
Capítulo 11
Yarai
Mi pie sube y baja con ansiedad. Estoy muy nervioso y ansioso. Hace tiempo que no me sentía así. Falta menos de diez minutos para que den las tres.
Eso quiere decir que Marela tiene que estar por llegar.
—Yarai
Mi pie se detiene al instante que escucho a Diana llamarme.
—¿Sí? —pregunto.
—¿Estás bien? —dice entrando completamente en mi cubículo.
—Más o menos —digo poniéndome de pie y estiro mis brazos hacia arriba.
—Es por ella, ¿verdad? —dice sentándose en la camilla.
Me quedo en silencio unos segundos. ¿Estoy así por ella? No creo que sea por eso... ¿o sí?
—¿O es porque hay una alta probabilidad de que nos metan una multa por el...
—Sí, la segunda opción. No estoy dispuesto a pagar casi cinco mil dólares por algo que ni siquiera hicimos.
Me cruzo de brazos al recargarme en la pequeña columna de madera.
—Mhmm, es por eso —dice con una sonrisa tonta en la cara.
—¿Por qué me miras así? —pregunto arrugando las cejas.
Ella niega con la cabeza.
—Por nada.
Abro la boca para decirle algo, pero justo Diego se asoma dentro del cubículo.
—Ya llegó.
Se me aprieta el pecho al escucharlo.
—Definitivamente no es por la segunda opción —comenta Diana mientras sigue a su hermano.
Yo le dedico una mirada que no logra ver.
Estando solo, tomo una profunda bocanada de aire y salgo del cubículo. Paso por los demás hasta llegar a recepción y... la veo.
Está ahí. Se ve tan pequeña y vulnerable. Tiene los brazos cruzados sobre su pecho y mira el suelo como si su vida dependiera de ello. En su cabeza se encuentra un pañuelo de color blanco que combina con su ropa. Blusa negra y un pantalón largo de color claro.
Se ve cansada. Sé que le cuesta salir de su casa. Me entretuve leyendo sobre ella y creo que ya sé demasiado.
Suelto un suspiro y camino hasta ella.
—Hola —la saludo.
Levanta su vista y sus ojos, esos ojos, caen en los míos. Dios. Mis manos se hacen puños y escucho mi corazón latir desenfrenadamente en mi pecho.
Aún tiene las sombras bajo sus ojos, pero esta vez no son tan notorias. Sus labios siguen igual de resecos que la última vez que la vi en la academia.
Ella se pone de pie, pero como quiera tiene que levantar un poco la cabeza para mirarme.
—Hola —dice extendiéndome la mano. La agarro y se siente super pequeña entre mis dedos. También está algo fría.
—Gracias por venir, sé que...
Ella niega.
—No te preocupes, está todo bien —dice y mueve sus hombros estirándolos.
—Ven, pasa por acá en lo que llegan los policías estos.
Ella suelta una corta risa y la guio hacia donde estaba antes de que llegara.
—Puedes ponerte cómoda —le digo señalando el sofá a mi derecha.
Ella lo mira unos segundos pensativa y se sienta, deja su bolso pequeño a su lado y suelta un suspiro.
—¿Estás bien? —le pregunto sentándome en la esquina de la camilla.
Asiente.
—Sí, es solo que no suelo salir mucho y me siento... rara —dice moviendo sus manos por el aire a su alrededor.
Una sonrisita aparece en mis labios.
—¿Quieres algo de tomar? Tenemos café, sodas, agua...
—Agua estaría bien
—Te la traigo ahora.
Me pongo de pie y voy hasta el área de descanso. Es un pequeño cuarto apartado de los demás para cuando uno de los empleados tenga su break pueda estar aquí tranquilo.
Abro la nevera y agarro una de las botellas del fondo, las más frías.
Vuelvo lo más rápido que puedo y cuando me asomo y estoy a punto de decir que ya llegué, las palabras se me atascan en la garganta.
Marela está de pie enfrente de la pared donde están la mayoría de los tatuajes que he hecho. Los detalla y algunos le pasa el dedo por las líneas del dibujo. Puedo captar una pequeña sonrisa en sus labios.
No digo nada aún y solo me dedico a mirarla. Da pasos lentos hacia la izquierda y se queda mirando fijamente un tatuaje en específico.
Me tenso cuando me doy cuenta de cual es.
—Aquí tienes —digo y admito que es para que se despegue de la foto.
—Gracias —dice tomándola y la abre.
Da unos tragos antes de hablar.
—Haces un trabajo increíble. Todos son hermosos, pero este, sin duda es mi favorito —dice señalando un tatuaje a color de una tortuga.
—¿Te gustan las tortugas? —pregunto cruzando los brazos sobre mi pecho.
—Sí, son mi animal favorito y la gente se ríe de mí por eso.
Arrugo las cejas.
—¿Por qué?
—Porque dicen que son feas y raras. Yo las veo hermosas. Ellas nadan y a mí me encanta nadar. Pero estoy segura de que los que se burlan de mí por gustarme las tortugas es porque no han visto una bebé.
Mi sonrisa no para de crecer al escucharla hablar. Le brillan los ojos... esos bellos ojos que solo causan que los quiera ver cada segundo.
—...yo estuve un día en la playa cuando cientos de tortuguitas salieron de sus huevitos. Se veían super tiernas y sé que no se debía hacer, pero tomé una y la ayudé a entrar al agua. La vi irse nadando y... estoy hablando demasiado, ¿verdad?
—No, no —en realidad sí, pero no te detengas—, claro que no. Nunca había conocido a una persona que le encantaran las tortugas. Sí jirafas, monos, orcas, cangrejos, pero nunca tortugas.
Una pequeña sonrisa aparece en sus labios. Abre la boca para decir algo, pero justo Diego aparece en la entrada del cubículo.
—Ya están ahí, se ven que están algo malhumorados —dice y se pasa la mano por la nuca.
Miro a Marela y ella me mira a mí. Nuestros ojos se encuentran y trago saliva.
—¿Lista?
Ella asiente y cruza sus brazos.
—Lista.
—Vamos.
Caminamos hasta la recepción, pero yo llego antes, camino muy rápido.
Los oficiales me ven y adquieren un postura que puedo apostar solo tienen cuando llevan el uniforme.
—Buenas tardes oficiales, ¿desean algo de to...
—¿Dónde está la chica? Nos dijiste que iba a venir hoy —dice el de la derecha.
—Sí, sé lo que dije y...
—¿Nos mentiste? Sabes que mentirle a un oficial es delito, ¿cierto? Puedo arrestarte.
—Dios... —escucho una voz detrás de mí.
Marela sale de mis espaldas, donde al parecer estaba oculta, ni yo me di cuenta de que estaba ahí.
Ella suelta una larga respiración aun con los brazos cruzados sobre su pecho.
—Ya estoy aquí así que se pueden ir yendo y dejar a esta tienda en paz. No hicieron nada malo y, además, no tengo porque darles explicaciones a USTEDES de lo que hago con mi vida. Que tenga cáncer no significa que no pueda hacer lo que una persona sana sí. Así que por favor —señala la puerta—. Que tengan un lindo día.
Termina de hablar y esboza una sonrisa de boca cerrada a los oficiales.
Estos se quedaron callados mirándola fijamente.
—Pero como sé que no me van a hacer caso, les digo. No me tatué yo, lo hizo mi mejor amiga, ¿con eso les basta? ¿No? Porque yo rápidamente...
—Está bien, señorita Alfaro. Nos basta con eso. Gracias por su colaboración.
—No hay de qué.
Los oficiales le dan una última mirada a ella antes de ir hacia la puerta y cruzarla.
Me les quedo mirando hasta que abandonan mi campo de visión.
Marela suelta un suspiro y deja caer sus brazos inertes a los lados de su cuerpo.
—¿Estas bien? —pregunto.
—Sí, es que ya estoy cansada de la prensa y la policía. Me hartan la existencia y ojala desaparezcan —dice y sus ojos se abren al escuchar sus propias palabras—. Ay, lo siento, no debí decir eso, lo siento.
Niego con una sonrisa en mis labios.
—No te preocupes, te salió del alma.
Asiente riéndose.
—¿Cómo salió? —escucho a Diana, con Diego detrás, preguntar.
—Super, no volverán, Marela se encargó muy bien.
Ella esboza una sonrisa rápida.
—¡Yujuu!, ya me estaban empezando a caer mal —dice Diego.
—¿Salimos a comer? Hoy cerramos temprano—pregunta Diana mirando a cada uno.
Miro a Marela.
—¿Te apetece? —le pregunto.
—Pues... no lo sé...
—Ven, te lo debemos. Nos sálvate de pagar una multa por algo que no habías hecho, vamos —le dice Diego con alegría.
La veo dudar unos segundos, pero luego asiente.
—Está bien, solo déjenme decirle a Xio.
—Perfecto. A comer se ha dicho —dice Diana haciéndome reír.
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