El traqueteo del tren acompañaba el silencio. El barrendero, con la jaula sobre sus piernas, miraba de vez en cuando al pequeño canario, que seguía sin moverse, sin trinar, sin reaccionar.
Llevaba años viendo aves en la calle, revoloteando entre los árboles o picoteando migajas en los bancos de los parques, pero nunca había visto una tan callada. Era como si el alma del pajarito se hubiese quedado atrás.
—Ojalá aguante —murmuró para sí mismo, acomodando la jaula con más cuidado.
Tras una hora y media de viaje, el tren llegó a Alcobendas. Ramón descendió con paso tranquilo, la jaula en una mano y su mochila en la otra.
Era Nochebuena. Los faroles de las calles proyectaban una luz cálida sobre los adoquines, y las guirnaldas de colores colgaban entre los edificios. En la plaza cercana, un árbol de Navidad resplandecía con luces doradas. A pesar del frío, algunas familias paseaban juntas, abrigadas y con bolsas de regalos en las manos.
El barrendero no se detuvo a mirar. Para él, la Navidad era un día más.
Llegó hasta el portal de un edificio de ladrillos marrones y sacó las llaves. Subió las escaleras con paso firme y empujó la puerta de su piso.
—Ya estoy en casa —anunció.
Desde la cocina, su esposa levantó la vista. Era una mujer de cabellos grises, recogidos en un moño suelto. Sobre la mesa, un par de platos dispuestos con esmero, aunque solo fueran para dos.
—¿Qué traes ahí? —preguntó con una mezcla de curiosidad y resignación al ver la jaula.
El hombre suspiró, dejando la mochila en el perchero.
—Un pajarito. Lo encontré en la basura.
Su esposa arqueó una ceja.
—¿En la basura? Por el amor de Dios...
—No podía dejarlo ahí —respondió él, encogiéndose de hombros—. Apenas respira.
La mujer bufó, cruzándose de brazos, pero después de un segundo de silencio, su expresión se suavizó.
—Eres incorregible —susurró, sin poder evitar una sonrisa.
Camino hacia él y le abrazó por la cintura, apoyando la cabeza en su pecho.
—Él estaría muy orgulloso.
El hombre no respondió, solo cerró los ojos y le acarició la espalda con ternura.
En ese momento, Fher sintió un escalofrío. No sabía qué significaban aquellas palabras, pero despertaron en él una sensación extraña.
Poco después, la pareja se sentó a cenar. La casa estaba decorada con pequeños adornos navideños, discretos, pero suficientes para darle un aire cálido. Aunque estaban solos, no parecían incompletos. Había algo en la manera en que se miraban, en la forma en que se entendían sin necesidad de palabras, que llenaba el espacio vacío de la mesa. No era una ausencia amarga, sino una compañía silenciosa, construida con años de amor y cicatrices compartidas.
La mujer sirvió el vino en las copas y sonrió.
—No ha quedado mal, ¿eh? —dijo, señalando la cena con orgullo.
Su marido sonrió y asintió.
Pero antes de sentarse, salió de la cocina sin decir nada.
—¿Ramón? —preguntó ella, con extrañeza—. ¿Dónde vas?
En ese instante, Fher sintió un pinchazo en el estómago. El nombre de aquel tipo le había perforado las entrañas.
El hombre no respondió al instante. Se dirigió a la estantería del salón y tomó un pequeño marco con una fotografía. En ella, un joven de unos dieciséis años sonreía a la cámara con un brillo de vida en los ojos.
Ramón regresó a la mesa y colocó la foto sobre un espacio vacío.
—Quiero que Raúl cene con nosotros.
La mujer no dijo nada. Solo tomó la mano de su esposo con suavidad y apretó con cariño.
Desde su jaula, Fher sintió como aquellas palabras resonaban en algún rincón de su alma. Soltó un trino involuntario, un sonido bajo, casi un susurro.
Ramón se levantó y se acercó a la jaula.
—Mira, parece que ha despertado.
No podía apartar la vista del canario, que seguía inmóvil, pero algo en su respiración parecía diferente.
—Sabes... Raúl tenía algo con los animales —Pasó los dedos por los barrotes—. No importaba qué fuera, un perro callejero, un gato abandonado... él siempre encontraba la manera de ayudarlos.
Su esposa asintió, secándose los ojos con los dedos.
—Siempre decía que todos merecían una segunda oportunidad —murmuró—. ¿Recuerdas cuando rescató a aquella paloma herida en el instituto?
Ramón dejó escapar una risa quebrada.
—Dios, cómo olvidarlo. La escondió en su mochila para que los profesores no se enteraran... —Sacudió la cabeza, conmovido—. Y luego pasó semanas curándola hasta que pudo volver a volar.
Ambos se quedaron en silencio, con los ojos clavados en el pequeño canario que, hasta hacía un momento, parecía roto por dentro. El mismo silencio que Raúl solía llenar con su risa, con sus historias, con su presencia.
Y entonces, sin previo aviso, Fher rompió su mutismo y se puso a cantar. La esposa de Ramón ahogó un suspiro y se cubrió la boca con una mano.
—Dios mío...
Ramón cerró los ojos un instante, dejando que la emoción se asentara en su pecho antes de hablar.
—No es él... lo sé —dijo en voz baja, apoyando la mano sobre la jaula—. Pero sé que, de alguna manera, este pequeño ha sentido su fuerza.
Fher ladeó la cabeza y volvió a trinar, esta vez con más firmeza.
—No sé el motivo, pero vuelvo a sentirme vivo —se dijo el canario para sí mismo.
Ramón sonrió entre lágrimas y miró a su esposa.
—Raúl nunca habría dejado que se rindiera.
Ella asintió, parpadeando con fuerza para contener el llanto.
—Siempre decía que, mientras hubiera vida, había esperanza.
Ramón dejó escapar un suspiro largo y profundo, y con una última caricia a los barrotes, regresó a la mesa.
— Vamos, cenemos —murmuró, con una sonrisa tímida—. Raúl se pondrá triste si nos ve llorar.
Fher observó en silencio cómo la pareja unía sus manos por un instante antes de empezar a comer.
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