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07

—🌥—




                Los últimos días habían sido toda una montaña rusa de emociones para Beth. Veía a Bruce por lo menos cuatro veces a la semana durante su turno y texteaba con él gran parte del día tras darle su número esa tarde. Probablemente esto no pasaba de una amistad pero no podía evitar pensar en lo contrario.


           
Su celular comenzó a vibrar en la mesa de noche provocando ese distintivo sonido contra la madera. Beth, aún medio dormida, estiró la mano sacándola de entre las sábanas para tomarlo sin muchas ganas. Nunca recibía llamadas y cuando lo hacía eran de su madre preguntándole dónde estaba o de sus abuelos pidiéndole ayuda con la televisión que solía fallar seguido. ¿Probablemente era alguien vendiendo cosas? ¿O su hermano que necesitaba consejo sobre una chica en medio de una fiesta? No lo sabía y sin más contestó.



—¿Hola?—preguntó llevándolo a su oído, sin moverse de su cómoda posición.



—¿Señorita Walker?—abrió lentamente los ojos —disculpe la hora. Soy Alfred Pennyworth, mayordomo de...



—Bruce—murmuró sentándose en la cama. No es que conociera muchas personas con uno—¿está bien?



—No, me temo que no—Beth podía jurar que su corazón se detuvo por un momento antes de latir con rapidez—perdí la comunicación con él hace unos momentos y creo que puede estar en problemas. Sé que son cercanos y no supe a quién más llamar.



—¿Sabe su última ubicación?—se quitó de encima las sábanas para salir de la cama directo a su closet donde sacó un par de jeans.



—Si, ya se la envío por texto—a velocidad récord cambió su pijama por la mezclilla y al verificar los datos de Alfred en su pantalla metió los pies a la fuerza en sus botas.



—Puedo estar allí en cinco minutos—respondió tomando su sudadera del perchero junto a su puerta.



Y así fue, nunca había pedaleado tanto en su vida como aquella fría madrugada por las desoladas calles de Gótica; con la respiración entrecortada bajó de la bicicleta de su hermano para caminar por la calle que indicaba el texto. Sentía un miedo inmenso pero no era a estar sola allí como solía pasarle, era a lo que le pudo haber pasado a Bruce.



La desesperación se apoderó de ella al no encontrar nada más que basura y farolas fundidas. Su mente comenzó a jugarle sucio poniéndole los peores escenarios posibles, tan mal estaba que sus ojos comenzaron a cristalizarse. Entonces, el crujir de una bolsa le hizo mirar detrás suyo.



Ese sentimiento de alivio le hizo soltar un suspiro. La alta silueta se sostenía de pie con dificultad pero estaba allí. Dejó la bicicleta caer para correr hacia él y su singular armadura. Ni siquiera le tomó atención al lema de su pecho o a las orejas puntiagudas de su máscara.



—Bruce—murmuró tomando su rostro entre sus pequeñas manos.



Un hilillo de sangre se dibujaba por debajo de la máscara hacia su mejilla, le costaba tener los ojos abiertos y se notaba. No pudo seguir de pie por lo que empezaban a fallarle las piernas, Beth trató de sostenerle pero era demasiado. Lo que mejor pudo hacer fue no soltarle para evitar que cayera tan fuerte.



—Hey, todo estará bien ¿okay?—con una mano sosteniéndole por el cuello, usó la otra para sacar el celular y marcar el último número en su registro. Bruce luchaba por no quedar inconsciente pero iba perdiendo—sólo aguanta un poco.



Llevó el celular a su oído y él veía sus labios moverse más le costaba distinguir lo que decía su dulce voz.


No iré a ningún lado.


Fue lo último que escuchó antes de que todo se tornara negro.



—¿Estará bien?—preguntó Beth de brazos cruzados.



Bruce yacía en su cama con parte de la armadura puesta aún, Alfred terminaba de curar la herida en su ceja que sorprendentemente parecía ser el único daño aparente. Ella le miraba desde los pies de la cama.



—Por supuesto. El amo Bruce no se rinde tan fácil—miró a Beth una vez que terminó—creo que no tuvimos la oportunidad de presentarnos adecuadamente. Alfred Pennyworth.



La castaña se acercó un poco para estrechar su mano.



—Beth Walker. Aunque eso ya lo sabía por alguna extraña razón—entrecerró los ojos haciendo al hombre reír.



—Él me ha hablado sobre usted. Parece ser que le tiene un cariño algo...especial—Beth miró a Bruce, quien lucía tan tranquilo descansando—mutuo, por lo que veo. ¿Quiere que la lleve a casa?



—En realidad me gustaría quedarme hasta que despertara—giró la cabeza hacia Alfred—digo, si no es molestia.



—¡No, no! Para nada—comenzó a caminar hacia la puerta—llámeme si necesita algo, lo que sea.



Asintió antes de que cerrara la puerta tras él. Apenas se hacía a la idea de que Bruce estaba bajo el traje del justiciero que aparecía casi diario en el noticiero aunque ahora que lo pensaba bien, tenía sentido por muchas cosas incluyendo su pasado que sabía en partes por periódicos y televisión.



El sol llevaba un buen rato iluminando la ciudad cuando Bruce comenzó a volver en sí. Le costaba un poco abrir los ojos y tomar conciencia de su adolorido cuerpo pero eso pareció olvidarlo cuando vio a Beth junto a la ventana observando la vista al parque desde lo alto.



—¿Beth?—dijo tratando de levantarse.



—No, no. Tranquilo—respondió acercándose a él con prisa hasta sentarse en la orilla de su cama—tuviste una contusión. Te encontré antes de que te desmayaras.



—¿Me encontraste?



—Si, Alfred me llamó y salí a escondidas en la bicicleta de mi hermano a buscarte. Nos metiste un buen susto.



—Escapaste de casa...¿por mí?



Él sabía que a Beth no le gustaba tomar riesgos y menos cuando estos tenían que ver con desobedecer a sus padres. Sin embargo allí estaba, prueba de que olvidó eso para ir a ayudarle.



—Claro—se encogió de hombros bajando la mirada—mi mamá estará furiosa cuando note que desaparecí. Si es que lo nota...—dijo riendo—pero no me importa, lo que sí, es que estás bien.



Le sonrió, sin embargo, pudo ver las lágrimas acumularse en sus ojos. Bruce levantó con un poco de dificultad la mano —aún vendada por los nudillos— para ponerla encima de la de Beth. Ella, aunque un poco confundida por el repentino acto, le respondió el gesto girándola para poder entrelazar sus dedos con cuidado.



—Por un momento pensé que iba a perderte—confesó limpiando sus ojos con la manga de su sudadera—tenía miedo.



—Eso no pasará. Mientras estés tú...—hizo una pausa en la cual unieron sus miradas—yo tendré una razón para siempre volver a casa.



—Bruce, por favor no digas eso—susurró pasando su atención al par de manos juntas.



—¿Lo mucho que me importas?



Permaneció en silencio. Siempre le ha sido difícil aceptar las muestras de cariño de otras personas, era su peor defecto y se odiaba por ello. Como si fuera auto sabotaje se alejaba cuando el sentimiento aparecía, era por eso que nunca salió con alguien y sus amigas se alejaban sin entenderla.



—Creo que es hora de que vuelva a casa—apretó los labios y soltó su mano para ponerse de pie.



No le devolvió la mirada ni una sola vez en el corto transcurso a la puerta.



Que alguien le correspondiera de esa manera tan sincera y pura ha sido todo lo que ha querido desde pequeña. Ahora lo tenía ¿y huía? Se odiaba por eso, pero se odiaba más por no tratar de corregir ese mal hábito que tenía y del cual sabía su origen.

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