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CUATRO


He desaparecido de mí y de mis atributos,

soy presencia solo para ti, he olvidado mis enseñanzas,

pero al conocerte he llegado a ser una escolar,

he perdido toda mi fuerza, pero con tu poder soy capaz.


Las lágrimas que resbalaban por las mejillas de Susana eran el drama materializado, mientras Nicholas la miraba en silencio sentado frente a ella, y armándose de paciencia. Meditando en silencio las palabras que le soltaría.

La chica de cabellera rubia y lisa bajó la mirada a sus muslos, sin poder retenerle la mirada a su prometido y un sollozo hizo que su cuerpo se estremeciera suavemente, apreciándose con facilidad en los hombros, anunciando la etapa cumbre de su tragedia.

—Es que... no puedo creerlo... Nico —dijo en medio de sollozos, sin levantar la mirada.

—Si no puedes creerlo, no puedo hacer nada Susana. —Sus palabras salieron con lentitud, sintiéndose cansado ante la situación.

—¿Susana? Sólo me dices así cuando estás molesto. — Levantó la cabeza mostrando sus ojos celestes ahogados en lágrimas—. Soy yo la que está molesta Nicholas, me has abandonado todo este tiempo.

—Bien sabes que no he estado jugando. ¿Y cómo no quieres que esté molesto si sólo me recibes con reproches? Hasta flores te he traído. —Expuso lanzando el ramo de rosas sobre el sillón de al lado.

—¡Marchitas! —exclamó sorprendida ante el descaro de él.

—Pasaron toda la noche encerradas conmigo a una temperatura de treinta grados. ¿Qué esperabas? —inquirió alzando un poco la voz, mientras retenía de un hilo los estribos de su autocontrol.

—Que al menos tú las comparas, sé perfectamente que son de los detalles que te han dado esas resbalosas que siempre te esperan —reprochó tratando de contener su ira y sus celos.

—Te he dicho mil veces que respetes a mis admiradoras. — Dejó libre un suspiro—. Creo que mejor me voy y regreso cuando se te pase un poco la histeria —acotó poniéndose de pie.

—Nico no te vayas, dijiste que almorzarías conmigo. —Abrió los ojos desmesuradamente al verlo levantarse, no podía creerlo, se marcharía como si nada, esa acción dejaba en evidencia lo poco que le interesaba.

—Si lo hago no haré digestión. —Le hizo saber encaminándose a la puerta, decidido a marcharse porque no estaba de ánimos para soportar reproches.

—Nico espera, por favor... —Al ver que él no se inmutaba, le tocaba recurrir a su trillado método, por lo que se impulsó con sus manos en la silla de ruedas y se lanzó al suelo, sin importarle el dolor que el golpe le provocara, solo hacia lo que estaba a su alcance para obtener la atención del hombre que amaba.

¡Mierda! —exclamó Nicholas mentalmente, poniendo los ojos en blanco al escuchar el golpe.

Siempre le hacía lo mismo, porque sabía que él no poseía el valor para marcharse y dejarla ahí tirada, por lo que se volvió y se acercó a ella, quien lo miraba suplicante. La cargó en brazos y estaba por sentarla en la silla cuando ella le pidió.

—Mejor llévame a mi habitación, por favor —suplicó con los ojos ahogados en lágrimas puestos en los de él.

Nicholas trató de liberar un pesado suspiro, nivelando nuevamente su balanza de paciencia, al tiempo que se dirigía a la habitación de la joven, que se encontraba en la planta baja, ya que debido a su discapacidad se le hacía imposible subir escaleras.

Al llegar a la habitación la colocó en la cama y le ayudó quitarse los zapatos.

—¿Estás cómoda? —preguntó al tiempo que le acomodaba las almohadas en la espalda. Ella asintió en silencio—. Bueno, entonces me marcho, regresaré en un par de días. —Le hizo saber, depositándole un beso en la frente. Se incorporó y ella lo retuvo tomándolo por el brazo.

—Nico, quédate por favor. Sólo tienes media hora que llegaste y teníamos mucho tiempo sin vernos, disculpa mi desconfianza. Creo lo que me has dicho, ya verás se lo voy a reclamar a Robert —dijo con una tímida sonrisa, en un cambio drástico de ánimo—. Te contaré cómo me fue en la reunión de bordado que hicimos esta semana aquí en casa —siguió contando ilusionada.

—No soy un niño para que reclames nada —acotó el chico, a sabiendas de que sólo buscaría información con Robert. Averiguar si había sido cierto lo que le había contado, aun cuando todos en el teatro se dieron cuenta del hecho, aunque tuvo que mantener a Audrey escondida hasta que pudo sacarla sin que nadie la viese. Simplemente no quería que Susana se metiera en su vida.

Todo el tiempo se maldecía por aquella noche que bebió más de la cuenta, y se empeñó en conducir, sin importarle que su «amiga Susana» fuese su acompañante, todo terminó en desgracia. Ella invalida, con todos los sueños aprisionados entre la carrocería retorcida, y él obligado a quedarse al lado de una mujer que no amaba, porque bien sabía que había sido su culpa y que ningún hombre aceptaría a una discapacitada, pensó que sería más fácil, que en algún momento se sentiría atraído por ella, pero realmente nunca logró verla, más que esa amiga a la que le contaba sus penas, y que también había perdido, porque de esa Susana comprensiva no quedaba nada, desde que le ofreció, por culpa, ser su novio, ella había cambiado totalmente.

—Está bien, no le diré nada. —Le dijo sonriendo dulcemente, tratando de esconder su verdadera intención, ya que no se quedaría tranquila hasta corroborar si había sido cierto, que Nicholas la había dejado plantada la noche anterior porque se había quedado encerrado en el teatro—. Me pasas por favor mi cesta de bordados. —Pidió señalando el objeto en una esquina de la habitación.

Nicholas se puso de pie y le acercó lo que le pedía, colocándolo sobre la cama.

—Te tengo un regalo —dijo emocionada, rebuscando en la cesta—. Ven, siéntate aquí. —Le suplicó palmeando un espacio en la cama.

Nicholas no se negó, tampoco era que Susana fuese una leprosa como para no sentarse junto a ella, y a pesar de todas las estupideces que cometía y decía, había aprendido a tenerle cariño. Algo fraternal, nada más, por más que se había obligado a amarla durante estos años, no lo había conseguido.

Susana sacó una bufanda de lana negra, que ella misma había hecho, y se la acomodó en el cuello.

—¿Te gusta? —Le preguntó, mientras él admiraba la prenda.

—Sí, muchas gracias Susie, la usaré en otoño e invierno, me ayudará mucho para esconderme de los periodistas. —Se acercó y le depositó un beso en la mejilla.

Nicholas se alejaba y ella se armó de valor. Llevó con rapidez las manos al rostro de él y lo asaltó con un beso en los labios. Él no correspondía, pero ella lo hacía eufóricamente por los dos, aventurándose con su lengua, mientras que sus manos empezaron avivadamente a desabotonar la camisa del chico, quien le detuvo los movimientos al cerrarle las muñecas.

—Susie... Susana... para, detente... —Le pedía en medio de besos que lo abordaban sin permiso, sintiendo la lengua de Susana como si fuese la de una serpiente, hizo más fuerza y se alejó—. ¡Qué te detengas Susana! —Le exigió, mirándola a los ojos y en tono rudo. Ella lo miró asombrada y con la respiración agitada ante la excitación y las lágrimas que subían por su garganta le dijo:

—Sé que te doy asco —murmuró con la voz ahogada y bajando la mirada.

—No es eso, Susie... soy hombre y si me besas de esa manera podría no detenerme, podría irrespetarte. —Esa fue la primera excusa que se le vino a la mente, no le daba asco, pero tampoco la deseaba.

—Yo no quiero que te detengas, no quiero que me respetes... quiero que me hagas tu mujer... Llevamos cinco años y ni me tocas, ni me besas —reprochó, acercándose a él una vez más y halándolo por la camisa, la cual empezó a desabotonar rápidamente, con una de sus manos le haló la bufanda y empezó a besarle el cuello.

Nicholas se resistía, pero tampoco quería ser brusco con ella, la alejaba colocándole las manos en los hombros, pero al parecer la excitación le daba fuerzas.

—Te deseo Nico, yo tengo necesidades, soy una mujer que necesita de su prometido —hablaba al tiempo que le bajaba la camisa.

—Tu madre, Susana, tu madre puede entrar —le recordaba entrecortadamente, tratando de encontrar la salvación.

—No, ella no está en casa, estamos solos amor —susurró con voz agitada.

¡Demonios! Precisamente hoy se antojó de salir la vieja —exclamó en pensamientos. Aunque no quería, tuvo que ser brusco y alejarla.

—Lo siento Susana, soy un caballero y no puedo irrespetarte aun cuando tú quieras. —Apoyó la rodilla en la cama y se incorporó colocándose la camisa, que ella casi le quitaba.

La vista de la rubia se anclo rápidamente en la marca que estaba en su hombro, sintiendo como emociones se estrellaban en su interior y en ese momento era un volcán que estaba a punto de entrar en erupción.

—Te quedaste encerrado anoche... ¿Solo? —preguntó en un hilo de voz.

—Yo mejor me voy Susie, después hablamos. —Nicholas sabía de qué ella había visto el mordisco en su hombro.

—Eres un cobarde... Ahora te vas, esa marca en tu hombro... estuviste con una mujer y no te atrevas a negármelo —enfrentó dolida y molesta.

—No te lo voy a negar... sí he estado con otra mujer, tenía mucha presión encima y necesitaba liberar un poco de tensión, sólo eso.

—¿Y por qué buscas en otra lo que yo te puedo dar? Te lo he dicho muchas veces Nicholas, te deseo.

—Porque tú eres mi prometida, porque te debo respeto, contigo no puedo coger... —Le dijo alzando la voz, al sentirse acorralado—. ¡Contenta! Contigo tiene que ser especial.

—¿A qué le llamas especial? Porque soy tu prometida voy a morir virgen. ¿Acaso piensas beatificarme? —Inquirió—. Dices que no me tienes asco, pero únicamente es de la boca para afuera.

—No Susana, no me vengas con tu melodrama de auto desprecio... Tiene que ser especial, porque hay una gran diferencia entre coger y hacer el amor, quiero que cuando haga el amor haya sentimientos de por medio, miradas y caricias que hablen, besos que te roben el alma, no el simple acto físico... —hablaba cuando ella intervino:

—Tiene que ser intenso y sutil, apasionado y tierno, me lo has dicho cientos de veces, es la misma excusa, es un libreto que te sabes de memoria desde hace cinco años. ¿De dónde lo copiaste Nicholas? —Inquirió sonrojada por la molestia.

—No hay solución Susana, yo me largo, cuando no tengas nada que reprocharme, entonces me llamas, pero que no sea en media hora... Que sea cuando de verdad no tengas nada que escupirme en la cara. ¡Hago lo que puedo! —exclamó sintiéndose molesto y desesperado—. ¡Sabes que lo hago! —Salió y cerró la puerta fuertemente.

—No... no lo haces, no eres más que un hipócrita —susurró sola en su habitación y se lanzó sobre la cama a llorar, sintiendo devastada.

Ese hombre no la amaba y ella lo idolatraba, había hecho todo por él, hasta había expuesto su propia vida para poder tenerlo a su lado, pero Nicholas nada de eso valoraba, no sabía si el sacrificio de haber terminado postrada en una silla de ruedas merecía la pena. 

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