja de su porte, delgado y pequeño, como cuando era un niño. Pero lo podía sustituir con años de astusia.

Sin contar que, noquear a un par de guardias que resguardaban una de las entradas era mucho más sencillo cuando no tenía que preocuparse de que fueran un contingente entero, como en su primer y fallido intento de regresar a la mansión.

Recorrió los pasillos sin hacer ruido, intentando memorizar las rutas de guardianía que tenían los encargados de la protección del señor de los Lee, agradeciendo mentalmente que él hubiera sido el encargado del diseño de las mismas, y que Yut Lung nunca hubiera parecido molestarse en cambiarlas, aún después de despedirlo.

¿Eso significaba algo, acaso?

Sing se permitió espear.

Yut Lung era, después de todo, alguien que decía muchas cosas. Pero sus acciones, casi siempre, solían distar de sus palabras llenas de veneno.

Llegó finalmente al lugar donde suponía que Yut Lung estaba.

Llámese corazonada, pero simplemente lo sabía.

Empujó la puerta.

La imagen que le se presentó frente a sus ojos le hizo fruncir el ceño.

Yut Lung, sentado en medio de un desastre de lo que antes solía ser su oficina, tenía una botella de vino en la mano. Su rostro de sorpresa sólo pareció durar un minuto, antes de fruncirse en uno lleno de confusión.

Sing avanzó a sacandas hacia el centro de la habitación, tomando la botella de sus manos.

—¡¿Y a ti qué te pasa?!

Preguntó, mientras le miraba consternado.

Sing respondió con el mismo tono.

—¡¿Qué te había dicho del alcohol?!

Yut Lung le devolvió la afrenta.

—¡¿Osea que ahora tampoco puedo mirarlo siquiera?!

Sing apretó los labios, lanzando la botella lejos, sin importarle dónde se estampara.

El sonido del vidrio al romperse hizo que Yut Lung diera un salto, incapaz de levantarse. Sing se arrepintió casi inmediatabamente de haberlo hecho, descendiendo hasta su nivel, revisando que no lo hubiera lastimado, ni siquiera por asomo.

Yut Lung frunció la nariz, claramente nada feliz.

Sing suspiró aliviado, al notar que no había ninguna clase de lesión en su cuerpo. Giró lentamente la cabeza, observando la puerta del despacho, dispuesto a afrontar cualquier clase de atención que hubiera podido atraer hacia su persona debido al arrebata.

Pero nadie llegó.

Frente a él, Yut Lung suspiró.

—Sigue mirando, dudo que alguien venga. Aún si gritara—aseguró—probablemente creen que voy a destrozar este lugar—Explicó, mientras Sing volvía a dirigir su mirada hacia él—No estarían muy equivocados, debo decir.

Una de sus manos viajó hasta el rostro de Sing, quien se recostó suavemente contra su toque.

—Aunque parece ser que mi oficina no es lo único destrozado aquí...—musitó—Luces terrible, Sing.

Él sólo pudo asentir suavemente.

—Lo sé...

Algo pareció brillar en la mirada de Yut Lung.

—¿Acaso esto es mi culpa?

Preguntó. Sing se apresuró a negar.

—No—Le aseguró, mientras dejaba que su mano descansara sobre la del omega, pegándola más a su propia mejilla, compeltamente ajeno al dolor que el contacto contra su piel herida le generaba—Esto fue sólo mi propia estupidez.

Yut Lung rió con gracia.

—Bueno... de eso sé mucho—confesó, mientras miraba a su alrededor—de desastres causados por la estupidez de uno.

Sing intentó tantear su suerte.

—Como correrme de aquí.

Yut Lung no se molestó en ocultarlo.

—Como correrte de aquí—afirmó—Como creer que cualquiera que no fueras tú sería capaz de seguir el ritmo de tu tabajo. De poner esa clase de espíritu que tú siempre llevas encima—sus ojos se cruzaron—De tan siquiera intentar llevarme la contraria....

Sing presionó más el contacto de sus manos.

—Eres el mejor de todos los hombres que alguna vez hayan estado bajo mi mando, Sing—confesó con sinceridad—No sólo eso...simplemente... eres el mejor hombre que alguna vez haya conocido.

Sing sintió su pecho arder. Yut Lung continuó.

—Intenté alejarte muchas veces, pero tú... tú siempre te quedaste. Aún ahora...regresaste—Razonó, como si se encontrara frente a alguna clase de gran misterio—¿Por qué?

Sing no tuvo problemas al momento de responder.

—Porque quería—Susurró con simpleza, mientras giraba ligeramente su rostro, depositando un cándido beso en la palma del omega—Y creo que ya te lo había dicho antes—Cuando él apenas hubiera sido un adolescente, uno que intentaba por todos los medios que tenía no mostrarse abiertamente asustado cuando un completo desconocido lo estuviera llevando en un helicóptero a lo que bien podría ser una condena a manos de los Lee—Siempre hago lo que quiero.

Los labios de Yut Lung se torcieron en una sonrisa.

—¿Y ahora? ¿Qué es lo que quieres?

Sing no dudó.

—Te quiero a ti.

El rostro de Yut Lung se tornó rosa, sus ojos brillaron cándidamente, mientras sus labios temblaban con ligereza. Bajó la mirada, aparentemente avergonzado.

Sing sonrió para sus adentros, dejando la mano del omega y envolviéndole en un abrazo lleno de cariño.

—Me gustas—repitió, porque sentía que, si alguien necesitaba escuchar esas palabras, era Yut Lung—Te quiero. Te quiero muchísimo...—confesó, dejando que el peso que había estado presente en su corazón se elevara, renaciendo ligero—Y quiero quedarme aquí, contigo. Con ustedes...

Yut Lung se revolvió entonces, observándole con esperanza.

—¿Lo dices en serio?

Sing asintió, acercando sus labios a la frente de Yut Lung, dejando un suave beso en esta, sintiéndole temblar.

—Lo digo en serio—confesó, antes de agregar—Pero hay algo más... algo más que quiero pedirte...

Porque si había algo que había logrado entender, era que ya era momento de decidir algo por sí mismo.

Algo que de verdad quisiese.

Una vida que no se arrepintiera de vivir.

Notas finales:

De nuevo, estos capítulos se parecen más a los que hacía en un inicio, donde la trama corría porque todos ocurren en el transcurso de días. Vaya que se siente distinto diseñar para estos que los que cuentan el trasncurso de semanas. Hay algo que siempre me frustró de Banana fish y sí, es que te muestran lo corrupto del sistema, pero necesitaba ver que alguien allí –al menos una persona en el departamento de policía o las fiscalías hiciera su trabajo correctamente- y pues, si vamos a ir a una cárcel, intenté darme el gusto haha –sobs.

Hacía buen rato que no había un buen pov de Eiji, y ya se lo mereceía. Puede que Ash le quitara el protagonismo que intentaba darle en un inicio, pero esto que le está pasando ahora, definitivamente necesita su punto de vista. Y, después de aguantar tantas cosas con la mejor sonrisa que tiene, hay puntos de los que ya no podemos regresar, y dolores que necesitamos llorar, así como enojos que necesitamos sentir. Especialmente sabiendo que, desde un inicio, quien más quería tener al bebé era Eiji. Ah, esto me recuerda mis días de rotación en centro obstétrico, y como bien leí en un post de Facebook –proyecto los traumas como mejor quiera (¿?)

Si alguien llegó hasta aquí, en esta monumentalmente larga historia que ya es más larga que mis dos tesis juntas –perdón universidad, te he fallado- se los agradezco de todo corazón ♥

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