Cola.
Error estaba inquieto en el sillón, mientras movía repetidas veces su pierna, nervioso. Había pasado toda la mañana sin decir o hacer una pendejada y, la neta, ya le hacia falta.
Vio pasar a Ink y le silbo, coqueto.
—Chinga tu cola, Error. —insultó el albino, medio emputado, pues se estaba riendo.
Error fijó su vista en su trasero, para luego silbarle. Sí, carnales, le estaba coqueteando a su culo.
—¿Qué pedo con tu vida, wey? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—¿Qué? ¡Tenía que hacerlo! Es un país libre, Ink, no mames.
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