Aksel
Mia había organizado una pequeña fiesta en su casa a media tarde. El espacio era lo bastante grande y agradable. Había contratado servicio de catering e invitado a todos nuestros conocidos, los que seguían viviendo en Prakt.
—Sí, mamá, todo está bien —dije, al teléfono, refugiado en una de las habitaciones vacías, donde había algo de silencio—. La estoy pasando excelente.
—Te extraño tanto, cariño. Me habría encantado ir a verte después de dos años sin pasar tu cumpleaños contigo. —No había una gota de reclamo en su voz, solo dolor por el tiempo alejados.
—Prometo que el próximo año lo celebraremos solos, tú y yo en Soleil.
—Me gusta la idea, pero espero verte antes. ¿Vendrás por Navidad?
—No creo que pueda, mamá. En esa semana se evalúan los trabajos de curso de tercer año y estaré ocupado, pero iré en Fin de Año.
—Bien, entonces organizaré todo con los Favreau para que cenemos juntos y hacer algo especial.
—A mí me gusta esa idea más que a nadie —dijo una voz al fondo.
Un segundo después, por el sonido, supe que mamá no era quien estaba al otro lado de la línea, sino Nika:
—¿Qué se siente ser viejo y cumplir veintiocho, Aksy-Boo?
—No sé, dímelo tú que vas camino a los treinta.
—Envejezco como el vino, tú como la leche.
—Imbécil.
—Feliz cumpleaños, hermano —dijo con un tono cariñoso que pocas veces le escuchaba—. Quiero verte pronto.
—Pensé que vendrías a Prakt.
—Todavía no.
—Me has reclamado por desaparecer, pero tú nunca has vuelto a la ciudad.
Chasqueó la lengua.
—Mis razones tendré.
—Y las conozco muy bien. Supongo que en algún momento las hablaremos.
—Quizás.
—Aksel —me llamó Mia desde la puerta. El murmullo y la música de la sala se coló a la habitación—. Llegaron tres personas a las que vas a querer ver.
—¿Es ella? —preguntó Nika.
—Enseguida salgo —dije, ignorando a mi hermano al otro lado de la línea.
—Deja el teléfono y disfruta la fiesta —suplicó mi amiga e hizo un puchero—. Pedí tu comida favorita para que la incluyeran en el menú.
—Sí, es ella —dijo Nika, entre risas—. Reconocería esa voz donde fuera.
—Estoy hablando con mamá —le dije a Mia.
—Mentiroso —se burló Nika.
—Le mando un beso —dijo ella con una sonrisa, ajena a quién estaba al otro lado del teléfono—. La llamaré esta semana.
Mia cerró la puerta y volví a quedarme en la habitación silenciosa.
—Dile que está hermosa —dijo mi hermano.
—Ya se fue y no la has visto para saber eso.
—No importa, ella siempre está hermosa.
—Nika, basta. No me metas en tus problemas y...
Me tragué la parte en la que le decía que dejara a Mia en paz. Había pasado mucho tiempo desde que me había y le había prometido que no me metería entre ellos de ninguna manera.
—No soy tu paloma mensajera —concluí.
—Bien, pero al menos dime que me extraña.
—No lo sé, no hablamos de ti.
—¿Nada? Me estás mintiendo.
Reconocí que eso le dolía, pero no me lo iba a confesar al teléfono.
—No tengo por qué mentirte. Mia no habla de ti, evita el tema sin ningún disimulo y lleva años sin ir a Soleil solo para no cruzarse contigo. ¿Entiendes todo lo que eso significa o tengo que explicarte que no quiere volver a verte en su vida?
Se hizo un largo silencio.
—¿Cómo está ella? —preguntó más serio.
—Bien. Trabaja en lo que le gusta, quizás demasiadas horas extra, pero lo disfruta. Sigue prefiriendo las reuniones en casa a las fiestas, pero tiene que ir a muchas por las exposiciones y ahora a más porque es la nueva directora de la principal galería de la ciudad.
—Bien —murmuró—. Esa es mi Pulgarcita. Nunca esperé menos de ella.
—Y por eso hiciste todo lo que hiciste.
—Justo por eso —aceptó—. En la vida hay que hacer grandes sacrificios por las personas que más amamos.
Sus palabras me dolieron por razones totalmente distintas. Nika se había sacrificado muchas veces por todos nosotros y yo lo entendía, sin embargo, jamás había experimentado lo que era eso. Yo siempre había dependido de él y de mamá. Nunca había tenido la oportunidad de ser yo quien los protegiera a ellos.
—Pues mantén tu sacrificio en pie o no me metas en tus cosas con Mia. Y compórtate para no verme obligado a intervenir. No quiero, pero me obligas a recordarte que es mi amiga también.
Una amiga a la que abandoné cuando mi hermano le rompió el corazón.
—Tranquilo, Aksy-Boo. Todo en esta vida tiene un momento. El de Mia y yo todavía no ha vuelto a llegar. Solo estaba bromeando. Gracias por no decirle las estupideces que se me ocurren.
Exhalé un suspiro.
—Cuida a mamá.
—Me quedaré un mes más en Soleil y luego vuelvo al sur a trabajar. No sé si pueda venir en Fin de Año.
—Otro año sin vernos.
—Sí, otro año en el que te pierdes de mi bello rostro.
—Imbécil.
—No dejes de venir. Mamá necesita verte.
—Este año no faltaré. —Había dejado de huir desde el momento en que había decidido regresar a Prakt.
—No dudes en llamarme cuando lo necesites. Recuerda que te quiero.
—Gracias, Nika.
Terminé la llamada y musité un bajo "también te quiero" que nadie escuchó. Me recompuse y salí al encuentro de los invitados que iban y venían entre copas de champán y canapés.
Antes de que pudiera localizar a Mia, alguien me abrazó y chilló mi nombre. El pelo castaño de una mujer me cayó en la cara y unos delgados brazos me apretaron contra su cuerpo.
—¿Sophie?
Chilló de nuevo y dio un par de saltos en el lugar con mi rostro entre sus manos. La mejor amiga de Mia, la chica de la que me había enamorado cuando había vivido en Soleil diez años antes.
—Te ves igual, pero en señor mayor —dijo, emocionada.
—Eso no es un halago.
—Pero igual estás guapo. —Me volvió a abrazar—. Te hemos extrañado. Te has perdido todo lo bueno, eres el peor amigo del mundo.
Y era una manera de hablar, pero yo lo sentía como una gran verdad.
—Tienes que contarme todo —continuó hablando con palabras atropelladas—. Elksan, los estudios, el trabajo, tu novia. Tienes que darme tu número y saldremos a comer algo para ponernos al día...
—Soph, déjalo respirar.
Detrás de ella, apareció Dax, igual de alto, algo más musculoso y con la misma sonrisa que recordaba de nuestra adolescencia. Lo abracé y me palmeó la espalda.
—¿Cómo va la vida de profesor? —preguntó con una sonrisa.
—Mejor de lo que me dijeron que sería.
Reímos juntos porque él era el que siempre decía que no fuera profesor, que iba a morir de aburrimiento. Sophie se colgó del brazo de Dax y se vio igual de tierna y diez veces más feliz de lo que la recordaba.
—Felicidades por el matrimonio —dije con sinceridad—. Lamento no haber estado en la ceremonia.
—No importa —dijo Sophie—. Mientras nos des un regalo de bodas, todo está bien.
—¿Tres años después?
—Mejor tarde que nunca —apoyó Dax a su esposa y se sonrieron el uno al otro.
—Me alegro de que Mia los invitara. No me había dado cuenta de lo que los había extrañado.
—Y falta alguien en esta reunión —dijo Dax y dio paso a Mia que cargaba un bebé en brazos—. Aksel, esta es la pequeña Layla, Layla, saludo al tío Aksel.
Se me cortó la respiración. Era una hermosa niña de tez canela y pelo rizado con unos enormes ojos color caramelo, idénticos a los de Sophie.
—¿Cómo? ¿Cuándo?
No tenía palabras y cuando Mia me pasó a la bebé, quedé embelesado.
—El cómo nadie te lo tiene que explicar —se mofó Dax—. Qué edad tiene: casi dos años.
La bebé era tan liviana y vestía ropa blanca. Me miró sin hacer sonido alguno y cuando le sonreí, me devolvió el gesto y se revolvió entre mis brazos, emocionada.
—Creo que le agradas —dijo Sophie—. Eso es bueno, así yo puedo ir a buscar papas. Tengo antojo de papas.
—Siempre tienes antojo de papas —dijo Mia.
—Esta vez es antojo real. Estoy formando a otro bebé en esta panza y ese bebé pide papas.
—Te las busco.
—No. —Sophie impidió que Dax se moviera—. Yo voy. Tengo que luchar mi propia comida.
—¿Está embarazada? —pregunté cuando desapareció.
—Dieciocho semanas —dijo Mia, evaluando a los invitados a nuestro alrededor—, pero ya come como si tuviera treinta.
—¿Y tú? —le pregunté a la bebé que no dejaba de mirarme—. ¿Qué te parece tener un hermanito o hermanita?
La bebé volvió a reír y revolverse. Me echó los brazos al cuello y me abrazó. Dax la miraba con cariño.
—¿Ustedes, cómo están? —pregunté.
—Yo, cerca de terminar mi carrera como futbolista.
—Veo las noticias. Pensé que no lo harías.
—Es momento. Quiero invertir y pasar tiempo con Sophie y mis hijos. No sirve de nada seguir jugando sin parar de viajar para perderme todo lo bueno de sus vidas. —Acarició los rizos de la bebé que seguía abrazada a mí—. Soph se ha pasado mucho tiempo sola, con la bebé, trabajando desde casa. Es su momento de brillar. Voy a invertir en su empresa de diseño y supongo que me tocará quedarme en casa con los niños.
—Y los fines de semana se pueden quedar conmigo y tendrán tiempo juntos —intervino Mia—. Estoy segura de que Aksel también hará de niñero, si se lo piden.
—Encantado —dije, balanceando a la niña en mis brazos—. Pero no sé si pueda cuidar de dos bebés al mismo tiempo.
—Yo te ayudaré. —Emma llegó de la nada y tomó a la bebé en brazos—. ¿Cuánto me extrañaste, Lay-Lay?
La niña la reconoció al momento y se puso a balbucear en lo que Emma le hablaba como si la entendiera, contándole de sus últimas semanas y haciéndole preguntas.
—Bueno, parece que podrían cuidar bebés —dijo Mia con la vista en nosotros—. Emma los entretendrá en lo que Aksel prepara la cena.
—Parece que hacen buen equipo —concordó Dax, mirándonos.
Emma me dedicó una sonrisa y nos imaginé cuidando bebés en mi casa. Parecía dársele bien mantener a raya a la pequeña Layla que se veía más hipnotizada que conmigo. Pasaba las manos por los tatuajes de Emma y hacía lo que debían ser preguntas, no se le entendía nada.
—No había papas —dijo Sophie, con los ojos llenos de lágrimas.
—Sí hay, ven conmigo —dijo Mia y se la llevó de la mano.
Dax se excusó y fue con ellas.
—¿Mia te dejó venir así vestida? —le pregunté a Emma que iba con un pantalón blanco cubierto de pintura y un top negro—. A mí me obligo a venir de traje.
—Mia aprendió algo muy bueno de Nika: no pelees batallas que sabes que no vas a ganar.
Fijó su atención en la pequeña Layla que jugueteaba con su gargantilla.
—¿No me vas a felicitar?
—¿Por? —dijo, sin mirarme.
—Es mi fiesta de cumpleaños.
Se encogió de hombros y sin decir más, me dejó solo. Iba a seguirla para preguntar si le pasaba algo, pero Sandra me detuvo.
—¡Feliz cumpleaños! —Me abrazó con fuerza y al separarse estampó un beso en mi mejilla—. Ya eres un hombre adulto. ¿Te puedo decir abuelo? —se burló.
—Tenemos la misma edad.
—No es lo mismo. Yo soy diez años más joven que tú, espiritualmente hablando. ¿Cómo te sientes?
Abrumado, con ganas de irme a casa y acostarme en el patio trasero a mirar las estrellas.
—Tengo hambre —mentí—. ¿Buscamos algo de comer?
—Mientes mal, Aksel Hol... Bakker. Tengo una buena idea para escaparnos de la fiesta. —Me guiñó un ojo—. A las nueve todos habrán bebido de más o estarán demasiado entretenidos para notar que el homenajeado desapareció. Hay una exposición al otro lado de la ciudad y te va a gustar. Después harán una fiesta privada.
Más lugares repletos de personas. No, no quiero.
—¿Te animas?
—Vale, pero nos iremos temprano de la fiesta.
Sandra torció los labios y tomó una copa de champán de uno de los camareros que pasó cerca. La puso en mi mano.
—Hoy es un día especial. Diviértete. —Me dio un beso en la mejilla y me susurró al oído—: A las nueve nos vamos.
No respondí, tampoco bebí de la copa y me quedé con la vista fija en el ventanal a mi derecha, en el atardecer. No tenía ganas de estar ahí.
Mi teléfono vibró con la entrada de un mensaje.
Emma: Baja al parqueadero subterráneo.
Emma: Ahora.
*****
Hola, champiñones.
¿Cómo las lleva la vida? A mí con dolor de cabeza.
Espero que les gustara el capítulo, me dio mucha nostalgia escribirlo.
Tengo muchas ganas de continuar la historia y quiero tener tiempo para escribir. Tengan paciencia que llegarán capítulos pronto.
Las amo.
💋
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