
Capítulo 6 (Bajo su influencia)
Como cada mañana, la familia se reunió en torno a la mesa del comedor para desayunar.
—¿Dónde está Misael? —preguntó Ricardo nada más sentarse, lanzando una mirada hacia la silla vacía.
—Hace rato que se marchó —respondió Lara mientras desmenuzaba trozos de pan para el canario—. Dijo que hoy iría andando al instituto.
Su padre suspiró con gesto de fastidio, tomando un largo sorbo de café antes de responder.
—Siempre hace lo que le da la gana.
El silencio incómodo fue interrumpido por Nora, quien dejó a un lado la escoba con la que estaba barriendo y se acercó tímidamente a la mesa.
—Señor, perdón por mi osadía —dijo con voz entrecortada—. Mi madre tiene médico esta tarde y no tiene quien la acompañe. Tiene ochenta y cuatro años y no se entera muy bien de las cosas... ¿podría salir una hora antes para...?
—¡No! —La respuesta inmediata de Ricardo la hizo retroceder un paso.
Nora tragó saliva, pero continuó, como si la desesperación la empujara.
—Van a darle unos resultados muy importantes —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Por favor, le prometo que recuperaré el tiempo que me ausente.
El hombre la miró con frialdad.
—Entiendes el castellano, ¿verdad? Si te marchas antes de la hora, no te molestes en venir mañana.
Sin esperar respuesta, se levantó bruscamente, dejando su desayuno a medio terminar, y se dirigió a la entrada.
—¡Me voy, tengo muchos asuntos que tratar! —voceó, poniéndose la chaqueta—. ¡Lucía, encárgate de llevar a la niña al colegio!
Al igual que el día anterior, la madre dejó a su hija en los aledaños del centro escolar.
—¡Adiós, mamá! —gritó la pequeña al bajarse del coche, pero Lucía se alejó sin ni siquiera mirar por el retrovisor.
En el patio, Misael buscaba a su amigo Miguel por todas partes. Ya le había enviado más de veinte mensajes de WhatsApp, pero no había recibido respuesta y su preocupación crecía con cada minuto.
—Oye, friki —la voz de Rafa lo hizo girarse—. ¿Has pensado mejor lo de la fiesta del viernes?
Misael apretó los puños, pero respondió sin titubear.
—Iré. Al menos haré acto de presencia para que tanto tú como mi padre os quedéis satisfechos.
—¡Así me gusta, bro! —exclamó, agarrándolo de los hombros con excesiva confianza—. ¡Podemos llevarnos bien después de todo!
Misael no contestó, pero su mandíbula se tensó al notar el contacto con Rafa, y justo en ese momento, la sirena sonó, marcando el inicio de las clases, lo que hizo que todos comenzaran a entrar al edificio.
Mientras sus hijos estaban en el instituto, Lucía condujo hacia Chamberí, donde tenía su habitual clase de yoga. Aparcó el coche en un garaje privado y entró al gimnasio, intentando dejar atrás las preocupaciones del día.
—¡Lucía! —Diego la recibió con su típica efusividad—. ¡Me alegro de verte, hoy tenemos una clase especial!
Ella asintió, sonriendo con cortesía, pero no respondió. Había algo en su profesor, en su familiaridad casi excesiva, que siempre la descolocaba. Sin embargo, prefería no cuestionarlo.
Tras cambiarse en el vestuario, entró al salón, donde ya estaban las otras alumnas. Por alguna razón que desconocían, nunca había hombres en las sesiones impartidas por Diego.
El profesor desprendía su energía habitual, hablándoles con esa mezcla de autoridad y cercanía que todas parecían aceptar como parte de su encanto.
—Hoy trabajaremos la conexión con el presente —dijo mientras paseaba entre ellas, ajustando posturas y colocando sus manos sobre espaldas y caderas con una confianza que nadie parecía objetar—. Cerrad los ojos e imaginad que estáis en un lugar donde todo está calmado.
Lucía bajó los párpados, intentando concentrarse en las palabras, pero no pudo evitar sentirse tensa cuando notó la cercanía de Diego. Sus manos pasaron por su espalda baja, ajustando su postura, pero el contacto parecía durar un segundo más de lo necesario.
—Deja que la energía fluya —susurró cerca de su oído.
La mujer tragó saliva y respiró hondo, intentando convencerse de que aquello era parte del ejercicio. Todas lo aceptaban, ¿por qué ella no podía hacerlo sin sentir incomodidad?
Cuando la clase terminó, Lucía se dispuso a marcharse, pero Diego la detuvo con una sonrisa que parecía demasiado personal.
—¿Puedes quedarte un momento? Quiero hablar contigo.
Ella se giró, algo desconcertada, pero accedió.
—Claro, dime.
Antes de comenzar a hablar, el profesor esperó a que las otras alumnas se marcharan.
—Anoche te llamé, pero supongo que tu marido estaba cerca y no pudiste contestar —dijo con un tono suave, casi susurrante.
Lucia se sintió atrapada entre la culpa y la incomodidad.
—Sí, no era un buen momento —respondió, evitando su mirada.
Diego se acercó un poco más.
—Me gustaría pedirte un favor, Lucía —Hizo una pausa dramática, como si buscara las palabras adecuadas—. Quiero hacer un viaje a China, explorar los templos más reconocidos del yoga, pero no tengo los recursos para financiarlo.
Ella lo miró con sorpresa.
—¿Cuánto necesitas? —preguntó tras tragar saliva.
—Con veinticinco mil euros sería suficiente —respondió Diego con naturalidad, como si estuviera pidiendo algo trivial.
Su alumna se quedó en silencio por un momento, procesando lo que acababa de escuchar.
—No quiero meterte en problemas —añadió él, colocando una mano sobre su brazo—, pero siento que tú me entiendes como nadie. Por favor, no le digas nada a tu marido; él nunca entendería nuestra conexión. Somos almas afines, Lucía. Este viaje es algo que necesito para seguir creciendo.
Asintió lentamente, atrapada en la persuasión de Diego. Su inseguridad la hacía vulnerable, y aunque algo dentro de ella le pedía que cuestionara sus palabras, eligió callar.
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