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CAPÍTULO 08
Mentiras y familiaridad
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Me resulta inimaginable que Ji Ho y yo nos hayamos conocido. Es decir, no guardas la fotografía de algún extraño, y tampoco lo pones como fondo de pantalla.
Las coincidencias a menudo tienen un significado más profundo de lo que parecen, quizá por ello me enviaron a salvarlo. Sin embargo, ¿no es algo cruel que, aun habiéndolo conocido en otra vida, ahora yo sea el único que no lo recuerde?
«Llévame contigo», dijo la primera vez que lo vi, y evocar la forma en la que lloraba esa misma noche, hace que se me sienta abatido.
Si antes no era capaz de comprender lo que estaba ocurriendo, ahora preciso en resolver lo que sea que me trajo hasta él.
Un nuevo zumbido dirige mi vista hacia sus manos. El teléfono ha comenzado a volverse loco.
«Te vimos».
«Lo hiciste tú».
«Lo hiciste tú».
«Lo hiciste tú».
«Lo hiciste tú»...
Los mensajes no paran de llegar.
Ji Ho retrocede. Las piernas le tiemblan mientras lucha por mantenerse en pie. Su respiración también se vuelve irregular y poco profunda, como si el aire no pudiera llegar a sus pulmones.
Tropieza con el muro del final, y el móvil cae a sus pies. La pantalla acaba de quebrarse, pero no es suficiente para detener la invasión. Es como si el aparato hubiera cobrado vida propia. Con cada nuevo mensaje vibra y se desplaza hacia mis pies, al igual que una víbora.
Ji Ho está entrando en crisis. Observa sus manos temblorosas sin verlas en realidad.
Doy un paso en su dirección, pero la puerta se abre. Esa chica, Ha Eun, entra como si acabara de recibir una mala noticia.
No se detiene a observar la escena, ni se escandaliza. Mantiene una expresión dulce cuando se precipita junto con él, para darle algunas palmaditas sobre su espalda y susurrarle palabras de aliento. Su voz es lo más parecido a una caricia; una dulce canción. Creo que ella bien podría ser una chica popular entre los hombres, pero Ji Ho ni siquiera voltea a mirarla.
Lo que consigo captar cuando me acerco un poco más, es tan solo el final de su diálogo.
—... La vida a la que estás renunciando, podría ser el sueño que otra persona desea hacer realidad desesperadamente.
Ji Ho, que había empezado a desarmarse, recibe esas palabras como un desagradable golpe, se apresura a levantar el móvil del piso, y tambaleándose sale de la enfermería.
Ha Eun se queda de rodillas sobre el suelo, contemplando el camino por el que Ji Ho acaba de marcharse. Lo observa preocupada y un poco rota, como si ya lo hubiera hecho otras veces.
Mi corazón acelera sus latidos y mi mandíbula se tensa. Es una sensación extraña, como si algo en mi interior quisiera explotar.
Ha Eun... ¿Quién es esta agraciada y valiente chica?
No consigo evitar el de repente sentirme vulnerable y un poco fuera de control.
Hay tantas cosas que quiero descubrir sobre Ji Ho y mi razón de estar aquí, que empieza a convertirse en una necesidad constante.
No ha pasado mucho tiempo desde que él se fue, por lo que tampoco me cuesta trabajo localizarlo en el pasillo y seguirlo de regreso a casa.
Cuando Ji Ho entra en el restaurante, su hermano mayor no lo ve deslizarse hasta su habitación.
El desastre en su baño desapareció y ahora rechina de limpio. Aquello lo extraña un poco, pero no más que al salir de la ducha y encontrar una bandeja con comida en el pasillo, frente a su puerta.
Supongo que Kim Min Joo no es tan malo como imaginé.
Ji Ho devora los alimentos en su habitación. De vez en cuando mira hacia un rincón con timidez, de forma que incluso yo me dirijo a ese lugar, en una búsqueda desconocida. Sin embargo, encuentro material de estudios sobre el escritorio. No hay nada que me hable de él o de su vida.
Al cabo de poco tiempo, el proceso vuelve a repetirse, pero ahora con el lado opuesto de su alcoba. En ese sitio hay un armario con las puertas a medio abrir, y en su interior solo veo un monstruo gigante de ropa.
Cuando mira hacia el baño, me doy cuenta justo antes de que pregunte, que no busca nada material, sino a mí.
—¿Estás aquí?
La sensación que me recorre a continuación, es como si un rayo de sol brillara en mi interior, iluminando cada rincón oscuro de mi ser. La felicidad comienza a llenarme, igual que una copa de vino espumoso que burbujea y baila en mi interior. Mi corazón también late más rápido, y pronto estoy luchando para no sonreír.
No me había dado cuenta de cuán solo me sentía hasta este momento, que me conformo con que sepa de mi existencia a su lado.
Al no captar ninguna respuesta, Ji Ho se pone de pie mientras suspira, y con la bandeja vacía entre las manos sale del cuarto.
En el primer piso su hermano limpia las mesas con un trapo.
Ji Ho parece un poco más animado mientras lava los trastes, Kim Min Joo también se percata de ello al contemplarlo de reojo, pero no dice nada, ni siquiera al percatarse de la herida en su mano.
Ambos se acompañan del ruido de la televisión encendida que cuelga en una esquina superior del restaurante. Sin embargo, debí acostumbrarme y haber pensado que podía ser para siempre, cuando la tranquilidad, más bien, resulta ser efímera.
En las noticias, informan sobre un acontecimiento en la escuela a la que asiste Ji Ho, y que terminó con la vida de un chico de diecisiete años. En la imagen, aunque está siendo censurada, puedo observar con gran detalle a los dos paramédicos que empujan una camilla en medio de un grupo de estudiantes.
—Apártense.
—¡A un lado!
La camilla tropieza al pasar junto a la cámara, de modo que una mano cae hasta quedar colgada de un costado. La palidez de su piel y la cinta roja atada a la muñeca me produce náuseas, sin embargo, lo peor llega cuando mencionan que dicho estudiante murió el día de ayer.
Muchas cosas empiezan a pasar por mi mente. La foto de mí en el teléfono de Ji Ho es lo primero. Luego están esos mensajes de esta tarde en su celular, acusándolo de «haberlo hecho». Tampoco mejora la situación, que me hubiera manifestado en su vida el mismo día que murió un chico de su escuela, y que, horas después de ocurrida la catástrofe, encontrara a Ji Ho a punto de colgarse en el baño.
De manera instintiva examino mi muñeca, como si pudiera hallar una cinta roja atada. No es que haya conservado algún objeto material conmigo. Aparecí desnudo en «Lejos del mundo terrenal», y en la actualidad visto prendas que, estoy seguro, jamás las habría elegido por cuenta propia.
Antes de preguntarme qué tipo de conexión tendrá todo, la televisión se apaga, llevándome de regreso a los últimos acontecimientos en el restaurante.
No sé qué sucedió durante el tiempo en que la estaba mirando, pero Kim Min Joo arroja el control remoto sobre una mesa y corre hasta Ji Ho, el mismo que se encuentra sentado en el piso, entre los fragmentos rotos de lo que antes pudo ser una fuente de cristal. La llave de agua todavía se encuentra abierta y produce un sonido de estática.
—¿Qué hiciste? —pregunta, en vez de preocuparse por si está bien. De inmediato, un destello de arrepentimiento cruza por sus ojos, pero del que Ji Ho no es consciente porque se apresura a ponerse de pie y escapa hacia su habitación, sin importarle que va descalzo entre vidrios rotos.
Sube las escaleras de prisa, y el sonido de la puerta, al cerrarse de golpe, funciona con un interruptor que me recuerda volver a respirar.
—¿Qué le sucede? —Su hermano está casi tan consternado por su comportamiento como yo.
Mientras Kim Min Joo cierra el paso de agua y empieza a limpiar el desastre, me deslizo hacia las gradas en automático. Los primeros escalones están impecables, pero a medida que subo, pasan de manifestar una pequeña mancha roja, hasta formar una huella del pie.
Llego a la puerta. Estoy a punto de rozar la manija, cuando se abre de repente.
Vuelvo a quedarme sin aliento al acabar a tan solo centímetros de distancia.
Ji Ho se estremece. Y creo que ahora sé lo que siente cuando estoy cerca, porque la piel de sus brazos vuelve a estar erizada. Como si fuera golpeado por una brisa helada.
Los ojos de esta persona se elevan hasta clavarse en los míos, y puedo sentir su miedo irradiando hacia mí.
Logra confundirme en muchos aspectos, y todavía no sé en cuáles.
Tampoco consigo plantearme que la causa de su miedo pueda ser yo, pues estira la mano y, como si supiera en dónde tocar, sus dedos se cierran en mi ropa y tira de mí, hasta atraparnos en su habitación.
Todavía no termino de recuperar el equilibrio, cuando él se deja caer al suelo con una mueca de dolor. Ambos miramos el fragmento enterrado en su talón sin saber qué hacer. Pero él es más audaz, pues sin mucha vacilación, lo toma con las uñas de sus dedos y jala.
Aparto la vista mientras aprieto los dientes. Esto de tener el estómago revuelto cada cierto tiempo, se está volviendo algo muy común. Y él todavía tiene la osadía de examinar la herida.
Tengo arcadas, pero es de esperar que no exista contenido alguno en el interior de mi estómago que pueda regurgitar.
—¿Te cuesta comunicarte? —Su voz reproduce un eco en mi memoria, como si ya lo hubiera escuchado realizar la misma pregunta antes.
¿Un recuerdo?
De ser el caso, creo que pasar tiempo con él puede ayudar a despertarlos.
Sin embargo, no consigo evitar saborear un poco del miedo.
¿Qué mentiras podría encerrar esta familiaridad?
Siento que descubriré algo para lo cual no me considero preparado. Pues, a juzgar que mi preocupación es todavía mayor que mi deseo por mantenerme alejado de la sangre, esta persona, junto a mí, parece ser más importante de lo que imaginé.
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¿Qué piensan de lo que Jun Seo vio en la televisión? 😨
Palabras en el capítulo: 1693.
Palabras totales: 10701.
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