
Prólogo.
Sábado, 16 de Febrero de 2008.
En uno de los lugares más recónditos y escondidos de todo el país de Obsiditlant, se encontraba un pequeño pueblo ubicado en el sur del continente. Era una comunidad que había nacido de las montañas y el campo. Llamado: El cuervo negro.
Lo habían nombrado con ese nombre desde que Hugo Castañera fundó el pueblo en 1980, llamándolo así por lo primero que vio con más abundancia en las tierras: cuervos.
Era un lugar bastante silvestre, que era rodeado por una selva gigante de plantaciones de maíz y fuertes lluvias torrenciales. Para tener mucha vegetación, era un sitio bastante frío y húmedo. En el día, el sol siempre se ocultaba entre las nubes cargadas de agua, y la luna era lo único que se podía divisar en el cielo nocturno cuando la penumbra caía.
«Sitio tranquilo.», pensaran muchos, y lo era. Las cordiales personas se distraían en sus granjas sin dañar a nadie, excepto por algunas personas; que hacían de sus fechorías cuando nadie los veía, y entre ese pequeño grupo se encontraba: Walton Gill. Un alcohólico granjero que mantenía su ganado y su maizal gracias a la ayuda de su hija de quince años; a quien obligaba a trabajar en su campo mientras que él bebía amargas y secas botellas de ron.
Walton era un hombre que en su juventud había sido bastante corpulento y guapo. Había estado en un famoso equipo de béisbol, y había ganado muchos juegos; obteniendo fama y mujeres, y entre esas chicas que tanto lo adulaban conoció a una mujer que se volvería su esposa, y quien fallecería años más tarde por un ataque cardíaco mientras que sembraba maíz en el campo.
El hombre cayó en una completa depresión por haber perdido a su amada, y que ella lo abandonara con la hija que habían tenido juntos; que en ese momento tenía trece. Enfadado con la vida, y melancólico por la muerte de su mujer, recurrió al consuelo de la bebida alcohólica y al maltrato que le daba a su hija de quince años.
Mientras que la pequeña se refugiaba en las palabras del señor que yacían escritas en su Santa biblia. El padre tomaba consuelo en el alcohol y en el ver como ella lloraba cuando él la abofeteaba por no hacer bien el trabajo del campo.
Walton había cambiado completamente, y sin darse cuenta se había convertido en el peor padre que una niña quisiera tener. Alcohólico. Amargado. Agresivo, y obstinado. Además, su atlética apariencia de jugador de béisbol ya no era la misma. Ahora, era un hombre gordo y sudoroso. Su peluda barriga era tan grande, que aveces su hija se preguntaba sí él podría levantarse del sillón en el que siempre permanecía sentado viendo televisión.
Incluso, la joven pensaba en ciertas ocasiones sí su padre realmente se bañaba, porque no era lo que su sucia apariencia revelaba. Él siempre cargaba la misma camiseta blanca; manchada de sudor en las axilas, y los mismos enormes pantalones que se ajustaban a sus obesas piernas.
Walton resultaba en cierto punto repugnante para su propia hija, pero ella no podía decir nada al respecto, ya que era gobernada por el machismo y la autoridad de su padre.
Por eso la noche de aquel día de Febrero fue igual como el resto. Walton sentado en su cómodo y viejo sillón con una botella de ron en mano, observando otro juego más de béisbol en uno de los canales que tenía la tv. Mientras, que su pequeña y solitaria hija yacía en la cocina, haciéndole la cena después de haber terminado de atender a los animales del corral y el maizal.
Sin duda era otra noche más para Walton.
- Mmm ya tengo hambre...- habló con su voz gruesa y obstinada, mientras que se mecía en su sillón reclinable y miraba fijamente la caja de imágenes con el ceño fruncido-. ¿Cuándo esa imbécil terminará con mi cena?- se preguntó, y desvió la mirada hacia la silenciosa cocina; esperando a que su hija entrara con el plato de comida a la sala de estar.
Frunció más el ceño, y le dio otro profundo trago a su amargo ron. Bebía como si tomara agua, pensando en que ya quería cenar. «Maldita imbécil, si no te apuras con la comida te sacaré un diente.», pensó con cierta ira que lo invadía por su ser, apretando con fuerzas la botella y mirando fijamente hacia la dirección de la pequeña cocina.
Sin embargo, Walton ya no podía seguir soportando la espera. El reloj de parajito que yacía en la pared desgastada; marcaban las ocho y media de la noche, y él aún no había probado bocado. El tiempo de su hija se terminó, y ahora él la castigaría.
No le había importado lo pesado que su cuerpo era por la obesidad que tenía, y se levantó con cierta firmeza del sillón. Su rostro parecía el de un hombre desquiciado, y la papada sudorosa que cargaba debajo del mentón tembló cuando se movió violentamente.
- ¡Misty!- gritó fuertemente, y con la ira colérica que lo invadía estrelló la botella de ron finalmente vacía contra la pared-. ¡Maldita imbécil, he estado esperando la maldita cena! ¡Desde toda la maldita tarde! ¡Oh, maldita, perra!
Sus ojos ahora parecían dos fríos huevos enormes, y apretando los dientes se acercó con los fuertes pasos de un elefante hacia la cocina, con las intenciones de golpear a su hija hasta que se cansara. El suelo de madera retumbó con cada violento movimiento, y Walton sintió que estuvo a punto de desmayarse por la intensa ira sanguinaria que le recorría por todo el cuerpo cuando entró a la pequeña habitación y no se encontró con Misty allí.
Su hija no le había cocinado. No estaba adentro.
- ¡Misty! ¡Misty!- aulló tan fuerte como si lo estuvieran asesinando, pero estaba cegado por la intensa ira. Entonces, apretó sus enormes puños y los llevó arriba, mientras decía-: ¡Maldita, imbécil! ¡Maldita, imbécil! ¡Maldita, imbécil!
El suelo retumbó con mayor violencia, y Walton sintió que asesinaría a su hija esa noche, cuando ella no apareció ante ninguno de sus llamados. No se encontraba en la casa, si no, ya hubiera aparecido rápidamente por el miedo que le tenía a papá.
Misty no estaba.
Walton dejó de gritar como si le llevara la vida en ello cuando notó que su pequeña hija no vendría a la cocina por sus llamados, y que ni en la casa se encontraba. «¿Aún está ordeñando a las maldita vacas?», se preguntó por un segundo, y no le importó. Él estaba furioso, y necesitaba golpearla por todo eso.
- Ya verá quién soy...- escupió al hablar, caminando devuelta a la sala de estar para tomar de uno de los pequeños cajones una linterna y su preciado y viejo bate de béisbol que yacía junto al televisor-. Esa maldita perra me va a conocer.
Entonces, sin dudarlo dos veces, ni pensar en lo que ocurría, salió de su pequeño hogar de dos plantas hacia la penumbra de la fría noche. Iluminado con la luz blanca de su linterna, y empuñando con ira el bate en su otra mano. Caminó hacia el granero en dónde guardaba a sus animales, pensando en que seguro Misty se hallaba allí.
Sin embargo, aproximándose hacia el corral escuchó unos secos sonidos que provinieron de los altos maizales de la granja. Por un momento creyó que habría de ser algún vecino, pero luego recordó al instante que eso ni tenía. Todas las casas estaban muy lejos una de otra, y él no creía que tuviera a alguno de esos "intrusos" en su propiedad.
Pero aún así decidió caminar hacia el sonido de esa dirección. El granero se oía silencioso, seguro los animales dormían y Misty no estaba allí. Era más probable que estuviera metida en el maizal, quizás, para esconderse de su padre y hacerle pasar un mal rato.
Y él le daría una dura lección por ello.
- Maldita imbécil, pagará por hacerme salir así...- bufó con ojos desquiciados y la piel de gallina, por el frío que empezó a sentir en la noche-. Oh, maldita, perra.
No iba a contenerse, ya se había terminado de cegar por la ira. Cuando la encontrase la tomaría por los cabellos, y la molería a golpes. Eso haría. Por eso no pensó dos veces en meterse al enorme y oscuro maizal, que lo succionó como a una rata de campo cuando él entró en el cultivo de maíz. Ahora no habría vuelta atrás para llantos. Él no sería compasivo.
Todo era oscuro para él. Lo único que veía era pulcras hileras umbrías, que susurraban escalofriantemente por la brisa fantasmal de la noche. El maizal era tan alto que casi podía medir dos metros, o más, e incluso era bastante abundante. Cualquiera podría perderse en ese gigante cultivo de maíz. Pero no Walton, él conocía su terreno como la palma de su mano, y por eso caminó hacia la dirección de ese misterioso sonido.
La noche era acompañada del sonido de los animales nocturnos. La luna llena sonreía. El maizal susurraba, y Walton a veces podía sentir que le decían: «vete.»
«¿Pero en qué estoy pensando?», se dijo mentalmente con ironía, y continuó caminando entre los altos y oscuros maizales mientras que maldecía entre dientes y alumbraba con su pequeña linterna.
Sin embargo, el melancólico hombre sintió a su cuerpo contraerse de cierta inquietud cuando se dio cuenta que todo era un completo silencio en el campo, y que la oscuridad hacía crear perturbadoras formas entre los maizales.
Pero aún así Walton las ignoró, y se concentró en cruzar hacia el otro lado del maizal. Lo que consiguió al cabo de unos minutos, en los que creyó que había durado una larga y aterradora eternidad. En ese momento la ira del hombre había disminuido un poco, pero todavía deseaba tener enfrente a Misty para sacarle los dientes con el bate.
Walton había vuelto a concentrarse por un segundo en la ira que sentía hacia su hija, pero luego se dio cuenta que caminando entre el maizal había llegado hacia una muy pequeña especie de isla que solo tenía una enorme roca en medio. La piedra azul brillaba espléndidamente por el contacto de luz de luna llena que la envolvía.
El hombre por un segundo se quedó observando la luna, y el brillo que esta ocasionaba en la piedra. Sin duda era algo maravilloso de ver, pero su rostro palideció de cierto horror cuando notó que había una fantasmagórica sombra antropomórfica que descansaba sobre la cima de la piedra.
No pudo pensar siquiera aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que era pavoroso, siniestro, anormal e indeseado. Era la viva imagen de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre.
Completo silencio.
No reconocía lo que esa cosa era exactamente, estaba demasiado oscuro para ver. Pero en cierto punto estaba aterrado, ya que esa figura era perturbadora: como si fuera una enorme criatura que reposaba sobre la roca. Walton se llenó de dudas, mientras que se acercaba lentamente con su linterna hacia la silueta que parecía una gargola, o un demonio.
Un monstruo.
Cada paso que daba hacía mostrar con mayor claridad la oscura silueta que se alzaba ante él con deformidades inhumanas, escalofriantes. El hombre estaba asustado, y lo había aceptado, pero algo lo obligaba a seguir caminando hacia allá, quizás, la curiosidad, o el encanto que esa cosa tenía sobre él.
Mientras cada paso que Walton fue dando, con la luz de la linterna iluminando sobre la roca, reveló la misteriosa figura a la que extrañamente le temía. Hasta que notó finalmente, que era una mujer.
No lo podía creer, pero era una chica. Reposaba pacíficamente sobre la roca, como si estuviera tomando un bronceado de la luna. Completamente desnuda. Walton estaba estupefacto, mirando la perfecta piel de marfil que tenía la joven. A plena vista se veía tan suave y de un muy claro tono rosa, que era magnifico.
Su belleza eclipsada lo hipnotizó.
Aparentaba aproximadamente unos dieciséis o diecisiete. Era bastante joven, como su hija Misty. Pero la diferencia era grande. Ella era obesa y fea, esa chica no. Misty no tenía cuerpo, era como si nunca se hubiera desarrollado. Los pechos los tenía encogidos y las nalgas también. Su padre siempre se rió de ello, y él no estaba dispuesto en comparar a esa hermosa chica con su horrenda hija.
Walton no tenía palabras, solo se quedó parado frente a la roca observando la esplendida belleza de esa joven muchacha. Su rosada piel, hacía juego con sus rubios y largos cabellos; que el hombre pudo deducir que le llegaban hasta las nalgas. Era fino y delicado como todo su cuerpo. Ella era magnifica, y como algo salido fuera de este mundo.
Y entonces, el alcohólico hombre sintió que se le había ido la respiración cuando repentinamente la joven se levantó con una suave y elegante delicadeza. Mostrando toda su perfecta y desnuda figura femenina. Parecía estar absorta en la luna, o perdida en sus pensamientos, así que no le importó que hubiera un hombre frente a ella babeando como un perro hambriento.
Que fuera bastante joven no le importó a Walton. Ella estaba deliciosa, como diría él, y ya estaba fantaseando en coger su vagina. Más todavía, cuando él observó meticulosamente el cuerpo de la chica. Tenía senos enormes y pezones rosados, sin olvidar el hecho de que llevaba un gran y voluminoso trasero.
Sin notarlo Walton se había puesto duro, y ya no estaba consternado. No, hasta que la chica bajó la mirada con el rostro perdido y lo miró fijamente desde la cima. Sus ojos eran como dos misteriosas y violetas galaxias, y hubieran hipnotizado por completo a Walton si él no se hubiera dando cuenta de que esa chica se parecía a Misty.
No se parecía, él estaba casi seguro de que era una versión mejorada de Misty Gill.
Ambos se observaron por un corto momento, en los que Walton sintió que ya nada tenía sentido. Hasta que él volvió en sí, y dijo con autoridad en su voz:
- Maldita imbécil, baja ahora mismo de esa roca.
La chica miró al hombre sin expresión alguna; como si continuara perdida, e imitando a un obediente animal, empezó a bajar cuidadosamente por los costados de la roca. Entonces, cuando él menos se lo esperó ella ya estaba tocando el suelo del campo de maíz.
Finalmente estaban frente a frente, y Walton aún tenía pensado en abofetear a su hija. O, eso él tenía planeado hacer antes de que la voz de la chica lo paralizara por completo. Ella habló, y lo petrificó como si fuera una sirena. Su voz tenía un tinte seductor, uno que lo embelesaba.
- No digas malas palabras...- habló la muchacha con la misma mirada perdida, sin apartar los ojos del obeso cuerpo del hombre frente a ella.
Su atrayente voz había sonado tan angelical e inocente, que Walton comenzó a dudar de sí mismo.
¿Qué sería capaz de hacerle a su hija? ¿Y ella realmente era Misty?
- Los buenos padres no dicen palabrotas...- continuó con aquel tono atrayente, hablando como si fuera una niña de cinco años-. Pero, voy a dejarlo pasar, papi- dijo, y se recostó con una extraña mirada sobre la roca que tenía detrás-. Está bien, ahora no importará que soy tu hija...- acercó lentamente una de sus manos hacia su pecho, y se lo apretó con un brillo lujurial-, puedes coger mi vagina tan duro como lo hacías con mamá.
La respiración de Walton se detuvo, y él soltó el bate sin palabra alguna.
- Oh... papi, estoy tan jugosa...- gimió la chica seductoramente, y se llevó varios dedos a su vagina para tocarse descaradamente los labios de su intimidad frente a su padre.
El hombre no lo podía creer, pensó que estaba soñando. Pero no le importó eso ahora. Estaba seguro. Todo era un sueño, y él aprovecharía eso.
No le importaría cogerse a su hija.
- Oh, Misty...- susurró Walton con el brillo de la lujuria en sus ojos, y como un asqueroso perro babeante se acercó violentamente hacia su desnuda hija para tomarla contra la roca y besarla con intensidad en los labios.
De pronto, su boca besó cada parte de la piel de la joven, y ella no paró de gemir mientras que desnudaba a su propio padre. Walton empezó a dejar mojado de saliva el cuerpo de Misty, y cuando notó que la joven le bajó los pantalones, enseguida tomó su maloliente y sucio pene; que yacía erecto, y lo intentó meter violentamente en la mojada vagina de su hija.
La chica miró perdidamente la luna, y entonces sintió como bruscamente su padre se introducía dentro de ella. El pene de su papá palpitaba dentro de su húmeda vagina, y la joven empezó a gemir por los frenéticos movimientos de Walton.
El sonido de los gemidos se perdían entre los susurros del maizal, mientras que el hombre penetraba salvajemente a su propia hija contra aquella roca. Walton ya no sabía lo que estaba pasando, pero no le importaba en absoluto. Solo estaba completamente perdido en el sexo y el deseo carnal que esa mujer le obsequió.
- ¡Misty! ¡Misty!- aullaba Walton entre ásperos gemidos, casi aplastando con su obeso y sudoroso cuerpo la perfecta figura de su hija debajo de él.
El hombre parecía estar completamente distraído; perdido en el placer, y aunque la joven estuviera gimiendo en la misma sinfonía que su padre, su rostro seguía igual de plano y vacío. Parecía no tener vida. Sin embargo, sus ojos habían cambiado, ahora eran exageradamente enormes.
Entonces, sin apartar la mirada de la luna la chica acarició lentamente la espalda de su progenitor, y llevó sus finos dedos hacia los cortos cabellos rubios que Walton tenía para entrelazarlos allí, susurrando:
- ¿Por qué me llamas Misty?
Él continuó penetrándola salvajemente; bajando un poco el ritmo, y con el rostro sudado de lujuria y una extraña curiosidad apartó el rostro de los pechos de la muchacha para mirarla a los ojos. Encontrándose en ese momento con el vacío de lo desconocido.
Walton se inquietó al ver como los anormales ojos de esa chica estaban a punto de salirse de sus órbitas, y entonces no pudo pronunciar palabra alguna cuando ella lo interrumpió abruptamente.
- No soy Misty- susurró-..., soy Afrodita.
Una gota de sudor cayó por la frente del hombre, y sintió que su horrorizado rostro se desencajó por completo cuando la mujer le regaló la sonrisa más grotesca que hubiera visto en su vida, y le mostró unos afilados dientes; que se hicieron enormes cuando su rostro se desformó, y su abominable boca se abrió como una enorme flor; en cuatro partes, para devorar la cabeza de Walton violentamente
Sangre y sesos cayeron por doquier, y Afrodita mostró su verdadera forma para saborear a su primera victima.
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