Al otro lado del paraíso
Ash se quitó los lentes, dejándolos a un lado del escritorio y masajeando el puente de su nariz como un movimiento casi practicado. Era la costumbre, después de tantos años utilizándolos para poder trabajar y leer.
Trabajar desde casa no era algo a lo que él pudiera decir estaba completamente acostumbrado aún. La mayor parte de su vida había estado dedicada a la calle, a memorizar avenidas y saber cómo moverse entre callejones. Las cuatro paredes de su estudio, y de su mismo apartamento a veces parecían demasiado un confinamiento; aún si sabía que era necesario.
Ash Lynx, el famoso pandillero alfa dueño de gran parte de las calles en la gran manzana; estaba supuestamente muerto. Hacía ya mucho. Aun con la noticia siendo distribuida por todos los noticieros; aún existía un pequeño grupo de personas que sabía de la farsa que había supuesto todo aquel fiasco con el hospital psiquiátrico. Y, aun después de aquello; la noticia de su hasta casi tragicómico apuñalamiento habían viajado de manera rápida entre los círculos más bajos del barrio chino.
Incapaz de llevar el paso a los rumores como antes hubiera podido, Sing le había ayudado mucho con su propia red de información. Depende de otros no era algo que Ash Lynx soliera hacer, ni siquiera cuando hubiera obtenido a sus primeros amigos. No cuando Shorter hubiera estado vivo, no era capaz de pedirle que hiciera más por él.
Ahora... pues ahora parecía que era una necesidad, más que una elección.
Ash Lynx no era un hombre con la necesidad de depender. Ni uno de confinamiento.
Aslan Callenrese, quizá sí lo era.
Christopher Winston, tenía que serlo.
Tener que usar ese bobo alias que muy poco originalmente Max le había pensado aún le pesaba de vez en cuando. Cuando lo veía en los e-mails del trabajo, cuando tuvo que firmar en los papeles de la oficina de migración; o cuando algún vecino lo llamaba a él -o peor, a Eiji- Señor Winston.
La vida requiere de sacrificios, y eso era algo que Ash había sabido desde siempre; sin embargo, eso no decía que uno debía estar en paz con todos.
Aunque estaba más que seguro que muchos mirarían esas pequeñas cosas de las que, entre comillas; debía estar privado y reirían con sorna. ¿Es tan terrible acaso? ¿Qué no te das cuenta de que realmente deberías estar muerto?
Estás pidiéndole demasiado a la vida, idiota.
¿Lo estaba haciendo acaso?
Para él, definitivamente.
Para él...
Pero su molestia realmente no radicaba en su propia persona.
Alguien sin aspiraciones o mayores metas en la vida. Ash nunca había creído que llegaría tan lejos. No a pasar las dos décadas. Y, sin embargo... aquí estaba. En un pequeño departamento, acogedor y sin mayor pretensión, con un trabajo que le daba las libertades necesarias de no tener que mostrar su rostro más de lo necesario, y con una unión en el dedo que le recordaba que tenía un compañero para toda la vida. Como los alfas de los comerciales antiguos...
Y a la vez, tan incapaz si quiera de poder acompañar a su propio compañero a una simple consulta con el doctor. Irrisible. Casi hilarante.
De todas las cosas que no podía darle a Eiji, esta tenía que ser la cereza en cima de la gran pila de ineptitud que era Ash Lynx, o como quisieran llamarle; como alfa, como compañero y como esposo.
—No quiero que te sientas ansioso por la seguridad del lugar, o que alteres a todos los omegas y cachorros que van a la clínica. No es necesario. Es una simple revisión.
Quién diría que la seguridad en inmediaciones de salud era tan jodidamente exquisita para los omegas. Ash nunca había acudido a un centro privado, mucho menos a uno dedicado únicamente al cuidado primario de omegas. La constante mirada de los guardias y su manera tan particular de realizar escrutinios a cualquier otra casta que acompañara a los pacientes era, por decirlo menos; estresante.
En un pasado, cuando los diecisiete años aun estaban sobre sus hombros; e incluso antes- fingir que aquello no era nada hubiera sido más fácil. Era solo un extraño en otro lugar lleno de extraños. Ahora, y con varios años encima; sabía que no era el caso. El hombre de esencia casi inexistente ya no existía y ahora, y gracias a Eiji; la facilidad con la que el aroma de Ash delataba sus propias emociones se había vuelto casi impresionante.
Todos lo habían notado, aún si el único que era tan obtuso -o valiente- para mencionárselo a Ash como si hablaran del clima fuera el mismo Max. Ganándose un gruñido bajo y una mala mirada en el proceso.
Y si alguien como el viejo podía notar claramente la hostilidad en él tan rápido, no quería saber qué pasaría en un establecimiento lleno de omegas sensibles y con las narices perceptivas típicas de la casta. Ash y la ley no se mezclaban bien, aún si era un simple guardia de seguridad.
Vaya ridiculez.
"Mientras más lejos del ojo público, mejor"
Aunque la exageración y el extremo rozando en lo paranoide de Max y Eiji en sus primeros años de casados había llevado a la tan extraña narrativa en la cual, al parecer; el tal Christopher era un alfa tan ocupado que era incapaz de asistir con su omega enlazado hasta a la más simple de las consultas.
La cantidad de veces había disminuido, incluso considerando que Eiji era ciudadano gracias al enlace. El lugar era estricto con las leyes de migración, y mucho más cuando se trataba de omegas extranjeros.
Una sonrisa ácida se dibujó en los labios de Ash.
Como si toda aquella supuesta dureza en el cumplimiento de las leyes hubiera detenido alguna vez a hombros como Dino de hacer lo que quisieran en sus anillos de trabajo infantil y trata de blancas. La gente realmente importante parecía pasarse todo aquel papeleo y escrutinio como si fueran poca cosa, mientras que los poca cosa y miserables Christopher Winston's del mundo debían sufrir años con regulaciones y revisiones constantes.
La vida era divertida de esa manera. Como una mala obra de teatro.
Su celular vibró, la luz parpadeante que indicaba un mensaje nuevo le hizo poner los ojos en blanco.
No necesitaba mirar la pantalla siquiera para saber de quien se trataba.
"No te preocupes tanto, niño." Y un emoticono bobo que realmente no venía al caso.
Max, definitivamente, no conocía el concepto de sutileza.
Aun si esto hacía a Ash reir.
Tomó aire y observó el reloj, Eiji regresaría probablemente en un par de horas más. Repasó el mensaje del alfa más viejo en su teléfono un par de veces, suponía que no lo mataría responder.
Diciembre era un buen mes. De esos donde el clima era mucho más agradable y, por ende; donde los turistas se hacían más presentes.
Blanca no era un hombre a quien pudieran calificar como falto de dinero, ni siquiera como uno al que obtenerlo se le hiciera trabajoso. Aún después de su completo y formal retiro.
Siempre había sido bueno con las finanzas y los ingresos que hubiera obtenido de manera recurrente durante los años servía como buen fondo monetario. Sin contar con los esporádicos trabajos que podía realizar en su nuevo y apartado hogar.
Su carisma natural y lo exótico de su porte y apariencia parecía atraer a turistas y a locales en más de un sentido. Buscar su compañía en actividades comunales, o en la soledad de las noches era casi una tradición; o un secreto a voces en su pequeño paraíso tropical.
Nada fuera de lo ordinario, si él mismo tenía que decirlo. Un alfa sin compromiso y sin aparente deseo de alguna vez enlazarse, con un historial pulcro y una sonrisa cálida para quien la necesitara era atrayente. Además, era uno que no solía decir que no a uno que otro omega que le pidiera compartir el celo con él. Como un favor. Uno que solía venir acompañado de un pequeño pago monetario, a veces.
Blanca sabía que eso tenía nombres en otras partes del mundo. Unos más malsonantes que otros. Aún si el mundo había cambiado tanto en esas últimas décadas, que compartir celos con amigos o incluso con algún conocido cercano a quien le tuvieras confianza; dejaba de ser mal visto en muchas partes del mundo.
La parte del dinero usualmente estaba fuera de la ecuación; ya que muchos podrían calificar eso como prostitución. Blanca no manejaba un negocio ni mucho menos, y él nunca había sido de los que pusieran los términos monetarios sobre la mesa. Eran sus compañeros quienes parecían mucho más cómodos aportando con algo, cuando se podía; o cómo se podía, quizá sólo por la felicidad y satisfacción que traía esa experiencia.
Era, después de todo, algo de una sola vez.
Blanca no podía ser el compañero de celo de alguien durante mucho tiempo. No gustaba de dar falsas expectativas, ni mucho menos dar impresiones erróneas.
No le negaría nunca el lecho a un agradable y dispuesto omega o beta. Empero, tampoco les dejaría pensar que él buscaba algo más.
— ¿Por qué no me sorprende que seas justamente tú, quien esté metido en esta clase de cosas? — Su hogar era como el del resto de personas allí. Nada particularmente lujoso, ni mucho menos con la seguridad a la que se hubiera acostumbrado a moverse en sus años en Estados Unidos y Europa. Aún así, uno creería que debía ser un poco más difícil ser capaz de irrumpir dentro sin ser notado. O, que él; sería mucho más rápido al notarlo.
Quizá sólo se estaba haciendo demasiado viejo y demasiado blando.
Aunque, también, podía ser que las mañas de el señor Yut Lung solo hubieran mejorado con los años.
Ya que, sentado sobre la cama como dueño del lugar, ojeaba una de las viejas novelas que reposaban en los amplios estantes de su recámara. A su lado, cajas de supresores medianamente ya utilizados con anterioridad y diferentes lociones descansaban como si no estuvieran fuera de lugar. Llevaba el ceño fruncido, y una expresión de aburrimiento y hastío que; debía admitir, le causaba algo de gracia.
—Y, ¿por qué a mí no me sorprende que fuera justamente usted quien mantuviera esta clase de hábitos? Entrar a la casa de alguien sin permiso, más aún a su habitación; no está nada bien señor Yut Lung.
—Salinger. Hemingway. ¿Siempre te ha gustado esta clase de literatura? Qué hombre más sombrío—Ignorando su pregunta, Yut Lung siguió en lo suyo, cambiando la página del libro y siguiendo las letras con la mirada, como si su situación actual no fuera nada fuera de lo ordinario.
No podían culpar a Blanca por reír un poco más.
—Entra a la casa sin autorización, y luego insulta el gusto literario del dueño. Es usted, un hombre muy desconsiderado mi señor Yut Lung—Dijo, acercándose con tranquilidad y quitando el libro de sus manos con suavidad. No hubo resistencia, sólo más miradas de aparente disgusto.
No era la primera vez que su anterior empleador apareciera de sorpresa, sin previo aviso o razón en su vida. Tampoco era algo que Blanca no hubiera previsto al saber que Ash no tenía intenciones de matar al joven líder del clan Lee. Yut Lung era un hombre que se manejaba con información, sabiendo más que todos, y nunca revelando todos sus secretos. Y, como contraparte; también era alguien que podía actuar con extrema precisión, o dejándose llevar por los impulsos más viscerales que atacaran su cuerpo. Era casi un espectáculo, como podía pasar de uno a otro en tan poco tiempo.
— ¿Es así, acaso? Debería sentirme ofendido de que seas tú quien recrimine mis modales, ¿eh?
La mirada que le dedicó en ese momento no era como las anteriores. No llevaba el cansancio como máscara; si no un brillo peculiar al cual Blanca ya estaba acostumbrado. Lo había visto en muchas mujeres durante su vida, en algún que otro hombre también.
—Quizá—Comentó, con el tono juguetón que antes hubiera hecho a su acompañante bufar exhausto. Esta vez sólo logró que su sonrisa se ampliara— Pero de eso podemos hablar después, ¿qué te trae por aquí?
La mirada de Yut Lung se desvió, sólo un poco, hacia donde la caja de productos personales que claramente eran para uso de omegas reposaba.
—Creo que es un poco obvio.
Las acciones de Blanca no eran un secreto en la isla. Ni nada de lo que él u otros partícipes debieran sentirse, o estuvieran avergonzados. Y, aún así; la manera tan directa de Yut Lung de tocar el tema hacían que ese pequeño punzón en el estómago; al cual Blanca creía ya haber dicho adiós hacía tantos años atrás, regresara casi como dolor fantasma.
Una de sus manos viajó hasta las largas hebras de cabello negro. Lo tomó entre sus manos, y lo enredó con cuidado. Su antiguo señor siempre había sido muy cuidadoso con la apariencia personal, de manera tal que incluso en los días donde su afición al alcohol tomaba lo mejor de él; encontraba la manera de lucir mejor que el promedio.
Al parecer esa costumbre no había muerto con el tiempo, ya que cada vez que le veía; notaba que siempre había algo mejor en él. Un poco más de color, un poco más de cuidado, un poco más de vida dentro de sus ojos. Yut Lung no era el mismo adolescente de dieciséis que hubiera conocido hacia tantos años, no el muñeco roto que sigue intentando darse cuerda sólo para notar que el mecanismo estaba averiado desde hacía más de lo que cualquiera pudiera imaginar.
Y... aun así...
— ¿Por qué? —El tono de Blanca era parco. Suave y hasta algo profundo.
Aún así, Blanca sabía que algo no terminaba de estar bien. Aún si no era su lugar o su deber señalarlo o preocuparse.
"¿Acaso tengo que darte explicaciones?"
Hubiera sido la respuesta adecuada. La respuesta que alguien como el Yut Lung del pasado le hubiera lanzado, junto a una mirada cortante.
— ¿Me rechazas? —Fue en cambio la que obtuvo, no una mano golpeando la suya y alejándole. En cambio, un par de brazos largos y esbeltos enredándose en su cuello como clara invitación. El aroma dulce de omega intentando invadir sus fosas nasales y el rostro fino y delicado de Yut Lung rozándose con el suyo.
Sus labios rozaban la piel de su barbilla, subiendo peligrosamente sin llegar a tocar sus labios en realidad, paseándose como si ese fuera su lugar habitual.
No había miedo en sus movimientos. Ni siquiera algo parecido a la duda. Tampoco la indecisión o desesperación de alguien que teme al rechazo.
Eran movimientos calculados y felinos. Era seducción y cacería.
Sus manos dudaron un momento, la que hubiera tenido levantada hacía un momento bajó con lentitud hasta la cadera de Yut Lung, mientras la otra subía a su espalda, tanteando. Los brazos en su cuello aferraron su agarre.
—No...
Y, un beso.
No era dulce ni tímido. Pero tampoco era hambriento y necesitado. Era la clase de besos que parecen querer succionarte en el calor del momento, que juegan con tus sentires dejándote en el borde de la necesidad y el deseo. De esos que no buscan devorarte, pero hacerte desear ser devorado.
El cuerpo de Yut Lung era hermoso. La manera en la que se movía y en cómo parecía querer ser dueño del momento, para al siguiente dejarse dominar y pedir por atenciones de sus manos y de su boca.
—Es exigente, su majestad.
Recordaba que le había dicho, mientras en su mirada nublada se grababa la imagen del rostro sonrojado de Yut Lung, con sus cabellos esparcidos sin cuidado alguno por la cama y sus labios hinchados parecían luchar por no dejar escapar ninguna súplica o gemido.
Los vio lamerlos. Su apetito se incrementó.
—Lo soy—afirmó—Así que más te vale mantenerme satisfecho.
Blanca creía que lo había hecho más que bien. Si la sonrisa y el silencio que le hubiera ofrecido después Yut Lung eran alguna clase de indicador. A Blanca le gustaba complacer, hacerse notar como el mejor en cualquier clase de acción o servicio que proveyera. Aun accediendo a las peticiones de Yut Lung, cosa que usualmente no haría.
Como la de no usar preservativos, ni ninguna clase de loción.
Cada omega era particular, y aun con las facilidades fisiológicas que les proveía su cuerpo; Blanca prefería ser cuidadoso.
Empero, se alegraba de que él hubiera accedido a alguna de sus condiciones también. Como la de aceptar los cuidados posteriores que le gustaba impartir. Blanca no sabía si Yut Lung era alguien dado a los abrazos post coitales, o mucho menos. Pero el aroma que su nariz captó le ayudó a saber, que desagradable al menos; no era.
Y, tan rápido como había llegado; así también desapareció.
Blanca se llevó una mano al mentón. Diciembre estaba apenas llegando a su fin, con la temporada festiva a la vuelta de la esquina. Pensó en las calles de New York cubiertas de un manto blanco, el frío y lo distinto de la gran manzana y el Caribe.
Pensó en Yut Lung, y en su propia existencia.
Los arrepentimientos no eran parte de su persona. O eso creía. Aun si había tenido muchos en sus años de vida. Aferrarse a ellos o sobre pensarlos no eran realmente necesario, ni algo a lo que quisiera dedicarle tiempo.
Y... aun así.
—Supongo que viajar no me caería mal.
Notas: Con esto, al fin se presentan a todos los cuasi protagonistas de este pequeño enredo de historia. Desde el siguiente capítulo me gustaría intentar estructurarlo todo de mejor manera y seguir una línea temporal desde diferentes puntos de vista.
Gracias por llegas hasta aquí.
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