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5.

Disclamer: Los personajes, casi todos los lugares y parte de la trama no me pertenecen a mí sino a la gran Rumiko Takahashi. Este pequeño fanfic de miedo fue escrito para divertirme, celebrar Halloween y entretener al resto de los fans ranmaniaticos.

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Nota de la Autora: Escribí este fanfic para el Halloween del año 2019 y lo subí a otras plataformas pero no a wattpad, no recuerdo por qué. Así que creo que ha llegado la hora de sacarlo a la luz del todo, jeje. Estaré compartiendo tres capítulos al día hasta el 31 de Octubre. Espero que os guste, a los que aún no conocíais esta historia y a los que sí, que disfrutáis esta relectura para finalizar el mes.

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Absolutamente Aterrador

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5.

Kansai

—¡Anne, la pálida! ¡Anne, la pálida! ¡Anne, la pálida!

Siempre huía cuando oía esos gritos. Corría asustada, porque temía lo que pudiera venir después de eso.

Solo eran unos niños, como yo, pero ellos eran más. Porque yo siempre estaba sola.

Si los veía venir en mi dirección me daba la vuelta al instante y echaba a trotar. Si ellos estaban en algún lugar al que yo quería ir, esperaba a que se fueran. Cuando mis padres me podían acompañar me ponía muy contenta, pero cuando me mandaban sola a comprar algo mi corazón se retorcía de dolor y sentía nauseas.

Anne, la pálida.

La asustadiza de Anne.

El miedo era lo que más odiaba del mundo entero, incluso más que a esos niños que hacían de mi vida un infierno. Pero al mismo tiempo, el miedo era lo que mejor conocía. Vivía en él, era casi mi estado natural y por él había dejado de pensar en todo salvo en sobrevivir.

Pero un día todo eso cambió.

—Yo no le temo a nada.

—¿De verdad? ¿Cómo es posible que no te de miedo nada?

—Porque el miedo es inútil.

Él también era un niño, pero cuando le escuché hablar así a mis ojos se convirtió en alguien mucho mayor. Dijo esas palabras con tal seguridad, con tal indecente despreocupación, que parecía burlarse del propio miedo. Para él no era nada, algo insignificante.

Aquel niño no era de los que se burlaban de mí. De hecho, apenas le había visto jugar con los otros porque siempre andaba de aquí para allá con su padre y desaparecía a menudo del pueblo. Las pocas veces que recordaba haberle visto antes de hablar con él me había parecido un niño feliz, incluso un poco atolondrado.

Pero tenía una mirada noble, así que cuando aquel día me tropecé con él en una de mis precipitadas huidas, no sentí ningún miedo como me pasaba con los otros.

El niño se llamaba Ranma.

Yo caí al suelo al chocar contra él pero no se enfadó. Al contrario, me ayudó a levantarme y me preguntó por qué corría de ese modo.

—Hay unos niños que se burlan de mí y me hacen cosas malas —Le expliqué, no sin poca vergüenza y frotándome el brazo que me había herido al caer—. Me dan miedo.

>>. No puedo dejar que me descubran, por eso huyo cuando los veo.

Ranma me miró con los ojos muy abiertos, rascándose la cabeza con un dedo y con una expresión que indicaba que no entendía una palabra de lo que le estaba contando. Él jamás había tenido un problema como el mío y yo me sentí aún más triste. Pero él, resuelto, me sonrió con confianza de todos modos.

—Sea lo que sea, yo te ayudaré —me dijo sin más. Y por alguna razón, supe que podía creerle—. Pero tienes que dejar de estar tan asustada. El miedo no sirve de nada.

>>. Es por eso que yo no le tengo miedo a nada.

En aquel momento, mi rostro pálido y sin gracia se sonrojó por primera vez en mi vida. Ranma me pareció el ser más poderoso que jamás podría conocer.

¡No temerle a nada! Fantaseé embelesada con lo maravilloso que debía ser no sentir miedo nunca más.

Desde ese instante y hasta el último que viví, quedé irremediablemente fascinada por ese valeroso niño. Y por sus palabras.

Si en verdad él hubiera podido salvarme de mi miedo...

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Ukyo regresaba tarde a casa, otra vez.

Como había estado de viaje cuando se asignaron los puestos para el festival de la escuela ella no pudo elegir el suyo. Sus queridos compañeros le habían asignado, por supuesto, un lugar en el comité culinario, así que mientras todos se divertían dando sustos y disfrazándose, ella estaría encerrada en un cuartito preparando la comida.

Sola.

No es que la desagradara la tarea, a fin de cuentas ella amaba cocinar.

Lo que no le gustaba de ese plan era que estaría lejos de Ranma todo el día, pues él sí estaría en el pasaje del terror. Con Akane. La chica resopló. Desde que unos días atrás se imaginara que los había visto abrazándose en la azotea estaba de muy mal humor. Y eso que sabía que no había sido real. Lo que sí había pasado de verdad fue que Ranma salió corriendo detrás de Akane, sin casi despedirse de ella, cuando se separaron aquel día.

Además, Ukyo había notado que esos dos ya no se peleaban tanto como antes y cuando discutían, tardaban mucho menos en hacer las paces, porque siempre había uno de los dos que cedía antes. Ese tipo de cosas no las imaginaba su cabeza sino que eran muy reales. Era un avance en su relación, pero ella apreciaba ningún avance en la suya con Ranma. Entre ellos todo seguía igual. Y le costaba conformarse con tan poco, también quería algo más.

Quería que un chico corriera tras ella si se marchaba enfadada. Y también quería que se desviviera por cuidarla si se ponía enferma, como había visto hacer a Mousse por Shampoo días atrás.

Yo también quiero...

Ukyo se guardó las manos en sus bolsillos con pesar. Empezaba a tener la sensación de estar quedándose atrás con respecto al resto de personas que conocía. Era como en el festival: todos fuera divirtiéndose juntos y ella encerrada en el cuarto de atrás, sola, cocinando.

¡Eso no le gustaba!

Siempre había tenido muy claro el camino que quería seguir en su vida y estaba convencida (o lo había estado) de que, al final, cumpliría todos sus objetivos. Ahora empezaba a dudar de todo y eso la asustaba.

¡Maldición!

¡No, no! ¡Al final seré una gran cocinera de okonomiyakis! ¡La mejor de todas! Se dijo, una vez más, con todas sus fuerzas. Forzó una sonrisa. ¡Y me casaré con Ran-chan! ¡Porque él me elegirá por encima de Shampoo y de Akane!

Su corazón se calentó con sus propios ánimos y aceleró el ritmo, rumbo a su restaurante, cuando de pronto algo le cayó sobre la cabeza. Ukyo cogió al vuelo un sobre y leyó lo que había escrito en él bajo el resplandor de una farola:

A mi prometida.

¡¿Ran-chan?!

Ukyo sonrió y rasgó el papel por el ansia de saber qué ocultaba, por desgracia, dentro solo encontró una fotografía de lo que parecía ser su querido restaurante... envuelto en llamas.

—¿Qué? —murmuró con los ojos abiertos como platos. ¡¿Qué significa eso tan horrible?! ¿Por qué Ranma le enviaría algo así?

Al dar la vuelta a la fotografía, encontró las iniciales allí grabadas y sintió un escalofrío.

A.F.

—¿Anne? —Ukyo tenía el apellido en la punta de la lengua, pero entonces una idea demasiado horrible cruzó por su mente. Alzó los ojos y en mitad del cielo nocturno vio un resplandor rojizo que se alzaba junto a una columna de espeso humo negro—. ¡Oh no! ¡No, no!

La joven se guardó la carta y echó a correr por las calles silenciosas, como una flecha, en dirección a su restaurante. Corrió como si nada más le importara en esta vida y pronto se vio torturada por un repentino flato que también la hizo jadear, pero incluso así siguió corriendo.

Dobló la última esquina y antes de verlo, la oleada de calor le dio de lleno en la cara. Corrió los últimos metros, sacudiendo la cabeza con angustia y al fin llegó. Entonces se detuvo, devastada y sus piernas la dejaron de sostener. Cayó hincando las rodillas en el duro asfalto, pero no le importó, el mayor dolor de todos lo estaba sintiendo perforándole el pecho.

Su restaurante, el Ucchan's, que con tanto esfuerzo y sacrificio había levantado de la nada estaba siendo pasto de las llamas. Alguien le había prendido fuego, no tuvo ninguna duda pues siempre que salía se aseguraba de dejar todo apagado.

—Oh, cielos —murmuró sin fuerzas. Se llevó una mano a la boca y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

El fuego había destrozado la entrada. La puerta había estallado en trozos de cristal que regaban el suelo y soltaban reflejos anaranjados. El toldo, los carteles con las ofertas eran puras cenizas y el interior estaba siendo arrasado. Ukyo supo que no podía salvarlo, iba a desaparecer convertido en cenizas. Cuando le estructura acabara de dañarse se vendría abajo y solo quedarían las ruinas de lo que fue su gran sueño.

—¿Qué haré ahora? —Se preguntó entre sollozos.

Recordó el carrito de su padre, seguramente se habría quemado con todo lo demás. No le quedaba nada. Solo deudas. ¿Cómo se mantendría? ¿Dónde viviría? Tendría que regresar a Kansai con su familia y admitir su fracaso. Tendría que irse y renunciar a Ranma para siempre.

—Ran-chan —La respiración se le atascó y tuvo que toser. El humo estaba empezando a picarle en la nariz pero no podía apartar la mirada del local. Era suyo, tenía que quedarse a su lado hasta que se derrumbara del todo. No podía huir—. Oh, Ran-chan, ¿dónde estás? —Lloriqueó sin poder remediarlo.

Deseó que el chico estuviera allí con ella, a su lado. Que la consolara y la cogiera entre sus brazos para ponerla en pie. Necesitaba que Ranma le dijera que aquello no importaba, porque él se casaría con ella de todos modos, porque la amaba aunque no tuviera un restaurante. Y que podían irse juntos lejos de todo y de todos. Lejos de Akane. Que empezarían de nuevo juntos y serían felices.

—¿Ran-chan? —A Ukyo le pareció ver una sombra moverse en el interior del local, entre las llamas. Se frotó los ojos y escrutó los espacios abiertos por los ventanales para asegurarse, volvió a verla. Y esta vez le pareció que era él de verdad—. ¡Oh, no!

>>. ¡Creerá que estoy dentro!

Ranma debía haber visto el incendio y creyendo que ella estaba dentro había entrado a salvarla.

Ukyo se colocó lo más cerca que pudo de la entrada, protegiéndose con las manos del crepitar de las llamas y las ascuas que saltaban hacia fuera.

—¡Ran-chan! ¡Ran-chan estoy aquí! —Gritó con todas sus fuerzas, pero los crujidos de la estructura cediendo eran ensordecedores—. ¡Ran-chan, tienes que salir de ahí! —Pero la sombra se adentró más en el local, sin haberla oído—. ¡No, Ran-chan, es muy peligroso!

Perdió de vista al chico y Ukyo, histérica, se sacó su pala de la espalda y empuñándola penetró en el local. Usó la espátula para alejar de sí los objetos que llameaban, pero nada más entrar el intenso calor la hizo pararse de golpe.

Antes de seguir, se recogió su larga melena en un moño y se tapó la boca y la nariz con la ropa. Dentro del restaurante era mucho peor, apenas podía reconocer el lugar por las llamas y porque todo comenzaba a estar destrozado. Las mesas, las sillas, las cortinas, los biombos, todo estaba desapareciendo. La plancha seguía, por el momento, en su lugar, pero ya había una pared que se había venido abajo.

—¡Ran-chan! —gritó ella. Giraba sobre sí misma buscándole con la mirada, pero no estaba allí—. ¿Dónde se ha metido?

Avanzó un poco más, apartando escombros y restos humeantes con su espátula y trató de asomarse a la cocina, pero le fue imposible llegar. Oyó un crujido sobre ella y por muy poco pudo apartarse antes de que parte del techo le cayera encima. Sin querer, Ukyo respiró el humo y la sensación abrasadora en sus pulmones la hizo retroceder y toser violentamente. Los ojos le escocían cada vez más, así que apenas veía nada a su alrededor.

¡Tengo que salir! ¡No puedo respirar!

Quiso volver sobre sus pasos pero un nuevo desprendimiento del techo la hizo trastabillar y chocar contra algo. Cayó al suelo soltando la espátula, rodó sobre sí misma evitando un fuego hacia el que iba directa, pero chocó contra algo más. Ukyo chilló, sintió que algo caía sobre ella y al intentar protegerse con sus manos, estas fueron las que acabaron quemadas.

¡Oh, no!

Ukyo, como cocinera que era, conocía muy bien la sensación de quemarse. No era nada nuevo, e incluso había llegado a tolerarlo bastante bien después de tantos años. Pero el dolor, el terrible escozor que sintió en ese momento a lo largo de sus dos manos, fue lo peor que jamás había experimentado.

Chilló, retorciéndose de dolor y nuevas lágrimas limpiaron sus ojos.

Se miró las manos y casi le costó reconocerlas. Estaban rojas, arrugadas y con la carne levantada en algunas zonas. La sangre chorreaba y cuando intentó mover los dedos, el dolor agónico de antes regresó.

Inútiles, pensó Ukyo, aterrada. Mis manos, ¿cuánto tardaré en volver a usarlas?

Siguió mirándolas y soportando el terrible dolor mientras sus pulmones se llenaban de humo y tosía cada vez más. Sabía que tenía levantarse y salir de allí, pero no podía dejar de mirar el estado en que habían quedado sus manos. Las manos con que cocinaba y se ganaba la vida.

¡¿Cómo había pasado algo así?!

Entonces, Ukyo se dio cuenta de que sus manos ya no estaban tan rojas como antes sino que se veían más oscuras, como si las tuviera llenas de hollín o algo así. El cambio se desarrolló tan rápido que para cuando la chica se dio cuenta, el color era casi ya negro.

¡¿Qué me está pasando?!

Ante sus ojos llorosos, sus manos se volvieron ceniza y se deshicieron dejando tras de sí tan solo un poco de polvo. Ocurrió todo en un segundo, sus manos ya no estaban ahí, solo tenía dos muñones a la altura de las muñecas.

¡Ya no estaban! Incluso el dolor había desaparecido.

¡No, no! No es posible, esto no... ¡Estas cosas no pasan! Se dijo histérica. Cerró los ojos, los apretó con fuerza hasta hacerse daño y se dijo que cuando los abriera sus manos volverían a estar ahí. Seguro que estarían ahí.

Pero no fue así, lo único que había eran esos dos muñones asquerosos.

—¡No, no! —gritó desesperada. Bajó los brazos y echó hacía atrás la cabeza—. ¡Esto es una pesadilla!

>>. ¡No puede ser real!

No podía haber perdido sus manos. Sin ellas nunca podría volver a cocinar, se acabó para siempre su sueño. Lo que más amaba en la vida, ella era cocinera. Sin eso, no le quedaba nada. Si no podía cocinar, no podría subsistir por su cuenta y ya no podría estar con Ranma.

¿Dónde está Ranma? Se preguntó, entonces.

Había entrado ahí a buscarle, porque creía que él había ido a salvarla, porque se preocupaba por ella, pero no estaba.

Claro que no está.

Él estaba en el dojo, con Akane. ¡Él siempre estará con Akane! Hasta ese momento nunca lo había visto tan claro. Acababa de sacrificar lo más valioso que tenía por un chico que jamás pensaría en ella de la misma manera. Y como castigo por su estupidez, lo había perdido todo. Un pánico terrible comenzó a invadirla.

¿Cómo podía haber sido tan tonta?

¡¿Cómo no se dio cuenta antes?!

Algo duro se agarrotó en su pecho, no la dejaba respirar. Su vida estaba arruinada...

—¿Estás asustada?

Una voz, salida de la nada, la obligó a reaccionar. Ukyo giró la cabeza y vio una figura alargada frente a la puerta del local. Al principio no la reconoció, solo cuando cayó en la cuenta de que estaba empapada, a pesar del fuego, se fijó mejor en ella.

—¿Anne?

La joven de blanco se acercó y la miró a través de sus ojos claros, carentes de emoción alguna. Era estremecedor verla, o lo habría sido para la cocinera si no fuera porque el pánico no la dejaba sentir nada más.

—¿Estás asustada, Ukyo?

La cocinera la recorrió con la mirada, sobrecogida.

—Sí —susurró. Respiró hondo pero entonces volvió a toser y cayó al suelo. No tenía ya nada que le sirviera para amortiguar la caída, así que se golpeó la cara. No intentó levantarse. Creyó sentir nuevas lágrimas, pero no estuvo segura—. Tengo mucho miedo.

La figura se arrodilló a su lado y Ukyo pudo sentir algo del frescor que desprendían sus ropas húmedas.

—Está bien. El miedo es bueno —le dijo—. Toda la culpa de lo que te ha pasado es de Ranma Saotome.

Ukyo torció la cabeza para mirarla, pero no logró enfocar su rostro. El suelo ardía bajo su barbilla.

—Ran-chan.

—Todo esto lo ha provocado él —insistió la voz del fantasma. Se inclinó hacia la pobre chica apartando su pelo sucio y enredado de su rostro. Ukyo se agitó, sin poder moverse, cuando vio ese rostro podrido y a medio devorar por los insectos.

Lloró y gritó, pero no pudo huir. Ni siquiera apartarse cuando Anne se acercó tanto a ella.

—¡Basta! ¡Yo no te hice nada! —gritó la cocinera—. ¡Ni siquiera estaba allí!

—Ya lo sé —respondió Anne, como si nada—. Yo sé quién es el culpable.

>>. Y se lo haré pagar.

La figura se puso en pie y comenzó a alejarse rumbo a la puerta. Ukyo la vigiló desde el suelo. La vio pararse bajo el umbral y volver la cabeza. Su rostro ahora volvía a ser terso, aunque pálido como la luna.

Le lanzó una última mirada.

—Sé cómo te sientes, Ukyo. Yo pasé por lo mismo.

>>. Solo tienes que dejarte ir.

Salió del local, dejándola sola en medio del incendio que seguía destrozándolo todo.

¿Cómo escaparía de allí?

El miedo la tenía paralizada, así que cuando escuchó el crujido sobre su cabeza Ukyo no pudo hacer nada, salvo cerrar los ojos y esperar.

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