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Abrí los ojos, sentándome bruscamente, tenía la respiración agitada, la frente mojada en sudor y mis ojos pestañearon un par de veces para acostumbrarme a la luz del día. No tenía otra cosa más en mi mente que aquella pesadilla, cual venía siguiéndome desde el día que había oído la noticia. Los nombres de las cuatro mil personas elegidas para el proyecto Tect, entre jóvenes y adultos, habían sido anunciados públicamente hace ya unas semanas; y no creo poder olvidar haber visto el mío escrito en aquel papel sucio y arrugado. "2178: Paige Lockhart"

Me levanté con el cuerpo pesado, deseando que este día, aunque aún no hubiese empezado, nunca terminase. Mañana sería la partida; y luego desaparecería del mapa durante seis meses en los cuales estaría atrapada dentro de una barrera "ayudando a la ciencia", si es que no ocurría una catástrofe y mi tiempo allí se alargase, o simplemente no tuviese la oportunidad de volver; lo que la mayoría de las veces, por no decir todas, ocurría en algún punto del proyecto. No se nos ha sido brindada ni un tipo de detalle sobre el lugar o la intención, solo fuimos informados de algunas cosas básicas. Se decidió crear un sector apartado, en una península en el mar atlántico, dispuesta en módulos. Una ciudad probeta donde ir moldeando el mejor modo de administrar los recursos, y conseguir desarrollar el mayor potencial de cada individuo. Alimentada por todos los recursos que la rodea, con todos los avances en protección ambiental. Desde las torres insertadas en el suelo oceánico hasta las diferencias térmicas. Todo es 100% orgánico y natural. Claro, todo con sus beneficios y sus contras; como el hecho de la energía eléctrica; a base de un gran panel solar en medio de la ciudad, totalmente gratis pero sin embargo no siempre buena, ya que en las temporadas de invierno donde el sol disminuye, la energía también lo haría.

La alarma no tardó mucho en sonar escandalosamente como lo hacía siempre, supuestamente despertándome y despertando a mi hermano menor ¿Pero cómo puede uno despertar si ni siquiera ha logrado conciliar el sueño de manera decente? Escuché como mi hermano se removía intentando apagar el despertador desde la cama de arriba siendo que este se encontraba en una mesita nocturna al lado de la mía; intento fallido. Empezó a bajar las gradas en silencio, de seguro trataba de hacer el menor ruido posible para no despertarme.

—No te preocupes. — Susurré apretando el puente de mi nariz con mis dedos y cerrando fuertemente los ojos, preparándome mentalmente para este día. —Ya desperté. — Incluso sin poder verle, sentí una sonrisa dibujarse en su rostro. Saltó desde la escalera en la que se encontraba, haciendo que la madera casi podrida de nuestra habitación crujiera al tocar sus pies.

—Te extrañaré. —Dijo subiendo a mi cama saltando ligeramente con la punta de los pies, acostándose en el espacio que le había dejado a mi lado—No quiero que te vayas. —La tristeza tan sincera en su voz solo lograba agujerearme cada vez más el corazón. Por favor, no vengamos con el tema, rogué para mis adentros.

—Yo tampoco quiero ir. —Dije con una sonrisa forzada, tratando así tal vez calmar un poco la tensión del momento. — Pero no puedo hacer nada al respecto, ya lo sabes

—Quédate Paige.

Y por más que toda yo estuviese dispuesta a hacerlo, sabíamos muy bien que era totalmente imposible; sin duda nada bueno saldría de ello. Por más que en algún alocado universo paralelo hubiese logrado escapar, la culpa recaería en algún familiar o ser querido; y los castigos (Si es que llegaban a perdonar su vida) eran el infierno mismo, por no decir mucho peor.

Levanté mi torso, sentándome sobre la cama. Definitivamente pasar el día durmiendo no sonaba como una buena idea sabiendo lo mucho que tenía que preparar para mañana. Él imitó mis movimientos sin soltar sus brazos de mí; aun en un incómodo pero cálido abrazo. Sin decir una sola palabra, nos levantamos; casi como robots. Nuestras miradas se encontraron durante una fracción de segundo, y luego se fueron apagando mientras las apartábamos, dirigiéndola hacia otra dirección.

— ¿A dónde quieres ir? —Pregunté sacando el vestido de mamá del armario y disponiéndome a colocármelo. Había sido ya costoso el hecho de que me separaran de ella a los once años, y saber que murió en un proyecto me destruyó por completo. Y aunque logré superar esa etapa de tristeza, seguía teniendo momentos en los que la soledad se apoderaba de mí.

—Vamos al parque. —Dijo muy seguro de su decisión, algo muy típico de Lucas; para solo tener once años era un niño bastante seguro de él mismo y las decisiones que tomaba; cuya seguridad sin duda muchos envidiaban tener; incluyéndome

Asentí moviendo la cabeza, preparando la mesa para el desayuno para ambos y planeando mentalmente mi día, organizando así mi tiempo. Lucas, como siempre, llevó todos los mechones de su oscuro cabello detrás de sus orejas, asegurándolos con una horquilla para el pelo para que así no le estorbasen al comer, truco que desde pequeño hacía, siempre se rehusaba a cortarse el flequillo.

— ¿Volverás Paige? — Comentó indiferente, sin siquiera quitar atención a mezclar la leche con el chocolate en polvo y tomándola; mirando todo el tiempo hacia abajo, como si no quisiera enfrentar la realidad al no verme.

— Por supuesto que sí. — Alegré un poco mi tono de voz, sonriendo y respondiendo como si fuera obvio. —Solo serán unos meses, luego estaré de vuelta...

—Promételo. —interrumpió alzando la vista con los ojos acuosos. Ambos sabíamos muy bien que aquellos experimentos habían quitado bastantes vidas, y los pocos que regresaban perdían la cordura con el paso de tiempo.

—Lo juro. — Sonreí guiñando un ojo y a la vez, peleando internamente para no demostrar debilidad, no frente a Lucas, lo único que lograría sería preocuparlo y hacerlo sentir peor de lo que ya estaba. Agaché un poco la mirada, ocultando mi ceño fruncido y mis ojos casi aguosos; jurándome internamente que, aunque me fuese casi imposible, haría todo a mi alcance para volver con Lucas.

Encendí el televisor a control remoto, viejo pero útil, buscando algo interesante para matar tiempo, subiendo y bajando canales al no encontrar nada más que noticias del día y algunas propagandas ofreciendo productos milagrosos; paré al escuchar el himno de Oppidum desde los parlantes; mostrando al presidente con su nueva campaña electoral, aunque todos sabíamos muy bien que volvería a ganar, solo el sector A tenía el derecho a votar. Oppidum se creó en un escenario post apocalíptico de lo que anteriormente se llamaba América, situándose en una península donde quedaban algunos sobrevivientes, apenas unos cuantos como para poder repoblar y reparar el lugar luego de que una serie de desastres naturales hubieran arrasado con este hace 176 años, y por más que algunos aspectos tecnológicos del viejo mundo continuasen sirviendo en el nuestro, su acceso estaba totalmente restringido para los habitantes, fue a través del mercado ilegal que las televisiones comenzaron a ser comercializadas, tanto, que decidieron abrir una excepción a esta.

— ¿Irás al mercado? — Pregunta Lucas con la boca llena de pan, y viendo su plato se podía notar que no era el primero que comía. — ¿Puedes comprar pastelillos? El pan ya aburre y tengo mucha hambre

— Sí, señor. — Bromeé en tono militar, tratando de sacar una sonrisa en su rostro.

El resto del desayuno prosiguió sin oírse ni una sola palabra de nuestra parte, cada uno absorto en sus pensamientos y con algunas miradas de mientras tanto, un silencio mortal si se podría decir puesto que era muy fácil adivinar que pasaba por nuestras cabezas. Me levanté de la mesa, dejando a Lucas recoger los platos y lavarlos, dirigiéndome hacia la puerta y colocándome mi chaqueta de lana favorita, que aunque me quedara algo ancha y me llegase hasta un poco más arriba de las rodillas, era bastante cómoda y caliente para el clima del sector en el crudo invierno. Esta la conseguí en la "subasta anual del Sector B", o como preferían llamarla: La Gran Subasta, cual se hacía una vez cada año para recaudar dinero suficiente para la supervivencia del sector en base a que el gobierno no nos brindaba lo suficiente como para poder mantener a flote todas las áreas del lugar.

Mi casa no se encontraba muy lejos del centro de la ciudad, unos cuantos minutos de caminata y ya habría llegado; aunque de todas maneras el sector no era muy grande, alrededor de cien o ciento cincuenta kilómetros cuadrados en aproximación. Caminé durante unos cuantos pares de minutos, el mercado estaba un poco más apartado de la plaza central de la ciudad por lo que tardé un buen rato en llegar. Por dentro se lograban oler varias cosas podridas, fuego, carne cruda, plástico y una variedad de olores fétidos. Arrugué la nariz mientras giraba sobre mis talones buscando con la mirada la panadería: Un lugar de apariencia bastante fea por fuera aunque muy cálida y bonita por dentro. El olor a pan recién horneado, pasteles y frutas; aunque no las vendieran, inundaban mis sentidos, haciéndome sonreír al momento de entrar en la tienda, estos pequeños detalles en la vida me hacían estar agradecida por encontrarme aquí. Después de un buen momento yendo de tienda en tienda, logré comprar lo necesario para la supervivencia, por no decir el buen vivir, de Lucas durante unos días hasta que nuestra tía Marie llagara del otro lado del país.

Libre al fin, pensé mientras me detenía en medio camino a la plaza, sintiendo el pavimento bajo la alfombra de nieve en mis pies endurecerse. Y en estos momentos era cuando la más loca idea de escapar cruzaba por mi cabeza, aunque carecía de lo que la mayoría de la gente en su sano juicio llamaría «un plan». Llevé un bollo de nieve hacia mi mejilla, cerrando los ojos e ignorando a las personas que me veían allí parada, sintiendo el frío de esta y tratando de despejar mi mente de todas preocupaciones.

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