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Capitulo I

Marcaban las tres y cuarto las lentas manecillas de su reloj haciendo cada vez más física su agonía. El sudor hacía una larga caminata por todo su ser dejando en el suelo evidencia de su desesperación. Estaba muriendo, moriría allí y en ese preciso momento y a nadie parecía importarle eso en lo más minimo.

Las risas no se hicieron esperar, no distinguía con claridad de donde provenían pero de que las oía, las oía. Se le nublo la vista, el pulso pareció decaer, la sangre comenzó a brotar con furia de su frente y ya no pudo sostenerse en pie. Melissa cayó al suelo de golpe levantandose de prisa para no dejar la espalda descubierta de quienes la atacaban sin piedad, escucho un par de risas luego. La joven seguía tan perturbada que no noto cuando uno de los chicos se acerco corriendo hacía donde estaba ella y la empujo con fuerza hacia atrás. Un grito se escucho de entre la multitud el cual le fue apenas audible por el grado de desconcierto en el que estaba sumida, aún no entendía lo que pasaba pero de algo estaba segura, fuera lo que fuera ya no podía detenerlo. Ellos querían matarla. Resbaló sobre sus pies por el impacto y aunque conservaba a la última la esperanza de que alguien la sostuviera e interrumpiera su camino hacía el suelo no paso así, cayó al suelo de nuevo sin que nadie lo evitará y aún peor fue que no pudo evitar ser recibida por una filosa roca con la que se golpeó con tal fuerza que se le abrió el cráneo.

Melissa había muerto. Los jóvenes se dieron a la fuga pero no sin que antes el líder del grupo levantará la pesada piedra con la que se había golpeado antes la chica y la dejará caer sobre su cráneo sangrante, aplastandole la cabeza y quedando a la vez toda su ropa ensangrentada. El crimen estaba consumado.

***

El reloj de pared en la sala de doña Juana marcaba las seis y cuarenta de la tarde, se estaba comenzando a preocupar puesto que su hija nunca pasaba de las cinco fuera de casa cuando salía a hacer tareas con su grupo de la universidad. "¿Será que le cogió el agua en la calle y se estará refugiando en algún negocio?" Se preguntaba mientras entre sus manos apretaba un trapo. A las tres y media, cuando doña Juana suponía que su hija debía ir a mitad de camino de regreso se había desatado, como de la nada y por arte de un mismisimo acto de magia, una agresiva lluvia que amenazaba con llevarse entre sus vientos el techo de zinc que cobijaba su cálida vivienda. Desde el momento en que empezó así a llover doña Juana sintió como si miles de espada le atravesarán el alma viéndose obligada a sentarse en el suelo porque sentía que se moría, tanto fue el susto que Martina su nuera, esposa de su hijo Andrés, tuvo que prepararle un vaso de agua de azúcar con sal a ver si asi se le calmaban los nervios porque era tanta la agitación de la mujer que Martina temía lo mejor "Le va a dar un ataque" se atrevió a pensar aunque no a decir mientras la motivaba a tomarse el remedio y a relajarse. Tomo en sus manos Juana un trapo de los que usaba para agarrar el caldero cuando iva a retirarlo de la estufa y de lo llevó al pecho, ahí tenía una sensación muy dolorosa y extraña. Gracias a los esfuerzos de Martina doña Juana se había logrado tranquilizar y apretaba entre sus manos el trapo dejándolo tan estrujado como se había sentido su corazón hace poco.

--¿Y si le paso algo a la niña? --Logró por fin articular palabras luego de asegurarse de que la lluvia había cesado en su totalidad.

--¡Ay doña! ¡Qué Dios no la oiga y el diablo se haga sordo! --Sentenció Martina exageradamente preocupada porque justo estaba pensando lo mismo-- La niña es muchacha de bien y Dios no dejará que le pase nada, seguro se dilató hablando con alguna amiguita, sabe usted lo pendenciera y chismosa que es --Dijo en parte buscando aliviarse a si misma.

--Tienes razón Martina, la niña esta bien. Eso fue que se quedo bebiendo café o jugando con los muchachos en la casa de la comadre Fior --Declaró finalmente convencida la doña--. Mejor ayúdame a degranar los guandules para dejarlos en agua para el moro de mañana --Instó a una aparentemente mas tranquila Martina.

***

En la casa de los Hurrutia Bueno no se hablaba de nada más que de política y es que en vispera de elecciones presidenciales el pueblo Dominicano no hablaba de nada más. No sólo se elegiría un presidente, se decidiría el rumbo que tomaría el país en los próximos 4 años, que podían convertirse en 8 si el candidato electo posee la suficiente audacia para convencer al pueblo de que es necesaria una modificación a la Constitución o, en su defecto, comprarlo y sobornar los estrechos bolsillos de la soberanía nacional.

Comenzaba a caer la noche y ni rastro de los tres miembros menores de la familia. Los chicos habían salido desde temprano y no habían dado ni la mas mínima pista sobre su paradero. En pleno siglo XXI, como solían expresar los padres modernos, no es necesario que los muchachos jóvenes anden pidiendo permiso para salir y mucho menos que tengan la cortesía de avisar donde están. Total, a los padres les daba lo mismo y para ellos no hacía la mínima diferencia. Sabiendo o no sus padres el paradero de la discoteca en la pensaban "disipar la mente" seguirían ahí perdiendo el tiempo.

--¿Ya llegaron los muchachos? --preguntaba Don Tomás sin siquiera levantar la vista de su periódico.

--No Tico, pero la niña me aseguro cuando la llamé que llegarían temprano. Les valió la advertencia de la última vez --Los defendía su madre ocultando que en su celular ni en el de la casa no había llamada alguna de sus vástagos.

--¿Y dónde serán que estan metido Josefa? Mira que ya son las siete y Juan Luis inicia la universidad mañana.

--Eso es que están disipando la mente Tico, las cosas no son como antes, como en nuestros tiempos, los muchachos ahora salen más y tienen todo el derecho de hacerlo.

Don Tomás le lanzó una mirada de reproche a su mujer sólo para volverse a sus asuntos. Según una encuesta que leía su primo Ernesto tenía el 60% de probabilidad de ganar la presidencia del país. Sonrió complacido y le hecho una lenta mirada a su reloj "Las siete y cuarto" pronunció en voz baja en tono solemne sin saber que solo cuatro antes ese mismo reloj anunciaba la hora en que su hija había muerto en manos de unos desgraciados sin verdadero poder sobre su vida más que el que ellos mismos se habían otorgado y esto sin que en pleno parque municipal nadie hiciera nada para evitarlo.

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