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Capítulo 40 (Paz y orgullo)

El tiempo siguió su curso y, con los últimos días de enero, llegaron las fiestas del pueblo en honor a la Virgen de la Paz. La plaza frente a la residencia comenzó a llenarse de actividad, decorada con banderines y luces, mientras el murmullo de la gente se mezclaba con el repique de campanas de la iglesia.

Aquella tarde, Fher, desde su balcón, notó que algo diferente estaba ocurriendo.

Los cuidadores habían dispuesto mesas y sillas al aire libre, y los residentes, bien abrigados, comenzaban a salir poco a poco, algunos en sillas de ruedas, otros apoyándose en bastones, pero todos con una chispa de curiosidad en los ojos. No era habitual que se organizara algo especial para ellos.

Sin embargo, lo que más llamó la atención de Fher, fue que las encargadas del evento no eran trabajadoras de la residencia, sino dos chicas jóvenes, de unos diecinueve años.

Iban de un lado a otro con energía, repartiendo hojas y bolígrafos entre los ancianos. Sus sonrisas eran auténticas, y su trato con los ancianos no tenía la frialdad con la que algunos trabajadores los trataban.

Fher ladeó la cabeza, observando atento cada movimiento de las chicas. El rostro de la joven de cabello castaño le resultaba familiar, pero no sabía por qué.

—Buenas noches a todos —comenzó a decir la chica de pelo marrón—. Hoy celebramos las fiestas de la Virgen de la Paz, un momento especial en el que el pueblo de Alcobendas se llena de luz, tradición y nuevos comienzos. Queremos que esta noche también sea una oportunidad para todos ustedes, una forma de dejar atrás lo que os pesa y mirar hacia adelante con esperanza.

Los ancianos la escuchaban con atención, algunos con las manos entrelazadas y otros con la mirada perdida en los recuerdos.

—No importa la edad que tengamos, siempre podemos dejar atrás lo que nos duele y dar paso a lo que nos hace felices —continuó la segunda chica, de cabello oscuro y rizado.

Hubo un murmullo entre los ancianos. Algunos sonrieron, otros parpadearon con sorpresa, como si no hubieran escuchado palabras así en mucho tiempo.

—Por eso hemos traído estos papeles —dijo la primera joven—. Queremos que cada uno de ustedes escriba algo que quiera soltar, algo que quiera dejar atrás. Puede ser un miedo, un recuerdo triste... o incluso el nombre de alguien a quien quieren perdonar.

Uno de los ancianos soltó una carcajada suave.

—¿Y después qué hacemos con eso?

La chica castaña sonrió.

—Lo quemaremos en este cuenco, y dejaremos que el fuego se lo lleve.

A continuación, los residentes comenzaron a escribir en los papeles, mientras las chicas iban de mesa en mesa, ayudándolos con paciencia y cariño.

Uno de los residentes, un hombre de manos temblorosas, intentó escribir, pero el pulso no se lo permitió. La chica castaña se inclinó con ternura y le susurró algo al oído. El anciano sonrió y le dictó su deseo mientras ella lo escribía por él.

Otra mujer mayor se echó a reír cuando la segunda chica, con una risa contagiosa, le pidió que dibujara su deseo en lugar de escribirlo.

Fher observaba en silencio, sintiendo que algo dentro de él se removía. No solo era la forma en la que las chicas trataban a los ancianos... sino la sensación de que ya las había visto antes.

Finalmente, cuando todos terminaron de escribir, las dos jóvenes comenzaron a recoger los papeles con cuidado, asegurándose de que ninguno se perdiera.

—Ahora —anunciaron—, vamos a dejar que el fuego se lleve nuestros deseos.

Una a una, las hojas escritas con esmero fueron cayendo en el fuego del interior de una urna situada en la mesa central.

Algunos ancianos cerraron los ojos, murmurando sus peticiones en voz baja mientras el calor de la fogata les rozaba la piel.

En el balcón, Ramón y su esposa miraban la escena en silencio, con el resplandor de las llamas reflejándose en sus ojos.

Cuando se consumió el último papel, la joven de cabello castaño tomó aire y avanzó un paso al frente, sosteniendo el micrófono con ambas manos.

—Antes de dar por finalizada la ceremonia, quiero deciros algo.

Los murmullos se apagaron poco a poco y todos prestaron atención.

—No dejéis que la soledad os gane —pidió con suavidad—. No dejéis que os convenzan de que vuestro tiempo ya pasó. Vosotros no sois trastos viejos, no sois una carga. Sois personas valiosas.

Se detuvo un instante y esbozó una leve sonrisa. Hasta hacía unos momentos, les había hablado de usted, con distancia y respeto. Pero ahora, sin darse cuenta, les sentía mucho más cercanos.

—Queremos veros siempre de buen humor —dijo con dulzura—, pero a veces nos olvidamos de todo lo que lleváis dentro. Habéis perdido a vuestros padres, algunos a vuestros compañeros de vida, incluso a hermanos y amigos. Y, a pesar de todo, seguís aquí, firmes, enfrentando cada día con valentía.

Algunos ancianos se removieron en sus sillas. Otros bajaron la mirada, como si sus propias inseguridades les pesaran demasiado.

—Y no solo eso... a veces incluso os reís a carcajadas, nos contáis historias, nos dais lecciones de vida... Sois héroes.

Su compañera le agarró de la mano.

—Antes de estar aquí, también fuisteis jóvenes —continuó ella—. También tuvisteis sueños, preocupaciones, amores, momentos de alegría y de tristeza. La sociedad os hace creer que ahora ya no importáis, pero eso no es cierto. Gracias a vosotros, las generaciones que vinieron después pudieron salir adelante.

Se hizo un silencio denso. Las palabras de la chica parecían tocar algo profundo en el corazón de los residentes.

—Antiguamente, los hijos cuidaban de sus padres cuando estos se hacían mayores. Esa era la cultura, la forma en la que se entendía la vida. Pero con el tiempo, todo ha cambiado. No es mejor ni peor... simplemente, es diferente. Antes también era normal sacrificar a los perros si no cazaban o meter a las crías en un saco y lanzarlas al río. Hoy, eso es impensable.

Hizo una pausa, como si eligiera bien sus próximas palabras.

—Es cierto que tal vez podría haber otra manera de que pasaseis esta última etapa de la vida, pero la solución a este problema es muy complicada.

Lara era consciente de que algunos residentes apenas recibían visitas, mientras que otros tenían familiares que acudían a diario. Pero aquello se lo guardó para sí. No era el momento de señalar diferencias, sino de dar consuelo.

Lo que sí dijo, con una voz firme y serena, fue:

—Lo que quiero que sepáis es que vuestros hijos, e incluso muchos de vuestros nietos, piensan en vosotros antes de dormir. Puede que no estén aquí todo el tiempo que quisierais, pero cuando se apaga el día, os recuerdan y os desean que paséis una buena noche.

Las palabras de la chica parecían tocar algo profundo en el corazón de los presentes.

—Tal vez vuestros hijos no os digan con frecuencia: «Mamá, te quiero» o «Papá, te quiero». Quizá la vida los mantenga ocupados y no puedan estar a vuestro lado tanto como quisieran. Pero tened por seguro algo: os aman con todo su corazón.

Algunos ancianos parpadearon rápidamente, tratando de contener las lágrimas. Otros solo escuchaban, con los labios apretados, como si temieran romperse en cualquier momento.

Desde el balcón, Ramón y su esposa se estrecharon las manos en silencio.

—Gracias a vosotros —continuó la joven—, vuestros hijos han podido formar sus propias familias y transmitirles los mismos valores que un día les enseñasteis a ellos...

Su voz se quebró un poco, pero continuó.

—Os tocó vivir una época dura, difícil, llena de sacrificios. Y a pesar de ello, no solo salisteis adelante, sino que además les disteis a vuestros hijos algo que nunca olvidarán: una infancia feliz y llena de amor.

Una mujer mayor en una silla de ruedas sollozó en silencio. Su mano temblorosa se apoyó en la de la cuidadora a su lado, quien la sostuvo con ternura.

La joven apretó el micrófono con más fuerza y tomó aire antes de continuar.

—Aunque el tiempo haya pasado y ahora sean adultos, incluso abuelos, en lo más profundo de su alma siguen siendo aquellos niños que corrían a sus brazos en busca de consuelo, aquellos que os pedían que espantaran los monstruos bajo la cama, los mismos que aprendieron de vosotros lo que es el amor, el esfuerzo y la vida.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran en los corazones que la escuchaban.

—Siguen siendo aquellos pequeños a quienes alimentabais con cariño, a quienes enseñabais a distinguir el bien del mal con paciencia y ternura... —dejó escapar una leve risa—, y también con algún que otro azote Aquellos a quienes arropabais en la cama cada noche, y dabais un beso en la frente antes dormir.

Algunos ancianos cerraron los ojos, como si en ese instante volvieran a escuchar aquellas palabras en un eco lejano, pero imborrable. Otros se cubrieron la boca con la mano, conteniendo la emoción que amenazaba con desbordarse.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por algunos rostros. Incluso la directora de la residencia se limpió los ojos con discreción antes de carraspear.

—Creo que es suficiente, chicas... —dijo con voz temblorosa, tratando de recomponerse—. No queremos que nos hagan llorar más.

Lara bajó el micrófono lentamente, pero antes de dar un paso atrás, levantó la vista hacia los ancianos y dijo, con voz serena y llena de sentimiento:

—Tened siempre presente que vuestros hijos están orgullosos de vosotros. Para ellos, sois un ejemplo a seguir, un pilar, una guía que siempre los ha acompañado. Ahora sois vosotros quienes recorren este camino, pero ayer fueron vuestros padres, y mañana serán vuestros hijos, y pasado, vuestros nietos. Todos pasaremos por esto.

Hizo una pausa, recorriendo con la mirada los rostros emocionados frente a ella.

—El paso del tiempo puede ser cruel, pero no debe robaros la paz ni el orgullo por la vida que habéis construido. Mirad atrás sin miedo, con la certeza de que dejasteis huellas imborrables en los corazones de quienes os aman. Y mirad hacia adelante con esperanza, confiando en que, algún día, volvamos a encontrarnos en un lugar eterno.

Un silencio profundo se apoderó del lugar. Luego, una anciana rompió a llorar, esta vez sin intentar contenerse. Su llanto tembloroso se mezcló con el de otros que, conmovidos, dejaron caer las lágrimas libremente.

Desde el balcón, Ramón sintió un escalofrío. Miró a su esposa, que tenía los ojos brillantes, y luego bajó la mirada al pequeño canario, que observaba la escena con la cabeza ligeramente inclinada.

La directora recuperó la compostura y tomó el micrófono.

—Antes de terminar esta noche especial, quiero que demos un gran aplauso a las personas que han organizado este momento tan bonito.

La ovación fue inmediata. Ancianos, cuidadores y hasta algunos familiares presentes aplaudieron con emoción.

Fher no apartó la vista de la joven de cabello castaño. Su rostro... su voz... había algo en ella que le resultaba extremadamente familiar.

Entonces, la directora levantó la mano y sonrió.

—Un gran aplauso para Nerea y Lara.

De repente, el cuerpo del canario se tensó y un mareo le nubló la visión. Sus patas perdieron fuerza y, sin poder evitarlo, cayó desplomado dentro de la jaula. Lara no era solo un nombre. Era una verdad olvidada, algo enterrado en la oscuridad.

—¡Fher! —exclamó Ramón, alarmado.

Sin perder un segundo, él y su esposa entraron a la cocina, cerrando la puerta del balcón de golpe. Ramón abrió la jaula con manos temblorosas y tomó al canario entre sus dedos con extremo cuidado.

—¿Qué le pasa? —preguntó, con la voz impregnada de preocupación.

El canario apenas respiraba. Su diminuto pecho subía y bajaba con dificultad, como si el peso de algo invisible le impidiera tomar aire. Ramón lo sostuvo con delicadeza, acariciando su lomo.

—Vamos, chiquitín... No te nos vayas —murmuró, con una mezcla de súplica y desesperación.

Fher sentía que su vida se apagaba. La oscuridad lo envolvía como una marea creciente, arrastrándolo hacia un abismo desconocido. Pero en medio de esa negrura, un pensamiento brilló con fuerza: Pepe.

Entonces, desde lo más profundo de su alma, otra voz surgió:

Levanta la cabeza.

El tono no era cálido como el de Ramón. Era frío. Duro.

En esta vida, si algo no sirve, se elimina. Es así de simple.

Era la voz de un hombre imponente, que perforaba incluso la oscuridad en la que se encontraba, resucitando recuerdos que no podía evaluar.

Lo único que era capaz de comprender, es que aquellas palabras que le torturaban contrastaban con las de aquella joven de la residencia.


A primera hora de la mañana, Ramón llevó a Fher al veterinario.

—No parece enfermo, solo muy débil —dijo el especialista—. Le daré un suplemento, pero lo único que podemos hacer es esperar.

Los días siguientes fueron de lluvia y tormentas. Fher pasó tres días sin salir al balcón. Apenas se movía, no piaba, no respondía a nada.


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